¡Alooooo!

Una semana más, siete días de espera… Mis días de vacaciones pronto terminarán T_T

Pero no entraremos en cosas depresivas. Qué gusto regresar, como siempre, me disculpo con algunas de ustedes porque nuevamente fui causa de melancolía. Lamento haber traído recuerdos tristes con el último capítulo, espero que eso ayude a entender un poco más lo que están viviendo los personajes y así, si es que llegan a solucionar sus dificultades, las de ustedes también se llenen de luz y esperanza.

Aunque, aún falta ver qué sucederá…

Sin más qué decir, las dejo leer.

Enjoy…

~oOo~

Bajo el sol de este cielo nublado

"Si eres orgulloso conviene que ames la soledad; los orgullosos siempre se quedan solos".

Amado Nervo (1870-1919) Poeta, novelista y ensayista mexicano.

-Capítulo 8: El fruto de no ceder-

Su mano se paseó suavemente por el vientre abultado, abombanchado aún más el bunad de lana. Se dejó llevar por la voz de orador del hombre sentado frente a ella. El tono suave y firme era un bálsamo, las palabras, sin embargo, una poderosa demanda…

»El amor es sufrido, es benigno;

El amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece…»

El amor…

Los recuerdos tan recientes se clavaron en su corazón…

»no hace nada indebido, no busca lo suyo,

No se irrita, no guarda rencor…»

Recuerdos intermitentes, crudos en sus circunstancias.

Y, las preguntas…

¿Por qué?

¿Por qué Minos se había alejado? ¿Por qué esa distancia? ¿Era el pago por sus errores, por haberlo despreciado en los meses de invierno y vacío? O acaso… ¿había dejado de amarla?

»Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera,

Todo lo soporta…»

¿Soportar?

¿Cómo? ¿Cómo resistir esa nueva sensación de oquedad? ¿No debía sentirse plena por fin?

Su mayor anhelo, ¿no estaba ahí, dentro de ella, renacido con su nueva fe? El golpecito en su interior le respondió, haciéndole sonreír. Pero… saber que Minos no estaba enterado de ello le arrebató otra vez su alegría.

La imagen en aquel río, a escasas horas de haberla visto, se le encajó como un cuchillo, directo a su corazón…

»El amor nunca deja de ser…»

Quizá Minos había hallado la plenitud en Genibera Solberg. Quizá ella era esa persona en quien las palabras del clérigo se cumplían. Un amor que espera, un amor que nunca deja de ser… Albafika estaba segura que la historia de Minos respecto a esa mujer era mentira. Ellos se conocían, no desde hacía meses, eran años los que precedían ese abrazo fuerte y apretado junto al arroyo. Años de esperar a reencontrarse, de verse a los ojos y saber que había valido la pena esperar…

"El amor nunca deja de ser…"

¿Por qué habían ido a Noruega si no era por esa razón?

Todo cobró un nuevo sentido… Al fin entendía el resiente recelo de Minos hacia ella. Si había encontrado a su vieja conocida, era obvio que ella ya no sería parte de esa vida que tanto habían deseado.

Un vástago sobrante e inservible.

Una rama seca que ya no tenía por qué existir…

—Albafika.

Abrió los ojos, apenas notó que los había cerrado. Apartó la vista del hombre frente suyo, limpiándose rápidamente las lágrimas. Carraspeó varias veces para luego sonreír.

—Es un pasaje muy hermoso —declaró. Todo lo que había en ese libro de pastas degastadas le parecía bello. Aun así, el otro notó su falsedad.

—¿Tuviste problemas en casa nuevamente? —cerró el libro para verla con atención. Albafika abrió los ojos, como si no comprendiera la pregunta—. Tu esposo… ¿tuviste que salir de casa otra vez por él?

La joven apretó los labios, negando y mirando por las altas ventanas. Había acudido tantas veces a refugiarse a ese lugar a causa del humor deplorable y desconocido que solía embargar a Minos. Sin embargo…

—No —respondió—. Esta vez no… En realidad, él ya no pasa mucho tiempo en casa —rio, amarga. Guardó silencio, tratando de evadir la mirada compasiva de su acompañante. Bajó la vista a Venn, recostado frente a la chimenea. Sus ojos se crisparon, reteniendo las lágrimas—. A veces, últimamente… he sentido que todo esto fue un error. Creo que me equivoqué al unirme con una persona que ni siquiera conozco. Yo pensaba, creí saber quién era pero ahora… Ahora entiendo que todo fue sólo mi imaginación. Pero, a pesar de eso, no entiendo por qué el saberlo me hace sentir tan…

Hundió el rostro, sin poder terminar. Venn se levantó de pronto, posó su cabeza sobre sus rodillas, emitiendo un gemidito tenue. Albafika le acarició la frente, mordiéndose la lengua. No emitiría un sollozo, ni una sola muestra de debilidad. Se quedó quieta, con la vista clavada en su canido amigo, incluso cuando oyó la otra silla recorrerse, acercándose.

—No eres la única persona en el mundo que ha sentido eso, Albafika… —escuchó. El largo suspiro le motivó a mirarlo. La sonrisa avergonzada le sorprendió—. Yo llegué a olvidar la cantidad de veces en las que quise desertar también. No sólo de mi matrimonio, también de otras labores… No le digas a nadie pero, trabajar como un guarda eclesial no es la labor más fácil —soltó una risa—. A veces, la presión de los otros es tanta que llegas a preguntarle a Dios si esto no es un castigo en realidad. Y mi esposa… Bueno, ella no era más paciente que yo. Era testaruda, terca en cuanto a la forma de ver las cosas, solía faltarle fe cuando los problemas nos oprimían. Más de una vez pasó por mi mente el que tal vez había elegido mal… Trataba tanto de hablarle, de hacerle entender.

Torció el gesto, alzándose de hombros, evocando el pasado.

Albafika lo miró aún, atenta: —¿Y qué hizo? —le parecía que la historia no terminaba todavía. El hombre sonrió, casi con resignación.

—Esperar… El tiempo me hizo entender que si estábamos juntos incluso siendo tan diferentes no era para combatir, buscando siempre tener la razón. Dios quería enseñarnos algo: a ella a tener fe, no en mí, sino en él; a mí a tener paciencia, no sólo en ella, sino también en el Creador. Muchas veces, creemos que ya somos lo suficientemente buenos, lo suficientemente tolerantes. Nos creemos perfectos. Entonces llega alguien, una persona o circunstancia para demostrarte que aún te falta tanto por aprender. En la terquedad de mi esposa vi mis propios errores, mi afán de confiar en mis propios medios, sin dejarle ese aspecto de mi vida al Dios que tanto pregonaba en mis prédicas. Entendí también que podía tolerar los errores de las personas afuera cuando ni siquiera soportaba y enmendaba los de mi propia casa —la miró, sonriéndole—. Sus últimos años fueron sin duda los mejores. Ambos esperamos ya no en nuestras fuerzas sino en Dios. Dejamos que él moldeara nuestro carácter a través de las virtudes y las fallas del otro. Al final, la errante muchacha con la que me casé, era una mujer llena de esperanza.

