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CUANDO LLUEVEN ESTRELLAS
CAPÍTULO 8
Pareció que el sol nunca despertó a la mañana siguiente. El cielo estaba oscuro, con colores grises tomando tonos negruzcos, y un vendaval que –aunque soplaba con fuerza– no lograba ahuyentar las inmensas y deprimentes nubes que se aglutinaban sobre todo el lugar. Las temperaturas eran bajas y, por si fuera poco, la lluvia parecía ser un diluvio.
Era el agua lo más incómodo de todo, pues en algunos sectores de Iwatobi las lluvias torrenciales provocaban algunas molestias. La casa de los Nanase era un ejemplo, pues afuera, las escaleras de piedra que llegaban hasta el santuario Misagozaki resultaban transformarse en un inoportuno torrente que bajaba hasta el descanso de la casa de los Tachibana, y luego tomaba la curva junto a aquella casa que alguna vez fue de la señora Tamura, pero que a su fallecimiento ahora pertenecía a sus adultos hijos.
Y no era como si a Haruka le molestara la lluvia. Al contrario, le fascinaba sentir el agua cayendo en su piel, escuchar el sonido de los golpes en su tejado y percibir el olor de la tierra húmeda que desprendía su jardín. Le encantaba realmente. Sin embargo, el caudal que se formaba en las escaleras era realmente un problema, porque Sakura había caído a través de los peldaños al menos un par de ocasiones. Y no es que el pelirrojo le desobedeciera y se pusiera a jugar en el agua, sino que accidentalmente pisaba las diminutas piedras que venían escondidas en el torrente, perdiendo así el equilibrio y cayendo sentado en los peldaños. Afortunadamente, no eran golpes muy fuertes los que había sufrido el pequeño aunque, claro, Sakura era exagerado y solía llorar por todo.
—Baja con cuidado —dijo Haruka cogiendo la mano de su hijo, mientras daban el primer paso hacia los escalones. En su otra mano sostenía el paraguas que cubría a ambos.
El niño asintió en silencio, bajando la mirada hasta sus pies. Llevaba botas impermeables ese día, con algunos dibujos infantiles adornándolas; eran especiales para los días de tormenta. El agua que bajaba desde los escalones superiores golpeaba sus talones y creaba surcos que se extendían por los alrededores de sus botas, para luego caer como una pequeña cascada desde un escalón a otro. Junto al sonido del líquido cayendo con rapidez, le acompañaba el que emanaba de los suaves golpecitos que daban sus botas al pisar el agua. Era un sonido que le agradaba y que le traía buenos recuerdos de las veces que saltaba sobre los charcos, o cuando correteaba junto a sus amigos e, incluso, de las caminatas que había dado junto a Rin.
Sí, porque a ese llamativo pelirrojo sólo lo veía durante los días de lluvia. Y era curioso porque, el día en que salió un radiante sol, ninguno de los dos pudo acudir al usual encuentro. Lo bueno de eso fue que les había hecho entender a ambos que, por alguna extraña razón, se echaban de menos y deseaban volver a verse. Eso había significado una gran alegría para el niño; saber que Rin también pensaba en él era algo grandioso.
Sonrió contento al recordar a Rin. Ese hombre era genial, era alto, era pelirrojo, sabía nadar, era sorprendente, era alguien digno de imitar. A Sakura realmente le fascinaba, le hacía sentir importante y, de alguna forma, amado por un cariño similar al que le entregaba Haruka, lo cual al mismo tiempo le llamaba la atención y le confundía.
Posicionó su pequeño pie izquierdo en un nuevo peldaño y luego, por inercia, movió el derecho para avanzar al siguiente. Sólo cuando sintió la fuerza de gravedad halando su cuerpo fue que se dio cuenta que había perdido el equilibrio y que estaba a punto de caer sobre los peldaños. Cerró los azules ojos con fuerza esperando el golpe contra la roca pulida, mas el impacto nunca llegó; su brazo había sido sujetado con firmeza por una de las manos de Haruka.
—Sakura, ¿estás bien? —preguntó el mayor dándole una mirada llena de preocupación a su hijo.
—Estoy bien —dijo el niño, ahora con los ojos bien abiertos.
Haruka descendió la mirada hacia el suelo para observarlo atentamente. No había piedras en el peldaño que pudieran ocasionar –tal y como otras veces– la pérdida del equilibrio y posterior caída de Sakura. La culpa, esta vez, había sido del pelirrojo y su poca atención al momento de bajar las escaleras.
—Fíjate bien dónde vas a pisar —le dijo Haruka con seriedad.
—Lo siento, sólo estaba pensando —se disculpó el menor. Sujetó firmemente la mano del pelinegro para continuar bajando los escalones, esta vez poniendo atención dónde colocaba sus pies.
—Eso es inusual en ti. Durante los días de lluvia, siempre estás muy animado saltando de un lugar a otro. ¿Sucede algo esta vez? —preguntó observándole con atención.
—Uhm… No sé… —respondió el pelirrojo con indecisión, manteniendo la mirada en los peldaños que iba descendiendo— Tengo un amigo… Pero me siento extraño, porque quiero estar con él todo el tiempo…
—¿Aiko?
—No, es un amigo nuevo. Lo conocí hace poco y es realmente genial. Pero él no es como mis demás amigos.
—¿A qué te refieres?
—Es que él… Mmm… No sé… Es diferente a todos…
Sakura guardó silencio, confundido y complicado con sus propias palabras. Y cómo no iba a estarlo, si ni siquiera sabía qué es lo que realmente quería decir. El porqué de su meditación se debía a Rin, eso estaba claro, pero la razón por la cual el menor estaba tan abstraído no se podía explicar con las palabras que se hallaban en su escaso –aunque creciente– vocabulario. Tampoco era que sus pensamientos fueran muy complejos, Sakura sólo era consciente que su corazón tenía cierta atracción hacia Rin, casi de la misma forma que la tenía hacia Haruka.
—¿Está mal si a ése amigo comienzo a quererlo mucho, tanto como te quiero yo a ti? —preguntó Sakura con el ceño ligeramente arrugado en una expresión que reflejaba lo intranquilo que se sentía.
El pelinegro abrió sus ojos con cierta sorpresa. Esta era la primera vez que oía ese tipo de comentario de parte de Sakura, siendo una reflexión sobre sus propios sentimientos y, de alguna forma, cuestionándose también éstos mismos.
—No está mal, siempre y cuando ése amigo tuyo sea una buena persona —respondió Haruka con tranquilidad—. De todas formas, ¿por qué has comenzado a quererlo tanto?
—No lo sé. Supongo que es porque él se parece a mí y, además, es genial —respondió hundiéndose de hombros—. Ayer me abrazó y me sentí muy bien, quería que ese momento fuera para siempre. Pero, ahora todo es extraño, porque yo también quiero volver a abrazarlo y ni siquiera sé por qué. ¿Eso es algo malo? —preguntó una vez más, confundido.
—No pasa nada, Saku. Sólo debes ser sincero contigo mismo —respondió serenamente—. Si quieres abrazarlo, simplemente hazlo. Ya sabes lo que siempre te he dicho: no te resistas a tus sentimientos, acepta la presencia de ellos dentro de tu corazón —finalizó esbozando una pequeña sonrisa, mientras los ojos de su hijo comenzaban a brillar con fuerza.
