Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.
—¡Kate! ¡KATE!
Castle no obtuvo más respuesta que silencio, la línea ya había sido desconectada. Sintió como su corazón latía fuertemente y le comprimía el pecho. De inmediato salió disparado hacia el apartamento. Mientras corría y evitaba chocar con la gente que caminaba por la acera, llamó a Ryan. El detective contestó al segundo tono.
—¡Tiene a Beckett! —gritó Castle—. El francotirador, en su apartamento —continuó entre jadeos al mismo tiempo que forzaba sus piernas a moverse más deprisa—. Ya casi estoy allí.
Al otro lado de la línea, Castle oyó cómo Ryan aceleraba y encendía las sirenas.
—Todas las unidades, 10-99. Detective Katherine Beckett retenida como rehén en la calle Hudson con Franklin. El sospechoso es un militar entrenado y francotirador —Ryan siguió hablando a través de su radio, informando a otros agentes en la zona—. ¡Castle! —Ryan se dirigió de nuevo a él—, ¡No entres! ¡Espera a que lleguemos nosotros!
Castle ya podía ver el edificio de Kate, sólo unos metros más.
—Para entonces ya podría estar muerta —le gritó a Ryan. Castle irrumpió en el vestíbulo del edificio y giró hacia las escaleras, subiendo los escalones de tres en tres.
—¡Castle! —oyó el grito sofocado de Ryan a través del móvil.
El escritor estaba sin aliento cuando llegó a la planta de Kate. Se llevó el teléfono al oído.
—¿Dónde guarda Kate su arma de reserva? —murmuró Castle entre dientes.
—Castle no ent
—Ryan, ¡dónde!
—Ahhh… —el detective pensó con rapidez—. O en la entrada o en el dormitorio —Castle colgó.
Se acercó a la puerta y giró el pomo; estaba abierta. La empujó unos centímetros y escuchó dentro pero no oyó ningún sonido. ¡Oh dios mío! ¿Había llegado demasiado tarde? Abrió más la puerta y vio que la única luz provenía de la oficina. Un montón de papales yacían esparcidos por todo el suelo. Volvió su mirada al mueble de la entrada a su lado pero los cajones estaban abiertos y vacíos. No había arma. ¡Maldita sea!Castle dio un salto al oír un ruido sordo. Había venido de lejos, del otro lado del apartamento. Sin hacer ruido, cruzó la entrada, se asomó por la esquina y vio una figura alta delante de la puerta del dormitorio. No dudó un solo segundo y se dirigió hacia el pasillo, cogiendo un cuchillo largo del suelo al pasar por el lado de la cocina, y se acercó al hombre por detrás.
Sentada en el jardín de la azotea, la mente de Kate había empezado a vagar sin rumbo. Cuando miró la hora en su reloj, se dio cuenta de que era más tarde de lo que creía. Había oscurecido bastante; el sol se había puesto y ya no podía ver las páginas del libro que tenía en las manos. Se levantó de la tumbona y se acercó a la puerta que bajaba al salón, pero en el momento en que la abrió, vio una luz en la oficina y una sombra moverse, una figura alta con una pistola. Una pistola con silenciador. Beckett cerró la puerta sigilosamente y marcó el número de Castle.
—¡Rick! ¡Está aquí! —exclamó alterada—. ¡Maddox está aquí! —el móvil emitió tres pitidos en su oído—. ¿Castle? ¡CASTLE! —la pantalla del teléfono se quedó negra cuando se le agotó la batería. ¡Mierda! ¿Qué debía hacer? Su arma de reserva estaba en su dormitorio.
Kate arriesgó a echar otro vistazo al piso de abajo. Maddox no parecía saber que ella estaba en casa. Cuando Jim se había marchado, después de comer, Beckett había cerrado la puerta de entrada con llave. Y como todavía era de día cuando había subido a la azotea, todas las luces de casa estaban apagadas. Kate observó a Maddox rebuscando entre los papeles y documentos que había sobre su escritorio. La detective pensó por un momento en sus opciones. Podía bajar por la escalera de incendios y pedir ayuda. Pero no quería correr el riesgo de darle la oportunidad a Maddox de escapar. Si lo hacía bien, podría acabar con él. Y entonces todo habría acabado. No tendría que volver a temer por su vida.
