Capítulo 5: Juego pinacle con un caballo.
—Bueno... Mejor comencemos la lectura. —Pidió Atenea con un tono lleno de desesperación.
—Deberías calmarte un poco, Atenea. —Se burló con gracia, Poseidón. Sus hijos rieron de acuerdo, mientras que los búhos lo miraron mal.
—Ella nunca estará tranquila. —Suspiro con una mueca de disgusto, Afrodita.
—Afrodita... —llamo su atención, Hefestos. La diosa del amor le miro entre interesada y curiosa. Pero antes que el dios del fuego pudiera decir algo, una navaja se clavó al lado de su mejilla, una pequeña línea de icor cayó por su mejilla. —Deberías controlar tus celos, Ares. —Bufó sin interés.
El dios de la guerra miraba con cierto brillo de celos al dios de fuego.
—Comenzaré. —Dijo Rachel con una sonrisa.—Juego Pinacle con un caballo.— Percy la miro, y luego negó con la cabeza mientras pensaba:
—La chica era rubia...
Tuve sueños rarísimos, llenos de animales de granja. La mayoría de ellos quería matarme; el resto quería comida.
—Le has dejado un trauma G-man. —Se burló Thalia, con una sonrisa pícara. El hijo de Hades bufó.
—Eso no es dejar trauma. —Chasqueo los dedos y un montón de esqueleto agarraron los pies de las chicas de Afrodita, y estas chillaron. Cuando los esqueletos desaparecieron las chicas de Afroditas tenían un constante tic en el ojo. —Esto es dejar trauma.
Cierta hija de Hades, reía en voz baja.
Debí de despertarme varias veces, pero lo que oía y veía no tenía ningún sentido, así que volvía a quedarme grogui. —El Pelinegro se sonrojó por las miradas de burla. — Me recuerdo descansando en una cama suave, alguien dándome cucharadas de algo que sabía a palomitas de maíz con mantequilla pero que era pudin. La chica de cabello rizado y rubio sonreía cuando me enjugaba los restos de la barbilla.
Percy se acomodó al lado de su madre, escuchando atentamente la descripción.
Will suspiró mientras rodaba los ojos. — Me acuerdo de ese día. —Comentó el hijo de Apolo, todos miraron al chico. — Soy un año menor que Annabeth y Percy, lo sé. Pero cuando es de la enfermería solo mando yo. —Siguió el chico. — El día que llego Percy, busque todo, pero Annabeth me lo quito, me miro, y me saco a patadas de MI enfermería. —Los hijos de Apolo que estuvieron ese día rieron un poco ante el recuerdo.
— ¡Hey! —Exclamo una sonrojada hija de Atenea.
— ¿Qué va a pasar en el solsticio de verano? —me preguntó al verme con los ojos abiertos.
—Mal, Anne Mal. —Gruño la hija de Zeus mientras negaba con la cabeza. —No le preguntes al Seso de algas, le harás daño.
— ¡Hey! —Grito con el ceño fruncido el hijo de menor de Poseidón. (N/A: Bueno, Tyson es el hijo menor, pero no está en la sala)
— ¿Qué? —mascullé.
El hijo de Poseidón se sonrojó, ante las carcajadas de todos.
Miró alrededor, como si temiera que alguien la oyera.
— ¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que han robado? ¡Sólo tenemos unas semanas!
—Lo siento —murmuré—, no sé...
—Tú y tus lo siento. —Murmuró Luke, su novia rió un poco, pero asintió de acuerdo. —Además de disculparse, es un mal mentiroso... —Murmuro lo último mientras negaba con la cabeza, para la diversión de Silena, y Bianca.
—Luke, tu eres igual. —Se burló Charles. El hijo de Hermes le sacó el dedo bonito, mientras un sonrojó aparecía en sus mejillas.
Alguien llamó a la puerta, y la chica me llenó la boca rápidamente de pudin.
—Buena forma de callar. —Halago Silena a Annabeth. —Pero...
—Esta es mejor... —Termino Piper. Sus novio la miraron confundido y cuando le iban a preguntas, las dos presionaron sus labios. La líder actual menos, que la antigua.
La siguiente vez que desperté, la chica se había ido.
—Awww... Ya te extrañaba. —Arrullo Afrodita mientras fruncía sus labios. Algunos hombres se sonrojaron.
— ¿Quién es? —Pregunto confundido el hijo de Poseidón. Algunos vieron la mueca de dolor de Annabeth.
Un tipo rubio y fornido, con aspecto de surfero, estaba de pie en una esquina de la habitación, vigilándome. Tenía ojos azules —por lo menos una docena de ellos— en las mejillas, en la frente y en el dorso de las manos.
Hera sonrió con cariño a acordarse de Argos.
Cuando por fin recobré la conciencia plenamente, no había nada raro alrededor, salvo que era más bonito de lo normal.
Una gran luz entro a la sala, y de allí salieron confundidos los romanos. Reyna. —Que lideraba a la tropa de confundidos. — Miro a los dioses con respeto, y luego con confusión a los Mestizos.
—Digan nombre y padre divino. —Dijo Zeus con autoridad, pero preocupado al ver a los dos campamento juntos, pero su preocupación duro nada al ver como los semidioses romanos saludaron y abrazaron a sus hermanos de parte divina.
Una chica de cabellos largos atado en una coleta, y mirada calculadora se presentó: —Reyna, no diré todo mi apellido. Hija de Bellona. —Sonrió un poco y se acercó al hijo de Hades.
Una chica bajita, de piel color canela, ojos ámbares, y cabello café fue la siguiente en presentarse: — Soy Hazel Levesque. —Sonrió con ternura. — Hija de Plutón.
—Pero tu... —Murmuró sorprendido Hades, el cual flasheo un poco a su parte romana, Perséfone a su lado le sonrió con ternura a la chica, ella irradiaba poder, como lo hacía Nico. —Estabas muerta.
Todo quedo en silencio, hasta que unas risitas de Poseidón rompieron el silencio.
—Lo tuyo es el tacto hermano. —Murmuró con burla el dios del mar.
Hazel asintió a pesar. —Me dieron una nueva oportunidad padre. —Dio una pequeña reverencia.
Ahora un chico, su cabello estaba cortado en forma milita pero se estaba alargando un poco, su rostro mostraba amabilidad y aire occidental, pero si mirabas sus ojos mostraban valentía, era alto, más que la chica anterior, su camisa morada se ajustaba un poco en su brazos.—Frank Zhang. Hijo de Martes.
Ares miró curioso a su hijo, y hubo un flasheo de martes quien le sonreía a su hijo.
Así siguieron, cuando terminaron, Apolo les dio un resumen de por dónde iban.
—Puedes seguir RED. —Sonrió Reyna. Atenea bufó algo sobre: "Estúpido romanos" que hizo reír al dios de los mares.
Estaba sentado en una tumbona en un espacioso porche, contemplando un prado de verdes colinas. La brisa olía a fresas. Tenía una manta encima de las piernas y una almohada detrás de la cabeza. Todo aquello estaba muy bien, pero sentía la boca como si un escorpión hubiera anidado en ella. Tenía la lengua seca y estropajosa y me dolían los dientes.
