Los personajes y la historia pertenecen a Glee y a S.

PUNTO DE VISTA DE SANTANA

Santana corrió al lado de la chica mientras intentaba de forma desesperada recordar el trazado general de la ciudad. El callejón debería dar a la calle Ash, no demasiado lejos de Oak Street, la calle donde estaba el edificio de la comisaría... situado a más de quince manzanas al oeste de donde se encontraban en ese momento. A menos que consiguieran algún medio de transporte, no lograrían llegar. Sólo le quedaba el cargador que ya tenía metido en la pistola, y sólo cuatro balas en su interior. Por los sonidos que surgían de las sombras del callejón, había docenas, quizá centenares de aquellos seres en su interior.

Cuando llegaron al final del callejón, Santana levantó la mano y frenó el ritmo de la carrera hasta convertirlo en un trote. Echó un vistazo a la calle mal iluminada. No pudo ver mucho, pero desde donde se hallaban hasta la siguiente farola, había unas once o doce criaturas a su derecha, tambaleándose y trastabillando mientras atravesaban la pestilente oscuridad. A la izquierda sólo había tres, no muy lejos de...

¡Aleluya!

—¡Allí!

Santana señaló con el dedo un coche patrulla de la policía que estaba aparcado justo al otro lado de la calle, sintiendo una oleada de alivio y esperanza. No vio agente alguno: ya era pedir demasiado... pero las dos puertas delanteras estaban abiertas, y las tres cosas que vagabundeaban en sus cercanías no llegarían a tiempo de impedir que entrasen. Aunque las llaves no estuviesen puestas, en su interior había una radio y los cristales eran a prueba de bala. Probablemente podrían resistir frente a los cadáveres ambulantes hasta que llegase la ayuda...

—Es la única oportunidad que tenemos. ¡Vamos Brittany!

Dudó el tiempo suficiente como para que la chica asintiera con un gesto de la cabeza, con su pelo recogido en una cola de caballo agitándose por el brusco movimiento. Un instante después, ambas volvieron a echar a correr hacia el coche de policía, y el asfalto se convirtió en un borrón bajo sus pies. Santana mantuvo su arma apuntada hacia las criaturas que estaban más cerca de ellos, a unos quince metros. Deseaba dispararles, impedirles que dieran un solo paso más hacia ellas, pero sabía que debía ahorrar munición, que no podía permitirse el lujo de desperdiciar la poca que le quedaba.

Dios mío, por favor, que las llaves estén puestas...

Llegaron hasta el coche al mismo tiempo y se separaron. Brittany se desvió para entrar por la puerta del acompañante, y Santana se dio cuenta horrorizada de que probablemente ella pensaba que era su coche. Esperó a que cerrara la puerta de un portazo antes de entrar de un salto y colocarse detrás del volante. Una pequeña pero aterrorizada parte de su mente le gritaba que era su primer día de servicio mientras se apresuraba a cerrar la puerta de un tirón.

Su plegaria fue respondida: las llaves estaban puestas. Santana dejó caer la Magnum en su regazo y las agarró, sintiendo de nuevo aquella esperanza y alivio, como si hubiera otras opciones además de la de morir.

—Ponte el cinturón —le dijo, y sin apenas oír su respuesta afirmativa giró las llaves y las luces se encendieron.

La calle Ash y las criaturas quedaron bañadas por unos pálidos remolinos de luces rojas y azules. Los colores transformaron las sombras, cambiándoles la forma y el tamaño. Era una visión infernal, y apretó el pedal del acelerador a fondo para alejarse de allí con toda la rapidez que pudo.

El coche saltó de la acera con un chirrido de goma. Santana enderezó las ruedas primero a la derecha y luego a la izquierda, esquivando por poco a una mujer con la mitad del cuero cabelludo arrancado. Pudo oír, incluso a través de las ventanas cerradas, su gemido aullante de frustración mientras se alejaban a toda velocidad, al que se le unieron varios... muchos más.

Refuerzos. Pide refuerzos y apoyo.

