Perdón por la hora pero tuve un examen y llegue corriendo a editar el cap de hoy espero les guste :)

Disfruten...


Capítulo 7

Problemas

De los fenómenos meteorológicos que Kurt conocía, era, sin duda, la nieve la que más le atraía, con los copos descendiendo a cámara lenta desde las plúmbeas nubes, a merced del viento que desviaba la dirección de millones de ellos en un baile aéreo para pintar el paisaje de luz. A veces, en medio de esa danza, resonaba en su interior un vals vienés y entonces la visión se convertía en un placentero espectáculo.

Esa noche de viernes el aire soplaba recio. Los pequeños copos se mecían a ritmo de vals bajo las luces brillantes de la ciudad. Pero en su mente no sonaba ninguna melodía, sino que continuaba ocupado en preocupaciones y recuerdos.

No acostumbraba a llegar tarde a casa, pero por segundo día consecutivo, Rachel y el tuvieron trabajo en el almacén. El nuevo proveedor tenía unos diseños espectaculares y ambos se emocionaron demasiado al hacer el primer pedido. Lo comprobaron al desempaquetar y acomodar las piezas, que les llevó más de un día. Sin embargo, estaban tranquilos porque sabían que un género como ese tendría buena acogida entre su clientela.

Mientras caminaba por las calles, las notas de su paraguas fueron difuminándose bajo una fina y esponjosa capa blanca.

Cruzó el puente y descendió la escalera de caracol. Continuaba por la acera que la conducía a casa cuando algo llamó su atención y le hizo levantar el paraguas para otear al frente. Eran las inconfundibles luces azules de un coche de la policía, y calculó que estaban a la altura de su vivienda.

Las fuerzas le flaquearon al presentir una desgracia y aun así pudo acelerar el paso. Pensó en la adorable viejecita que vivía en su misma planta, puerta con puerta. Pensó en los cuatro niños pequeños que enredaban en el piso de arriba las mañanas de los días festivos. Todo lo pensó, menos lo que percibió cuando todavía le quedaban unos metros para llegar. Dos policías tenían inmovilizado a un sujeto de ropa oscura y gorro de lana.

El mismo corazón que a veces no se encontraba se aceleró hasta dejarlo sin aliento. Sabía quién era ese hombre. Lo supo sin necesidad de verle el rostro y antes de distinguir su cazadora negra. Él apoyaba las manos en la pared, junto a su portal, mientras uno de los agentes le cacheaba y el otro le gritaba que no se moviera.

Le llegó el inconfundible tono de su voz. Le escuchó decir algo sobre que se habían equivocado. Pero lo que consiguió fue despertar la furia del policía, que con una mano enguantada en cuero empujó sobre su cabeza para aplastarla contra la pared. Blaine tuvo el reflejo de volverse a un lado para evitar el golpe en pleno rostro. En ese momento Kurt se detuvo a unos pasos de él y se encontró mirándole a los ojos. No le pareció que estuviera asustado, tal vez porque nadie podía estar más asustado de lo que él estaba. Él lo miraba con desprecio, con rencor. Pensó que solo un animal podía mantener esa actitud desafiante aun sabiéndose perdido.

Se arrimó al edificio y cerró el paraguas. Un pequeño charquito de agua y nieve se formó junto a sus botas marrones.

— ¿Qué ocurre? —preguntó a los agentes con la mayor tranquilidad que pudo fingir.

—Nada que le concierna, joven —indicó al tiempo que alcanzaba las esposas que colgaban de su cinto—. Haga el favor de no detenerse.

El policía ordenó a Blaine que pusiera las manos en la espalda. Él obedeció con lentitud, sin apartar los ojos del rostro aturdido de Kurt pero los cerró al notar el frío metal cercándole las muñecas. No era la primera vez. Sabía lo que venía a continuación: encierro, soledad, desesperanza. Volvió a abrirlos para enfrentarse por última vez a él. Pensó que la había fastidiado, que su sed de venganza tendría que seguir esperando hasta que recuperara la libertad tras cumplir la totalidad de su condena.

