N/A: Más Chuck y Dan viviendo juntos. No me canso de ellos.
---
Las mañanas normales en ese apartamento de la Quinta Avenida eran silenciosas y grises. Chuck apagaba el despertador a las siete y cinco y Dan se tapaba la cabeza con la almohada para no oír el ruido de la ducha ni las puertas de los armarios abrirse y cerrarse mientras Chuck elegía el traje que ponerse ese día. Normalmente no se levantaba hasta las diez de la mañana, y, si hacía mal día, se quedaba tapado con el edredón hasta la barbilla hasta que su amor propio le obligaba a levantarse y trabajar un poco.
Pero esa mañana no era normal. El despertador sonó a las ocho y Dan no fue capaz ni de quejarse, porque llevaba media noche dando vueltas en la cama sin poder dormir diez minutos seguidos. Se levantó de la cama como un resorte y fue directo hacia su armario.
–No puedes llevar esa camisa. –dijo Chuck, detrás suyo.
–¿Por qué no?
–No es suficientemente Humphrey.
–Me la compraste tú –objetó. Era una camisa estupenda.
–Exactamente por eso.
–No te sigo.
–La ropa que llevas dice mucho sobre la clase de persona que eres –le informó Chuck con ese tono que usaba que hacía que te creyeras hasta las mayores tonterías–. Esta gente con la que te vas a reunir ha leído una novela que es totalmente tú, así que tienes que presentarte allí siendo así. Porque si te han llamado es que te quieren publicar. Te quieren a ti.
–O eso o quieren humillarme en persona porque son unos hijos de puta sádicos.
–Todo es posible. Pero tú hazme caso y ponte esta camisa –dijo, pasándole una de cuadros grises–. Y estos pantalones.
–Acepto que me elijas la ropa interior todas las mañanas porque me hace gracia y me parece adorable, y sé que a ti te produce algún tipo de perversa satisfacción saber qué calzoncillos llevo cada día. Pero que me elijas las camisas y los pantalones me parece pasarse de la raya.
–Oh, casi se me olvida –y abrió el cajón de la ropa interior–. Toma, hoy te tocan los de raquetas de tenis.
–Genial.
–Decidido. Vete a la ducha, que vas a llegar tarde.
–Pareces mi padre.
–Voy a hacer el desayuno.
–¿Y con hacer quieres decir encargar?
–Yo siempre digo lo que quiero decir. Vete a la ducha.
Cuando, un cuarto de hora después, Dan entró en la cocina con su camisa de cuadros y su cárdigan y su pelo mojado, Chuck estaba ya vertiendo el café en su taza azul de Yale.
–¿No llegas tarde al trabajo?
–Soy el presidente de la compañía, el trabajo empieza cuando yo llego. Siéntate. No hay bacon, ni gofres. Pero hay café y croissants. Y puedo pelarte una naranja.
–Me estás dando un poco de miedo.
–Cállate y bébete el café.
Dan bebió de su taza a sorbitos pequeños mientras Chuck pelaba una naranja con el cuchillo. La abrió por la mitad y le robó un gajo antes de dejársela en el plato.
–Gracias.
Comió un par de gajos pensativamente. Chuck siempre pelaba las naranjas justo como a él le gustaba, quitando perfectamente esa cosa blanca de la piel que sabía tan amarga. Era una de las mayores ventajas de desayunar con él, o de vivir con él en general, que conocía las manías de Dan y las hacía sus manías.
–¿De verdad crees que me van a publicar? Porque… necesito que lo hagan. Llevo escribiendo esta novela cinco años, y estoy harto de que me digan que no. Necesito que me digan que sí. Necesito que me digan que no estoy perdiendo el tiempo tratando de alcanzar algo inalcanzable, ¿sabes? –Chuck sólo le miró y frunció el ceño. –Porque antes creía que era bueno, que escribir era lo único que sabía hacer. Y ahora ya no sé nada.
–Ya hemos tenido esta conversación cuarenta veces. ¿Qué quieres que te diga?
–No lo sé.
–Tienes veintiséis años, te han publicado en el New Yorker y en otras diez revistas literarias y te pagan por escribir un blog sobre tu aburrida vida como escritor frustrado, que es algo que el 99% de los escritores frustrados y aburridos hacen gratis.
–Ya.
–¿Entonces? Acaba de desayunar y deja de quejarte. Si estos cabrones no te publican ya lo harán otros. No saben lo que se pierden.
–Eso lo dices siempre.
–Y siempre lo digo en serio. No me gusta verte así de pesimista.
–Has dicho que tenía que mostrarles al verdadero Dan Humphrey, ¿no?
–El Dan que yo conozco se ríe mucho más de sí mismo.
–El Chuck que yo conozco se ríe mucho más de mí mismo.
–Sólo trato de darte ánimos, porque no creo que pueda aguantar tus lloriqueos mucho más tiempo.
–Oh, cómo lo echaba de menos.
Chuck sonrió.
–Acaba de desayunar, que vas a llegar tarde.
Dan apuró su taza de café levantándose de la silla y cogió un croissant.
–Me lo como por el camino, ¿vale? –se inclinó sobre Chuck y le dio un pequeño beso en los labios–. Tú deberías vestirte.
–No dejes que te timen, no firmes nada sin hablar con el abogado. Y llámame cuando acabes.
Aunque hablaba totalmente en serio, Dan no pudo evitar reírse.
–Vale. Deséame suerte.
