Ser detective sin pertenecer a una agencia era un trabajo complicado, como él sabía bien ya. Muchas veces, prefiriendo hacer lo que él creía correcto antes que lo que se le había ordenado, le acarreaba consecuencias más negativas que positivas; sin embargo, su conciencia se quedaba limpia y tranquila, sabiendo que no se había fallado a sí mismo ni a sus principios.

Tan rápido como se enteró que 18 niños habían desaparecido, supo que tenía investigarlo, costase lo que costase. Y cómo no, se metió en la boca del lobo.

Un lobo marino, en este caso. Fuentes fiables le dijeron que se llevaban a los críos a bordo de un barco, el Gigantic, y que muy posiblemente los responsables de esto fuesen Cradle Pharmaceutical. Tomando nota del lugar y la hora a la que zarparía dicho barco, se presentó allí armado, con la fútil esperanza de que pudiera salvarles.

Poco sabía lo que le esperaba, y mientras una jeringuilla se clavaba en su cuello - induciéndole al sueño, lamentó haber sido tan ingenuo e inútil para los críos.


Cuando despertó, lo hizo en una celda del propio barco. Investigó un poco los alrededores, intentó abrir inútilmente la puerta y se cercioró de que no hubiese nada que lo ayudase a escapar de allí. Suspiró, frustrado, y se sentó en el suelo. No tenía armas, ni móvil, ni nada que le fuese de utilidad; estaba allí atrapado hasta que decidiesen que iban a hacer con él.

Metió la mano en uno de los bolsillos de su americana, sonriendo aliviado cuando rozó el papel con los dedos – al menos, no le habían quitado lo más importante para él. Sacó el papel algo arrugado y lo miró en silencio.

Era una fotografía en la que salía él mismo de joven y una niña pequeña que sonreía a la cámara como si le fuese la vida en ello. Sonrió, contagiado por la sonrisa de la chiquilla, y volvió a guardar la foto – el único recuerdo que le quedaba de su hija. Iba a salvar a esos niños fuese como fuese, para que al menos por una vez, hubiese llegado a tiempo para salvar a alguien.

No tardó mucho en oír voces infantiles, lo que le puso en alerta. Buscando la fuente de la que provenían, descubrió que detrás de la cama había un conducto de ventilación – ese era el canal por el que oía a los críos hablar. Reptando por el diminuto espacio, llegó hasta el final del mismo y origen de las voces. Allí debajo había una enorme sala con una puerta que tenía un 9 pintada, y también se encontraban parte de los críos allí. Solo había cuatro, los otros habían escapado por susodicha puerta, así que se apresuró en hacer una cuerda con sábanas y sacarlos de allí cuanto antes.

Una vez estaban los cuatro críos en el conducto de ventilación, se apresuraron por otra ruta diferente a la de su celda para escapar de allí. Cuando consiguieron salir, encontraron dos rutas – una llevaba de vuelta al incinerador, y la otra era una puerta doble. Corrieron por esta última, llevándoles a una escalera en espiral, donde la palabra libertad se podía sentir en cada uno de los escalones.

De pronto, uno de los chavales gritó que su hermana había desaparecido, así que regresaron para encontrarla. Sin embargo, Gentarou Hongou –el jefe de la farmacéutica y responsable de todo–, fue más rápido; cogiéndola bruscamente del brazo, la intentó encerrar de vuelta en el incinerador, habiendo activado el RED previamente. Seven supo que esta era su oportunidad, así que volviendo a tirar de Akane antes de que esta quedase allí atrapada, les apremió a los cuatro que corriesen de nuevo por las escaleras y que escapasen cuanto antes, que había una lancha allí esperándoles.

Hongou se enfureció, atacando a Seven. Tras un breve forcejeo por parte de ambos, fue él quien resultó ganador de la pelea, empujando a Seven dentro del incinerador. El altavoz informó del tiempo que quedaba para que el proceso de incineración comenzase. Estaba perdido, pero ya se había resignado.

Aquel desgraciado también había huido, pero tuvo una corazonada de que no lo había hecho en la misma dirección que los críos. Se aferró a la esperanza de que no estuviese equivocado.

Apenas quedaba un minuto para que comenzase el proceso, así que sacó la fotografía de su hija y sonrió, diciéndole que papá iba a reunirse pronto con ella; también la pidió perdón, y en cuanto las lágrimas abandonaron sus ojos, se planteó si había hecho lo correcto. Justo antes de que el fuego devorase su cuerpo, él mismo se dio la respuesta.

Sí, porque esta vez, había llegado a tiempo. Había salvado a los nueve niños.