Holi
Qué digo. ¡Buenas tardes, días, noches, lo que fuera! :'D
¡Feyris -Fannia- Nyan de vuelta! ¡YEEY!
Estoy muy contenta (y avergonzada, cabe decir) de traerles un nuevo capi de esta historia. Oohh mai god, juro que ya estaba harta de que la inspiración se me escapara de la mente y el kokoro. La voy a amarrar con cadenas en alguna, va a ver :c
En fin, no los/as distraigo más. Disfruten el séptimo capítulo
El (otro) nuevo dilema
Por un buen rato, Flaky había podido conciliar el sueño y había conseguido dormirse tranquila.
Las alucinaciones que se cruzaban en la mente de la pelirroja mientras dormitaba eran raras. Como siempre, estaba soñando con sensaciones que (por más que lo había pensado) no lograba ponerles nombre. No era miedo exactamente, pero una sensación parecida la rodeaba, aunque prácticamente no estaba en verdadero peligro.
Claro que ella no lo sabía hasta que despertó violentamente, abriendo los ojos con fuerza al sentir que se asfixiaba en un mar de incertidumbre irreal. Parpadeó con pesadez después de unos segundos al darse cuenta de que lo que había visto era producto de su (¿retorcida?) imaginación, además de que había bastante luz afuera de su estancia. Cerró los ojos nuevamente por unos segundos, tratando de recuperarse…volvió a abrirlos; estaba sudando.
« Tendría que dejar de comer ciertas cosas dulces…o ver a un doctor » se dijo con inseguridad, pasándose una mano por la frente levemente mojada. Se movió hasta quedar sentada, y observó a su alrededor. Petunia y Giggles estaban ahí, más no vio a Lammy.
– ¿Estará afuera? –musitó, distraída. Para responderse a sí misma, se levantó y salió de la tienda con paso lento. Miró hacia todos lados para tratar de ubicar la presencia de la pelivioleta; caminó un poco alejándose de su antigua ubicación, ¿dónde estaba?
Volvió a la tienda para despertar a ambas chicas que, curiosamente, estaban durmiendo abrazadas. Le pareció un tanto raro, pero no lo pensó mucho y las despertó llamándolas.
– ¿Qué pasa Flaky? –habló Petunia con cierta pesadez.
– ¿Sabes…saben dónde estará Lammy ahora? –preguntó, la preocupación marcaba su rostro. Después de un momento, Giggles y Petunia se miraron y, disimuladamente, se separaron.
– Pues… –la pelirrosa dudó– ¿No estaba aquí cuando vinimos?
– La verdad es que…no lo sé –admitió Petunia, un tanto avergonzada por no notar que faltaba alguien cuando habían vuelto. Distracciones mentales…
– Oh, ahora que lo recuerdo, había dicho algo de que iba a regresar al lago luego de comer. ¿N-no la han visto? –Flaky habló con rapidez -tropezando con alguna sílaba- debido al recuerdo muy momentáneo de su amiga yendo hacia el lugar determinado.
– Nosotras volvimos aquí sin ella. Es decir, no nos topamos con Lammy desde que ustedes salieron del lago y se vinieron hasta aquí –la peliazul frunció el ceño después de terminar.
– Debe ser que…chicas, ¿vinieron por otro camino…?
– No Flaky. Habíamos acordado que el único camino que recorreríamos sería el que marcábamos con piedras y algunas flores, a lo Hansel y Gretel. Lammy no recorrió ése camino–Petunia se dio cuenta mientras hablaba– porque, justamente, tendríamos que haberla cruzado. Lo cual me hace pensar que tal vez…¿se fue hacia otro lado?
– Algo muy probable es el que se haya perdido, ¿no? –dijo Giggles.
Se escuchó un respingo, proveniente de la pelirroja. Petunia la miró y susurró– Tranquila, no debe andar muy lejos…espera, ¿qué hora es?
– Son las 13:16, ¿a qué hora volvimos hacia acá? –dijo Giggles, después de consultar con su reloj.