—Es una sensación fea. —Comentaron al unísono Frank y Clarisse, los dos se miraron la chica dio una pequeña sonrisa, y el chico solo rió, él era el único chico que mantenía su entrenamiento. Su padre miró con interés a los dos.
—Eh ustedes dos. —Los medio-hermanos lo miraron, él sonrió un poco. —Después de esto quiero verlos pelear. —Algunos esperaron una repuesta negativa por parte del chico, pero al igual que su media-hermana dieron una sonrisa llena de diversión.
—Te patearé el trasero. —Le dijo Clarisse con un tono fingido de amenaza.
—Romperé tu lanza, y la utilizaré como palillo. —Respondió de igual forma, Frank.
Se escuchó un silbido incomodo por toda la sala. Todas las miradas se dirigieron al hijo del mar, haciendo sonrojar al chico.
—Lo siento... —El hijo de Hermes grito, haciendo dar un pequeño brinco a todos.
— ¡Luke! —Grito sonrojada la hija de Hades. El rubio— ahora callado— sonrió de manera pícara.
En la mesa a mi lado había una bebida en un vaso alto. Parecía zumo de manzana helado, con una pajita verde y una sombrillita de papel pinchada en una guinda. Tenía la mano tan débil que el vaso casi se me cae cuando por fin conseguí rodearlo con los dedos.
—Nunca te he visto así. —Comentó al aire, la hija de Plutón.
—Nunca me muestro así Haz. —Respondió con una sonrisa, Percy.
—Cuidado —dijo una voz familiar.
Grover sonrió un poco.
Grover estaba recostado contra la barandilla del porche, con aspecto de no haber dormido en una semana. Debajo del brazo llevaba una caja de zapatos. Vestía vaqueros, zapatillas altas Converse y una camiseta naranja con la leyenda «CAMPAMENTO mestizo». El Grover de siempre, no el chico cabra.
Los amigos del chico suspiraron un poco. Debe de ser difícil pensaron algunos.
Así que quizá había tenido una pesadilla. Igual mi madre estaba sana y salva. Tal vez seguíamos de vacaciones y habíamos parado en esa gran casa por algún motivo. Y...
Sally se acercó a su hijo y le abrazó. El chico se acurruco y escondió su cara en el cuello de su madre.
—Me has salvado la vida —dijo Grover—. Y yo... bueno, lo mínimo que podía hacer era... volver a la colina y recoger esto. Pensé que querrías conservarlo.
Dejó la caja de zapatos en mi regazo con gran reverencia.
Contenía un cuerno de toro blanquinegro, astillado por la base, donde se había partido. La punta estaba manchada de sangre reseca. No había sido una pesadilla.
—Nunca lo es. —Susurró Percy. Su madre sonrió con ternura.
—El Minotauro... —dije, recordando.
—Percy... —Comenzó Sally.
—Sí, sí, sí. Los nombres tienen podes. —Susurró Percy.
—No pronuncies su nombre, Percy...
—Así es como lo llaman en los mitos griegos, ¿verdad? El Minotauro. Mitad hombre, mitad toro.
Sally le dio un pequeño golpe a su hijo, pero está segura de que no fue fuerte al escuchar las risas de parte de él.
Grover se removió incómodo.
—Has estado inconsciente dos días. ¿Qué recuerdas?
—Dime qué sabes de mi madre. ¿De verdad ella ha...?
Bajó la cabeza.
—Lo siento Perce... —Se disculpó Grover.
—No te preocupes amigo.
Yo volví a contemplar el prado. Había arboledas, un arroyo serpenteante y hectáreas de campos de fresas que se extendían bajo el cielo azul. El valle estaba rodeado de colinas ondulantes, la más alta de las cuales, justo enfrente de nosotros, era la que tenía el enorme pino en la cumbre. Incluso aquello era bonito a la luz del día.
—...—Se escuchó tronar en la sala, y después se escuchó un chillido nada masculino.
—Thals tranquila, deja que Rachel siga leyendo. —Chillo de nuevo Percy.
—Sesos de alga... —Gruñía Thalia, el aire estaba lleno de ozono a su alrededor, y sus ojos brillaban
Rachel recibió la mirada de ayuda de Percy, y siguió leyendo.
Pero mi madre se había ido y el mundo entero tendría que ser negro y frío. Nada debería resultarme bonito.
— ¿Vez? —Señalo Percy a Thalia.
—Oh... Percy te ha dicho bonita Thalia. —Bromeo Nico. Thalia se sonrojo y les mando unas descargas electrizantes a sus dos primos favoritos.
—Lo siento —sollozó Grover—. Soy un fracaso. Soy... soy el peor sátiro del mundo.
—Grover. —Le riñeron los primos, la hija de atenea, y el hijo de Hermes.
Gimió y pateó tan fuerte el suelo que se le salió el pie, bueno, la zapatilla Converse: el interior estaba relleno de polis pan, salvo el hueco para la pezuña.
— ¡Oh, Estige! —rezongó.
Un trueno retumbó en el cielo despejado.
— ¿No podemos decir algo sin que truene? —Pregunto Percy, mientras acomodaba su cabello.
—No, tu tío es el Señor dios supremo de las divas. —Le respondió, Poseidón con una sonrisa burlona en sus labios.
Mientras pugnaba por meter su pezuña en el pie falso pensé: «Bueno, esto lo aclara todo.» Grover era un sátiro.
—Nooo, y yo que pensaba que era centauro. —Dijo Grover con sarcasmo. Algunos se imaginaron a Grover siendo centauro.
Un par de chicas rieron ante un recuerdo.
Si le afeitaba el pelo rizado, seguramente encontraría cuernecitos en su cabeza.
—Ni se les ocurra. —Grito una pelirroja hija de Deméter.
—Nosotros... —Comenzó Connor.
—No íbamos... —Siguió Travis.
—A hacer nada. —Terminaron al unísono. Hermes se limpió una lagrima de orgullo que caía por su mejilla (?)
La pelirroja sonrió, y sin que nadie se diera cuenta unas plantas envolvieron los pies de los Stoll.
—¡Katie! —Grito Travis mientras sonreía con diversión.
—¿Quién, yo? —Pregunto "ofendida" la hija de Deméter pero con una sonrisa.
Pero estaba demasiado triste para que me importara la existencia de sátiros, o incluso de minotauros. Todo aquello sólo significaba que mi madre había sido realmente reducida a la nada, que se había disuelto en aquel resplandor dorado.
— ¿Resplandor dorado? —Murmuró Atenea, y sus hijos.
Estaba solo. Me había quedado completamente huérfano. Tendría que vivir con... ¿Gabe el Apestoso?
—No, eso nunca. —Dijeron al unísono la hija de Atenea, y el hijo de Poseidón.
—Primero quemamos vivo a esa cosa, y luego te vas a vivir conmigo. —Murmuró Poseidón, con una mirada llena de seriedad, que hizo que sus hermanos tuvieran un escalofrío.
