VII

El Peligro Acecha

Watson bostezó. Dormir era para él tan necesariocomo respirar. Y seguro que también lo era para miles de personas, más aún a esas horas de la noche.

Seguía a su amigo como podía; le era casi imposible ir a su ritmo y más aún con su enorme sigilo. A él le daba continuamente la impresión de que sus botas hacían más ruido del necesario, mientras que los pies de Holmes parecía que apenas tocaban el suelo. Llevaban media hora caminando tras el extraño individuo que supuestamente les había estado espiando, y que Holmes reconoció como el que le atacó en el Big Ben hacía unos días.

Pronto una espesa niebla y una humedad que calaba los huesos, además de un desagradable olor, le revelaron que habían acabado en los muelles. El muchacho se estremeció y no pudo evitar resoplar: aquel sitio no era precisamente el más elegante de Londres. Sabía perfectamente qué clase de cosas acostumbraban a haber y a hacerse en aquel lugar, y sus sospechas quedaron confirmadas al ver, tan cerca del río que cualquiera podría caer al agua solo habiendo bebido unas copas de más, una destarlatada taberna. La madera estaba estropeada por la humedad y el hielo que acostumbraba a haber en invierno por la zona. Las letras del cartel estaban borrosas, tanto que apenas pudo distinguir dos palabras, y el soporte oxidado. De vez en cuando, el sonido de unas escandalosas risas llegaba hasta ellos a través de la ventana, al igual que una leve luz por los empañados cristales. Holmes resopló, casi divertido.

― Ahora ya sabemos qué clase de sitios frecuenta nuestro extraño hombre... Vamos, Watson.

― ¿Por qué tenemos que entrar ahí? ―gimió él.

― Es necesario.

― ¿Es necesario que nos maten?

Holmes suspiró; empezaba a perder la paciencia, pero no dejaba de sonreír.

― No seas pesimista, Watson...

― ¡No soy pesimista¡Soy realista! Vamos a meternos en un bar de mala muerte, lleno de borrachos, quizá muchos tengan pistolas, y lleno de… ―se puso terriblemente colorado; su voz bajó tanto de tono que apenas se hizo audible― Ya sabes... Mujeres de… afecto negociable.

― ¿Afecto negociable? ―­repitió Holmes sin molestarse en bajar la voz.

― ¡Holmes!

― Watson... ―dijo entre risas― ya no eres un niño…

― Precisamente porque no soy un niño, tengo unas responsabilidades que... ―se sorprendió hablando solo; Holmes ya estaba a punto de entrar en la taberna― ¡Holmes!... ¡Espera!

― Vamos ―le dijo el joven mientras entraban―, ya verás que no es para tanto.

Holmes abrió la puerta con decisión. Pero lo que encontraron al otro lado no ayudó demasiado a convencer a Watson: el denso humo de decenas de pipas, puros y Dios sabe qué más flotaba en el ambiente, haciéndolo prácticamente irrespirable. Aquí y allá, mujeres vestidas de una forma que jamás pensó ver en una dama correteaban de mesa en mesa. Sus ropas eran descuidadas y ostentosas, y las enormes faldas llenas de pliegues, demasiado cortas para su gusto. Un grupo que charlaba en una esquina reía disimuladamente y les dedicaba miradas furtivas. Las risas ahogadas que oía entre los parroquianos delataban que probablemente, su presencia resultaba ridícula: seguramente no estaban acostumbrados a ver a dos jóvenes tan arreglados y reservados en un lugar como aquel. Apuntó a su compañero con la mirada llena de reproche, y aunque disimulaba, era evidente que hasta Holmes estaba intimidado por el lugar.

― Tranquilo, simplemente no las mires ―le aconsejó. Pero hasta para él era difícil apartar la mirada.

Para desgracia de Watson, eligió la mesa más cercana a la barra. Una de aquellas mujeres se acercó.

― ¿Qué deseáis, chicos? ―preguntó con voz melosa― ¿Puedo serviros en algo? En lo que queráis…

Empezó a juguetear con los hombros de Holmes, que se limitó a ignorar a la mujer y mirar hacia la barra. Watson intentó mantener la compostura y se aclaró la garganta para romper el incómodo silencio.

― Eh… ¿puede servirme un té? Con bastante azúcar.

Holmes le dio un codazo a su amigo, que había enrojecido hasta las orejas y no podía apartar la mirada de la mujer. Nunca había visto a una dama (o él deseaba creer que lo era) enseñar tanto el pecho y las piernas. Holmes se acercó a él para susurrarle algo.

― ¿Quieres que piensen que somos unos críos? Así no podremos averiguar nada.

Holmes hizo de tripas corazón y se dirigió a la mujer, tan tranquilamente como si hablara con una humilde criada tapada hasta el cuello.

― Lo siento… ―la miró de arriba abajo, como buscando una forma de llamarla que no resultara grosera― señorita; pero dudo que pueda ayudarnos.