– No importa, ¿por qué no vamos a buscarla?
– ¿Por qué no mejor…e-esperamos a que venga? –propuso Flaky– Tal vez esté viniendo hacia aquí, ¿qué pasa si nosotras salimos y ella justo llega? A-además si nosotras llegamos a perdernos…
– No nos perderemos, haremos el mismo caminito que dejamos como los chicos del cuento, cosa que además fue idea tuya –señaló a Flaky. Giggles se mostraba muy confiada, hasta entusiasmada–, además tengo ganas de ¡otra aventura! Como la del lago –rió.
– Es sólo buscar a Lammy, Giggles –le recordó Petunia, tratando de no pensar en el episodio reciente.
– Cierto, pero… –miró a Flaky, sin dejar que su boca abierta diga nada– está bien. En caso de que la 'Ovejita' venga hacia aquí mientras estamos afuera, podemos dejar una nota, y si no la encontramos al cabo de una hora, volveremos. Nos quedaremos un rato más y volveremos a salir a buscarla. ¿Qué les parece?
– No parece una mala idea –acotó la peliazul.
– Es-está bien, pero comamos algo primero –suspiró la pelirroja al sentir su estómago rugir, derrotada.
...
...
Handy, muy a pesar de ser el chico más serio de los cuatro, se estaba retorciendo de risa en la carpa.
– Hijo de las mil y un put…
– ¡Bah! Admite que fue divertido –interrumpió a Cuddles, largando otra carcajada.
– ¡Me has roto la nariz! ¡¿Cómo quieres que sea divertido PARA MÍ?!
– No te he roto la nariz. Ten en cuenta que no fue a propósito, ya que yo estaba 'durmiendo' –recalcó–. Además, tú fuiste el que me tiró la zapatilla.
– ¿Quién dijo que fui yo? –preguntó Cuddles, poniendo cara de descreído. « ¿Cómo lo supo? » se preguntó mentalmente con rabia.
– Ah, ¿entonces fuiste tú? –Handy se volvió y lo miró fijamente.
Carajo. Lo había descubierto sin ningún esfuerzo.
– Diablos –desvió la cabeza. No es que creyera en las palabras de Handy al cien por ciento, pero si en verdad era cierto que la patada que le dio en la nariz era para devolverle el golpe que le dio él mismo con el calzado, se podía decir que Handy era un resentido.
Aunque claro, no era la primera vez que Cuddles hacía bromas así, y habían sido incontables las realizadas con éxito. Supuso que tal vez, sólo tal vez, se merecía ésa patada (aunque no con tanta fuerza). Agarrándose el puente de la nariz, gimió levemente con un gesto de dolor.
– No seas marica. No te la he roto, ni siquiera estás sangrando.
El rubio lanzó un gruñido– Me voy afuera –dijo.
Handy se encogió de hombros al ver cómo salía sin más explicaciones. Buscó una botella de agua entre el amontonamiento de cosas hasta que dio con uno, sin importarle de quién era.
Comenzó a pensar en lo que le depararía en los días siguientes. Y aunque no quería, en lo que había hecho últimamente antes de lograr ése viaje. Había tenido muchos logros en su vida, y el que más lo enorgullecía era su trabajo.
No era un trabajo cualquiera: la carpintería precisaba (irónicamente) de buenas manos y una mente calculadora y creativa. También había estudiado algunas de las distintas ramas de la arquitectura moderna, haciendo que sea un tanto reconocido en su ciudad natal. Las personas que lo querían elogiaban sus logros, unos muy notables y hermosos según decían. Había construido varias casas con ayuda de sus supervisores y con algunos compañeros; así como también había podido reparar innumerables objetos con gracia y pulcritud, aunque él mismo se decía que no era un tipo delicado. Sin embargo, por sobre todas las cosas, le gustaba hacer las cosas a su manera para que queden bien realizadas. Un trabajo bien realizado era bien recibido.
