Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia lo diré al final.
CAPITULO 5
ISABELLA POV
— ¿No tienes frío, Isabella? —Nathan me acercó a él mientras caminábamos rápidamente por la acera hacia la discoteca.
Me detuve y giré sobre las puntas de los pies, haciendo que la falda de mi vestido rojo brillante se levantara a mi alrededor.
—Y tanto —reí—. Pero al menos no hay nieve en el suelo, así que no se me mojarán los pies.
Taconeé con uno de mis zapatos de correa plateados antes de seguir con nuestra marcha.
—Has estado un poco callada en clase de Cullen durante las dos últimas semanas —dijo Nathan inesperadamente.
—No tengo nada que decir, supongo. —Me encogí de hombros.
Nathan se detuvo a media manzana del club y se volvió hacia mí.
— ¿Nada que decir? Vamos, Isabella, te conozco de sobras. ¿Qué pasa? Ayer dijo algo más arcaico de lo normal y te miró directamente y tú ni siquiera parpadeaste.
El hoyuelo de su mejilla izquierda se hizo más profundo cuando me sonrió burlonamente.
—Vamos —suspiré—, ya viste cómo me miró cuando conoció a mi madre…
Me crucé de brazos cuando el viento azotó la callejuela.
—No vuelvas a salir con eso, Isabella —Nathan suspiró y miró al cielo.
—Sí, vuelvo a salir con esto. Siempre es esto. Cuando alguien sabe quién es mi madre se le pone esa mirada en la cara, como si al conocerme hubieran tocado de algún modo la grandeza de Renée Dwyer. —Fui un poco severa con mi sarcasmo, pero la situación pedía exactamente eso.
— ¿Él te ha dicho algo? —Nathan se encogió de hombros y frunció el ceño.
—No, pero la forma en que se le iluminaron los ojos…
Nathan me interrumpió.
— ¿Qué narices te importa lo que él piense?
—No me…
¿Me importaba? Mierda. Sí me importaba.
—Que le den, pues. Ya no tendrás que aguantarle después de este semestre y no importará qué piense de ti… o de tu madre.
Me pasó el brazo por los hombros otra vez y se rió entre dientes cuando por fin llegamos a la puerta del club.
—Supongo que tienes razón —admití.
Aun así, sentía que me había costado mucho hacer que Cullen se tomara mis pensamientos en serio sin que supiera quién era mi familia. Y no estaba segura de si el hecho de que supiera quién es mi madre me favorecía o no. En cualquier caso, no quería que eso tuviera ninguna relevancia en que yo tuviera éxito en su clase. Aunque a medida que pasaba el semestre me preocupaba menos qué nota consiguiera y más que él entendiera mi objetivo. Sus ideas eran tan fijas, tan rígidas, que no podía imaginarme tener que aguantarle como instructor.
Estaba en la cima de su campo, sin duda, pero me hubiera apostado una buena cantidad de dinero a que sus estudiantes desarrollaban un trastorno obsesivo compulsivo grave. Incluso yo, al ser estudiante suya, me sorprendí queriendo impresionarlo. Pero no estaba dispuesta a cambiar de opinión para hacerlo. En cuanto crucé la puerta del club, el calor y la música me absorbieron. El sonido de la banda en directo, lleno de trompetas, tambores, flautas y demás instrumentos necesarios para conseguir una buena música española, estremecía la atmósfera con entusiasmo.
— ¡Esto me está animando de cara a las vacaciones de primavera! —grité al oído de Nathan mientras él me conducía directamente a la pista de baile.
El día siguiente era el último día de clases antes de las vacaciones de primavera e incluso aunque no iba a ir a ningún lugar tropical, la música me dio ganas de relajarme durante una semana. Teníamos que entregar una composición bastante importante en clase de Cullen, pero ya había escrito la mía una semana antes. Aunque no creía que él prestara mucha atención a lo que yo decía.
Si lo hacía, seguro que me merecería una nota mejor de la que él me pondría. Dadas las notas del resto de mis clases, no importaba demasiado qué sacara en su clase de Teoría. Pero estaba decidida a demostrar que su palabra no iba a misa. Me llevaba la contraria los lunes, miércoles y viernes, a cada oportunidad que tenía.
— ¿Por qué tienes esa mirada, muñeca? —Nathan se inclinó hacia mí y me plantó un beso en la mejilla—. No sigues pensando en… él… ¿Verdad?