No, eso nunca.
Poseidón, Annabeth, y Percy asintieron. Algunos rieron ante la mirada llena de ira de la hija de Atenea.
Antes viviría en las calles, o fingiría tener diecisiete años para alistarme en el ejército.
—Difícil... —Murmuraron al unísono el hijo de Marte, y la hija de Ares.
— ¿Por qué? —Pregunto insultado Percy.
—En ese tiempo eras muy pequeño y canijo. —Respondió Clarisse. Percy miró a su amigo en busca de ayuda, pero este levanto las manos en señal de "No me meto" pero después dijo:
—Lo siento, Percy. Annabeth me mostró una foto de ti cuando tenías 14, y Clarisse tiene razón, eras muy pequeño. —Respondió con calma Frank, como si temiera que Percy le saltará encima.
—Es cierto. —Afirmo Grover.
Haría algo, cualquier cosa.
Grover seguía sollozando. El pobre chico —o pobre cabra, sátiro, lo que fuera— parecía estar esperando un castigo.
—Lo esperaba... —Susurró el sátiro, mientras su novia acariciaba su cabeza con ternura.
—No ha sido culpa tuya —le dije.
—Cierto. —Dijo Percy.
—Sí, sí que lo ha sido. Se suponía que yo tenía que protegerte.
— ¿Te pidió mi madre que me protegieras?
—No, pero es mi trabajo. Soy un guardián. Al menos... lo era.
— ¿Lo era? —Pregunto Dionisio mirando al sátiro con severidad.
—Pero ¿por qué...? —De repente me sentí mareado, la vista se me nubló.
Percy cabeceo un poco, recostó la cabeza en el hombro más cercano que termino siendo el de Thalia.
— ¿Estas bien, Perce? —Pregunto preocupada, su líder la miro con desaprobación mientras pensaba por qué ella era su nueva teniente.
—Me siento mareado, Thals. Seguro pronto se me irá. —La trató de calmar con una sonrisa cansada.
—Estas pálido. —Señalo Will, quien estaba al lado de Nico.
—No lo estoy. —Gruñó Percy.
—No te esfuerces más de la cuenta. Toma.
Me ayudó a sostener el vaso y me puso la pajita en la boca.
Su sabor me sorprendió, porque esperaba zumo de manzana. No lo era. Sabía a galletas con trocitos de chocolate, galletas líquidas. Y no cualquier galleta, sino las que mi madre preparaba en casa, con sabor a mantequilla y calientes, con los trocitos de chocolate derritiéndose.
Los primos suspiraron, mientras relamían sus labios. Las chicas suspiraron cuando vieron hacer eso a los chicos, y los chicos se sonrojaron ante la acción de la cazadora.
—Nuestros hijos son sexys. —Comentó Poseidón.
—Claro que sí, tiene nuestros genes. —Comentó también Hades sonriendo.
—Yo solo tengo una mocosa... —Murmuró en voz baja, Zeus. Hera miro mal a su esposo, la niña le estaba cayendo bien, no era como Heracles, y eso era bueno.
Al bebérmelo, sentí un calor intenso y una recarga de energía en todo el cuerpo. No desapareció la pena, pero me sentí como si mi madre acabara de acariciarme la mejilla y darme una galleta como hacía cuando era pequeño, como si acabara de decirme que todo iba a salir bien.
—Todo a salir bien. —Susurró con una sonrisa Sally.
Antes de darme cuenta había vaciado el vaso. Lo miré fijamente, convencido de que había tomado una bebida caliente, pero los cubitos de hielo ni siquiera se habían derretido.
Los semidioses sonrieron leve mente.
— ¿Estaba bueno? —preguntó Grover.
Asentí.
— ¿A qué sabía? —Sonó tan compungido que me sentí culpable.
—Típico de vos. —Se escuchó por toda la sala, los semidioses se miraron confundidos, mientras algunos se preguntaban qué significaba, un hijo de Hermes, y un hijo de Hefestos rieron en voz baja llamando la atención.
— ¿Qué fue eso? —Pregunto confundido, Percy.
—Típico de vos—Repitió Leo. —Típico de ti. —Tradujo con lentitud.
Cierta hija de Apolo se encogió en su lugar sonrojada.
—Perdona —le contesté—. Debí dejar que lo probaras.
—Eres tan bueno... —Arrullaron Afrodita, Hera, Hestia, y Sally con una sonrisa.
— ¡No! No quería decir eso. Sólo... sólo era curiosidad.
—Galletas de chocolate. Las de mamá. Hechas en casa.
Los primos se volvieron a relamer el labio.
—Creo que escuché un gemido. —Comentó Daap mirando a todos.
—Ah... ¿Tú también lo escuchaste? —Pregunto Nani mirando a todos. — Creí que tantas cajitas felices me traían loca.
— ¡Oye, las cajitas felices son grandiosas! —Gritaron Daap y Nico al mismo tiempo, haciendo reír a algunos.
Suspiró.
— ¿Y cómo te sientes?
—Podría arrojar a Nancy Bobofit a cien metros de distancia.
— ¡Hazlo! —Gritaron los hijos de Ares, y Marte.
—Eso está muy bien —dijo—. Pero no debes arriesgarte a beber más.
—¿Qué quieres decir?
Me retiró el vaso con cuidado, como si fuera dinamita, y lo dejó de nuevo en la mesa.
—Quiere decir que si tomas de más, te prenderás en fuego. —Explicó Leo a los más pequeños.
—O te calentaras tanto que tu cerebro explotara. —Comentó Nani al lado de él.
—El Fuego es mejor explicación. —Replicó el latino.
—El calor es agradable. —Replicó la castaña.
— ¡Acabas de decir que explotará su cerebro por el calor! —Grito el hijo de Hefestos, mientras su nariz se prendía en fuego.
— ¡Como si prenderte en fuego fuera el pan de cada día! —Grito la hija de Apolo, mientras sus ojos brillaban de un color amarillo.
De un momento a otro todos estaban sudando, y sofocándose, mientras los dos latinos emanaban una capa de calor, la cual fue apagada por una ola tamaño "Hermanos pez".
—Tranquila. —Decía Daap, al lado de Nani.
—Sí, sí. —Respondió mientras vapor salía de su cuerpo, al igual que el hijo de Hefestos.
—Vamos. Quirón y el señor D están esperándote.
—El señor D nunca espera a alguien. —Bufó Leo.
— ¡Hey! Que es mi padre. —Gruñeron Polux y Dakota. Dionisio sonrió de lado.
La galería del porche rodeaba toda aquella casa, llamada Casa Grande.
Al recorrer una distancia tan larga, las piernas me flaquearon. Grover se ofreció a transportar la caja con el cuerno del Minotauro, pero yo me empeñé en llevarla.
— ¡Hombres! —Bufaron las cazadoras del pasado, y Artemisa, menos Thalia. Las cazadoras del pasado le miraron mal.
