Enmendar los errores requiere identificar las causas por las que se han cometido. Es esencial analizar si detrás de ellos se esconde un pasado sinuoso. Podemos arrepentirnos por haberlos hecho o volver a repetirlos, pero nunca borrarlos, porque gracias a ellos aprendemos algo nuevo. Nada justifica las faltas graves, pero que vuelvan a ocurrir no es una opción.
Poco a poco un corazón congelado comienza a derretirse. Éste es capaz de atravesar los obstáculos que se han generado en su camino, pero una persona puede ser la clave para que ocurra un verdadero cambio en él. Sólo basta una oportunidad.
Disclaimer: En general todo pertenece a Disney y a los respectivos creadores de la historia, todo aquello que reconozcan no me pertenece. Siéntanse libres de dejar una queja si el empleo de ellos no es el correcto.
Aclaraciones: Post-Frozen. Pre-Fiebre. Helsa-Hansla-Iceburns. Leve mención de Kristanna. Trato que los personajes sean lo menos OoC posible. ¡Disfruten!
Paso a paso
Capítulo 7
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Día 68
Anna miró a su hermana, se notaba que estaba concentrada en sus pensamientos desde hacía unos días y Kristoff le había dicho que Hans se encontraba en la misma situación - ella también se percató de ello-, lo que significaba que el tema inmiscuía a los dos. Aunque al parecer no era nada romántico, ya que ni su hermana o Hans se sonrojaban al estar cerca del otro, sino que actuaban con naturalidad y podía jurar que el pelirrojo lo hacía de forma cómoda y despreocupada.
Incluso cuando ella y Kristoff habían pasado por el puerto mientras él trabajaba ahí, lo habían escuchado silbar.
¡Silbar!
¡Mientras limpiaba una sucia embarcación!
Le carcomía la curiosidad desde las palabras que Pabbie compartió con ella y desde que Olaf le había confiado que Hans no le haría nada malo a su hermana.
"Ahora que lo pienso, todavía tenemos esa conversación pendiente", se dijo mientras observaba a Elsa contemplar el libro de geometría sin avanzar página.
Se levantó con intención de buscar a Olaf y a Ebba, ella también podría ofrecerle un poco de ayuda, aunque gran parte de su tiempo se encontraba en la floristería, la pequeña había demostrado ser muy buena para lo que Elsa se refería.
Quizá Olaf era la combinación de su hermana y ella, pero Ebba era la parte que su hermana ocultaba. Aquella niña que había quedado atrapada en las paredes de su habitación, aquella con preocupación extrema por los otros, con sensibilidad e inteligencia.
Y con unos extraños anhelos de contactar con la gente.
Podían decir que Ebba era su amiga, pero lo era más de las personas del pueblo. No sería de extrañar que Heidi -la dueña de la floristería- le adoptara en poco tiempo.
-¿Ya te vas? -preguntó Elsa al ver que dejaba su asiento.
-Sí, iré en busca de nuestros dos amiguitos de nieve.
La reina asintió.
Elsa respetaba la decisión de Hans de no mencionar el suceso de unos días atrás. Cuando se acercaba a la habitación se había sorprendido al escuchar unos sollozos de dolor y rápidamente había avanzado para ayudar al herido. Sin embargo, no estuvo preparada para lo que encontró aquella noche.
El pelirrojo tenía sus gruesas manos cubriendo su rostro, aunque ellas no evitaron que las lágrimas cayeran a su pantalón marrón. De forma silenciosa se había aproximado a él, titubeando antes de posar su mano en su hombro, para después sentarse a su lado y abrazarle, gesto que él había devuelto sin pensar.
Así habían permanecido largos minutos, ella acariciando su hombro y él sollozando en su cuello. La poca iluminación le permitió ver las ropas y la nota de Gerda, a la que había agradecido el día después, para saber que ella estaba feliz por el efusivo agradecimiento que el pelirrojo le había dado temprano por la mañana.