Con una sonrisa pilluela, la mujer se acercó al muchacho y jugueteó con su pelo. Watson desvió la mirada y se tapó los ojos mientras Holmes perdía toda la compostura de golpe y tragaba saliva ruidosamente. La indecorosa mujer se acercó para susurrarle al oído, sin dejar de acariciar sus hombros con un sensual masaje.

― Eres un muchacho muy apuesto¿sabes¿Qué hace un joven tan elegante como tú en un lugar como este¿No prefieres lugares de más alto nivel?

― Disculpe... ―logró decir el joven; la voz se le ahogó y tuvo que carraspear― Creo que se confunde.

Haciendo caso omiso, la mujer soltó una risita juguetona y deslizó la mano por su mejilla, acercando los labios a su oreja de nuevo. Holmes cerró los ojos, incómodo, sin poder evitar que se le alterara el pulso. Sus manos se crisparon sobre la mesa. La otra mano de la mujer, enguantada con una intrincada tela de rejilla, jugueteó con su pañuelo un instante y luego se deslizó por su torso, bajando cada vez más, hasta casi acabar entre sus muslos. Aquello fue demasiado; el joven se levantó bruscamente, a punto de volcar la silla. La mujer se apartó ofuscada, mirándole con recelo.

―¿Qué es lo que te pasa, muchacho?

Watson lo miraba con las gafas caídas sobre la nariz de pura estupefacción. Pese a la oscuridad, pudo percibir que el rostro de su amigo había enrojecido enormemente. Atrajeron varias miradas, pero no se hizo un silencio incómodo, para suerte del abochornado joven.

― ¡Eh, Elaine!

La voz desconocida llamó la atención de la mujer, y su interés por la llamada hizo respirar de alivio a los dos jóvenes. Un hombre vestido con ropas gastadas y gruesas se acercó a la mesa, haciendo tan exagerada reverencia al ver a la mujer que resultaba casi teatral. La descuidada barba solo dejaba ver sus labios, curvados en una ancha sonrisa que mostraba sus dientes desiguales y poco cuidados. La mujer se alejó de los jóvenes para ir a su encuentro, olvidando por completo su intento de seducirles. Sus maneras eran, si cabe, más teatrales que las del desconocido.

― ¡Hola, Robert…! ―dijo, melosa, colgándose del cuello del hombre y pegando los labios a su oído― Te echaba de menos...

― Nunca os había visto... ―dijo el hombre, reparando en los dos amigos y tomando asiento― ¿Sois nuevos por aquí? ―les echó una mirada de arriba abajo, tan indagadora que Watson se sintió incómodo― Vaya pintas de niños ricos… ¡Y en un antro como este! Deberíais ir a uno de esos clubes de la alta sociedad. Ya entiendo, os van las cosas más mundanas… ―se echó a reír ásperamente― Pues habéis venido a un lugar estupendo. Elaine puede enseñaros muchas cosas... ¡Ja, ja, ja¿Sabes, preciosa? Creo que estos pajaritos nunca han jugueteado en ningún nido…

La mujer rió al unísono con él y retozó en sus rodillas, quedando su pecho demasiado descubierto. Watson se tapó los ojos con la palma de la mano intentando desesperadamente no mirar entre los dedos. Ella se dio cuenta de su nerviosismo, y se acercó tanto que el asustado muchacho casi se ahogó con su perfume.

― ¿Qué te pasa, chico? No te van a morder… ―dijo, descubriendo con descaro la apretada línea que separaba sus pechos.

Watson se levantó de golpe y emitió un extraño sonido ahogado que estaba muy lejos de parecerse a un "Holmes, vámonos de aquí", pero que sin embargo, era lo que había intentado decir.

― ¡Ja, ja, ja! –rió el tal Robert― ¡Basta, Elaine, vas a asustar al muchacho! Anda, ve y espérame arriba, pillina…

El hombre le dedicó una lujuriosa mirada y toqueteó su cintura. La joven se mordió los labios lascivamente y subió al piso de arriba, riendo y contoneándose. Watson prefería no pensar en las cosas que se acostumbraban a hacer en aquellas habitaciones.

Holmes parecía no haberse dado cuenta de nada, o al menos, actuaba como si no le importara lo más mínimo. De nuevo, y pese al bochornoso e indecoroso incidente de hacía unos instantes, parecía ocupado en sus asuntos. Sus ojos escrutaban el local en busca de alguna pista, pero no le resultaba fácil. En medio de aquella extraña fauna humana, incluso el enorme individuo que estaba siguiendo podía camuflarse con facilidad… Un hombre que jugaba a las cartas le dedicó una fea sonrisa mientras fumaba un apestoso puro. Incómodo, desvió la mirada hacia la barra. Un tabernero flacucho y de pelo negro y grasiento acababa de dejar allí dos enormes jarras; esas debían ser sus cervezas. No le apetecía nada beber y mucho menos en un sitio como aquel, pero tenía que parecer natural si quería que todo siguiera según sus planes. El tabernero se enjugaba la frente, empapada en sudor, con su sucio pañuelo. Era extraño: allí adentro tampoco hacía tanto calor. Parecía extrañamente alterado. Cogió la bandeja con las cervezas, que tintineaban sobre sus manos temblorosas, y se dirigió a la mesa. Le costaba horrores hablar:

― Aquí… tenéis…Vuestras cervezas, muchachos...