Albafika distinguió la melancolía en esos ojos. El remordimiento le invadió. Nada era más terrible que evocar la memoria de alguien que ya no está. Sin embargo, admiró la evidente fuerza que suplantó rápidamente cualquier rastro de tristeza. Una convicción de un porvenir eterno que vencía a la misma muerte. Tal como siempre solía ocurrirle, Albafika se sintió envidiosa de esa seguridad que iluminaba el gesto contrario. Mas la historia del clérigo y su esposa, los pequeños detalles, le adolecieron.

—¿Cómo puedo lograr todo eso? —cuestionó, angustiada—. ¿Cómo seguir intentando si me he dado cuenta de que aquella persona que creí conocer no es quien pensé?

Si Minos no confiaba en ella, si no podía responder a sus dudas… Si su reacción a sus preguntas era el alejarse y despreciarla, ¿cómo seguir intentando? Si tal parecía que alguien más podía hacer ese trabajo de confianza mejor que ella. Mejor que nadie…

El brazo del clérigo se estiró, tomando de nueva cuenta al inseparable libro. Las páginas del más reciente fragmento quedaron abiertas otra vez. La sonora voz comenzó a leer: —El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se deleita en la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser…

Levantó la vista, escudriñando por sobre los lentes a una Albafika desconcertada. La muchacha se quedó callada, frunciendo el ceño sin entender su escrutinio. Entonces, el hombre inclinó la cara nuevamente y recomenzó el pasaje. Verso a verso, las palabras se diluían en ese canto de verdades dulces. Cuando terminó por segunda vez, la miró de nuevo, como aguardando. Al no recibir respuesta más que ese gesto confundido, le sonrió, enarcando las tupidas cejas.

—¿Lo notaste? —habló paciente, cual maestro—. ¿Hay algún indicio aquí que hable sobre "conocer"? —los ojos de Albafika parpadearon. Negó débilmente, sonriendo al fin—. El amor no depende de lo que necesitas para sentirte satisfecho o seguro. Tal como lo escuchaste, es casi una osadía. O, ¿a qué te suena a ti "todo lo soporta"?. El amor no se trata de lo que los otros te darán para que tú estés dispuesto a amarlos. Si te afanas por conocer a tu esposo lo suficiente para entonces amarlo, me temo que te quedarás esperando. No se trata de lo que tú conozcas de él, más bien todo es sobre qué tan dispuesta estás de seguir a su lado a pesar de que llegues a conocerlo de verdad, con todos sus errores y fracasos. Eso, Albafika… eso es amar, aún a costa de tu propia satisfacción. Entiendo que ahora pongas esa mirada, no es sencillo lo que estoy diciendo pero estoy seguro de que nada en esta vida que realmente valga la pena es sencillo. Por eso es que pocos pueden conseguirlo.

—¿Así que debo regresar aunque él no quiera decirme nada? ¿Qué pasa si es él quien ya no quiere seguir con esto? ¿Cómo…?

Suspiró, ofuscada.

¿Cómo convencerlo? ¿Cómo atraerlo a mí de nuevo?

Si su sueño por un nuevo ser ni siquiera había resultado efectivo…

Una mano se posó en su hombro. Albafika alzó el rostro para verlo cuando se puso de pie:

—Ten fe… "Lo que es imposible para el hombre, es posible para Dios". Ya no trates con tus métodos, deja que los suyos actúen.

Ahora fue ella quien torció los labios: —Ya lo he buscado demasiado… —comenzaba a pensar que ese Dios no quería dejarse ver. La vergüenza le carcomió cuando se dio cuenta de que sus pensamientos se habían hecho tan audibles. El otro en cambio, sólo ensanchó su sonrisa, en una propuesta determinante.

—Entonces, quizá sea tiempo de que dejes que él te encuentre a ti —levantó el libro de pastas maltrechas y lo abrió—: "Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres, pero el mayor de ellos es el Amor".

La tranquilidad tocó los femeninos labios cuando se curvearon. Albafika negó en sus adentros, callando sus quejas y angustias. La misma calma, percibida por primera vez en aquella noche nevada, se cernió en su interior. Atendió el movimiento brusco dentro de su vientre, apretando el golpeteo para suavizarlo. Le rascó el mentón a Venn quien parecía igual de calmo. Se decidía a marcharse cuando alguien atravesó la puerta apresuradamente.

—¡Papá! —el menor de los hijos se internó sin escrúpulos—. ¡Papá es terrible! ¡Se robaron más caballos de Mr. Bregsten!¡Su hija también desapareció!

El gesto amable se perdió tras el ceño fruncido. Albafika miró por primera vez a ese hombre tan pasivo llenarse de ira.

—Esos maleantes… —apretó los dientes. Miró a su hijo—: Petrioh, lleva a la señora Van der Meer a su hogar, usa la carreta. Yo iré a ver a Mr. Bregsten.

—¿Tú solo? —se horrorizó.

—Estaré bien —le palmeó el hombro—. Date prisa. No dejes que se marche sola… —se dirigió a Albafika—: Disculpa. Tendremos que cancelar nuestra charla —le pasó el libro que tenía, cerrándole las manos sobre la corrugada portada—. No olvides lo que te dije: Tal vez ya es hora de que dejes que Él encuentre…

Le sonrió por última vez antes de salir por la puerta y desaparecer. Albafika miró el objeto entre sus manos, pese a su insistencia de declinar la oferta. Dirigió su atención al muchachito a su lado y en silencio lo siguió hasta la carreta estacionada en un humilde establo. Aceptó su ayuda para subir y enseguida hizo una seña para que Venn la imitara. Una vez arriba los tres, el adolescente chasqueó las riendas para que el único caballo se moviera. Albafika aprovechó el trayecto para pedir los detalles de aquella repentina intromisión. Su chofer, para fortuna suya, fue lo bastante comunicativo para informarle que, desde hacía semanas, los condados cercanos habían sufrido la aparición de ladrones. Grandes cantidades de ganado desaparecían todas las noches; las casas eran saqueadas cuando sus integrantes estaban distraídos por el trabajo o en alguna celebración vecinal. Las mujeres jóvenes habían sido víctimas también. La hija del ganadero, el Sr. Bregsten, era la quinta en desaparecer de Aurlandsvangen.

—La lluvia nos obliga a prolongar las jornadas de trabajo. Todos quieren aprovechar el cielo despejado, antes de que la tormenta anegue los caminos. ¡Esos malditos ladrones usan esas salidas para hacer sus crueldades! —de pronto calló, reparando quizá en su vocabulario—. Lo siento…

Albafika negó con un dejo de compasión ante la expresión asolada. Sin ofrecer su opinión a tales sucesos, elevó el rostro. Las nubes, en efecto, ya comenzaban a reunirse para celebrar otra de las acostumbradas tormentas de Agosto. Llegaron antes de que terminaran de cubrir completamente el cielo.