Santana manoteó en busca de la radio sin quitar la vista de la calzada. Las criaturas estaban dispersas pero eran numerosas: monstruos tambaleantes de siluetas oscuras que salían trastabillando a la calle como si fuesen atraídos por el ruido del coche que pasaba a toda velocidad. Tuvo que esquivar a varios más mientras el coche patrulla salía de la calle Powell y continuaba a toda velocidad.

Brittany le estaba hablando mientras miraba al desolado panorama y Santana apretaba el botón que abría las comunicaciones de la radio. Su sensación de desamparo aumentó: ni señal de estática, ni nada de nada.

— ¿Santana qué demonios pasa aquí? Llego a Raccoon City y todo el lugar es una locura que da mucho…

—Estupendo. La radio no funciona —la interrumpió Santana, dejando caer el micrófono y centrando su atención en la conducción.

Toda la ciudad parecía un mundo alienígena, con las calles envueltas en extrañas sombras. Aquello tenía ciertas cualidades oníricas, pero el olor le impedía pensar que aquello era un sueño. El hedor a carne putrefacta había impregnado incluso el interior del coche patrulla, lo que hacía bastante difícil concentrarse en conducir. Al menos, no había tráfico ni tampoco gente. Bueno, no gente de verdad...

Excepto Brittany y yo. Está aterrorizada. Tengo que mantenerme firme y alejarla de cualquier otro peligro, tengo que llegar la comisaría y...

—¿Eres poli de verdad o sólo es un disfraz para cumplir alguna fantasía sexual?

El tono de voz cantarín pero en cierto modo sarcástico de Brittany le sacó de sus aterrorizadas ensoñaciones. Le dirigió una mirada rápida y se dio cuenta de que, aunque estaba bastante pálida, no parecía estar temblando al borde de un ataque de nervios. Incluso detectó cierto destello de humor en sus ojos de color azul claro.

—Sí, soy poli. Mi primer día de trabajo. Estupendo, ¿verdad? Como siempre Santana López haciendo su entrada triunfal.

—Rachel también es policía —le contestó ella—. He venido a buscarla por…

Se fue callando poco a poco mientras observaba la calle. Dos de las criaturas se dirigían tambaleándose hacia un punto por donde tenía que pasar el coche. Santana pisó aún más el acelerador y logró pasar en medio de ellas. La reja de metal que separaba el compartimiento trasero del delantero estaba bajada, lo que le proporcionaba una clara visión por el espejo retrovisor. Los dos zombis continuaron andando como estúpidos detrás del coche.

Hambrientos. Lo mismo que en las películas.

Ninguna de las dos habló durante unos momentos, y la cuestión principal quedó en el aire sin que la mencionaran. Fuese lo que fuese lo que había pasado y que había convertido a Raccoon City en una película de terror, no importaba tanto saber cómo había ocurrido como saber cómo iban a sobrevivir. Sólo tardarían un par de minutos en llegar a la comisaría, suponiendo que las calles permanecieran relativamente despejadas. Existía un aparcamiento subterráneo. Intentaría entrar por allí en primer lugar, pero si sus puertas estaban cerradas, tendrían que cruzar un pequeño trecho a pie. Había un pequeño patio delante del edificio, una zona de aparcamiento...

Me quedan cuatro balas... y quizá toda la ciudad está llena de estas cosas. Necesitamos otra arma...

—Eh, abre la guantera —le dijo. Si estaba cerrada, seguro que una pequeña llave que había al lado de la llave de contacto del coche la abriría.

Brittany apretó el botón y metió la mano en su interior. Al agacharse, dejó al descubierto la espalda de su chaleco rosa sin mangas. 'Tenía una ilustración pintada: un voluptuoso ángel femenino que sostenía una bomba. Debajo había un cartel que ponía: «Fabricado en el cielo». Todo el conjunto era el apropiado para ella.

Dios mío eso es tremendamente sexy…. ¡Concéntrate en conducir!

—Hay un arma aquí dentro —anunció, extrayendo una pistola semiautomática.

