Capítulo 7
—Está en Londres. —Niell hacía girar un trozo de pergamino metiéndolo en el fuego de la chimenea. Las llamas prendieron y retorcieron el costoso material hasta convertirlo en ceniza—. Va a abrir la casa Andrew para el debut social de Rossi. Qué gentil de su parte invitarme al baile.
—Eres su primo. —Philip Gadner se ajustó el cinturón de la bata y estiró los pies en zapatillas acercándolos al fuego. Era difícil conservar el calor en estos días. Sentía el frío y la humedad como afiladas dagas clavándose en sus huesos—. La gente hablaría si no te invitara.
Nille gruñó y apuró su copa de brandy.
—La casa Andrew debería ser mía.
—Sí, lo sé. Y será tuya, Nille. Tus planes...
—¡Fallan siempre! Dios Todopoderoso, ese hijo de puta tiene una suerte asombrosa. Si hubiera justicia debería haberse llevado un balazo en la cabeza en Ciudad Rodrigo o en Badajoz. Por lo menos debería haber regresado con cicatrices o lisiado, pero el maldito bastardo regresó a Inglaterra como si nada, sin un solo rasguño.
—Pues sí, eso fue mala suerte. ¿Quién podría haber imaginado que los franceses fracasarían tan miserablemente?
Philip echó una ojeada a la cama que tenía a sus espaldas.
le encantaría meterse bajo el grueso edredón. Así no tendría frío, al menos por un rato. Niell pronto estaría demasiado borracho para que le importara. Así era esa época. Tan sólo ocasionales chispazos de la emoción que habían compartido cuando eran más jóvenes.
Cerró los ojos para dejar de ver el ceño negro de Niell. Las cosas mejorarían cuando consiguiera el ducado. Entonces no necesitaría la bebida ni las mujeres. La rabia que lo infectaba saldría como el pus de un forúnculo abierto con lanceta. Estaría feliz.
Los labios de Philip se crisparon cuando una punzada de ese dolor tan familiar le recorrió el cuerpo. Había creído a pie juntillas aquella historia cuando tenía diecisiete y estaba enamorado. A los veinticinco la había creído la mayor partí del tiempo. Pero ahora tenía treinta y se había vuelto frío. ¿Por qué diablos se quedaba? Era un ayuda de cámara bastante bueno. Podía conseguir otro empleo. Alguien lo con trataría. No un duque, por supuesto. Quizás ni siquiera un noble. Había estado demasiado tiempo con Niell. Pero alguien lo contrataría.
No era la promesa de riqueza y lujos lo que hacía que se quedara con Niell. Dios, cómo desearía que fuera sólo una cuestión de codicia. Pero no, pese a todo el maltrato y el abandono, Niell aún le importaba. Su amor tenía la tenacidad de la mala hierba.
—Está con la ramera.
Philip suspiró.
—La muchacha no es una prostituta, Niell. Es la prima del conde de Brown.
—Es rubia ¿no? Igual que aquella tía del Green Man.
—Como el cadáver de esa tía del Green Man, Niell. —El enojo ensanchaba las alargadas y finas ventanas de la nariz de Philip—. No puedes dejar cuerpos tirados en el campo, Niell. Es muy descuidado.
—Estoy seguro de que no hubiera matado a la chica si hubieras estado conmigo, Philip. —Niell se sirvió más brandy y rodeó la copa con sus manos—. Aunque no sé. Dios, deberías haberle visto los ojos cuando lo supo, justo en el momento en que supo que iba a matarla.
De un tirón, Philip cubrió sus rodillas huesudas con la bata.
—No vas a poner las manos alrededor del cuello de esta muchacha.
—¿No? —Niell se reclinó en su silla. El fuego arrancaba destellos rojizos a su brandy—. No puedo permitir que Albert tenga un heredero.
—Ella es sólo una invitada, ¿no es así? Sólo la prima de Brown.
—Mi primo no besa a sus invitadas. Sin duda no las besa al aire libre, en su finca, donde cualquier transeúnte puede verle.
—Tal vez la bala le recordó a Albert que tiene que vivir el momento.
—Tal vez. Niell bebió un trago de brandy—. Con Albert nunca se sabe. Lo mejor es que vaya a este baile de pre sentación en sociedad y vea cómo la trata. Si la ignora, yo también la ignoraré. Pero si no... —Si no, igual la ignorarás.
Niell encorvó los hombros y se hundió aún más en su silla.
Philip sintió una punzada de pánico. —Tienes que dejarla en paz, Niell. No puedes matar a esta muchacha.
—No actúes como una vieja.
—No estoy haciéndolo. —Philip se esforzó por no gritar. Subía por propia experiencia que mostrando su enojo sólo lograría inflamar el de Niell. Tragó saliva y respiró profundamente—. No tomemos ninguna decisión ahora. Ve al baile y fíjate cómo la trata. Luego idearemos un plan, ¿está bien? Tras un momento de vacilación, Niell asintió. —Esta bien. —Lanzó un bufido—. No tenía pensado estrangular a la chica en la pista de baile lo sabes.
—Lo sé —dijo Philip con un suspiro. La tormenta ha bía amainado por el momento—. Ahora me voy a la cama. ¿Vienes?
Niell lo pensó y Philip sintió una repentina oleada de esperanza. Sabía que en algún lugar debajo de las capas de insatisfacción y enojo que los años habían apilado, debajo de la obsesión de Niell por Albert y el ducado, aún parpadeaba la chispa de lo que habían sentido alguna vez
—No —dijo Niell—. Creo que voy a salir. La noche aún es joven. No me esperes levantado.
—No lo haré.
Philip vio cerrarse la puerta. Oyó el eco de los pasos de Niell en el pasillo, escaleras abajo. Luego, un portazo. Pa saría la noche fuera.
Se quitó la bata y desganadamente se metió en la cama que ahora le parecía demasiado grande. Se estremeció.
Tardó mucho en entrar en calor.
—¿Crees que Niell vendrá esta noche, Candy?
—Yo creo que sí, Rossi. Fue invitado. —Candy agrade cía no haber comido mucho en la cena. Se sentía casi tan mal del estómago como en el Roseanna sacudido por la tormenta. Miró la extensa escalinata de mármol que llevaba al gran ves tíbulo. Wiggins, el mayordomo de Londres, ya estaba en su puesto acompañado de un pequeño ejército de lacayos. Los invitados empezarían a llegar en cualquier momento. ¿Dónde estaban Albert y lady Elroy
—Niell vendrá. —Anthony estaba esperando con ellas—. No es de los que se pierden una comida gratis. —Frunció el ceño—. Tened mucho cuidado. Ambas.
Candy reprimió una risita ligeramente histérica.
—Es un poco extraño oírte a ti hablar de precauciones. —¡Qué injusticia! Yo puedo ser bastante responsable en algunas ocasiones . ¿No es verdad, Albert?