De nueva cuenta, Albafika se apoyó en los hombros que le ofrecieron ayuda. Agradeció la gentileza de aquel muchachillo, buscando una forma de retribuirlo. El otro se conformó con un ramo de rosas para regalarlo a la que, esperaba, algún día sería su prometida. Dispuesta a no quedar en deuda, Albafika se apresuró a hacer los cortes necesarios a su vergel, esponjado y colorido para ese entonces, solícita a las peticiones del chico. Después de algunos minutos, un esplendoroso ramo quedó terminado.

El muchacho se subió a la carreta, cuidadoso de no aplastar su precioso presente. Con una gran sonrisa y una venia con su sombrero, ordenó a su caballo ponerse en marcha. Levantó un brazo para despedirse cuando estuvo a una larga distancia. En cuanto lo vio desaparecer, Albafika entró a casa finalmente. Se apoyó de lleno contra la puerta, inhalando profundamente en busca de que el repentino mareo se esfumara.

No se lo había dicho pero, en cuanto su transportista le pidió aquel ramo, sus fuerzas se habían contraído. El corto viaje en la carreta, pese a la brisa que le había movido el cabello, había hecho una mella extraña en su estómago. Soslayó el suelo, a Venn devorando gustosamente el desayuno que había preparado para Minos. La bandeja, inservible luego de haberlo descubierto en el río junto a su adorada amiga del pasado, estaba más vacía a cada efusivo mordisco del perro pastor.

Las imágenes volvieron a embargarla. La tranquilidad se disipó, el dolor ante ese hogar vacío le apabulló a su vez. Las náuseas, más fuertes que antes, le estrujaron los intestinos, al igual que la pena le resquebrajó el corazón.

Dejando la recién regalada Biblia sobre el sillón más cercano, corrió hacia la tina donde lavaba los trastes. Los restos de su última comida fueron prontamente expulsados, junto a sus lágrimas de impotencia, del resentimiento que, burlándose de ella, le anunciaba que no era la primera vez en la cual debía vérselas solas.

Y, seguramente, tampoco sería la última…

~O~

El rugido en los cielos los distrajo.

De vuelta en casa, secos al fin, habían empezado la nueva ronda de panecillos y postres para la tarde. Envueltos en el cálido ambiente, el trueno frenó un par de segundos sus actividades. El repiqueteo de la lluvia en el techo se oyó de inmediato. Tres veloces figuritas atravesaron la puerta de repente. Genibera Solberg dejó su tarea con el horno y se adelantó a ellos.

—¡Minos! ¡Te dije que tenían que regresar de inmediato! —miró al trío, manos en jarra—. ¿Dónde estaban?

—Fue culpa de Minos, mamma —el otro se apresuró a traicionarlo—. Hizo que nos perdiéramos cuando estábamos buscando esto…

Hicieron espacio a la única niña quien, abriendo su capa en su regazo, mostró el motín de bellotas y otros frutos que habían conseguido. Los tres sonrieron, esperando ser impugnados por ese regalo. La madre los miró, enarcando las cejas.

—Ya no tendrás que gastar dinero en estos ingredientes, mamá —el más grande buscó clemencia.

Genibera los dejó en suspenso unos cuantos segundos más. Cuando consideró que era suficiente escarmiento, se encorvó rápidamente para sembrar un beso en cada uno de las despeinadas cabecitas.

—¡Vayan a lavarse! —tomó la capa llena de bayos, los chiquillos corretearon hacia el interior de la casa—. Los quiero aquí en cinco minutos, ¿entendieron? —resopló—. Qué niños…

Regresó a la enorme mesa de trabajo. Se lavó las manos en la pequeña tina que tenía sobre una repisa y volvió a subirse las mangas hasta más arriba de los codos. Su largo cabello color chocolate quedó ceñido a una coleta. Oyó una pequeña risa. Ladeó el rostro para mirar a su socio, concentrado en su trabajo con la masa para galletas. La sonrisa mal escondida le impresionó.

—¿Qué es tan gracioso? —indagó mientras revisaba los hornos.

Minos extendió la masa y la aplanó para comenzar a hacer los cortes redondos. La volteó a ver, su sonrisa pareció desaparecer.

—Aún no me acostumbro a verte como madre, es todo.

Genibera Solberg frunció el ceño: —¿Crees que soy muy joven para controlarlos? —Minos trató de objetar.

—No, no dije eso. Es sólo que…

—Soy más fuerte y seria de lo que piensas. Quizá sea una viuda que tiene que encargarse sola de tres niños locos pero, si acaso me obligan, puedo ser más terrible que mi propia madre.

Minos contrajo el gesto. Compararse con aquella mujer, de duro carácter cuando se enojaba, era algo demasiado enorme. Pensar a su vieja amiga con esa rudeza reafirmó su desconsuelo; era sumamente extraño visualizarla de esa manera. No porque fuese incapaz de criar y educar a un hijo, sino más bien porque nunca imaginó que llegaría a suceder. La verdad sobre el matrimonio de Genibera, declarada por ella esa misma mañana, le desilusionó nuevamente.

Fue en ese momento que su mente trajo otra imagen desconcertante. A la propia Albafika correteando tras algún niño, reprendiéndolo, besando su tierna frentecilla. Se dio cuenta que la desesperanza traída por los antiguos meses ya no era tan latente. Descubrir entonces que esa posibilidad de verla como madre podía hacerse realidad, le causó gozo… e inquietud.

Escuchó el golpeteo del agua, la lluvia escurriendo por las ventanas. Se sintió culpable de estar ahí y no con ella, solventándola de los temores que los truenos y relámpagos aún le provocaban.

—¿Minos? —por el rabillo del ojo pudo ver a Genibera quien lo inspeccionaba ante su expresión ausente. La mirada celeste, de pronto encogida, le hizo entender que ella sabía en quién estaba pensando.

—Lo lamento, Genibera… —terminó de cortar la última galleta—. Me marcharé temprano hoy…

—¡¿Qué?!

Antes de que ella pudiera contestarle, el grupo de niños había regresado. El pequeño homónimo de Minos caminó rápidamente luego de escuchar su última frase.

—No puede irse todavía, señor Van der Meer. Queríamos escucharlos platicar de nuevo sobre el pasado de mamá…

Genibera enrojeció, se adelantó a jalarle la oreja.

—Pero, si serás… ¿has estado escuchando a escondidas nuestras conversaciones?

El niño hizo una mueca de dolor: —Tú nunca quieres contarnos nada, mamá. Además, no he sido el único que los escucha…

Los otros dos niños palidecieron. Su madre les echó una aterradora mirada. El más grande observó a Minos cuando su oreja fue liberada. Trató nuevamente de convencerlo de que se quedara.

—Mañana habrá una celebración en la noche. Todavía tenemos muchos panecillos y postres por hacer… ¿verdad, mamá?

Se viró a verla, salvando a sus hermanos de la reprimenda. Genibera asintió al escucharse aludida. Reafirmó la aseveración de su hijo.

