Notas:
Capítulo dedicado a Tahto, quien ha sido una linda persona desde que tenemos la oportunidad de hablar. No solo es bondadosa, también es sumamente talentosa. Pueden ver sus increíbles trabajos en su cuenta de Tumblr, pueden buscarla por "virtualstarhasseigaku"
Hace poco abrí mi pagina de facebook, pueden visitarme allí y dejar sus dudas, comentarios, lo que deseen y sea de su agrado. Pueden buscarme por "Blooming Winter Rose"
Capítulo 8
Promesa
Antaria, 13 años atrás.
– ¿Se llamará Beliel? ¿Por qué? –Un pequeño Milo acariciaba la cabecita del pequeño cordero que permanecía en sus brazos.
–Significa cordero de donde yo vengo –El también infante Mu se acercó a ambos, con unas cuantas flores de color amarillo en sus diminutas manos.
– ¿Le pondrás Cordero al cordero? –Milo vio con recelo a su pequeño amigo –Soy el papá y debo escoger su nombre –Se alejó un poco de Mu, cual mezquinando al pequeño animal.
–Yo no quiero ser la mamá otra vez –Mu infló sus cachetes, abalanzándose sobre Milo, quien lo esquivó rápidamente, haciendo que el pequeño de cabellos lila cayera al suelo, rompiendo en llanto. Milo por su parte, permanecía indiferente, otorgando mimos a la criatura que abrazaba.
–Pequeño lirio, ¿Qué sucede? –Una dulce voz emergió de los labios de una joven reina, quien, caminando con rapidez, se dirigió al lloroso Mu, levantándolo con cuidado mientras sostenía su manito –Querubín, no te quedes allí, ven a ayudar a tu amigo –La suavidad con la que Alayne de Antaria pronunciaba sus palabras ocultaba una estricta orden maternal, que Milo comprendió inmediatamente. Con un puchero y de mala gana, el pequeño príncipe fue hacia donde su madre y el infante Mu se encontraban.
–Es un raspón, podrás caminar pero lo mejor es agregar un poco de azúcar para que los trolls no vengan, he oído que les gusta hacer caer a los niños con heridas, y no queremos que eso pase –Una sonrisa cómplice se formó en los finos y rosáceos labios de la dama tras observar la rodilla lastimada de Mu. Tomó la mano de Milo y la estrechó con aquella del otro niño sin perder su sonrisa –Querubín tiene mucha azúcar, si sostiene la mano de su amigo no pasaran cosas malas –Sin duda Alayne tenía una forma romántica de manejar aquellas situaciones, sin permitirles perder la inocencia a los niños, entre los muros y jardines del palacio Rosé. Por esa razón, encontraba la manera de llenar de fantasía incluso los momentos más amargos para un infante, a sabiendas que regresaría con la indeseada medicina para el raspón y unos cuantos dulces, además de la esperanza de que ambos niños arreglaran sus diferencias.
–Que me coman los trolls –Al unísono, y llevando sus miradas al contrario, los pequeños protestaron, soltando sus manos, Alayne sonreía.
–No es necesario, ya actúan como ellos –La reina llevó su mano a la cabecita del cordero bebé en brazos de su hijo, acariciándolo –Es más pequeño que ustedes, ¿Cómo se llamará?
–Beliel no será –Protestó Milo en voz alta.
–Querubín, ¿Olvidas lo que significa Beliel en el idioma de tu madre? –La joven reina tomó la mano que Milo soltó, uniéndola nuevamente a la de Mu –Significa fulgor, así que no olvides el fulgor que tienes en tu corazón –Besó la frente de su hijo –Ahora no se separen o los trolls los encontrarán, y sería una pena, dicen que les gusta comer niños amargados –Dicho aquello, Alayne se levantó, alisando con sus manos los pliegues en la falda del suave vestido veraniego que lucía, dejando ver la palidez de sus pies. Caminó entre el verde pasto, sin dejar de ver a los niños, razón por la cual, se dejó tropezar por una piedra. Por suerte, un par de manos sostuvieron sus hombros.
–Debes ser más cuidadosa, no queremos accidentes en tiempos de paz –Aquel hombre mostraba confianza mezclada con preocupación y añoranza, a pesar de la tosquedad en su rostro. Alayne reconoció los cabellos de color azabache que caían sobre los hombros de quien la sostenía, le observó con ternura, asintiendo. La dama quitó las manos de sus hombros para entrelazarlas a las suyas, mientras el hombre unía su frente a la de ella.
–"Una prumessa vene sempre vera" (1) –Zaphiri pronunció al rostro de su compañera, haciendo sonreír a la reina.
–"Una prumessa vene sempre vera" –Con ello Alayne reafirmaba que su compañero de vida, aquel a quien aprendió a amar a través de la amistad que se formó entre ellos tras su compromiso, regresaba al reencuentro con su familia. Días atrás la guerra iniciada tras la rebelión de algunos reinos "herejes" había llegado a su fin, y ahora, con la victoria de Antaria al mando, solo quedaban tratados de paz y acuerdos que pretenderían dar calma tras la tormenta. Aquella prolongada guerra de varios años de batallas y treguas momentáneas se llevaba una y otra vez a su esposo, abandonándole a un miedo que ella trató de mitigar, por el bien de ella y sobretodo el de Milo. Ahora que todo había acabado definitivamente, la promesa de retorno era sellada con esa simple ceremonia propia de Antaria, uniendo sus mentes y sus almas, pronunciando aquellas palabras para recordar la importancia de confiar uno en el otro.
Tanto Alayne como Zaphiri compartieron un beso fugaz, mientras los pequeños aun peleados, observaban.
–Guacala –Las vocecitas de los pequeños sonaron en unísono ante el asco que tal gesto de los monarcas les provocó.
Saadalsud, presente.
–Ya veo. Es un evento poco común el nacimiento de estos seres en estos tiempos –Degel observó de cerca al pequeño dragón, quien le veía confundido, inmóvil –Si no me equivoco este espécimen en particular es el único de su especie que permanece vivo–Solo atinó a decir, para ir nuevamente a su escritorio.
– ¿Es todo lo que dirás al respecto? ¿Tienes alguna idea sobre lo que debemos hacer con él? –Camus no comprendía aun la observación hecha por el Duque de Krest, quien apenas le vio de reojo.
–No podemos dejarlo a su libre albedrío por el reino. Lo más conveniente es resguardarlo entre las paredes del castillo, hasta saber más de él y sus hábitos –Degel tomó una pluma y comenzó a escribir en un documento –Si mis teorías no fallan, un dragón que nace al contacto de la magia debe permanecer con aquel que se la ha otorgado. Por lo que será responsabilidad de ambos el destino de la criatura, ¿Me he dado a entender? –El Duque acomodó sus anteojos, dejando caer una fría y concreta mirada sobre ambos príncipes, cual si no tuviese la paciencia de tolerar alguna que otra niñería.
Camus asintió, mientras Milo suspiró aliviado. Entretanto, el pequeño Beliel jugaba animado con su larga cola, la cual se movía de un lado a otro, mientras este trataba de alcanzarla para morderla.
–Si no tienen otro asunto que tratar, los veré en otro momento. Tal parece que los problemas con el reino de Eypyrnir no acaban –Su mirada se posó nuevamente en la pequeña criatura –Deben adiestrarlo y cuidar de él, y hago énfasis en su educación. ¿Han entendido?
Al no saber que más decir, ambos príncipes se dispusieron a abandonar el despacho de un particularmente irritado Duque de Krest. Milo tomó en sus brazos al dragón antes de marcharse.
–Otra cosa –Quizás Shaka tenga conocimientos sobre su cuidado. Puedo presumir que la magia de Milo tuvo algo que ver con el nacimiento del dragón, por lo que será de gran ayuda –Dichas esas palabras nuevamente Degel se sumió en su trabajo, mientras los jóvenes se marcharon de allí.
–Degel no es el más diplomático cuando los deberes lo agobian, ¿No es así Beliel? –Milo se dirigió al pequeño que yacía en sus brazos, el cual respondía con un par de entusiastas "Kyu" y agitaba sus pequeñas alas.
–La situación con ese reino es más delicada de lo que parece –Camus se mantuvo pensativo por breves instantes, para luego ver a su esposo embobado con aquel dragoncito – ¿Cuáles son tus planes con Beliel? – El Príncipe no apartó la vista de Milo y dragón, quien reía ante las cosquillas que Milo le hacía en su panza.
–Es apenas un bebé, no puede quedarse solo –Milo detuvo sus juegos con Beliel y llevó su atención a Camus –Lo más conveniente es que pase la mañana con él, investigue en la biblioteca sobre cómo cuidarlo y en la tarde le pediré a Shaka que me asesore. Sí, es un buen plan. ¿Nos acompañas? –Milo mostraba el mismo ímpetu tal cual dejaba ver los primeros días en los que estaba decidido a despertar su magia.
