Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya. Esta historia tampoco es mía, sino de la fantástica escritora Happymood (os la recomiendo), quien amablemente me ha dado su permiso para traducirla a español y publicarla.
Antonio simplemente no podía quedarse al margen. No importaba lo que sus amigos dijeran, no podía ver nada malo en dejar que Lovino lo mirara y se ruborizara cada vez que Antonio le decía algo. Sus amigos no deberían hablar, en serio, qué pasaba con el que iba detrás de todo lo que se movía y del otro perdidamente enamorado de una mujer casada, a la que acosaba cada vez que disponía de tiempo libre. No, a él realmente no le importaba que Lovino lo mirara. Antonio sabía que Lovino era demasiado joven para entender el verdadero amor mientras que Antonio no lo llevara para adelante, Gilbert nunca tendría razón.
Sólo era un simple flechazo. Para ser honestos, era inocente y en parte lindo, y a Antonio no le importaba en absoluto. No tenía ni la más remota intención de herir a Lovino de ninguna manera; probablemente no soportaría la visión de Lovino llorando. Si hizo algo al final, no fue premeditado.
Fue su cuerpo actuando por sí mismo. Si Lovino sonreía, él sentía que sus propios labios se elevaban. Si Lovino se acercaba a él, Antonio se sentía atraído hacia él como un imán. Sin embargo, mientras que Antonio podía ver los sentimientos de Lovino hacia él, era completamente inconsciente de lo que él mismo estaba haciendo.
Esa mañana Antonio había hablado sin pensar e incluso mucho más tarde, cuando se despertó y se sintió revitalizado finalmente, no pudo encontrar nada incorrecto en lo que había propuesto. Simplemente sintió natural decirle a Rómulo que él cuidaría del enfermo Romano.
Ya era pasada la hora del almuerzo, pero nadie estaba en casa todavía. Sólo para estar seguro, se asomó a la habitación de Lovino y Feliciano y vio al mayor de los hermanos Vargas durmiendo pacíficamente en su cama. Antonio sonrió ante la visión y cerró la puerta suavemente detrás de él.
Decidió ser un huésped amable y preparar algo para almorzar para toda la familia. Comprobó qué había en la nevera y se dio cuenta de que tenía todos los ingredientes para hacer un famoso plato español, algo que su madre solía hacer cada dos domingos y en ocasiones especiales. No había, de hecho, ninguna ocasión especial que celebrar, pero Antonio decidió que no haría daño a nadie romper un poco las reglas. Tuvo la suerte de encontrar una habitación en un hogar donde todo el mundo amaba los tomates, y empezó a lavar las verduras tarareando una canción en voz baja.
Fue en ese momento que Romano decidió aventurarse a la cocina. Aún se sentía ligeramente mareado y creyó que estaba todavía soñando cuando vio a Antonio cortando algunos tomates en un cuenco. Romano se le quedó mirando durante un momento y entonces, como en un trance, preguntó:
"¿Dónde está papá?"
Eso llamó la atención de Antonio, que se volvió para mirar al joven muchacho con una sonrisa.
"Todavía está en el trabajo."
Los ojos de Antonio estudiaron la cara de Romano cuidadosamente, y se dio cuenta que el otro parecía bastante paliducho. Dejó los tomates a un lado y caminó lentamente hacia Romano.
"¿Te sientes algo mejor?" preguntó Antonio y comprobó la temperatura de Romano con sus manos todavía mojadas. Romano tembló, y Antonio culpó a sus fríos dedos por eso. Lo dejó ir.
"No lo sé." Dijo Romano sincero. Sentía algo raro en el estómago, pero cuando Antonio lo tocó su pecho comenzó a palpitarle también. Quizás era cosa de la gripe.
"Estás caliente." Dijo Antonio de hecho, y Romano simplemente se encogió de hombros como respuesta, pero no le espetó nada como normalmente hacía. "¿No deberías volver a la cama?"
"No." Dijo Romano inmediatamente. Estaba mirando fijamente a Antonio a los ojos y el mayor se sintió arrastrado hacia el joven chico de una manera que no podía explicar. Se sostuvieron la mirada durante un rato y entonces, de repente, Antonio sonrió.
"Estoy haciendo el almuerzo."
"Estoy enfermo, no ciego." Espetó Romano y le dio la espalda bruscamente. "Voy a poner la jodida tele."
"Guay." Dijo Antonio, "Te llamaré cuando esté preparado."
"Hmph." Fue la única respuesta de Romano y desapareció en el salón. Antonio lo miró irse, y se preguntó por qué su pequeña conversación resultó tan incómoda. Le quitó importancia a esa sensación y volvió a su cocina. Su rugiente estómago era mucho más importante que sus extrañas percepciones de los hechos.
