Nota del Autor: Llega el sexto, ¿se dudo?, no debió hacerse...

Disclaimer: Katekyo Hitman Reborn, su historia original y sus personajes pertenecen a Akira Amano.

Sus comentarios son toda una inspiración a seguir y mejorar.

Gracias.


Capitulo VI: Vete, pues nos vamos...

Continuaban en el despacho, en silencio. Ambos se habían enfrascado en un dilema personal y mudo en el cual no se sentían tan solos puesto que se tenían uno al otro, en cierta forma. El joven castaño frente a él estaba perdido en su mundo y sus pensamientos, reflexionando, tal ves aceptando. Si le hubiesen preguntado la hora no la habría sabido y las cortinas cerradas no ayudaban demasiado, pero seguro ya estaban por la tarde, más o menos. Cada tanto se levantaba a servir otra ronda por lo que su joven acompañante ya tenía una ligera sombra colorida en sus mejillas, era cierto eso de que no manejaba demasiado bien el alcohol.

Tal vez en esa platica había revelado más de lo que había planeado, pero no se sentía mal o avergonzado por eso, resultaba que el joven Vongola ciertamente no juzgaba a las personas, no criticaba, sino que despedía una onda cálida de tranquilidad, confianza y aceptación. Ciertamente era como el cielo.

Por eso mismo deseaba ayudarle, ya que él mismo había pasado por ese momento de frustración y dolor al saber que su amor nunca seria correspondido y sabia que no por eso se dejaba de amar tan fácil. De repente se le ocurrió algo.

-Oye Vongola, vamos a Japón- dijo de repente y mas como un hecho que pregunta.

-¿Cómo?- le contesto el aludido medio sorprendido de que hablara de repente más que por la sugerencia.

-¿Qué ahora eres sordo?, te digo que vayamos a Japón, regresa conmigo. – volvió a repetir medio molesto.

-¿A Japón?¿pero qué haría yo haya?¿y porque tan de repente lo dices?- cuestiono el joven

-Necesitas salir de aquí, todo esto te está asfixiando y no me digas que no es cierto, te ves patético a simple vista, eres un herbívoro tan transparente, tómalo como unas vacaciones o lo que sea-

-¿a Japón?- volvió a repetirse a sí mismo el castaño, - hace mucho que no voy allá, no tengo donde quedarme, además no puedo dejar aquí tan así como así, yo soy el Jefe. –

-Oh, ahora resulta, que responsable te has vuelto, hace algunos años no hubieses tolerado si quiera pronunciar eso, déjame decirlo de otra forma, o te vas conmigo por las buenas o te llevare arrastrando. Tú decides. – dijo mirándole amenazantemente como solía hacerlo cuando algo no salía como quería.

-Pero Hibari…. Yo no puedo irme….-

-Puedes y lo harás mocoso, ¿Qué acaso piensas quedarte lamentándote aquí esperando aterrado a cada vez que ese imbécil cruce la puerta? No hagas que te golpee de nuevo-

-Pero…¿Quién se quedara en mi lugar? ¿a cargo de todo esto?- dijo el castaño mirándose nerviosamente las manos buscando cualquier excusa válida.

-Tu mano derecha… por supuesto-

Tsuna levanto la vista comprendiendo el significado de eso de inmediato. Con la mirada le pidió que no.

-Llámalo- le ordeno, - llámalo y dile que te irás por un corto tiempo, pero que no sabes con exactitud cuánto y que por lo tanto le dejaras a cargo de todas las decisiones y operaciones, llámalo- repitió por tercera vez ya con un tono totalmente imperativo.

-Pero yo… no puedo… no soportaría verlo ahora… por favor…- le dijo suplicante el jefe.

-Claro que lo harás- le dijo y de inmediato se levanto, tomo el teléfono descolgado y marco un numero. Tsuna se levanto también intentado detenerlo pero Hibari le empujo y lo hizo sentarse de nuevo. El joven no intento levantarse una segunda vez.

-Comuníquenme con Gokudera Hayato- le ordeno a la persona al otro lado de la línea, espero, puso una mala cara y colgó.

-No está en su oficina ni en sus habitaciones o en el edificio, lo están buscando por los alrededores- dijo molesto y se sentó de nuevo dando otro trago. El otro joven pareció relajarse al escuchar que no lo encontraban.