—Eres la teniente, debes saber lo malo que son los hombres. —Thalia rodó los ojos, sus compañeras —Del presente. — La miraron con diversión.
—Es mi primo, yo sé cómo es mi primo. —Replico Thalia. — Además yo no me uní a la caza solo por los hombres... —Susurró para ella y Percy, mientras descansaba su cabeza en la cabeza de su primo.
Aquel recuerdo me había salido caro. No iba a desprenderme de él tan fácilmente.
Las cazadoras del pasado miraron de reojo al chico, el cual bromeaba con la nueva teniente, la cual sonreía con burla.
Cuando giramos en la esquina de la casa, inspiré hondo.
Todos sonrieron.
Debíamos de estar en la orilla norte de Long Island, porque a ese lado de la casa el valle se fundía con el agua, que destellaba a lo largo de la costa. Lo que vi me sorprendió sobremanera. El paisaje estaba moteado de edificios que parecían arquitectura griega antigua —un pabellón al aire libre, un anfiteatro, un ruedo de arena—, pero con aspecto de recién construidos, con las columnas de mármol blanco relucientes al sol. En una pista de arena cercana había una docena de chicos y sátiros jugando al voleibol. Más allá, unas canoas se deslizaban por un lago cercano. Había niños vestidos con camisetas naranja como la de Grover, persiguiéndose unos a otros alrededor de un grupo de cabañas entre los árboles. Algunos disparaban con arco a unas dianas. Otros montaban a caballo por un sendero boscoso y, a menos que estuviera alucinando, algunas monturas tenían alas.
—Blackjack/Arion... —Suspiraron con una sonrisa la hija de Plutón, y él hijo de Poseidón.
Al final del porche había dos hombres sentados a una mesa jugando a las cartas. La chica rubia que me había alimentado con el pudín sabor a palomitas estaba recostada en la balaustrada, detrás de ellos.
—Chica rubia. —Se burló Thalia con una sonrisa.
—Silencio, hija de Zeus. —Replico, Annabeth sonrojada.
—Sabes que no me gusta ser reconocida como hija de "Zeus" —Bufó rodando los ojos, Thalia.
Zeus miró a su hija mal, él era el mejor de los dioses, él era el rey de los dioses. Perseo sonrió, a él tampoco le gustaba ser reconocido como hijo de Zeus, mientras que Heracles hizo una mueca mientras murmuraba algo sobre "chicas débiles que no eran dignas de ser su hermana".
El hombre que estaba de cara a mí era pequeño pero gordo. De nariz enrojecida y ojos acuosos, su pelo rizado era negro azabache. Me recordó a uno de esos cuadros de ángeles bebé... ¿cómo se llaman?
—50 dracmas a que no sabe cómo se llama. —Apostó Travis con Katie.
—Trato. —Acepto la hija de Deméter.
¿Parvulines? No, querubines.
— ¡Paga! —Chillo sonriendo la hija de Deméter.
Travis solo sonrió divertido, mientras le entregaba los Dracmas. Afrodita chillo sonriendo.
Eso es. Parecía un querubín llegado a la mediana edad en un camping de caravanas. Vestía una camisa hawaiana con estampado atigrado, y habría encajado perfectamente en una de las partidas de póquer de Gabe, salvo que me daba la sensación de que aquel tipo habría desplumado incluso a mi padrastro.
—Claro que sí. —Masculló Dionisio viendo su revista.
— ¿Estas escuchando? —Pregunto sorprendido Apolo.
—Claro que no, Alfonso. —Respondió.
—Ese es el señor D —me susurró Grover—, el director del campamento. Sé cortés. La chica es Annabeth Chase; sólo es campista, pero lleva más tiempo aquí que ningún otro. Y ya conoces a Quirón. —Me señaló al jugador que estaba de espaldas a mí.
—Solo es una campista. —Imitó a Grove, Thalia mientras hacía una mueca. —Debías de haber dicho: "Ella es Annabeth Chase, campista, tu futura amiga, mejor amiga, novia, y esposa." —Dijo sonriendo con picardía.
El hijo de Poseidón y la hija de Atenea se sonrojaron. Aunque el pelinegro escondió su rostro avergonzado.
Reparé en que iba en silla de ruedas y luego reconocí la chaqueta de tweed, el pelo castaño y ralo, la barba espesa...
— ¡Señor Brunner! —exclamé.
—Te acaba de decir que se llama Quirón. —Dijo Annabeth con su mano en su frente, mientras suspiraba. El moreno se sonrojó, y jugó un poco con agua.
El profesor de latín se volvió y me sonrió. Sus ojos tenían el brillo travieso que le aparecía a veces en clase, cuando hacía una prueba sorpresa y todas las respuestas coincidían con la opción B.
—El mejor profesor... —Suspiraron con felicidad los semidioses del pasado y los del presente. Las dos chicas del futuro sonrieron divertidas.
—Ah, Percy, qué bien —dijo—. Ya somos cuatro para el pinacle.
Me ofreció una silla a la derecha del señor D, que me miró con los ojos inyectados en sangre y soltó un resoplido.
Al igual que ahora.
—Bueno, supongo que tendré que decirlo: bienvenido al Campamento Mestizo. Ya está. Ahora no esperes que me alegre de verte.
—Conmigo fue más cariñoso. —Sonrió con burla, Polux.
Los semidioses rodaron los ojos, pero rieron. Dakota le sirvió un poco de Kool-Aid, y el hijo de Dionisio bebió y sonrió.
—Vaya, gracias. —Me aparté un poco de él, porque si algo había aprendido de vivir con Gabe era a distinguir cuándo un adulto había empinado el codo. Si el señor D no era amigo de la botella, yo era un sátiro.
Percy hizo una imitación de Grover, soltando un balido gutural.
—Ble-ee-ee... —Eso hizo reír a todos.
— ¿Annabeth? —Llamó el señor Brunner a la chica rubia, y nos presentó—. Annabeth cuidó de ti mientras estabas enfermo, Percy. Annabeth, querida, ¿por qué no vas a ver si está lista la litera de Percy? De momento lo pondremos en la cabaña once.
— ¿Por qué le sigues diciendo chica rubia? —Preguntaron al unísono el hijo de Hefestos y la hija de Apolo, para después mirarse mal.
—No lo sé. —Respondió con simpleza el moreno.
—Claro, Quirón —contestó ella.
Aparentaba mi edad, medio palmo más alta, y desde luego su aspecto era mucho más atlético. Tan morena y con el pelo rizado y rubio, era casi exactamente lo que yo consideraba la típica chica californiana. Pero sus ojos deslucían un poco la imagen:
La rubia fruncía el ceño, ofendida.
El moreno miro los ojos de la rubia, y sonrió. —Tormenta... —Susurró para él.
Eran de un gris tormenta; bonitos, pero también intimidatorios, como si estuviera analizando la mejor manera de tumbarte en una pelea.
Ahora la rubia sonreía, con un muy leve sonrojo. Una mestiza frunció un poco el ceño, negó con la cabeza y suspiro.