—No —sacudí la cabeza, sonriendo al macizo de pelo rizado.
Nathan era unos centímetros más alto que yo, musculoso pero desgarbado. Pero tenía un pelo espléndido y ese adorable hoyuelo que me hacía sonreír cada vez que aparecía.
—Demuéstralo.
Nathan se burló mientras me hacía girar antes de acercarme tanto a él que pude oler claramente el jabón de marfil que había utilizado.
—Me pone muy triste que te gradúes este año. —Hice un puchero exagerado mientras la banda preparaba la siguiente canción.
—Oh, vamos… —Me agarró por la cintura y me besó la frente.
—Lo digo en serio, Nathan. Has sido una gran parte de mi vida desde que tenía diez años, por amor de Dios. Ahora tendré que pasar un año más aquí mientras tú estás… ¿Dónde?
No le había preguntado por sus planes tras su graduación, porque era muy supersticioso con todo el proceso de solicitud y con la audición.
—Estaremos bien, Isabella. Pasaste años viéndome sólo los veranos— suspiró, haciéndome girar en otro círculo cuando la banda volvió a comenzar.
—Lo sé, pero me has mimado durante los últimos tres, pudiendo verte cada día. Eso me gusta. Vamos, escúpelo: dime dónde vas a hacer la audición.
Coloqué las manos sobre sus anchos hombros mientras nos movíamos a la vez con la música salsa que venía del escenario. Nathan sacudió la cabeza.
—Sabes que no lo diré, Isabella. Sólo… confía en mí, ¿vale?
Antes de que acabara la canción, avisté sorprendida una figura fuera de lugar en la barra, haciendo que me detuviera y la mirara fijamente.
— ¿Qué? —preguntó Nathan, dándose la vuelta.
— ¿Él baila?
Señalé a Edward Cullen, que estaba sentado junto a la misma mujer rubia con la que había estado en la ópera de mi madre. Desde la ópera, me la encontré una vez en el campus, saliendo de las oficinas de donaciones. Él vestía más informal de lo que estaba acostumbrada a verlo, pero sólo un poco. El negro definitivamente le sentaba bien. A menudo me burlaba mentalmente de su paleta de colores monocromática mientras lo miraba fijamente durante las lecciones, pero esa noche en el club tenía muy buen aspecto. Aunque la ajustada camiseta negra le hacía casi invisible en las sombras del bar, sus ojos llamaron mi atención.
A veces parecían carámbanos en clase, provocando náuseas a quiénes se topaban con ellos, porque nadie quería ponerse a debatir con él. Bueno, yo sí. Me excitaba enzarzarme con él. Normalmente no participaba en los debates en clase, especialmente acerca de cosas sobre las que no había mucho que debatir. Pero con él parecía que no podía evitarlo. Antes de darme cuenta, mis ojos se habían posado sobre sus hombros, tensos tras años tocando música. Normalmente estaban ocultos bajo las chaquetas que vestía en clase. Esa noche no. Guau.
Nathan soltó una carcajada, aparentemente ignorando el hecho de que yo miraba fijamente y con descaro a nuestro guapo profesor.
—En nombre de Dios, ¿qué está haciendo él aquí?
—Vamos a descubrirlo.
Agarré a Nathan por la mano y le arrastré escaleras arriba a la zona de la barra.
— ¿Qué vas a decirle? —Los labios de Nathan me rozaban la oreja cuando me hablaba.
—Lo pensaré de camino.
Cuando llegamos a la barra, Nathan pidió un Cosmopolitan para mí y una cerveza para él. Yo estaba espalda con espalda con la mujer, pero no podía escuchar lo que decían. Aunque estaban intercambiando palabras, lo que parecía un milagro en sí mismo. Me bebí el Cosmopolitan en tres sorbos y Nathan se terminó su cerveza. Hizo un gesto con la barbilla en dirección al buen profesor, detrás de mí, y sentí como revoloteaban mariposas en mi estómago de forma errática ante la idea de acercarme a él.
—Tienes las mejillas sonrojadas… —dijo Nathan, alzando una ceja.
—Acabo de tragarme toda mi bebida, Nathan. —Señalé con un gesto mi copa vacía para intentar encubrir lo que Edward le estaba provocando en mi cuerpo—. Dame un minuto.