Pasaron unos momentos en un incomodo silencio.

-Yo igual puedo hablarle estando alla, en Japón- dijo con un poco de timidez, mirándolo de reojo.

-Veo que sigues siendo ese torpe cobarde que conocí en la secundaria. –

-Lamento decepcionarte- le contesto sonriendo un poco sin negar nada y ambos entraron en un renovado silencio, donde ambos ya estaban más relajados.

-Por cierto Hibari, no me llames Vongola, dime Tsuna.- Le dijo con una sonrisa, como tratando de limar asperezas.

-Eso suena a como si fuéramos amigos- le contesto rápida y ofendidamente.

-¿eh? bueno, jeje, entonces dime Sawada- siguió intentando su movida.

-Eso suena a como si te respetara- contesto igual de cortante.

-¿ah?- sonrió de nuevo y ya no dijo nada mas, como aceptando su derrota, puso una mirada ligeramente triste, si es que se podia mas.

-Te llamare Tsunayoshi- dijo de repente, y el castaño se sorprendió al escuchar eso, sonrió sinceramente.

-Muchas gracias- contesto. Otro silencio.

-Bien entonces vámonos- dijo el pelinegro levantándose y caminando hacia la puerta

-¿Cómo? ¿Ahora?- la cara de incredulidad del castaño casi le hace reírse.

-¿Qué esperabas? ¿que te dejaría despedirte de todos? Si la idea es que no veas a nadie, ahora levanta ese cuerpo inútil y ponte en movimiento- el castaño se quedo en su lugar medio desorientado por la idea de irse de un momento a otro.

-Tsunayoshi…. – dijo despacio y suavemente la alondra sacando una de sus tonfas.

-¿Ah?...si claro, perdón- se levanto torpemente y fue hacia la puerta también, giro un poco a ver su lugar vacio.

-Tal vez si sea una buena idea irme, solo un corto tiempo- le oyo decir para sí mismo y ambos salieron del despacho.

Se dirigieron a la pequeña sala saliendo de las escaleras.

-Oye, y porque dijiste que no habría podido entrar a tus habitaciones privadas-

-Amm, es porque la puerta también tiene lector de pupila, y solo Reborn, Gokudera y Yamamoto están en el registro además de mí-

-¿solo tres? me sorprende, si eres tan fastidiosamente sociable con los demás-

-eso fue porque Gokudera no dejo que agregara a más personas, incluso se había opuesto a Yamamoto, pero le dije que eso si era una exageración y lo obligue casi.

-Que estupidez, si hubiera logrado pasar, solo habría tenido que destrozar la entrada-

-¿Eh?, no Hibari por favor no hagas eso, te pondré yo mismo en el registro, Yanini me enseño a escondidas de Gokudera. – le dijo nerviosamente el ojimiel.

Diciendo eso tecleo unas cuantas cosas en el minipanel de la puerta que daba paso a sus privados y le pidió que se acercara al lector con los ojos abiertos, escribió el nombre de la recién persona autorizada y dijo listo.

El pasillo de los cuartos privados era mucho más sencillo que el oficial del Jefe, aunque se notaba la seguridad de las ventanas era igual o todavía mejor. El idiota albino era sumamente paranoico cuando se trataba de Tsunayoshi, su Decimo. Paso por dos puertas y llego a la tercera, esta no era de lector, pero si tenía un panel para contraseña.

-"Amigos"- dijo el menor mientras tecleaba.

-¿esa es tu contraseña?, de alguna manera no me sorprende-

-Jeje, me habían dicho lo mismo. – agrego el castaño, al parecer ya se había relajado un poco más, la idea del viaje lo devolvió ligeramente a la realidad.

Entraron a la habitación y al igual que la personalidad de su dueño inspiraba mucha paz y sencillez, aunque los muebles elegantes de madera reinaban en la alcoba las cortinas y tapices eran de colores claros, transparentes y lisos, nada de pompa, como el alma del joven cielo. Solo un sillón de un color vino resaltaba por no encajar con el ambiente a su alrededor. El castaño pareció notar la mirada hacia el mencionado mueble y dijo en voz alta – lo escogió Gokudera-.

-Am, supongo hago mi maleta rápido, ¿tú no harás la tuya?- después agrego el castaño al quedarse ambos parados en medio de la alcoba.