Kurt ojeó a su derecha, hacia el portal. No podía subir a casa dejándolo allí. No importaba qué intención había tenido al acechar esa noche su casa. No podía abandonarlo. Al volver a mirarle le pareció ver en sus ojos una sonrisa cínica. Tampoco eso le hizo cambiar de opinión, pero se preguntó si él rechazaría su ayuda en un momento como aquel.

—Sí que me concierne, agente —dijo con aplomo—. Este hombre había quedado conmigo aquí, junto a mi casa, y yo me he retrasado un poco.

Ninguno de los policías mostró sorpresa. El que cacheaba siguió con su minucioso examen, palpando sobre las piernas centímetro a centímetro.

—Debe de estar equivocado joven —opinó el que inmovilizaba a Blaine—. Échele un vistazo.

Le arrancó sin miramientos el gorro, que llevaba hundido hasta las cejas. Con la misma rapidez con que la lana desaparecía de su cabeza, volvió a golpearle contra la pared para que no se moviera.

Kurt dio un respingo al sentir el dolor en su propia sien. Contempló de nuevo sus ojos. No le sorprendió que continuaran desafiantes, glaciales. Agarró su mochila, que llevaba cruzada, y lo colocó sobre su pecho. Ni siquiera él supo si lo hizo por necesidad de interponer algo entre su cuerpo y la frialdad de Blaine o porque necesitaba abrazarse a cualquier cosa.

—Estoy seguro, agente —insistió—. ¿Qué ha hecho para que le detengan?

No le respondió. Lo miró con atención, como si tratara de buscar parecidos con alguna descripción.

— ¿Cómo se llama usted? —preguntó el policía arrugando el ceño.

—Kurt Hummel. —El que se ocupaba del cacheo se detuvo al escucharlo—. Hasta hace unos años fui agente de la Brigada Especial de Investigación de Estupefacientes, en la Policía Nacional —comentó buscando un poco de afinidad que pudiera concederle alguna ventaja—. No entiendo qué ha podido hacer este hombre mientras me esperaba.

—Debe de haber algún error. Estamos aquí para protegerlo a usted de un tipo de sus características —dijo señalando a Blaine—. Tenemos información de que es peligroso y lo acecha.

Kurt pensó en Sebastian. Se le encendió la sangre al comprender que su primera sospecha había sido cierta. Los agentes no habían interceptado a Blaine porque pasaran por allí durante una de sus rondas y les hubiera parecido sospechoso. De algún modo, el comisario había conseguido que el cuerpo de policía le pusiera vigilancia.

Blaine apretó los dientes para llamarse «estúpido, estúpido, estúpido». Sabía que el comisario no bromeaba cuando le dijo que cuidaría sus pasos. Pero él era un estúpido, se repitió, al que se le nublaba la razón ante cualquier cosa que afectara a Kurt. Por eso había pasado más de cuatro años en prisión. Por eso estaba ahora esposado contra una pared. Por eso le obligarían a sobrevivir de nuevo entre muros.

Alguien les ha dado mal la información —perseveró. No había perdido aún la esperanza de convencerlos—. Nadie duda que los jóvenes estén necesitando su ayuda, pero no es mi caso. A mí nadie me acecha.

— ¿Está seguro de que no tiene problemas con este tipo?

—Por supuesto. Y si no le sueltan se encontrarán con un par de denuncias. La suya y la mía.

El policía permaneció quieto unos segundos. Después hizo una señal a su compañero para que vigilara los movimientos del sospechoso mientras él se acercaba al coche patrulla. Descendió a la calzada y se detuvo a medio camino, colocó las manos sobre las caderas y miró hacia los lados, dudando. Por fin entró en el vehículo y se comunicó por radio con la central.

