CAPITULO 7

Bella creyó que iba a derretirse. Los labios de Edward eran duros y suaves al mismo tiempo, provocadores y sumisos. Eran demasiadas emociones, y Bella estaba temblando.

Le devolvió el beso con una efusividad tan intensa que casi resultó peligrosa. Estaba ardiendo, cada poro de su cuerpo estallaba por tocarle, por dejarse llevar por el placer hasta más allá de cualquier límite.

Sin dejar de besarla, Edward empezó a desabrocharle los botones de la blusa de algodón que se había puesto aquella mañana. Cuando llegó al último, le quitó el sujetador con una facilidad sorprendente y hundió su boca en uno de sus senos. Bella suspiró al sentir la lengua de él recorriendo su pezón, luego el otro, apretándolos con las manos. Se sentía transportada por una ola poderosa que la vaciaba de todo lo que no fuera él.

Edward se incorporó de nuevo, pegó su cuerpo al de ella para que sintiera lo excitado que estaba, y la besó de nuevo.

—Sabes condenadamente bien —murmuró—. Quiero saborearte entera.

Bella cubrió los labios de él con los suyos e introdujo su lengua. Sus piernas estaban temblando, y sus pulmones respiraban rítmicamente, provocando un jadeo constante.

—Ven arriba conmigo —dijo él dejando de besarla para mirarla a los ojos—. No hace falta esperar hasta el viernes. Te deseo ahora mismo.

Bella era el escenario donde se estaba librando una terrible batalla entre su cuerpo, que quería subir a su habitación, abandonarse al deseo, y su cabeza, que intentaba impedirlo. Edward tenía una amante, era un mujeriego, sólo quería casarse con ella por venganza. No había el más mínimo rastro de amor en todo aquello. Era sólo lujuria. Había existido una fuerte atracción entre ambos desde el principio, pero algún día eso también se acabaría, y entonces él la abandonaría sin contemplaciones.

Su cuerpo, sin embargo, también era muy convincente. Estaba desesperado, gritando de necesidad, anhelando el contacto con el cuerpo de él, deseando despertar del interminable letargo al que había sido condenado.

—Bueno, ahora que lo pienso, ¿qué te parece si lo hacemos aquí mismo? —le preguntó él apoyándola contra la encimera de la cocina y empezando a subirle la falda.

—¡No! —exclamó ella poniendo las dos manos sobre el pecho de él.

—¿Ah, no? —preguntó él frunciendo el ceño.

—No… —dijo ella tomando el control de su voluntad, cerrando la boca para no seguir jadeando, intentando recuperar su dignidad—. No puedo…

—Pues hace unos segundos no me estaba dando esa impresión —apuntó él algo decepcionado—. ¿Puedo saber qué te ha hecho cambiar de opinión?

Bella estaba intentando recomponer su ropa de alguna manera, poniéndose de nuevo el sujetador, abrochándose otra vez la blusa, recuperando la compostura.

—No quiero acostarme contigo antes de que estemos casados —afirmó Bella diciendo lo primero que le vino a la cabeza.

—Por amor de Dios, Isabella… Has estado cinco años casada con otro hombre, no creo que tengas que salvaguardar tu virginidad ni nada parecido.

Bella podía percibir la frustración en la voz de Edward, y no pudo evitar sentirse culpable y avergonzada por haber permitido que las cosas hubieran llegado tan lejos.

—Lo siento… Sé que debe de ser muy duro para ti…

Edward rompió a reír a carcajada limpia.

—Sí… Duro es la palabra exacta —replicó.

Bella se sonrojó.

—Tampoco es nada fácil para mí. Hace… Hace mucho tiempo que yo no… Bueno, ya sabes…

Edward puso un dedo sobre sus labios.

—No hablemos de tu difunto marido otra vez, ¿te parece, preciosa? Empieza a ser muy aburrido. Además, cada vez que te imagino con él me dan ganas de romper algo.

Bella le miró en silencio, sintiendo los dedos de Edward recorrer suavemente sus labios, sintiendo que el deseo seguía corriendo por sus venas.

—¿Fue él el primero? —le preguntó Edward.

La Bella asintió tímidamente y recordó la primera y única vez que Seth había conseguido forzarla. Nunca en toda su vida había pensado que pudiera llegar a ser tan doloroso, aunque era cierto que él no había hecho nada para preparar el momento, no la había seducido, nada de nada. Había sido utilizada como una prostituta, para ser luego abandonada física y psicológicamente.

—¿Ha habido alguien desde entonces? —preguntó Edward de nuevo después de un tenso y largo silencio.

—No… —agitó ella la cabeza—. No, nadie…

Edward no sabía si creerla o no. No había reaccionado a la muerte de su marido de la forma esperada. Seth se había estrellado contra un poste de teléfono la noche de su quinto aniversario y había muerto en el acto. La prensa le había sacado a Isabella miles de fotos en los días siguientes y ella se había comportado en todo momento como si nada hubiese pasado. Había ido a la peluquería en varias ocasiones, se había arreglado el pelo, se había hecho la manicura… Edward se había preguntado con frecuencia si los rumores que había oído tantas veces serían ciertos. La gente murmuraba que ella tenía muchas aventuras extraconyugales y que él hacía la vista gorda para no decepcionar a las familias de ambos.