–Por hoy paso –Camus giró sus talones hacia la dirección contraria –Tengo trabajo que hacer y una junta a la cual debo asistir, no puedo darme el lujo de jugar –Aquella frase incomodó a Milo, quien sintió una indirecta con ello. De no ser por Beliel, quien trataba de alcanzar su rostro con sus garritas para tocarlo en lo que parecía ser una señal de afecto, el Príncipe de Antaria hubiese regresado aquellas palabras con mayor intensidad y acidez, recriminándole la falta de confianza de la Casa de Aurore en su capacidad para hacerse cargo de algunas situaciones.
Sin decir palabra alguna, Milo se marchó con Beliel, buscando la dirección hacia su habitación. Pidió a los sirvientes unos cuantos juguetes que las damas de la corte solían usar para jugar con aquellas motas blancas de algodón y de ojos brillantes que tenían como fieles mascotas, los Pomera. Con todo listo, Milo pasó el resto de la mañana jugando con el pequeño Beliel, lanzando pequeñas pelotas ruidosas a un extremo de la habitación, las cuales eran recogidas por la criatura, para llevárselas a su cuidador, a gran velocidad, haciendo uso de sus patas y garras.
–Kyu Kyuuuuuu! –Beliel parecía contento mientras recibía caricias en su cabecita por parte de un orgulloso Milo.
–Eres un buen chico, o ¿Chica? En verdad no sabemos de qué manera referirnos a ti. Supongo que Beliel te queda bien, seas niño o niña –Parece que Milo había encontrado un nuevo amigo entre las paredes del castillo. Pronto, un ruido extraño captó su atención, haciéndose el mismo más frecuente. Milo buscó por todos lados, hasta que se acercó al estómago del dragón, encontrando el origen del ruido.
–Creo que tienes hambre, y a decir verdad yo también. Será mejor que salgamos y asaltemos a Geki –Milo sonreía infantilmente, mientras Beliel alzaba sus garras mientras otro "Kyu" emergía de su hocico. Con aquello Milo se daba por entendido.
En la cocina fue otra historia. Milo pronto descubrió que ante otros, el dragón, lejos de despertar ternura, podía ser capaz de despertar el temor en alguna que otra persona, y en este caso Geki, hacer sacar un cucharón de acero para ser usado como arma.
–No te hará daño, baja la guardia –Milo nuevamente tomó en brazos a un asustado Beliel, quien se escondió detrás de una silla tras ver a un agresivo cocinero a punto de atacarlo.
–Te creeré –Geki dejó a un lado el utensilio de madera –Se supone que ya no quedaban, los exterminaron a todos –Nuevamente su atención se dirigió a la amarilla criatura –Algo me dice que tendré más trabajo alimentando a este chico –Acercó su mano al pequeño, la cual fue tocada por ambas garras del dragón.
–Eres buen adivinador –Milo sonreía –De preferencia si preparas más cantidades de esa carne en conserva que te he visto comer mientras cocinas. Resulta ser que le ha gustado, Beliel no, no lo muerdas –Milo separó al dragoncito de la mano de Geki, la cual estuvo a punto de morder.
–Entonces…–Exhaló –No tengo problema alguno, si eso evita que coma personas –Geki no dijo nada respecto al hecho de que ahora confirmaba que fue Milo quien la noche anterior irrumpió en su cocina para alimentar al dragón, dejándole en el proceso un desorden que arruinó sus ánimos mañaneros, pero no podía protestar.
–Perfecto, gracias –Milo se sentó, dejando al dragón en la mesa, a lo que Geki gruñó. Una cosa era comerse sus bocadillos y otra distinta es permitir que una criatura se sentara encima de la mesa donde los alimentos eran colocados y cualquier comensal podía consumirlos. Tampoco protestó por ello. Sirvió un poco de carne al dragón, y algo de panecillos y café para Milo. Una vez que tanto príncipe como dragón comieron, permanecieron un buen rato, hasta que Milo notó que nuevamente, Beliel dormía profundamente. Tal parecía que aquel patrón de comer e inmediatamente dormir, era común en los de su especie.
–Dormido no podrá verlo Shaka, y tampoco puedo dejarlo solo. Camus estará ocupado así que…–Milo hablaba consigo mismo en voz alta –Supongo que no hará daño que permanezca con él, por hoy –Tomó con cuidado a Beliel y se dispuso a retirarse –Gracias Geki –Se marchó, dirigiéndose a su habitación.
Ver al pequeño Beliel dormir no solo provocó ternura en el Príncipe de Antaria, sino que le transmitió una calma que le llevó a cerrar sus ojos y entregarse al descanso que una siesta después de comer otorgaba. Tampoco supo cuantos minutos transcurrieron, quizás un par de horas, incluso más. El clima y el silencio jugaron a favor de ambos, y solo cuando la puerta se abrió de par en par, Milo se despertó sobresaltado, tan solo para encontrar a Camus de brazos cruzados y un semblante más frio que de costumbre, mientras Beliel correteaba tras de una pelota por toda la habitación.
–Shaka notificó que no te presentaste a la instrucción –Las palabras de Camus fueron firmes, estrictas.
–No podía dejarlo solo, por el bien de las personas en el castillo –Milo aún se encontraba atontado por la interrupción de su letargo.
–Dijiste que lo llevarías con Shaka, era una prioridad –Nuevamente, Camus tenía un punto a su favor.
–Se quedó dormido y así no puede verlo –Y Milo comenzaba a exasperarse.
–Y lo usaste de excusa para dormirte en pleno día –Camus observaba fijamente a su esposo.
–Si Camus, es una excusa de mi parte para sucumbir ante el sueño tras días de usar magia arriesgada –Le molestaba la idea de ser tratado como un irresponsable a causa de una simple siesta. Sentía el estómago revolverse, sin saber el porqué.
–Si quieres cuidar del dragón, no tengo problemas, pero nos afecta cuando te dejas llevar –El rostro de Camus se arrugó –Algo huele mal –Buscó en todos lados con la mirada, para liberar una expresión de asco y repulsión, lo cual le hizo girarse y caminar hacia la entrada de la habitación –Ya que eres capaz de descuidar tus obligaciones por cuidar a una criatura, puedes encargarte de limpiar lo que el dragón desecha –Dicho aquello, Camus se marchó, dejando a un Milo confundido, y a un Beliel buscando saltar a la cama. Un extraño olor llegó a sus fosas nasales, siendo más rápido para detectar el origen del hedor. Con ello confirmaba que Beliel tras despertar, había ensuciado la habitación, y que debía hacerse cargo.
–Lo que tienes de simpático también lo tienes de apestoso –Milo trató de aguantar la respiración, cubriendo su nariz con la manga de su camisa, mientras Beliel agitaba alegre sus alitas, como si se tratase de un alabo a la gracia realizada.
Aunque los sirvientes no mostraron gesto de desagrado al tener que limpiar con detalle la habitación, Milo no pudo evitar sentirse incomodo ante tal situación. También pudo notar el temor que sentían algunos nobles visitantes, uno que otro guardia y los sirvientes que se aproximaban, no era una criatura común aquel dragón, por lo que se apartó de ellos, buscando el recién reconstruido observatorio, a fin de pasar el resto del día, y quizás de la noche adiestrando y jugando con el pequeño Beliel.
Aquella noche, tanto Milo como el dragón se echaron en la cama tras una copiosa cena en la cocina. Ambos durmieron sin encontrar la presencia de Camus, quien esa noche no apareció en la habitación.
El día siguiente tanto príncipe como dragón se levantaron un poco más temprano de lo habitual. La presencia de Camus no se hizo sentir, o al menos era lo que concluía Milo, hasta que, en camino al cuarto de baño, apenas abrió la puerta para encontrarse a una figura en la amplia bañera de bordes dorados, la cual emergió del agua, dejando salpicadas de agua que caían desde la punta de los cabellos aguamarina oscurecidos. Sin saberlo, Milo mantuvo su atención en la elegancia que despedía Camus en aquel momento tan personal, en donde la piel descubierta de su torso le invitaba a ser contemplada e incluso anhelada, provocando un ligero agolpamiento en las mejillas del Príncipe de Antaria. Camus no parecía notar la atención recibida, dejándose llevar por la agradable sensación del agua tibia que le envolvía, junto con las exquisitas fragancias de las esencias que bañaban su cuerpo, mismas que llegaron a las fosas nasales de Milo, quien en un instinto, entreabrió sus labios, atraído por la visión presente ante él.
–¡Kyuuuuuuuu! –El entusiasta chillido del pequeño dragón alertó a Milo, cuyo corazón sintió dar un brinco al escucharle y ver a Camus girar, apartándose rápidamente de la puerta. Beliel rápidamente dio brincos hasta acercarse a su cuidador, quien lo tomó para alejarse rápidamente de la habitación. Las miradas de los guardias y sirvientes curiosos le provocaron un bochorno mayor, mientras caía en cuenta que aún permanecía en las ropas que usaba al dormir. Permaneciendo en silencio, trató de recordar el laberinto disfrazado de pasillo que llevaba hacia el cuarto de purificación, pero los nervios y la vergüenza que sentía al verse así mismo como causa de miradas indiscretas lo traicionaron, por lo que respiró profundamente y se acercó a una joven doncella con rostro apacible.