—Lo sé. No resistirse… Aceptar su presencia… ¡Es porque los sentimientos son como el agua! —exclamó maravillado, al mismo tiempo que extendía la mano que tenía libre para recoger un poco de lluvia entre sus dedos.
—Lo son. Por eso debes tratar de que sean lo más claros y puros posibles. A nadie le gusta el agua turbia y oscura.
Sakura afirmó lentamente mientras veía las gotas caer y acumularse sobre su pequeña palma. En seguida, se volteó hacia su padre que caminaba a su lado, y le observó con grandes ojos.
—Pero, ahora que lo pienso… Si son como el agua, entonces, ¿mis sentimientos y mi corazón son de color azul? —preguntó ansioso.
—¿Quién sabe? —agregó Haruka esta vez divertido ante la pregunta— Un corazón del más cristalino azul o del más intenso carmesí.
—¡O una mezcla de ambos! —exclamó con rapidez, cerrando sus ojos y enseñando una gran sonrisa— Así es más lindo, ¿no?
—Claro que sí, hijo —Haruka le habló con dulzura, acariciando con su dedo pulgar el torso de la pequeña mano. Observó el tierno semblante del rostro del pelirrojo. Ni siquiera la tormenta podría opacar la bella sonrisa de su precioso bebé.
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Rin alzó ambos brazos, colocando los codos sobre la mesa. Con ambas manos, se sujetó la cabeza con firmeza mientras exhalaba un profundo suspiro.
La exquisita calidez de un pequeño cuerpo y el suave aroma de una fragancia infantil. La sensación de las diminutas manos aferrándose a su pecho y de la respiración entrecortada golpeando delicadamente su cuello. El sonido de los frágiles sollozos mezclándose con la llovizna. Pero, sobre todo, la profunda e intensa emoción de tenerlo entre sus brazos, de consolarlo y reconfortarlo hasta que el llanto hubiese cesado.
A pesar de las horas y de la distancia que ahora les separaba, le presencia de Sakura aún se hallaba impregnada en Rin. Por más que intentara prestar atención a las palabras de su madre frente a él, su mente insistía en retornar a aquel momento que pareció ser eterno. De forma inconsciente, sus pensamientos comenzaban a divagar y le hacían trasladarse al instante en que tuvo al pequeño niño entre sus brazos, a ése instante en que parecía que su propio cuerpo se fundiría con el de aquel infante.
Rin movió su cabeza bruscamente de un lado a otro, en un intento fallido por alejar esos pensamientos y recuperar la compostura ante la mujer que le observaba con curiosidad desde el otro lado de la mesa. Su platillo estaba intacto desde hacía un buen rato y la comida se estaba volviendo fría. Cogió la cubertería con lentitud y, sintiendo sobre sí la mirada de su madre, procedió a comer un poco del almuerzo.
—Rin, ¿qué sucede? —habló la pelirroja con cierta vacilación en su voz. Conocía muy bien la inestabilidad de su hijo, sabía que tenía cambios de ánimo repentinos, por lo que a menudo procuraba tener cuidado con sus palabras.
—No es nada, mamá —respondió un poco inquieto, bajando la mirada hasta su platillo como una forma de escapar de la visión de quien le observaba.
—Si hay algo en que pueda ayudarte, no dudes en pedírmelo.
Esta vez Rin no respondió, sólo asintió en silencio con lentitud. Cuando su madre dejó de mirarle, el pelirrojo soltó un suspiro disimuladamente, sintiéndose aliviado al no tener que dar explicaciones. ¿Cómo se suponía que confesaría que su ensimismamiento se debía, única y exclusivamente, a la imagen de un niño que, por más que se esforzara, no lograba sacar de su cabeza? Y no era sólo eso, sino que su propio corazón latía más fuerte al acordarse de él, junto con esos intensos deseos de querer volver a tenerlo en sus brazos.
—¿Pero qué diablos me está pasando? —se preguntó a sí mismo en voz baja, aunque no lo suficientemente despacio como para no ser oído.
—Hijo… —llamó la pelirroja, observándole con una notable expresión de preocupación en su rostro.
Rin no podía engañarla, era su madre, había cosas que ella podía ver y entender con sólo percibir la presencia de su hijo. Suspiró con pesadez, confundido.
—Conocí a una persona y… siento algunas cosas, pero… —se detuvo nuevamente, complicado consigo mismo. Rascó su cabeza un momento— No debería tener esta clase confusión por alguien a quien acabo de conocer.
El rostro de preocupación de la mujer cambió a uno de alivio.
—¿Qué hay de malo en ello? —sonrió dulcemente— Es bueno conocer personas. Tal vez tu corazón te está pidiendo rehacer tu vida…
—Oye, ¿qué estás insinuando? —preguntó con recelo— Eso no puede ser posible.
—¿Por qué no? —preguntó curiosa.
—Porque estoy hablando de un niño —respondió trayendo involuntariamente a su mente la imagen de Sakura persiguiéndole con una de sus sonrisas. No se dio cuenta que el semblante de su madre cambiaba esta vez a uno de curiosidad.
—¿Quién es ese niño?
—No tengo idea. Él sólo apareció un día y no ha dejado de seguirme —Suspiró con resignación, sin poder batallar contra el calor que crecía en su pecho al hablar sobre aquel pequeño—. Él es… uhm… lindo… Sus ojos azules siempre brillan y su sonrisa nunca se apaga. Excepto ayer, que ha sido la única vez que lo he visto llorar; me sentí muy bien al consolarlo y hacerlo sonreír otra vez —Sumido en sus recuerdos, pronto soltó una pequeña risita de diversión sin notar la mirada sorprendida de su progenitora—. También es bastante agotador, ¿sabes? Pasa hablando todo el tiempo y a veces dice cosas sin sentido. Pero, al mismo tiempo, es adorable, lleva todo el tiempo un gorro amarillo que lo extiende hasta la altura de sus ojos, se ve muy gracioso y… Oye, mamá, ¿estás bien?
Los ojos de la pelirroja destellaban como pequeños cristales ante la humedad que emanaba de ellos. Pequeñas y finas lágrimas que se habían asomado con emoción, pero que no caían por sus mejillas, sino que sólo bailaban de un lado a otro bajo sus resplandecientes iris.
—Estoy bien, estoy bien —dijo ella, sonriendo a la vez que se le escapaban suaves risitas de diversión—. Es sólo que estoy muy feliz.
—¿Ah? —Rin alzó una ceja, sintiéndose bastante confundido ante tal reacción.
—Dime, ¿desde hace cuánto has estado viendo a ese niño?
—No lo sé… Dos semanas, creo —respondió inseguro. Sentía que habían pasado muchos días desde que Sakura apareció en su camino.
—¿Y realmente aún no sabes cómo se llama?
—Eso es lo más absurdo, porque hemos estado juntos muchas veces mientras estoy esperando a Gou en el hospital, pero nunca nos hemos presentado —Nuevamente, una sucesión de recuerdos de sí mismo reuniéndose con el pequeño comenzaron a llegar a su mente. Sonrió tiernamente—. Él no tiene miedo de andar sólo por las calles, ni tampoco le importa quedar empapado con la lluvia. Sólo llega a mí con su gorro amarillo y su bella sonrisa. Es como una pequeña estrella fugaz que aparece todos los días.
Rin detuvo sus palabras en el momento que tomó consciencia de que se había dejado llevar, y de que ahora su madre le escuchaba fascinada. Chasqueó la lengua con fastidio y bajó la mirada hasta su platillo, pretendiendo seguir con su comida.