― ¡Hey, Eddie! ―le saludó el hombre de la espesa barba― Pareces nervioso... ¿Por qué no tomas un trago con nosotros?

Le agarró amistosamente de la manga. El tabernero se deshizo bruscamente de la mano del barbudo hombre, quien le miró sorprendido pero se limitó a reírse.

― ¿Qué te pasa, Ed¡Ja, ja, ja¿Alguna de las chicas te ha propuesto cosas poco éticas¡Ja, ja, ja, ja¡Ni que fuera la primera vez, hombre!

― Tengo... mucho trabajo ―tartamudeó el pálido mesero, y se marchó caminando muy deprisa.

Watson miró la cerveza con una mueca. Hizo de tripas corazón e intentó beber un trago, pero la jarra pesaba tanto que la mitad se le cayó por la pechera y con el poco que entró en su boca se ahogó y empezó a toser; le salía cerveza hasta de la nariz. El hombre se rió a carcajadas y le dio tal manotazo en la espalda a Holmes que salpicó de cerveza la mesa.

― ¡No sabéis beber, muchachos! Dejad que os enseñe cómo se hace…

Sin parar de reír, cogió la jarra de Holmes con una de sus enormes manos y se la bebió casi de un solo trago. Eructó sonoramente.

― ¿Véis como no era para tanto¡Ja, ja, ja!

Dejó la jarra vacía con un fuerte golpe sobre la mesa, en el mismo sitio donde estaba delante de Holmes.

― Bueno, chicos... ―dijo, colocándose la mugrienta chaqueta― Arriba me espera una señorita y no quiero hacerla esperar... ¡Ja, ja, ja!

Dio otro manotazo en la espalda de Holmes, a quien ya se le empezaban a crispar los nervios. El hombre volvió a reír a carcajadas. Y de repente, la risa se le ahogó en la garganta. Apoyado en la silla de Holmes, empezó a hacer aspavientos y a luchar por respirar.

― ¿Señor¿Se encuentra bien? ―le preguntó Holmes levantándose de la silla.

El hombre se dejó caer de rodillas, doblado en dos por algún dolor insoportable que solo le permitía emitir gemidos estrangulados. Su rostro se estaba poniendo tan oscuro que parecía morado. Holmes se limitaba a mirarle, muy quieto, y si no fuera por cómo subía y bajaba su nuez al tragar saliva, por su expresión nadie diría que estaba asustado. Watson se acercó a él con los ojos muy abiertos de puro pánico y Holmes le agarró el brazo casi sin darse cuenta.

― Watson... haz algo ―le dijo con voz átona―. ¿No vas a ser médico?

Watson gimió.

― Holmes, por el amor de Dios... ¡todavía voy al colegio!

Jadeando roncamente, el hombre volcó la mesa al intentar agarrarse a ella y profirió un terrible grito de dolor, como si algo le estuviese desgarrando las entrañas. Alertada por el escándalo, Elaine bajó las escaleras, pero una compañera no la dejó acercarse; el desdichado hombre yacía en el suelo, sacudido por fuertes convulsiones. Con un último espasmo, vomitó violentamente y quedó inmóvil, con la mirada fija en la nada. Le salía sangre de la comisura de la boca. Uno de los clientes, pálido de terror, se atrevió a agacharse a su lado.

― Está muerto ―dijo en un susurro tras apartarse de su pecho, en donde el corazón había dejado de latir. Elaine, abrazada a su compañera y deshecha en lágrimas de horror, soltó un grito ahogado.

― Oh, Dios mío… Holmes… Está… ―gimió Watson.

De repente Holmes tuvo un frío presentimiento y miró hacia la barra. El tabernero había desaparecido. Dejando a la aterrorizada multitud alrededor del hombre muerto, Holmes cogió a Watson por la pechera de la chaqueta y salió corriendo hacia la salida, arrastrándolo con él.

― ¡Holmes¿Qué pasa?

― ¡Es el tabernero¡Ha intentado envenenarnos!

― ¿Qué dices, Holmes¿Estás loco?

Ya se habían alejado bastante cuando, de repente, Holmes frenó el rápido paso de su amigo, como si hubiera reparado en algo. A la mortecina luz de gas de las farolas, lograron ver una silueta delgada y encogida, escabulléndose tras los montones de cajas y barriles del muelle. Su aliento se condensaba en el aire con violencia. Era el tabernero, y parecía estar a punto de morir de miedo. Pero no estaba solo; pronto oyeron unos pasos bruscos y fuertes, y una enorme sombra se proyectó en la pared.