Echó un vistazo a mi cuerno de minotauro y me miró a los ojos. Supuse que iba a decir algo como: « ¡Vaya, has matado un minotauro!», o « ¡Uau, eres un fenómeno!».
Los que conocían a Annabeth empezaron a reír escandalosa mente.
Pero sólo dijo:
—Cuando duermes babeas.
Ahora las risas eran más fuertes.
Y salió corriendo hacia el campo, con el pelo suelto ondeando a su espalda.
—Bueno —comenté para cambiar de tema—, ¿trabaja aquí, señor Brunner?
—Es Quirón. —Le riño un pequeño hijo de Hefestos.
—No soy el señor Brunner —dijo el ex señor Brunner—. Mucho me temo que no era más que un seudónimo. Puedes llamarme Quirón.
Hubo un silencio en el salón.
— ¿El ex Señor Brunner? Y yo pensaba que Nico era un poco lento. —Comento con seriedad, Will. El hijo de Hades se sonrojó y golpeó al hijo de Apolo.
—Jodete William. —Masculló totalmente sonrojado, Nico.
El hijo de Apolo rió, mientras admiraba la ternura de Nico, el cual trataba de esconder su rostro.
—Vale. —Perplejo, miré al director—. ¿Y el señor D...? ¿La D significa algo?
El señor D dejó de barajar los naipes y me miró como si yo acabara de decir una grosería.
—Bueno, lo haz hecho. —Comentó Annabeth, todos le miraron con incredulidad. — ¿Qué? —Pregunto con el ceño fruncido.
—Jovencito, los nombres son poderosos. No se va por ahí usándolos sin motivo.
Los dioses asintieron de acuerdo.
—Ah, ya. Perdón.
—Debo decir, Percy —intervino Quirón—Brunner—, que me alegro de verte sano y salvo. Hacía mucho tiempo que no hacía una visita a domicilio a un campista potencial. Detestaba la idea de haber perdido el tiempo.
— ¿Visita a domicilio? —Preguntaron confundido los Stoll.
— ¿Visita a domicilio?
—No... —Murmuró con pésame la hija de Deméter. —Los perdí... —Empezó a llorar en el hombro de Miranda. Travis rió mientras se acercaba a la pelirroja, y Connor se reía de la cara de la otra hermana.
—Mi año en la academia Yancy, para instruirte. Obviamente tenemos sátiros en la mayoría de las escuelas, para estar alerta, pero Grover me avisó en cuanto te conoció. Presentía que en ti había algo especial, así que decidí subir al norte. Convencí al otro profesor de latín de que... bueno, de que pidiera una baja.
— ¿Qué hiciste? —Preguntaron preocupados Sally y Poseidón.
Algunos semidioses sonrieron, Percy era un calco de sus padres. Los hermanos de esté sonrieron con ternura hacía la madre.
—Le dieron la noticia de que gano un viaje de 3 años a Miami... —Sonrió Quirón al dios, y a la mortal.
—Que bien... —Suspiraron con alivio Madre, Padre, e hijo.
—No se vale. —Murmuró Orión con una sonrisa.
—Sí, sí vale. —Respondió en broma Teseo.
Intenté recordar el principio del curso. Parecía haber pasado tanto... pero sí, tenía un recuerdo vago de otro profesor de latín durante mi primera semana en Yancy. Había desaparecido sin explicación alguna y en su lugar llegó el señor Brunner.
—Eh... —Trato de decir algo Percy, pero fue callado por la mirada de la rubia.
Quirón asintió.
—Francamente, al principio no estaba muy seguro de ti. Nos pusimos en contacto con tu madre, le hicimos saber que estábamos vigilándote por si te mostrabas preparado para el Campamento Mestizo. Pero todavía te quedaba mucho por aprender. No obstante, has llegado aquí vivo, y ésa es siempre la primera prueba a superar.
Rachel dejo de leer un momento para guarda un poco de silencio. Los griegos bajaron la cabeza a la perdida de algunos de sus hermanos.
—Grover —dijo el señor D con impaciencia—, ¿vas a jugar o no?
— ¡Sí, señor! —Grover tembló al sentarse a la mesa, aunque no sé qué veía de tan temible en un hombrecillo regordete con una camisa de tela atigrada.
Dionisio gruñó un poco, se contuvo de convertir al chico en delfín por la mirada que tiraba su tío.
—Supongo que sabes jugar al pinacle. —El señor D me observó con recelo.
—Me temo que no —respondí.
—Me temo que no, señor —puntualizó él.
Los semidioses rieron.
—Sí claro, cuando Percy diga el Señor yo empezaré a sonreír y a no escapar de la enfermería. —Comentó aun riendo el hijo de Hades. Rachel dio una gran sonrisa antes de decir:
—Will, ten una cama privada para el señor Angelo. —Dijo riendo la pelirroja.
—Señor —repetí. Cada vez me gustaba menos el director del campamento.
—No jodas... —Murmuró sonrojado el chico.
—Estarás tres meses Di Angelo. —Comentó sonriendo, el hijo del sol.
—Bueno —me dijo—, junto con la lucha de gladiadores y el Comecocos, es uno de los mejores pasatiempos inventados por los humanos. Todos los jóvenes civilizados deberían saber jugarlo.
Hazel asintió con un brillo de emoción en sus ojos, Hades sonrió con cariño, él sabía cuánto amaba Hazel ese juego.
—Estoy seguro de que el chico aprenderá —intervino Quirón.
—Lo hizo. —Intervino Annabeth, Grover asintió de acuerdo. —Ahora todas las tardes va hacía la casa grande, y se pone a jugar con el Señor D, y con Quirón.
—Normalmente Quirón gana, pero Percy le gana al Señor D. —Intervino ahora Grover.
—Por favor —dije—, ¿qué es este lugar? ¿Qué estoy haciendo aquí? Señor Brun... Quirón, ¿por qué fue a la academia Yancy sólo para enseñarme?
—Alerta de ego. —Advirtieron la rubia, y la pelinegra.
—No es cierto. —Bufó el hijo de Poseidón.
El señor D resopló y dijo:
—Yo hice la misma pregunta.
—Estoy de acuerdo con mi yo del futuro. —Dijo Dionisio.
El director del campamento repartía. Grover se estremecía cada vez que recibía una carta.
—A veces el Señor D sabe cuáles cartas vienen y las trata de cambiar. —Respondió Quirón, ante las miradas de todos.
Como hacía en la clase de latín, Quirón me sonrió con aire comprensivo, como dándome a entender que no importaba mi nota media, pues yo era su estudiante estrella. Esperaba de mí la respuesta correcta.
—Siempre la tienes... —Sonrió Quirón.
—Aunque a veces son arriesgada. —Intervino Grover, negando con la cabeza.
—Percy, ¿es que tu madre no te contó nada? —preguntó.
—Lo siento cariño... —Se disculpó la morena.
—Es mi culpa mamá... —Se disculpó el chico.
—Pero fue mi culpa que te sintieras así. —Replico con voz ahogada, Sally.
—Pero fue mi culpa no poder defenderte. —Corto la conversación, Percy.