–Necesito dirigirme al cuarto de purificación, el dragón lo necesita –El tono de voz de Milo adquirió una seriedad fingida que pretendía disfrazar la pena que sentía. Para su suerte, la jovencita esbozó una amable sonrisa y asintió, guiándole hasta la serie de pasillos que Milo no tuvo tiempo de memorizar. Al llegar allí, hizo una leve reverencia antes de retirarse, sin dejar de sonreír. Milo se sintió más tranquilo, aunque incomodo por el hecho de que la joven no hablara en ningún momento.
–Veo que ya conociste a Elenore –La voz de Hyoga llegó de sorpresa a los oídos de Milo, sobresaltándolo –Aunque no habla, deja ver mucho de sí en una sonrisa –Las orbes azules de Hyoga siguieron a la doncella hasta que la misma se perdió al cruzar uno de los pasillos –Supe los rumores sobre una criatura, y me sorprendiste. ¿Es un dragón? Hola amiguito –Hyoga acercó su mano hasta la garra del pequeño Beliel, quien la tomó, acercando su hocico para olisquearle.
– ¿Desde cuándo te gusta acosar en silencio a tus mayores? ¿O ibas detrás de la chica? –Por más educado y paciente que Hyoga era, a Milo le disgustaba su habilidad de llegar de sorpresa.
–Solo pasaba por aquí, y no sabía que requerías purificarte –Hyoga desvió su mirada hasta la de Milo, situación que aprovechó Beliel para atrapar por completo su mano.
–No es asunto tuyo… ¿Y desde cuando me tuteas? –Milo no admitiría la serie de accidentes que lo arrastraban hasta una habitación alejada en el castillo, y malhumorado como estaba, no dejaba pasar la oportunidad de desquitarse apropiadamente por el sobresalto de minutos atrás.
–No era mi intención, sin embarg… ¡Agrh! –Un alarido agudo de dolor emergió de sus labios, viendo interrumpido su diálogo, pues el entusiasta dragón mantenía entre sus dientes la mano del chico. Milo no evitó soltar una risa al escuchar la voz adquirida por el joven en momentos de dolor, mientras Beliel, aun mordiendo a Hyoga, agitaba sus alitas, muy animado.
–Beliel, Hyoga no es comida, suéltalo o te indigestaras –Tomándolo por los costados de su estómago, Milo buscó apartar al dragoncito de Hyoga, pero Beliel parecía aferrado a su presa. No fue sino hasta el tercer intento y unas leves cosquillas lo que hicieron que Beliel regresara a brazos de Milo, mientras Hyoga observaba su mano enrojecida.
El chico por su parte iba a agregar algo, sin embargo, al ver las ganas de reír que contenía Milo, gruñó por lo bajo y asintió, retirándose para buscar una pomada.
–No sé por qué lo hiciste pero lo necesitaba –Milo alzó a Beliel, dejando ver una sonrisa, la cual el pequeño respondió con un tierno "Kyu", mientras estiraba sus pequeñas extremidades –Seguramente tienes hambre, pero debemos asearnos primero –Dicho aquello, ambos entraron a la sala de purificación, en donde encontraron todo lo necesario para el ritual.
Al no estar seguro por completo de la raza a la cual el pequeño dragón pertenecía, Milo optó por no dejar que Beliel se introdujera en las aguas. En cambio, con ayuda de un paño húmedo, limpió con cuidado la dorada piel de la criatura, quien parecía tomar con agrado aquellos gestos, pues los sonidos que emergían de él recordaban a los que algunos animales emitían cuando estaban felices. Milo sonreía ante el gesto de Beliel. No podía negarlo, el pequeño inspiraba ternura pese a la ferocidad de su naturaleza, y tenía que pensar en la forma de lidiar con su crecimiento y adiestrarlo. Poco se sabía sobre los dragones desde su inminente exilio. Pronto recordó la sugerencia sobre presentarle el dragoncillo a Shaka.
Sin embargo, al llegar a la capilla donde Shaka siempre le aguardaba, Milo se encontró a solas con Beliel. Resultó ser extraño para el Príncipe de Antaria, pues el estricto Shaka solía ser bastante puntual, e incluso exageraba, presentándose 1 hora antes de la instrucción, utilizando aquello como una excusa perfecta para darle una reprimenda, y castigarlo, obligándole a permanecer más tiempo en la instrucción, para compensar lo que el mayor creía, su falta de compromiso con el tiempo de aprendizaje. Milo le espero por dos horas exactas, desechando tras dicho tiempo la idea de esperarle. Practicaría por su propia cuenta, razón por la cual marchó al observatorio junto con el pequeño, quien caminaba con torpes y cortos pasos ayudado por sus patas traseras.
Una vez allí, observó a Beliel recorrer con curiosidad el lugar. Eran nulos los rastros que quedaban del incendio provocado por su propia magia. Se dejó caer en un sillón alejado de aquel en donde se acomodaba para meditar, echando su cabeza hacia atrás y cerrando sus ojos. Tan solo los "Kyu" de Beliel se escuchaban en la habitación, permaneciendo de esa manera por algunos minutos.
Pronto, una melodía familiar resonó por los alrededores, alertando al pequeño dragón, quien dejó de lado su misión de destrozar con sus dientes uno de los cojines que estaba tirado en el suelo.
–Kyuuuuuuu! Kyuu! –Esta vez Beliel utilizó sus cuatro patas para impulsarse en forma de gateo, y salir por la puerta que se había quedado abierta.
–Beliel, ¡Espera! –Milo salió de su sopor al escuchar el sonido de las pequeñas patas chocando furiosamente contra el piso.
–Kyu! –El sonido instantáneo de la vocecita del dragón emergió de este al detenerse en una distancia prudencial, para observar por un breve instante al Príncipe de Antaria, y proseguir su paso rápidamente, descendiendo por una suerte de peñascos, los mismos que Milo bajó en la primera noche de su estadía en el Castillo de Aurore. Un resignado Milo le siguió tan rápido como pudo, ignorando la melodía que llegaba a sus oídos.
Si bien Shaka no pudo ayudarle a saber más del dragón, Milo pudo descubrir solo que Beliel aprendía de forma rápida y por su propia cuenta nuevas habilidades, lo que podía confirmar al verse agotado mientras trataba de mantener el ritmo. Beliel se movía con rapidez, dando brincos que pusieron nervioso al Príncipe, pues temía que por un descuido tropezara y se lastimara. Por suerte el dragón, quien le llevaba ventaja, se detuvo en una suerte de formación similar a una cueva. Fácilmente podía ver las olas chocar contra la roca. Siguiendo los pasos de Beliel, se aproximó hasta aquel lugar, para encontrar finalmente aquello que buscó desde su llegada a Saadalsud.
Nuevamente, la melodía que captó su atención antes, le embelesaba, le distraía y le hacía doblegarse ante la calma, pero pronto esta fue disipada al encontrar su origen en aquella flauta que había visto antes. Allí estaba Camus, sentado en una posición de loto similar a la que el mismo Milo adoptaba al meditar, con sus ojos entrecerrados y sumido en una absoluta concentración, cual si el curso del mundo dependiera de aquella hipnotizante canción para adormecer a las bestias indómitas y tranquilizar el cruel curso de los fenómenos naturales. Al lado de Camus estaba Beliel, contemplándolo con atención, en silencio mientras su larga cola se mecía de un lado a otro.
– ¡Kyyyyyuu! –Exclamó de alegría el pequeño dragón una vez que la melodía terminó, un gesto que hizo a Camus volver en sí, encontrándose con Milo en actitud calmada.
El rostro del Príncipe de Saadalsud mostró sorpresa, al verse descubierto en un secreto que guardaba celosamente. Milo pudo notar que se trataba de algo personal, acercándose a Beliel.
–Perdón, se escapó y lo seguí, no sabía que estabas aquí –Milo se excusó –Nos marcharemos de inmediato –Tomó al pequeño dragón en sus brazos.
–Espera –Camus negó con su cabeza –Pueden quedarse, no importa –Ya no tenía caso esconderse, tarde o temprano Camus debía confrontar las consecuencias de aquellos sentimientos generados por su esposo.
–Gracias –Milo asintió, liberando a Beliel de sus brazos, tras lo cual dio grandes brincos para saltar hacia la cercanía de Camus, quien lo observó con atención –Parece que le agradas ¿Sabías que mordió la mano de Hyoga? –Miró a su alrededor, estremeciéndose y tiritando –Esta cueva es demasiado fría ¿Cómo puedes soportarlo?
–Entrené desde niño en este lugar –Camus respondió –Este ha sido mi lugar de meditación. Vengo aquí cuando necesito enfocar mi magia y restaurar mis fuerzas.
–Ya veo, así que es como el observatorio para mí –Milo se acercó a su esposo – ¿Te importa si me siento aquí?
Camus negó en silencio, permitiendo que Milo se sentara a su lado, mientras un ligero escalofrío en su cuerpo le hizo estremecerse.
– ¿Entonces, aquella melodía provenía de ti? –Un leve entusiasmo se asomaba en los celestes ojos de Milo, algo que no pasó desapercibido a los ojos de Camus –No sabes cuánto busque su origen. La primera noche que estuve en Saadalsud, al escucharla fue algo que no sé cómo describir con palabras –Un breve silencio se hizo presente –Ataraxia (2), creo que es la palabra –En su rostro se dibujó una amplia sonrisa –Hace frio, ¿Te importa si enciendo una fogata? –Milo vio de reojo a Camus quien asintió.