Respiré hondo y me di la vuelta, sonrojándome aún más cuando vi que Edward ya me estaba mirando. Estudiándome. Sus ojos me recorrían todo el cuerpo, haciendo que se acelerara mi respiración mientras se paraban en mis curvas. Cuando di un paso, sus ojos se clavaron en los míos, quizá esperando que no lo hubiera visto. Le vi.
—No te había visto aquí antes. —Sonreí mientras se removía en su asiento.
Murmuró algo completamente ininteligible, ya que la banda estaba en medio de un número de salsa. Me tuve que inclinar acercándome de forma que nuestras caras quedaron a sólo unos centímetros.
— ¿Qué? —pregunté.
Tomó aire rápidamente. Tan cerca de mi oreja que me puso la piel de gallina en ese lado del cuerpo.
—He dicho que si viene a menudo por aquí, señorita Swan.
Me reí, haciendo que frunciera el ceño.
— ¿Qué?
—Es Isabella. Por favor, llámame Isabella, Ed… —Me detuve en seco, tapándome la boca y maldiciendo en silencio al vodka por hacer que le llamara por su nombre de pila. No era en absoluto el vodka, pero era una excusa buena como cualquier otra.
El Sr. Cullen sonrió antes de dar un rápido sorbo a su vaso lleno con lo que supuse que era alguna bebida combinada con tónica.
—Está bien, Isabella… —Se encogió de hombros, sin conceder nada más.
Él tenía los rasgos relajados cuando asentí, con la respiración entrecortada por la forma en que juntaba los labios tras sorber su bebida. Me había olvidado de la mujer con la que estaba, hasta que carraspeó.
—Isabella, ésta es Kate Denali de la oficina de donaciones —Edward habló rápidamente, aparentemente nervioso.
—Isabella —Kate habló suavemente mientras extendía la mano—, es un placer conocerte. He oído hablar mucho de ti.
—Encantada de conocerte —contesté.
—Si me disculpáis, necesito ir al servicio. Volveré en un momento, Edward.
Kate se puso en pie mientras Edward asentía.
—Eres bastante buena, Isabella. —El tono de Edward era inconfundiblemente seductor.
Pero debía estar equivocada. Era mi profesor. Abrí la boca para hablar, pero de repente no estaba segura de cómo responder.
—Yo…
— ¿Dónde aprendiste a bailar así?
Nathan, que parecía ponerse impaciente con mi cada vez más larga conversación con Edward, se puso a mi lado cuando me senté en el asiento que Kate había dejado libre. Me encogí de hombros.
—En España, sobre todo —dije de forma casual.
Pasar un verano literalmente bailando por las calles de Madrid puede enseñar a cualquiera lo que necesite saber sobre el baile. Y sobre el amor. Los ojos de Edward se abrieron mostrando una aprobadora sorpresa.
—España —se removió en el asiento, desviando hábilmente la atención de mis piernas cuando las crucé.
—Sí —suspiré—, cuando visitaba a mi madre en verano teníamos que viajar mucho por Europa. Las visitas duraban todo el verano hasta que fui lo bastante mayor para entrar en el Instituto Tanglewood, entonces me pasaba la primera mitad del verano con ella en Italia y la segunda mitad en Tanglewood.
—Ah, Tanglewood —Edward asintió, aprobador—. Tienen un programa excelente. Asistí cuando iba al instituto. Cambió mi vida completamente.
Pasó el dedo índice por el borde de su vaso mientras miraba el líquido transparente. Esa pizca de honestidad suya me sorprendió, ya que era un recuerdo que le hizo juntar las cejas durante un segundo antes de volver a levantar la mirada.
—Bueno —carraspeé, haciendo que la conversación volviera a su pregunta inicial—, ¿tú bailas?
—Parece que sí, dado nuestro entorno, ¿no crees?
La mitad de su boca se curvó sonriendo a la vez que arqueaba una ceja y tomó otro sorbo de su bebida. Maldita sea.
— ¿Quieres bailar?
Nathan estaba hablando a gritos con un amigo suyo detrás de nosotros. No tenía a nadie para detenerme. Edward abrió un poco los ojos ante la pregunta y se sentó más recto.
—Probablemente no sea una buena idea.
Sí. Sus ojos decían sí. El rápido movimiento de su pecho indicaba que había aceptado mi invitación. ¿Por qué había dicho que no?
— ¿Por qué no?