― ¡Watson, agáchate!

El joven agarró a su amigo del faldón de la chaqueta, tirando de él. Los dos se agazaparon tras una pila de cajas malolientes, dispuestas de forma que parecía un pequeño cercado. Entonces oyeron un jadeo entrecortado, un zarandeo de ropas y un golpe seco, como si alguien acabara de derribar a otro contra la pared. Desde donde estaban solo alcanzaban a oír los aterrorizados jadeos del tabernero.

― ¡Señor, por favor!... ¡Tengo mujer e hijos, este trabajo es todo lo que tengo para poder alimentarles¡Por favor!...

― Me has fallado, maldito inútil…

― ¡Yo... yo no sabía nada, señor…¡Pensaba que la bebería¡Por favor!...

Se oyó un forcejeo, luego un grito estrangulado, y el hombre cayó al suelo como un peso muerto. Watson empezó a gimotear y se agazapó de espaldas a las cajas, cerrando fuertemente los ojos de puro terror.

― Dios mío, Holmes… lo ha matado, lo ha matado…

De pronto tuvo un extraño presentimiento y miró a Holmes. Su amigo se esforzaba por continuar mirando, pero se había puesto muy pálido; tenía los ojos fuertemente cerrados y respiraba con dificultad, como quien ha hecho un enorme esfuerzo. Horrorizado, Watson recordó el incidente en el teatro de hacía unas horas y se precipitó hacia él.

― ¡Holmes!... ¡Holmes¿Estás bien? ―le preguntó en un susurro, zarandeándole, mirando nerviosamente a ambos lados como temeroso de ser descubierto.

Su amigo asintió e intento incorporarse usando las manos, pero se dejó caer de nuevo, visiblemente agotado.

― Watson ―jadeó―. Llama a la policía... ¡Vete, deprisa! Yo me encargo de él.

― ¡Pero Holmes, no estás…!

― Watson, vete.

― ¡No, Holmes, no me pienso marchar y dejarte...!

Holmes le agarró por la chaqueta, sobresaltándole. Tenía el rostro empapado en sudor.

― ¡Estoy bien! ―insistió con voz entrecortada― ¡Rápido¡Vete ya¡Pide ayuda!

El asustado joven obedeció; se escabulló hacia las naves industriales y echó a correr hacia la ciudad, mirando atrás un par de veces con vacilación para finalmente perderse en las sombras. Holmes respiró profundamente e intentó incorporarse, asomándose entre las cajas. Los oídos le zumbaban. Todo a su alrededor era niebla; solo alcanzaba a vislumbrar la enorme silueta del extraño, cada vez más borrosa, y el centelleo de un arma en su mano, como una luz sobrenatural… Le acometió un fuerte vahído y perdió el equilibrio, con tanta mala suerte que volcó algunas de las cajas. El estruendo que provocaron pareció durar una eternidad.

― ¿Quién anda ahí?

El enorme susto le ayudó a despertar del todo su aletargada conciencia, y con ella volvió la certeza de que estaba en un grave peligro. Se arrastró lo más silenciosamente que pudo y se agazapó entre las cajas más grandes, de espaldas al extraño. Veía su sombra en el suelo, muy cerca de él, acercándose…

― Sé que estás ahí, seas quien seas. Sal ahora mismo.

Un chasquido sordo que sin duda era el del percutor de una pistola al cargarse le encogió el estómago; inconscientemente, sus manos se aferraron con fuerza a la madera mohosa de la caja. Su sentido común le instaba a salir corriendo y dejar de lado todo con tal de seguir con vida, pero algo dentro de él, algo mucho más fuerte que nunca lograría controlar, le mantuvo en el sitio, ansioso de presenciar el desenlace de todo aquello.

― ¡Eh¡Estoy aquí!

El hombre vaciló un momento y bajó la pistola: Holmes se había situado ante él; sus ojos brillaban con tenacidad.

― Eres tú ―dijo; no parecía sorprendido. Sus dientes centellearon bajo la sombra negra de su sombrero al sonreír.

Holmes reconoció de inmediato la voz cavernosa del individuo que persiguió hasta el Big Ben y retrocedió lentamente, sin apartar la vista de él. No estaba asustado, o al menos no lo parecía, pero el corazón le martilleaba frenéticamente contra las costillas. Volvía a sentirse mareado, pero logró sobreponerse: si se desmayaba ahora, estaba perdido.

―¿Quién es usted? ―preguntó en un jadeo― ¿Qué es lo que quiere de mí?

― Eso debería preguntarlo yo, maldito entrometido…

Holmes se apartó justo a tiempo; el hombre disparó y la bala impactó contra una de las cajas, destrozándola al instante. Gateó tras otro montón de cajas, arrastrándose sin ser visto hasta agazaparse tras un cobertizo abandonado.