Blaine continuó inmóvil, como si la mano del agente siguiera presionándole. Le bastaba con observar el rostro de el para saber cómo iban las cosas, y de momento solo veía preocupación. Estaba sorprendido por esa actitud. No entendía por qué estaba mintiendo para defenderle, por qué estaba contradiciendo las órdenes del comisario. De pronto asimiló algo que le había escuchado hacía un momento: la confirmación de que ya no era policía.

« ¡Déjalo marchar!», escuchó decir a su espalda. No pudo ver el alivio en el rostro de Kurt, porque él mismo cerró los ojos al sentir el suyo. Para él, pensar en volver a la cárcel era pensar en la muerte. Lo escuchó dar las gracias a los agentes mientras sus manos quedaban en libertad. No se movió. Se frotó las muñecas sin grilletes hasta que escuchó alejarse al coche patrulla.

—No se van a ir —comentó Kurt en voz baja—. No han terminado de creerme y están confundidos. Antes de abandonar la zona van a asegurarse de que todo va bien.

— ¿Ahora eres adivino? —exclamó con rudeza. Se volvió para contemplar cómo se perdían en la distancia las luces traseras del coche. Se sorprendió al verlos detenerse junto a la acera, a dos manzanas.

—Si te vas ahora volverán a detenerte —insistió al tiempo que sacaba las llaves de su mochila.

Se acercó a la puerta y trató de introducir una de ellas en la cerradura. Le temblaban las manos. Quiso fingir tranquilidad, pero no pudo. La ranura había encogido desde la mañana. Volvió a intentarlo una vez y otra. No se atrevió a levantar la vista para comprobar si Blaine seguía allí. « ¡Tranquilízate por Dios!», se dijo antes de hacer un nuevo intento.

Se quedó sin aire en los pulmones cuando Blaine le arrebató las llaves sin ninguna contemplación y abrió con limpieza. Sus dedos, hasta entonces ateridos de frío, reaccionaron al contacto encendiéndose cual ramas al calor del fuego.

Blaine, incómodo por el involuntario roce, retrocedió para dejarlo pasar. Fue tras él y se detuvo cuando lo vio ascender los dos escalones que llevaban al ascensor.

—Disfrutas cuando mientes.

Kurt se volvió despacio, sin poder creer lo que acababa de escuchar.

— ¿Cómo dices? —preguntó notando cómo le nacía la furia.

—Que disfrutas mintiendo, manipulando. —Dio dos pasos más—. Solo así se entiende el numerito que has montado ahí fuera.

— ¿Numerito? ¡Te acabo de librar de la cárcel! —Exclamó abriendo los ojos de par en par—. ¿O no entiendes lo sencillo que es quebrantar el tercer grado?

— ¿Acaso he pedido tu ayuda? —Avanzó otro paso. Los dos escalones dejaron sus rostros a alturas distintas—. ¿Acaso he pedido tu lástima? —Kurt se abrazó con fuerza a su mochila y retrocedió de espaldas, asustado por el fuego que despedían sus ojos—. ¿Qué es esto, poli? —preguntó con una sonrisa satisfecha—. Me tienes miedo y aun así me has incitado a entrar aquí, contigo.

—No te atreverás a hacerme daño —musitó sin apartar la mirada—. La policía sabe que estás aquí. No eres tan estúpido.

— ¿Hasta qué punto estás seguro de eso? —Se mofó, y ascendió los peldaños por la satisfacción de verlo temblar.

—He mentido por ti, pero te lo advierto —dijo alejándose hasta que su espalda tropezó con el ascensor—: Como vuelva a verte por esta calle o me abordes en cualquier otro lugar, yo mismo avisaré a la policía. Todavía no sé qué hacías vigilando mi casa ni qué quieres de mí.

—De nuevo preguntas qué quiero de ti, pero lo sabes. —Se adelantó hasta llegar a su lado y susurró pegado a el—: Estoy seguro de que lo sabes.

— ¡Lárgate! —ordenó con toda la entereza que pudo mostrar.

Blaine no se apartó. Durante unos segundos gozó de su desconcierto.

