Amigos

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El pequeño jamás pensó despertarse tan temprano, menos en un día vacacional. Por lo usual no solía madrugar, pero la situación en la que había estado viviendo los últimos días lo requería.

No quería ver a nadie de su familia, no consideraba necesario hacerlo. Además, internamente no estaba preparado para ver a quienes representaban su vida diaria pues sabía que iba a compararlos con las personas que había conocido en sus viajes y, sinceramente, no quería entristecerse.

No era que sus padres no le quisieran, sinceramente quería creer que si lo hacían. Pero no sentía que era "amor" sino… más bien un aprecio por el hecho de ser su hijo.

Tenía un hogar, y se suponía que debería ser un lugar al cual querer regresar pero, después de su segundo viaje, eso había cambiado. Se había alegrado de volver y ver que al menos se habían preocupado por él.

Su madre incluso le había abrazado, y se sintió querido por un momento, pero se daba cuenta en cada viaje que hacia que sentía más amor por parte de los que conocía allí que por quienes se suponía que eran los que siempre debían quererle.

Claro, al menos le tenían aprecio hasta que finalmente se rebeló. Desde ese instante parecía que todo aquel pequeño cariño había desaparecido.

Pensaba en eso mientras se encaminaba al parque, saliendo silenciosamente de su casa y guardando la llave de repuesto en un bolsillo de su pantalón.

Miró ambos objetos que había obtenido en sus travesías temporales, los cuales constaba de un conejo amarronado y el sombrero del que prácticamente no se despegaba y llevaba en su cabeza.

Pese a sus intentos, se le empañaron sus orbes castaños. Todo lo que había tenido hasta aquel momento era Shi-chan, un pequeño oso de peluche que su abuelo le había regalado en su última visita, hacia un año. El único que había demostrado tenerle más que aprecio por él, como todos los demás.

Nunca había sido de pedir muchas cosas, aunque las quisiera. Por ello, el que le regalaran algo era muy especial para él, acostumbrado a no recibir nada.

De hecho, en su cumpleaños número cuatro sus propios padres se habían olvidado de que día era. El quinto pasó igual, pero Tsuna no se lo recordó.

En su inocencia, tenía la ilusión de que se acordaran ellos mismos. Claro que fue muy ingenuo en ambas, pero eso no era suficiente para hacerle desilusionar.

Soñaba con que algún día le celebrarían una fiesta como la que…

Sus pensamientos se vieron interrumpidos al chocar contra algo duro y alto.

Alzó su pequeña cabeza castaña para encontrarse con el rostro de un chico con malas pulgas, evidentemente despertado a fuerza, que medía unos veinte centímetros más que él.

Le conocía, pero no era precisamente su amigo. Aquel era uno de sus agresores habituales, no sabía ni su nombre, pero le reconocía al ser quien más cruel era con él, y no solo en el aspecto físico, sino también en el moral.

Retrocedió un par de pasos, aterrado, y se aferró al conejo de peluche.

—Yo… —las lágrimas ya salían de sus orbes castaños.

De entre todos los momentos…

—Renacuajo, has aparecido en el mejor momento —crujió sus dedos con una sonrisa, haciendo temblar al niño—. Tenía ganas de descargame con alguien.

No, se dijo Tsuna, no quería, no deseaba ser golpeado.

Su mismo pensamiento le sorprendió.

Había llegado a un punto el que ya se había acostumbrado a los golpes y a los insultos, a que le dijeran que no servía para nada y le hirieran todo el cuerpo.

Pese al dolor que aquello pudiera causarle, no conocía otra vida, ese era su destino.

Todos se habían puesto en su contra, toda su existencia había sido de esa manera, por lo menos lo que recordaba.

Por ello, era habitual en su día a día que algún matón de barrio le usara como saco de entrenamiento, y no solía quejarse.

Ya ni siquiera intentaba suplicar o llorar, simplemente se abandonaba a sí mismo hasta que el dolor de las heridas reapareciera y le recordaba cuán inútil era por no poder cambiar su ya escrito destino.

Sin embargo, todo cambió en aquellos días. Ni en sus mejores sueños hubiera imaginado que podría conocer gente que podía llegar a apreciarlo, a protegerlo y a cuidarlo.

Había personas que le querían, que podían quererle por como era, con su torpeza incluida, y no le hacian daño. Jugaban con él, le sonreían y le daban regalos.

Había descubierto que sí existía otra forma de vida, que podía cambiar su rutina, que su destino podía ser reescrito y que no servía solo para ser golpeado. Que las personas podían verle por lo que realmente era:

Un niño.

Por primera vez veía una salida, un sueño alcanzable e iba a hacer lo que fuera por conseguirlo.

No supo como lo hizo, ni desde cuándo era tan veloz moviéndose, pero esquivó el primer golpe por los pelos, agachándose a tiempo para que el puño del mayor pasara por encima del negro sombrero que llevaba puesto.

Sabía que estaría sorprendido por el esquive. En otras circunstancias, hubiera dejado que el golpe impactara contra su rostro, sucedido de muchos más en todo su cuerpo hasta que acabase lleno de heridas, e incluso sangre.