Candy se volvió, aliviada al ver aproximarse a Albert con lady Elroy del brazo. Estaba vestido de riguroso blanco y negro con una esmeralda en el centro de la corbata. Su esta tura, el brillo rubio del cabello y la amplitud de sus hombros atraían las miradas, pero lo que mantenía la atención fija en él era la fuerza de su rostro, el aire de seguridad y poder instintivo que emanaba. Estaba segura de que aquella noche ningún otro hombre estaría tan imponente.
—Está usted espléndido, vuestra alteza. —Candy se ruborizó—. Al igual que usted, lady Elroys.
—Cuando una tiene más de setenta años en su haber, «espléndida» no suele ser el primer calificativo que viene a la mente —dijo lady Elroy—. Pero gracias, querida. Tú también estás muy bien, pero estoy segura de que todos los mu chachos te lo dirán esta noche.
—Claro que sí —confirmó Albert, con los ojos iluminados por un inquietante brillo—. Opacará usted a todas las demás mujeres, a excepción de Rossi por supuesto. —Le son rió a su hermana. Esta hizo una mueca.
—Quisiera llevar un vestido azul celeste, como el de Candy, en vez de este blanco tan soso.
—El blanco te sienta de maravilla —dijo Candy—. ¿No Anthony?
Anthony dibujó una amplia sonrisa y levantó una lupa con mango. Rossi elevó la barbilla. El rió.
—Oh, claro que sí. Los jovencitos se atropellarán para rogarte que les concedas una pieza.
Candy se alegró al ver la sonrisa de Rossi, que suavizó las Tensas líneas alrededor de sus ojos. Sin embargo la tensión en el estómago de Candy no cedía.
-Lady Elroy, vuestra alteza, seguramente sería más apropiado que yo esperara en el salón de baile.
Como un rayo la mano de Rossi cogió la muñeca de Candy.
—No vas a dejarme sola, Candy. Estoy a punto de desmallarme de los nervios.
—Pero Rossi, nosotras no somos parientes. Tu her mano y tu tía te acompañarán. Lo harás maravillosamente.
—Me parece que tú no eres la única que está nerviosa, Rossi —dijo Albert—. Calma, Candy. Nadie será realmente malintencionado en la línea de recepción, no hay tiempo sufi ciente. —Le dirigió una amplia sonrisa a lady Elroy—. Y esta tortura no durará mucho tiempo. Mi tía se cansa, ¿sabes!1
Lady Elroy gruñó. Las elegantes plumas blancas de su turbante morado se balancearon enérgicamente cuando negó con la cabeza.
—¡Bobadas! Yo no me canso. Tú te aburres, Albert. ¡No intentes negarlo!
—Bueno, puede que me aburra un poco —dijo con otra de sus amplias sonrisas.
Frunciendo el ceño, lady Elroy miró a Candy.
—Tome su lugar en esta línea de recepción, señorita. Aquí, junto a su primo. Anthony, confío en que protegerás a Candy de las peores arpías.
Anthony hizo una reverencia.
—Será un placer, lady Elroy.
—Pero lady Elroy —insistió Candy mientras toma ba su lugar— ¿la gente no se preguntará qué estoy hacien do aquí?
—Deja que se lo pregunten. Me ahorra la molestia de-encontrar otro cotilleo para matar el tiempo.
Llamaron a la puerta principal y Wiggins se dispuso a abrirla. Candy sintió una oleada de pánico en la garganta:
—¿Pero qué voy a decir?
—Sólo di «Buenas noches» y si alguien trata de con fundirte, míralo por encima del hombro —aconsejó Lady Elroy—. Y si debes decir algo, di que yo le pedí que estuvieras aquí. Es verdad, después de todo. Ahora, párate derecha y pon una sonrisa en tus labios.
—Sí, señora —dijo Candy. Mientras los primeros invi tados empezaban a subir las escaleras le susurró a Anthony—: ¿Dónde está lady Sarah?
Él rió por lo bajo.
—Probablemente «descansando» hasta que hayamos Terminado con la maldita línea de recepción. Ha tenido años para perfeccionar su número de desaparición. —Se volvió para saludar a una mujer entrada en años que llevaba bastón y un elaborado peinado empolvado que evocaba el siglo ante rior—. Lady Leighton —dijo, alzando la voz—, qué alegría verla nuevamente. Permítame presentarle a mi prima nortea mericana, la señorita Candy White.
Candy tomó la mano enguantada de lady Leighton:
—Buenas noches.
—¡Ah! —Lady Leighton escudriñó el rostro de Candy—Me acuerdo de su padre y de su abuelo, señorita. Ya era hora de que regresara usted de esas colonias olvidadas de Dios.
Candy parpadeó.
—Gracias, señora.
—Inglaterra, aquí es donde usted pertenece. —Una fina lluvia de polvo para el cabello cayó sobre el canesú de lady Leighton cuando balanceó la cabeza— Me alegra que fi nalmente se haya dado cuenta de eso.
Candy la observó cojear hacia el salón de baile antes de tener que dirigir su atención a la siguiente persona.
Muy pronto la escalinata y el vestíbulo se llenaron de gente. El murmullo de la conversación se transformó en un bramido. Wiggins se retiró de la puerta principal, dejándola abierta. La línea ya salía hasta el parque. Fuera, los gritos de los cocheros y el tintineo de los arneses se entremezclaban con el alboroto general. Candy sonreía y murmuraba saludos mientras una constante corriente de perfumadas y enjoyadas damos y elegantes caballeros fluía delante de ella.
— ¿ Lo está pasando bien, señorita White?
Candy pestañeó para enfocar la vista en el rostro que tenía ante sí.
—¡Mayor Cromwell! —Sus labios se estiraron en una sonrisa genuina—Qué alegría verle.
—¿Me reservará una pieza?
—Por supuesto. Creo que he mejorado lo suficiente como para que no tenga usted que temer por los dedos de sus pies.
—¡ Ah, vaya, eso sí que es un alivio! —Con una amplia sonrisa, avanzó por la línea.
Finalmente, el caudaloso río se convirtió en un hilo de gente.
—Creo que no hay peligro en abandonar nuestras po siciones. —Albert cogió la mano de lady Elroy—. ¿Qué me dices, tía? ¿Ya hemos cumplido nuestra misión aquí?
—Por supuesto. Acompaña a Rossi al salón y empe zad el baile.
—Será un placer. Vamos, Rossi. No ha sido tan malo, ¿verdad?
Los ojos de Rossi brillaban y la excitación coloreaba sus mejillas.
—Hay tanta gente...
—Sí y están todos reunidos en el salón de baile espe rando por nosotros.
Albert condujo a Rossi a través de una amplia puerta doble y unos pocos escalones al salón de baile. Candy y Anthony los seguían. Al llegar al umbral ella se detuvo y por un mo mento no dejó a Anthony seguir avanzando.