—Volveremos a vernos —prometió esbozando media sonrisa misteriosa. Después le dio la espalda y descendió hacia la salida.

Otro temor, distinto al que había sentido hacía un instante, llenó el corazón de Kurt de pequeños alfileres que no le dejaban respirar.

Con el alma encogida en su cuerpo tembloroso, observó el paso altivo con el que cruzó la carretera y alcanzó los jardines. No quería perderle de vista. Temía que de un momento a otro apareciera el coche patrulla y todo volviera a comenzar. Dudaba que pudiera serle de alguna ayuda si le aprendían de nuevo. Cuando salió de su campo de visión apagó la luz del portal para no ser visto desde el exterior, descendió los escalones y se acercó al cristal de la puerta. Nevaba con suavidad. Blaine caminaba junto a la barandilla. Se había puesto el gorro de lana. Llevaba la cabeza baja, los hombros hundidos, las manos en los bolsillos de la cazadora. Nunca le había visto andar así, como si vagara. No pudo contener las lágrimas al pensar que así era él cuando estaba solo, cuando creía que nadie le veía. Eso era en lo que la cárcel y él le habían convertido.


La casa estaba a oscuras, y la habitación de Jeff, cerrada. Blaine no se había dado prisa en llegar; sin embargo, ahora necesitaba hablar con su amigo. Le apremiaba sincerarse, contarle la estupidez que había cometido esa noche. Pero eso lo pensaba cuando el silencio de la casa le devolvía al presente y a todo lo que Jeff estaba haciendo por él. Hasta ese momento había estado bebiendo de recuerdos hasta que se sintió ebrio de nostalgias y amarguras.

Había salido. Cuando se alejó lo suficiente para que él no le viera, se detuvo junto a la barandilla metálica pintada en blanco. Fumó un cigarro mientras contemplaba cómo desaparecían los pequeños copos al tomar contacto con las aguas oscuras del rio. No había hallado la fuerza que le provocaba odiarlo y había estado a punto de perder su libertad por verlo; solo por verlo. Mientras expulsaba el humo que se mezclaba con la nieve en su caída pensó en todas las locuras que había hecho por acercarse a él. Y las seguía haciendo. Primero fueron por amor, ahora por simple y puro rencor.

Llegó a preguntarse qué daría porque ese hombre desapareciera de la faz de la tierra. Nada, se había respondido. No concebía un mundo sin él. No imaginaba en qué volcaría su rabia y su frustración. No. Estaba seguro de que Kurt existía porque él seguía estando allí recordándole su obligación de saldar cuentas.

Había consumido un cigarro tras otro utilizando las minúsculas colillas para encender el siguiente hasta acabar con todos; había recibido la nieve sobre su gorro, sus hombros y su espalda hasta sentir la humedad en sus huesos; había recordado sus apasionados encuentros del pasado con él hasta que con un crujido se le rompió el corazón. Ahora estaba en casa, parado ante la puerta de la habitación de Jeff bajo la que se apreciaba una delgada línea de luz.

Rebufó antes de golpear la madera con suavidad. La voz de su amigo le indicó que pasara. Antes de hacerlo soltó de una sola vez el aliento y se frotó las manos sobre la dura tela de los vaqueros.

Lo encontró en la cama, recostado sobre dos almohadones y el cabecero. Leía una de sus novelas de misterio.

— ¿Qué tal te ha ido? —Colocó el punto de libro y dejó la novela.

—Hay algo que... —Blaine se frotó la nuca a la vez que tragaba—. Hay algo que tengo que contarte.

Se sentó sobre el colchón, a los pies de la cama. Tres segundos después se levantó y caminó hasta la ventana. Sin detenerse se acercó a la cabecera retorciendo los dedos de una mano sobre los de la otra.

— ¿Quieres parar? —pidió Jeff, que comenzó a preocuparse—. No puede ser tan grave eso que vas a contarme.