Se quitó los zapatos y silenciosamente empezó a descender los escalones, pegándose lo más posible a la pared. Podía oír a Maddox revolver entre sus cosas. Beckett se agachó, escondiéndose detrás de la isla de la cocina, y cogió un cuchillo que había sobre la encimera. Cuando dio otro paso para acercarse más al pasillo que conducía al dormitorio, una sombra apareció a su izquierda en su campo visual. Kate bloqueó el golpe que le dirigían y el cuchillo salió volando de su mano. Se tiró al suelo al mismo tiempo que Maddox intentaba golpearla de nuevo. Se volvió boca arriba y le hizo una patada-tijera a las piernas del francotirador. Éste cayó de lado, golpeándose la cabeza fuertemente contra la isla de la cocina antes de caer al suelo. Kate inmediatamente agarró un taburete por las patas y le dio con él cuando su atacante empezaba a incorporarse de nuevo. Luego corrió a su dormitorio y cogió su arma de la mesita de noche. Al darse la vuelta, Kate vio aparecer la pistola de Maddox por el umbral de la puerta. Una bala impactó en la pared tras ella un instante después de que se agachara y rodara por debajo de la cama al otro lado del dormitorio, escondiéndose detrás de la cómoda. De repente, Beckett oyó un forcejeo, un gemido y algo metálico cayó al suelo y se deslizó debajo de la cama. Tan pronto como Kate reconoció el arma de Maddox en el suelo, salió de su escondite, adoptando una posición isósceles y apuntando su pistola hacia la entrada del dormitorio, sólo para encontrarse con una escena aterradora. Su corazón dio un vuelco y se paró. Maddox estaba en el umbral del dormitorio y sujetaba un cuchillo contra la garganta de Castle. Los ojos de Rick estaban muy abiertos pero Kate vio alivio en ellos, el alivio que sentió al verla con vida.
—Despacio y con cuidado, detective —dijo Maddox con extrema calma.
—Suél-ta-le —Kate puntualizó cada sílaba con los dientes apretados.
Maddox sonrió, protegido detrás de la figura alta de Castle.
—Detective, va a dejar el arma en el suelo o… —el francotirador se calló adrede para darles más sentido a sus palabras amenazadoras. Ella no se movió un centímetro, su pistola todavía apuntando al frente. Maddox movió el cuchillo un centímetro y Castle gruñó de dolor. Un hilillo de sangre corrió por su cuello. Las firmes manos de Kate sujetando el arma temblaron.
—¡No! ¡Alto! —exclamó Beckett, el pánico tomando el control—. ¡Está bien! ¡De acuerdo! —la respiración de Castle era entrecortada, su pecho subía y bajaba exageradamente—. Yo dejo el arma. Tú le sueltas —dijo ella sin poder evitar enmascarar el temblor en su voz—. No le quieres a él, sólo me quieres a mí.
—Kate, no —dijo Castle en tono ahogado.
—Ahora —ordenó Maddox.
Beckett miró a Castle a los ojos y, muy despacio, se agachó y puso la pistola en el suelo. Luego, con la misma lentitud, se levantó, manteniendo las manos en el aire y sin apartar los ojos de los dos hombres.
—Bien —dijo Maddox—. Ahora dele una patada hacia aquí.
Kate envió el arma a la pared del fondo. Y lo siguiente sucedió demasiado deprisa. Maddox deslizó el cuchillo sobre la garganta de Castle y le soltó para agacharse rápidamente a recoger la pistola.
—¡NO! —gritó Kate, lanzándose hacia Castle cuando las rodillas de éste cedían bajo su peso y se desplomaba al suelo.
Maddox pivotó y apuntó el arma a la cabeza de Beckett y un disparo resonó en la habitación. Maddox chocó contra la pared de detrás y se llevó una mano al hombro derecho.
—¡Quieto! —exclamó la voz de Ryan desde la puerta del dormitorio.
Kate volvió la vista hacia Castle. Su respiración era muy trabajosa y superficial. Sangre roja emanaba del corte en su garganta. Las manos de Beckett volaron a la herida abierta y aplicaron presión.
—Quédate conmigo, Castle —suplicó ella. Agentes de policía entraron en la habitación mientras Ryan pedía una ambulancia a través de la radio—. Te vas a poner bien, Castle. Se acabó, se acabó —Kate le aseguró entre sollozos. Sus lágrimas le empañaban la vista y le corrían por las mejillas. Un sonido gutural salió de la boca de Castle al intentar hablar—. Shhhh, no hables —murmuró con urgencia.
Kate liberó una mano para agarrar una camiseta que tenía encima de la cama y la mantuvo presionada contra la garganta del escritor. Luego llevó su mano libre a la mejilla de Castle y él la sostuvo contra su cara con dedos temblorosos. Kate podía oír el sonido de sirenas aproximarse.
—Te vas a poner bien —le susurró.
Gracias.