—¿Le amabas?

—Creía que no querías que habláramos de él —contestó ella con una sonrisa irónica.

—Es una pregunta sencilla y directa —replicó Edward—. Con un sí o un no es suficiente.

—¿Por qué quieres saberlo? —preguntó ella de nuevo, mirándole fijamente—. ¿Por qué quieres saberlo, si lo único que sientes por mí es lujuria y deseo? ¿O es que acaso hay algo que no me estás contando?

Una cosa era cierta, Bella tenía un talento extraordinario para recuperarse de los golpes recibidos. Allí la tenía, delante de él, y no sabía muy bien qué sentía por ella. Durante muchos años, el odio y el deseo se habían mezclado cada día. Le había herido en incontables ocasiones en el pasado y, aunque podía llegar a perdonarle su comportamiento de juventud diciéndose que sólo se trataba de una chiquilla malcriada, no podía soportar el aire de desdén y de superioridad con el que todavía le miraba. Para ella, él seguía siendo el hijo de la mujer que limpiaba la casa de sus padres, alguien que no estaba a su altura, alguien que no era digno de llevarla a la cama y hacerla vibrar de placer, sólo de abrirle la puerta del coche o de su casa.

—Te vendría muy bien en estos momentos, ¿verdad, Isabella? Sería un auténtico golpe de suerte que yo declarara ahora un incondicional y apasionado amor por ti. Siento desilusionarte, querida, pero mis necesidades son mucho más sencillas. La mejor palabra para definirlas es lujuria. Quizá para una mujer sofisticada y culta como tú sea una forma algo bruta de decirlo, pero lo resume a la perfección.

Bella le miró atentamente sin decir nada.

—Será mejor que te abroches bien la blusa, rubia, antes de que te lleve de nuevo al hospital a ver a tu padre —dijo tomando las llaves del coche—. Creo que el último botón no está donde debería.

Bella bajó la cabeza para ver si tenía razón y entonces se dio cuenta de que había vuelto a suceder. Edward había terminado la conversación a su manera, había tomado en la mano su orgullo y su dignidad y los había tirado al suelo. La tenía comiendo en su mano, podía destruirla en cuanto se lo propusiera. Estaba luchando con uñas y dientes para que eso no sucediera, pero con cada beso que él le daba su voluntad se hundía más y más en las profundidades del deseo.

Siempre había pensado que el haberse casado con Seth había sido el mayor error que había cometido en su vida, pero en ese momento comprendió que enamorarse de Edward Cullen podía ser mucho peor.

Bella escuchó las palabras llenas de compromiso y lealtad durante la ceremonia y repitió los votos mecánicamente, unos votos que, en aquellas circunstancias, no significaban absolutamente nada para ella.

En la voz clara y profunda de Edward, sin embargo, sonaron más convincentes, sonaron como si él realmente la amara, como si fuera a tratarla con respeto y con honor el resto de su vida.

Cuando llegó el momento de darse un beso, Bella se volvió hacia Edward, cerró los ojos, y sintió cómo los labios de él se posaban suavemente en los suyos. Cada movimiento de aquellos labios parecía una expresión de su triunfo, como si estuviera tomando posesión de algo muy valioso y largamente anhelado.

Ya habían reservado los billetes de avión al complejo Swan Island, donde iban a pasar la luna de miel. El avión salía en una hora, y las maletas estaban guardadas meticulosamente en el maletero del coche de Edward.

Durante el trayecto hasta el aeropuerto, Bella se sentó en silencio sin saber qué decir. Edward se había quitado la chaqueta del traje a causa del calor, y conducía tranquilo con una mano mientras con la otra le acariciaba de vez en cuando las piernas, excitándola como sólo él era capaz de hacer.

Había consultado en los periódicos el tiempo que iba a hacer aquella semana y había llegado a la conclusión de que un bikini era todo lo que iba a poder ponerse durante el día. Era difícil saber qué llevaría de noche. Si lo dejaba a elección de Edward, la respuesta era evidente, tendría que pasar todas las noches desnuda.

—¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que fuiste a la isla? — preguntó Edward de repente.

—Fui a principios de este año —respondió Bella después de pensarlo un poco—. Creo que fue en febrero. Fui a comprobar la nueva decoración, pero sólo me quedé un par de noches.