Al terminar de sollozar, Hans le había mirado con sus ojos verdes -brillantes y un poco rojos por el llanto-, para después asentir en agradecimiento por el apoyo y comenzar a doblar las ropas recibidas. Ella sólo se había levantado y acercado a la ventana para colocar el hielo. Antes de salir, Hans le había deseado una apacible noche.
Los días transcurridos lo había notado feliz y renovado, ciertamente no sonreía ampliamente, sino con una sonrisa de lado, pero era algo a lo que ya la gente estaba acostumbrada.
Volvió a la lectura de su libro de geometría e hizo unos cálculos en el papel a su lado.
Escuchó que la puerta se abrió, alzó la vista y miró a Hans, cargaba un balde con agua y se dirigía a una de las tres ventanas. Estaba silbando y ella aclaró su garganta.
Él pareció asombrarse.
-Lo siento, su Majestad, ¿le molestaría que limpie la ventana en este momento? -preguntó.
Elsa negó y le instó a avanzar.
Continuó haciendo sus anotaciones en el papel, entretenida con el sonido de los labios de Hans. Él pareció terminar y se alejó hasta llegar a la puerta.
-¿Su Majestad? -llamó.
-¿Qué ocurre, Hans?
-Lo que más me gusta es montar a caballo -dijo antes de abrir y salir.
Una sonrisa apareció en los labios de la rubia.
Esa noche, tras fingir dormir durante la estancia de Elsa en su habitación, Hans pensó de forma lenta y clara.
No estaba cumpliendo su objetivo de no cuestionar las acciones de la gente, mucho menos las propias.
Pero era lo mejor.
No hacerlo significaba huir.
Podía disfrutar la vida, ser el mismo. Cuestionar lo que se hace en la vida no es malo, es necesario, no se puede vivir a la ligera. Tarde o temprano todo lo acumulado llegará a su límite y tendrá que salir.
Sólo había que pensar detenidamente en los momentos indicados.
Toda la vida había que hacerlo, habrían equivocaciones o momentos en que se actuara por impulso, pero allí residía la maravilla de vivir.
Rió en voz alta.
Sin temor a ser escuchado y tomado como un loco.
No seguiría huyendo.
Viviría día a día, pensaría cuando lo necesitara, descubriría su propia esencia y al final…
Al final agradecería a la reina.
Aún no estaba lo suficientemente preparado para pedir perdón.
Pero lo haría.
Verdaderamente lo haría.
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Día 73
Hans estaba en las caballerizas del castillo. Acarició el hocico oscuro de Sitron y le dio una manzana. Éste la comió con gusto. Suspiró y el caballo le miró.
-No puede gustarme Elsa, Sitron. No debe gustarme. Pero ella es una gran mujer -le dijo en forma convincente.
El caballo resopló.
-Ya sé que antes dije muchas cosas negativas sobre ella, pero estaba equivocado.
Sitron relinchó.
-¿Es increíble, no? ¿Quién pensaría que estaría diciendo todo esto? -reveló el pelirrojo y rió un poco.
-Sólo llevo poco tiempo aquí y ya pienso diferente amigo. Me equivoqué con Elsa. Con todo lo que hice.
Permaneció unos momentos callado y sonrió de lado ante las palabras que diría.
-¿Te das cuenta que acabo de admitir a alguien más que estuvo mal tratar de asesinar a Elsa y de lo que hice con Anna?
Él caballo pegó su rostro a su cara.
-A mí también me alegra haberme dado cuenta.
El animal de crin blanca y negra imitó una risa.
-Sí, aún no sé qué hacer con ese descubrimiento -concluyó Hans.
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Día 75
El joven de ojos esmeralda se apoyó en una de las compuertas de los establos y miró a Sitron.
-No creo que pueda negarlo amigo, sí me gusta la reina.
El caballo resopló con diversión.