—Ni siquiera sé por qué te cuento todas estas cosas. Esto es tan ridículo…
—No es ridículo. Es porque lo amas —agregó ella con una pequeña sonrisa.
—¡¿Ah?! —exclamó con rapidez, sonrojándose escandalosamente— ¡Claro que no! Es un niño, mamá, ¡un niño!
—Hay muchas formas de amar, no te confundas. El sentimiento que se tiene hacia una pareja puede ser igual de intenso que el tenido hacia un hermano o hacia un amigo. Aunque el amor que sienten los padres hacia sus hijos es siempre el más fuerte que todos —finalizó guiñándole un ojo.
—No sé qué es lo que estás intentando decir, pero ese niño no es mi amigo ni mucho menos —dijo ahora malhumorado mientras desviaba la mirada hacia un lado. Tomó un sorbo del vaso de agua. Segundos después, miró a su madre por el rabillo del ojo—. Tus palabras son muy extrañas… —agregó con desconfianza.
—No entiendes las indirectas.
—No me gustan las indirectas. Ve al punto.
—Bien. Entonces, hablemos de Haruka-kun.
Rin se sobresaltó de inmediato. Sólo con escuchar aquel nombre, su mente se bloqueaba y no podía pensar con claridad.
—¿Por qué siempre quieres hablarme de él? —preguntó con rapidez, con su corazón repentinamente agitado— Haru es parte de mi pasado —sentenció agobiado. Tomó un rápido sorbo de agua para despejar su garganta, y volvió a colocar con fuerza el vaso de vuelta sobre la mesa, derramando en el acto algunas gotas de aquel líquido.
—¿Ves? Cuando soy directa, no quieres escuchar —reprochó con resignación.
—Lo que pasó entre Haru y yo ha quedado en el olvido. No insistas, por favor —dijo estoicamente, mientras se levantaba de su asiento.
Mientras su hijo se alejaba del lugar, ella levantó una mano hasta apoyar el codo sobre la mesa, y recargó en seguida su mejilla en la concavidad de su palma.
—El peor ciego es aquel que no quiere ver… —murmuró con cierta pesadumbre, viendo cómo el contenido del vaso de Rin aún no dejaba de girar. Era un agua transparente pero increíblemente arremolinada en ese pequeño recipiente.
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Un fuerte vendaval sacudió las hojas de los arbustos perennes y el ramaje de aquellos que ya se encontraban secos. Se elevaron algunas gotas del agua acumulada sobre la tierra y se mezclaron con aquellas que venían en caída libre desde las nubes, cayendo sobre la construcción de ladrillos en un costado del jardín, ahí junto a la reja que separaba la zona de la piscina. Era una edificación pequeña y desgastada, de casi veinte años; la habían construido los alumnos de sexto grado de una de las tantas generaciones pasadas. En algún momento, los ladrillos tuvieron dibujos y mensajes que transmitían sentimientos sinceros que prometían un brillante verano. Lamentablemente, muchas de las inocentes ilusiones fueron desapareciendo y los abrumadores inviernos terminaron por borrar todo rastro que pudiese quedar de los escritos.
Sin embargo, había algo que aún seguía en el mismo lugar de siempre, aquel viejo árbol de cerezos cuyas ramas se hallaban completamente vacías y cansadas de azotarse entre ellas y de crujir a causa del viento. El árbol había visto pasar incontables estaciones, había admirado el cambio en el semblante de los rostros infantiles en crecimiento, había sido testigo de palabras y sonrisas honestas que prometían escenarios nunca antes vistos. Ahora, era un árbol muy anciano, estaba llegando al límite de su vida y los encargados del mantenimiento del jardín ya estaban pensando en reemplazarlo por un cerezo más joven. Era todo parte de un ciclo.
—El cerezo apenas puede resistir a la tormenta. Es tan viejito… —comentó Sakura soltando un suave suspiro, apoyado en el marco de la ventana de su salón. Tenía su frente descansando sobre el vidrio, con sus cabellos rojizos algo húmedos y pegados al cristal producto del vaho que lo empañaba.
—Qué lástima que lo arrancarán para esta primavera. Él morirá cuando todos los demás estén floreciendo —exclamó Sora con tristeza, sentada a un costado del pelirrojo.
—Pero yo creo que morirá feliz, porque le acompañarán muchos buenos pensamientos —agregó Aiko con una sonrisa, sentado del otro costado de su amigo.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Sakura.
—Mi mamá lo dijo. Ella estudió aquí hace muchos años, así que sabe muy bien que todos aman a ese cerezo. Cuando el árbol muera, su espíritu se irá al cielo en paz porque habrá hecho feliz a muchos niños —explicó con tranquilidad, mientras los ojos del pelirrojo se abrían con sorpresa e ilusión.
—Si el árbol va al cielo, ¡conocerá a mi mamá! —exclamó contento— Entonces, tenemos que despedirnos de él antes de que lo arranquen de su sitio, y así podré pedirle que lleve un mensaje a mi mamá.
—¿Qué mensaje le enviarás, Sakura-chan? —preguntó Aiko con curiosidad.
—Pues, que la amo, ¿no es obvio? —sonrió con alegría mientras cerraba los ojos. No lo había considerado antes, pero hablar con el cerezo podría ser de mucha ayuda para poder contactarse al fin con su progenitora—. El árbol y yo tenemos el mismo nombre, así que yo creo que mamá se llevará bien con él. Ella le podrá contar sobre mis días de bebé, y el cerezo le dirá cómo me he comportado en la escuela.
—Sakura-chan hablando con un cerezo. ¡Eso será lindo de ver! —dijo Sora soltando una pequeña risita.
El pelirrojo también sonrió divertido, le gustaba la idea de hablar con un árbol que llevara su mismo nombre. Se preguntó, entonces, si acaso podía ser posible que su propia madre hubiera conocido en vida un buen árbol de cerezos con quien hablar. A fin de cuentas, por algo ella había escogido el nombre 'Sakura' para él.
—Tal vez, algún árbol le dijo a mamá que me pusiera ese nombre —comentó Sakura, algo pensativo.
—Mmm… Entonces, hay muchos árboles que conversan con las mamás —agregó Sora, también pensativa—. En mi escuela en Tokio, yo tenía dos compañeras que se llaman Sakura.
—¿Ah? Eso no puede ser. Yo soy Sakura —dijo el pelirrojo inquieto.
—Pero ellas también son Sakura —dijo Sora hundiéndose de hombros.
—Entonces… ¿'Sakura' es un nombre de niña? —preguntó Aiko confundido. En seguida se volteó hacia su amigo— Dime, Sakura-chan, ¿te molesta tener un nombre de niña?
—No es un nombre de niña; es el nombre de un árbol —aclaró con seriedad, sintiéndose un poco angustiado.
—Pero, las antiguas compañeras de Sora-chan se llaman Sakura —insistió el niño.
—Eso no me importa. Mamá escogió ese nombre para mí porque un árbol se lo dijo —afirmó absolutamente convencido de sus palabras—. Yo no soy una chica.
—Tal vez eres una, pero no te has dado cuenta.
—¡No lo soy! —exclamó el pelirrojo con fuerza.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Aiko desafiante.
—Porque soy igual a mi papá, sólo que yo soy mucho más pequeño, pero algún día creceré igual que él —Cruzó los brazos a la altura de su pecho, enfadado.