Desde sus 18 años hasta la actualidad (en donde tiene 22), tuvo distintos accidentes, los cuales casi siempre eran situaciones que podían arreglarse. Un marco de espejo pisado y hecho añicos; cerámicos que habían caído y sido destruidos, por distracción; una tabla de madera que había sido despedazada por un ataque de furia. Eran cosas que podían comprarse nuevamente, que podían repararse nuevamente, o que podían cambiarse nuevamente. Para él, no había problema ni aunque tuviera que quitar dinero de su billetera.
Pero el accidente que realmente lo había marcado había sido en un día de otoño, hacía casi 1 año.
En las afueras de la ciudad, había sido contratado junto a su equipo para construir una mansión (la cual se debía construir en menos de 18 meses, y por suerte, se logró en 14). Las instalaciones, así como cada pared de cada habitación, ya estaban listas, y sólo quedaban algunos detalles por arreglar. Handy había supuesto que ése día terminaría bien, ya que le fascinaba ver sus obras ya hechas, lo ponía feliz ver aquello por lo cual había trabajado durante tanto tiempo, con tanto esfuerzo y ganas.
El único problema era, que los accidentes podían ocurrir cuando menos podía esperarse. Él lo sabía pero, aparte de algún que otro rasguño o quemadura que había sufrido en los pocos años de trabajo que había tenido, no pensaba en que podía haberle ocurrido…excepto ése maldito día.
Observó sus manos y dedos atentamente: todo lo que estaba cubierto por las vendas, estaba colmado de cicatrices. Clavos de varios centímetros habían penetrado en sus antebrazos y palmas, cuando intentó evitar que su cuerpo se golpeara violentamente contra el suelo. Por instinto había extendido los brazos y las manos cuando tropezó con la cuerda que estaba colocada a ras del suelo, la misma que un imbécil había dejado tirante para medir la anchura necesaria de las puertas y sin avisarle a nadie. Handy no había visto ese pedazo de hilo, pero sí los clavos en el suelo, que se alzaban amenazantes justo frente a él.
Cerró los dedos convirtiendo sus manos en puños. No le dolía nada ya, las lastimaduras habían sanado a pesar de que habían traspasado piel, músculo y hueso por completo. El envión había sido demasiado rápido, y la gravedad no había ayudado en nada más que para lastimarlo. Irónicamente, el dolor físico era comparable con el dolor emocional que había sentido tiempo después, cuando salió con dos chicas con las que había entablado una -casi- excelente confianza. Handy las había querido mucho, pero ellas a él…no lo suficiente.
Lo supo cuando reunió el valor, el maldito suficiente valor, para mostrarles a ellas el porqué aún tenía ésas vendas si las heridas ya habían cerrado. Los rostros espantados nunca se iban a ir de su mente, y las palabras que le dijeron después…mucho menos.
A pesar de su personalidad dura, que indicaba que le importaba un pimiento lo que pensaran los demás…muy en su interior, sentía vergüenza de sí mismo. Sus heridas habían sido horrendas, pero las huellas que habían dejado lo horrorizaban aún más. Aunque jamás le había dicho a nadie de aquello ni le había mostrado esas marcas más que a…esas chicas, sabía que la razón por la cual nunca aceptaba tener una compañera era porque tenía cierto temor en su interior.
« ¿A qué » se preguntó, con cierta inseguridad.
Al…rechazo. Ser rechazado de nuevo, era algo que no estaba dispuesto a aceptar.
Porque, ¿quién iba a querer a alguien con esas asquerosas cicatrices?
– ¿Me estás escuchando? –preguntó un estupefacto Cuddles. Éste había asomado la cabeza en la entrada de la carpa.
– No –admitió Handy, un tanto distraído. Cuando por fin apartó los ojos de sus manos, lo miró– ¿Qué quieres?
– Vamos afuera, tengo hambre –instó, ignorando completamente que Handy estaba abatido en su interior–, el sol calienta y se puede cocinar algo con esta temperatura.
Handy se encogió de hombros– ¿Dónde están los otros dos? –preguntó mientras salía.