—Van a inaugurar el proyecto para una vía de ferrocarril que pasará cerca de Flam. Seguro te lo mencioné… —miró a Minos—. ¿No? Bueno, pues ahora ya lo sabes. Harán una fiesta para celebrarlo y tendremos que hacer el triple de postres entre hoy y mañana.

Minos torció el gesto sin darse cuenta. El rugido de las nubes era una exigencia, el temor de Albafika también. Mas los rostros al frente fueron difíciles de disuadir. Agachó el rostro, pensando en sus opciones.

—Está bien… —Genibera le habló. Minos levantó la cara, encontrando la expresión solitaria—. Si deseas irte lo entendemos. Descuida.

—¡Pero…! —los niños alegaron.

—Cállense, cállense. Si el Señor Van der Meer tiene que irse no se lo impediremos. ¿Sí? —miró al noruego, con sumisión. El amplio pecho se constriñó, dolido por aquella mirada.

Ladeó la cara, concentrado en las imperfecciones del piso de madera y así musitar:

—Puedo quedarme un rato más…

Las expresiones jubilosas aparecieron. Sin darle tiempo a nadie de regodearse, Genibera Solberg comenzó a repartir responsabilidades. Encargó a Sigmund, su segundo hijo, el cuidado de la panadería, es decir, de la atención a los clientes que pudieran llegar a comprar alguna hogaza o canastilla de galletitas. Su única hija, aunque pequeña, demostró su habilidad al comenzar a pelar la cáscara de las bellotas y bayos que ella misma había traído y hervido momentos antes. Mientras tanto, los portadores del mismo nombre, heñían la nueva mezcla de harinas y otros ingredientes para terminar de verter en los respectivos moldes que, finalmente, Genibera colocaba dentro de los dos hornos familiares.

Los minutos transcurrieron rápidamente, hasta convertirse en horas que más que trabajo, parecían una amena entretención. Genibera se paseó un par de veces, supervisando el resultado con la masa. En su último recurrido, deslizó su dedo índice por los restos de harina en la gran mesa de madera. Su hijo gruñó cuando sintió el rastro blanco sobre su nariz.

—¡Mamá! —la mujer volvió a acariciarle las mejillas, restregando más del polvillo—. ¡Ya basta, quiero trabajar!

Se limpió con el dorso de la mano. El resultado obtenido fue el contrario. Al tener sus propios vestigios de ingredientes, el tratar de limpiarse terminó en embarrárselos aún más, manchando casi la mitad de su rostro. Genibera echó una risotada, en especial por ver el enorme puchero de ese rostro semi-infantil.

—Señor Van der Meer, defiéndame… —se le pegó a un costado. El mayor trató de ocultar su risa.

Su alegría se disipó en cuanto una mano llena de restos de masa se acercó amenazante. Hábil, se agachó para evitar los atrevidos dedos. Nunca imaginó que otra mano lo esperaría del lado contrario, a su otra mejilla indefensa. Genibera había usado su primer brazo para distraerlo y así llenarlo con su segunda mano.

Enojado ante esa derrota, Minos se estiró para tomar con un puñado de harina. Sonrió ante la imagen de pómulos emblanquecidos y la boca refunfuñando. Olvidando por completo con quién estaba tratando, no previó esa horda de harina que se abalanzó en su contra. La risa de Genibera estalló cuando lo vio empanizado como sus panes glaseados.

Pero las miradas se crisparon de inmediato, cuando una lucha de harina se inició de repente. Ignorando sus labores y sus años, se arrojaron montones del polvillo blanco esparcido bajo sus pies y en la mesa. Intercambiando expresiones de rivalidad, risas, pleitos y diversión. Se detuvieron sólo cuando Minos se percató del público al otro lado de la tarima, obligando a su enemiga a parar también. Genibera miró junto a él a los tres niños, observándolos a ambos con atención quién sabe desde cuándo. Los ojillos perplejos fueron demasiado embarazosos.

Los niños se voltearon a ver unos a otros. La niñita resopló, con una expresión repentinamente madura:

—Qué infantiles…

Se hizo un sutil silencio, terminado cuando la risa estalló nuevamente, primero de Genibera, luego de Minos quien no tuvo otra opción más que seguirla en ese cúmulo de carcajadas. Los más pequeños, al verlos, se unieron pronto a su alegría. Callaron al momento en que su madre lo hizo, para motivarlos a continuar con el trabajo. En cuanto el espacio quedó limpio del desastre de harinas, continuaron con sus respectivas tareas. Tal como lo habían predicho, el trabajo se intensificó. Los clientes aumentaron al caer la noche, llevándose los panes necesarios para elaborar alguna comida para la celebración. Dirigido por su jefa, Minos se dedicó la siguiente media hora en traer nueva agua para el pozo. Aseguró las reservas del trigo, la avena y el azúcar guardados en los almacenes a cortos pasos de la panadería, al igual que la decena de cabras que tuvo que dirigir al establo para resguardarlas de la lluvia.

Regresó al cuarto de trabajo, empapado y agotado. Echó una corta mirada a la escena de la familia trabajando. La figura imparable de Genibera trajo los recuerdos de su infancia, donde en una cocinita maltrecha, una jovencita pobre, alta y de blancos cabellos como los suyos, se esforzaba por tenerle lista la cena más deliciosa. Sacudió la cabeza y desapareció esa maraña de memorias que habrían podido asediarlo en cualquier momento. Regresó a su lugar en la mesa para amasar la nueva ronda de kaffebrod. Perdió la cuenta del número de bandejas que ya había llevado al horno, tan sólo en ese día.

Cerró la enorme gaveta por enésima ocasión y dio media vuelta para recomenzar el ritual de mezclar y envolver. Agradeció el silencio para poder concentrarse en lo que sus dedos hacían y así no pensar más en el pasado.

—Minos… —sólo en ese instante despegó sus ojos de la argamasa—. Minos, despierta.

Genibera sacudió al niño, apoyado sobre la mesa y con media mejilla llena de betunes. Tuvo que darle un pequeño pellizco para hacerlo despertar.

—Ve a la cama, Minos.

Levantó a medias la cara de la tabla de madera. —Pero todavía tenemos muchas cosas que… —bostezó como un leoncito—, cosas qué hacer…

La madre enterneció el gesto. —Hoy fue suficiente. Vete…

Minos no pudo apartar la mirada, siguiendo la escena desde el principio. Una presencia se posó a su costado, se percató entonces de la enanita figura de la única hija de la familia. Como una florecilla tambaleando por el viento, la niña trastabilló un par de veces, buscando a su mamá. Sus pequeños pasos vacilaron para después desvanecerse por el sueño. Moviéndose casi por inercia, Minos detuvo su caída. No negó al bultito que se acomodó entre su brazo y su pecho, colgándose de su cuello. Volvió a ponerse en pie, cargando con cierto temor a la pequeña.

—Qué pena… —Genibera le dedicó una expresión avergonzada. Dirigió a su hijo mayor a la puerta que conducía a la casa. Dudó un momento a medio umbral—. Seguramente Sigmund también se quedó dormido en el mostrador… —tenía un gesto casi suplicante. Minos entendió.