Había visto el salón de baile apenas llegaron a Londres. Aquella vez había oído el eco de sus propios pasos en el vasto y oscuro espacio y se había estremecido ligeramente. Ahora cien tos de velas parpadeaban desde las inmensas arañas. Había tanta gente reunida allí que apenas podía ver los tiestos de árboles y los montones de flores de invernadero con los que la servidum bre había llenado la habitación esa mañana. Los brillantes colo res de los vestidos de las mujeres se mezclaban con los atuendos blancos de las jovencitas y el negro de los trajes de etiqueta de
los caballeros. Aspiró el olor a cera derretida y perfume.
-Oh.
—Impresionante, ¿no es verdad? Albert puede ofrecer espléndidas fiestas cuando se lo propone, aunque supongo que Lady Elroy y Lady Sara son más responsables que Albert de este despliegue. —Anthony avanzó—. Vamos, Candy. Tenemos que entrar a la pista apenas Albert y Rossi hayan dado inicio al baile. —La miró con una amplia sonrisa—. De verdad espero que tus habilidades para la danza hayan mejo rado desde aquella noche en Andrew. No me entusiasma la idea de manchar con mi sangre este traje tan elegante. Lo compré especialmente para la ocasión, sabes.
El mar de gente se abrió para dejar pasar a Albert y Rossi hasta el centro de la pista de baile. A medida que avanzaban en tre la multitud, Candy apretaba con más fuerza el brazo de Anthony. Las miradas y susurros que acompañaban el paso de la jo ven la acobardaban. Anthony le cubrió la mano con la suya.
—No los dejes acobardarte —murmuró—. Lo harás bien. Eres una White, ¿no?
Candy sonrió y levantó la barbilla.
—Claro que sí —respondió en un susurro.
—Así me gusta. Ya hablas como una duquesa.
Candy levantó la vista hacia Anthony, sobresaltada.
—No es verdad.
—Sí, lo es. Lo llevas en la sangre, Candy. Puedes ser norteamericana, pero no puedes escapar a tu herencia inglesa.
Ella sacudió la cabeza pero no tuvo tiempo de conside rar las palabras de Anthony, pues la orquesta empezó a tocar.
Candy se quedó de pie junto a los ventanales, donde el airé era ligeramente más fresco. Había bailado todas las piezas.. Le dolían los pies y sentía la cara encendida. Se alegraba de poder tomarse un respiro. Echó un vistazo alrededor para asegurarse de que nadie la miraba y rápidamente se secó el sudor de la frente con los extremos de sus guantes.
Albert estaba bailando con una menuda muchacha ru bia. Candy frunció el ceño mientras los miraba bailar un vals. Sin duda él la sostenía más cerca de lo apropiado. ¿Y por qué la joven sonreía como si compartieran un secreto íntimo? Cambió de posición intentando calmar su estómago revuelto.
Por primera vez veía a Albert en su ambiente. Las mu jeres revoloteaban a su alrededor como mariposas nocturnas alrededor de un farol. Y él no las desalentaba. Les sonreía a todas y cada una.
Era una verdadera imbécil. Por supuesto que él se había sentido atraído hacia ella en Andrew, le atraía cualquier cosa que llevara faldas. Simplemente había sido la única mujer disponi ble para flirtear. No debía olvidar que Albert era un duque.
—Ah, la señorita White, ¿verdad?
Candy se volvió para encontrarse con dos matronas de mediana edad que le sonreían. Bueno, sus labios estaban cur vados en sendas sonrisas. Sus ojos especulaban. Una era baja, de nariz afilada y ganchuda. La otra, alta y huesuda.
—Hola.
Candy forzó una sonrisa. Hubiera preferido ignorar a este par de potenciales arpías, pero la cortesía y la precaución pudieron más.
—No nos recuerda, ¿verdad? —preguntó Nariz Ganchuda.
La joven sacudió la cabeza.
—Lo siento. Debo haberlas conocido en la línea de re cepción, pero había tanta gente que confieso que no recuerdo con claridad los rostros.
—Ya. —Movió nerviosamente hacia arriba la nariz—. Bien, yo soy la duquesa de Rothingham. —La mujer hizo una pausa y levantó las cejas. Candy la miró inexpresivamente—. La madre de lady Eliza Leigan.
Candy sonrió cortésmente y vio a la mujer apretar los labios y fruncir el ceño. Obviamente la duquesa había espera de provocar otro tipo de reacción, pero verdaderamente la joven no tenía la menor idea de quién era la señorita Leigan. Miró a la acompañante de la duquesa. A la pobre mujer se le había abierto la boca hasta los pies.
—Ésta es lady Huffington
Las palabras apenas consiguieron traspasar los labios rígidos de la duquesa.
Sarah asintió.
—Hola.
Lady Huffington aún claramente perpleja, cerró la boca. Respondió al saludo de Candy tan sólo con un movi miento de cabeza.
Las prominentes ventanas de la nariz de la duquesa se ensancharon.
—Tenemos entendido que es usted una invitada en casa de su alteza, el duque de Andrew.
—¿ Es usted una amiga especial de la familia ?
Candy se preguntaba qué le daba a esta mujer el dere cho de montar semejante interrogatorio. Indudablemente ella pensaba que su rango le permitía semejante descortesía.
—No, en absoluto. Hasta hace poco más de un mes yo ni siquiera sabía de la existencia del duque.
—¿De veras? —El tono de la duquesa era una mezcla de incredulidad y frialdad.
—Oh, sí. —Candy intentó abrir grandes los ojos y pa recer tonta—. Fui muy afortunada de que el duque y su fami lia me recibieran. Verá usted, mi padre era el hermano del conde de Brown, es decir, el tío del actual conde. Cuando papá insistió en que yo viniera a Inglaterra, él no sabía que su hermano había muerto. Por supuesto, yo no podía quedarme a vivir en casa de mi primo soltero. Si el duque y su tía no me hubiesen ofrecido un lugar en su casa, no sé qué habría hecho. —Candy hizo una pausa para tomar aire y prosiguió—. Estoy feliz de poder ayudar un poco a la familia para corresponder a su generosidad. Como tengo alguna experiencia con jovencitas, estoy supervisando a la hermana de su alteza durante su presentación en sociedad.
—Ah. —Los labios de la duquesa se arrugaron en las co misuras—. Entonces usted es la dama de compañía de nuestra querida Rossi. Qué bien. —Se volvió hacia lady Huffington, ignorando a Candy como si ésta se hubiera vuelto invisible de re pente. La joven sonrió ligeramente. Por algún motivo, la du quesa la había visto como una amenaza. Pero la servidumbre no era una amenaza y en su calidad de dama de compañía, Candy era tan sólo servidumbre demasiado bien vestida.
Entonces la música se detuvo. Albert apareció acompa ñado por su pareja de baile. La muchacha apenas le llegaba al hombro a Candy. Tenía facciones delicadas y un porte distante y sereno. Parecía una costosa muñeca de porcelana.