– La verdad…ahora que lo dices, no tengo idea –Cuddles se agarró la barbilla con gesto pensativo– Supongo que habrán ido a dar un paseo por ahí…
Se quedaron callados un momento antes de que Handy lanzara un bufido.
– Ya sabía que eran gays, pero me hubiese gustado que se declararan en otra ocasión. Ésta situación nos va a hacer parecer a nosotros dos gays también –se irritó un poco. El rubio lanzó una carcajada, a veces Handy tenía un sentido del humor gracioso para él.
– En realidad dudo que estén por ahí…haciendo eso. Los conoces bien –dijo–, sin embargo, puede que…eh…estés en lo cierto…
– Cállate –le gruñó–. No quiero ni saberlo. ¿Por qué no vas a buscarlos? No quiero echar afuera lo que comí ayer si veo lo que creo que están haciendo.
– Cálmate Handy, de hecho, sería inútil salir a buscarlos ahora.
– ¿Por qué?
– En primer lugar, no sabemos hacia dónde fueron –dijo Cuddles, levantando un dedo, enfocando sus ojos en algo detrás de Handy. Handy rodó los ojos–. En segundo lugar, están detrás de ti… –ambos alzaron una ceja mientras el pelirrojo miró por encima del hombro. Ciertamente, ahí estaban viniendo los dos…mojados. Flippy con el pecho desnudo.
Handy se puso medio verde mientras volvía a mirar hacia el frente. Cuddles casi quiso explotar de risa, pero en vez de eso dejó que las carcajadas se situaran en sus cachetes inflados, la boca cerrada.
...
...
– ¡Laaaaammy!
– ¡Laaammyy...!
– ¡LAAMMYYY!
El trío de mujeres que estaba por ahí, en medio de la espesura del bosque, estaba buscando a gritos a la chica de cabellos lilas desde hace…bueno, no sabían desde hace cuanto.
Después de haber comido unas delicias que había preparado Giggles (sándwiches de atún y tomate) y ponerse otras prendas que ocultaban un poco más sus figuras, las tres salieron en su búsqueda caminando a paso normal. No sabían cuánto medía la magnitud del bosque y los arboles no estaban tan juntos como para perder de vista el campamento a menos de 100 metros, pero ninguna, ni mucho menos Flaky, quería correr el riesgo de perderse en ésa tupida arboleda. Por lo que volvieron a hacer el camino marcándolo con más piedras y ramitas con flores violetas, y así se alejaron a cierta distancia de la tienda.
Al volver a toparse con el lago, discutieron sobre si ir a la derecha, a la izquierda…o si cruzar el lago nadando.
– No quiero meterme de nuevo –resopló Petunia–, no traje mis toallas, ni mucho menos ropa. Vayamos por el costado, podemos rodearlo y llamarla, no debe andar muy lejos.
Ni Flaky ni Giggles la contradijeron. De hecho, a pesar del intenso calor, tampoco tenían ganas de cruzarlo empapándose…aunque no pudieron evitar sumergir las manos en el agua para refrescarse los rostros y las nucas acaloradas.
– Entonces…¿derecha o izquierda? –cuestionó la pelirroja.
– Empecemos con el pie derecho –bromeó Giggles, caminando a la derecha. Las chicas la siguieron.
Después de un rato de rodear y seguir llamando a la pelivioleta cada tanto, a una de ellas se le ocurrió que alguna podía trepar uno de los extensos y altos árboles que estaban precisamente al lado de ellas. De esa forma quizás podría ver el llamativo pelo de Lammy entre tanto verde, y así finalmente la encontrarían más rápido.
Después de pensar mucho y discutirlo un poco, Flaky de repente se arrepintió de su idea.
– No puedo subirme a un árbol…y no lo deseo tampoco –Petunia hizo una mueca de desagrado–, demasiados bichos, demasiado sucio…
– ¿No dejarías tu lado obsesivo ni por tu amiga? –le quiso pinchar Giggles.
– Peso más que ustedes. Las ramas se romperían –insistió.