—Está bien —dijo, dándole el permiso de ir a por el niño aunque eso significara quedarse más tiempo con la niña entre sus brazos.

Genibera aceptó su oferta y desapareció por otra de las puertas. Minos escuchó el traqueteó de sillas y puertas para atrancar; luego de varios minutos, la vio reaparecer, ahora con un niño apoyado a horcajadas en su cintura y con la cabeza reposando en su hombro. La joven se acercó a él, estirando con dificultad su brazo más libre. Sin embargo, ambos entendieron la imposibilidad de esa acción. Con un nuevo gesto de vergüenza, Genibera lo guió por el pasillo que dejaba atrás la estancia laboral e iniciaba su hogar. Sus sombras se estiraron, trémulas ante las lamparitas en una que otra mesa en las esquinas. Minos la siguió hasta las escaleras, rumbo a la habitación del niño. Le ayudó a acomodarlo en la cama y después se alejó, mirándola discreto en su ritual de arroparlo. Después de un corto beso en la mejilla, Genibera se irguió para verlo otra vez, apuntando a su hija con la mirada.

—Ella duerme conmigo… —por alguna razón, rehuyó a sus ojos. Minos volvió a seguirla, hasta una recámara de proporciones mayores. Entonces se detuvo a medio paso de la puerta, al comprender la clase de invasión que pronto efectuaría.

Entrar a su dormitorio… A un aposento tan personal. Ahora entendía el extraño bochorno que de un momento a otro le había invadido a ella.

Se adelantó por la estancia, enfocando su atención sólo al frente, sin hurgar en los secretos que una recámara matrimonial suele resguardar. Caminó hasta la enorme cama… Sintió las venas latir en su cuello, intuyendo su nerviosismo, y se sintió como un estúpido. Inclinó su cuerpo para dejar a la figurita todavía pegada en su pecho. Los deditos no cedieron, se aferraron a su cuello o a sus cabellos. Genibera tuvo que ayudar a zafar el resistente agarre. El éxito llegó al poco tiempo, levantó las cobijas y la metió dentro. Acarició los cabellos marrones, más oscuros que los suyos.

—Lo siento… —le susurró a Minos, quien negó en silencio.

Salieron después de que ella prendiera la chimenea de la habitación. Cerró la puerta con sigilo, para después ir e indagar en la última habitación, donde el hijo mayor estaba tirado bocabajo sobre la cama. Los ronquidos, el sueño pesado, fueron más recuerdos para su homónimo de ojos amatistas, quien se vio así mismo en esa estatua vencida por el agotamiento. Genibera cerró esa puerta también, luego de echarle dos mantas encima.

—Lo lamento, Minos —le dijo mientras descendían por las escaleras—. No me di cuenta del tiempo y creo que esa aventura tras bellotas los dejó muertos.

Minos sonrió entre las danzarinas velas: —Son buenos niños… —declaró casi sin pensar. Genibera esbozó otra sonrisa, llena de complacencia.

—Creo que te quieren mucho. En especial Minos… Nunca deja de hablar de ti.

La afirmación le hizo sentir incómodo, en especial porque comenzaba a creer que el sentimiento podría ser recíproco. Genibera carraspeó.

—También quieren mucho a tu esposa. Heidi ama los jardines desde que fuimos a tu casa.

Albafika…

Una punzada de reproche en su contra. Minos resintió un frío terrible, odiándose, maldiciéndose. Dirigió una mirada furtiva hacia la ventana, el cielo soleado estaba oscurecido ante la noche y los últimos vestigios de la tormenta.

Genibera Solberg comprendió.

—Es tarde. Tienes que irte, ¿cierto? —Minos la vio caminar hacia la estancia donde elaboraban los panes—. Está bien. Aún tenemos dos o tres encargos por hacer pero creo que puedo arreglármelas. ¿Crees que puedas llegar más temprano mañana? Será necesario comenzar una o dos horas antes de lo acostumbrado —entornó el cuerpo apenas para verlo—. Oh, pero olvidé que vives al otro lado del lago… Qué tonta —se dio un golpecito en la cabeza—. Descuida, mejor vete. Buenas noches, Minos.

Desapareció tras la puerta. La soledad y el silencio le dominaron. Un quedo clac-clac en las ventanas era el único sonido alrededor, sumado a su respiración. Inhalaciones paulatinas medio exhaustas. Sí, eso era… cansancio, sentirse extenuado. Los murmullos de las memorias deambularon nuevamente en su cabeza, ¿cuánto habían pregonado ese día? Las evocaciones positivas, la alegría de la infancia, eran siempre aplastadas por la piedra de los días trágicos, de lo que ello le había motivado a realizar.

Lo meditó…

Si regresaba ahora, acomplejado de tantos recuerdos, descubrirse ante Albafika sería casi un hecho. Rompería de una vez por todas las oportunidades de protegerla del pasado, de sí mismo. ¿Valdría la pena…? La tormenta había terminado. No había más rayos, ni truenos, ni peligros para esa bella perla en casa. Regresar a ella cambiaría esa seguridad.

Observó la puerta al frente, la hoja que abría y cerraba para cualquier lado. Las luces de la habitación se colaban entre las rendijas de la parte inferior. Escuchó el movimiento de la escoba, el ir y venir de sus pasos. Su mente escarbó un recuerdo. La maltrecha biblioteca, la única del pueblo. Vieja, fría y siempre solitaria. Los pocos libros resguardados en su interior eran sólo leídos por una persona.

Sonrió.

Recordó los días lluviosos en los que el trabajo era cancelado por ir a leer a escondidas alguno de aquellos ejemplares. Su maña de pedirlos "prestados" y no regresarlos rara vez era descubierta por alguien. Hasta que cierta amiga, hija de panaderos, lo pilló a media fechoría. Y aunque le había costado cada gramo de su orgullo, tuvo que vérselas para regresar el libro a su estante, tal como esa testaruda chica se lo había ordenado.

Reacia y firme, Genibera no había cambiado esas cualidades. Tampoco la extraordinaria habilidad de convencimiento…

Atravesó la puerta una vez más. Inspeccionó el pan en el horno, listo para salir y dejarse enfriar. Restregó un trapo húmedo por encima de la mesa de trabajo. Fue hasta sentir la mirada insistente que alzó la cabeza, todo rastro de incomodidad se disipó al encontrar los ojos azulinos, amigables y cercanos. Sonrió de lado, confianzudo:

—Espero que tengas una habitación para huéspedes…

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Genibera preparó su cuarto mientras él terminaba de limpiar.

Con el último costal de materia orgánica dejado en una esquina, Minos supo que realmente estaba cansado. Se dirigió a apagar el fuego de los hornos luego de sacar la última bandeja de galletas con avellanas. Genibera entró justo antes de que empezara a cabecear sobre su silla.