-Llegue apenas ayer en la noche, no traje mucho y no desempaque, ¿tienes una laptop aquí? Quiero ver las próximas salidas-

-sí, si tengo una por aquí, la utilizo cuando hay demasiado trabajo y avanzo durante la noche-

-Si hablas así creerán que eres responsable-

-¿eh?, que malo eres Hibari-

-Vete a hacer tu maleta de una vez- le corto el puchero y se dispuso a prender la lap, le pidió la contraseña y escribió "amigos", lo dejo entrar. Un terrible fallo de seguridad si le preguntaran. Busco las salidas más próximas y encontró una para dentro de unas horas, perfecto, saco su tarjeta y compro los boletos online, ya luego le cobraría con (muchos) intereses al Vongola.

Esperó varios minutos. Sin que se diera cuenta Tsunayoshi tomo el teléfono y marco de nuevo el número anterior, al parecer no encontraban al idiota de la Tormenta, le hubiera gustado que el castaño lo viera antes de irse, si se iba así dejaba un gran pendiente y eso sería difícil de tolerar y superar aun a distancia.

Paso más de media hora. Se tomo la libertad de acostarse en la cama y admitió era cómoda, las ventajas de ser el jefe, sintió que se durmió por unos momentos pues el alcohol le habia relajado. Le pareció ver borrosas imagines de un gran cielo azul y el sol brillante en todo su esplendor. Se despertó de repente. Odiaba esos sueños, sabia a que se referían.

-Oye, ¿Qué eres señorita o qué? Vámonos ya, me estoy desesperando- dijo levantándose creyendo que el menor había huido o algo así. Pero se sorprendió al verle parado no muy lejos observándole. Una rara expresión había en su rostro.

-Disculpa, hace unos momentos termine, estoy listo.- el joven se había cambiado de ropa, se quito el sobrio traje negro y se puso unos tenis, jeans y un suéter naranja que le quedaba algo grande, era muy esbelto. ¿Ese muchacho era el gran Decimo Jefe Vongola?, ¿aquel que toda la gente loca de ese lugar admiraba y respetaba? ¿aquel que había salido victorioso de ante toda adversidad que se le presento? sin el traje, ni los guardianes detrás, ni esa aura inspiradora de respeto que a veces desprendía era difícil de creer.

-Bien, entonces vámonos- respondió secamente y camino hacia la puerta, noto que el joven se rezagaba a propósito, trato de darle su espacio. Siguió por el pasillo y abrió la puerta a la salita, pero antes de cruzarla giro para comprobar que efectivamente el joven castaño se había quedado parado a medio pasillo con la maleta en manos, su mirada estaba clavada en el suelo, su mente quien sabe dónde.

-Tsunayoshi….qué esperas- dijo regresando al lugar donde estaba el Vongola.

-Yo… no sé si pueda, terminara de odiarme si me voy así, también seré un pésimo Jefe- dijo con un poco de aflicción.

-Te irás para darle a tus pulmones aire para respirar, porque aquí no lo haces, desde hace tiempo ya no, es por eso que te ha invadido un aura que créeme no soy el único ha notado, un aura que nadie ha sido capaz de descifrar. Pero ahora que me lo has dicho he decidido que la mejor forma de sacarte de tu hoyo es sacarte también de aquí, así que lo voy a repetir amablemente por última vez, o vienes conmigo, o te golpeare tanto que no serás capaz de poner resistencia.-

El joven aludido levanto la vista y le vio suavemente, con unos sonrientes ojos tristes.

-Supongo es tu manera de decirme que me estas ayudando- y una ligera sonrisa asomo su solitario rostro-

El pelinegro se sintió como desenmascarado, el mocoso ya estaba empezando a ver a través de su fría actitud. Se pregunto si eso era malo o bueno, quiso pensar que era la segunda.

-Así es, es por eso que te iras de aquí conmigo, le guste a quien le guste, yo vine a Italia con la excusa de darte un informe, tu iras a Japón con la excusa de supervisar la nueva base- hablo la niebla como si decirlo en voz alta le diera algún aire de verdad.

-¿y nadie sabrá la verdad de esto?- le pregunto tímidamente.