– Si es por eso, creo que tampoco puedo hacerlo… –quiso irse por la tangente. Ella tampoco quería trepar un árbol.
– ¿Qué? –Flaky estaba confundida– ¿Y por qué no puedes Giggles? Pareces un poco más…delgada que yo incluso.
– No es cierto –mintió, sabedora de que en realidad quizá pesaba unos dos kilitos menos que ella–, eres la más pequeña de nosotras. Además no sé cómo trepar árboles –volvió a mentir. En realidad no se acordaba de su aceptable habilidad de trepar cosas, pero por supuesto no iba a decirlo.
– Esto… –la pelirroja tragó saliva.
– No te preocupes tanto, sabemos que antes trepabas árboles con Nutty y Totthy –Petunia lanzó un guiño–. Aunque lo que no sabías era que ellos en realidad te lo pedían porque querían ver tus pantaletas.
– No jodas –la cara de espanto abarcó todo su rostro– ¿De…de verdad?
– No –hizo una mueca–. Creo que fue un mal chiste. De hecho, si lo piensas mejor es posible, pero bueno. ¿Subes?
– Ok… –suspiró, resignada.
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– Este es bueno.
– Prácticamente…está casi sobre el lago –aclaró Giggles, viendo la elección de su amiga de azul.
Flaky pensó lo mismo, aunque no sabía porque Petunia había elegido ése. Pero con mucho cuidado, y sobre todo con cierto temor, comenzó a trepar el inmenso árbol marrón oscuro siendo ayudada y empujada por las manos de sus amigas. Un fino sonrojo apareció en su rostro cuando sintió tres manos sobre su trasero, pero no le dio importancia y se impulsó hacia arriba.
Ciertamente su destreza de hacía años no había cambiado radicalmente. Instintivamente sabía en donde colocar manos y pies, y de hecho las ramas no eran finas como habían pensado, incluso pudo saber que una podría soportar el peso de dos de ellas. Habían exagerado un poco realmente.
Si bien el estar con poca ropa le facilitaba trepar, también aumentaba las dificultades. A medida que subía notaba un poco de dolor en algunas partes del cuerpo al rasparse contra la corteza dura y desnuda, pero en ningún momento paró hasta que llegó a los 15 metros casi.
– Vas muy bien Flaky, eso es…¡NO MIRES ABAJO! –gritó Petunia al notar que Flaky quería hacer lo contrario– Tranquila, sólo un poco más y…te fijas.
– ¿Ves algo?
La aludida casi inclinó la cabeza, pero luego se acuerda de la advertencia.
– No mucho, –dudó– pero…subiré un poco más, creo que las ra-ramas me-me soportarán más arriba –se aferró un poco más al tronco, y volvió a moverse.
...
...
– No me trago eso.
– Si realmente piensas, Cuddles, que estábamos haciendo lo que crees que estábamos haciendo pues lamento decepcionarte pero sólo estuvimos hablando –Flippy señaló a Splendid con el pulgar, casi sin mirarlo–. Este tarado se cayó con su propio charco.
– Eh, si lo dices así suena mal. Sólo me mojé y resbalé...
– Quedando algo estúpido –dijo Cuddles, divertido.
– ¿Más de lo que es? Vaya –sopló Handy, del mismo modo que Cuddles.
Flippy no se escandalizó por lo que pensaran los demás de él, pero aún así puso los ojos en blanco. Si bien habían tardado su tiempo en llegar, fue debido a lo que Splendid le había contado acerca de su inexplicable visión de las muchachas en el lago.
Lo estuvo molestando un rato con que le dijera qué diablos le pasaba, ya que notaba que estaba sumamente distraído. Más de una vez tropezó con alguna raíz saliente e incluso no había esquivado la rama que Flippy, a propósito, le había hecho palanca para golpearlo de lleno en la cara. Splendid tendría que haber esquivado eso, ya que nunca caía en trampas tan tontas como esas, pero los rasguñones en el rostro eran la prueba de que algo lo inquietaba.