–Adelante –Fue la corta y cortes respuesta de Saadalsud.
–Entonces –Reunió unas cuantas ramas en los alrededores y tal cual hizo en momentos de ocio en paseos por el bosque, encendió una pequeña fogata haciendo uso de una flama que emergió de su dedo. Una vez se aseguró que el nivel del fuego se mantuviese lo suficientemente estable, regresó a su lugar con Camus, viendo como Beliel correteaba enérgicamente alrededor de la pira.
Camus tomó su flauta nuevamente y de esta emergió una melodía distinta a las anteriores, una que evocaba cierta dicha, una calma que era otorgada en extrañas ocasiones. Estar en ese instante con Milo en un lugar personal que le brindaba calma, lejos de molestarle, fue agradable para él. Aquella sonrisa de hacía unos instantes le descolocó en unos momentos, mas pudo controlarlos al saberse dueño de la costumbre de verle, hablar con el mas a menudo. Comenzaba a conocerle mejor y era innegable que el Príncipe de Antaria le gustaba, mas no le era propio decir algo al respecto. Sus emociones fluían a través de la melodía y era suficiente para él, para regresarle a Milo el bienestar que le otorgaba.
–Es hermoso –Milo cerró sus ojos, dejándose llevar por el sonido, relajando su cuerpo y dejando ver una boba sonrisa, que incluso mantuvo al terminar la canción.
Beliel se encontraba en ese momento durmiendo plácidamente cerca del fuego.
–Nunca escuché esa canción. Es un tesoro sin duda –Milo acercó agitó su mano cerca de la de Camus, estremeciéndose al tocarla accidentalmente – ¡Estás congelándote! –Una expresión de asombro se dejó ver en el Príncipe de Antaria –No es normal Camus.
–Estoy bien, no es la primera vez que sucede –Camus mintió, nuevamente, sus emociones se habían descontrolado, y su cuerpo sufría las consecuencias.
–Necesitas entrar en calor –Milo atrajo consigo a su esposo hacia la fogata, quedando a una distancia prudencial –Dame tu mano –Ordenó Milo al Príncipe de Saadalsud, tomando su mano antes de que pudiese responder, entrelazándola a una de las suyas.
Camus por su parte, permaneció en silencio, confrontando dos partes de su ser. La primera, controlaba sus emociones y le invitaba a mirar el rostro de aquel a quien el destino le impuso como su compañero de vida, aquel al que prometió proteger, y que en aquel instante buscaba protegerlo. La segunda, su lógica, la parte que le mantuvo centrado y le obligó a controlarse a fin de no consumir su vida. Ambas eran partes del Príncipe de Saadalsud, y ambas luchaban por controlar las acciones del joven en una batalla silenciosa que le consumía, y que irremediablemente, le hacía perder el control de su propia magia.
–Camus, tu rostro está pálido –Milo no dejaba de observar, de buscar en el contrario síntomas del extraño evento.
–Pasará, descuida –Camus se negaba a verle, manteniendo su vista en el fuego, cuyas llamas ardientes cual salamandras danzantes evocaban los rubios cabellos de Milo. No tenía escapatoria. Le costaba respirar, y de su alrededor el aire helado que emanaba se hacía fuerte, y de su piel comenzaban a emerger pequeños pero perceptibles rastros de escarcha.
– ¡Camus! –Para Milo, la razón que buscaba era más que evidente. Su rostro se mostraba confundido, algo sorprendido, mas no estaba asustado, era lo menos que Camus necesitaba. Más algo dentro de sí le decía que él podía ser capaz de detener el curso de los acontecimientos. Con seguridad, presionó la fría mano que permanecía enlazada a la de él, mientras pedía a su propio ser el uso de su magia para entrar en calor, para buscar transmitirlo hacia Camus. Una vez que su propia magia comenzó a fluir constante en su cuerpo, depositó sus labios sobre la mano ajena, manteniéndola en un firme beso por el cual dejaba ir su propio calor para compartirlo con su esposo.
Fue cuestión de segundos para que Camus pudiese entrar en calor nuevamente y permitirse no pensar por un instante. Estaba seguro de aquello que sentía por Milo, y aunque no estaba seguro si era apropiado hacérselo saber, nada de eso importaba. El mismo adquirió la fuerza para controlar sus emociones nuevamente, y permitir adormecer la parte agresiva de su propia magia. Sus azules cayeron inevitablemente en Milo.
Por su parte, el Príncipe de Antaria encontró placentera la calma que se dejaba ver en el rostro de Camus. Era inevitable, le sonreía. No solo era por saber que regresaba el favor de cuidar de él, sus emociones eran más profundas. No sabía cómo definirlo, pero aquel chico poco a poco comenzó a ganar un lugar en el, y aunque se mantuvo calmado, le enloqueció por dentro saber que posiblemente corría peligro. Sin duda el rostro sereno de Camus quedaba en su memoria guardado como una de las razones para sonreír sin pensar. Un dejo de alivio le abandonó cuando percibió su cuerpo con la temperatura que solía tener, al igual que el color de sus labios adquiría nuevamente el tono rosáceo en los que se sorprendió así mismo en ciertas ocasiones perdiéndose. Nuevamente, Camus estaba allí.
– ¿Cómo te sientes? –Preguntó Milo, apartando unos mechones de cabello azul del rostro de Camus.
–Mejor, gracias –El Príncipe de Saadalsud estaba agradecido, entregándole una sutil sonrisa que emergió sin pensarlo.
–Me alivia saberlo –La respiración de Milo se entrecortó entre la sonrisa que este mantenía, entreabriendo sus labios al ver los ajenos dibujándose de una manera como pocas veces fueron vistos, dejando ver una forma cautivadora, que le estremeció. La sonrisa de Camus fue en ese momento, un tesoro que deseó conservar por siempre, entre el anhelo de acercarse a ella y sellarla con sus propios labios, mas solo reprimió su repentino anhelo con un nuevo beso en la mano que sostenía –Se hace tarde, será mejor marcharnos –Habló con dificultad, no le gustaba dejar las cosas a medias.
–Sí, vamos –Camus asintió entre el estupor de su fuerza recuperada y el tibio tacto de Milo sobre su propia piel, dejando un ardor en su pecho que podía asegurar, no era solamente el fuego de la magia de Milo. Se incorporó primero, ayudando a su compañero a levantarse.
De no haber sido por Beliel, a quien Milo tomó entre sus brazos para marcharse junto a Camus, ambos Príncipes quizás hubiesen mantenido sus manos unidas sin medir el tiempo, sin darse cuenta de cuan bien se sentían el uno con el otro, embonándose entre el frio y el calor que emitían y que si bien eran elementos contrastantes, de alguna manera hacían una tregua cuando ambos permanecían cerca.
Cuando regresaron, ya era la hora pautada por las tradiciones de Aurore para cenar. Cuando Antaria y Saadalsud llegaron al comedor, no encontraron a Degel, más un pequeño sobre con una tarjeta que Camus tomó entre sus manos, estaba en la parte de la mesa donde el duque de Krest estaba sentado.
–Tiene una reunión privada, no vendrá esta noche –Camus leyó la nota en voz alta.
–Supongo que será cruel y descortés de mi parte dejarte comer a solas, a menos claro, que quieras aprovechar y hacer algo indecoroso, que no deseas que ningún miembro de la corte vea –Milo ya ocupaba un lugar en el comedor, Beliel estaba a su lado. Camus solo asintió.
Aquella cena fue la primera que transcurrió sin las discusiones que últimamente habían tenido, resultando en una calma absoluta. La mayor parte del tiempo comieron en silencio, a menos que surgiera un pequeño tema surgido a raíz de alguna pequeña coincidencia en sus vidas, como los platillos que se servían en la cena en sus respectivos reinos, o un libro en particular que fue usado por sus madres para enseñarles lectura y escritura. Por primera vez, Milo encontró cierta melancolía en la mirada de su esposo cuando este le mencionó que su madre falleció cuando apenas era un bebé, a raíz de un ataque al reino, razón por la cual fue Degel quien le entregó sus primeras lecciones de vida. Según las doctrinas del Alto Destino, era deber de una reina otorgar a los príncipes sus primeras lecciones, así como enseñarles a conducirse al mundo, pues ella representaba el corazón de su reino, y como tal, debían enseñar a los futuros monarcas a tener un corazón noble para sus deberes. Al no haber una reina, el deber era responsabilidad de la nodriza, quien solía ser la dama más allegada a la reina, indiferentemente de su edad o su posición, entregar esas lecciones.
–Geki dijo que preparó una crema helada muy especial –La sonrisa de Milo, junto con aquel comentario, trataron de traer a Camus nuevamente a la realidad. Los sirvientes llevaron a los jóvenes herederos y al dragón tres tazas grandes con la crema, la cual traía una mezcla particular de colores, junto con distintos trozos de frutas picadas, algo que fue bien recibido sobretodo por Milo y por Beliel.