-Sera nuestro pequeño secreto- dijo en un tono riondo y cómplice. El ojimiel le vio por varios momentos en silencio, como buscando en su mirada alguna señal que le indicara lo contrario a lo que decían sus labios, sintió por un momento que esos ojos le desenmarañaban hasta lo más profundo de su ser, que ese cielo colaba sus rayos a un lugar que permanecía oscuro para el mundo y para si mismo. Al parecer no encontró nada preocupante, puesto que el Vongola relajo de repente su mirada y dijo de repente – Confío en ti, Hibari- regalándole una sincera sonrisa.

No respondió a eso, solo se acerco al Vongola y le quito la maleta de las manos, empezó a caminar hacia la puerta nuevamente.

-Hibari, eres sorprendentemente amable- dijo el castaño y se permito sonreír audiblemente.

-Al parecer en serio te gusta el dolor- le contesto amenazantemente.

-Jajaja, después de lo de anoche no por favor, mi cuerpo aun duele, ya no somos tan jóvenes como para esas cosas; espera ¡sone como un viejo! - rio de nuevo el jefe agarrándose los cabellos como antes solía hacer con bastante frecuencia.

De repente recordó algo, antes de llegar a la puerta se detuvo y giro rápidamente, ciertamente se veía extraño, todo el mundo se le quedaría viendo a las grandes marcas en el cuello del joven (cortesía de sus tonfas). Regreso sobre sus pasos por segunda vez.

-Oye Tsunayoshi, ponte algo en el cuello, cúbrete eso-

-¿ah?, ¿en serio se ve tan mal? Yo creí que no-

-No me interesa lo que pienses, que te pongas algo te digo-

-Ok, ok, déjame abro mi maleta, creo guarde algo que me servirá… ¡ah, la encontré! – dijo alegremente y saco una bufanda verde claro. Se la puso torpemente y pregunto inocentemente- ¿Cómo me veo?-

El pelinegro se quedo medio pasmado por la pregunta, ¿era acaso la correcta para esa ocasión?, aun así respondió como pensó el joven quería que lo hiciera. – Mejor- dijo secamente y vio como Tsunayoshi sonreía por eso. Tan solo una palabra podía hacer feliz a alguien, había aprendido tarde ese detalle.

Con el joven cielo empezaba a sentir una extraña tranquilidad, despejaba su mente con su mirada, relajaba su cuerpo con su presencia, empezaba a empujar lejos el deseo de violencia que tenia a casi cada momento. Aun asi no se sintió invadido en su persona, como si fuera el Vongola alguien que coaccionara con su presencia, sino que le recordaba en cierta forma a los atardeceres en el techo de la secundaria en Nanimori, era como un amuleto de paz y tranquilidad. Tal ves era esa relajación la que lo hacia decir cosas que antes no se hubiera permitido si quiera pensar, ni siquiera con Dino, que era su amor (secreto) y por lo tanto su mas grande debilidad, hasta ahora la única.

-Ahora, te arrepentirás si haces algo mas para detenernos, quiero comer algo antes de irnos- dijo rápidamente recuperando el hilo de donde estaba, tomo la maleta del Vongola y camino por tercera vez hacia la puerta aun abierta.

Lo que vio al cruzarla era lo último que había esperado ese día, en su vida más bien. Su plática con Tsunayoshi lo desconcentro tanto, o más bien puso todos sus sentidos en el joven castaño que no noto el movimiento cruzando la puerta. Dos hombres se hallaban de pie en medio de la salita, al parecer acababan de entrar al cuarto nivel y estaban como indecisos de entrar o no a los cuartos privados, ambos tenían una expresión tan difícil de descifrar como la suya propia.

El primero, iba vestido con un traje negro bastante descuidado, llevaba una camisa de vestir roja holgadamente y el saco en las manos. Parecía que no había dormido en días y su cabello largo y plateado parecía medio desquiciado. Aun así su mirada no era la de un loco, sino que más bien había hostilidad contenida en ella, una ira mezclada con sorpresa y atada con desconcierto, se pregunto cómo unos ojos podían reflejar tanto al mismo tiempo. Gokudera Hayato podía ser más complejo de lo que imaginó.

El segundo fue el que le causo una impresión que años de práctica en indiferencia le ayudaron a disimular. Este hombre iba vestido con un elegante traje blanco y una camisa de un bello azul cielo, al igual que sus ojos, el rubio cabello tan relajado como siempre brillaba y evidenciaba que había hecho ejercicio, o al menos un poco. Aun así lo que más le sorprendió fue el increíble parecido entre la expresión de sus ojos y los de la tormenta, solo que en este caso no lograba ver ira, sino incredulidad, una que se clavó en su persona tan pronto apareció en el marco de la puerta.