Por otro lado, Romano era perfectamente consciente de por qué la conversación resultó tan incómoda. Se golpeó y pateó a sí mismo mentalmente mientras buscaba iracundo el mando entre los cojines del sofá. Ahora que nadie estaba allí y se encontraba a solas con Antonio, su estúpido corazón no podía dejar de latir como loco contra su pecho y Romano se sintió de repente muy acomplejado. Era consciente de cada imperfección en su cara, de su pelo sin peinar adecuadamente y de su enfermizo y pálido rostro. Se insultó y se maldijo por no dormir la noche anterior y se preguntó por qué no podía actuar como un adulto y enfrentarse a la situación con la mente despejada.
Había intentado pensar en otra cosa, pero todos sus pensamientos volvían a Antonio y en cómo estaba allí preparando el almuerzo para toda la familia Vargas. Todo resultaba muy doméstico, como si se supusiera que Antonio tenía que estar allí, que hubiese estado siempre allí y no hubiera otro lugar para él en el que quedarse.
Romano no admitía que en realidad le gustaba.
Así que fue un gran alivio cuando la puerta principal se abrió y Rómulo y Feliciano entraron en casa juntos, comentando sobre el delicioso olor que venía de la cocina. Romano se preguntó si realmente estaba enfermo. Nunca le gustó la forma de la que Rómulo lo mimaba antes, después de todo.
Al día siguiente los mimos se duplicaron ya que el estado de Romano fue de mal a peor. Empezó a tener dolores de estómago también e incluso tuvo que correr al baño y vomitar en mitad de la noche.
Romano odiaba ser tan vulnerable y su acritud empeoró tanto como su fiebre. Rómulo pensó seriamente quedarse en casa, pero Antonio le dijo otra vez que él lo cuidaría. Feliciano simplemente comentó el hecho de que no podía esperar para ir a la universidad y ser como Antonio, yendo a clases sólo cuando le apetecía. (Rómulo frunció el ceño).
Mientras tanto, Romano odiaba el hecho de que Antonio tuviera que cuidarlo otra vez, y no ayudaba que en esta ocasión no pudiera evitar a Antonio quedándose todo el día delante de la pantalla del televisor. El movimiento hacía que su estómago se pusiera peor, y estaba recluido en la cama, mirando al blanco techo y sin nada para distraerse del pensamiento de Antonio paseando por la casa.
Antonio se pasó por su cuarto una o dos veces esa misma mañana, preguntando si Romano necesitaba algo.
"¿Sopa? ¿Zumo de naranja? ¿Un libro?"
"Quiero que te largues de una puta vez." Espetó Romano, pero su voz sonaba más cansada que mordaz. "¿Quieres que te vomite encima?" exclamó luego.
"¡Lovino!" gimoteó Antonio (y en serio, ¿quién le dio derecho de gimotear cuando era Romano quien se sentía como una mierda?) "¡Sólo estoy intentando ser amable!"
"Entonces sé un cielo y lárgate ya." Dijo Romano forzando una sonrisa, a la que Antonio respondió sonriendo también, el sarcasmo se perdía en Antonio.
"Volveré con algo de agua." dijo Antonio en su lugar. "Parece que la necesitas."
Romano gruñó y le dio la espalda. Escuchó a Antonio marcharse y volver a su habitación un momento después, pero Romano fingió dormir de modo que no necesitaba girarse hacia Antonio.
En algún punto se quedó dormido.
Se despertó con el sonido de alguien pasando las páginas de un libro detrás de él. Romano levantó una ceja y se volvió despacio hacia la fuente del ruido. Se sorprendió de ver a Antonio sentado en el escritorio de Feliciano estudiando. Romano lo miró durante un rato y la escena lo calmó tanto que ya no se sentía mal aunque todavía tuviera una alta fiebre.
En ese preciso momento, Antonio levantó la vista y se volvió hacia él. Romano sintió que se le paraba la respiración cuando Antonio de repente le sonrió suavemente.
"¿Cómo te sientes?"
Romano tenía la garganta seca. Se encogió de hombros y Antonio lo interpretó como una buena señal.
Era dulce la manera de la que Lovino fingía estar bien. Antonio lo encontraba muy guapo cuando Romano lo miraba con esos ojos avellana que tenía con la cabeza en la almohada. Era un pena, en serio, pensaba Antonio, que Romano pareciera tener un enamoramiento con Antonio de entre todo el mundo cuando él podría tener a quien quisiera.
"¿Necesitas algo?" preguntó Antonio por enésima vez aquel día. Romano inesperadamente negó con la cabeza.
"¿Está mi padre aquí?" preguntó Romano. "¿Feliciano?"
"Escuché a tu padre decir que Feliciano llegará tarde a casa por las clases de piano." Explicó Antonio. "Tu padre telefoneó para decir que va a llegar un poco más tarde de lo normal."