Aunque Edward no dijo nada, Bella se preguntó si estaría pensando que debería haber ido más a menudo para asegurarse de que todo estaba en orden. El nuevo administrador que Edward había contratado ya había encontrado algunos problemas de contabilidad y de administración que habían hecho crecer el complejo de incompetencia que Bella ya tenía. A decir verdad, Edward no lo había utilizado para cebarse con ella. Le había dicho a Mark Vella, el nuevo administrador, que había estado sometida a mucha presión. Durante un momento, Bella había llegado a pensar que lo había hecho por empatía hacia ella, porque se habían preocupado sinceramente de sus emociones, pero enseguida había descubierto que lo único que había pretendido había sido representar el papel de novio protector.

Tampoco iba a decírselo a Edward de ninguna de las maneras, pero, desde que había dejado de ir a la oficina, sentía como si se hubiera quitado un peso de encima. Sus padres no habían hecho el menor comentario al respecto, únicamente habían declarado su absoluta confianza en el juicio de Edward.

—De todas formas —había dicho su madre en cierta ocasión—, tu padre se recuperará pronto y podrá volver al trabajo. Además, pronto tendrás treinta años y no puedes dejar pasar demasiado tiempo ya para tener hijos.

—No te preocupes, Sue —había replicado Edward pasándole el brazo por la cintura a Bella—. Nos pondremos a ello enseguida.

Bella se había sonrojado por el comentario, pero había disimulado a la perfección con la mejor de sus sonrisas.

Edward entró en el aparcamiento del aeropuerto. A los pocos minutos ya habían facturado las maletas y tenían sus tarjetas de embarque.

Cuando subieron al avión, Bella tuvo la excusa perfecta para cerrar los ojos y descansar un rato. No sabía cuánto tiempo había pasado cuando abrió los ojos y se encontró apoyada en el hombro de Edward.

—Oh, lo siento… —dijo apartándose de él como impulsada por un resorte—. Debo de haberme quedado dormida. Espero no haberte estropeado la camisa.

—No te preocupes —sonrió él—. Me gusta oír tus ronquidos mientras duermes.

—Yo no ronco —protestó Bella.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él frunciendo el ceño—. No has dormido con nadie desde que Seth murió, o, al menos, eso es lo que dices.

—¿No me crees?

—¿Es que no tienes ni idea de los rumores que corrían sobre ti y tu matrimonio?

—¿Qué rumores? —preguntó ella desconcertada.

—Rumores acerca de tu legión de amantes.

—¿Sabes? Es curioso que me vengas con ésas cuando eres el primero que se niega a dar crédito a lo que se publica en las revistas del corazón. ¿No fuiste tú el que me dijo que aquella mujer de la fotografía era sólo una amiga?

—¿Estás diciendo entonces que los rumores son infundados? —preguntó Edward mirándola expectante.

Bella se preguntó si debía contarle lo que realmente había sucedido durante su matrimonio con Seth, pero dos cosas decidieron en contra. Por un lado, estaban rodeados de gente, no era el lugar adecuado. En segundo lugar, había sido el propio Edward quien más le había aconsejado en contra de aquel matrimonio. No podía darle más munición contra ella para que la utilizara a discreción cuando le diera la gana. Ya había pagado con creces el error.

—Lo único que estoy diciendo es que no deberías creerle todo lo que lees en esas revistas —repitió ella—. Siempre hay varias versiones de la misma historia.

—Siempre he oído que, en realidad, hay tres, la del marido, la de la esposa, y la verdad.

Bella respiró aliviada cuando el piloto anunció por los altavoces que estaban llegando a su destino. Se irguió en su asiento, se puso el cinturón de seguridad y miró el intenso azul del mar por la ventanilla.

Había muchas islas en aquella región, pero, para ella, ninguna era tan bonita como Swan Island. Tenía hermosos recuerdos de la isla, recuerdos de cuando era niña, de cuando jugaba con su hermano por todas partes haciendo castillos de arena, corriendo de un lado para otro o metiéndose en todas partes sin permiso.

Durante unos instantes, la nostalgia se apoderó de ella. Sintió que las lágrimas empezaban a derramarse por sus mejillas y tuvo que secárselas y hacer un enorme esfuerzo por contenerse. A James siempre le había gustado la isla. De hecho, aunque ya hacía años de su muerte, todavía era difícil imaginarse siquiera aquel lugar sin él, saber que nunca más volvería para dar un paseo con ella por la playa.

Edward extendió el brazo y tomó su mano.

—¿Estás bien?

—Sí… —respondió ella ocultando sus emociones—. Los aterrizajes siempre me ponen un poco nerviosa.

—Yo también le echo muchísimo de menos, cariño —dijo sin embargo Edward—. Era un amigo extraordinario.

—Eras como un hermano para él —dijo ella—. Tenía tantos celos de vosotros… De los ratos que pasabais juntos… Después de tantos años parece algo muy infantil, pero…

—Eras sólo una niña —dijo Edward apretando su mano—. Una niña un poco maleducada, pero una niña, al fin y al cabo. La culpa no fue tuya. No voy a pasarme toda la vida echándotelo en cara.

Bella le miró y se preguntó si estaba hablando en serio. Al fin y al cabo, ¿no estaba basado aquel matrimonio en eso, en la venganza?