Todas las diosas, y semidiosas (Y ninfa) miraban con ternura a la Madre e hijo.
—Dijo que... —Recordé sus ojos tristes al mirar el mar—. Me dijo que le daba miedo enviarme aquí, aunque mi padre quería que lo hiciera. Dijo que en cuanto estuviera aquí, probablemente no podría marcharme. Quería tenerme cerca.
Las diosas arrullaron a la mortal, haciéndola sonrojar.
—Lo típico —intervino el señor D—. Así es como los matan. Jovencito, ¿vas a apostar o no?
— ¿Qué? —pregunté.
Me explicó, con impaciencia, cómo se apostaba en el pinacle, y eso hice.
—Me temo que hay demasiado que contar —repuso Quirón—. Diría que nuestra película de orientación habitual no será suficiente.
— ¿Película de orientación? —pregunté.
— ¿Nunca te lo mostraron? —Preguntó Travis, jugando con el cabello de Katie.
—No. —Negó Percy.
—Es bueno. —Comentó Nico.
—Demasiado, explica todo y lo entiendes. —Dijo ahora Will con una sonrisa.
—Silencio. —Masculló Cabizbajo Percy, solo una pequeña risita.
—Olvídalo —dijo Quirón—. Bueno, Percy, sabes que tu amigo Grover es un sátiro y también sabes —señaló el cuerno en la caja de zapatos— que has matado al Minotauro. Y ésa no es una gesta menor, muchacho. Lo que puede que no sepas es que grandes poderes actúan en tu vida. Los dioses, las fuerzas que tú llamas dioses griegos, están vivitos y coleando.
Miré a los demás.
Esperaba que alguien exclamara: « ¡Se equivoca, eso es imposible!» Pero la única exclamación provino del señor D:
— ¡Ah, matrimonio real! ¡Mano! ¡Mano! —Y rió mientras se apuntaba los puntos.
El Aludido se sonrojó completamente por las risas que se escuchaban.
—Señor D —preguntó Grover tímidamente—, si no se la va a comer, ¿puedo quedarme su lata de Coca—Cola light?
— ¿Eh? Ah, vale.
Grover dio un buen mordisco a la lata vacía de aluminio y la masticó lastimeramente.
—Espere —le dije a Quirón—. ¿Me está diciendo que existe un ser llamado Dios?
—Bueno, veamos —repuso Quirón—. Dios, con D mayúscula, Dios... En fin, eso es otra cuestión. No vamos a entrar en lo metafísico.
—Si existe. —Comentó de la nada, la latina hija de Apolo. —O eso decía una amiga mía. —Dijo ahora alzando sus hombros.
Todos miraron curiosos a los dioses.
—No nos mezclamos con muchos dioses. Pero del Dios que habla la chica, es del Dios Latinoamericano, creo. —Respondió Hermes. —Ellos creen que "Dios" es el creador de todo.
Los semidioses asintieron ahora conformes.
— ¿Lo metafísico? Pero si acaba de decir que...
—He dicho dioses, en plural. Me refería a seres extraordinarios que controlan las fuerzas de la naturaleza y los comportamientos humanos: los dioses inmortales del Olimpo. Es una cuestión menor.
— ¿Menor? —Preguntaron insultados los dioses, mirando al Dios del vino.
— ¿Menor?
Los semidioses rieron leve mente.
—Sí, bastante. Los dioses de los que hablábamos en la clase de latín.
—Zeus —dije—, Hera, Apolo... ¿Se refiere a ésos?
Y allí estaba otra vez: un trueno lejano en un día sin nubes.
—Exagerado. —Bufaron sus hermanos, mirando a Zeus.
—Jovencito —intervino el señor D—, yo de ti me plantearía en serio dejar de decir esos nombres tan a la ligera.
—Pero son historias —dije—. Mitos... para explicar los rayos, las estaciones y esas cosas. Son lo que la gente pensaba antes de que llegara la ciencia.
—A eso me refiero. —Señalo pensativo Hermes. — Ellos piensan que una sola persona crea todo eso.
— ¡La ciencia! —Se burló el señor D—. Y dime, Perseus Jackson —me estremecí al oír mi auténtico nombre, que jamás daba a nadie—, ¿qué pensará la gente de tu «ciencia» dentro de dos mil años? Pues la llamarán paparruchas primitivas. Así la llamarán. Oh, adoro a los mortales: no tienen ningún sentido de la perspectiva. Creen que han llegado taaaaaan lejos. ¿Es cierto o no, Quirón? Mira a este chico y dímelo.
El señor D no me caía del todo mal, pero hubo algo en la manera en que me llamó mortal, como si... él no lo fuera.
—No lo soy. —Bufó rodando los ojos.
Fue suficiente para hacerme cerrar la boca, para saber por qué Grover se concentraba con tanto ahínco en sus cartas, masticando su lata de refrescos y no diciendo ni pío.
—Percy —dijo Quirón—, puedes creértelo o no, pero lo cierto es que inmortal significa precisamente eso, inmortal. ¿Puedes imaginar lo que significa no morir nunca? ¿No desvanecerte jamás? ¿Existir, como eres, para toda la eternidad?
Iba a responder que sonaba muy bien, pero el tono de Quirón me hizo vacilar.
—Así que fue por lo que dijiste que él lo rechazó... —Dijo al aire Annabeth.
— ¿Qué rechazó? —Pregunto Atenea curiosa.
—La inmortalidad. —Respondió como si nada Percy.
Todos los dioses ahogaron un grito, y miraron sorprendido al chico. Artemisa miro de reojo al semidiós, y luego miró a su ex compañero.
— ¿Quiere decir independientemente de que la gente crea en uno? — inquirí.
—Así es —asintió Quirón—. Si fueras un dios, ¿qué te parecería que te llamaran mito, una vieja historia para explicar el rayo? ¿Y si yo te dijera, Perseus Jackson, que algún día te considerarán un mito sólo creado para explicar cómo los niños superan la muerte de sus madres?
Todos miraron un poco mal al centauro, haciendo que se removiera incómodo.
Me dio un vuelco el corazón. Por algún motivo, intentaba que me enfadara, pero no iba a darle la satisfacción.
Ares asintió de acuerdo.
—No me gustaría. Pero yo no creo en los dioses —respondí.
—Pues más te vale que empieces a creer —murmuró el señor D—. Antes de que alguno te calcine.
—P... por favor, señor —intervino Grover—. Acaba de perder a su madre.
Aún sigue conmocionado.
—Menuda suerte la mía —gruñó el señor D mientras jugaba una carta—. Ya es bastante malo estar confinado en este triste empleo, ¡para encima tener que trabajar con chicos que ni siquiera creen!
—No creía, ahora normalmente me la mantengo en el palacio ayudando a Anfi. —Dijo Percy con tranquilidad.
— ¿Anfi? —Preguntó Poseidón.
—Anfitrite, mi madrastra. —Sonrió de lado. —Es muy buena cocinera, y se lleva bien con mamá.