— ¡No, claro! —exclamó Blaine con una sonrisa nerviosa—. No es nada malo. Es... —Se friccionó de nuevo la nuca, agarrotada por la tensión—. ¡El coche! —dijo de pronto—. Es el dichoso coche, que no arranca cuando hace tanto frío como hoy.

—Me habías asustado —rio aliviado—. Con lo que te han cobrado por él, lo raro es que arranque alguna vez —señaló con guasa.

—Lo sé —confesó Blaine sentándose de nuevo en el borde de la cama.

Comentó la posibilidad de proteger el motor con cartones mientras continuaran los fríos glaciales. Así no tendría más sorpresas. Jeff bromeó con que tenían un Ferrari que dormía al raso. La risa acabó cuando Blaine indicó que tenía algo más que contarle. Jeff se quedó inmóvil. Conocía aquella mirada fija. Intuía que algo no iba bien.

—No fastidies, hermano —dijo frunciendo el ceño.

—Lo he visto. Lo he visto en su casa.

— ¿Y qué demonios quiere decir eso? —Bramó arrojando el libro sobre la mesilla—. ¿Que lo has visto por casualidad? ¿Que lo has visto de lejos?

—Que he estado con él, hablando.

— ¿Y me lo dices así, tan tranquilo, después de que llevamos una hora diciendo estupideces? —Reprochó con rabia—. ¿Era más importante decirme que el puto coche no arranca cuando te jodes de frío?

—Hay más —dijo Blaine sin perder la calma. Jeff abrió con desmesura los ojos, incrédulo—. Al parecer le han puesto protección. Vi pasar un coche patrulla muy despacio. Me oculté, pero volvieron en un par de minutos. Me dieron el alto, me pusieron las esposas y...

— ¡No lo puedo creer! ¿Le han puesto protección por ti, para protegerlo de ti?

—... Y él llegó —continuó contando Blaine como si no le hubiera oído—. Me vio allí y salió en mi defensa.

— ¡Maldita sea! ¿No quedó bastante claro que no volverías a verlo? ¿Dónde te has dejado el sentido común? —preguntó furioso—. Soy testigo de que eres un chico listo. Es más difícil sobrevivir en la cárcel que aquí fuera. No sé antes, pero desde que te conocí siempre supiste qué hacer, qué decir, cómo pasar desapercibido, cómo parar los pies a quienes intentaron joderte. ¿Tengo que creer que el comisario tiene razón y en el fondo eres un puto suicida?

—Necesitaba verlo —dijo con sinceridad—. ¿Has odiado alguna vez a alguien?

—A mi padre —respondió sin saber adónde conducía esa pregunta—. Es un cabrón egoísta y exigente. Por eso le evito y voy a ver a mi madre cuando sé que él no está.

—Entonces sabes que el odio te mantiene despierto, vivo —comenzó a explicarse—. El odio no te deja hundirte. El odio es, en sí mismo, un poderoso motivo para vivir. Hoy yo no tenía un buen día. —Apoyó los antebrazos en las rodillas y bajó la cabeza—. Necesitaba recordar qué hago aquí en lugar de hacerlo Cooper. Cuando lo veo y lo odio, me odio menos a mí mismo y casi me siento bien. —Cogió aire sin demasiada energía—. Solo pretendía verlo de lejos.

Jeff sintió lástima al apreciar sus hombros hundidos y la mirada clavada en la alfombra. Apartó los almohadones y se tumbó para dirigir la suya al techo.

—El odio te sirvió en la cárcel, pero ahora deberías tratar de olvidarlo porque aquí no te hace falta. Cuando él te visitó...