Romano cerró los ojos.
"Mmm…" murmuró Romano. Se sentía un poco delirante. Antonio apartó su libro y se levantó para acercarse a la cama de Romano. Se arrodilló cerca de él y le tocó la frente. Antonio ignoró a propósito la manera de la que Romano buscó su tacto.
"¿Cómo te sientes?" preguntó Antonio, suavemente.
"Me sentiría mejor si dejaras de tocarme." Dijo Romano, pero no había veneno en su voz. Antonio no retiró su mano. Estaba bastante fascinado con la manera de la que la curva de su mano encajaba perfectamente con la frente de Romano.
"Me gusta bastante el hecho de no tener que ir a la escuela" confesó Romano. "Odio ese sitio."
"Yo también la odiaba." Dijo Antonio, siendo consciente de repente de su diferencia de edad. El corazón de Antonio dio un vuelco y retiró su mano como si quemara. Luego, recordando algo que Romano le había dicho días antes, le susurró:
"¿Por qué no te quieres graduar, Lovino?"
Lovino abrió los ojos y miró a Antonio.
"Así puedo tener una razón para quedarme en casa y cuidar de mi padre." Respondió Romano susurrando también. "Ya sabes, cuando mamá murió-…"
"¿Qué, Lovino?" preguntó Antonio acercándose a Romano para oírlo. Romano negó con la cabeza de repente y tragó saliva. Romano no estaba pensando con claridad debido a la fiebre y Antonio estaba seguro de que en cualquier otra circunstancia Romano lo habría mantenido todo guardado dentro.
"¿Por qué me estás haciendo esto, Antonio?" le preguntó Romano, su voz rompiéndose. "¿No te puedes alejar de mí?"
Antonio frunció el ceño ante eso, pero se apartó un poco de Romano.
"¡Siento como si quisieras que confiara en ti!" exclamó Romano, pero salió más como un murmullo enfurecido que otra cosa. "¿No puedes ver lo que me estás haciendo, joder?"
"¡Yo-!" Antonio se incorporó de repente, pero Romano le agarró la mano y tiró de él hacia sí mismo. Antonio casi se cae sobre Romano, y se encontró sosteniéndose sobre el delirante chico con los codos sobre el colchón a ambos lados de Romano.
Lovino lo miró.
"Lárgate o tú también te pondrás enfermo". Dijo Romano y cerró los ojos. Antonio se quedó mirándolo durante un momento, con el corazón latiéndole como loco, y sus ojos de repente bajaron a los carnosos labios de Romano. Juró que podía ver el baile de la victoria de Gilbert en su cabeza y se incorporó bruscamente.
Romano roncaba sonoramente, y Antonio cogió su libro y dejó la habitación con prisa.
Cuando Romano se despertó otra vez ya era por la tarde. Se levantó despacio de la cama, sintiéndose extrañamente hambriento y estiró los brazos por encima de su cabeza. No tenía ni idea de cuánto tiempo había estado dormido y se preguntó si Feliciano había vuelto a casa y estudiado ya que su silla se había movido de su sitio normal.
"Extraño." Dijo en voz alta, "No lo he escuchado entrar."
De hecho, pensó Romano, no había escuchado a nadie entrar. Probablemente consiguió aburrir a Antonio tanto que nunca regresó con el agua que prometió.
"Bastardo." Añadió en voz alta. Tenía la garganta bastante seca. "De verdad quería ese agua."
Se levantó y salió de su habitación directo a la cocina, donde encontró a su padre leyendo algunos papeles. Cuando Romano entró, Rómulo dejó lo que quisiera que estuviera haciendo y comprobó la temperatura de Romano.
"¿Cómo estás, hijo?" preguntó Rómulo, bastante preocupado. "Antonio dijo que habías estado durmiendo durante un rato."
"¿Antonio está aquí?" preguntó Romano, todavía un poco mareado.
"Se fue hace un rato." Respondió Rómulo. "Parecía un poco molesto." Una pausa. "¿Le vomitaste encima?"
"¡Por supuesto que no!" exclamó Romano, y luego un poco más confundido: "O… bueno… no lo sé. Creo que estuve durmiendo todo el tiempo."
"Oh, bien." Dijo Rómulo y luego sonrió ampliamente, "Pareces bastante mejor."
"Sí." Dijo Romano encogiéndose de hombros. "¿Hay algo para comer?"
Una hora después, Romano y su padre comían juntos alegremente algo de sopa sobrante. Romano se sentía extremadamente mejor e incluso hizo una broma o dos que Rómulo disfrutó inmensamente.
De repente sonó el timbre y Rómulo dejó a su hijo mayor para atender la puerta. Regresó un momento después seguido por un chico al que Romano no reconoció a primera vista.
