NADA DE ESTO ME PERTENECE, LOS PERSONAJES SON DE NICK, SOLO ME DIVIERTO ESCRIBIENDO HISTORIAS.

Bien, ¡Al fin pude actualizar!j ajaja la verdad no se qué me ha pasado, se me va mucha inspiración y tengo poco tiempo. Pero espero que les guste el capítulo :)

Comentarios:

FanKataang100: bueno, ya te traigo un capítulo nuevo. Me alegro mucho que te gusten y me encanta cómo los describes, toda la emoción que te hacen sentir ¡Gracias por leerme!

tamarasaez: Gracias, ojalá te siga gustando.

Nieve Taisho: con "teach me to fly" te quedo mal porque todavía le falta al capítulo. Pero espero poder subirlo este fin de semana. Y no te apures, Suki no acabará con el matrimonio, aunque sí pondrá las cosas difíciles :)

ashlee bravo: lo sé, lo sé... pero bueno ¡Aquí esta el nuevo chap!

Izumi Sensei Firebender: jajaja, ya se, una que es mujer sabe cómo y de quién debe cuidarse xD bueno, antigua Mafalda Black, tu nuevo nickname me gusta también mucho, me alegro de que sigas leyendo, a pesar del tiempo, mis historias :) Y pues...veamos qué pasará en el templo.

puff: al contrario, gracias a ti por tus ánimos, tus comentarios y tu apoyo. Gracias.

Cliomena: es buen abrir el correo y encontrar un comentario nuevo ¡Mil gracias a ti! son detalles como éstos los que motivan a una para que continúe escribiendo.


Capitulo 8

El Templo Aire del Sur.

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El viaje del Polo Sur al Templo del Sur era de dos días en mar. El navío real que llevaba a la elegante y entusiasmada princesa hacia su destino lucía decoraciones llamativas y ondeantes banderas celestes. El Templo estaba construido en lo más alto de una cadena montañosa, a donde solo se podía llegar volando.

El Puerto tenía los símbolos de los Nómadas Aire y era donde los Monjes llevaban a cabo el poco comercio interactuando entre ésta sociedad y las demás naciones. Los Nómadas no tenían dinero, ellos intercambiaban pertenencias y comida por medio del truque. Las demás Naciones le daban telas y comida a cambio de maderas talladas, pergaminos o simples consejos.

El puerto era grande, con navíos del Reino Tierra, la Nación del Fuego y las Tribus Agua. Un pequeño sendero albergaba diferentes casas pequeñas, construidas de madera y paja, donde los Monjes pasaban el día haciendo los trueques con más comerciantes. Era una labor sencilla, porque pocas personas eran malvadas al grado de pretender engañar a los Monjes.

El pequeño pueblo de comercio tenía, además, muchos bisontes voladores, para la gente que quisiera hacerle una visita directa al Templo. Aunque el sendero seguía escalando la montaña, solamente maestros tierra experimentados-y a veces ni ellos-podían seguir la ruta sin morir o salir heridos en el intento. Ese sendero había sido construido por Maestros Aire, pero en realidad, nadie había sido capaz de llegar a los Templos sin volar. A ninguno de los cuatro.

Katara llegó al puerto y despidió ahí a su tripulación. Ella bajaría dentro de una semana. Caminó hacia un muchachito pequeño, calvo, sin tatuajes pero con ropas amarillas. Alimentaba a uno de los bisontes más grande

—Hola—lo saludó—¿Podrías por favor llevarme al Templo?

El niño, de cómo trece años, volteó. Se sorprendió mucho de encontrar a una mujer tan hermosa y bien vestida. Katara llevaba puesto el hermoso vestido de seda azul, bordada con dorado, regalo de su madre en su anterior cumpleaños. El grueso abrigo con el símbolo del Agua-Control tenia, además, la figura Imperial. Al lado de Katara iba una muchachita delgada y sonriente, cargando la única y no muy grande maleta de la princesa.

—Mucho gusto—saludó el pequeño, haciendo una reverencia—Claro que puedo llevarla. Mi nombre es Giko.

—Un placer conocerte Giko. Soy la princesa Katara del Polo Sur—se presentó con una sonrisa—Y ella es mi dama de compañía, Yuhira.

—Hola joven Giko.

El niño sin dejar de sonreír agarró la mano de la princesa.

—Bien, majestad ¿Ha volado antes?

—No en realidad.

—Bien… ¿Puede subirse al bisonte?

Era alto, peludo y ella jamás había visto animal semejante. Negó con la cabeza, perdiendo en un segundo la capacidad de hablar. Giko la agarró de la cintura; estaba a punto de replicar por la ofensa cuando el niño se puso se cuclillas y saltó, un remolino de aire formándose a sus pies, impulsándolo hacia la silla de montar del bisonte.