La sujetó con cuidado y comprobó que estaba cargada antes de meter la mano otra vez para sacar un par de cargadores. Era de las antiguas armas de ordenanza del departamento de policía de Raccoon City, una Browning HP. Desde el comienzo de la serie de asesinatos, los policías de la ciudad habían sido equipados con las Hekler und Koch VP70, también con un calibre de nueve milímetros. La principal diferencia consistía en que la Browning sólo podía albergar trece proyectiles, mientras que la nueva disponía de un cargador de dieciocho balas más una en la recámara. Por el modo en que la manipulaba, Santana dedujo que la chica sabía perfectamente lo que estaba haciendo.

—Será mejor que te la quedes tú —le dijo.

En la comisaría encontraría un arsenal más que decente. Suponiendo que todavía quedaran algunos policías allí, podría recoger su arma reglamentaria... ¿Y por qué supones nada en absoluto?

Cuando Santana estaba doblando la esquina entre la calle Ash y la Tercera, quizás a una velocidad un poco elevada, se dio cuenta de repente de que era posible que la comisaría estuviese repleta de cadáveres. Todo estaba ocurriendo con tanta rapidez que ni siquiera se le había ocurrido aquella posibilidad. Enderezó el coche y frenó un poco, para disponer de algo de tiempo para diseñar un plan alternativo con toda la tranquilidad y la frialdad posible. Quizá se estaba desarrollando una defensa organizada de la comisaría, pero no era fácil sentir esperanza con el hedor a podrido que impregnaba con tanta fuerza el aire.

Tenemos el depósito casi lleno. Es más que suficiente para cruzar las montañas, y podríamos estar en Latham en menos de una hora.

Podrían pasar al lado de la comisaría y si el lugar tenía un aspecto inseguro, salir pitando de la ciudad. A Santana le parecía un buen plan. Comenzó a girar la cabeza para decírselo a Brittany para saber qué pensaba... cuando el asqueroso olor a matanza la rodeó por completo y algo se lanzó contra ella desde la parte trasera del coche.

Brittany lanzó un grito, y el monstruo, que había estado oculto desde que ellas entraron en el automóvil, agarró con sus manos heladas el hombro de Santana, y su apestoso aliento le dio de lleno en el rostro. Le agarró también el brazo derecho y tiró de él para acercarlo a sus labios y dientes babeantes.

—¡No! —gritó Santana mientras el coche viraba brutalmente a la derecha y se dirigía de frente contra un edificio.

La criatura perdió el equilibrio y aflojó la presión sobre el brazo de Santana. Ésta aprovechó para hacer girar el volante, pero fue demasiado tarde para esquivar por completo la pared. El metal chirrió y una brillante lluvia de chispas iluminó las manos y la macabra expresión del zombi que iba en el asiento trasero cuando el coche salió rebotado hacia el pavimento.

El zombi cambió de objetivo y se abalanzó sobre Brittany. Santana no se lo pensó siquiera y aceleró a tope, girando luego a la derecha. La parte trasera del coche dio un bandazo y se estrelló contra una camioneta de reparto aparcada, lanzando otra lluvia de ardientes chispas. El cadáver babeante cayó tumbado sobre el asiento trasero, pero se levantó de nuevo y se lanzó otra vez contra la chica rubia, intentando despedazarla con garras y dientes.

El coche patrulla avanzó a toda velocidad por la calle Tercera. Santana intentó mantener el control del vehículo al mismo tiempo que se esforzaba por agarrar su arma y darse la vuelta, con su Magnum empuñada por el cañón. Ni siquiera pensó en apartar el pie del pedal del acelerador, no pensó en nada más que en que el zombi estaba a punto de enterrar sus dientes en el hombro de la forcejeante Brittany.

Bajó la pesada arma con fuerza contra su cara. La empuñadura arrancó parte de la piel, que se desprendió en una gran tajada. La sangre saltó de la herida cuando aplastó la nariz y el cartílago se separó del hueso con un crujido húmedo. La criatura lanzó un gorgoteo y se agarró la cabeza sangrante. Santana tuvo tiempo de saborear un sentimiento de triunfo durante un segundo... antes de que Brittany gritara: «¡Cuidado!».