—Oigan, no comiencen una pelea o la maestra los regañará —intervino Sora al instante. La mayoría de las veces, ella era la mediadora de los problemas entre sus amigos.
Y fue bastante oportuna su intervención, puesto que el sonido de la puerta del salón de clases indicó que la maestra acababa de hacer ingreso al lugar. Los tres niños se alejaron de la ventana y, al igual que el resto de sus compañeros, procedieron a tomar ubicación en sus respectivos escritorios.
Sakura estaba molesto, no le gustaba que le contradijeran ni cuestionaran. Resopló con hastío y, para evitar mirar a Aiko, desvió su propia mirada hacia su otro costado; el agua seguía golpeando las ventanas del salón y las gotas deslizadas en el vidrio se veían grises producto del trasfondo tormentoso de las nubes. Sacó un lápiz de su infantil estuche y, sin prestar siquiera un poco de atención a las palabras de su maestra, comenzó a dibujar para intentar despejar su mente y subir su ánimo.
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La señora Aihara avanzó bajo la lluvia sosteniendo con firmeza su paraguas, pues el viento amenazaba con quitárselo en cualquier momento. Sólo cuando sus pies pisaron el interior de la escuela, ella pudo al fin suspirar con alivio. Aiko le observaba con diversión desde un costado del pasillo. Ver a su madre con sus vestimentas un poco mojadas, a pesar de llevar paraguas, era algo muy gracioso para el pequeño.
—¡No te rías de mí! —se quejó la mujer, aunque muy pronto soltó una risita; también le causaba gracia su propio estado— ¿Dónde está Sakura-chan? —preguntó tras notar la ausencia del pelirrojo.
—Está por allá —respondió despreocupado, apuntando hacia un pasillo perpendicular al que se encontraban.
La mujer caminó en la dirección señalada, esquivando a algunos niños que correteaban y a algunos padres que venían en busca de sus pequeños. Cuando llegó al pasillo que su hijo le había indicado, vio a Sakura sentado en unas escaleras con cara de amargado; le preguntó qué sucedía, mas el pelirrojo no quiso responder y simplemente siguió inmóvil sin deseos de levantarse. La señora Aihara se vio obligada a inclinarse hacia adelante para quedar a su altura y así observarlo de frente a los ojos. Para su mala suerte, Sakura fue más rápido y cogió los extremos de su gorro, extendiéndolos a tal punto que sus ojos quedaron cubiertos bajo la lana amarilla.
—Sakura-kun, ¿qué sucede? —le habló con tono preocupado, pero el pelirrojo permaneció en silencio—. ¿Te hicieron algo? Sabes que puedes confiar en mí.
—Yo sé lo que le sucede a Sakura-chan —dijo Aiko acercándose a su madre.
—¡No le digas! ¡Cállate! —gritó de pronto el pelirrojo. Había dejado de cubrir sus ojos con el gorro, y ahora observaba molesto a su amigo.
—Él está enojado porque tiene un nombre niña —siguió el pequeño con suma tranquilidad.
Sakura lanzó un quejido, sintiéndose derrotado, y se dejó caer hacia adelante, ocultando su rostro entre sus manos.
—Oh, así que es eso… —exclamó la señora Aihara con algo de sorpresa. En seguida sonrió con dulzura, y acarició la cabeza del pelirrojo— No te preocupes, no hay nada de malo en eso. Tu nombre es muy bonito.
—¿De verdad es un nombre de niña? —preguntó alzando su azul mirada para poder ver a la mujer— Porque yo creo que las niñas tienen un nombre de árbol. Pero 'Sakura' no es un nombre de niña, es un nombre de árbol.
—Bueno, si lo dices de ese modo, suena bastante lógico… —dijo ella pensativa y gratamente sorprendida ante el pensamiento del pelirrojo. En seguida sus ojos brillaron con nostalgia y sus labios se curvaron en una bella sonrisa— Ahora que lo recuerdo, Nanase-kun también se acomplejaba por su nombre cuando era pequeño. Ya sabes, 'Haruka' es más usado por chicas.
—¿En serio? —preguntó abriendo grandes ojos, asombrado ante la revelación.
—Cuando estábamos en la escuela, él prefería que lo llamaran 'Nanase'. Pero era una tontería, ¿sabes?, porque luego aceptó ser llamado 'Haru' por sus amigos —explicó con diversión ante la mirada atenta del pelirrojo, quien sólo la escuchaba expectante—. Yo no veo nada de malo con tu nombre. Supongo que tus padres lo escogieron porque significaba cosas muy lindas para ambos.
—Me gusta el nombre de mi papá, pero yo no sabía que a él no le gustaba —comentó Sakura, quien ahora dejaba atrás su asombro para pasar a un estado de completa estoicidad—. Papá nunca habla de esas cosas conmigo. Es más, ni siquiera sé cómo se llama mi mamá.
Los ojos muy abiertos de Aiko y un estruendoso "¡¿Qué?!" evidenciaron la completa sorpresa del menor al escuchar a su amigo. Por otra parte, la señora Aihara torció la boca como una reacción involuntaria al verse acorralada ante el comentario del pelirrojo.
—Siempre creí que mi mamá se llamaba 'mamá'. Cuando descubrí que ese no era su nombre, le pregunté a mi papá y dijo que no importaba el nombre de ella, que basta con que yo la siguiera llamando 'mamá'. Pero yo de verdad quiero saberlo, dime cómo se llamaba —siguió Sakura con esa misma seriedad de antes, sorprendiendo a la mujer con aquella última solicitud.
—¿Qué te hace pensar de que yo sé el nombre de tu mamá, Sakura-kun? —preguntó la mujer con inseguridad. Las ideas del niño ahora comenzaban a asustarle.
—Usted y mi papá fueron compañeros de escuela, y los compañeros se cuentan las cosas.
—Sí, pero yo no sé toda la vida de Nanase-kun, él siempre ha sido una persona muy reservada —dijo ella inquieta—. Además, han pasado muchos años desde que él y yo dejamos de ser compañeros. Él se fue a estudiar a Tokio y yo seguí con mi vida en esta región, me casé, cambié mi nombre de soltera, tuve un hijo… Realmente han pasado muchas cosas desde entonces.
Sakura desvió la mirada hacia un lado sintiendo frustración y fastidio al fracasar con sus preguntas.
—Lo siento, Sakura-kun, pero este tema lo debes hablar sólo con tu padre —Un suspiro angustiado se escapó entre sus labios al tiempo que, con suavidad, daba un par de golpecitos en la cabeza del niño—. Vamos, debemos apresurarnos para alcanzar un taxi.
Sakura asintió en silencio y se limitó a seguir a la mujer por el largo pasillo que daba hasta la salida.
Una vez afuera, los tres avanzaron con rapidez hacia el exterior de la Primaria Iwatobi, presionando los puños con fuerza para sujetar los paraguas, y entrecerrando los ojos por las diminutas gotas de agua que revoloteaban con el viento y les caían en las pestañas.
Un taxi era lo más cómodo para un día de lluvia torrencial. Claramente no caminarían los varios kilómetros desde la escuela hasta el club, ni tampoco tomarían el incómodo autobús que en días de lluvia tardaba incluso más en pasar.