—Candy, veo que ya ha conocido a la duquesa y a lady Huffington. Le presento a la hija de la duquesa, lady Eliza Leigan. Eliza, la señorita Candy White, de Lakewood.
Candy sonrió. Las comisuras de los labios de lady Eliza se movieron nerviosamente hacia arriba como si sufriera de momentánea indigestión.
—Un placer —dijo lady Eliza y lanzó un bostezo, cubriendo su diminuta boca con su también diminuta mano. Sus ojos nunca pasaron del canesú de Candy. La duquesa po dría haber tomado lecciones de altivez con su hija.
La orquesta empezó a tocar los primeros compases do un vals.
—¿Me concede esta pieza, señorita White?
En esa pequeña parcela del salón de baile, la tempe ratura cayó en picado. Candy dejó que Albert la guiara hasta la pista.
—¿ Me equivoco o la actitud de las damas de repente se tornó un tanto fría?
—Glacial. —Trató de reprimir un estremecimiento al sentir sobre su cintura la mano de él. Ella era sólo una compa ñera de baile más, se recordó—. Creo que podría usted haber cometido un error táctico, vuestra alteza —dijo mientras él la
—Albert, Candy. Si me lo susurras al oído, nadie se en terará de tu audacia.
Albert le susurró a ella al oído. La respiración de la jo ven se tornó un tanto irregular.
—Basta.
—Dices esa palabra con demasiada frecuencia, cariño. No dejes que se convierta en una costumbre, porque, sin duda, no es ésa la palabra que desearé oír cuando consiga tenerte otra vez en mi cama. Practica decir «sí» u «oh, sí» o simplemente «oh». Con la entonación adecuada, por supuesto. Cortito y jadeante, quizás, o largo y arrastrado como un gemido.
-¡Albert!
—Lo ves, sabía que podía hacerte decir mi nombre. —Albert rió por lo bajo en su oído—. Pero ¿por qué crees que he cometido un error táctico ? Pensé que había logrado una reti rada impecable.
—Yo acababa de persuadir a la duquesa y a su amiga de que era un cero a la izquierda, que no merecía en absoluto la atención de ellas y viene usted y me pone otra vez en la mira invitándome a bailar.
—¡Oh! —Albert miró una vez más a las mujeres—. Están mirándonos fijamente —informó—, y no se las ve par ticularmente felices. —Dibujó una amplia sonrisa—. Por su puesto, nunca se las ve particularmente felices.
El que Albert hubiera englobado a la muñeca de porce lana con las mujeres mayores le provocó a Candy un arranque de placer. Sofocó también este sentimiento, diciéndose que probablemente él la criticaría también a ella cuando bailara con la próxima belleza londinense.
—¿Y usted? —preguntó él—. ¿Está disfrutando la fiesta? Parece no haber parado de bailar.
—El Mayor Cromwell y Anthony han sido muy bue nos procurándome permanentemente compañeros de baile.
—Dudo que les haya costado demasiado. Bastantes hombres me han preguntado quién era usted.
—¿De veras? —Candy contuvo el aliento mientras Ja mes la hacía girar de un modo particularmente estimulante.
—De veras.
Bailaron en silencio un momento. Candy empezaba a sentir esa familiar languidez que la invadía cada vez que esta ba demasiado cerca de Albert. Buscó desesperadamente algo que distrajera su atención.
—¿ Niell ya llegó ?
—No creo. —Albert recorrió con la vista la multitud. Su mirada se detuvo en la entrada. Candy lo sintió ponerse tenso y apretarla más contra sí—. Ahí está.
—¿Está mirándonos?
Albert asintió.
—¿No siente su mirada malévola? —Apretó los la bios—. Dios, cómo desearía que me dejara en paz.
—Ignórelo. —Detestaba ver en el rostro de él esa mi rada sombría.
—Ojalá pudiera. -—Albert la miró—. No quiero que le suceda nada a usted, Candy.
—A mí no va a sucederme nada. Deje de preocuparse.
—No puedo. —La última nota del vals se apagó. Albert la mantuvo contra sí un momento más—. Tenga cuidado, cie lo. No deje que Niell la aborde estando sola.
—No lo permitiré.
—Asegúrese de que así sea. —La condujo hasta donde estaban de pie su tía y lady Sara.
—Visteis a Niell, ¿verdad? —dijo lady Sara. Saludó con la cabeza a una jovencita de pie cerca de ellos—. No queremos que crea que tú y Candy andáis juntos todo el tiempo. Ve y saca a bailar a la muchachita Warrington.
Albert lanzó una mirada a la muchacha.
—-¿ La muchachita Warrington ya terminó la escuela ?
—Es su tercera temporada, Albert.
—Bien. —Se encaminó hacia la muchacha.
Apenas Albert se alejó, un hombre que estaba quedándose calvo y tenía una abultada barriga se acercó al grupo.
—Lady Elroy y lady Sara, qué placer volver a ve ros. —Hizo una reverencia emitiendo un notable crujido.
—Ah, Symington, es usted. —El tono de lady Elroy no manifestaba el más leve entusiasmo. Candy no podía cul parla. El hombre parecía tan interesante como unas sobras de carne— .¿Ha estado usted bien?
—Tanto como puede esperarse después de un invierno tan húmedo. Y una primavera también húmeda y fría. —El señor Symington se estremeció—. Un clima horrible. Pero al menos ahora no está molestándome la gota. —Tosió para aclararse la garganta—. ¿ Se han enterado de la muerte de mi Lucinda?
—Sí, nos hemos enterado, ¿verdad Sara? Senti mos mucho su pérdida.
El señor Symington asintió con aire lúgubre.
—Lucinda fue una buena esposa. —Lanzó un largo suspiro para atestiguar su pérdida—. Y su cena de hígado con cebollas... Pero ya ha pasado un año —un hombre empieza a sentirse solo. Se me ocurrió darme una vuelta por la ciudad para contemplar a las bellezas de este año... Miró significati vamente a Candy—. ¿Me recomendaría usted como compañe ro ante esta joven dama, lady Elroy?
Lady Elroy frunció el ceño como si estuviera consi derando negarse
—Candy, este es el señor Symington —dijo finalmen te—. Señor, la señorita White es la prima norteamericana del conde de Brown.
—De Norteamérica, ¿eh? —Las tupidas cejas del señor Symington se movieron hacia arriba como si pudieran llenar el espacio que el cabello había dejado vacío—. Ese lugar está lleno de salvajes, ¿no es cierto?
—No —comenzó a decir Candy, pero el señor Symington le interrumpió.
—¿ Le gustaría bailar una pieza?
Sin darle tiempo a responder, la cogió del brazo. La joven miró a las señoras mientras lo seguía hacia la pista de baile. Lady Elroy esbozó una sonrisa, encogiéndose se hombros.
Candy y el señor Symington se ubicaron entre el con junto de bailarines.