Para su deleite, se encontró que no sólo le había acondicionado la habitación de huéspedes, también tenía lista agua caliente dentro de la tina de metal puesta en el cuarto de baño. El placer de sus músculos agarrotados en el tibio líquido fue demasiado. Su anfitriona llamó a la puerta después de un tiempo, sugirió prestarle ropa de su difunto esposo para lavar su pantalón y camisa llenos de harina. Pero Minos objetó; prefería los sucios atuendos a ese honor…

Finalmente, Genibera lo guió hasta la recámara que le concernía. Apenas un cuartito de menos de 10 metros cuadrados, suficientes sin embargo para una noche. El hogar en una esquina, además, no era en lo absoluto despreciable. Genibera colocó una cobija doblada sobre la cama recién hecha. Detalló el lugar con la mirada.

—Sé que no es la habitación de un rey…

—Es perfecta —la tranquilizó. Genibera guardó silencio, mirándolo en la oscuridad, como esperando…

Soltó un largo y cansado suspiro: —Qué día tan agotador. Será mejor dormir, mañana habrá mucho más trabajo… —se dirigió a la salida, frenó en cuanto estuvo a cortos pasos de él—. Buenas noches.

Minos sostuvo su mirada, su habilidad para ver en la oscuridad como si fuese de día no se había ido del todo.

—Buenas noches.

Una extraña decepción surcó el rostro contrario. Sonriendo débilmente, la joven salió de la habitación. Sin deseos de pensar en ello, Minos se echó en la cama. El techo alto, lleno de vigas de madera, trajo la realidad de saberse fuera de su propio hogar. El colchón, cómodo por la falta de uso, fue un tanto inconfortable en cambio. La ausencia de la deliciosa fragancia de las rosas se hizo mucho más latente. El saberse solo, sin ese otro cuerpecito, sin esa presencia que añoraba… Contuvo sus deseos de salir corriendo en ese mismo instante, ayudándose solamente de los mismos argumentos que lo habían ayudado a quedarse. Pensó en las preguntas que le haría a Albafika en cuanto la viera al día siguiente, todas sobre esa nueva respecto a su embarazo.

¿Por qué lo había ocultado?

¿Cómo lo había hecho?

¿Cómo había surtido efecto? ¿Desde cuándo…?

Sus ojos se cerraron, agotados, entregados a favor del sueño.

Despertó de un respingo, cubierto de transpiración helada. El corazón atravesado en su garganta confirmó sus sospechas de haber sido víctima de otra pesadilla. Se sentó a medias, buscando calmar el temblor en sus miembros. Mas las imágenes confusas, los gritos, los horrores, se acrecentaron en su cabeza. Oyó el ruido abrupto afuera, rasgando el vidrio de la ventana. Sintió un temor infantil al sonido deslizante, sintiéndose como un idiota al descubrir las ramas de un árbol cercano, restregándose al compás del viento. Sabiendo que no podría dormirse ya, se levantó a mirar tras las cortinas. El cielo estaba nítido, los rayos del sol comenzaban su batalla contra las sombras.

Una vez vestido, se asomó por una pequeña abertura de la puerta hacia el exterior de pasillos. Cuando se supo en tierra segura, se aventuró hacia el cuarto de baño. El agua fría ayudó a despabilarlo por completo. Regresó rápidamente a su recámara, cerrando la puerta con llave. Esperó, sentado en la cama, hasta que escuchó el bullicio matutino en las otras habitaciones. Sonrió a la voz mandona de Genibera que no regaló ni un minuto más de sueño a ningún niño. Entendió el mensaje cuando ni siquiera fue hacia su puerta para llamarlo. Aguardaría…

Oyó a los pies llenos de energía bajar las escaleras rumbo a la cocina. Entonces, Minos pudo salir, inspeccionando detenidamente los alrededores. Bajó los escalones con sumo cuidado y llegó a la puerta principal. Salió, igual de discreto, y cerró para quedarse ante el recibidor. Acomodó cualquier detalle sospechoso en su ropa o cabello, resintiendo que todo ello debía ser demasiado absurdo. Golpeteó sus nudillos un par de veces. Alguien se acercó, veloz.

—¡Señor Van der Meer! —era el mayor, giró la cabeza para gritar—: ¡Mamá, ya llegó Mr. Van der Meer! —le hizo espacio para dejarlo entrar. Fingiendo como un experto, se encaminó tras la feliz figurita, hacia la cocina.

El resto de los niños lo recibió del mismo modo. Evitó mirar a la niña al final de la mesa, disuadiendo el agarre en su cuello y su pecho de aquellas diminutas manitas. Genibera entró con una nueva orden de platos de avena y panes tostados. Le sonrió.

—Buenos días, Señor. Qué gusto recibirlo tan temprano… —Minos reconoció la risa en esa mirada. Tuvo que contestar su saludo con una venia silenciosa antes de que su propia carcajada escapara.

Los acompañó por primera vez a desayunar. Usualmente, llegaba cuando ellos ya habían terminado, para ir directamente al cuarto de trabajo y dedicarse a sus responsabilidades. Pese a ello, la comida duró poco, impulsados todos por la mujer de la casa que no dio tregua para perder tiempo. Iniciaron sus labores con una hora de anticipación. El doble de kaffebrod estaba listo cuando la panadería abrió sus puertas a los clientes.

Era cierto. El trabajo aumentó en sobremanera, Minos lo entendió cuando las reservas de panecillos se terminaron antes del mediodía. Ayudó a cernir la harina, la leche y el azúcar en un molde mucho más grande. Los menores no fueron a repartir panes esta vez, colaboraron a revolver los ingredientes que Minos preparaba o a decorar los pasteles y las galletas con crema. Sabores poco comunes comenzaron a surgir entre la masa; chocolate, frambuesas, manzanas. Los clientes hicieron peticiones especiales sobre los mismos y más de uno aceptó gustoso el pastel de naranja que Minos había aprendido a cocinar hacía más de diez años, ahí, justo en ese local.

Dirigió su atención al frente, sólo un breve instante para otear al más grande de la familia Solberg. Descubrió la habilidad de esas manos, haciendo los ornamentos en la masa cruda de las galletitas de chocolate y nuez. Se preguntó, por primera vez, en qué tan sólo podría sentirse un niño sin un padre. La experiencia propia fue su respuesta…

—¡Quieren más panes glaseados! —entró Genibera, apresurando a cada miembro de ese cuerpo de trabajo.

Las manos se movieron más aprisa. Los personas, aunque pocas, iban de aquí allá, tan concentradas y veloces que parecían decenas y no sólo cuatro. Se oía el subir y bajar de las gavetas, el movimiento de heñir con firmeza, sin descansar, el calor de los hornos cada vez que alguien sacaba o metía una bandeja.

Atardeció, la luz en la habitación se tiñó de un endeble carmín. El ajetreo amainó también. Uno de los niños se escurrió en un banquito, exhausto, para darse un respiro cuando los pedidos terminaron.

El hermano mayor se asomó a la puerta que dirigía al local.

—Creo que mamá está cerrando. La gente ya está concentrándose en ir a la plaza y preparar todo para la fiesta.

Volvió a meter la cabeza a la habitación. Compartió la sonrisa con sus hermanos, alegres de que el largo día estuviera terminando.