Los tres hombres se quedaron parados en su lugar, en un incomodo silencio donde seguramente una turba de ideas y emociones recorrían la mente de cada uno de ellos, una tan potente que al parecer ninguno terminaba de decidir qué era lo que debían decir, hacer o no hacer en ese mismo instante.

La tormenta irrumpió primero.

-¿Qué rayos haces en ese lugar Hibari?, sal de ahí ahora mismo- le dijo sin ocultar en lo mas mínimo la seria amenaza implícita en sus ojos y palabras.

Cavallone no dijo nada, solo si limito a mirarle inquisidoramente como si quisiera escuchar también la respuesta a esa pregunta. Lo miraba a él y al marco de la puerta, como esperando ver a alguien más. No respondió a la pregunta.

-Maldita sea Hibari te digo que me digas que rayos haces ahí, ¡sal de una maldita vez!- repitió la tormenta y dio un paso al frente. Dino seguía en silencio y sin quitarle la mirada de encima. Siguio sin responder.

-¡¿Qué rayos hacías con el Decimo?!- termino gritando el albino cerrando sus puños y caminando mas al frente, su expresión estaba teñida de coraje contenido, como si solo un hilo de conciencia le contuviera de hacer alguna estupidez, ¿estaba borracho?, hacia mucho no le veía esa mirada en la cara. ¿Por qué estaba tan enojado

-Cuida el hablarme con ese tono, estúpido herbívoro, o te arrepentirás de haberme alzado la voz. Lo que haga, donde y con quien lo haga no es de tu incumbencia. – dijo con orgullo y sin expresión alguna.

-¿Qué dijiste imbécil? Todo lo que tenga que ver con el decimo es de mi incumbencia, así que sal de ahí de una jodida vez, sal o te sacare.- lo amenazo una vez más el albino, había sacado explosivos y los sostenía peligrosamente. Dino seguía serio y observaba los movimientos de ambos.

-No, ahora ya no lo es. – respondió la alondra y una ligera sonrisa se asomo por sus labios. Los recién llegados parecieron comprender lo que quiso decir puesto que Gokudera no pudo evitar una rápida y enojada estupefacción en su rostro, mientras que Dino abrió ligeramente mas sus ojos y le vio como no queriendo creer lo que escucho.

-Maldito Hibari…- dijo en voz más baja y peligrosa el peliplata.

-Ven si algo te molesta Tormenta, te ensañare que eres poco contra mi- dijo el pelinegro sacando sus tonfas con la acostumbrada agilidad de siempre.

Dino al ver que ahora si estaban a punto de saltar a la pelea (una más seria de lo normal) apenas empezaba la levantar las manos e iba a articular palabra para detenerlos, pero una nueva imagen en la escena dejo la primera silaba atorada en su garganta.

Una cuarta figura apareció del pasillo y puso una mano sobre su antebrazo, como en señal de que guardara sus tonfas. Lo hizo tranquilamente y le vio directo a los ojos. No supo en realidad bien como lo entendía sin palabras, pero el Vongola le dijo con la mirada que estaba bien, que él se encargaría de Gokudera, que no estaba bien pelear en ese momento, que esa era la oportunidad de hacer lo que quería que hiciera, hablar con la tormenta. Al parecer el joven jefe paso inadvertido su rostro indiferente y noto su ligera preocupación por la situación, una que nunca hubiera puesto en palabras. Le dijo en su expresión y una ligera sonrisa que todo estaba y debía permanecer bajo control. Decidió creer en el joven y bajo las tonfas, las guardo y se quedo en silencio evitando ver a Dino, sin ver a nadie.

Los cuatro se quedaron en silencio y los dos recién llegados tenían la incredulidad tallada brutalmente en sus rostros, no les paso inadvertida la muda conversación que tuvo con el Vongola, él mismo estaba medio sorprendido. ¿Tan inmediata era la influencia del joven sobre él?, ¿tan rápida y eficiente?, le sorprendió saber que no le molestaba, no si era ese joven, no si era Tsunayoshi.