—Dígame, usted sabe bailar, ¿no es verdad? —pre guntó, con repentino aspecto alarmado. Las parejas que los rodeaban a ambos lados les clavaron la vista y una de las mu jeres soltó una risita.
—Sí, sé bailar. —Candy se propuso dar unos cuantos pasos en falso con destino a los dedos del señor Symington.
Comenzó la música. Los botones del señor Symington parecían a punto de salir disparados del chaleco. A medida que la pieza avanzaba se hizo evidente que el caballero también había consumido ajo en abundancia durante su última comida, el olor se intensificaba a medida que las gotas de transpiración se agol paban sobre su calva y rodaban por la nariz bulbosa.
Su dificultosa respiración soplaba sobre el escote de Candy. Era una sensación sumamente desagradable. Al menos no le quedaba aire para hablar.
Al terminar de hacer las figuras del baile de cuadrillas, el señor Symington parecía al borde del colapso. Candy no de seaba pasar más tiempo con él, pero tampoco quería verle mo rir en el salón de baile de Albert.
—¿Desea un vaso de limonada?
—Ah, ah, gra... ah, ...cias —Jadeó el señor Syming ton—. Sólo... joh!
De repente su respiración se aceleró aún más y el aire parecía no llegar a sus pulmones. Sus ojos se fijaron en un punto sobre el hombro derecho de Candy. La joven se estiró para cogerle del brazo pensando que iba a desmayarse.
—Ah, la encantadora señorita White. —La voz de Niell era inconfundible—. Y «Simple» Symington.
Candy se volvió para mirar de frente al primo de Albert.
Volvió a mirar al señor Symington. Otro hombre le hubiera recriminado a Niell su flagrante descortesía, pero el señor Symington se limitó a juguetear con la leontina de su reloj.
—Señor Niell, eh... un placer, eh... le aseguro. Eh... por supuesto ya conoce a la señorita White. Ella es, eh... una invitada en casa de su primo.
—Lo sé.
El señor Symington pasaba un dedo por su corbata. Candy se daba perfecta cuenta de que el hombre deseaba con desesperación estar en cualquier otro lugar.
—íbamos a beber un poco de limonada —dijo ella.
—Excelente idea. Esfúmese entonces rumbo a la sala de refrigerio de Albert, Symington. Yo retendré aquí a la señorita White. No hace falta arrastrarla hasta allá, ¿verdad?
—No, en absoluto. —La cabeza del señor Symington se balanceaba como un corcho en un río crecido—. Es una idea estupenda, seguro. Ahora mismo voy, entonces. —Se marchó sin volver la vista atrás.
El señor Symington, notó Candy, no aspiraba en abso luto a comportarse como un caballero.
La orquesta eligió ese momento para empezar otro vals.
—Mi pieza, señorita White.
Candy se puso tensa. Una vez más iba a bailar sin ga nas, pero esta vez sintió una oleada de miedo en vez de una de aburrimiento. Tenía que ir con Niell, no podía montar un número, pero no se lo pondría tan fácil. Empezó a caminar más lento, forzándole a detenerse.
—Bueno, tengo que reconocerle algo al viejo Albert. Parece que ha encontrado una potranca con agallas —dijo Niell mientras de un tirón la aprisionaba entre sus brazos.
—¿Perdón? —Candy trató de dar un paso hacia atrás, pero las manos de Niell eran de acero. Sus senos rozaron el pecho do él. Sabía que la sostenía demasiado cerca. Alrededor ya se había hecho un silencio. Eran el blanco de más de una mirada furtiva.
—No se haga la tonta conmigo —siseó Niell—. Sé que Albert la desea.
—Señor Niell, no es que sea asunto suyo, pero le aseguro que el duque y yo somos sólo conocidos. Yo necesita ba un lugar donde vivieran mujeres para quedarme y él gen tilmente me ofreció su hospitalidad. A cambio, yo estoy ayu dando un poco con el debut de su hermana. No veo por que puede interesarle eso a usted.
—La vi bailando con él.
—He bailado con muchos hombres esta noche. —Candy se esforzaba por mantener la firmeza de su voz mientras la invadía una mezcla de enojo y miedo.
—Usted no entiende, señorita White. Yo vi a Albert. Conozco a mi primo. Quiere meterse bajo sus faldas.
—¡Señor Niell!
Candy lo hubiera dejado plantado en la pista en ese ins tante, con o sin escándalo, pero no podía. Le resultaba imposible desligarse de su abrazo.
—Sólo recuerde —dijo él, en voz baja y amenazante— , el que usted conserve su buena salud depende de la soltería de Albert.
—Señor Niell —jadeó Candy, rogando que la soltara pronto—, no tengo intención de casarme con su primo.
—Espero que no. Albert no puede tener un hijo con usted.
Con el ceño fruncido la arrastró en silencio pasando junto a la orquesta. Candy tenía la esperanza de que eso fuera todo cuanto tenía para decir. Pero no era tan afortunad;).
—Aun si vuestro matrimonio no fuera sumamente in-conveniente para mí y muy peligroso para usted —Niell le mostró los dientes en lo que ella supuso pretendía ser una son risa—, detestaría que su corazón norteamericano se rompiera
Candy sintió la amenaza de una risita histérica que pugnaba por escapar de su garganta. ¿A Niell le importaba su corazón? Si se rompía, estaría impaciente por contar los pedazos.
—No dude de mí, señorita White. Si es usted lo sufi cientemente tonta como para casarse con mi primo, su corazón se romperá. —La hizo girar con una sacudida tan brusca que ella tuvo que agarrarse de su hombro para no trastabillar—. Usted no conoce nuestras costumbres, así que la ilustraré. —Estoy muy segura de que no es necesario. —Yo estoy muy seguro de que sí lo es, señorita White. Si hubiera usted crecido entre nosotros, sabría todo esto sin que nadie le dijera una palabra. Conocería la reputación de Albert.
—¿Su reputación?
—Oh, no es tan terrible... para un duque. Nosotros los simples mortales... —Niell se encogió de hombros—. Bueno, la sociedad es... digamos, menos comprensiva.
—Creo que ya ha dicho usted bastante. Niell rió.
—Yo no lo creo. Usted sabe que Albert pertenece a la Flor y nata», señorita White, pero ¿se da cuenta de que los matrimonios de la «flor y nata» son simplemente negocios? hombre proporciona su nombre y fortuna; la mujer produce un heredero. El amor, o para darle un nombre más genuino, la satisfacción sexual, no tiene lugar.
—¡Señor Niell, por favor! Estoy segura de que usted no debería estar diciendo semejantes cosas. Niell ignoró las palabras de Candy. —Vosotras las mujeres tenéis que esperar hasta haber obsequiado a vuestro marido con su pasaje chillón a la nueva generación. Nosotros los hombres no tenemos que esperar. Podemos dormir donde queramos, cuando queramos. Por eso, en su noche de bodas, el conde de Northhaven se acostó con su esposa a las diez, con su amante a las once y con la esposa de lord Avery a la medianoche. Y luego se fue al exclusivo burdel de Madame Bernard.