Eso, hasta que finalmente le dijo lo que había visto justo antes de que llegara al lago.
Flippy no sabía qué pensar en realidad. Era probable que aquello hubiese visto era en realidad una alucinación, pero también estaba la posibilidad de que hubiese sido real. Si esas chicas, las mismas que habían "encontrado" en el camino a ése bosque, estaban en el mismo lugar que ellos...entonces habían sido unos tontos en no darse cuenta.
Mejor dicho, no. El bosque era realmente grande, no habían muchas maneras de que supiesen que ellas estaban allí. Si es que estaban, por supuesto.
No sabía si creerle o no de todos modos. Pero no se preocupó, sabía que nunca más iban a verlas aunque un par de ellas le habían agradado. Qué lástima.
– ¿Y la comida? –preguntó, viendo un par de recipientes sólo con migas.
– Aquí –dijo Cuddles. Flippy dio media vuelta y vio a un rubio que se frotaba el estómago.
– Te comiste... –Splendid no podía creerlo.
– Seh. Estaban ricas.
Flippy avanzó un paso hacia Cuddles.
– Prepara algo –lo amenazó.
– Oye oye oye. No te pongas así, era una broma –rió Cuddles–. Toma –desde detrás de su espalda mostró un gran recipiente lleno de papas fritas.
– Hace rato no comía de estos. Hay que festejar, ¡comiendo! –dijo Splendid, tomando el taper* en sus manos– Traigan tenedores.
– La verdad prefiero comerlas con la mano. Son como las pizzas, no necesitan tenedores –Handy aprovechó y tomó algunas papas con sus dedos.
Los cuatro se sentaron alrededor de una improvisada mesa (que más bien era un mantel colocado descuidadamente sobre el suelo) y comenzaron a comer. Flippy sacó de una bolsa una botella y unas servilletas, tampoco eran tan cochinos como para no limpiarse las manos con restos de aceite.
– Dame la botella por favor, tengo sed –dijo Handy, pasándose el dorso de la mano vendada por la mejilla.
Cuando la tuvo en su poder, Handy comenzó a desenroscar la tapa.
Ni siquiera alcanzó a terminar la sencilla tarea: un grito de mujer (de eso no le cabía duda a ninguno) se escuchó, casi en dirección a la derecha de Splendid. Potente, lleno de horror, y por sobre todas las cosas...no muy lejos de ellos.
...
...
Giggles se alejó un poco del árbol y se sentó en medio del césped húmedo, pensativa. Había algo que no le cuadraba.
– Pet, ¿por qué elegiste este árbol? Habían muchos otros buenos hacia el otro lado –dijo.
La peliazul la miró, levantando un poco las cejas al verse descubierta.
– Digamos que...fue por simple precaución –habló despacio, y bajó una octava la voz–. No le digas a Flaky, pero por si no lo sabían existe la posibilidad de que ella caig-
Se vio interrumpida por un chillido ensordecedor que penetró profundamente sus oídos. Giggles se paró de golpe; el grito venía de arriba.
– ¡Flaky! ¡¿Qué te sucede?!
Fin del capítulo
N/A: (*) Taper, tupper, son las definiciones que refieren a los mismos recipientes de plásticos con tapa. No sé como les dirán en sus países ñ.ñ
Otra vez cambié el título de la historia, lo sé lo sé, perdonen por eso pero creo que este me gustó mucho más que el anterior. Prometo que quedará así y sólo así :D
Yisus craist, pasó más de un año desde que volví a tocar esta historia...no murió, en serio no murió, acá me ven vivita y coleando para seguir escribiéndola. No siempre es la culpa de mis inspiraciones hijas de perras, simplemente yo tengo una vida llena de responsabilidades fuera de FanFiction :'v que duro es ser casi una adulta *sonando como abuela*
En fin. Muchísimas gracias por los Reviews recibidos (9T^T)9 los quiedo
También por los Favs y Followers (~TwT)~ los abo
¡Nos leeremos pronto! Gracias por todo, de corazón :'D
Feyris