El enorme individuo perdió su pista. Era muy astuto, de eso no cabía duda, pero por suerte para el joven, en su mente no cabía la posibilidad de que se hubiera subido al cobertizo: Holmes seguía sus pasos desde el tejado, despacio; casi resultaba increíble que no hiciera el más mínimo ruido. Durante un instante se encontró en Brompton, recorriendo los tejados en busca de pistas. Lo que despertaba la admiración de sus compañeros disgustaba al señor Snelgrove; solía decir que jamás hubiera imaginado ver a un alumno de su categoría comportándose como un chimpancé. ¿Qué diría el viejo profesor si le viera en una situación como aquella? Ya no era un juego, como lo había sido en el colegio: ahora su vida dependía de comportarse como un chimpancé, como diría el viejo profesor.

Se puso de cuclillas a la orilla del tejado, procurando no hacer ni el más mínimo ruido. La oscuridad, que en sus pesadillas era su peor enemiga, ahora era su aliada. Veía al hombre justo debajo de él, borroso en medio de la niebla. Esperó al momento oportuno y saltó sobre él, agarrándose a su cuello. La pistola se le disparó, pero el estruendo no hizo flaquear las fuerzas del joven. Trastabillando, lo acabó estrellando contra un montón de cajas, cayendo sobre ellas y llevándoselo consigo. Ignorando el aturdimiento del golpe, el joven aprovechó para intentar quitarle el arma, pero la mano del asesino le agarró la muñeca con fuerza. Holmes contuvo un grito de dolor y tuvo que soltarse. El hombre le encañonó con la pistola, apuntando a su cabeza, pero el joven, armándose de valor, intentó desarmarle de nuevo y agarró la enorme mano que portaba la pistola con ambas manos, sabiendo que de llegar a dispararse, moriría al instante. Pero lejos de acobardarse y aprovechando la situación del asesino sobre su cuerpo, desviando el tiro; le asestó un fuerte rodillazo en el estómago y, de un certero manotazo, logró hacerle soltar la pistola. El arma cayó al agua, haciendo que el enorme individuo lanzara una grosera exclamación. Habiéndolo dejado sin defensa, Holmes aprovechó para intentar huir, pero el hombre, cegado por la rabia, se precipitó sobre él. Ambos perdieron el equilibrio y se precipitaron hacia las oscuras aguas del río.

Sin tiempo para recobrar el aliento, la brutal pelea continuó en el agua. A Holmes, viéndose rodeado de aquellas negras aguas, el terror empezó a atenazarle el corazón. El hombre le agarró desde atrás y le echó sus enormes manos al cuello, cortándole la respiración. El joven pataleaba inútilmente, intentando zafarse de aquel abrazo mortal. Era imposible; la fuerza del hombre era el doble, quizá el triple que la suya. Le estaba hundiendo, echándosele encima para impedirle salir y respirar. Creía que el pecho le explotaría por la falta de aire. Se estaba ahogando…

Y de repente le deslumbró una luz.

― ¡Alto¿Quién está ahí?

Era la policía. Liberado de las enormes manos del delincuente, Holmes respiró una enorme bocanada de aire fresco, esforzándose hasta el borde de la extenuación por mantenerse a flote. Ya no podía aguantar más… Oyó un chapoteo a su lado, y entre brumas, vio que del asesino sólo quedaba una estela de burbujas en el agua. Justo cuando las fuerzas se le iban, notó que unos brazos le agarraban y tiraban de él. La policía había llegado por fin. Enseguida se encontró tendido en el suelo de madera raída, donde se quedó tosiendo, luchando por respirar. Estaba calado hasta los huesos y con todo el cuerpo entumecido de frío.

― ¡Tenemos al joven, inspector! ―oyó que decía el policía― Creo que está bien.

El rubicundo personaje se abrió paso por entre los agentes y se arrodilló ante el accidentado muchacho, portando un farolillo. Creyó que se moriría allí mismo cuando la luz cayó sobre su rostro.

― ¡¡Holmes!!

El joven parpadeó, aturdido, y por fin vislumbró el rostro del inspector Lestrade.

― No... Usted no... ―gimió.

― Creo que eso debería decirlo yo¿no te parece? ―bufó Lestrade― Maldita sea, Holmes… Cuando te dije que un día te iban a encontrar medio ahogado en el Támesis¡no lo decía en serio!

En ese momento, Watson apareció resoplando detrás de los policías y se acercó a su empapado amigo.

― ¡Holmes¡Holmes¿Estás bien? He venido lo antes que he podido, avisé a unos guardias que encontré… ¡Eh¿a dónde ha ido ese tipo?