—¡Eso os repugnante! No lo creo.
—Créame, señorita Hamillon. Es algo tan común que rara vez se comenta. Mantenga abiertos los ojos y los oídos alerta en cualquier reunión de la «flor y nata» y pronto se dará cuenta de que le digo la verdad. De modo que, si está es perando encontrar amor en el matrimonio con Albert, resul tará tristemente desilusionada ¿Y satisfacción? Quizás sí la encuentre, si es más valiente que la mayoría de las vírgenes.
Candy sacudió la cabeza y tironeó para retroceder. Nuevamente el abrazo de Niell se volvió más apretado. No había forma de escapar de él.
—¿ Sabe cuál es el apodo de mi primo, señorita White ?
—No, ni quiero saberlo. —Lo único que Candy quería era que terminara la pieza.
—Si no se lo digo yo, otro lo hará. A la gente le encan ta el cotilleo y las proezas sexuales de un duque son intere santes.
Candy lo miró a los ojos.
—Señor Niell, debo pedirle que pare inmediata mente con esto. Su conversación es sumamente inapropiada.
Podría haberse ahorrado las palabras.
—A Albert le llaman «Monje», querida. En broma, por supuesto. Albert no es precisamente candidato a las órdenes religiosas.
—Creo que esta pieza me corresponde, señorita White.
Candy miró al Mayor Cromwell. Él frunció el ceño.
—La noto un poco pálida. ¿Preferiría descansar un rato? Sería un placer hacerle compañía en la sala de refrigerio.
—Sí, por favor.
Salir del salón de baile le resultaba una perspectiva muy agradable. Aunque hacía esfuerzos por mantener la compostura, estaba segura de que todos los cotillas del salón habían notado su baile con Niell y ahora estaban observan do su reacción.
La habitación que Albert había reservado para comer era mucho más fresca. La única pareja que había allí se fue cuando Candy y el Mayor entraron. Ella se hundió con grati tud en una silla mientras el Mayor iba a buscar las bebidas.
Las palabras de Niell no deberían haberla sorpren dido. Simplemente acababa de confirmar lo que su padre y las hermanas Pony siempre le habían dicho acerca de la «flor y nata» británica. Sin duda Albert le había mostrado sus per feccionados poderes de seducción.
Pero estaba sorprendida. Escandalizada. Era una idiota.
Observó al Mayor Cromwell atravesar la habitación. Era un hombre guapo. Su porte militar acentuaba la amplitud de sus hombros y sus ojos azul claro bordeados por oscuras pestañas eran impactantes. Ella debería haber sentido mari posas en el estómago. Cuando él le alcanzó la limonada y sus dedos enguantados rozaron los de ella lo único que sintió fue la placentera expectación de una bebida fresca.
Sin duda era una idiota.
—Disculpe, señorita White, pero no pude evitar verla con Niell. ¿Ese canalla dijo algo para alterarla?
Ella se encogió ligeramente de hombros.
—Mi escaso conocimiento del señor Niell me ha lle vado a esperar que sea desagradable. Sí, mencionó cierto apodo que le habían puesto a su alteza, como si fuera significativo.
—¿Sí? —Por un momento Estir pareció desconcer tado—. Oh, usted se refiere a «Monje». Niell le endosó ese apodo a Albert cuando estaban en la universidad. Ya nadie lo llama así, al menos no en su propia cara.
—Ya veo.
Candy colocó cuidadosamente su limonada sobre la mesa. De repente le resultaba imposible tragar siquiera un sorbo.
—Discúlpeme, señorita White, pero no debería deja que tan poca cosa le haga enfadarse.
—No, por supuesto que no. Y por favor llámame Candy.
Miraba fijamente su vaso. Ella era culpable de su pro pia infelicidad. Había permitido que las semanas en Andrew la indujeran a ver a Alberts como un norteamericano con acento diferente. Estúpida. Después de todo lo había conocido en la cama. Desnudo. Obviamente no era tímido a la hora de quitares la ropa delante de extraños.
¿Cuántas de las mujeres que estaban en el salón de bai le esa noche habían acogido al duque de Andrew en sus camas ?
—Entonces usted debe llamarme Estir. Y no debe ría dejar que Niell la haga enfadar —estaba diciendo Estir—. Él es una alimaña de la que la «flor y nata» desgraciada mente ha elegido no librarse. Cuando usted se case con Albert, Niell será expulsado, como corresponde. Hasta entonces, evite a ese hombre. Es lo que yo hago.
—Tengo la intención de evitarlo. —Suspiró—. Y por favor, no crea que me voy a casar con su alteza.
El rostro de Estir adquirió una interesante expre sión de perplejidad.
—Ya veo.
Candy rió.
—No tiene la intención de discutir conmigo, ¿verdad?
Estir sonrió abiertamente
—No, señora. Nosotros los soldados aprendemos pronto qué batallas no merecen nuestra sangre.
Candy trató de beber un sorbo de limonada. Ahora pudo tragar un poco.
—Dígame, Estir, ¿por qué los ingleses insisten con este ridículo sistema de primogenitura? Pone a hermano con tra hermano, a primo contra primo. ¿No es verdad?
—¡Vamos, Candy, no nos juzgue a todos nosotros por la conducta de Niell! Yo soy el segundo hijo y no envidio a mi hermano. No envidio en absoluto su título. Siento pena por él.
—¿Pena? ¿Por qué?
—Porque su vida no es suyo. —Estir se inclinó hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa. Él es el marqués de Knightsdale. Ése es su título, pero bien podría ser su nombre. Nunca ha sido simplemente Archiball Cromwell. Nació como el conde de Northfield y se convirtió en Knightsdale cuando aún estaba en Eton. Afortunadamente él parece con tento con su suerte. Lleva la tierra en la sangre. Pero nunca ha tenido elección. ¿Entiende?
—Sí. —Candy lo entendía perfectamente. Albert tam bién llevaba la tierra en la sangre. Y él tampoco había podido elegir. Tenía que cuidar Andrew. Tenía que contraer matrimo nio, aun si eso significaba casarse con una norteamericana Rubia. Pero eso no implicaba que tenía que limitarse a com partir la cama sólo con su esposa.
—Creo que yo llevo una vida mejor —decía Estir—. Tengo la libertad de seguir mi propio camino. Me alisté en el ejército. Si quisiera, podría irme a América mañana, como hizo su padre. No, sinceramente espero que mi hermano ten ga una larga vida y muchos hijos varones. No deseo en abso luto estar jamás en sus zapatos.
Estir terminó su limonada y contempló el vaso.
—Qué tontería de mi parte traer esto. Lo que necesita mos es champaña. ¿Qué dice?
—Digo que nunca he bebido champaña.
Estir rió.
—Entonces es mejor dejar que sea Albert quien se la presente. No le haría mucha gracia que su prometida se achis para por mi culpa.