—Me encanta su receta para las galletas. —Sonrió emocionada Sally. Poseidón se sorprendió un poco, pero luego volvió a sonreír.
Hizo un ademán con la mano y apareció una copa en la mesa, como si la luz del sol hubiera convertido un poco de aire en cristal. La copa se llenó sola de vino tinto.
Me quedé boquiabierto, pero Quirón apenas levantó la vista.
—Señor D, sus restricciones —le recordó.
El señor D miró el vino y fingió sorpresa.
—Madre mía. —Elevó los ojos al cielo y gritó—: ¡Es la costumbre! ¡Perdón!
Volvió a mover la mano, y la copa de vino se convirtió en una lata fresca de Coca—Cola light. Suspiró resignado, abrió la lata y volvió a centrarse en sus cartas.
Al igual que en la sala, hizo aparecer una Coca-Cola Light para él, y Polux. A Dakota le dio una Pepsi Light.
Quirón me guiñó un ojo.
—El señor D ofendió a su padre hace algún tiempo, se encaprichó con una ninfa del bosque que había sido declarada de acceso prohibido.
—Una ninfa del bosque —repetí, aun mirando la lata como si procediera del espacio.
—Sí —reconoció el señor D—. A Padre le encanta castigarme. La primera vez, prohibición. ¡Horrible! ¡Pasé diez años absolutamente espantosos! La segunda vez... bueno, la chica era una preciosidad, y no pude resistirme. La segunda vez me envió aquí. A la colina Mestiza. Un campamento de verano para mocosos como tú. «Será mejor influencia. Trabajarás con jóvenes en lugar de despedazarlos», me dijo. ¡Ja! Es totalmente injusto.
Percy se acercó a Teseo, tratando de calmar la ira que estaba creciendo alrededor de él. Orión hizo aparecer un chorro de agua y empezó a moverlo con calma, Teseo respiro honda mente calmando un poco su alrededor.
El señor D hablaba como si tuviera seis años, como un crío protesten. —Teseo dio una pequeña risa, al igual que sus hermanos.
—Y... y —balbuceé— su padre es...
—Di immortales, Quirón —repuso él—. Pensaba que le habías enseñado a este chico lo básico. Mi padre es Zeus, por supuesto.
Algunos rodaron los ojos.
Repasé los nombres mitológicos griegos que empezaban por la letra D. Vino. La piel de un tigre. Todos los sátiros que parecían trabajar allí. La manera en que Grover se encogía, como si el señor D fuera su amo...
—Usted es Dionisio —dije—. El dios del vino.
Todos los semidioses, tanto romanos como griegos, empezaron a aplaudir, mientras gritaban emocionados.
—¡Percy entendió!
El señor D puso los ojos en blanco.
— ¿Cómo se dice en esta época, Grover? ¿Dicen los niños «menuda lumbrera»?
—S—sí, señor D.
—Pues menuda lumbrera, Percy Jackson. ¿Quién creías que era? ¿Afrodita, quizá?
Hefestos rodó los ojos. —Te falta mucho para poder serlo, hermanito. —Soltó defendiendo a su esposa. Afrodita sonrió con un sonrojó.
— ¿Usted es un dios?
—Sí, niño.
— ¿Un dios? ¿Usted?
—A veces cuesta creerlo. —Dijo con simpleza Hefestos. Algunos semidioses rieron.
—Al menos yo no habló con máquinas. —Replico Dionisio.
—Es mejor hablar con máquinas, que con críos como tú. —Ese comentario hizo decir: "Oooooohhh" por toda la sala.
Me miró directamente a los ojos, y vi una especie de fuego morado en su mirada, una leve señal de que aquel regordete protestón estaba sólo enseñándome una minúscula parte de su auténtica naturaleza. Vi vides estrangulando a los no creyentes hasta la muerte, guerreros borrachos enloquecidos por la lujuria de la batalla, marinos que gritaban al convertirse sus manos en aletas y sus rostros prolongarse hasta volverse hocicos de delfín. Supe que si lo presionaba, el señor D me enseñaría cosas peores. Me plantaría una enfermedad en el cerebro que me enviaría para el resto de mi vida a una habitación acolchada, con camisa de fuerza.
—Ni te atrevas. —Amenazó con la mirada a Dionisio, Poseidón. Una aura color verdosa lo rodeaba, haciendo temblar al dios del vino.
— ¿Quieres comprobarlo, niño? —preguntó con ceño.
—No. No, señor.
El fuego se atenuó un poco y él volvió a la partida.
—Me parece que he ganado —dijo.
Dionisio sonrió, al parecer en el futuro puede ganarle al centauro.
—Un momento, señor D —repuso Quirón. Mostró una escalera, contó los puntos y dijo—: El juego es para mí.
Y su sonrisa se fue al caño, miro con el ceño fruncido al entrenador de héroes, el cual sonreía con triunfo.
Pensé que el señor D iba a pulverizar a Quirón y librarlo de la silla de ruedas, pero se limitó a rebufar, como si estuviera acostumbrado a que ganara el profesor de latín. Se levantó, y Grover lo imitó.
—Estoy cansado —comentó el señor D—. Creo que voy a echarme una siestecita antes de la fiesta de esta noche. Pero primero, Grover, tendremos que hablar otra vez de tus fallos.
La cara de Grover se perló de sudor.
—S—sí, señor.
El señor D se volvió hacia mí.
—Cabaña once, Percy Jackson. Y ojo con tus modales.
—Pero si yo soy un niño educado. —Replicó con una sonrisa burlona Percy.
—Claro... y yo no soy caliente. —Dijo con sarcasmo Leo, haciendo reír a sus compañeros.
Se metió en la casa, seguido de un tristísimo Grover.
— ¿Estará bien Grover? —le pregunté a Quirón, que asintió, aunque parecía algo preocupado.
—El bueno de Dionisio no está loco de verdad. Es sólo que detesta su trabajo. Lo han... bueno, castigado, supongo que dirías tú, y no soporta tener que esperar un siglo más para que le permitan volver al Olimpo.
—El monte Olimpo —dije—. ¿Me está diciendo que realmente hay un palacio allí arriba?
—Veamos, está el monte Olimpo en Grecia. Y está el hogar de los dioses, el punto de convergencia de sus poderes, que de hecho antes estaba en el monte Olimpo. Se le sigue llamando monte Olimpo por respeto a las tradiciones, pero el palacio se mueve, Percy, como los dioses.
— ¿Quiere decir que los dioses griegos están aquí? ¿En... Estados Unidos?
—Hola nene. —Pestañeo efusiva mente Apolo, en broma.
— ¿Quieres Ambrosia? —Pregunto "coqueta mente" Hermes.
Los dioses se dieron un golpe en la frente por la idiotez de sus familiares.
—Desde luego. Los dioses se mueven con el corazón de Occidente.
— ¿El qué?
—Venga, Percy, despierta. ¿Crees que la civilización occidental es un concepto abstracto? No; es una fuerza viva. Una conciencia colectiva que sigue brillando con fuerza tras miles de años. Los dioses forman parte de ella.