En otras circustancias se hubiera abandonado y aceptado la paliza, para luego lamerse sus heridas y aguantar su dolor como mejor podía. Se levantaría a duras penas y trataría de curarse —ya podría denominarse médico de tanta autocura— lo más rápido posible para que no dejara marca.

Pero esas no eran otras circunstancias. Quería llegar ileso y bien al laboratorio de Verde, quería llegar a su única felicidad en aquella vida y nadie se lo impediría.

Por ello, aprovechando el momento de confusión, corrió.

Lo más rápido que podía, levantándose cuando caía debido a su torpeza, sin importarle los rasguños que ardían en sus rodillas. Sin mirar atrás pero sabiendo que era perseguido por su atacante, seguramente furioso por haber esquivado su golpe.

Estaba cansado, dolorido, hambriento pero eso no hizo que disminuyera la velocidad. Ya veía el parque, contemplaba el acceso al espacio subterráneo donde su persecutor no podía alcanzarle.

«Solo un poco más»

Apretó el pequeño conejo marrón, recordando por qué corría, huía de lo que siempre había conocido.

«Debo correr más rápido»

Obligó a sus piernas a acelerar, acortando la infinita distancia entre él y la cúpula azul.

«Más rápido»

No llegaba, lo veía a lo lejos pero parecía estar a kilómetros. Aumentó más la velicudad, sintiendo una molestia en su abdomen, el cual ignoró.

«¡Más rápido!»

Escuchaba cada vez más cerca los pasos de su agresor. Recordemos que un paso del castaño eran cinco del mayor, cosa que al niño no le favorecía.

«¡Tengo que llegar!»

Se encontraba a tres pasos de la cúpula azulada, ya casi la rozaba con sus dedos, cuando sintió un tirón desde atrás. Alguien le había agarrado de la camiseta y le había tirado al suelo, haciéndole caer de espaldas.

—Tratando de huir, que tierno —burló el mayor, sonriendo maléficamente—. Te hubiera dolido menos si te hubieras dejado golpear como siempre, renacuajo —le recordó—. ¿O es que en verdad pensabas que podías escapar?

Sí, lo había pensado. Lo había soñado, se había visto a salvo por primera vez, había visualizado su primer escape y se dejó llevar por la emoción.

Se deslizó hacia atrás en la arena, intentando en vano mantener más distancia, viendo la entrada a su salvación siendo opacada por su agresor.

Casi. Casi había llegado, le había faltado poco. Estaba cerca, pero no llegaría.

No podía esquivar los golpes, lo de antes le había salido por pura suerte y él no contaba con tanta.

—Mira, renacuajo, te voy a recordar lo aue pareces haber olvidado —le levantó de la camiseta, Tsuna aún no despegaba su mirada de la cúpula azul. Sabía esas palabras, se le habían grabado en su mente de tanta repetición—. Nadie te quiso, nadie te quiere, y nadie te querrá porque eres un inútil y débil renacuajo.

Le tiró con fuerza a la arena, su sombrero cayéndose de su cabeza en el proceso. Apretó con fuerza el conejo amarronado entre sus brazos, con tristeza y rabia consigo mismo.

Porque aquellas palabras habían sido ciertas en un pasado, se las había creído por completo. Por eso, a sus cinco cortos años, no esperaba nada de amor en su vida.

Pero había cambiado. Sí había alguien que le quería, personas que le apreciaban y por tanto se había dado cuenta de que eso no era verdad, y no iba a volver a serlo.

Nunca, nunca más.

Quizá fue esa certeza la que le hizo recoger el negro sombrero y ponérselo nuevamente, levantándose lentamente del suelo con la cabeza agachada, ante la mirada sorprendida de su agresor.

—¡Eso no es cierto! —encaró al mayor con decisión, sus orbes brillantes, quizá por las lágrimas, quizá por la decisión en sus palabras—. ¡Hay gente que me quiere! ¡Y volveré con ellos! ¡No me lo vas a impedir! —el agresor retrocedió un paso, asombrado por el aura determinante del chiquillo.

Un brillo anaranjado pasó fugazmente por sus ojos castaños, tan rápido que de haber pestañeado no se hubiera detectado.

—¿Y que… vas a hacer? ¿Vencerme? —cuestionó tratando de parecer amenazante, sin evitar un leve tartamudeo debido al repentino cambio del niño.

—No puedo vencerte —admitió sin dudarlo—. Pero puedo correr —en un instante, estaba dentro de la cúpula azul y gritó con todas sus fuerzas, pidiéndole a Verde que le dejara entrar.

En el laboratorio, el arcobaleno se sobresaltó por la petición del niño tan repentina. Sin embargo, pulsó el botón con rapidez, dejando acceder al castaño.

No tuvo que pedir explicaciones cuando vio a través de las cámaras instaladas en el interior del juego a un chico unos siete años mayor que Tsuna buscándole ahí sin éxito.

Sabía que el chico era bastante dado a que le maltrataran, pero no al punto en el que empezaran desde las ocho de la mañana.

—¿Estás bien? —cuestionó, acercándose al castaño, quien mantenía su cabeza agachada y estaba sentado en el piso.