– ¡Kyuuuuuu! –El dragoncito, sentado sobre el blanco mantel de la mesa, fue el primero en atacar su tazón, metiendo alegre su hocico en el contenido.
–Está muy rica –Milo probó la primera cucharada rasa que tomó –Geki si se lució está vez, pero creo que le falta algo –Dejó su mirada en Camus –No la acabes toda, buscaré algo que va a mejorarla.
–No lo haré –Respondió Camus de modo sutil.
–Espérame –Se dirigió a la cocina, ignorando que el pequeño dragón rápidamente había terminado su ración.
Milo fue en búsqueda del frasco que contenía un elemento dulce, propio de su reino, que utilizaba para comer la mayor parte de los dulces que obtenía, incluyendo frutas. Para el Príncipe de Antaria era placentero un poco de sirope de chocoa sobre trozos de manzanas, y aunque no había probado sobre la crema helada, pensó en que era el mejor momento para hacerlo. Tras regresar, encontró a Beliel metido de cabeza en lo que parecía ser su tazón de crema.
–Era…Mi…Crema… –Milo se asomó tan solo para ver a Beliel lleno del postre helado, mientras Camus, quien apenas había tocado el contenido de su tazón, observaba en silencio.
– ¡Kyyyyyyyyyyyuuuu! –Beliel parecía contento e insaciable, y para muestra estaba correteando alrededor de Milo, mirando con curiosidad el frasco que este sostenía en sus manos.
–No comeré más –Camus apartó el recipiente, aproximándolo hacia Milo, quien asintió.
–Esperabas que probaras la crema con el sirope –Milo tomó asiento, algo resignado.
–Lo haré en otra ocasión –A decir verdad, Camus perdió el apetito tras ver al pequeño dragón devorar los alimentos de una manera agresiva. De por sí tenerlo encima de la mesa, justo al lado de la cena era suficiente, verlo prácticamente bañarse en crema helada, atrayendo todos los gérmenes que se adherían a su cuerpo era peor.
–Gracias –Milo acercó el tazón hacia él, y cuando se disponía a verter el sirope en el dulce, Beliel se echó a su lado, moviendo su larga cola de un extremo a otro.
– ¡Kyu kyu! –La pequeña criatura parecía pedir más del delicioso postre.
–No…Ya tuviste doble ración, esta es mía –Replicó el Príncipe de Antaria sin seriedad, hablándole con afecto.
–No le des de comer más, o terminará enfermándose –Camus intervino, observando la barriga hinchada de la criatura.
–Kyu –Fue la única y alegre advertencia de Beliel, antes de meter de lleno una de sus garras pegajosas y cubiertas de sucio en la crema que Milo se disponía a comer, retando al chico.
–Está bien, tu ganas –Milo nuevamente se resignó, dejando a Beliel devorándose lo que el ya no podía.
–Suficiente –La expresión del Príncipe de Saadalsud fue de notorio asco al incorporarse –Me retiro. Espero que no pase a mayores –Una advertencia que auguraba un desastre, pues a la hora de retirarse Camus a su despacho, con el objeto de revisar documentos pendientes, escuchó un grito de espanto que trascendió los límites de los pasillos, alertándolo e instándolo a salir de allí, tan solo para seguir el camino de unos guardias y sirvientes, cuyo punto de encuentro fue la habitación de los príncipes. Camus temió por un momento lo peor.
Sin embargo, al llegar, no supo si sentir alivio o repulsión, pues en los aposentos usados por los príncipes para descansar, se encontraba un espantado y asqueado Milo, respirando con esfuerzo pese a tener la mitad de su rostro cubierto con una de sus manos, mientras el piso, como las alfombras y algunos cojines, pero en especial la cama, estaban cubiertas de un líquido que no hizo falta intuir sobre su origen. Beliel correteaba y saltaba ligero y alegre, emitiendo alegres Kyu tras el desastre hecho por su estómago.
–Te lo advertí –Sentenció Camus mientras cubría sus labios con un pañuelo. Uno de los sirvientes esperaba que el Príncipe de Saadalsud le diese paso para comenzar a limpiar el asqueroso desorden –No, Milo debe encargarse de arreglarlo. Yo dormiré en otra habitación esta noche–Otro sirviente asintió.
–Te recuerdo que también tengo una alta posición en este lugar, después de todo, forma parte de mi derecho como consorte –Ironizó Milo, visiblemente molesto por las palabras de su esposo.
–También es tu deber asumir las consecuencias de tus actos –Nuevamente, estaba la réplica de Camus –No puedes dejar a cargo de los sirvientes la responsabilidad de limpiar tus desastres –Se dio la vuelta para retirarse, asqueado e irritado, dejando a un Milo enrojecido al no encontrar la forma de no darle la razón.
Milo tan solo sintió como la ira de ver su orgullo golpeado tras el regaño recibido por su esposo delante de terceros se expandía, haciéndole ignorar su alrededor, caminando con rapidez hasta alcanzar los pasos armoniosos de Camus, atajándole por un brazo.
– ¡No vuelvas a hacer eso! –Milo le confrontó, buscando despertar la misma molestia en los zafíreos ojos de Saadalsud que el atravesaba –Reprocharme delante de los sirvientes como si fuese un niño no les hará saber la importancia que crees tener por un título –Presionó fuertemente con sus dedos el brazo de Camus– ¿Quieres dar órdenes? Inténtalo con otro que no te conozca bien.
– ¿Quieres calmarte? –Tras una pausa luego de escuchar las filosas palabras de Milo, Camus se desprendió de su agarre tras sacudir su brazo con precisión –Actuar como el niño que demuestras ser no hará que te respeten –Su mirada solo mostró indiferencia, pero no la rabia que Milo deseaba ver –Recuerda el destino que atañe tu título, y no por ello debemos soportar tus arranques –Se hizo a un lado de Milo, para seguir con su camino sin verle.
Sin embargo, al no ver a Beliel, quien siguió a Milo y permanecía echado en el piso, cerca de ambos, fue inevitable tropezar con él y pisar su cola, algo que hizo al pequeño dragón reaccionar, escupiendo una llamarada de fuego por la boca que alcanzó el final del pasillo, dejando una pequeña flama sobre la alfombra y a ambos príncipes con sorpresa en sus ojos.
–Beliel –Milo fue tras el rápidamente, tomándolo en sus brazos y examinando su cola – ¿Te duele? ¿El cruel monarca te lastimó? –Una mirada letal fue dirigida hacia Camus, quien rápidamente hizo uso de su magia congelante para suprimir la flama que aun ardía – ¿Acaso lo que hizo te molestó tanto?
–Veo que no me conoces –Camus se aproximó, para observar de cerca a Beliel y constatar que estaba bien –No tiene caso hablar contigo en este momento, buenas noches Milo –El Príncipe de Saadalsud se retiró, aun pensativo respecto a lo que acababa de ver. El agotamiento le superaba pero la intriga aún más y esperaría a Degel para hablar con él al respecto.
Milo por su parte, se retiró a una de las habitaciones reservadas para las visitas de la nobleza extranjera, procurándose un buen descanso. De alguna manera se sentía orgulloso de la demostración de fuerza y magia de su dragón y aliado, y esa noche no pensaría en las consecuencias. Aun cuando se sentía molesto, una parte del olvidaba eso para dar paso al orgullo.
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Despertar en una habitación distinta fue extraño para Milo, aunque no era que extrañara dormir en la suya propia, sobretodo después del desastre que el pequeño dragón dejó gracias a la comilona. Cuando se incorporó, le fue imposible despertar a Beliel, así que se marchó con él en brazos. Iba a darle todo el asco del mundo entrar a la recamara en la que dormía con Camus, pero era necesario tenía su ropa allí. La sorpresa, sin embargo fue encontrar la habitación impecable, sin rastros de suciedad y en completo orden. Las ropas de cama, al igual que las alfombras, e incluso los jarrones de cristal, así como las flores artificiales contenidas en estos, habían sido cambiados. Respiró aliviado, y dejó a Beliel sobre la cama, mientras fue a ducharse y cambiarse de vestimenta. Tras salir ya el pequeño dragón saltaba en la cama feliz.
– ¡Kyyu! –Con ayuda de sus patitas traseras, el pequeño corrió en la cama para acercarse a Milo, quien le abrazó.
–Hola para ti también, perezoso –Milo le habló con cariño –Ahora, procura comportarte y no regreses la comida de nuevo. Hoy entrenaremos juntos esa magia que posees, pero nada de quemarle la cabellera a Shaka, aunque no me faltas las ganas.
–Kyuuuuuuu –Beliel alzó sus patas delanteras con entusiasmo.
Nuevamente, comieron en la cocina, mas no se mencionó el uso de la magia de fuego en el dragón, o de lo contrario, acabarían por atemorizar a un de por si asustado cocinero. Tras salir de allí, encontraron a Camus junto a Degel.
–Es agradable verle en un tranquilo estado de ánimo –resaltó el duque de Krest en una forma de referirse al buen humor de Milo esa mañana.
–Creo que tuvo que ver con la ausencia de algunos agentes –Milo no se quedaba atrás, mirando de reojo a Camus.