Incluso podría decirse que son la fuente, o por lo menos que están tan ligados a ella que no pueden desvanecerse. No a menos que se acabe la civilización occidental. El fuego empezó en Grecia. Después, como bien sabes (o eso espero porque te he aprobado), el corazón del fuego se trasladó a Roma, y así lo hicieron los dioses. Sí, con distintos nombres quizá (Júpiter para Zeus,
Venus para Afrodita, y así), pero eran las mismas fuerzas, los mismos dioses.
—Y después murieron.
—Bueno, yo no diría morir, morir. —Comenzó Atenea.
—Solo es... Como un modo de suspensión que tuvimos en un año. —Terminó Hefestos.
—Además el Occidente no ha muerto. —Dijo ahora Hera.
— ¿Murieron? No. ¿Ha muerto Occidente? Los dioses sencillamente se fueron trasladando, a Alemania,
—Me gusta ese lugar. —Asintió Hefestos.
Francia,
—La ciudad del amor. —Ronroneo Afrodita con una sonrisa.
España,
—Me encanta. —Sonrió Apolo.
Gran Bretaña... Dondequiera que brillara la llama con más fuerza, allí estaban los dioses. Pasaron varios siglos en Inglaterra. Sólo tienes que mirar la arquitectura. La gente no se olvida de los dioses. En todas las naciones predominantes en los últimos tres mil años puedes verlos en cuadros, en estatuas, en los edificios más importantes. Y sí, Percy, por supuesto que están ahora en tus Estados Unidos. Mira vuestro símbolo, el águila de Zeus.
Zeus y Heracles bufaron con egocentrismo.
Mira la estatua de Prometeo en el Rockefeller Center, las fachadas griegas de los edificios de tu gobierno en Washington. Te reto a que encuentres una ciudad estadounidense en la que los Olímpicos no estén vistosamente representados en múltiples lugares. Guste o no guste (y créeme, te aseguro que tampoco demasiada gente apreciaba a Roma), Estados Unidos es ahora el corazón de la llama, el gran poder de Occidente. Así que el Olimpo está aquí. Y por tanto también nosotros.
Era demasiado, especialmente el hecho de que yo parecía estar incluido en el «nosotros» de Quirón, como si formase parte de un club.
—"Club de Semidioses" —Presento Leo con publicidad. —Tenemos uno de Roma, y otro de Grecia. En el romano hay tatuajes dolorosos, y en el Griego hay lindo collares coloridos. —Sonrió. Los romanos y Percy rodaron los ojos.
— ¿Quién es usted, Quirón? ¿Quién... quién soy yo?
Quirón sonrió. Desplazó el peso de su cuerpo, como si fuera a levantarse de la silla de ruedas, pero yo sabía que eso era imposible. Estaba paralizado de cintura para abajo.
— ¿Quién soy? —murmuró—. Bueno, ésa es la pregunta que todos queremos que nos respondan, ¿verdad? Pero ahora deberíamos buscarte una litera en la cabaña once. Tienes nuevos amigos que conocer, mañana podremos seguir con más lecciones. Además, esta noche vamos a preparar junto a la hoguera bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos, y a mí me pierde el chocolate.
Los semidioses carraspearon en espera de otra respuesta. —Bueno, me gusta el chocolate. —Volvieron a carraspear. —Bueno, me encanta. —Otra vez. — Bueno, estoy obsesionado. —Ahora los semidioses sonreían.
Y entonces se levantó de la silla, pero de una manera muy rara. Le resbaló la manta de las piernas, pero éstas no se movieron, sino que la cintura le crecía por encima de los pantalones. Al principio pensé que llevaba unos calzoncillos de terciopelo blancos muy largos.
Esto hizo reír a todos los semidioses, y algunos se sonrojaron porque ellos también pensaron lo mismo.
Pero cuando siguió elevándose, más alto que ningún hombre, reparé en que los calzoncillos de terciopelo eran en realidad la parte frontal de un animal, músculos y tendones bajo un espeso pelaje blanco. Y la silla de ruedas tampoco era una silla, sino una especie de contenedor, una caja con ruedas, y debía de ser mágica, porque no había manera humana de que aquello hubiera cabido entero allí dentro. Sacó una pata, larga y nudosa, con una pezuña brillante, luego la otra pata delantera, y por último los cuartos traseros. La caja quedó vacía, nada más que un cascarón metálico con unas piernas falsas pegadas por delante.
—Genial... —Suspiraron los hijo de Hefestos. — ¡Tengo que hacerme uno! —Gritaron todos de la cabaña. Hefestos sonrió con orgullo, y miro curioso al mas pequeño de sus hijos, quien era el líder.
Miré la criatura que acababa de salir de aquella cosa: un enorme semental blanco. Pero donde tendría que haber estado el cuello, sólo vi a mi profesor de latín, graciosamente injertado de cintura para arriba en el tronco del caballo.
El centauro se avergonzó.
— ¡Qué alivio! —Exclamó el centauro—. Llevaba tanto tiempo ahí dentro que se me habían dormido las pezuñas. Bueno, venga, Percy Jackson. Vamos a conocer a los demás campistas.
Terminó Rachel. —Listo, ¿Quién leerá ahora? —Una de las chicas del futuro levanto la mano.
—Yo quiero. —Dijo con la mano levantada, Daap.
—Espera, primero un descanso. —Pidieron con una sonrisa Hestia, y Sally.
Los semidioses sonrieron y salieron de la sala.
—Hey, ustedes dos. —Le llamaron. Las chicas caminaron hacía ellos. —Queremos hacerles unas preguntas. —Las dos se miraron, para luego asentir.
Punto de vista: Nani.
Caminamos un poco hasta llegar a una plaza. Percy, Annabeth, Piper, Jason, Leo, Frank, Hazel, Nico, Will, Reyna.
—Siéntense. —Pidió Reyna, con una mirada demandante. Nosotras asentimos y nos sentamos en la banca más cercana. —Les preguntaremos, y ustedes responderán con la verdad. —Volvimos a asentir.
— ¿Qué poderes tienen? —Preguntó inesperadamente Leo, alce una ceja.
—Puedo controlar el calor. —Respondí. — El primero en tener esté poder fue Will. Cuando me refiero a controlar el calor es controlar la luz, el calor, y la temperatura. —Sonreí.
—Puedo viajar por la sombras, y controlarlas. —Respondió después Daap.
— ¿Qué edad tienen? —Preguntó interesada Piper.
—Tengo 13. —Respondí. —Pronto cumpliré 14. —Sonreí.
—Tengo 12. —Respondió Daap a mi lado. —Dentro de unos días cumpliré 13.
—Armas. —Pregunto con seriedad Frank.
—Arco. —Señale mi pulsera, y a una cuenta que tenía forma de flecha.
—Espada.—Señalo Daap su anillo.
—Última pregunta...
Amo a Leo... Un día lo secuestraré. (?)
Tal vez suba el otro dentro de unos minutos o una hora.
Nani_Hakai fuera ;3