—No siempre será así… ¿verdad? —su mirada color almendra conectó con la del científico, y este pudo ver que las lágrimas se escapaban por su dulce rostro—. Porque sí tengo amigos, tú eres mi amigo… ¿verdad?

Verde le miró sorprendido, pero no fue capaz de negárselo. No podía decirle que no ante aquellas lágrimas y aquella ilusión en esos ojos, era incapaz, nadie podía ser tan insensible.

—Soy tu amigo, pero no llores —respondió el científico, pensando cuánto podría haber pasado aquel chiquillo con solo cinco años.

El pequeño lo abrazó con fuerza ante sus palabras, y no fue capaz de quejarse. Se dejó hacer mientras le daba unas pequeñas palmaditas en la espalda, maldiciendo el no tener su cuerpo para corresponderle mejor.

—Gracias, gracias —agradeció fervientemente, sonriendo sin soltarle.

Era la primera vez que le decían "soy tu amigo". No podía evitar emocionarse, sabiendo que ya no estaba solo.

Tenía a Verde, a Fon, a todos los que había conocido en sus viajes, a todos los que conocería.

No estaba solo, ya no.

Soltó al arcobaleno, dedicándole la más radiantes de las sonrisas mientras se secaba sus lágrimas.

—Me explicarás esto más tarde —dijo el científico—. Ahora supongo que querrás viajar.

El castaño asintió, recogiendo a su conejito —que había soltado al abrazar a Verde— mientras se incorporaba.

Se encaminaron al tubo transparente, en el cual Tsuna se metió sin vacilar mientras el de cabello verdoso se sentaba frente a su ordenador.

—Podría intentar enviarte a una época que hayas visitado, pero no está del todo completo —había hecho ciertas mejoras, pero nada era seguro en los viajes espacio-temporales—. ¿Estás de acuerdo?

—No me pasará nada, lo sé —mientras nada le dijera lo contrario, estaría bien.

—Bien, pues aquí vamos —empezó a teclear, y la pantalla mostró los datos del castaño. Oara su sorpresa, el sello del niño estaba ligeramente roto. Si se podría hablar de ello como un objeto, diría que tenía una brecha—. Qué extraño… luego lo investigaré.

—¿Pasa algo malo? —cuestionó Tsuna, habiendo oído el murmullo.

—Nada importante por el momento —respondió, y siguió tecleando. El castaño ya sentía como su cabello era absorbido—. Está bien, estarás doce horas y veinte minutos, lo que equivaldría a hoy por la noche.

Asintió, estando de acuerdo con ello, aunque algo entristecido desde ya por no quedarse por más tiempo.

Verde tecleó los últimos códigos y el niño finalmente desapareció, embarcándose en otro viaje temporal donde conocería a más personas.

Donde seguramente podría conocer a más amigos.

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Salut~.

Bieeen, antes de que me queráis matar. En mi defensa diré que la conti será rápida debido a que ya sé exactamente cuál será el viaje y cómo será, asi que tranquilidaaad XD.

No se exactamente por que escribi un cap asi, no sé, me salió del kokoro.

Respondiendo~

Yi-chan, p-pues mil graches ./. Soy una humilde escritora y me alegra ver que a la gente le guste. Y bueno… no me mates por dios XD.

Jagerin-chan, oh, pues… no seeeee. Ni idea, la verdad. Me alegra que te guste tanto y espero que me sigas leyendo =D

PD: ¿puedo llamarte Ja-chan?

Fi-chan… espera abajo que se lo digo a todos. XD. Tranqui, los comentarios nunca me hartan =D. Y GRACHE. NECESITO CONSUELO.

1397L, tu y Fiz-chan os habeis aliado o algooo XD. No se, esto es conspiracion ya XD. Lo mismo, espera abajo XD. Y grache por leer =D.

PD: ¿puedo llamarte L-chan?

Kurai-chan… MENUDA LISTA HIJA DE MI VIDA. TU SABES LA DE IDEAS QUE LE HAS DADO A ESTA LOCA DE AMIGA QUE TENGO. MI VIDA SOCIAL AL TRASTE.

Espera abajo y verás XD.

Serenity-princess, wooow, una nueva lectora (o fantasma, da lo mismo) XD. No la adores por dios te lo pido. Jejeje, ese niño es supr mega hiper mono adorable achuchable y kawaii valeee. Y bueno, intento hacerlo lo mejor posible. ¡Y una fan! ¡Vaya! ¡Grache!

PD: ¿puedo decirte Se-chan?

VictoriaChacin618 Jejejeje, si, es un amor please. Y si sera mas largo XD.

Sil-chan, grache, me alegro que te guste. Y TARTIIIITAAAAA.

AHORA.

A ver, aprecio vuestras ideas. En serio. Pero... NO SE SI SABEIS QUE MI AMIGUITA LO LEE Y ME OBLIGA A HACERLO. Y ESTO SERA ETERNO COMO SIGAMOS ASI EH.

Igualmente os quiero demasiado, no puedo odiaros pese a que fomenteis mi tortura.

¿Y quién pensais que será el próximo? 😏 A ver si acertais.

Bien~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~