Minos dejó de escucharlos, perdido en sus pensamientos. Sin duda, para él también había sido una mañana dilatada en demasía. Aunque no por el esfuerzo o el trabajo… Albafika apareció en su cabeza, arrojando una pena mayor en su contra. Se preguntaba la razón por la cual ni siquiera había recibido su visita, a pesar de su ya larga ausencia. Ensimismado en esa duda, no se percató de la presencia de Genibera, quien examinó su expresión.

—Ya puedes marcharte —lo sacó de cavilar—. Ve a casa… O mejor aún —sus ojos se llenaron del brillo de una idea: tomó uno de los grandes pays rellenos de frutas—, vamos a convencerla de venir a la celebración.

No le dejó negarse. Lo obligó a seguirla, hasta la carreta. Genibera instó a su caballo a darse más prisa de la que le era posible al flacucho animal. Minos estaba absortó de ver la repentina tenacidad, mas agradeció que fuera ella misma quien lo motivara a regresar. Estacionaron la carreta frente a su hogar. Minos le ayudó a bajar, Genibera parecía realmente preocupada en asegurar que ese postre llegara intacto a manos de Albafika.

—¿Por qué tanto interés? —la cuestionó, abriéndole la verja del jardín.

La muchacha le dedicó una miradita suspicaz: —Ni de broma te dejaría venir solo. ¿Crees que no te conozco? Estoy segura que si hubieras venido sin mí, aprovecharías para encerrarte en casa como llevas haciéndolo estos dos años. Pudiste librarte de mí todo este tiempo, pero ya no…

Llegaron hasta la puerta. Minos contrajo el ceño, risón. Conocía cuan real podía ser esa amenaza. Empuñó los dedos para golpetear con sus nudillos. Su llamado quedó a medias cuando la puerta se abrió pausadamente. La figura alta y erguida de Albafika los recibió. El gesto adusto fue, en cambio, una cruel bienvenida.

—Ah, vaya… No estabas muerto.

Voz fría, mucho más que el hielo, mucho más que ninguna otra de las voces y miradas que pudiera haberle dedicado en el pasado. Minos no respondió a su sarcasmo; lo lamentó de inmediato. Albafika dirigió sus ojos a Genibera, fiera, explosiva.

—¿Y tú? —espetó—. ¿No tienes un esposo en casa a quien guardarle respeto?

Genibera retrocedió ante los pasos de ella: —No, no… No es lo que tú piens-as…

—¡Cállate! —una orden imposible de ignorar. Albafika frunció la mirada, llena de pugna—. ¿Cómo te atreves…? ¿Cómo te atreves a venir aquí, a mi casa? ¿Piensas que esa cara llena de culpa me convencerá? Ahora entiendo por qué no te habías aparecido por aquí, falsa, embustera…

Por fin, Minos se interpuso. —Espera en la carreta, Genibera.

Sin decir nada, la aludida dio media vuelta. Albafika fue tras ella.

—¡No he terminado…!

La frenaron, apretándole los brazos. Minos la obligó a entrar. Cerró de un portazo cuando estuvieron dentro.

—¿Qué significa esto, Albafika? Vengo del trabajo, con la persona que está ayudándonos a sostener esta casa, sólo para que actúes como la insolente que nunca has dejado de ser…

Albafika soltó una risotada, entornó los ojos, mirándolo con desdén.

—¿Trabajar? ¿Crees que soy estúpida…? ¡Quién demonios va a creer que debes ausentarte dos días para hacer pan!

—¡Es para un evento! ¿Cómo puedes ser tan…? —se mordió los labios, tratando de controlarse—. Ella venía precisamente para eso. Quería invitarte, quiere conocerte también. Por eso quería que fueras con nosotros…

—¿Y para qué, Minos? Estás muy bien acompañado, no me necesitas, ¿o sí? ¿Para qué vienen ahora y se molestan en ver si yo quiero ir a una maldita fiesta? —cruzó los brazos, pensando un momento—. ¿Y puedo saber qué piensa el Sr. Solberg de esto? O quizá es tan abierto y amable como su querida esposa…

—Él falleció —atajó, duramente, a los cobaltos cada vez más sardónicos—. Hace más de un año que Genibera está sola.

—¡Excelente! —alzó las manos—. Así sólo seré yo la perjudicada. ¡Bien, Minos! Ahora entiendo por qué estás tan tranquilo… Sin el menor remordimiento por pasar la noche fuera de casa, "trabajando" según tú, sin pensar en cuan preocupada por ti puedo estar yo. Es decir… —sonrió con el escozor de las lágrimas—, ni siquiera estamos casados. ¿Por qué tendrías que angustiarte por mí? Por deshonrarme, por traicionarme otra vez… Por romper tus promesas. Está bien, te felicito… ¡Tu plan es perfecto-o!

—¡Ya basta! —la obligó a callar, su grito aunado a una fuerte bofetada. El control desapareció—. ¿Cuándo te he deshonrado, Albafika? ¡¿Cuándo he hecho algo que te ofenda y te haga dudar de mí?! ¡Dime!

Sintió el temblor en sus brazos, el palpitar en sus sienes.

La observó, exigiendo una respuesta a sus preguntas. La altanería de aquellos orbes se había disipado, la expresión estoica se había ido. Sólo quedaba ese rostro perplejo, las manos sosteniéndose la mejilla hinchada. La mirada dolorida fue suficiente para calmarlo, para hacerlo temer, lleno de una culpa terrible.

Albafika le dedicó una mirada afligida.

—Creo que acabas de responderte tú mismo, Minos… —susurró. Una respuesta para ambos en realidad.

Oh no…

Cuánto deseó socorrerla, envolverla en un abrazo como antes. Pero las faltas se interpusieron, los motivos para dejar a un lado el mero sentimentalismo y pedir perdón. ¡Cuánto! ¡Cuánto quiso decirle que lo lamentaba! ¡Que aceptaba su error, ese y tantos otros que ella ni siquiera imaginaba! Las voces, los susurros, los reclamos, fueron cada vez más claros…

Dio la media vuelta, antes de que su mirada contrita delatara aún más. El silencio hizo eco cuando salió sin hablar ni mirar atrás.

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—Discutieron… ¿verdad?

La voz de Genibera lo sacó de sus pensamientos. Observó a su gesto cargado de angustia.

El barullo a sus alrededores era ya mucho a esa hora. Todos los habitantes de Flam estaban reunidos en la plaza principal, en la parte Este, cercana al camino que llevaba al distrito de Aurland. Las palabras del alcalde, junto a las del arquitecto que se encargaría de la construcción de la nueva vía del tren, fueron la inauguración oficial para la celebración. El respetuoso silencio, guardado para escuchar a los hombres en el pequeño teatro improvisado, quedó relegado en cuanto toda esa parafernalia acabó. El jolgorio dio inicio, compartiendo manjares y disfrutando de bailes todos los pueblerinos.

La juerga fue en aumento conforme las horas pasaron. El ambiente se llenó conforme a la llegada de cada familia que se integraba a la fiesta. Todo Flam estaba fuera de casa, disfrutando la larga velada.