El silencio y la sorpresa congelaron los aires de pelea y todos se hundieron en el primero. Gokudera al ver a Tsuna y despues de salir de su impresión clavo la mirada en el suelo, el ser violento desapareció y una extraña mezcla de emociones inundo su mirada, indeciso de que hacer no abrio mas la boca. Dino por su parte, siguió ahí parado, como confundiéndose con un mueble, recupero la compostura y puso su habitual rostro calmado, aunque su mirada no se quitaba de Tsuna, y no estaba nada calmada. Tsuna se quedo viéndole por unos momentos más, pero esta vez pareció usarlo como medio de concentración puesto que noto estaba pensando en otra cosa, una de la cual ya tenía idea de que podía ser. De repente hablo.

-No sabía que nos estarías visitando hoy… Dino. – Dijo tranquilamente con su voz amable y serena de siempre.

-Hola Tsuna, si, de repente sentí deseos de ver a mi hermano menor y ver cómo iban las cosas- contesto rápidamente y nerviosamente, su sonrisa fue ligeramente forzada, pudo notarlo.

-Todo está tranquilo puesto que los chicos andan fuera en otras cosas, sino no no estaría tan calmada la base, sabes a que me refiero, de ahí estoy feliz que todo está normal. Pero lamento decirte que en este momento no podremos platicar puesto que voy de salida. Una disculpa, planeaba decirle a Gokudera que hiciera el aviso. – y esta vez sí miro a Dino directamente, se sorprendió del control que tenía el castaño sobre si mismo en ese momento, nada que ver con el muchacho débil y temeroso de hace unos minutos.

No creyó ser el único que noto estaban hablando con el Decimo Vongola, no con Tsuna. Gokudera tuvo un ligero espasmo al escuchar su nombre de los labios de su Jefe. El potro no paso por alto el extraño comportamiento de la Tormenta, normalmente era muy efusivo cuando estaba en la misma habitación que su Decimo.

-¿Salida?, ah ya veo, no te disculpes, esto pasa por no llamar primero para ver si estabas disponible. Entonces me temo que tendre que hacerle la vida imposible a Hibari, tengo curiosidad de cómo esta Nanimori, hace mucho no voy.- Contesto intentando sonar normal, gran mentiroso era el Jefe Cavallone, por supuesto que habia ido, aunque nunca lo admitiría pensó Hibari.

-Oh vaya Dino, en serio discúlpame, pero esta vez Hibari va conmigo, me apena que hayas venido hasta aquí por nada, te lo compensare mas adelante. Pero creo puedes platicar con él un momento si él quiere, tengo que arreglar unos detalles en mi Despacho antes de irme, puede que tarde un poco. –

-¿ah si?, entonces supongo aceptare tu oferta para el mal humor de Hibari- el jefe Cavallone no disimulo que le agradaba ese acuerdo, vio como los ojos azules buscaron a sus ojos negros por un momento, pero prefirió cerrarlos, estúpido rubio imbécil pensó.

-Bien entonces te agradezco la visita Dino, y nuevamente una disculpa- el Vongola extendió la mano amable pero firmemente, una sonrisa honesta en sus facciones.

Dino pareció pensarlo un poco pero rápidamente le respondió el gesto, - No te preocupes Tsuna, ya será otro dia, que te vaya muy bien a donde vayas- le pareció ver una mota de suspicacia en los ojos azules por un momento.

-Gracias, ahora bien si me disculpan, dijo y salió del marco de la puerta donde ambos estaban y camino hacia la entrada derecha del pequeño recibidor, se paro en el marco nuevamente y dijo sin voltear –Gokudera… ven conmigo por favor. – finalizo y siguió caminando perdiéndose de vista.

La tormenta al escuchar lo que claramente fue una orden pareció despertar de su ensoñación y no pudo evitar poner una expresión de total sorpresa e incredulidad, de inmediato siguió a su jefe por el otro pasillo, se perdió también de vista. Pudo ver el alivio en sus facciones pues al parecer creyó por un momento que Tsunayoshi lo ignoraría, era idiota si pensaba que el mocoso haría algo como eso.

Seguía en el marco de la puerta, tenía los ojos cerrados, su mente pensaba a toda velocidad, era perfectamente consciente que Cavallone estaba en el mismo lugar, viéndole fijamente, extrañamente callado.