–Iba a dirigirme a usted –Degel ajustó sus anteojos –Las construcciones de las fortalezas de los grandes inviernos comenzaran pronto, al mismo tiempo que se instalaran dispositivos que se usaran para contrarrestar los efectos del clima –Hizo una pausa –Estos forman parte de una prueba experimental, y solicito su colaboración en la supervisión en las labores inherentes a ellos. Hoy se decidirán los puntos estratégicos para su ubicación, y si accede, le garantizo que su opinión tendrá un peso considerable –Esta vez Degel no imponía, respetaría la decisión del Príncipe de Antaria de ser participe, esperando que de esa manera este aceptara.
–Está bien –Afirmó –Podrá ser un buen momento para que Beliel conozca el mundo exterior –Aquella respuesta fue seguida con un tranquilo "Kyu" del dragoncillo, quien había escalado al hombro de Milo.
–Me temo que esta vez el dragón no podrá salir –Sentenció Krest –Aun es muy joven y no maneja sus habilidades, podría representar un peligro para usted así como para soldados y civiles –Observó al pequeño desde su distancia.
–Entonces declinaré la tarea que se me ha encargado –Replicó Milo –Tiene días de nacido, no puedo dejarlo solo.
–Yo me encargaré – Camus tomó la iniciativa –Es importante tu presencia en las nuevas construcciones. Puedo encargarme de cuidarlo hasta que regreses –No lo hacía en contra de su voluntad, sabía que no solo la presencia de Milo era importante para la labor asignada por Degel, sino que eso le permitiría indagar más sobre el misterio de aquella criatura.
–No creo que se vaya contigo, además aún recuerda el tropiezo que te dist…–Fue interrumpido al ver como Beliel saltaba a los brazos de Camus, quien se aproximó hacia Milo, para dejar que el pequeño dragón le tomara confianza.
–No tendremos problema alguno –Tan solo un rastro de sarcasmo se dejó sentir en la voz apacible de Camus.
–No me queda otra opción –Milo reaccionó resignado, acariciando la cabecita del pequeño –Pórtate bien, y si notas algo extraño, recuerda que puedes morderlo –Miró a Camus –Sus juguetes están en la habitación, pide que los traigan, y no intentes despertarlo si se duerme, no reaccionará –No iba a negarlo, aunque el enojo había disminuido, se sentía traicionado por Beliel.
–Descuida, estaremos bien –Fue la respuesta de Camus.
–No me preocupo por ti –Respondió Milo a lo lejos, dejando a solas a su esposo y a su compañero dragón, quienes marcharon hacia el despacho de Camus, donde este realizaría papeleo atrasado.
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–Aquí está lo que solicitó, su majestad –Un sirviente joven y nervioso trajo un cofre de madera donde diversos juguetes, entre pelotas y varillas atadas a algún objeto que emulaba un insecto o a una gema brillante, estaban contenidos para la distracción del pequeño dragón.
–Agradezco su atención –Camus dejó al pequeño Beliel en el suelo donde estratégicamente yacía colocado una especie de mantel bordado, en donde fueron colocados los objetos. Una vez que el sirviente se retiró, cerrando la puerta, el Príncipe se ubicó en su escritorio.
–Permanece allí sin hacer desastres, ¿Entendido? –Camus no sabía si la criatura entendería palabras, pero este parecía muy atento cuando Milo le hablaba.
–Kyuuuuuu! –Exclamó el dragón feliz, tomando entre sus garritas una pelota grande, que atajó con su cuerpo, para mordisquearla entre gruñidos y hacerla girar con sus patas traseras.
Por su parte, Camus se concentró tanto como le fue posible pese a los ruidos y gruñidos alegres de Beliel. Revisó tratados, indultos, investigó sobre antecedentes históricos que se referían a situaciones similares ocurridas en busca de tomar decisiones respecto a temas inherentes al reino. No lo negaba, bien podía resultar tedioso, pero le gustaba refugiarse entre letras cuando le era permitido, y analizar la historia alrededor del reino. Una vez terminada la labor protocolar, fue en busca de textos referidos a los dragones que una vez sirvieron como aliados y armas de guerra. Beliel entregando, se divertía a gusto con todos los juguetes a disposición, pero se aburría rápidamente de cada uno de estos. Tan solo una mariposa creada con cristal luminoso, similar a los usados para las lámparas, captó su atención por más de media hora, hasta que desafortunadamente, la separó del hilo que la sostenía, parando la pieza importante debajo del escritorio, a los pies de Camus, quien la encontró y la tomó.
–Supongo que es tu juguete favorito –Alcanzó a divisar a Beliel, pero este ya estaba distraído corriendo en círculos persiguiendo su larga cola. Ya le extrañaba al Príncipe de Saadalsud que el dragón no estuviese persiguiendo su cola. Después de todo, parecía muy inocente pese a la naturaleza de su especie. De repente recordó las palabras dichas por Degel la noche anterior, con quien alcanzó a hablar hasta altas horas de la noche tras el incidente de la habitación con Milo.
El duque de Krest le había comentado que dicha raza de dragones a la que parecía pertenecer Beliel, se caracterizaba por mantener una forma inocente la mayor parte de su vida, pero la personalidad de los mismos difería, dependiendo estas de la magia y de los sentimientos que albergaban sus cuidadores. La magia que alimentaba a estos dragones fluía con las emociones, y por ello, eran receptáculos de los más profundos sentimientos del hombre. Si el cuidador albergaba envidia, ira, sed de venganza, el dragón a su cuidado podía manifestarse de forma agresiva, llevando a cabo acciones violentas que expresaran los deseos inconscientes de aquel que lo alimentaba. Si por el contrario, el cuidador se mostraba puro de corazón, la naturaleza del dragón sería pacífica. Desafortunadamente no había mucha información de las diversas razas y clasificaciones de aquellas criaturas, por lo cual era difícil indagar más respecto al pequeño Beliel. A simple vista, se mostraba alegre e inocente, pero la magia de fuego expulsada por este le hizo entrar en alerta y preocupación. Si Beliel no era capaz de controlarse, podría representar un peligro para el mundo que conocían.
Un chillido de dolor sacó al príncipe de Saadalsud de sus pensamientos, encontrándose a Beliel llorando, mientras la punta de su cola tenía marcas rojizas de lo que parecían colmillos. El pequeño, habiendo alcanzado finalmente su cola, la mordió sin contemplaciones, convirtiéndose en el artífice de su propio padecimiento.
–Todo estará bien, déjame ver –Camus se aproximó al pequeño, sosteniendo un vaso de agua, humedeciendo sus dedos y pasándolos por el área lastimada, enfocando su magia, permitiendo a la dorada piel de la cola regenerarse, haciendo que la herida y el ardor, al igual que los chillidos de Beliel desaparecieran.
– ¡Kyu! ¡Kyu! Kyu! –Con cada sonido emitido, Beliel dio un salto de alegría, dejando a Camus pensando sobre cuán inofensivo era aquel pequeño, siendo incapaz de conocer el alcance de sus propias acciones.
–Permanece tranquilo, pronto terminaré –Camus regresó a su puesto, concentrándose en uno de los textos que podían darle la clave sobre Beliel y su verdadero origen. Sin embargo, un peso sobre la madera en su escritorio, le hizo asomarse. Sin saber de qué manera, el pequeño dragón logró escalar hasta el escritorio de madera, caminando sin cuidado hasta quedar frente a Camus, y sentarse en sus papeles.
– ¡Kyu! –Beliel no dejaba de mirar con sus enormes ojos azules a Camus. Este por su parte, le respondía con una fija mirada.
Camus alzó una de sus cejas, mientras Beliel solo lo miraba, cual si estuviesen en un torneo silencioso.
– ¡Kyu! –Nuevamente repitió el dragoncito, acostándose boca arriba sobre los documentos, señalando con una de sus garras su barriga mientras movía enérgicamente su cola.
–No soy Milo, no hare es…
–Kyyyyyu…Kyuuuuuuu –Beliel interrumpió, exigiendo atención a Saadalsud.
–Está bien –Camus resignado dejó caer su mano sobre el estómago de Beliel, acariciando torpemente. Por su lado, Beliel gruñía de felicidad, moviendo sus patitas traseras –Veo que te gusta –Al pasar los minutos, no se le hizo ajena la idea de otorgarle atenciones al pequeño dragón, encontrando la tarea relajante, y ver la expresión de calma de la criatura por causa de el, no le fue ajenos. Fue en ese momento en que descubrió que la verdadera naturaleza de Beliel contenía pureza y sentimientos no vistos en otros seres. Aun no lograba confirmar el origen de esta, pero algo dentro del representante de Aurore indicaba que había algo familiar en el dragoncito, y Milo tenía la clave. Cuando regresó en sí, Beliel estaba profundamente dormido, y según sabía Milo, su letargo era inquebrantable, a menos que el propio dragón ejerciera su propia voluntad. Camus le dejó dormir y siguió absorto en su lectura, aunque estaba seguro que Beliel le enseñó más que los textos antiguos sobre dragones.
Cuando regresó Milo, encontró a Camus absorto en su lectura, mientras Beliel seguía sumido en el descanso
– ¿Cómo les fue? –Milo se acercó a Beliel, dejando caer su dedo índice en su estómago –Veo que se durmió sobre tus documentos, lo lamento.