-¡Ya sé que tú lo sabías! Pero estos días la he observado y atendido, ella es pura bondad, tiene su carácter, es muy hermosa también. ¿Te he dicho que me gusta, no? Lo he aceptado. Es un paso más adelante. ¿No lo crees?
-Me recuerdas a alguien -dijo la voz de Kristoff, lo que provocó que se sorprendiera.
-¿Sabías que estaba aquí? -le dijo a Sitron y éste le miró inocente-. Traidor- susurró.
-¿A quién te recuerdo? -decidió proseguir como si el otro no hubiera escuchado nada.
-Yo entiendo a quién, ¿así que te gusta Elsa, eh? -expresó el rubio cruzando los brazos y sonriendo.
-No tengo nada que pueda darte para comprar tu silencio, rubio -dijo el joven de ojos verdes con la misma postura.
Kristoff rió fuertemente.
-No tengo necesidad de ser comprado, no seré yo quien lo diga -comentó al tiempo que se encogía de hombros.
-¿Entonces por qué hiciste de mi conocimiento que lo sabes? -contrarrestó Hans.
-Para que después no pudieras retractarte.
-¿En qué te beneficia eso?
-Digamos que me regocijaré al poder ver lo que haces para guardarlo.
-¿Quién dice que no haré nada al respecto?
-No arruinarías tu oportunidad de estar cerca de Elsa si supiera de tus sentimientos.
Hans resopló.
El rubiecito tenía razón.
Kristoff reía de camino al lugar donde sabía que se encontraba Anna -seguramente comiendo chocolates-. Abrió las altas puertas y, como esperaba, la encontró sentada en el sofá cerca de la pared, debajo de la pintura de una mujer en un columpio.
Ella quiso ocultar la prueba de su delito, pero falló estrepitosamente. Se sonrojó.
-¿De qué reías, Kristoff? -cuestionó Anna-. Espero que no de mí.
La joven cruzó sus brazos y rápidamente tomó otro chocolate, él, por su parte, caminó hasta sentarse junto a ella, que le invitó de su dulce preferido. El de ojos marrones sostuvo uno de los bocadillos entre sus dedos antes de llevárselo a la boca.
-No reía de ti, Anna -aseguró.
-Parecías muy divertido -Kristoff volvió a reír-. ¿De qué ríes ahora?
-De lo mismo -respondió el rubio-. De la misma persona, de Hans.
-¿No tendrá que ver con su aparente alegría y un suceso ocurrido en el baile de hace unas semanas, del que por cierto, no me hablaste?
El repartidor de hielo tragó saliva.
-¿Olvidé mencionártelo? -ella asintió, él rascó su cabeza-. Bueno, es que no hablamos mucho de él.
-Pero sí hemos mencionado a mi hermana, pero no estoy enojada, admito que nos concentramos en otras cosas -la más joven de la familia real de Arendelle se acercó a su pretendiente y besó sus labios castamente-. Me gustaría escuchar lo que sabes.
Le contó todo lo que era de su conocimiento, mencionando la posibilidad de que a Hans podría gustarle su hermana, pero haciéndole prometer que no diría nada a nadie. Así no faltaba a las palabras con el pelirrojo, pero no le ocultaba información importante a su enamorada.
Sabía que Anna era muy lista, especialmente cuando se proponía algo.
Ella obtendría sus propias conclusiones.
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Día 80
Para Hans, haber admitido que la reina le gustaba había sido una decisión terriblemente difícil. No todos los días aceptabas que sentías gusto por la persona que habías intentado matar.
Le recorrió un escalofrío.
Si lo hubiera hecho, quizá no hubiera estado transportando los muebles de la anciana en el pequeño espacio de su casa, ni limpiándola de pies a cabeza. Aunque increíblemente no le molestaba.
