El distrito de Nerima tenía lugar para todos, aunque no todos contaran efectivamente, excepto en los índices demográficos que década tras década se actualizaban. Pese al distanciamiento forzado entre locales e inmigrantes, una clase distinta había ido consolidándose y afirmando su poderío: un estrato al que ningún miembro de otro aspiraba pertenecer y que tampoco podía ser destruído; una clase particular que poseía el dinero suficiente para hacer valer su poder a pesar de oscuros orígenes o árboles genealógicos torcidos. Advenedizos, sí; arrogantes, también; pero con los contactos necesarios para resultar indispensables a todos los bandos existentes. Los líderes del contrabando eran una realidad necesaria, y su presencia no podía ser ignorada. Tanto locales como inmigrantes, reconocían sin problema, que la paz de la que disfrutaban se debía a la presencia de esos pequeños emperadores, quienes moraban entre ellos encubriendo sus actividades con la fachada de respetables negocios que prosperaban a pasos agigantados.
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─¡Lárgate! ─vociferó el hombre mientras empujaba hacia el pasillo a una mujer ataviada con el uniforme del Hotel Pohang─. ¡No quiero verte! ─ordenó, mientras cerraba la puerta en sus narices, la pesada estructura azotó y uno de los vidrios cayó al suelo: él era lo suficientemente corpulento para provocar tal cosa.
─¡Maldito seas Taro! ¡Ojalá te pudras en el infierno por lo que me hiciste! ─le gritó ella a través de la puerta. El escándalo era perceptible más allá del pasillo, porque un par de empleados ya estaban dirigiéndose hacia allá, para atestiguar el alboroto─. ¡Tú y esa maldita perra me las van a pagar todas juntas!
La puerta se abrió al instante y el hombre salió, visiblemente furioso, para tomar a la mujer y estamparla contra la pared. Los dos trabajadores optaron por alejarse, sabiendo que correrían la misma suerte que ella, si su jefe los descubría inmiscuyéndose en lo que no les importaba.
─¡Jamás...! ─el hombre interrumpió la frase para tomar aire con fuerza, evidentemente tratando de recuperar algo de calma; las venas de su cuello visibles claramente debido a su alteración─. ¡Jamás amenaces a Pantimedias Taro! ─dijo levantándola del suelo, sin importarle maltratarla─. Y no se te ocurra siquiera acercarte a Asuza ¿Entendido? ─preguntó, al tiempo que aumentaba la presión sobre la garganta femenina. Lógicamente no hubo respuesta por parte de ella; sin embargo, él no se inmutó y repitió la pregunta, haciéndole comprender de pleno a quién se enfrentaba─: ¿Quedó claro? ─la mujer, genuinamente asustada, se limitó a mover la cabeza en señal de afirmación mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y su rostro permanecía congestionado. Taro la soltó y se alejó por el pasillo, sin dedicarle una segunda mirada.
─¡Maldito! ¡Maldito! ─dijo entre dientes, viéndolo marcharse rumbo a la recepción; y luego, tras desahogarse dando un par de golpes contra la madera, se dio por vencida y salió de ahí.
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─¿En donde vivía antes de llegar a Tokyo? ─preguntó Khu Lon en forma casual a su nueva ayudante. Las dos se encontraban en la sala de costura, en la parte posterior de la boutique, terminando un pedido urgente.
─En Kyoto ─respondió Nodoka mientras ajustaba los dobleces de una manga. Khu Lon admiró la precisión con que lo hacía, en verdad era experta en toques finales.
─No es muy lejos ─comentó sorprendida. Dado su peculiar acento, había creído que la mujer provenía del extremo norte del país.
─Pero tampoco queda tan cerca, como para visitar seguido la capital ─aseguró apresuradamente Nodoka.
─Cierto, los boletos son cada vez más caros. Afortunadamente, yo todavía sé caminar ─respondió Khu Lon con una risa socarrona.
─Yo también Khu Lon, yo también ─dijo Nodoka sonriendo también.