—No le dije lo que debía —interrumpió—. Acababa de ver morir a mi hermano, de perder mi libertad, de perderlo a él... Dijo que me quería. —Alzó la cabeza y emitió una risa amarga—. ¿Puedes creerlo? Que me quería y que no sabía lo que iba a ocurrir aquella tarde. ¡Cómo podía pensar él que iba a dejar que me explicara nada! El amor no se explica, se da —dijo con rabia—. Se da aun cuando no sepas si te van a devolver algo a cambio. —Se frotó el rostro con las manos para recordarse que estaba aquí, ahora. Algunos recuerdos dolían como si no hubiera pasado el tiempo—. Grité pidiendo que me sacaran de allí después de decirle que estaba muerto para mí. Pero nunca lo ha estado —reconoció por primera vez—. No ha pasado ni un día sin que piense en él. Es una obsesión que no desaparecerá hasta que me haya vengado.

— ¿De verdad no piensas desistir de eso? —preguntó con preocupación.

—Nunca. —La negativa surgió como un gruñido fiero—. No descansaré hasta habérselo hecho pagar como el miserable cabrón egoísta que es. Y lo haré en cuanto pueda disponer de la coca.

—Está bien, pero al menos mantente alejado de el —trató de convencerle—. No querrás que te jodan por la estupidez de acecharlo, ¿no? Además, piensa que si comienzan a vigilar su casa no podrás hacer nada contra él.

—No volveré a verlo. Aunque mi vida esté llena de putos malos días como el de ayer, no volveré a acercarme a el —sentenció al recordar el modo en que trató de mortificarlo amenazándolo con que se encontrarían de nuevo.


—Quiero que le investigues, pero de modo extraoficial —ordenó el comisario al agente Clarington, un novato que desde el primer momento le había inspirado confianza—. No existen motivos para hacerlo de otro modo; para la justicia está limpio. Lo que hizo lo está pagando de acuerdo con lo que marca la ley.

— ¿Quiere que le siga con discreción?

— ¡No! No, no. —Reforzó su negativa alzando la mano. Temía provocar un serio enfado en Kurt si volvía a descubrirle. Ya solo confiaba en su propia cautela—. Pero busca en su pasado y entre la gente que le rodea. Quiero saberlo todo. No creo que aquel fuera su primer y único delito.

— ¿Por qué, señor? Si tiene alguna sospecha podemos empezar por ahí.

—No tengo nada. Simplemente, no me cuadra que le pilláramos con un kilo de cocaína y esa fuera su primera vez —opinó rozando con los dedos su eterna incipiente barba. Ese sonido áspero le ayudaba a pensar—. Nadie comienza tan fuerte. Ha cometido más delitos que no conocemos, estoy seguro. Si los averiguamos, tendremos su pasado. Con solo tirar del hilo nos conducirá a su presente sin necesidad de ponerle vigilancia.

«No voy a volver a discutir con Kurt por él», se juró cuando tras terminar de dar instrucciones se quedó a solas. «No me arriesgaré a perderlo por ese cretino, pero tampoco dejaré que lo dañe.»

No había razonado con tanta tranquilidad cuando le comunicaron lo que había ocurrido la noche anterior. Entonces había estallado en cólera dando un manotazo a los informes que tenía sobre la mesa y arrojándolos al suelo. Ya tenían al condenado Blaine. Solo restaba notificar que estaba acechando al policía que le metió entre rejas, le habrían rebajado al segundo grado y el problema habría dejado de existir. Pero lo que más le dolía era la actitud de Kurt. Había mentido por salvar a ese malnacido. Y había mentido porque aún le amaba.

Por unos momentos se le había nublado la razón. La desesperación le hizo pensar en soluciones drásticas y poco profesionales, pero al final había prevalecido el sentido común. Kurt no le olvidaría mientras no se convenciera de que había sido y seguía siendo un delincuente. En el fondo, pensó, lo que estaba ocurriendo no era del todo malo. Le había confirmado sus sospechas de que a pesar de los años transcurridos el seguía queriendo a ese tipo, y además le daba la ocasión de solucionarlo. Abrirle los ojos. Debía abrirle los ojos a lo que aquel personaje era, y hacerlo antes de que saliera herido.