Santana levantó la vista para darse cuenta de que estaban a punto de estrellarse.

PUNTO DE VISTA DE BRITTANY

Vio de reojo los nudillos blancos de Santana de apretar el volante, su mandíbula también apretada por la tensión... y el coche comenzó de repente a girar sobre sí mismo chirriando, y los edificios y las farolas pasaron tan rápidamente a su lado que lo único que pudo ver fue un borrón general, y entonces...

Se produjo una enorme explosión de sonido, cristales rotos y metal aplastado cuando el coche de policía se estampó contra algo sólido, arrojándola contra el cinturón de seguridad, que la detuvo en seco. El impacto lanzó al zombi hacia adelante al mismo tiempo, y ella levantó los brazos de forma instintiva cuando el ser muerto atravesó el parabrisas...

... y luego, todo se detuvo. Sólo pudo oír el sonido del metal caliente crujiendo al comenzar a enfriarse y el palpitar de su propio corazón, atronando en sus oídos. Brittany bajó lentamente los brazos y vio que Santana, que ya se había recuperado, contemplaba el destrozado cuerpo que estaba despatarrado encima de la parte delantera del automóvil, aunque por suerte, la cabeza de la criatura no estaba a la vista. No se movía en absoluto.

— ¿Estás bien? —le preguntó.

Brittany se giró y miró a Santana. Tuvo que reprimir un repentino acceso de risa histérica. Raccoon City había sido tomada por una legión de muertos vivientes y acababan de tener un accidente grave de coche porque un muerto había intentado comérselas. Si tenían en cuenta todo aquello, «bien» no era la primera palabra que se le venía a la mente.

Sin embargo, cuando vio la expresión preocupada y sincera del rostro de Santana, la necesidad de echarse a reír se le pasó de forma inmediata. Santana parecía al borde de un ataque de nervios. Si daba rienda suelta a sus propios nervios, no sería de gran ayuda.

—Todavía sigo de una sola pieza —logró contestarle por fin, y la joven policía asintió, con aspecto de sentirse aliviada.

Brittany inspiró profundamente, sintiéndose como si fuese la primera vez que respiraba en horas, y miró alrededor para ver dónde habían acabado. Santana había logrado efectuar un giro de 180 grados justo al final de la calle, donde terminaba en una pared. El coche patrulla estaba completamente encarado hacia el lugar por donde habían llegado. No había zombis en las inmediaciones, pero Brittany tenía el presentimiento de que no disponía de demasiado tiempo para ponerse a cubierto. Por lo que había visto hasta aquel momento, la mayor parte de Raccoon City, si no toda la ciudad, se había visto afectada por... por lo que fuera que hubiese pasado. Empuñó con firmeza la pistola, intentando mantener bajo control sus desbocadas emociones.

—Tenemos que... —comenzó a decir Santana, pero se detuvo, abriendo los ojos de par en par mientras miraba más allá de ella, hacia la calle. Brittany giró la cabeza... y por un segundo, sólo pudo pensar que alguien le había echado una maldición en algún momento en su viaje desde la universidad.

Estoy maldita. Alguien quiere que muera, por eso me pasa todo esto.

Un camión de transporte venía disparado por la avenida lateral que daba a la calle donde ellas estaban. Todavía se hallaba a unos cuantos bloques de distancia, pero lo bastante cerca para darse cuenta de que avanzaba sin control alguno.

El camión daba bandazos de un lado a otro, y aplastó una pequeña camioneta que estaba aparcada a un lado de la calle, y después se lanzó de frente contra un buzón que estaba al otro lado. Con un horror impotente Brittany se dio cuenta de que era un camión cisterna y, por el modo en que la cisterna iba oscilando, era obvio que estaba cargado hasta los topes. En la fracción de segundo que tardó en procesar aquella información y en rezar para que no fuese gasolina o gas de calefacción, el camión había recorrido la mitad de la distancia que los separaba de ellos. Pudo llegar a ver las llamas pintadas en la cabina de color verde oscuro, pero ni siquiera entonces fue real, no hasta que Santana rompió su pasmado silencio.