Pensó rápidamente en cuanto tiempo le tomaría al Vongola decir lo que tenía que decir, conociendo su indecisión no sería poco… perfecto. Al parecer el cielo por fin se ponía del lado de los no correspondidos y les ponía a ambos, a Tsunayoshi y a él, el momento y lugar perfecto para despedirse de esa esperanza sin sentido, de esa flama sin razón de ser.

-Y bien Cavallone, ¿piensas quedarte ahí parado toda la tarde?, si me disculpas tengo cosas que hacer.- dijo mientras caminaba hacia las escaleras, checo y espero a que la puerta se abriera.

-Kyoya, que malo eres, yo que he venido a verte.- le dijo por fin abriendo la boca, un tono extraño.

-Los jefes son tan buenos mintiendo, dime ¿es un requisito para el puesto?-

-A ti no te miento, Kyoya-

-Mentiroso-

La puerta se abrió y empezó a bajar, no oyó movimiento tras él…

-¿Qué no piensas venir? – dijo con fastidio, de inmediato Cavallone le siguió recuperando un poco el ánimo.

Siguieron hasta el piso de abajo, a los cuartos de los guardianes, todos sin su ocupante. Entraron al de Hibari, al que más tiempo estaba vacío, más bien era el único prácticamente deshabitado. Estaba la maleta en la cama, había dormido en el sofá. La cama individual y perfectamente hecha, se notaba que las sabanas estaban todo el tiempo así, ambos buros vacios, las lámparas con una ligera capa de polvo, el tocador desnudo como el armario junto a él. Las cortinas de un azul oscuro y una ligera blanca miraban siempre con soledad a las personas que iban y venían a la mansión, pues la ventana daba a la parte frontal de la mansión, la otra puerta en la habitación era del baño nunca usado, al menos no por la nube actual.

El potro desde que entro fingía observar el cuarto, no había nada que observar, a parte del abandono que inspiraba.

-Estas extrañamente callado Cavallone, dime ¿por fin te has dado cuenta de cuánto molesta tu voz?-

-siempre has sido cortante conmigo Kyoya, y siempre he pensado que lo eres con todos- le contesto calmadamente.

Ignoro el comentario, y se sentó en el sofá, era lo único que podría decirse le gustaba de esa fría habitación.

-Pero no con todos eres cortante ¿verdad Kyoya?- continuo el rubio mientras caminaba hacia él y se paro justo enfrente, tan cerca que tuvo que levantar la cabeza para poder mirarle al rostro.

-Que tonterías dices potro, no molestes-

-Kyoya…. – dijo Dino con voz baja, una expresión inundaba sus ojos y le molestaba no saber cual.

Miro fijamente esos bellos ojos, esos iguales al cielo que a veces soñaba, ese cabello que lo inundaba como el sol en todos sus días, ya ni si quiera recordaba con claridad ese estúpido trato que hicieron hace cinco años, cuando empezaron ese tipo de relación, si es que se podía clasificársele como tal.

Se odio a sí mismo por haberse permitido desear más de lo que podía pedir. Por añorar a ese hombre frente a él. Debió haber sido suficiente con su cuerpo, con su piel, con su calor, con sus besos, con ese agonico placer, con esa sonrisa que mataba y le hacía perderse; pero no, tuvo que querer mas, tuvo que cometer la idiotez de enamorarse, y cuanto se despreciaba por eso, por querer a la única persona que no sería suya… jamas.

Se odiaba por amar al Decimo Jefe Cavallone, por querer a alguien que no podía ser suyo, pues el hombre frente él no podía entregarse a nadie, no era dueño de sí mismo. Recordaba cruelmente eso cada que veía la gran "C" tatuada en su brazo izquierdo, junto a ese enorme caballo negro.

-Oye Kyoya, dime, ¿alguna vez has querido a alguien?- pregunto como si el muy desgraciado pudiera leerle el pensamiento.

Lo miro sin hacer el intento de quitar el desprecio de su mirada, el desprecio hacia si mismo. Levanto su mano y sujeto el saco blanco, lo atrajo con fuerza hacia sí mismo dejando el rostro del mayor casi pegado al suyo.

-Deja de decir estupideces Cavallone, hazme lo que has venido a hacer y después vete, no deseo volverte a ver… nunca-.


Fin del VI capitulo..

quedo en espera de sus comentarios y/o sugerencias!

Un saludo y abrazo..