― Ha huido... ―dijo Holmes. Se levantó tiritando del suelo, ayudado por Watson. El cuerpo le temblaba y pesaba como si fuera de plomo, y las ropas mojadas no ayudaban precisamente. Uno de los guardias le sostuvo, temeroso de que se cayera, mientras se dirigía al inspector ―. Sé que no va a creerme, inspector Lestrade…

El inspector se cruzó de brazos, como si esperara que le dijera lo que le dijera, nada fuera a convencerle. Holmes continuó.

― En ese bar han envenenado a un hombre y luego han asesinado al tabernero. Ha sido aquel extraño individuo del otro día, en el Big Ben.

― ¿El que, según tú, intentó matarte?

Holmes no respondió enseguida; era evidente que Lestrade intentaba burlarse de él. A Watson no le extrañó que su amigo hubiera omitido su sospecha de que el veneno iba destinado a él: si el inspector oía esto lo tomaría como otra de sus absurdas fantasías de novela policíaca. Cuando iba a abrir la boca para contestarle, una voz le interrumpió:

― ¡Inspector Lestrade! Tiene que ver esto.

Uno de los policías se había acercado a ellos; estaba pálido y parecía horrorizado. Habían encontrado el cadáver del tabernero. Le habían apuñalado mortalmente en el pecho; la camisa estaba teñida de escarlata, casi negro en la oscuridad de la noche. Sus ojos vidriosos estaban horrorizados, fijos en la nada, sorprendidos en el momento de la muerte.

― ¿Me cree ahora, inspector? ―dijo Holmes, casi sarcástico.

Lestrade resopló.

― Habéis presenciado un asesinato. Es normal que intentaran matarte ―dijo con aire victorioso― Has tenido suerte de que tu amiguito viniera a buscarnos.

― ¿No piensa hacer nada? ―dijo― ¡Ese asesino ha acabado con dos hombres!

― ¿Intentas decirme cómo hacer mi trabajo? ―contestó el inspector― ¿Sabes cuántos casos como este se ven a diario en esta zona, Holmes? Probablemente haya cadáveres en el fondo del río que nunca encontraremos.

Holmes no pudo contenerse.

― ¡Esa actitud suya…!

― ¡Holmes¡Recuerda con quién estás hablando!

El joven se calló, pero sus mejillas ardían de furia. La actitud del inspector era reprochable, pero no podía olvidar su posición. No tenía nada que hacer contra su palabra.

― Que te entrometieras una vez no significa que te permitamos volver a hacerlo ―continuó Lestrade, casi escupiendo las palabras― ¿Acaso ya has olvidado lo que perdiste la última vez?

Holmes palideció notablemente. Su voz sonó fría, inexpresiva:

― No vuelva a meterla a ella en esto.

Lestrade vaciló y pareció amilanarse un momento; incluso parecía reflejar que lo sentía. Pero enseguida continuó.

― Nosotros nos haremos cargo, Holmes. Esto es demasiado peligroso para unos niños como vosotros.

Watson se sintió ofendido. ¿Niños¿Era así como les veía, como unos niños¿Cuando gracias a Holmes había resuelto un oscuro caso que le había valido el puesto de inspector? Si no fuera porque le daba mucha importancia a su educación, no permitiría jamás que le menospreciaran de esa forma. Y Holmes menos aún. Aun así, notó que su amigo había enrojecido y que la vena de su frente era demasiado visible.

― Mejor os llevo de regreso ―anunció Lestrade con un suspiro ― A la señora Cluteworth no le va a hacer ninguna gracia que os andéis metiendo en tantos líos. Hopkins, tráigale una manta, no vaya a terminar su aventura en cama con una pulmonía en pleno mes de Julio.

Holmes se mordió el labio inferior. Se moría de ganas de decirle al inspector que la señora Cluteworth reprochaba su actitud ante el caso de la desaparición de su marido. Sabía que a Lestrade le sentaba terriblemente mal que le reprocharan algo; en eso se parecía a él. Pero de nada servía enfadarse. Pasado el arrebato, fue consciente de lo helado que estaba y tiritó. Uno de los agente le cubrió con una manta verdosa y les llevaron hasta el coche.

De camino a la casa de los Cluteworth, los dos jóvenes permanecieron en silencio casi todo el camino, demasiado impresionados para hablar. Watson temía por la integridad de su prima y el exceso de confianza que demostraban hacia ella, metiéndose en semejantes líos, y poniendo en peligro su reputación cuando ella les acogía sin recibir nada a cambio. Pero no era el momento para reprocharle algo así a Holmes. Conociéndole, seguro que no le daba mayor importancia.

La oscuridad y la niebla lo cubrían todo. Las calles estaban desiertas. No tenía fuerzas ni para sacar el reloj y mirar la hora, pero seguro que era más de la una. Por su parte, Holmes se metía las manos en los bolsillos una y otra vez, como buscando algo que no lograba encontrar. Finalmente suspiró, dándose en la nuca contra el asiento al echar atrás la cabeza con un gesto de profunda decepción.

― ¡Oh, no...¡Maldita sea!