Por lo mismo, tardaron muy poco en llegar al Iwatobi SC Returns. Sakura bajó del vehículo acompañado de la señora Aihara, quien lo acompañó hasta el interior del club. Tras despedirse, la mujer regresó corriendo al auto y se marchó del lugar, quedando el pelirrojo de pie en medio del hall. Dio una mirada al reloj que colgaba en la pared; debido al poco tiempo gastado en el trayecto desde la escuela aún quedaban muchos minutos para que la clase de natación comenzara, y eso se traducía en muchos minutos para pasar junto Rin.
Así que, como ya era hábito de todos los días, se aseguró que nadie le observara para así escapar a toda velocidad del club.
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El celular vibró entre sus manos por enésima vez, indicando que acababa de llegar un nuevo mensaje. Lo leyó con rapidez, para luego mover sus dedos con agilidad sobre el teclado digital. No tardó en terminar de escribir una respuesta, la envió y luego se inclinó hacia adelante para apoyar ambos brazos sobre el volante del vehículo y descansar su cabeza en ellos. Un par de segundos pasaron antes de que el aparato volviera a vibrar.
"Pretendo tomar un autobús a Tokio este domingo",decía el mensaje recibido. Rin torció la boca fastidiado.
"Sousuke, idiota, llegaste recién el martes, ¿y ya te quieres ir? Y, para peor, lo harás en autobús", escribió de vuelta.
"No me arriesgaré a tomar un avión con las malas condiciones climáticas."
"Entonces, no te arriesgues y quédate aquí en Iwatobi."
"No puedo, Rin, tengo responsabilidades."
—Maldición, Sousuke, no te vayas… —murmuró en voz baja para sí mismo, mientras releía los últimos mensajes. Dio un suspiro de resignación y escribió:
"Te pediría que me llevaras contigo."
"¡¿Realmente quieres ir conmigo?! Eso no me lo creo" El mensaje de Sousuke no tardó en llegar.
"¡Claro que no! No seas imbécil, sabes muy bien 'quién' está en esa maldita ciudad."
"¿Nuevamente con esa historia de Nanase viviendo en Tokio?"
—No empieces a hablar de Haru… —murmuró disgustado, sintiendo un ligero peso en el pecho al mismo tiempo que intentaba pensar en alguna respuesta que dar.
Sin embargo, Sousuke fue más rápido y volvió a enviar un mensaje.
"Si escucharas a tu madre y a Gou, te darías cuenta de que las cosas con Nanase son muy distintas a cómo eran hace algunos años. Déjame contarte algo, lee con atención lo que escribiré."
Rin frunció el ceño enojado. Siempre que hablaba con Sousuke, siempre, las conversaciones de alguna u otra forma se desviaban hacia el tema de Haruka y Sakura. Era insoportable, porque, por más que le repitiera una y mil veces que no quería saber nada acerca de ellos, su amigo se esmeraba por retomar el tema y atormentarle con preguntas inescrupulosas.
"Déjame en paz", escribió Rin apresuradamente, notando en la pantalla del celular que Sousuke se encontraba escribiendo otro mensaje en ése mismo momento.
No esperó a que el pelinegro terminara de redactar su escrito, simplemente cerró los mensajes y lanzó el teléfono al asiento contiguo. Y, aunque escuchó el sonido la vibración por la llegada de la respuesta de su amigo, sencillamente decidió ignorar, pues ya sabía que seguiría insistiéndole con el tema.
Dio un largo suspiro de resignación y alzó la mirada hacia el edificio delante de sus ojos. La fachada del hospital estaba enfrente a la zona de aparcamientos donde él se encontraba, por lo que desde su posición podía distinguir a las pocas personas que cruzaban las amplias puertas del lugar.
Fue en ese momento, entre las gruesas gotas de lluvia que se deslizaban por el parabrisas, que distinguió esa conocida cabeza amarilla avanzar con rapidez frente a la fachada, bajo el techo que protegía la puerta principal del hospital. Vio al niño detenerse y mirar hacia todos lados, notablemente desorientado.
Rin no lo pensó ni por un instante; un impulso que nació desde su interior le llevó a abrir la puerta del auto y a bajar de él para enfrentarse a la lluvia y al viento. Sus cabellos fueron removidos hacia todas partes; no llevaba gorro ni paraguas, con suerte vestía una chaqueta que mitigaba el frío, pero no le importó en absoluto, simplemente partió corriendo hacia la entrada del hospital.
Cuando ya iba a una distancia prudente, Sakura lo divisó y dio un salto de alegría mientras agitaba sus manos de un lado a otro. La escasa gente que había a su alrededor le observaba con curiosidad, ¿cómo no?, si a pesar de estar completamente empapado aún seguía sonriendo como si la tormenta jamás hubiese existido.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Rin algo preocupado, una vez que estuvo bajo la techumbre del hospital. De su cabello escurría el agua que caía sobre su frente y mejillas.
—No estabas por las otras calles, y recordé que una vez dijiste que esperabas a tu hermana en el hospital. Así que vine hasta aquí —explicó con sus ojos bien abiertos y con suma tranquilidad.
—Y no te importó la fuerte lluvia, ¿eh? —preguntó Rin observándole desde lo alto. Pasaron unos segundos antes de que soltara una pequeña risita— Realmente eres osado. Ven, vamos al auto —agregó, dando media vuelta para largarse.
Sin embargo, el suave tirón en su pantalón le hizo detener.
—No podemos —Sakura le sujetaba y le observaba expectante—. Debemos visitar al gato que rescatamos.
—No te preocupes, lo fui a ver antes de llegar aquí. Está muy bien, le llevé un poco más de abrigo y le dejé comida —explicó Rin con calma. Para su sorpresa, el rostro de Sakura se transformó a uno de indignación.
—¿Fuiste tú solo? ¿Por qué no me esperaste? —le reprochó con el ceño fruncido.
—Hay una tormenta, ¿cómo iba a saber que tú llegarías aquí de todos modos? —se defendió Rin.
—Es obvio, porque yo encontré al gato —dijo enojado.
—Eso no tiene nada que ver —dijo alzando una ceja—. Además, fui yo quien le compró la comida.
—No importa, el gato es mío.
—No, el gato es mío.
—¡Es mío! —sentenció el menor con fuerza. En ocasiones, Sakura era decidido y posesivo de una forma similar a como era Haruka, sólo que además era impulsivo y arrebatado como Rin.
El grito del pequeño había llamado la atención de algunas personas que se hallaban por alrededor, por lo que eran varios los ojos que ahora estaban puestos sobre ellos. Rin chasqueó la lengua con fastidio, se sentía demasiado observado para su gusto. Así que sujetó la pequeña mano del niño y, tras decir a regañadientes "tú ganas, iremos adonde el gato", ambos salieron corriendo bajo la lluvia en dirección al auto.
Aunque Sakura protestó contra el hecho de ser obligado a subir a la parte trasera del vehículo, finalmente tuvo que agachar la cabeza y obedecer a Rin; su corta edad no era suficiente como para estar sentado adelante junto al conductor. Sin embargo, su atención se distrajo al admirar con fascinación cómo el mayor conducía bajo la lluvia; no era como si nunca hubiese visto a nadie conducir en una tormenta, sino que simplemente todo lo que Rin hacía era digno de ser admirado.
Eran pocas las cuadras que había que recorrer hasta llegar a la casa donde había quedado el gato. Rin detuvo el auto junto a la acera, notando desde su asiento la pequeña caja que aún se hallaba junto a la puerta de la vivienda. Bajaron del vehículo y caminaron con rapidez hacia los pequeños escalones donde descansaba la caja, la que no parecía estar afectada por la tormenta debido a la pequeña techumbre que le cubría y a una pared que le resguardaba.