—Porque…
Dudó después de decir la palabra. Qué impropio… Edward nunca dudaba. Pero justo cuando iba a seguir hablando, Kate volvió.
—Me alegro de haberte conocido, Kate. —Sonreí, alargando la mano para estrechar la suya una vez más antes de volverme hacia Edward—. Te veré mañana en clase.
Edward miró a Nathan, con una cara que volvía a ser la estructura rígida que habíamos aprendido a esperar durante sus clases.
—No os olvidéis de vuestra tarea.
Nathan se rió un poco antes de pasar su mano por mi cintura y acercarme a su cuerpo. Eso me hizo soltar un chillido y reír. Me giré y vi que Edward abría la boca un poco, como si fuera a decir algo, pero simplemente sonreí y le saludé con la mano dejando que Nathan me condujera de vuelta a la pista de baile.
EDWARD POV
Mis ojos siguieron a Isabella Swan involuntariamente mientras ella y su novio, Nathan, volvían a la pista de baile. Isabella llevaba un vestido rojo ceñido que conjuntaba con sus labios y mostraba unas piernas torneadas acentuadas por unos tacones a juego. Tomé otro largo sorbo de mi gin-tonic, obligándome a apartar la mirada de ella mientras se alejaba. Pero apartar la mirada no hizo que me librara de la visión de su piel reluciendo a pocos centímetros de mi cara mientras hablábamos.
— ¿Qué pasa? —gritó Kate por encima de la música extremadamente alta. Una buena música, sin embargo. Repleta de tonos bajos y un estilo caribeño.
— ¿Qué pasa de qué? —pregunté.
— ¡Pareces sorprendido!
No le di importancia a la pregunta.
—No es nada. Por favor, continúa.
— ¿Qué te parece si en lugar de eso bailamos?
Supongo que sabía que iba a pasar. Kate y yo habíamos salido juntos varias veces, prácticamente siempre a sitios que yo había elegido. La Ópera, la Sinfónica en una de mis pocas noches libres, cenas elegantes. Para esa cita, yo le había preguntado dónde quería ir y ella eligió ir a bailar salsa. No era algo que yo hiciera normalmente, pero supuse que, si uno sale con alguien, debe aceptar algunos compromisos. Y la música era buena, después de todo. Fuimos a la pista de baile. Gracias a la insistencia de mi madre cuando era niño, no soy mal bailarín, aunque no es algo que disfrute especialmente o que tenga iniciativa por hacer.
Pasé mi brazo alrededor de la cintura de Kate, la tomé de la mano izquierda con mi derecha y comenzamos a bailar. La balanceé por la pista y mientras ella reía, mis ojos volvieron a caer involuntariamente sobre Isabella Swan, en ese vestido rojo, con las manos de su novio deslizándose de manera poco apropiada por su cintura y por una zona demasiado baja de su espalda. No debería haberme molestado, pero lo hizo. ¿Acaso ese joven no tenía ninguna educación? Giré con Kate, con tanta agresividad que casi tropezó, de forma que me puse espalda con espalda con Isabella.
Pero mis pensamientos se detuvieron en su estrecha cintura y en la forma en que el corpiño de su vestido envolvía sus pechos. Pensamientos molestos. Pensamientos inadecuados, teniendo en cuenta que ella era una estudiante. Una estudiante que estaba saliendo con su novio. La banda aminoró el ritmo y las parejas sobre la pista se acercaron más. Kate se acurrucó entre mis brazos, posando su barbilla contra mi hombro. Estaba totalmente apretada contra mí y nos mecimos lentamente con la música.
—Edward —me estaba susurrando directamente al oído.
La apreté más con mis brazos, porque esa parecía toda la respuesta necesaria. Suspiré un poco cuando Isabella y Nathan volvieron a aparecer. Estaban espantosamente cerca y la mano de él descansaba justo encima de la curva de su trasero. Realmente era una joven excepcional. Y probablemente merecía a alguien mucho mejor que Nathan, que era poco más que un chico grandote. Casi dejé que mi mente se deleitara en el pensamiento de ella en la cama y mi cuerpo respondió involuntariamente. Intenté no quedarme paralizado, porque Kate se dio cuenta. Y la apreté contra mí, con más fuerza.
— ¿Edward? —dijo ella.
—Sí, Kate —murmuré.
— ¿Vamos a mi piso?