En realidad ya veía todas las actividades como una rutina, llenaban su tiempo y le permitían hacer cosas que no había hecho en su vida, sin mencionar que obtenía nuevos conocimientos que no se le habían facilitado al ser hijo de un rey. También podía observar la interacción entre las diferentes personas en el pueblo. Desde los pequeños bebés de cuerpos redonditos sonriendo a sus madres, hasta ancianos arrugaditos dándole palmadas de afecto a sus nietos.
Era algo muy diferente a observar desde lo alto de un castillo o sin flexionar la cabeza.
-¿Has visto a mi gato? -preguntó la señora Agnes.
-Me temo que no, señora -contestó sonriendo de lado.
-Ya volverá solo -dijo la anciana-. Siéntate un momento y toma una taza de té, las temperaturas están comenzando a descender, y sólo estamos en noviembre. Aunque tenemos la ventaja de conocer temperaturas muy bajas.
Él siguió las instrucciones de la mujer de cabellos blancos y sonrisa maternal. Tomó asiento en su pequeña mesa.
-¿No tiene usted nietos, Agnes? -preguntó curioso.
-Sí los tuve, pero partieron hace mucho tiempo a nuevas tierras junto con mi único hijo. Mi esposo y yo permanecimos aquí, recibiendo las cartas y el dinero que nos enviaba -llevó la taza de barro a su boca-. Murieron hace algunos años a causa de una fiebre.
-Lo siento, Agnes -posó su mano gruesa sobre la débil de ella.
-Todos tenemos nuestras pérdidas, Hans. No sólo de nuestros seres queridos, sino de diferentes tipos.
-Creo entender pero, según usted, ¿cuáles son esas pérdidas? -cuestionó el pelirrojo a la mujer humilde.
-No me enorgullezco, pero yo fui la causante que mi hijo y mi nuera se fueran de Arendelle. Mi actitud no era la mejor de todas, mi esposo me quería pero no estaba orgulloso de ellas. Yo me crié de una forma modesta, mi padre era comerciante y, aunque no éramos acaudalados, yo me sentía superior. Aun cuando me casé con un hombre humilde seguí actuando de tal manera.
Hans creyó intuir por dónde iba la historia.
-Mi hijo aprendió las buenas actitudes de mi difunto esposo y se casó con una muchachita muy pobre, pero de la que estaba completamente enamorado. Los primeros años yo la traté de mal forma, porque sentía que era muy poca cosa para mi hijo, hasta que él llegó a su límite y marcó distancia. Un mes después partió junto a sus pequeños hijos de cuatro y dos años. Comencé a extrañarle y notar que me había comportado mal.
Al pelirrojo no le costó imaginar a la mujer en esos días.
-Él seguía enviándonos correspondencia y me sentía avergonzada. Un buen día decidí escribirle y pedirle perdón, preguntándole si podría verlos. Recibí mi respuesta tres meses después, un doctor me había escrito diciendo que mi hijo había escuchado mi carta en su lecho de muerte, que él había sido el último de su familia en morir a causa de la fiebre -realizó una pausa-, quizá mi hijo esperaba poder escuchar esas palabras proviniendo de mí. Él siguió teniendo fe en mí a pesar de todos los años.
La historia conmovió a Hans. La anciana llevó nuevamente la taza a sus labios.
-Siento que no haya podido reunirse con su hijo después de todo ese tiempo, Agnes.
-Yo también, Hans. Por eso te digo que no esperes a que sea muy tarde. Me alegra mucho poder notar que tú estás cambiando, que el verano pasado sólo fue una advertencia. Imagino que con alguno de tu familia habrá ocurrido lo mismo, y que tu forma de demostrarte algo fue queriendo obtener el título de rey, pero tengo la certeza que después de Arendelle, todo será distinto.
Hans tomó un poco de té.
-Sus palabras eran las que realmente necesitaba.
-Lo sé -respondió la anciana de forma arrogante-. Aunque ser rey no es un mal anhelo.
Los dos realizaron una sonrisa de lado.