—¡Hola! —saludó Sakura animadamente una vez que estuvo junto a la caja. Se arrodilló en el suelo y extendió sus manos para, lentamente, abrir la superficie y observar el interior. Allí estaba el pequeño gato, envuelto entre las cobijas que Rin le había dejado ésa misma tarde; el animal observó al niño con sus grandes y curiosos ojos dorados.
—¿Ves que él está bien? Tiene un lugar caliente y comida para pasar la tormenta —explicó Rin de pie junto a la caja.
—Sí, pero… —Sakura guardó silencio un instante, observando analíticamente al felino. Segundos después, alzó su mirada hacia el mayor— ¿Sabes lo que le hace falta? Juguetes, o algo con qué divertirse. Podrías comprarle un juguete de gato en la tienda de mascotas.
—¿Por qué no le regalas tú uno de tus juguetes? —preguntó alzando una ceja.
—No, porque el gato es tuyo.
—Dijiste que era tuyo.
—Es tuyo.
Rin se llevó una mano a la cara y suspiró con resignación. No sabía si era inocencia, poca memoria o una habilidad para llevar las cosas a su favor, pero la personalidad de Sakura era complicada.
—Cuando esté aburrido, el gato buscará algo con qué divertirse. No sé, la rama de algún arbusto o algo así… —explicó Rin.
Dio media vuelta para observar el entorno en busca de algún objeto útil para jugar con el animal, pero la tormenta lo estaba azotando todo; el viento remecía los árboles de un lugar a otro y el agua no dejaba de caer. No había posibilidad alguna de encontrar algún elemento para divertir al gato.
—Supongo que cuando acabe la tormenta hallaremos algo —dijo Rin, admirando el gris paisaje—. De todas formas, él no querrá jugar en un día de lluvia.
—Qué lástima que a algunos gatos no les guste la lluvia —dijo el niño inclinándose hacia la caja. El felino extendía sus patas y se revolcaba en sus cobijas—. Cuando llueve, yo me divierto muchísimo, ¿quieres ver?
Entonces, con una rapidez extraordinaria, Sakura se levantó del suelo y dio un par de pasos directo hacia los escalones. Rin no alcanzó a reaccionar para sujetarlo; el menor había doblado sus piernas para tomar impulso y había dado un enorme salto por sobre la escalinata en dirección hacia el jardín. Había sido un salto absolutamente irreflexivo tras el cual el menor cayó ruidosamente en un abundante charco de agua. El líquido saltó hacia todas partes, ante lo cual Sakura comenzó a reír con una enérgica alegría.
—¡Oye, ¿qué crees estás haciendo?! —gritó Rin alarmado bajando en seguida las escaleras y enfrentándose a la lluvia. Extendió con rapidez sus brazos hasta la cintura del niño y lo alzó hasta poder cargarlo sobre su hombro— Es suficiente, nos vamos de aquí.
Dando media vuelta para regresar al auto, el mayor entrecerró sus ojos al sentir el agua y el viento golpear con rudeza su cara. Sin embargo, el escuchar nuevamente las carcajadas de Sakura le hicieron abrir los ojos con fuerza y voltear su cabeza hacia su hombro para poder ver al menor. El niño estaba feliz al sentir la lluvia en su rostro y, en vez de aferrarse a la espalda de Rin, había extendido sus propios brazos imaginando que estaba volando; sonreía ampliamente, no le importaba ser regañado ni quedar más empapado de lo que ya estaba, sólo quería disfrutar de la diversión y la libertad que sentía en ese momento.
Rin no pudo evitar sentir una calidez expandiéndose velozmente en su interior. Si momentos antes se había alterado por la imprudencia del menor, lo cierto es que ahora comenzaba a sentir la necesidad de complacerlo, de dar todo de sí para mantener viva esa sonrisa que tanto adoraba. Como un reflejo de los impulsos de su corazón, detuvo sus pasos y sujetó la cintura del niño con firmeza, alzándolo por sobre su hombro y su cabeza. Al estar aún más arriba en el aire, Sakura gritó y rio con emoción, y esta vez Rin también le acompañó riendo a carcajadas mientras hacía divertir a su pequeño hijo.
Se veían absurdos ahí en medio del jardín, parecían idiotas, pero no les importaba. En su mundo el frío se había ido y la tormenta se había disipado; era como si un sol les estuviera iluminando, un brillo de alegría que sólo los envolvía a ambos. Las rabias y tristezas que pudieron pasar durante el día quedaban completamente opacadas ante la satisfacción de poder disfrutarse mutuamente. Estando juntos podían reír y ser realmente felices.
—Siento que estoy muy cerca del cielo, que puedo alcanzar a mamá —Sakura extendía sus brazos y soltaba agudas y tiernas carcajadas, sintiendo su pequeño corazón latiendo desenfrenadamente.
Y Rin no dejaba de reír, sentía que no podía deshacer la sonrisa que enseñaban sus labios, ni aplacar el calor que sentía todo su cuerpo. Se sentía vivo, pleno, como si una bomba de energía hubiese detonado dentro de él. Y sabía perfectamente que todo eso se debía a aquel niño que parecía resplandecer frente a sus ojos, aquel por quien sentía una conexión tan poderosa que no podía explicar con palabras.
—Eres increíble… —le dijo Rin observándolo alucinado, para luego bajar a Sakura lentamente hasta tenerlo frente a él a la altura de su pecho, y seguir admirando esos ojos azules tan hermosos que no dejaban de centellear— ¿De dónde apareciste? ¿Por qué llegaste a mi vida? —le preguntó sin esperar respuestas. Simplemente inclinó su cabeza hacia adelante y apoyó su frente contra la del niño, en un contacto húmedo, pero exquisitamente cálido por los sentimientos que ambos transmitían desde sus corazones.
—Un día te vi, y supe de inmediato que quería estar contigo —le sonrió Sakura inocentemente, sin despegar su frente del mayor—. Mi papá siempre dice que no debemos resistirnos a nuestros sentimientos, sino que debemos aceptar su presencia en nuestros corazones.
Un delicado suspiro se escapó de Rin, al tiempo que un cúmulo de emociones saltaron en su interior. Él no se daba cuenta, pero en un rincón olvidado de su corazón aún se podían reconocer aquellas palabras pronunciadas por quien alguna vez fue la persona a quien más amaba.
—Eso suena muy lindo… Tu padre debe ser alguien romántico.
—No, no lo es —rio Sakura, inclinándose un poco hacia atrás para ver a Rin de frente—. Si fuera romántico, no me regañaría cada vez que salto sobre los charcos de agua.
—Hey, eso no tiene nada que ver con ser romántico —rio el mayor divertido—. Aunque tu padre tendría razón al regañarte, ¡mira cómo estamos!, completamente mojados.
—Mojados, pero felices —corrigió el menor con alegría.
—Tienes razón… —sonrió Rin con dulzura, sin tener palabras para contradecir al menor. Con o sin la tormenta, la felicidad de tenerlo en sus brazos seguiría siendo inmensa— Pero es suficiente por hoy. Te llevaré a casa, ¿de acuerdo? No puedes ir al club así todo mojado. Pescarás un resfriado.