― ¿Qué ocurre? ―preguntó Watson. Su amigo no solía maldecir.

― Con todo el ajetreo se me ha perdido el cofrecito ―dijo Holmes―. Seguramente ahora yace en el fondo del Támesis con esos… cuerpos que dice Lestrade ―añadió con sarcasmo.

A Watson le parecía un simple joyero, aunque algo extravagante, pero seguramente su amigo había visto algo más en él.

Doris bajó las escaleras lo más rápido que pudo, apurándose en ponerse la bata. Tenía que abrir antes de que los golpes despertaran a su señora. Quien quiera que llamara a esas horas, no podía ser para nada bueno. Encendió una vela y abrió la puerta, despacio, temerosa por lo que fuera a encontrar al otro lado… y se topó con el rostro rubicundo del inspector Lestrade. Otros dos agentes le custodiaban.

― Buenas noches... siento molestar ―dijo con sarcasmo.

Doris se limitó a ahogar un grito cuando el inspector se apartó y tras él vio a Holmes y Watson; el primero, empapado y envuelto en una manta raída, y el segundo, tan azorado como avergonzado, intentaba apartar la mirada.

― ¡Se... se... ñor... Ho…! ―logró tartamudear a duras penas mientras se apartaba para dejarles pasar.

― No moleste a su señora ―le dijo el inspector― No creo que estos jovencitos vuelvan a jugar a ser héroes.

Los dos jóvenes cruzaron el umbral. Lestrade agarró del brazo a Holmes mientras entraba, girándole hacia él.

― No lo olvides, Holmes. No siempre voy a estar cerca para salvarte de otro de tus jueguecitos.

Holmes se limitó a mirarle, desafiante. Lestrade hizo un gesto de despedida y se marchó.

Doris cerró la puerta y se quedó de espaldas a ella, lanzando un lento y cansado suspiro.

― Ya me lo decía mi madre… ―murmuraba― Doris, si puede ser, entra a servir a casa de un solterón rico, de vida tranquila, cuya única preocupación sea llegar puntual cada día a su club favorito… Espero que mañana le presentéis una buena excusa a la señora, jovencitos… ―dijo dirigiéndose a los jóvenes; luego arrugó la nariz― ¿Qué es ese olor?

Watson miró a Holmes con reproche: por su culpa, su ropa olía a pescado y a humo de tabaco de dudosa calidad. Pero para su consuelo, la manta de Holmes despedía un inconfundible olor a caballo. ¡No siempre iba a ser él el único que saliera humillado de sus incidentes!

― Doris, por favor... ―dijo Holmes― No le diga nada a la señora Cluteworth.

La doncella cerró los ojos con aire de suficiencia.

― Señor Holmes, me temo que todo lo que pase en esta casa…

― No volverá a pasar, se lo aseguro. No pretendía meterme en problemas, ni tampoco provocárselos al señorito John ―Watson le miró, pasmado; jamás hubiera pensado que Holmes fuera a llamarlo de semejante manera. Sin duda, no pretendía nada honrado― Me temo que todo ha sido un malentendido que ha tenido unas consecuencias que no imaginaba. Por favor, le ruego que no se preocupe, ni que preocupe a la señora. No quisiera que pasaran una mala noche por mi culpa. No podría perdonármelo.

Efectivamente, su amigo estaba intentando engatusarla, haciendo gala sin reparo alguno de la caballerosidad con que contaba. A Watson no le sonó demasiado convincente, pero, por supuesto, funcionó:

― Está bien, está bien… ―suspiró la criada, intentando disimular, sin conseguirlo, que las mejillas se le habían teñido de rosa― Ahora mejor que ponga esa ropa a secar, no vaya a coger un resfriado.

El muchacho se limitó a sonreír humildemente.

― Holmes… Ojalá tuviera alguna vez tu capacidad de persuasión ―murmuró Watson con sorna mientras pasaban a la cocina.

La doncella les convenció para que se dieran un breve baño y luego tomaran unas tazas de té, mientras ponía sus ropas a secar al fuego de la cocina. Pronto, gracias a la deliciosa bebida y al fuego de la chimenea, ambos entraron en calor. La doncella les trajo ropa de cama limpia y les dio las buenas noches antes de irse, bostezando y murmurando algo sobre la poca disciplina que se procuraba con los jóvenes en los últimos años.

Una vez envueltos en una bata limpia, Holmes y Watson subieron a sus habitaciones. El último se giró hacia su amigo.

― Holmes... ¿qué piensas hacer? ―su amigo se giró hacia él; su mirada extrañada bastó para que Watson continuara la pregunta sin necesidad de pedírselo antes.― Me refiero a todo esto. ¿De verdad crees que ese hombre ya tenía algo contra ti desde un principio?

― No lo sé ― dijo.