—¡Ese loco nos va a atropellar! —dijo en un susurro, y en ese preciso instante, ambas comenzaron a manotear para soltar sus cinturones de seguridad, al mismo tiempo que Brittany rezaba para que no se hubieran atascado...

El sonido de los cinturones al deslizarse después de abrirse fue completamente inaudible bajo el impresionante rugido del camión y el tremendo crujido de los coches al ser aplastados a derecha y a izquierda. Estaría encima de ellos en menos de tres segundos.

—¡Corre!

Un instante después, ella abrió de golpe la puerta del coche y salió al suave aire de la noche, que le refrescó la sudorosa piel mientras el rugido del motor del camión tapaba todo lo demás.

Dio cinco enormes zancadas y luego oyó tanto como sintió el estampido del impacto, con el asfalto temblando bajo sus pies al mismo tiempo que el enorme chirrido del metal retorciéndose atronaba a su espalda.

Otras dos zancadas y...

¡Baaaammmmm!

Fue empujada sin consideración ni modales por una inmensa onda de presión formada por el calor y el sonido. Logró aterrizar de pie mientras la explosión de la cisterna convertía la noche en día por un brillante momento. Cayó aparatosamente sobre su hombro y rodó sobre sí misma. La suciedad le raspó la piel recalentada y terminó cayendo detrás de un coche aparcado formando una bola jadeante.

Se produjo una breve y chasqueante lluvia de restos humeantes, y momentos después Brittany se puso en pie. Se tambaleó hacia el centro de la calle para buscar entre las enormes antorchas de fuego alguna señal de Santana. El corazón se le encogió con lo que vio. El camión cisterna, el coche patrulla y lo que un minuto antes era una ferretería, todo, estaba envuelto en una enorme nube de fuego y llamas químicas, y la calle estaba completamente bloqueada por una masa de retorcidos restos ardiendo.

—Brittany...

La voz le llegó ahogada pero audible a través de la muralla de llamas. Era Santana.

—¿Santana?

—¡Estoy bien —gritó ella—. ¡Dirígete hacia la comisaría! ¡Nos vemos allí!

Durante un segundo, Brittany dudó y se quedó mirando la pistola que todavía sostenía en su temblorosa mano. Tenía miedo, estaba atemorizada ante la idea de encontrarse sola en una ciudad que se había convertido en un cementerio viviente... pero tampoco es que tuviera mucho donde elegir. Desear que las circunstancias fuesen distintas era una pérdida de tiempo.

— ¡De acuerdo!

Se giró e intentó orientarse a través del humo y de las luces desprendidas por las ondulantes llamas. La comisaría estaba cerca, a un par de manzanas de allí...

Y también lo estaban las criaturas que salieron de las sombras, desde detrás de los coches y desde el interior de los oscuros edificios. Con un propósito fijo e inmutable, se tambalearon hacia ella bajo la extraña luz producida por el accidente, emitiendo pequeños sonidos hambrientos mientras se acercaban: dos, tres, cuatro en total. Pudo ver su piel desgarrada y sus podridos miembros, y unos agujeros oscuros en el lugar donde deberían estar los ojos... y, aun así, continuaron avanzando hacia ella, como si la carne viva les atrajera de un modo instintivo.

Oyó disparos más allá de la muralla de fuego, dos tiros procedentes quizá de una manzana de distancia, y luego nada más, excepto los chasquidos de las llamas que lo devoraban todo y los gemidos lastimosos de los muertos que se acercaban a ella arrastrando los pies.

Santana está sola ahora, y ya se ha puesto en movimiento. ¡Muévete tú!

Brittany inspiró profundamente. Divisó una abertura en el letal círculo de muertos que se le acercaba y echó a correr.