Entretanto aguardaría, pensó al tiempo que se frotaba las sienes con los dedos. Aguardaría confiando en que el susto que la policía le había dado esa noche le mantuviera alejado. El problema estaba en que le iba a costar morderse las ganas de intervenir de un modo directo, contundente y definitivo.

La impotencia le hizo estrellar el puño contra la mesa.

Necesitaba que al menos esto le saliera bien, ya que la resolución del asunto más importante de su carrera continuaba resistiéndosele: Schue, el narcotraficante que llevaba años siendo su pesadilla. Que hubiera salido limpio, también de la última redada, era la mayor frustración profesional que había tenido en mucho tiempo. Sospechaba que alguien le había pasado la información, cosa no demasiado difícil, dada la cantidad de amigos influyentes que tenía.


Sebastian no se sorprendió cuando, unas horas después, vio entrar a Kurt. Lo que sí le extrañó fue la calma con la que lo hizo y la desgana con la que se sentó frente a él. Se quedó quieto, mirándole a los ojos. Y ese reclamo silencioso le tocó más hondo que cualquier grito colérico.

—Lo siento —musitó apenado—. Creí que hacía lo mejor para ti. Sospechaba que no iba a abandonar en su empeño, y debes reconocer que acerté.

—Te pedí que le dejaras en paz —dijo mostrando decepción.

—Y lo hice. No le vigilaban a él, sino a ti. Si no hubiera merodeado por tu casa nadie le habría molestado —aseguró colocando la mano sobre su corazón como si jurara sobre la Biblia—. Busqué el modo de cumplir mi palabra y protegerte al mismo tiempo.

—Esto podía haber terminado con su libertad, y lo sabes —insistió a pesar de creer en su palabra—. No tenemos ningún derecho a destrozar la vida que seguramente le está costando retomar.

—Él es responsable de sus actos igual que tú y yo lo somos de los nuestros. —Apoyó los codos en la mesa y cerró una mano sobre la otra—. Sabe que tiene que ser un buen chico si quiere seguir en libertad. Cuando ayer decidió acecharte, solo Dios sabe con qué perversa intención, lo hizo conociendo los riesgos. Si aun así se expone no culpes a nadie más que a él.

—No quiero discutir esto contigo —declaró dirigiendo la vista hacia las carpetas amarillas que se amontonaban en un extremo del escritorio.

—Yo tampoco quiero discutir contigo. No lo hacíamos desde... —apretó los párpados y comprimió los puños hasta que sus nudillos blanquearon—. ¿Por qué tiene que ser siempre él el motivo de nuestras discusiones? Ese hombre solo nos ha traído problemas. ¡Mándalo al infierno de una vez!

— ¡Ya lo hice! —Gritó clavando los dedos en la correa de su mochila—. Lo hicimos —corrigió sin abrir apenas la boca—. Le robamos su vida entera y le encerramos en el infierno.

—Eso es lo que en un estado de derecho le ocurre a la gente como él. —Abrió dos carpetas y las colocó frente a el—. Deja de culparte por haber cumplido con tu deber y protégete de él.

Kurt apartó la vista. No podía contemplar fichas policiales con las fotos de frente y de perfil, sin pensar en Blaine y en todo cuanto tuvo que pasar, comenzando por la humillante sesión fotográfica.

—No se trata de eso. Me culpo porque le amaba y aun así le mentí. Me culpo porque le debía una fidelidad que no le entregué.

— ¿Qué le debías a alguien que juraba amarte y te ocultó que era un delincuente? Fue él quien intentó jugar contigo.

—Él nunca jugó con mi vida; yo sí jugué con la suya. —Los ojos se le llenaron de lágrimas que se negó a derramar—. ¡Y deja de vigilarle! —Exigió con brusquedad—. Ahora es un ciudadano como los demás.

— ¡Ya, claro! Como la otra vez, ¿no? —ironizó—. Entonces también asegurabas que era un hombre con una vida normal, que nos habíamos equivocado con él, ¿recuerdas?

—Esta vez es distinto.