Bajó al niño con cuidado hasta depositarlo en el suelo y, en seguida, caminaron juntos hacia el vehículo. Al acercarse a los vidrio, Rin distinguió su celular sobre el asiento del copiloto, cuya pantalla brillaba con la llamada que estaba recibiendo en ese momento.
—Espera, debo despedirme de mi gato —dijo Sakura antes de salir corriendo hacia la techumbre de la casa donde se encontraba el felino aún dentro de la caja.
—Así que ahora el gato es tuyo otra vez… —suspiró Rin resignado mientras abría la puerta del auto para alcanzar su teléfono móvil. Contestó la llamada tras ver el nombre de su hermana en la pantalla del aparato.
—Hermano, ¿dónde estás? —se escuchó la voz de la pelirroja.
—Gou, ¿qué sucede? —preguntó de inmediato. Y bajó la mirada hasta su muñeca donde se hallaba su reloj; aún faltaba tiempo para que su hermana terminara su jornada laboral, ¿acaso la habían despachado antes por causa de la tormenta?— Oye, lamento no estar en el hospital ahora, pero-…
—¡¿Dónde estás?! —interrumpió de pronto ella, causando una completa sorpresa en Rin. Su voz se oía algo desesperada.
—Tres cuadras al norte del hospital, por la calle principal —respondió vacilante, sintiéndose confundido ante la actitud de la mujer.
—De acuerdo, voy hacia allá. Quédate allí, no te muevas a ningún otro lado.
—Oye, no es necesario que vengas. Yo voy-… —Pero la llamada había finalizado. Rin se quedó con el celular en la mano, observándolo sin entender qué había sucedido. Notó, entonces, las más de treinta llamadas perdidas que marcaba la pantalla; eran de Sousuke y de Gou, y también había un montón de mensajes sin revisar de parte de ellos— Pero qué diablos…
—¿Qué sucede? —preguntó Sakura desde la distancia, arrodillado junto a la caja del gato.
Rin se volteó hacia el niño y caminó hacia él, al tiempo que guardaba su teléfono en el bolsillo de su pantalón, oculto bajo la chaqueta; era uno de los pocos lugares que no se hallaban completamente mojados.
—Mi hermana viene hacia acá —respondió subiendo los pocos escalones hasta llegar junto al menor—. Al parecer, ocurrió una emergencia.
—¿Es algo malo? —preguntó el niño inquietándose un poco.
—No lo sé, lo sabremos cuando ella llegue —respondió intentando mantenerse tranquilo. No conseguía nada con alterarse y empezar a hacer llamadas telefónicas hacia todas partes, si al final Gou llegaría en cuestión de minutos—. Por mientras, despídete del gato. Mañana volveremos a verlo.
—Está bien —dijo Sakura, y en seguida se volteó y se inclinó sobre la caja—. Adiós, Hoshi. Nos veremos mañana.
—¿Hoshi?
—Es el nombre que escogí para mi gato —respondió el niño, mientras acariciaba el pelaje del animal—. He estado pensando que encontré a Hoshi un día de lluvia, así que mamá debe haberlo enviado para mí. Tal vez ella no pueda venir a visitarme este invierno y por eso me envió un obsequio.
—Si tu madre está en el cielo, significa que ella puede verte en todo momento —le explicó el mayor con calma mientras se ponía de cuclillas junto a Sakura. No es nada fácil explicarle a un niño que su madre fallecida nunca más regresaría—. Tu madre siempre te está cuidando, siempre está contigo. No es necesario que baje hasta aquí para verte.
—Pero eso no es suficiente, porque yo la quiero conocer. Si este invierno ella no aparece, le enviaré un mensaje con el árbol de mi escuela. Es muy anciano y pronto se irá al cielo, así que él se reunirá con mi mamá —dijo entusiasmado—. Hablaré con el árbol antes de que muera.
—Eso suena bien. Debe ser muy interesante hablar con un árbol —dijo intentando contener una pequeña risita—. ¿Qué le dirás?
—El mensaje para mi mamá será que yo la amo. Pero, también, le preguntaré al árbol la verdad sobre su nombre, porque yo creo que las niñas se llaman como él y no al revés —dijo frunciendo el ceño al recordar la discusión con su amigo.
—Oye, ¿de qué estás hablando? —preguntó divertido, sin entender las ideas aisladas del pequeño.
—Es que yo no creo que mi nombre sea un nombre de niña, porque además yo soy un chico —dijo con decisión.
—¿Así que tienes un nombre de niña? Eso no es nada malo —dijo torciendo la boca algo resignado. Venía lidiando con el asunto de los nombres femeninos desde que tenía uso de razón, y curiosa coincidencia era que aquel pequeño también compartiera la misma realidad—. Mira, tener un nombre de niña no es tan problemático si lo sabes llevar bien.
—Uhm… Hoy me enteré de que el nombre de mi papá es de niña, y que a él no le gustaba cuando era pequeño. Para él sí era problemático.
—Seguramente tu padre nunca aprendió a lidiar con su nombre. Sólo hay que ignorar a quienes se burlen. Yo, por ejemplo, también tengo un nombre que es usado principalmente por niñas.
—Oh, ¿en serio? —Los ojos Sakura ahora brillaban llenos de curiosidad.
—Sí, y cuando era niño algunos idiotas se burlaban de mí. Así que aprendí a tomarlo con humor y a aceptar mi propio nombre —dio un amplio suspiro recordando sus días de infancia, cuando se presentaba animadamente ante desconocidos haciendo especial énfasis en que, a pesar de tener nombre de chica, él era definitivamente un chico. Era una lástima que Gou siempre se lo tomara de una forma distinta, pidiéndole a todo el mundo cambiar su nombre a 'Kou' para evitar la vergüenza—. También puede suceder a la inversa, de que una chica tenga un nombre de chico —agregó al recordar a su hermana.
—¿Una chica con nombre de chico? —preguntó asombrado— Entonces, como mi papá tiene un nombre de niña, ¿podría ser que mi mamá haya tenido un nombre de chico?
—¿Ah? —Rin alzó una ceja sintiéndose confundido. Había algo que no calzaba en las palabras del niño— ¿Qué acaso no sabes el nombre de tu madre? —preguntó con desconfianza. Sakura negó de inmediato con su cabeza, causando que el semblante del mayor se transformara a uno de sorpresa— ¡¿Cómo puede ser eso posible?!
—Papá dice que está bien si sólo le digo 'mamá', aunque yo quiero saber su nombre de todos modos.
—¡Debes saberlo! Exígele a tu padre que te diga cómo se llama ella. No sé qué motivos tendrá para haberlo ocultado, pero es tu derecho saber el nombre real de quién te dio la vida —resopló fastidiado, mientras se ponía de pie—. ¿Qué clase de persona es tu padre?
—¡Es el mejor papá del mundo! —dijo orgulloso, con una bella sonrisa. Rin también sonrió complacido. Tal vez, el padre del menor había ocultado algunos detalles sobre la madre de Sakura, pero al menos había criado bastante bien a su hijo— Yo lo amo demasiado, aunque él no sea romántico ni le guste su nombre de niña. Por cierto, ¿tú cómo te llamas?
—Rin. No es tan malo, ¿verdad?
—¡Rin! ¡Es un nombre muy lindo! ¡Será mi cuarto nombre favorito! —dijo emocionado.
—¿Cuarto? —preguntó divertido— ¿Cuáles son los otros?
—Mi nombre favorito es el nombre desconocido de mi mamá; el segundo, el nombre de mi papá, y el tercero es mi propio nombre.