La depositó suavemente y bajó, haciendo lo mismo con Yuhira. La chica grito de júbilo, sin soltar la maleta, y tomó asiento en la silla cerca de la princesa. Katara se aferró completamente a los bordes, sin saber qué esperar.

—¿Lista?

—Ah… creo.

—Estoy seguro que les gustará—Giko se sentó en la nuca del bisonte, agarrando una especie de riendas. Tiró de ellas, diciendo—¡Jip-Jip!

El bisonte volador alzó su cola y la usó para impulsarse hacia el cielo. Pataleó pocas veces y después planeó con gracia y facilidad. Katara agarró con mayor fuerza el borde, sintiendo el viento despeinándole y juguetear además con sus ropas. En un instante que abrió los ojos, pudo ver las olas del mar más y más lejos, hasta que los barcos parecieron de juguete. Las nubes a su alrededor y las aves cantando de alegría pronto la hicieron sonreír.

Una sensación extraña se anidó en su vientre: emoción. Katara gritó una vez más y pronto escuchó los gritos de Yuhiro. Era casi como un juego.

—Agárrense bien, aquí viene lo difícil.

Así lo hicieron. El bisonte entonces comenzó a volar de manera casi vertical, rodeando la montaña. La adrenalina y la sensación de que iba a caerse aumentaron los gritos de Katara, que por primera vez en muchos años volvió a sentir el vértigo.

Una gruesa capa de nubes fue rota por los vientos del bisonte y llegaron al cielo más azul que nunca antes vieron. Ya no se podía bien el puerto, tan lejos y borroso. A esa altura el agua parecía una pintura. La velocidad del vuelo descendió bruscamente y Katara pudo al fin abrir los ojos.

—Bienvenidas al Templo Aire del Sur.

Princesa y compañera se asomaron y encontraron lo más hermoso que jamás antes vieron. Una especie de torre altísima, gruesa y circular se alzaba desafiando cualquier lógica, tallada entre las rocas en la parte más alta de la montaña. Tenía más construcciones guiadas por senderos y bastantes puentes, altos, largos, llevando a torres ligeramente pequeñas en las cimas de otras montañas.

El símbolo del Aire-Control estaba tallado en la puerta de la gran torre. Los techos pintados de azul. Explanadas inmensas, jardines, terrazas, ríos y fuentes decoraban todo el lugar. Había muchos niños y hasta Monjes volando entre las torres y las montañas usando una especie de planador que Katara recordó haber visto en Aang cuando era un niño. Bisontes voladores de todos los tamaños se unían a los maestros aire en sus juegos.

Había tanta paz en el ambiente. Una que Katara nunca antes había sentido. Giko hizo descender al bisonte en la plaza de la entrada, donde había varios Monjes de pie esperando. Con ellos, estaba también Aang.

Katara se reacomodó el peinado, sintiendo los mechones suaves y enredados. Bajó de un salto, y sonriente. La experiencia le fue fascinante.

—Bienvenida, princesa Katara—saludó uno de los Monjes, que lucía la túnica más elaborada de todas—Espero encuentre agradable su estancia en el Templo Aire del Sur.

Katara hizo una reverencia de gratitud.

—Muchas gracias por dejarme hospedar.

—Soy el Monje Gyatso ¿Me recuerda? La conocía desde que era una niñita. Aunque ahora es toda una preciosa princesa—le dedicó una sonrisa paternal. Después, continuó.—Soy el guardián del Templo. Puede acudir a mí o a cualquiera de mis amigos para cubrir sus necesidades básicas y dudas.

—Así haré.

—Bien. Por el momento, el Avatar Aang se ha ofrecido para darle un recorrido por todo el Templo ¿Acepta su invitación?

—Con mucho gusto—sonrió.

Los Monjes se retiraron dejándolos solos. Yuhira también desapareció. Aang la saludó con una sonrisa y la fue guiando hacia unas escaleras, descendiendo a la explanada.

—Lamento toda esa formalidad.—dijo—Ya ves, tenemos un profundo respeto a las personas de la realeza.

Katara lo miró con un rostro lleno de confusión.

—¿Ah si? ¿Por qué? Tengo entendido que ustedes proponen la igualdad entre las personas, sin distinción de clases sociales.

Aang rió.

—Así es. Pero también creemos en el destino Katara.

—Me confundes.

—¿Quieres una explicación?

La princesa detuvo su andar, cruzándose de brazos. Aang resopló, buscando las palabras adecuadas.

—El Mundo está conectado entre sí mismo Katara, por uniones que los humanos no podemos ver. Todo tejido por el cosmos, los espíritus. Nada ocurre porque sí, todo tiene un motivo. Las personas tomamos nuestras propias decisiones, esa es una realidad, pero las consecuencias ya habían sido planeadas desde antes. Cada uno, desde que nace, tiene un propósito. Más grandes, otros pequeños, pero una razón de ser.