—Según tú, aquella vez también era distinto. —Se frotó la inedia barba, pensativo y dolido—. Fue nuestra primera desavenencia.

¿Has olvidado tu empeño en convencerme de que no era nuestro hombre?

No, no lo había olvidado. Lo recordaba. Le recordaba a él, furioso, haciéndole repetir, como a un niño de escuela y para que por sí mismo comprendiera que no había errores, la información que le habían facilitado al comienzo de la investigación.

—Entonces te pregunté qué era lo que no encajaba —continuó diciendo Sebastian—. «Nada», me reconociste. «Todo concuerda.» Así que te ordené que siguieras con tu trabajo. No imaginas lo que me costó hablarte como tu superior. —Lo miró con una mezcla de amor y pena—. Nunca lo había hecho y nunca pensé que lo haría. Pero veía lo que te estaba pasando con ese tipo.

—No actuaba como un delincuente —insistió sin fuerzas.

—Pero lo era —sentenció—. Y mucho más de lo que suponíamos. Creíamos seguir a un simple camello, y te juro que pensé que de todos cuantos manteníamos vigilados en aquella operación él sería el último en conducirnos a Schue. Y ya lo viste. Nos encontramos con la sorpresa de que también él traficaba.

—Te repito que ahora es distinto. Y si no lo es me da igual —dijo como última defensa—. Quiero que dejes de vigilarnos a él y a mí.

—Ya lo he hecho. Tomé esa decisión antes de que llegaras. Pero me gustaría saber qué haremos si se te vuelve a acercar.

—Soy un hombre adulto. —Se levantó y se quedó un instante frente a la mesa, ocultando el temor que en realidad le inspiraba Blaine—. Sé cuidarme solo.

Caminó hacia la salida, con paso digno. Cuando alcanzó la puerta sintió en su espalda el roce del cuerpo de Sebastian y vio su mano posarse en la madera.

—Por favor —suplicó él. Miraba su cabello sin atreverse a tocarlo—. No te vayas así. Estoy intentando hacer las cosas como tú quieres. Te juro que lo estoy intentando. Soy culpable de querer protegerte. Es... —soltó una risa nerviosa—, es un vicio del que no consigo deshacerme.

Él se volvió con gesto impaciente.

—Resultaría agradable si no me cuidaras con tanto celo —censuró, pero se dejó llevar por la lástima al verle preocupado—. Puedes tranquilizarte. Sigue en pie lo que te prometí. Te llamaré en cuanto crea que necesito ayuda. Pero si vuelves a causarle algún problema, yo...

—No lo haré —susurró consciente al fin de que no tenía más remedio que mantenerse apartado—. Pero tampoco bajaré la guardia. No confío en él. Nunca lo hice.

—Lo sé. Me quedó bastante claro entonces. —Hizo un gesto para que le permitiera salir—. Pero dejemos el pasado donde está. Ahora te ruego que no te extralimites con él.

Sebastian apartó el brazo y retrocedió sin ganas, inspirando el ligero aroma a azahar.

—Tú mandas —musitó justo antes de que se girara y comenzara a alejarse. Lo contempló lamentando que se fuera con ese aire de tristeza y sin añadir ninguna palabra cariñosa.


Espero les halla gustado... :)

Gabriela Cruz Si lo se ... no estoy segura cuando pero ya no falta mucho para que Blaine deje de mencionar a Nick y Klaine comience.. :)

Elbereth3 Los flashbacks son lo mejor que que hay de Klaine al menos hasta que vuelvan a estar juntos... espero que hallas descansado :)

Candy Criss Si claro, Sebastian esta celoso de Blaine y sabe que aun lo ama y lo dice en este cap, espero te halla gustado


Bien me despido espero les guste y pues espero sus reviews :3

P.D Alguien de aquí leyó Bring Me To Life? Alguien dígame que si y compartamos el desastre emocional que tengo D: fue hermoso el final y a la vez quiero mas..

Ok ya me voy que tengan una linda semana :3


Lena :)