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Día 84
Elsa saludó a los ciudadanos de Arendelle, recorría las calles visitando a la gente, cerciorándose personalmente de lo que hiciera falta. De los enfermos, los lugares de venta que tenían algún problema, los barcos del puerto, de los niños -que al cruzarse con ella querían que jugaran juntos- y muchas otras cosas. La última vez que había convivido con ellos fue el día en que hizo la pista de hielo. Había estado ocupada en fechas recientes.
Pero en poco menos de treinta días comenzaría diciembre y tenían que organizar todo para las festividades de su mes favorito, en el que sentía mayor comodidad.
Al mismo tiempo que una niña se acercó a mostrarle su muñeca, pudo ver la escena que se desarrollaba a unos cuantos metros de distancia. Aunque no podía escuchar ni una palabra.
-¡Hola Hans! -saludó Ebba a su amigo pelirrojo. A la pequeña le entristecía no poder verlo como le gustaría, pero oficialmente vivía con Heidi en su casa y las únicas veces que se cruzaba con él era cuando se encontraba en el pueblo.
Anna y Elsa estuvieron contentas al saber que la amiga de Olaf tenía algo que disfrutara realmente y no se habían opuesto a que acompañara a la solitaria mujer; además de que su amigo de nieve podía visitarla todo el tiempo que quisiera, incluso ella estaba invitada a llegar al castillo para saludar a las dos hermanas, si así lo quería.
Volviendo a Hans, había veces en que lo extrañaba. Lo abrazó. La explicación estaba en que Elsa le había creado teniendo un sentimiento de empatía hacia el pelirrojo -sonreía y fantaseaba con que podía volverse algo más-.
-Hola Ebba -saludó Hans-. ¿Cómo has estado?
La pequeña se separó.
-Muy bien, gracias -respondió educada-. Heidi y yo estamos aprovechando las flores que crecen durante el otoño y nos preparamos para la temporada invernal. ¿Tú qué has hecho?
-Yo he disfrutado mi estancia en Arendelle, Ebba -él miró hacia el cielo-. Mucho ha ocurrido a mi alrededor y… en mi cabeza -explicó con derrota.
-Me da gusto oírlo, Hans. Sabía que lo harías, estoy orgullosa -le dijo.
-Creo que he escuchado esa palabra en alguna parte -Ebba se 'encogió' de hombros.
-¿Qué harás a partir de ahora, Hans? -cuestionó cruzando sus ramitas.
-Aprender a arrepentirme y a seguir adelante, Ebba -se notaba que decirlo suponía un gran esfuerzo.
-¿Con Elsa? -él rió en voz baja y negó.
-No lo creo Ebba, primero necesito hacer arreglos conmigo, aunque sí debo pedirle perdón a su Majestad y su Alteza.
-Pero si te gusta Elsa, ¿por qué no harás nada? -el pelirrojo le miró sorprendido y ella sonrió de forma dulce-. Estoy seguro que puedes mostrarle la parte agradable de ti, Hans. Yo sé cómo piensa, si no quieres decirle que te gusta, podrías empezar con ser su amigo y enseñarle las grandes cosas de la vida que ha perdido.
-¡Hans! -exclamó Olaf llegando al lugar donde estaban.
-¡Olaf! -saludó Ebba y ambos se abrazaron. Olaf miró al pelirrojo interrogante, que por primera vez asintió.
El muñeco de nieve alzó su cabeza con emoción y abrazó al pelirrojo, Ebba aplaudió alegre.
-Seguiré los consejos de los dos -les dijo Hans separándose. Olaf lo miró unos segundos y pareció entender a qué se refería, porque sonrió al igual que Ebba-. Pero no hoy.
Sus sonrisas decayeron.
Hans sonrió de lado y soltó una carcajada con burla.
-Quizá en unos cuantos días -comunicó antes de alejarse.
Ebba y Olaf se dirigieron una sonrisa antes de encaminarse a la floristería, cantando.
Elsa sonreía a unos metros de distancia, a pesar de no haber escuchado la conversación.