–Descuida, terminaré de revisarlos después de cenar –Camus abandonó los lentes utilizados para apoyarse en la lectura.
–Comprendo –Aquella frase salió inesperadamente de Milo con un dejo de melancolía, mientras tomaba con cuidado al pequeño, nuevamente guardándose de proponerle a su esposo ayudarle con los documentos. De alguna forma, la ausencia frecuente de Camus, quien acostumbraba a permanecer en el despacho hasta muy altas horas de la noche la mayor parte del tiempo, creaba una brecha que se traducía en un extraño vació que el Príncipe de Antaria comenzó a experimentar desde hacía algunas semanas. El deseo de ser partícipe de la labor de Camus también permanecía allí. Aunque agradecía que tanto Degel como Camus le tomaran en cuenta como una parte activa en los asuntos del reino, quería marcar una huella a su manera. Pero aquellos deseos se quedaban atrapados, deseando desembocar tras convertirse en uno al lado de Camus, y no cumplir solamente su destino.
– ¿Cómo te fue? –Preguntó Camus, centrando su atención en el chico.
–Nada mal –Milo pronunció –Los grandes inviernos llegaran y las estructuras experimentales servirán para albergar la magia que permitirá disminuir el alcance de las ventiscas. Pero aún desconocen el tipo de magia a utilizar, aunque escogimos los puntos de enlace que garantizaran la creación de un escudo –El entusiasmo se escuchaba en la voz de Milo –El hielo no funcionará esta vez, por lo que será un tema a tratar en la próxima junta de Altos Magos –Hizo una pausa –Hyoga me comentó que uno de ellos, fue tu mentor –Milo sonreía, a lo que Camus asintió –Probablemente lo conozca, sería curioso
–Ya lo conoces –Respondió Camus –Cuando estuviste inconsciente a causa del despertar de tu magia, te examinó y me dio las recomendaciones para tratarte. Es una persona admirable –La forma en la que el Príncipe de Saadalsud hablaba del Mago Frey contenía abandonos de afecto que Milo incluso pudo notar –Pronto podrás hablar con el –Dicho esto, Camus se incorporó del sillón –Quiero hablar contigo respecto a Beliel –Hizo una pausa –Creo que es mejor que tenga una habitación separada, por el bien de su crecimiento y por nuestro bienestar. Si su magia se manifiesta nuevamente en nuestra habitación, podría ser perjudicial –Camus abrió la puerta, a fin de que los tres pudiesen salir, al mismo tiempo que Beliel despertaba tras dar un largo bostezo.
–No es momento de hacerlo, aun es un pequeño –Replicó Milo con una postura agresiva.
–Es un pequeño capaz de quemarnos si lo dejamos a su libre albedrío –La posición de Camus era expuesta de forma tajante.
–Primero aislarlo, ¿Luego que sigue? ¿Encerrarlo en una jaula? –La molestia de Milo comenzaba a surgir nuevamente
–Una jaula no será necesaria si asumes tu responsabilidad y te haces cargo de él apropiadamente –Aquellas palabras dichas por Camus, hicieron a Beliel bajar de los brazos de Milo hasta llegar al suelo, cubriendo con sus garras delanteras sus oídos.
–Entonces debe ser lo que su majestad indique, después de todo soy solo un vil extranjero ante sus ojos y los del duque –El tono de voz de Milo se alzó, y algunas personas a su alrededor vieron de reojo el espectáculo que tras la puerta abierta del despacho del Príncipe heredero se ofrecía.
–Kyuuuuuuuuuuuuu –Beliel escupió fuego a los pies de ambos. Sus ojos azules ahora adquirían un tono carmesí, revelando la molestia que sentía al verse en el medio de discusiones sin sentido. Milo lo tomó entre sus brazos, percibiendo el calor emitido en su dorado cuerpecito.
– ¿Ves a que me refiero? –Una estela de partículas blancas se desprendió a los pies de Camus, expandiéndose por el piso de la habitación, refrescando el acalorado lugar.
–Ya veo que no comprendes que es por tu causa, Saadalsud –Milo quiso golpear la pared –Solo te limitas a imponer tu voluntad al consorte, sin tener una puta idea de lo que es ver a través de terceros, centrándote en ti –Podía continuar, mas ello implicaba reducirse al nivel de peleonero de bar, y no quería darle el gusto de verle como un estúpido.
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Aimo era el más joven de los sirvientes. Con tan solo 16 años, edad en que abandonó el orfanato para trabajar en el Castillo de Aurore, tenía más inseguridad en su persona que peso en su cuerpo. Por esta razón, se hizo blanco fácil de las bromas que secretamente los sirvientes con más experiencia hacían a los nuevos. Trasladar los juguetes del dragón hasta el despacho del Príncipe fue tarea fácil, que realizó con manos temblorosas, entre las risas de los demás chicos. Incluso una apuesta rondaba entre los chicos, en donde la cólera del Príncipe de Antaria serviría para determinar una el resultado de esta, la cual consistía en quebrantar el frágil temple de Aimo y hacerlo llorar. El pobre chico desconocía cuales eran las intenciones de sus crueles compañeros al indicarle que debía preguntarle a Milo si deseaba que se le preparara la habitación de huéspedes aquella noche.
Los reclamos de un furioso Milo para el joven sirviente, quien temblaba notoriamente, llegaron a los oídos de Camus, quien en ese momento caminaba por el pasillo, desviando su objetivo para llegar hasta donde Príncipe y sirviente estaban.
–Pe-perdone…me…No fue mi…Intención –El chico seguía excusándose, mientras Milo le dirigía una mirada autoritaria.
– ¿Es así como tratas a quienes te hacen la vida más fácil? –Camus se impuso con firmeza, obligando a Milo a voltearse para encontrar frialdad en el –Ve a descansar, yo me haré cargo –Se dirigió Camus hacia el joven sirviente, quien nervioso, hizo reverencia y se retiró con nerviosismo en sus pasos.
–Es así como trato a quienes vienen de impertinentes a meterse en asuntos ajenos –Replicó Milo, sin importarle que el resto de personas viesen aquel intercambio de palabras.
–Te recuerdo que existen formas menos déspotas de expresarte, en vez de descargarte con inocentes.
–Llámalos ingenuos, inocentes, pero son solo viejas chismosas que cotillean sobre nuestras peleas, porque eso es lo que somos, y no parece tener importancia para ti –Milo se dio la vuelta nuevamente, perdiéndose entre los pasillos, en búsqueda de la habitación en la que descansó la noche anterior, pese a que eso significaba dar la razón a aquellos que hablaban a espaldas de los príncipes, mas no deseaba compartir el mismo lugar con Camus esa noche.
Camus regresó a su despacho, aun con la mirada de Milo en su cabeza. Últimamente, era más difícil para el sacarlo de su mente. Recordando sus discusiones, sabía con certeza lo que Milo le había reprochado, era cierto. Empezaba a ver el mundo en un enfoque distinto desde que Milo llegó a su vida. Siempre se mantuvo hermético, y lo que conocía del mundo era a través de terceros. Tan solo el Príncipe de Antaria tuvo el valor de decírselo, algo que Camus empezaba a apreciar, entre los argumentos que mantenían. Notó el pequeño juguete de Beliel que aún permanecía roto en su escritorio, y buscó con su mirada la varilla a la que pertenecía.
Milo se encontraba sentado en un amplio mueble, en la habitación de la noche anterior, mientras jugaba con el pequeño Beliel, hablando con este mientras alejaba y acercaba uno de sus juguetes favoritos a modo de juego.
–Kyu Kyu –Beliel perseguía el juguete alegremente de un extremo a otro.
–Lo sé, lo sé –Expresó Milo al único miembro de aquel castillo que parecía comprenderle –Créeme que no es fácil convivir con estos pedantes, y sus ridículas costumbres, pero tienes razón, debo ser paciente hasta que pueda mostrarles de lo que soy capaz –Beliel observó a Milo con alegría, en realidad el dragón no dijo eso, pero Milo quería suponer que Beliel pensaba de la misma forma y que podía ser su mejor consejero.
No fue difícil para Camus dar con la ubicación de Milo. Tocó la puerta sin dar señales de su voz, y tras la autorización del Príncipe de Antaria, Camus entró, manteniéndose cerca de Milo.
–Esto se quedó en el despacho, supuse que lo necesitarían –Saadalsud acercó el juguete reparado con sus propias manos, a juzgar por los nudos mal hechos en el hilo que sostenían a la mariposa de juguete.
–Gracias –Milo respondió fríamente, manteniendo su mirada puesta en Beliel.
–Milo –Camus tomó aire, sentándose en el mismo sillón que su esposo, manteniendo una distancia prudencial –Tuviste tus razones en hacer esos reclamos –Hizo una pausa para aclarar su voz –Desde el primer momento en que vivimos bajo el mismo techo hemos tenido marcadas diferencias. Sin embargo, no es mi intención que las consecuencias de nuestras discusiones se extiendan –Otra pausa se hizo –A lo que me refiero es que, debemos llegar a un acuerdo.