Sin realmente desearlo, la anciana se sorprendió admirando de nuevo el elegante porte de su nueva empleada y huésped ¿Quién era esa mujer?; resultaba obvio que no provenía de un entorno miserable, sino todo lo contrario.
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Ranma descolgó el auricular y marcó el número de Mu Tsu; no hubo respuesta. Después lo intentó con el de miss Kuno y se encontró con cierto aparato automático que detestaba con pasión; por último, resolvió llamar a Kasumi.
¿Por último? La idea giró en su cerebro, mientras aguardaba a que contestaran. No quería reconocer lo obvio, ni siquiera para sí: Kasumi era su prometida, la mujer que compartiría su vida y ni siquiera ocupaba el primer lugar en su agenda personal. Aunque pareciera absurdo era cierto. No sentía nada por Kasumi, salvo un afecto reservado, seco. Por supuesto que no estaba obligado a amarla. El matrimonio era un trato entre su padre y el de ella, no algo deseado ardientemente por ambos. Tal unión le ponía en camino hacia una alianza importante para el prestigio del Musabetsu Kakuto y le garantizaba, si las cosa proseguían con normalidad, un heredero digno. No podía pedir más.
─¿Si? ─la voz aterciopelada al otro lado de la línea inundó sus sentidos. Era ella, sin duda: la mujer que acababa de aparecer en su vida.
─Buenas tardes, por favor con Kasumi ─hubo una pausa bastante prolongada, lo cual lo hizo sentir añoranza de alguna clase.
─Lo siento; pero ella no se encuentra aquí ahora ─fue la respuesta.
─¿Regresará pronto? ─preguntó, con más intención de prolongar la conversación, que por genuino interés respecto a las actividades de su prometida.
─En realidad...no lo creo así ─creyó percibir un atisbo de ansiedad en la voz de la joven; pero se dijo que sólo era su imaginación.
─¿Puedo...? ─hizo un pausa y lo pensó mejor, terminando la llamada abruptamente.
Con fuerza colgó el aparato y se recostó sobre la cama mirando sin ver las figuras pintadas en el techo. Tenía veintinueve años, una fortuna que crecía a pasos agigantados, algo de personalidad y reaccionaba como un idiota ante la voz de una perfecta extraña.
No podía negarlo. Esa mujer lo desconcertaba; pero también le hacía desear volver a marcar sólo para volver a escucharla.
Cerró los ojos al recordar la escena que viviera en la mañana.
No podía evitar preguntarse si alguien que era dueña de una sonrisa que lo hacía pensar en poesía, y una voz que le provocaba estremecimientos en todo el cuerpo sería capaz de inspirarle amor.
─¡Maldición! ─pensó, al tiempo que se levantaba intempestivamente para comenzar a vestirse ¡Se estaba comportando como un adolescente y eso no le cuadraba en absoluto!
La fecha de la boda estaba fijada, y próxima. Era una cuestión de honor. Algo irrevocable. Tan ineludible como cualquier trato de negocios: como la entrega puntual de la mercancía a E & E, recordó con acritud. Se encontraba en Hong Kong participando en una cacería y no para pensar en cosas improbables.
El amor, como el odio, se recordó con amargura, eran producto de las frustraciones, una manera de llenar el vacío interior; de culpar a otros por las propias incapacidades e ineptitudes. Él no necesitaba nada. Tenía lo que quería y pronto les demostraría a todos lo peligroso que era retarlo. Debía apresurarse a encontrar la mercancía. Nadie humillaba de esa forma a Ranma Saotome, presidente y accionista mayoritario de la corporación Saotome y maestro del Musabetsu Kakuto Ryo Saotome.
Con determinación observó su reflejo en el espejo del vestidor. Su rostro dibujó una mueca de cinismo, al tiempo que su mente brillante agregaba en silencio algunos calificativos más a su persona: delincuente reformado, único hijo aunque bastardo de Genma Saotome, ex-agente especial al servicio del Emperador y... maldito de Jusenkyo.