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Día 90
-¡Oh Sven! ¡Ya casi es diciembre! ¡Eso significa que habrá más hielo! -le dijo Kristoff al reno, que alegre asintió.
Caminaron hacia el Valle de la Roca Viviente empujándose uno al otro.
-Debo de pensar qué regalarle a Anna en Navidad -expresó el rubio después de pensarlo unos instantes.
-¡Un regalo! -empezó una voz y Kristoff suspiró.
-¿Regalo? -cuestionó otra.
-¡Regalo! -exclamaron dos más.
-¡Regalo! -gritaron otras voces.
-¡Regalo! -corearon todos.
Comenzaron a surgir las conocidas rocas que en realidad eran trolls.
-¡Hola a todos! -saludó Kristoff desviando la atención del tema principal.
-¿No tienes idea del regalo que le darás a la chica? -preguntó Pabbie, Kristoff se sentó en el pasto y negó.
-Después de tener a su hermana con ella, dudo que le guste cualquier cosa que yo pueda darle. Además es una princesa -resopló al terminar.
-Estoy seguro que ella apreciara lo que sea que le entregues -dijo Bulda y caminó hasta palmear sus mejillas.
-¿Qué pasa si no le gusta? -preguntó el joven de ojos marrones en voz alta.
-El mejor regalo que puedes darle de tu parte proviene de tu corazón Kristoff -argumentó Pabbie-. Pero si quieres entregarle algo que ella atesore, puedes expresárselo.
¡Ahí iba otro acertijo!
-¿Expresárselo? -preguntó de forma curiosa.
-Si no quieres casarte todavía, puedes hacerle una canción -le dijo Cliff.
Los trolls comenzaron a cantar alrededor de él.
No cantaría, pero podía escribírselo, nunca le había dicho -de la forma indicada- lo que sentía.
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Día 94
-¡Necesito ideas de lo que puedo regalarle a Kristoff en Navidad! -exclamó Anna a Olaf y Elsa mientras se encontraban en el salón, la reina leía un libro en compañía de su pequeño amigo.
-¡Podrías regalarle una sombrilla de playa! -aconsejó Olaf y Elsa rió a su lado.
-Pero sólo podría usarla en verano, Olaf -dijo la rubia entre risas.
-¡No sé qué darle! -repitió Anna y refunfuñando dejó de dar vueltas en el salón, para ocupar un lugar en uno de los sofás, después tomó uno de los pequeños emparedados de jamón de la bandeja en la mesa y lo masticó hasta tragar-. Ya le di un trineo y no sé qué más podría agradarle.
-Tú más que nadie lo conoces, Anna -aconsejó la reina.
-Es que a él le gusta el hielo y trabajar arduamente con él, pero durante nueve meses el hielo se derrite -determinó con brazos cruzados.
Hans entró a la habitación en ese instante.
-Lo siento por interrumpir, creo que volveré en otro momento -dijo y realizó una reverencia.
-¡Espera! -llamó Anna, aunque era extraño pedirle a su 'ex prometido' que le diera consejo sobre qué darle al chico que la pretendía. ¿Pero era hombre, no?
-Desea algo, su Alteza -cuestionó.
-¿Tienes alguna idea de lo que podría darle a Kristoff? -preguntó para desconcierto del otro, que alzó la comisura derecha de su labio.
-¿El cristal no es muy parecido al hielo? -interrogó y Anna asintió-. Ulrik, en el pueblo, trabaja con cristales, podría pedirle ayuda.
Hans comenzó a salir.
-¡Gracias! -exclamó Anna.
-No se preocupe, su Alteza.
-Ahora Anna pasará la mayor parte de su tiempo en el pueblo, Hans -le dijo Elsa al pelirrojo cuando éste volvió a entrar al salón durante el atardecer-. Seguramente Olaf estará fascinado y le hará compañía.
-Lo siento si eso provoca que se quede sola aquí, su Majestad -se disculpó Hans.