Katara analizaba cada una de sus palabras, buscando un significado.

—La realeza tiene poder sobre el mundo Katara—continuó Aang—Ellos dirigen las naciones. Y si naces dentro de una Casa Real, debe ser por algo ¿No crees? Incluso si naces pobre y tienes un gran destino dentro de la alta sociedad, lo conseguirás. Respetamos a cada una de las personas porque cada alma es importante.

—Es una teoría tan interesante—contestó, asomándose hacia las nubes—La verdad, nunca he sentido mucha… curiosidad por la filosofía y esas cosas.

—Para nosotros no es una filosofía. Es la manera en que vemos al mundo.

—Muy respetable. Pero para nosotros, diferente…

—Todo es diferente y a la vez igual, Katara—Aang miró hacia el cielo, cerrando los ojos—No son pensamientos ni ideas. Es sabiduría heredada tras siglos y siglos.

—Ya veo…

Katara vio los muros detallados. Posó una mano sobre los relieves con auténtica curiosidad y una sonrisa de fascinación que iluminaba su rostro.

—Todo esto es tan hermoso…

—¿Te parece?

—¡Completamente!

—Me alegro mucho que pudieras venir…

Aang se puso al lado de Katara, acercándose demasiado. Ella sonrojada intentó retroceder, pero algo la retuvo. Fueran los ojos grises de Aang, fuera su espléndida sonrisa. Ella se mantuvo recargada en la pared, contemplando su rostro en paz.

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El Monje Gyatso era prácticamente el padre de Aang y una persona afable, Katara lo recordaba con cariño de la visita que hizo al Polo Sur. Gyatso veía con alegría la amistad de Aang y Katara, transformada lentamente en algo más. No opuso ni un solo comentario y en cambio muchas veces "desapareció" cuando andaba con los dos. Yuhira, igualmente, se divirtió por su cuenta y la princesa casi se olvidó de su presencia.

Katara acompañaba a Aang casi a todas partes y asimilaba de a poco costumbres de los Nómadas Aire. Ellos no comían nada de carne, y la gran variedad de verduras con sus sabores dulces le fascinaron. La meditación le pareció cosa rara al principio. Se quedaba casi dormida y las piernas se entumecían.

Posteriormente, con los días, encontró en las meditaciones, en los árboles y en el ambiente general una pureza impresionante. Más allá de la belleza física, encontró la perfección espiritual. El por qué esa gente era tan dulce, unida y solidaria. Iba acercándose más a su mente, a su alma, y encontraba paz en su interior. En el tiempo que estuvo en el Templo, se sintió más libre que nunca.

Esa tarde, valientemente, Katara había aceptado el reto de Aang: planear.

Ya de pie en la explanada correspondiente, sujetando con ambas manos el planeador, la princesa veía la enorme altura, tanto que ni el suelo se contemplaba, y tembló. La seguridad que era la tierra desaparecía en cuestión de segundos. Y la frágil madera con tela de sus manos no parecía capaz de sostenerla.

—Eh… no lo sé—retrocedió dos pasos, con miedo en su cara pálida—Es peligroso ¿No?

—Si lo fuera no te enseñaría—repuso Aang, con su propio planeador—Anda, será muy parecido a volar. Iré contigo y no te pasará nada.

—Pero… pero…

—Katara, confía en mí.

Sí, confía ¡Era tan sencilla la palabra!

—No puedo…

—Claro que puedes ¿No me decías que querías sentirte libre?

—¡Pero no a este extremo!

—Katara… confía en ti.

Katara miró nuevamente el lejano suelo, distante, invisible. Tembló, respiró hondo. Cerró los ojos y saltó.

Y cayó.

Y el viento golpeó sus cabellos alzándole las ropas.

Gritó:

—¡AHHH!—El agudo chillido desgarraba sus cuerdas vocales.

Aferrada al planeador, una brisa fortísima la movió en vueltas y vueltas hasta poder acomodarla. Después, ya no se sintió caer, pero el viento la golpeaba todavía y el miedo recorría su cuerpo. La adrenalina concentrada en su vientre le causaba una incómoda sensación mientras seguía gritando, menos potente.

—Katara… todo va bien.

La voz sonaba confiada, casi burlona, pero ella no podía creerle. No había nada ¡Nada! Sus manos se aferraban con fuerza enorme a la madera del planeador, como si eso le diera algo de seguridad. No estaba segura de cómo su cuerpo se mantenía estable.

—Abre los ojos, por favor…

Respiró nuevamente.

Y lo hizo.