—Yo no soy su prometida.
—Está bien. —Estir se reclinó en la silla—. Aunque realmente debería considerarlo. Usted obtendría una buena posición y al mismo tiempo le haría un favor a Albert. Él nece sita casarse pronto a causa de Niell. Esa noche en el Green Man Albert estaba a punto de pedirle matrimonio a Eliza Leigan. Sin duda merece algo mejor que esa condena a ca dena perpetua.
—¡ Oh! —Ahora Candy entendía por qué la duquesa de Leigan se había acercado a hablarle.
—Ah, estabais aquí.
El corazón le dio un vuelco al oír la voz de Albert. Le vantó la vista y sonrió sin poder evitarlo.
—Estaba simplemente dando a Candy un descanso del salón de baile. ¿Sabías que nunca ha bebido champaña?
Albert levantó una ceja.
—¿Y tú has estado dándole a probar un poco?
—No. Eso te lo dejo a ti.
Albert asintió.
—¿Quisiera probar un poco de champaña, Candy?
—Sí, gracias.
Ella se miró las manos mientras Albert iba a buscar las bebidas.
—¿Se siente bien? —preguntó Estir—. Está pálida otra vez.
—No, estoy bien. —«Tan bien», pensó, «como puede estarlo una mujer que de repente se da cuenta de que podría estar enamorada de un libertino». Albert regresó y le ofreció una copa. Ella bebió un pequeño sorbo. Las burbujas le hicie ron cosquillas en la nariz.
—¿Necesitaba un descanso del baile, Candy? —pre guntó Albert—. No me diga que le duelen los pies.
—En realidad sí. Es agradable sentarse por un rato.
Candy bebió otro sorbo y miró a Albert por el rabillo del ojo. Su cabello rubio oscuro resplandecía a la luz de las velas y el ángulo nítido y fuerte de su mandíbula se destacaba contra el blanco níveo de su corbata. Era muy guapo. Pecaminosa mente guapo. Era natural que las mujeres lo desearan. Ella lo deseaba. Bebió un trago más grande de champaña. Las burbujas cosquillearon en la garganta y en la nariz.
—Creo que Niell ha estado causando problemas —dijo Estir.
—¿De veras? —Albert miró fijamente a Candy. Ella bajó la cabeza y otra vez acercó a sus labios la copa—. ¿Qué hizo él, Candy?
—En realidad nada. Creo que estaba tratando de asus tarme. Le dije que usted y yo éramos sólo conocidos, pero no me creyó. —Bebió otro sorbo de champaña.
resopló Estir.
—Naturalmente que no le creyó, con ese vals vosotros dos estuvisteis a punto de prenderle fuego al salón de baile.
—¡Maldición! —Abert parecía a un tiempo enojado y frustrado.
«¿Habrá besado a Eliza Leigan?», se preguntaba Candy. Debía de haberlo hecho si había estado considerando comprometerse con ella. Bebió un trago más grande de champa ña. Sin duda las burbujas provocaban una sensación agradable.
—No puedo decir que me guste verle cerca de Candy—dijo Estir.
—¿Que a ti no te gusta? —La voz de Albert se elevó. La bajó inmediatamente—. Dios, yo detesto verle cerca de ella, pero no puedo hacerle expulsar de Londres, por mucho que me gustaría. Al menos ahora ya se ha marchado. Le vi salir un instante antes de entrar aquí.
Candy dejó que las palabras de los hombres resbalaran sobre ella mientras contemplaba las burbujas de champaña ascender desde el fondo de la copa. Se la llevó a los labios nuevamente.
—Creo que probablemente ya es suficiente, cielo —dijo Albert, quitándosela de las manos—. ¿ Bailamos ?
Candy sentía su cabeza flotar encima de los hombros. Le sonrió a Estir.
—Si nos disculpa usted.
—Señora, Albert era mi comandante. Por supuesto que os disculpo.
—Sabia decisión, Estir. Muy sabia. —Tomando a Candy por el brazo, la ayudó a ponerse de pie. Ella se tambaleó ligeramente y debió apoyarse en él—. No más champaña.
—¿Por qué no?
—Porque está usted achispada, cielo.
Cuando entraron al salón de baile, la orquesta estaba tocando los primeros compases de otro vals. Candy sonrió. El vals era su baile favorito, especialmente si iba a bailarlo con Albert. Él la tomó entre sus brazos y la joven cerró los ojos, saboreando la música. Se sentía bailar con ligereza y gracia rodeada por la fuerza de Albert. No había otro lugar del mun do donde prefiriera estar. Decidió que las palabras de Niell no tenían importancia.
—¿Estoy haciéndola dormir, Candy?
—No.—Levantó la vista hacia Albert, todavía hechiza da por su proximidad. El mostró una sonrisa de medio lado.
—Siga mirándome así, amor mío, y la alta sociedad británica nunca se recobrará del escándalo que puedo sentir me obligado a protagonizar.
Un ardiente rubor incendió cada centímetro del cuerpo de Candy. Empezó a palpitarle un lugar que no osaría confesar y de repente sintió las rodillas débiles. Temía fundirse con él en cualquier momento.
—Albert—dijo con un hilo de voz.
Él rió.
—Probablemente con sólo bailar ya estamos escanda lizando lo suficiente a la sociedad. Sugiero alguna distracción mental. Quizás debería usted recitar la Declaración de la In dependencia.
Candy tenía la mente en blanco. Todo cuanto podía hacer era mirar fijamente los labios de Albert. Sabía que eso era algo muy indecoroso y hasta estúpido, pero había perdido por completo el control de sus músculos.
—No creo que pueda.
—Mmm. Bueno, debo admitir que me complace so bremanera el haber logrado reducirla a ese estado de inconsciencia, cielo, pero de verdad se hace necesario cambiar de tema. Mis pantalones ya se están expresando demasiado bien por sí solos.
—¿Cómo dice?
—No importa. ¿ Qué fue exactamente lo que le dijo mi desagradable primo mientras bailabais?
Candy trastabilló. Albert la ayudó a mantener el equili brio, atrayéndola contra sí un tanto más cerca de lo que per mitía el decoro. Los senos de la joven le rozaron el pecho. La sensación que despertó ese contacto la recorrió de la cabeza a los pies.
—Nada —dijo en un susurro—. Nada en absoluto.
—Creo que ya es más que suficiente. —Anthony rescató la copa de champaña de entre los dedos de Candy.
—Tú deberías ser quien hable. —Candy tenía que con centrarse para lograr que cada palabra atravesara sus labios, los cuales se negaban a cooperar. Sabía que no estaba del todo co nectada con la realidad. Era una sensación que le gustaba. Mira ba a Albert bailando con una morena alta y de generosos pechos.
—Exactamente. Un exceso de fogosidad te llevó al aprieto en el que estás.