– ¿Qué clase de acuerdo? –Milo volteó a ver a su consorte.
–A establecer las condiciones para convivir en armonía
–Hablas de condiciones como si se tratase de sacrificios.
–Milo, no es lo que quise decir –Replicó Camus –Al hablar de condiciones me refiero a crear un entorno favorable para ambos. Este matrimonio no ha sido fácil para ninguno, y es momento de crear condiciones para dar y ceder por el bien mutuo.
Milo le escuchó en silencio, analizando cada palabra dicha por los labios ajenos. Aunque su parte consciente le hacía permanecer en alerta, algo en su intuición le aseguraba la honestidad en las palabras de Saadalsud.
–Te escucho –Milo inmediatamente respondió, con intriga en sus ojos, los cuales se reflejaban en los azules de Camus.
–He visto como desempeñas bien las responsabilidades que te ha dado Degel –Camus hablaba con satisfacción en sus palabras –Has dejado una buena impresión en las personas, y es algo que alabo en silencio –No sabía la razón, pero le costaba dar palabras de halago a Milo sin que se notara en exceso –Quiero que expreses tu voz, de ahora en adelante quisiera que te involucraras más en nuestras sesiones de gobierno, e impongas tus opiniones al igual que el resto de la cámara.
–Estoy de acuerdo –Respondió Milo, con sorpresa disimulada –En ese caso, quiero ser de ayuda en tu despacho. He visto la cantidad de documentos que debes revisar, y el tiempo que dedicas a ello –Había determinación en sus deseos –Me será útil para el futuro en donde…
–Gobernaremos juntos –Agregó Camus –Será grato contar con tu presencia –Inconscientemente, se acercaba a Milo –Es importante por el bien de ambos, que dejes en claro tu opinión.
–Entonces quiero agregar algo mas –Repuso un confiado Milo –Nuestras diferencias en el futuro, deseo que sean algo a resolver en privado –Tomó aire –Por más fuerte que sea una discusión, porque posiblemente las habrá, no quiero que tengamos habitaciones separadas. Sé que es extraño para ti pero, no quiero que nuestros asuntos sean la comidilla del resto.
Camus ciertamente no esperaba aquella petición. Milo nuevamente tenía razón, aunque tuviesen diferencias, era importante no hacerlas públicas. Finalmente, asintió.
–Estoy de acuerdo, Milo –Se incorporó, invitando con su mirada a su esposo para hacer lo mismo –Habrán noches en que posiblemente permanezca en el despacho hasta el amanecer.
–En ese caso te acompañaré –Completó Milo.
–Me parece bien –Replicó Camus.
–Es un paso para un tratado de paz –Milo se incorporó.
–No había pensado en ese término, pero estoy de acuerdo contigo –Camus quedó al frente de Milo, tomando con cuidado su rostro entre sus manos, uniendo sus frentes sin perder de vista la mirada celeste de Antaria –"Una prumessa vene siempre vera" –De sus labios surgieron las palabras dichas en el Reino de Antaria para sellar una promesa.
Milo se estremeció al escuchar el suave fluir del idioma de Antaria en la voz de Camus, rompiendo en gracia y sensualidad, evocando la belleza añorada así como aquello que Milo amó desde el uso de su razón, su reino y los recuerdos de su pasado. Algo en su corazón latiendo con fuerza le decía que el compromiso del representante de Aurore provenía de su alma, y de la pureza que emanaba y transmitía a través de su tacto.
–"Una prumessa vene sempre…–Milo no pudo completar la frase, sus labios fueron más astutos, uniéndose a los labios de Camus en un cuidadoso tacto, separándose lentamente, palpando la suavidad de la piel rosácea convertida en anhelo.
Camus abrió sus ojos, tan solo para encontrar el rostro del chico con el cual compartía sus días y un destino. Una sutil sonrisa se formó en la comisura de sus labios, antes de unirse a los ajenos, buscando retomar la unión de ambos, mientras sus dedos se deslizaban en candorosas caricias en las mejillas del Príncipe de Antaria.
Milo se vio así mismo en una realidad inimaginable, respondiendo con ternura y calma al beso. Sus manos descendieron hasta los hombros de Camus, acercándole instintivamente a su cuerpo, fundiéndose en un abrazo, asegurándose de atrapar al chico, cual si no deseara que este se marchara. No había mucho que pensar, no deseaba hacerlo. Le agradaba la sensación que dejaba impregnada Camus en sus labios, junto con aquel gesto de ternura que representaban las caricias que Saadalsud inesperadamente le otorgaba. Su sonrisa se percibió en el instante en que ambos se separaron por un fugaz instante, uniéndose inmediatamente en un ósculo anhelado.
El calor de la piel de Milo, junto con su esencia, atrajo a Camus sin oponer resistencia, tampoco deseaba separarse. Desde aquella cercanía podía percibirle, podía buscarle y perderse nuevamente en el húmedo rastro que sus labios dejaban en los suyos. Pronto, el beso perdió su candidez, y las restricciones eran inexistentes en el momento en que la lengua de Milo comenzó a buscar entre mayor profundidad, a lo cual Camus le imitó, acariciando con la suya propia la extensión que le hizo despertar pensamientos menos castos, los mismos que reprimía con facilidad en anteriores ocasiones. Sin embargo, esta vez no le era fácil, y la mano ajena que tocaba su cintura no le ayudaba en ese propósito.
Camus representó un reto para el Príncipe de Angaria. Más que la intriga de saber hasta donde era capaz de llegar su esposo, anhelaba descubrirle por completo, romper las barreras que les mantenían distanciados desde el primer momento en que se vieron. El tacto de Camus era exquisito, y aprendía rápido, emulando con habilidad sus propias caricias. El perfume de Camus traía algo que enloquecía la mitad de sus sentidos. Pronto, se encontró separado de Camus, descendiendo hasta su cuello, buscando la dulzura del aroma en su blanca y delicada piel. Aquello le costó la cordura, y aspirar su fragancia fue su error. Milo sonreía contra el cuello del Príncipe de Saadalsud, y atraído como un cazador a su presa, mordió el labio inferior de Camus, soltándolo con lentitud, para retomar el beso.
La sorpresa de Camus de verse asediado de esa manera por el joven príncipe le traslado a un nivel diferente, en donde nuevamente estuvo a punto de desequilibrarse. Se mantuvo en calma, aunque el temor comenzaba a invadirle. Fue mayor el anhelo de continuar con Milo y su propia fuerza y su voluntad aquello que le mantuvo en calma aparente, pese a la corriente de sensaciones que le recorrían. Sus propias manos fueron sorprendidas acariciando los brazos de su esposo, dibujando con sus dedos las formas que los músculos marcados denotaban. Su respiración se cortó al percibir el dolor en sus labios, sorprendiéndose al gemir de placer, en lugar de apartarse del otro. Aquello fue un llamado para Camus, quien respondió con furia al besar a Milo, empujándole con sus pasos hasta arrinconarle contra la pared más cercana, ignorando el resto del mundo a su alrededor. Desconocía esa faceta de él que apenas descubría, mas no le asustaba. Por primera vez en mucho tiempo actuaba sin analizar y sin pensar en consecuencias, dejándose llevar por sus propios instintos. Milo respondía a su estimulo. Con ello sabía que podía seguir adelante.
Milo no abandonaba la sorpresa de encontrar a un Camus liberado, uno distinto al que se mostraba estoico la gran mayoría del tiempo. No fue ajeno a ese Camus. Le retó con cada caricia y cada embestida de sus labios, disfrutando de lo que Saadalsud le entregaba, permitiéndose guiar y ser guiado. El simple anhelo se transformaba en puro deseo, y su mano descendiendo por la baja espalda de Camus, hasta percibir las suaves formas que encontró más al sur era prueba de ello.
– ¡Kyuuuuuuuuuuuuuuu! –El chillido sumamente alegre de un Beliel que batía sus pequeñas y doradas alas sacó a los príncipes de su trance, dejando sonrojos en los rostros de ambos, viéndose descubiertos por la inocencia del pequeño dragón.
–Será mejor retirarnos –Habló Camus, recobrando la compostura rápidamente –Te espero en la habitación –Dicho aquello, se retiró con discreción, sin perder la gracia en sus pasos, dejando a Milo admirándole en silencio, sin darse cuenta de ello.
–Nos vemos pequeño –Milo acarició la cabeza del dragón –Duerme profundamente y no hagas desastres, ¿Eh? –Tras despedirse de Beliel, el Príncipe de Antaria se marchó del lugar, buscando la dirección que le llevaría a los aposentos en donde le esperaba Camus de Aurore, con la incertidumbre del instante que les aguardaba tras el momento compartido. No mentiría, Camus le intrigaba, y de alguna manera esa noche encontraría una respuesta.
Glosario:
(1) Una promesa siempre se cumple
Notas finales:
Primero que nada pido disculpas por la enorme tardanza al actualizar. Han sido eventos que escapan de mis manos, pero espero que este capítulo sea de su agrado.
Posiblemente a partir del 9no capitulo pase la historia a clasificación M. Pero eso dependerá de cuan explicita sea en la descripción de los eventos.
Muchas gracias por leer.