—Tienes las cosas bien claras, ¿eh? —soltó una pequeña risita— Y tú, ¿cómo te llamas?
Y entonces, como si de alguna habilidad oculta se tratara, el rostro del niño pareció iluminarse sutilmente, al tiempo que sus delgados labios se curvaron en una preciosa sonrisa.
—Me llamo Sakura.
La infantil voz se expandió como un delicado eco dentro de los oídos de Rin, y luego vino el silencio, uno que duró tan sólo una fracción de segundo, pero que pareció extenderse hacia la eternidad. Ya no se escuchaba el sonido de la lluvia golpear por doquier, tampoco los soplidos del viento que se escabullían entre los árboles. Era como una realidad estática, parecía que hasta las nubes habían dejado de viajar. Sin embargo, el frío comenzaba a aumentar, pero no era el hielo del ambiente, más bien era uno que recorría sólo la espina de Rin contrayéndole los músculos. El líquido que bajaba por su piel ya no era sólo el que escurría de su cabello por la lluvia, sino que también era un sudor sumamente helado que calaba hasta más allá de los huesos. Intentó hablar, pero no sólo la afonía se había hecho presente en su garganta, sino que además su mente parecía haber quedado sin sonidos ni colores. No podía pensar bien, porque ya no había palabras ni conceptos para construir alguna idea en su cabeza. Estaba en blanco, y ese blanco se iba transformando rápidamente en oscuridad.
—¿Qué sucede? —preguntó Sakura asustado, al ver el rostro inexpresivo y cada vez más inerte del pelirrojo.
Pero no hubo respuesta. Dentro de Rin se desarrollaba una vorágine que iba más allá de las emociones. Eran sensaciones, síntomas físicos, eran recuerdos y eran ideas. Su memoria recogía vivencias del corto plazo y los traía al presente, enseñándole las lágrimas derramadas por su madre al medio día y la conversación con Sousuke minutos antes. Y ahora que lo recordaba, había algo pendiente en aquella conversación; aquel mensaje que, a causa de un arrebato, nunca leyó; aquel cuyo predecesor advertía: "Déjame contarte algo, lee con atención lo que escribiré".
Y ahora su voluntad pasaba de ser consciente a automática, y le llevaba a coger el celular del bolsillo de su pantalón y concluir la lectura de lo que había quedado pendiente: "Tu madre me llamó por teléfono, ella estaba llorando. No puedo creer que hayas estado viendo a tu hijo todo este tiempo, y que aún no te hayas dado cuenta. Rin, realmente eres un idiota". Ese era el motivo por el que Gou venía desesperada hacia Rin, porque era obvio que Sousuke le había informado sobre la cadena de mensajes.
Un suspiro sofocado y el corazón acelerándose estrepitosamente. Una presión en su pecho y el insoportable ardor de una grieta que comenzaba a abrirse después de tantos años. La respiración perturbada que por momentos le ahogaba y las manos temblorosas que soltaban el teléfono que caía al suelo y daba un rebote hacia las escaleras.
Vio retroceder a Sakura unos pasos, bastante asustado; sus facciones infantiles reflejaban el temor que sentía en ese momento. Pero Rin no podía hacer nada, no tenía control sobre sus propias expresiones ni reacciones. Se acercó aún más al niño y cayó de rodillas frente a él. Extendió una mano y le acarició la fría y pálida mejilla, sintiendo una corriente eléctrica que erizaba cada esquina de su piel, y observó con atención el pequeño rostro. El mentón redondeado, los delgados labios, la diminuta nariz respingada, y esos grandes ojos que ni siquiera en un momento como ése habían dejado de brillar; un azul fuerte, potente y deslumbrante, cuya claridad era igual a la del agua. Conocía ese azul, era el color del cual se había enamorado cuando sólo era un niño, era el color por el cual había luchado incansablemente hasta poder reconocerlo como suyo, y era el color que había terminado por ocultar tras el velo del olvido durante los últimos ocho años.
Y, finalmente, estaba aquel gorro de lana amarilla que cubría hábilmente la cabellera del menor. Rin alzó su mano y lo quitó con suavidad, escurriendo de él una serie de gotas que se deslizaron por el rostro del niño. Los cabellos rojizos afloraron al instante algo desordenados por la humedad de la lluvia. Esos cabellos que hacía ocho años habían nacido de un color tan claro que parecía rosa, y que con el tiempo se habían ido transformando a un bello y llamativo color granate.
Sus manos extendidas fueron pasadas a llevar cuando el cuerpo de Gou se interpuso frente a él, sujetando a Sakura con fuerza y alzándolo en brazos; el menor se aferró al cuerpo de la mujer y ocultó el rostro en el pecho de ésta, asustado y angustiado por la situación que no entendía. Los ojos de la pelirroja emitían un extraño brillo de expectación entre los cabellos mojados que se pegaban a su frente; le observaba atentamente, como si estuviera esperando alguna reacción de parte de él, a la vez que no dejaba de acariciar la espalda de su sobrino para entregarle consuelo.
Pero Rin seguía sin reaccionar, por su mente comenzaba a pasar un enorme racconto de lo que había sido una de las vivencias más significativas de su vida. Y ahora empezaba a contrastar la alegría y dicha sentida minutos antes cuando reía junto al niño mientras disfrutaban de la lluvia, contra la tristeza y agonía de tener a su precioso bebé en sus brazos sin saber qué hacer para salir adelante. ¿Cuál sentimiento era más fuerte? ¿Tiene más importancia el antes o el ahora? ¿Cómo lo iba a afrontar mañana? ¿Podían cambiar sus sentimientos hacia ése niño con sólo saber su identidad? ¿O, acaso, sus sentimientos siempre habían sido los mismos?
Una encrucijada se estaba desarrollando dentro de Rin, mientras se confirmaba lo que era evidente, lo que su corazón le había estado gritando desde aquel día en que se encontró casualmente con el niño. Ese pelirrojo de ojos azules era su pequeño hijo, era el bebé que llevó en su vientre, era aquella criatura que abandonó cuando sólo tenía dos meses de vida.
Las lágrimas se formaron en sus ojos y comenzaron a caer por sus mejillas, mezclándose con el sudor frío y las gotas de lluvia que aún escurrían desde su cabellera y caían angustiosamente hacia el suelo.
—Mi… Sakura…
Continuará…
Capítulo 8
Cuando Llueven Estrellas
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Ni Sakura ni Rin saben lo que sienten por el otro, el conocerse de la nada y crear un lazo tan fuerte puede llegar a ser confuso. Pero Rin ya ha descubierto la verdad y al fin se ha reencontrado con la realidad de la que ha estado escapando durante tantos años; puede enfrentarla, o puede salir huyendo otra vez. Rin es inestable psicológicamente, no hay mejor prueba que la primera temporada de Free! donde vimos lo perturbado que se encontraba. Ahora Rin está en estado de shock, Sakura muy asustado por verlo actuar así, y Gou procurando proteger el bienestar mental de su sobrino.
Notas de autor:
- "Hoshi", el nombre que Sakura escogió para el gatito, significa "estrella" [星] japonés.
- Incluí esta frase en mi fic: "No te resistas a tus sentimientos, acepta su presencia dentro de tu corazón". Está inspirada en la frase: "No te resistas al agua, acepta su presencia", dicha por Haruka tanto en Free! como en High Speed!