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Xian Pu escuchó el sonido que anunciaba la entrada de un cliente, y se dirigió a toda prisa a la boutique. Era el día en que su abuela salía por las tardes a surtirse de telas y todos los demás enseres de costura, así que estaba sola porque la señora Nodoka también la había acompañado.
─Xian Pu ─un cálido sentimiento inundó su pecho al escuchar la voz de su amado y verlo aparecer ante ella.
─Mu Tsu ─dijo en un susurro mientras se lanzaba a sus brazos─. Pensé...
─Tuvimos un problema muy grave en la compañía ─explicó sin darle tiempo a decir más─. El señor Saotome tuvo que viajar a Hong Kong; así que no pude despegarme de la oficina. De hecho, tendré que ocupar el resto de la noche para elaborar algunos documentos urgentes. Vine de prisa porque tal vez no podré verte hasta el otro fin de semana.
─¿Porqué no llamaste? ─ante la pregunta Mu Tsu sonrió, esa peculiar sonrisa que nada tenía que ver con su cínica mueca de costumbre y que aparecía muy pocas ocasiones en su rostro usualmente serio, y le dio un beso rápido.
─¿Tanto me extrañas que no puedes pasar un día sin mí? ─preguntó divertido, mirándola desde su altura, bastante superior a la de ella. Sus ojos azules resplandeciendo con una desconocida, pero bienvenida emoción. Ella disfrutaba perderse en esa mirada, que le transmitía, por sobre todo, la confianza de ser amada más allá de la razón.
─¡Estaba preocupada! ─dijo, apartándose de él con un mohín de disgusto. No estaba enfadada en realidad; sin embargo, él merecía sufrir un poco.
─Dime, Xian Pu ─lo sintió acercarse y abrazarla, estrechándola contra él; su firme torso en contacto con su espalda─. ¿Te preocuparías menos si estuviéramos juntos para siempre?
La pregunta la congeló. Se giró para mirarlo. Él sonreía; pero también hubo un destello de aprehensión en sus hermosos ojos azules.
─¿Te casarías conmigo, Xian Pu?
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Kodachi observó la fotografía colocada recientemente sobre el escritorio de Ranma. Era bastante buena. En ella aparecían Ranma y su prometida. La habían tomado durante la recepción para anunciar el compromiso.
─Esposa ─dijo con desdén mientras derribaba el marco con un golpe seco de sus dedos─. ¿A quien le importas? No eres rival para mí ─dijo en voz baja, pensando ya en la siguiente fase de su plan.
Ella siempre obtenía lo que quería.
Y quería a Ranma Saotome.
Kasumi jamás sería un obstáculo.
Ni siquiera el propio Ranma.
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─¿Sa-Saotome? ─susurró Nodoka mientras contemplaba la fachada de cristal y los kanjis inscritos en la marquesina frontal. Ella y su jefa esperaban el cambio en la luz del semáforo para cruzar la avenida.
─¿Le suena familiar? ─inquirió Khu Lon mirando en la misma dirección─. Es el nuevo millonario del vecindario, por lo que sé.
─¿Nuevo? ─inquirió la mujer, sinceramente intrigada.
─Mmm ─explicó la anciana─. Es un hombre joven, y soltero. Al parecer un heredero inesperado. Pienso que es el responsable directo del aumento de mi clientela.
─¿Porqué? ─Nodoka la miró azorada, sin comprender a qué se refería.
─Bueno, usted sabe como somos las mujeres ─sonrió maliciosamente, mostrando su peculiar colmillo superpuesto─. Pensamos que nos miran por lo que traemos puesto, aunque sea al revés.
─¿Al revés? ─de verdad que Nodoka no entendía a la anciana.
─Sí, mi estimada señora: nos miran cuando no traemos algo puesto, jua jua jua ─aclarado el punto, la modista cruzó la calle. Dejando a una perpeja Nodoka rezagada en varios pasos.
Sin embargo, la confusión de la mujer no se debía sólo a las palabras de Khu Lon; al menos, no a las últimas. Echando un último vistazo al edificio, la dama se dispuso a seguir a su jefa camino de la boutique.