—El exceso fue tuyo, no mío. —Candy hubiera conti nuado la discusión, pero no podía concentrarse en el tema lo su ficiente como para ordenar sus difusas ideas. Vio a la morena sonreírle a Albert. «¿Habría visitado ya la cama de esa mujer?».
—¿Albert sabe que has estado «catando» su champaña con tal libertad?
Candy se encogió de hombros.
—A él no le importa.
—Oh, pues yo creo que sí le importa y mucho. Vamos, ésta es la última pieza. Tengo la esperanza de que si logro hacer que te muevas por la pista, recuperarás algo de sobriedad.
—No estoy borracha.
Anthony sonrió.
—No demasiado, tal vez. Pero apuesto a que por la mañana tendrás dolor de cabeza.
—¿Vas a bailar conmigo o a sermonearme?
—A bailar, creo. Vamos.
Candy lo pisó dos veces. En uno de los giros, perdió el equilibrio, pero Anthony la mantuvo erguida. Cuando se extin guía la música, se la entregó a Albert. Éste ya había depositado a la morena junto a su carabina.
—¿Quieres que deje a Candy recostada en algún rincón?
Albert la observó con atención. Ella lo miró echando chispas por los ojos.
—¿Demasiado champaña?
—No—respondió ella.
—Sí—dijo Anthony.
—Venga. —Albert la cogió del brazo—. Es hora de dar las buenas noches a nuestros invitados. Si se queda quieta y no habla demasiado nadie lo notará.
Anthony fue el último en marcharse. Cuando la puerta se cerró tras él, Rossi dio un salto y abrazó a Albert.
—¡Ha sido maravilloso! —Empezó a girar a través del vestíbulo, el vestido arremolinándose alrededor como ligeras olas—. ¡Bailé toda noche! Estoy tan excitada que no voy a po der dormir.
—Entonces supongo que tendremos que despedir a to dos los jovencitos que vengan de visita por la mañana —dijo lady Sara mientras comenzaba a subir las escaleras—. Les diremos que estás indispuesta.
Rossi se detuvo en mitad de un giro.
—¡Oh, no! ¡No hagas eso!
Lady Elroy rió por lo bajo.
—Entonces a dormir, si no quieres parecer una bruja ante todos tus admiradores. —Tomó del brazo a Rossi, pero al llegar al primer peldaño se detuvo y lanzó una mirada por encima del hombro-. ¿Vienes Candy?
Albert cogió la mano de la joven.
—Me temo que voy a retener a Candy por unos pocos minutos más. Tenemos algunas cosas que discutir.
Lady Elroy puso los ojos en blanco.
—A mí no me engañas, muchacho. Alguna vez fui jo ven, aunque os cueste creerlo. Simplemente, no os enfras quéis demasiado en vuestra «discusión». Estoy plenamente de acuerdo con vuestra temprana boda, pero no quiero ver a los invitados contando los meses entre el casamiento y el na cimiento de vuestro heredero.
Albert rió entre dientes.
—¡Tía! Por favor, un poco más de discreción. Has puesto como tomates a las pobres Rossi y Candy.
Rossi guiñó un ojo a Candy mientras ayudaba a lady Elroy a subir las escaleras. Candy se quedó mirándolas hasta que sintió que Albert le tiraba de la mano. Lo acompañó a su estudio. Sabía que no era una buena idea, pero ya no era su cerebro el que dirigía sus actos. Ahora la guiaba algo diferen te, una necesidad que no comprendía. Su buen juicio era tan sólo espectador.
Albert cerró suavemente la puerta tras ellos. La con ciencia de tenerle a su lado, de ese cuerpo con sus formas y ángulos, sus músculos y fuerza, fue como un golpe seco para Candy. Sus ojos recorrieron la línea de la mandíbula contra la suave blancura de la corbata, deteniéndose en la definida cur va de los labios. Deseaba tocar esos labios, sentirlos sobre su piel. Estaba sin aliento, expectante.
Él la condujo hasta su sillón. El cuarto estaba oscuro, iluminado sólo por el fuego cubierto de cenizas. Se sentó y ti rando suavemente de ella la atrajo hasta su regazo. La joven se hundió en la fuerza de esos muslos, en la pared del pecho, en el calor de los brazos.
-Mmm, que bien sabes. —Las palabras de Albert re tumbaron cuando sus labios de terciopelo pasaron rozándole el lóbulo de la oreja, para continuar deslizándose por la línea de la mandíbula hasta encontrarse con el latido que parecía aletear en la base de la garganta. —Esta noche, cada vez que te veía bailando con otro, pensaba que enloquecería. Cuando te hallé en la sala de refrigerio con Estir sentí la furia de la ba talla, y eso que él es uno de mis mejores amigos.
Con la lengua, Albert le dio un leve golpecito en la unión de los labios. Sorprendida, ella tomó aire y él aprove chó para entrar en su boca, llenándola. Candy estaba sobreco gida por la intimidad de la acción, petrificada por la áspera dulzura de la lengua, el olor picante de la piel, el poder latente del cuerpo masculino. Dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre el hombro de él. Sentía palpitar entre las piernas un calor hú medo y misterioso. Gimió al sentir la mano de Albert rodeándole un pecho. También esa parte de su cuerpo anhelaba el contacto. Se movió sobre el regazo, tratando de acercarse más a Albert. Éste le frotó ligeramente el pezón con el pulgar.
Fue un levísimo toque, pero el sobresalto que provocó atravesó como un rayo el cuerpo de la joven, despejando su mente de los vapores del champaña. Tensa de repente, se re sistió dándole un empujón contra el pecho. Los brazos de Albert aflojaron inmediatamente la presión y ella se sentó er guida, jadeando y estremeciéndose.
Había tenido en su boca la lengua de Albert, cuyas ma nos se habían posado sobre partes de su cuerpo que ella mis ma apenas si tocaba. Y esas palpitaciones ahí abajo... Candy sacudió la cabeza pero sin conseguir ahuyentar ni esos pensa mientos ni las sensaciones que provocaban. Dios del cielo. In dudablemente James estaba convirtiéndola en una lujurioso. ¿Sería así como empezaba con todas sus mujeres? ¿Haciéndo les perder la conciencia hasta que hacían cualquier cosa que el deseara? ¿O acaso simplemente era así como se comporta La «flor y nata», todas esas bellas mujeres, sofisticadas y mun danas? Bueno, pues Candy no era mundana. No era más que una americana provinciana e ingenua.
-¿Caramelo?
—Niell dijo que la «flor y nata» lo llama a usted «Monje».
—¿Dijo eso? —Pese a que su voz no denotaba infle xión alguna, la reacción de su cuerpo habló por sí sola. Soltó a Candy, dejando caer las manos. Ella seguía sentada sobre su regazo, pero igual daría que estuviese sentada en la silla más señorial.
La pregunta era innecesaria, pero aun así la formuló.
—¿Es verdad? —La frase sonó estridente, como de al guien a la defensiva.
—Sí —admitió él—. Es verdad.