El cielo se veía azul y enorme enfrente de sí. Las nubes rodeándole, como si la respetaran. El sol a lo lejos ocultándose grácilmente con sus rayos dorados cediendo paso a la oscuridad. La forma de las montañas, abajo, onduladas y rocosas, hermosas a su manera. Katara no encontró suelo ni tampoco un límite conciso. El viento la ondeaba, la movía hacia donde quisiera, y ella no podía decirle "no".

Ella no quería decirle "no".

Aang volaba a su lado, mirándola con infinito cariño. Había tanta paz en la faz de Katara que, inexplicablemente, se sentía alegre por ella.

—¡Esto es grandioso!—gritó—¡Me encanta!

—Sabía que te gustaría…

Aang con una mano creó una ventisca nueva que la movió en vueltas, Katara aprovechó las brisas para planear con mayor fuerza. Pronto, fluía entre las corrientes de aire con una libertad envidiable hasta de los mismos discípulos de Monjes.

Estaba sintiendo esa libertad que, realmente, no tenía en su interior.

Duraron así, volando hasta que debieron descender a la explanada. Katara descubrió entonces que estaba despeinada, y las prendas desacomodadas. Se acomodó el vestido y recogió los mechones castaños entre risa.

—Ésta fue una experiencia genial—declaró—Me encantaría repetirla.

—Lo harás cuando quieras—repuso Aang.—Mientras yo esté aquí.

Algo cansados, tomaron asiento en la barda, uno al lado del otro.

—¿Y tú?—preguntó al chico—¿No tienes obligaciones como Avatar?

—Si… algo como eso—repuso—Pero ando descansando un poco. Ya sabes, nadie soporta tanta presión.

—Mis padres nunca han sido partidarios de eso. Piensan que es escapar de los problemas.

—Yo creo que es darte tu espacio. La persona que más debes cuidar es a ti misma, Katara.

La princesa grabó esas palabras en su mente. A lo largo de su vida, le ayudaría bastante recordarlo.

o-o

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Pasaron muchos más días emocionantes y aventureros. Aang llevó a Katara a todas partes. Conocieron rincones del Templo que sólo Monjes especiales tenían acceso. Había un pasillo con bruscas vueltas que conducía a una especie de catacumba, donde las puertas y la oscuridad creaban un perfecto laberinto. Sus habitaciones contenían diferentes pergaminos y objetos secretos. Aang no le dio muchos detalles de todos, pero le enseñó el camino para salir. Era un lugar idóneo para esconderse, porque además una puerta especial conducía a unas cuevas y a la salida del Templo.

Ese pasaje estaba lleno de flores claras y cristales brillantes. Katara amo el pasadizo. Terminaba en una gruta estrecha, por las escaleras del Templo, nadie pensaría que se trataba de un escape. Cerca había jardines. Se preguntó si los Nómadas del Aire fueron, en algún pasado, marginados, para pensar incluso en cómo poder escapar de su propio Templo.

Los jardines eran cosa hermosa. Pero, en la parte trasera, estaba un puente estrecho y casi oculto entre arbustos. Conducía a una terraza en la montaña consecutiva. Estaba llena de tantas flores y árboles frutales que parecería el mismísimo paraíso, con ríos y lagunas fluyendo entre éstos. Aang la llevó alegando que era un jardín especial, de meditación intensa para Monjes.

Solo de estar ahí Katara pudo sentir una tranquilidad en el ambiente que la hicieron recostarse sobre la hierba. Duró ahí calmada, casi dormida, hasta que Aang la despertó. Volvieron a ese mismo jardín muchas veces a charlar, a conocer y a tener momentos más íntimos. Era su jardín.

Por otra parte, había otras montañas con grandes senderos donde podían relajarse entre los paisajes naturales, donde casi tocaban el cielo. Katara encontró en ese Templo y sus alrededor un mundo sin deberes ni inhibiciones. Al lado de Aang, de sus bromas, de sus sonrisas, de esos expresivos ojos grises, encontró mucho más de lo que jamás creyó.

Se sentía tan, pero tan plena y feliz, que el día en que debió regresar al Polo Sur se convirtió en uno gris, casi triste. Y se fue porque Aang iría con ella.


Bueno, no sé si les guste. Personalmente ha sido para mí un reto por la poca información que tenemos sobre los Nómadas Aire. Espero hayan disfrutado su lectura y puedan dejarme un comentario :)

Adelanto:

Rechazada, Suki se fue, pero con la determinación de que sería suya pronto. Nadie le decía "no". Sokka no le dijo nada a su esposa, consciente de que era un tema delicado. Ganas no le faltaron para echar a Suki de su palacio, pero no había forma de sacarla, ninguna excusa cortés. Además, estaba en calidad de amiga e invitada personal de la reina ¡Menudo embrollo!

Y bien... ¿qué les parece?

¡Gracia por leer y nos leeremos pronto!

chao!