Desvió la mirada, como buscando una respuesta que no llegaba. A Watson le extrañó verle dudar. Pero pensó que, por esa noche, era mejor no pensar en el extraño incidente y en aquel enorme individuo. Su amigo ya había tenido demasiadas emociones, y él, desde luego, también. Una buena noche de descanso les vendría bien para verlo todo con más objetividad al día siguiente.

Sin embargo, una cosa estaba clara: ya no se podía negar que un nuevo misterio esperaba ser resuelto. Igual que esa mañana, un nuevo sentimiento crecía en su interior, acallando la vocecita que siempre le decía que hiciera lo correcto: la emoción de la aventura.

― Holmes… ―empezó a decir.

El joven, que ya estaba entrando a su habitación, se giró hacia él.

― Cuenta conmigo.

Holmes sonrió. Como intimidado por esa sonrisa, Watson se apresuró a continuar:

― Pero déjame dejar algo claro… La próxima vez que me digas: Watson¡sigámosle, Watson!... ¡vamos a esa taberna de mala muerte que hay en el río! ―dijo esto imitando exageradamente la voz y el tono ostentoso de su amigo― recuérdame que me cruce de brazos y me quede aquí estudiando.

Holmes sonrió de nuevo, o quizá todavía no había borrado su anterior sonrisa.

― Nunca harías eso.

― ¡Sí que lo haría!

Pero la mirada burlona de Holmes bastó para hacerle dudar de sus palabras.

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Esa noche llovió por primera vez desde que Holmes, cuando se alojaba en la posada de Bloomsbury, había echado a correr tras un desconocido, presa de un terrible presentimiento. La lluvia era torrencial, tan intensa y fría como la de aquella noche. Watson estaba tan cansado tras su peligrosa aventura en los muelles que ni siquiera lo advirtió, y durmió toda la noche sin sobresaltos. Su amigo no tuvo tanta suerte: esa noche, las pesadillas volvieron a perturbar terriblemente su sueño.

Soñó que Rathe y él luchaban a muerte bajo una terrible tormenta, tan helada que todo su cuerpo estaba entumecido y cada movimiento era una tortura. La espada parecía pesarle cada vez más, incluso cada aliento gélido que tomaba era un esfuerzo sobrehumano, y a cada débil estocada que daba, su contrincante era más y más fuerte… Sentía que no tenía fuerzas para continuar, y que sabía, con esa seguridad que solo existe en los sueños, que estaba vencido, incluso antes de comenzar a pelear. Había sucumbido y caído de espaldas sobre el hielo, incapaz de moverse, y levantado por última vez la vista en el preciso instante en que el frío acero penetraba mortalmente en su corazón…

Y en ese momento despertó, aferrándose la camisa a la altura del pecho, notando que el corazón le latía violentamente bajo la mano. Todavía le parecía sentir el dolor punzante de la espada atravesándole las costillas. Se miró la mano, temblorosa, con el rostro perlado de un sudor frío. Estaba limpia, sin rastro de sangre, al igual que la tela blanca de la camisa. Había sido un sueño; otro maldito sueño… Fuera de sí, cogió el libro de matemáticas de la mesilla y lo lanzó, ahogando un grito de rabia. El libro se estrelló contra la pared y cayó al suelo, mostrando desordenadamente las hojas. El joven respiraba con tal agitación que parecía estar atragantándose con cada aliento. Dentro de él se removía una emoción que ya había sentido antes, pero que ahora, en lugar de impacientarle, parecía devorarle las entrañas.

― No lo soporto más.

Ni siquiera reconoció su voz; le sonó hueca, como si no fuera suya. Pero el oírla le hizo reaccionar por fin. Enterró la cabeza entre las manos y gimió, disgustado, cerrando los ojos. De nada le serviría ponerse así.

Se levantó a recoger el libro, dejándolo en el mismo sitio de la mesilla en que estaba antes de que los nervios le traicionaran. De repente notó que no podía respirar y tuvo que echarse de nuevo en la cama, mientras la habitación desaparecía a su alrededor. No se sentía nada bien. Intentó vomitar varias veces, pero solo logró que el estómago se le encogiera dolorosamente y que la cabeza le diera aún más vueltas. Todo se le nubló. Apenas habían pasado unos minutos, que le parecieron horas, cuando logró dominarse por fin. Se encontró entonces encogido en la cama, empapado en un sudor helado. Esperaba no estar poniéndose enfermo; ya era lo que le faltaba. Algo le decía que aquellas pesadillas tenían algo que ver con su estado de salud. Estaban perturbando su juicio, y su organismo intentaba decírselo.

Demasiadas preguntas rondaban por su mente exhausta¿por qué le estaba ocurriendo todo aquello¿Estaba condenado a sufrir aquellas horribles visiones el resto de las noches que le quedaban por vivir? No lo sabía. ¿Qué había visto aquel día en el mercado¿Por qué había arremetido ese individuo contra él? Tampoco lo sabía…

Su conciencia empezó a aletargarse, y sin poder evitarlo, se sumergió en un sueño intranquilo.