-No te preocupes, te lo agradezco, así yo misma podré concentrarme en lo que les daré. ¿Participarás en las celebraciones que se harán en esas fechas aquí en Arendelle?, ¿o te gustaría pasarlas con tus familiares?
-¿Me daría la oportunidad de ir a las Islas del Sur, su Majestad? -preguntó Hans mientras sacudía las estatuillas en el salón.
-Esta temporada es para pasarla en familia, con la gente que queremos, aquí es el primer año en que podremos disfrutar de forma alegre después de mucho tiempo. ¿Te gustaría ir a casa, Hans?
Él pareció pensarlo unos momentos y negó.
-Creo que aún no estoy preparado para ir, supongo que les escribiré algo -dijo encogiéndose de hombros.
-¿Entonces participarás en las celebraciones de este lugar? -cuestionó la reina nuevamente.
-¿Seré aceptado, su Majestad?
Ella rió.
-Si no te han expulsado hasta ahora, sé que estarás bien.
-Entonces participaré en lo que sea que hagan.
-Creo que debes reforzar tus músculos, porque es costumbre que los hombres vayan en busca de los pinos, el del castillo será enorme y creo que habrá más de un habitante que pida tu ayuda para buscar los suyos.
-¿Debería saltar de alegría? -cuestionó Hans con gracia, tocando su hombro.
-No me molestaré si no lo haces, pero sería algo digno de ver -le dijo la reina con el mismo tono.
El pelirrojo le compartió una sonrisa realmente sincera.
Era la primera.
¡Hola, hola!
¿Cómo están?
Tuve que releer el capítulo para saber en qué parte voy actualizando, después de hacerlo dije aaaahhh, admito que lo que he escrito va un poquito adelantadito. Recapítulo desde el comienzo, no quise continuar la escena con que terminó el anterior (del que por cierto quedé sorprendida al saber que les provocó sentimientos encontrados) porque no hubo palabras intercambiadas, hay veces en las que, cuando comenzamos a darnos cuenta de las cosas, el silencio y un hombro donde apoyarse es el mejor consuelo, no sé si tendrán alguna idea distinta, estoy abierta a sus opiniones. ¿Qué más? Sí, esas reflexiones de Hans le han llevado a admitir que le gusta, para mi decepción y la de ustedes, no pasó mucho a partir de esa revelación. Y llegó el abrazo de Olaf (yupi), no quise hacerlo más sentimental que con mi pequeña Ebba, pero es el avance de Hans y me pareció que lo dejaría a cómo es el -la forma en que se entiende que casi al final de Frozen-. Bueno, hay un poquito de todo en el capítulo, espero que les haya interesado siquiera un poquitín.
Hay veces en las que me pregunto qué pasó por mi cabeza para hacer la historia a partir de los días jajajjajja... pero hacerlo así es como plasmar la vida real, hay días que son taaan monótonos y otros en los que pasan cosas interesantes. Bueno, dejaré de divagar... les iba a dejar unos díitas más antes de subir el capítulo, pero he concluido una semana de exámenes y tres días de conferencia sobre el cerebro que mi mente quiere despeje.
Ya saben, cualquier duda, comentario, aclaración, reclamación, crítica, etc, etc, hasta el pequeño iconito que me haga sonreír, son verdaderamente aceptados en el recuadrito de abajo. Sólo escuchen a la vocecita interna que les dice que no soy profesional ni nada por el estilo, sino una simple estudiante que pasa mucho tiempo -que podría ser de calidad- en FF XD
Un saludo, un beso, y un abrazo de Olaf,
HoeLittleDuck
PD: En este capítulo ya di la justificación del porqué mi muñequita no aparece en la escena de Fiebre (no es como si en ese momento la tuviera planeada XD).
PD2: [Después de algunas horas] Me he dado cuenta que es a partir de este capítulo que los días parecen avanzar mucho más rápido, espero sea entendible]