Minos no quiso mirar siquiera la reunión. Sus pecados se extendieron como la niebla en todo su ser, opacando cualquier entusiasmo. Incluso el constante bromear de los tres chiquillos que ya conocía bastante bien, fue insuficiente. Sólo Genibera fue capaz de traerlo al mundo real.

No contestó a su pregunta, sin embargo. Se limitó a inclinar la cabeza, empacando el pan que un comprador había solicitado en el puesto colocado para la familia de panaderos.

—Sí —la oyó suspirar—. Discutieron. Fue por mi culpa, estoy segura…

—No —cortó.

Si había un culpable… No era otro más que él. Recargó la espalda en la pared del edificio donde se habían ubicado. Llevó su atención a la rueda creada por los pueblerinos que bailaban. La tranquila melodía le recordó aquel primer baile. Parecía tan lejano…

—Estoy perdiéndola… —fue incapaz de retener su voz. Pero ya no le afectó.

¿Podía ser posible? Se burló de sí mismo, de cuan patética era esa verdad. Si la guerra no había sido suficiente para alejarla, para evitar que ella optara por tomar sus propias decisiones aunque éstas significaran destruirlos, una vida cualquiera en su natal país nevado parecía ser la opción para conseguirlo.

No… ¿País nevado?

De nuevo evadía su responsabilidad.

"¿Hasta cuándo, Minos…?"

Tembló, a esa maldita voz indolente.

"¿Hasta cuándo huirás de ti mismo?"

El pasado…

Revelar quién fue… Quién era… Demostrarle a Albafika que la única de sus decisiones erradas era el haberlo elegido. A él, a Minos de Grifo… Un asesino. Más allá de su labor como espectro, sus pecados antes de siquiera portar una sapuris.

"¿Lo aceptarías… Alyssa? ¿Soportarías toda la verdad?"

La respuesta fue más cruel que aquellos días de sangre.

Y sin embargo…

La sola idea de perderla, de ver en ella esa mirada de decepción, fue suficiente.

—Lo siento, Genibera —actuó, finalmente—. Pero ya debo irme…

Su vieja amiga le sonrió, entendiendo. Lo dejó marchar luego de entregarle un par de pastelillos.

—Nada mejor que un postre para reconciliarse —declaró.

Minos agradeció sus intenciones. Dispuesto a no perder más tiempo, se encaminó entre el tumulto de gente, hasta encontrar el largo camino que lo guiaría a casa.

Un rayo atravesó los cielos, su estruendo lo siguió en breve tiempo. Hizo un doble esfuerzo para ignorar a los susurros en su cabeza, convertidos en gritos de exigencia, de pugna y violencia. La esperanza de ser perdonado por aquel corazón frágil al que tanto amaba sería el impulsor de cada uno de sus pasos.

~O~

Albafika se encogió ante el feroz rugido de los cielos.

El aire silbó de forma espectral entre las ramas de los altos abetos. Señales suficientes para terminar su caminata y volver a casa.

Llamó a Venn, sonrió al verlo corriendo con un enorme pescado entre las fauces. Al menos alguien disfrutaba la noche. Caminó junto al riachuelo unos cuantos minutos más para luego ascender por la colina que le conduciría a su hogar.

Otro rugido en el firmamento le motivó a acelerar sus pasos. Se mordió los labios, resuelta a no gritar por la desesperación, tampoco por la pena de saberse oficialmente sola.

Después de tanto…

La soledad, su vieja amiga, sabía tan amarga en ese camino entre la hierba, debajo del amenazante cielo nublado. Albafika suplicó porque se alejara, antes de convencerse de cuan real era nuevamente su presencia.

Se detuvo un instante, aguzando el oído, volviendo la espalda al bosque que había dejado atrás. La tranquilidad de Venn, devorando ansiosamente su festín, le indicó que aquel ruido sólo había sido imaginario. Exhaló hondo al vislumbrar la parte trasera de la casa. Entró por la puerta que había dejado abierta antes de marcharse. Escuchó ruidos en su recámara, los pasos frenéticos. Seguramente Minos había regresado. Pero no iría a confrontarlo, el ardor todavía latente en su mejilla se lo impidió.

Se dirigió a la cocina para calentar sus pies descalzos frente a la estufa.

Entonces paró en seco, enfrentada por los rostros desconocidos, comiendo voraces sus conservas.

—En la habitación tampoco hay nada…

Dos hombres más se acercaron, salidos de la recámara y deteniéndose de inmediato al percatarse de Albafika. El tiempo se detuvo cuando sintió todas esas miradas centradas en ella como si fuese la intrusa en ese lugar.

No era tonta, en cuanto los vio supo de qué se trataba, y le causó una mofa desmesurada el entender que ladrones estuvieran en su casa siendo ella una antigua y temeraria guerrera. Si acaso ellos la veían vulnerable, pronto se darían cuenta de tan grave error…

El mareo repentino la contradijo.

El frágil corazón que resguardaba en su interior. La posibilidad de perderlo por una acción demasiado gallarda, torpe, nada maternal…

Todo brío se vino abajo, contando a la media docena de hombres fornidos, ya saboreándola con la mirada. El miedo del ser gestado en su interior se anunció con un brusco movimiento, deteniendo casi a su propio corazón. Aun así, supo que lucharía hasta donde sus fuerzas alcanzaran, hasta donde su fe la llevara…

Pero, qué extraño, era la primera vez en su vida que realmente se sentía vulnerable y fácil de quebrantar.

Como si se tratase de un humano más… Otra mujer débil y frágil para ultrajar.

~oOo~

Ya vamos rumbo a la recta final, mis estimadas amigas.

Y como debe pasar en los desenlaces, se avecina algo grande. ¿Qué pasa? ¿Ya odian a Genibera o a Minos? Tengo que decir que no puedo culpar a ninguno de los dos… Naah! En serio quisiera matar al antiguo grifo ¬_¬

Ahora bien, ACLARACIONES~

*Solamente el pasaje bíblico con el que se abrió este capítulo: 1 Corintios 13. Por muchos, poetas, teólogos, filósofos, es conocido como el poema predilecto para describir al Amor. Me agrada no sólo por representar bellamente las virtudes de este compromiso –no sentimiento–, sino por demostrar precisamente eso, que se trata de un pacto, una ardua tarea que se consigue día a día. Y aquí hablamos de no sólo el amor ejercido entre un hombre y una mujer, el amor entre la familia y los amigos, también tiene mucho qué ver.

Ok… Antes de que maten a Minos, aguarden, aún tenemos que saber cuál es ese pasado que tanto le atormenta y que ha hecho mella en el pobre al grado de alejarlo de Albafika. La indefensa sirena también se las tiene complicada con este final. Chan chan chaaaan, ¿qué ocurrirá?

Como siempre mil gracias por leer, chicas. Gracias por los favs, por las lecturas, por los comentarios. En espera ansiosa de sus opiniones, les mando un abrazo y el deseo de que este ombligo de semana sea excelente! Hasta pronto!