"Dice que está aquí por ti." Exclamó Rómulo y luego con una sonrisa le dijo al chico de pelo oscuro con expresión perezosa, "Por favor, siéntate."
"Gracias, señor Vargas." Dijo el chaval y Romano finalmente lo reconoció. Apuntó una acusadora cuchara hacia él y exclamó:
"¡Eres el tipo que chocó conmigo el otro día!"
"Heracles." Dijo el chico de diecisiete años sentándose y poniendo algunas copias delante de Romano. "Estoy aquí para darte las tareas de hoy." Añadió encogiéndose de hombros. "Tu hermano me dio tu dirección amablemente cuando le pregunté."
"¿Tareas?" preguntó Romano confundido. "¿Estamos en la misma clase?"
Rómulo se rio fuerte con eso y luego se rio un poco más cuando Heracles asintió.
"De hecho me siento detrás de ti." Dijo Heracles.
"¡Oh, Romano!" exclamó Rómulo secándose una falsa lagrimilla de los ojos, "¿Duermes tanto en clase que ni siquiera sabes quiénes son tus compañeros?"
"¡Cierra el pico!" dijo Romano enrojecido. Heracles permaneció serio delante de él, y Romano agarró las copias con una mueca.
"¿No podías darle la tarea a mi estúpido hermano?" preguntó Romano increíblemente e intentó cambiar el tema. "¿En lugar de venir aquí?"
Heracles frunció el ceño con confusión y luego inclinó la cabeza hacia un lado como si meditara eso.
"Podía, ¿verdad?" dijo Heracles sonando realmente aburrido. Romano se preguntaba si el chaval era estúpido o algo. "Pero Feliciano me pidió que te los trajera. Creo que Feliciano tiene suficientes problemas por su cuenta y lo olvidaría. Además, nuestro profesor me pidió hacerlo a mí."
"Eres un rarito." Dijo Romano. "¡Hey!" exclamó cuando Rómulo le dio una colleja en la cabeza.
"¡Las formas!"
"Está bien." Dijo Heracles apoyándose en sus manos, como si se preparara para dormirse. Romano hizo una mueca y miró las copias otra vez, antes de darse cuenta de lo que Heracles había dicho exactamente.
"Espera. ¿Tú conoces a Feliciano?" preguntó Romano, y luego añadió como medida de seguridad: "¿Personalmente?"
"Sí." Respondió Heracles. "A decir verdad, estoy sorprendido de lo rápido que lo está superando. Parecía como nuevo cuando lo vi en la escuela."
"¿Superando qué?" preguntaron Romano y Rómulo al unísono. Intercambiaron una mirada ante eso.
"¿Esa enorme pelea que tuvo con su novio?" preguntó Heracles de hecho.
"¿Novio?" Romano y su padre exclamaron otra vez mostrando la misma expresión sorprendida en sus caras. Justo en ese momento la puerta principal se cerró y los tres vieron a Antonio quitándose los zapatos en el pasillo sujetando una bolsa de papel contra el pecho.
"Hey." Dijo y sus ojos inmediatamente encontraron a los de Romano. Romano se quedó mirándolo también durante un momento, pero entonces recordó que tenía asuntos más serios e importantes en sus manos y se levantó de la silla.
"¡Vamos a mi habitación!" exclamó agarrando a Heracles de la muñeca y tirando de él. Heracles se encogió de hombros otra vez y siguió a Romano, asintiendo a Antonio mientras pasaban por delante de él. Antonio los vio irse y sintió como si alguien le hubiera golpeado en el estómago cuando echaron el pestillo de la puerta de Romano. Antonio miró a Rómulo entonces, que parecía como si le hubiera caído un rayo.
"¿Qué está pasando?"
"Novio." Dijo Rómulo simplemente, con los ojos desenfocados. "¡Novio!" exclamó de nuevo. Antonio frunció el ceño y miró hacia la puerta del dormitorio de Romano.
"¿De Romano?" preguntó y luego sonrió, pero fue un poco forzado. "Debe haber estado realmente preocupado."
Rómulo no le respondió, y por un momento Antonio pensó que no le había escuchado siquiera. En cierto momento, Rómulo lo miró a los ojos y se dio cuenta finalmente de la bolsa de papel que Antonio había estado sujetando.
"Eso es… ¿cerveza?"
Antonio bajó la vista hacia la bolsa de papel como si la viera por primera vez.
"Necesitaba algo de beber." Exclamó Antonio con una sonrisa.
"Oh, genial." Dijo Rómulo y le dio unas palmaditas en la espalda. "Has llegado justo a tiempo. ¿Te importa compartir?"
Antonio asintió con una sonrisa, pero cuando volvió a mirar hacia la puerta cerrada de la habitación de Romano, se preguntó si debería haber comprado algo más fuerte.
Ya pasamos la mitad de la historia.
¡Gracias por leer!
