Muchas gracias por vuestros comentarios. Como ya me lo habéis preguntado varias, Harry saldrá en la historia, pero próximamente. Un besote!

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Capítulo 8: Un disparo en la oscuridad.

- ¿Todavía estás aquí? -preguntó Ron mirando a través de las sombras.

La pequeña figura de Hermione se encontraba agazapada contra el alféizar de la ventana de su habitación. No había podido conciliar el sueño por mucho que lo había intentado. Su discusión con el pelirrojo aún pesaba en el ambiente. Era la primera vez que ella se había atrevido a poner en duda las razones por las que estaba allí. Pero siempre había sido una persona libre; desde que abandonó el orfanato se afanó en labrarse una carrera para no depender de nadie y ser completamente libre. Y no comprendía del todo lo que estaba sucediendo a su alrededor; y mucho menos la velocidad con la que se estaban produciendo los acontecimientos.

Ron no parecía entender eso.

Hermione levantó la cabeza y se lo quedó mirando, manteniendo su silencio. Esperaba una explicación por su parte y una disculpa también. Se había sentido como una estúpida cuando él había abandonado la "sala de reflexión" y la había dejado allí con la palabra en la boca.

Eran dos personas demasiado diferentes, pensó.

- Quiero volver a casa. -dijo Hermione después de varios minutos.

Sintió como el ambiente se tensaba.

- No estás siendo realista. -prosiguió.- No soy tonta. Sé lo que he visto, aunque no pueda explicarlo. Quiero decir que eres mitad hombre mitad león, o como quiera que funcione eso. Y también soy consciente de que existen extrañas criaturas nocturnas. Además de ese ángel caído, Lord Voldemort. Pero yo no tengo nada que ver en todo eso. No es mi guerra, no es mi mundo.

Ron permaneció en silencio, sospesando las palabras de Hermione.

Ella tenía razón en una cosa: no estaba siendo realista. Por que si se hubiera tomado en serio desde el principio su misión y no hubiera dejado que el deseo le nublara el juicio, ella estaría ahora dentro del recinto de la Sociedad, custodiada por sus mejores guerreros. Y él sería libre para volver a su vida de soledad y agonía, de bagaje continuo en busca de aquellos que amenazaban a la Humanidad. En su lugar, tenía delante a una mujer que no se dejaba doblegar con facilidad, que ponía en duda todos sus esfuerzos por protegerla y que hacía que su entrepierna cobrase vida cada vez que lo miraba con aquellos ojos dorados sin que él pudiera hacer nada para remediarlo.

¿Cómo hacer entender a alguien ajeno los problemas a los que se enfrentaban?

Sobretodo si no quería desvelar demasiado de si mismo en el proceso.

De hecho, aquella era otra línea que había traspasado con creces: Hermione sabía más cosas de él en cinco días que la mayoría de sus congéneres durante siete siglos.

Y aquello le ponía en un estado de vulnerabilidad que no le gustaba nada.

A su mente volvió, fugaz, el recuerdo de Lavender.

Ya tendría que haber vuelto a la Sociedad Subterránea y entregado su informe. Pero por el contrario, seguía allí, confinado por voluntad propia, junto a una criatura que no era capaz de ver más allá de su racionalizada mente. ¿Merecía la pena correr todos esos riesgos? ¿Dejar a su gente desprotegida? ¿Arriesgarse a un castigo peor que la muerte...al destierro? Sin embargo, no podía dejar de pensar que ella tenía razón. Aquella no era su guerra; los miembros de la Sociedad no eran su gente. Ella era un personaje nuevo en la película de su vida.

Ron ladeó la cabeza para mirarla. Hermione mantenía su perfil obstinado mirando hacia arriba, directamente hacia sus ojos azules. Con la boca entreabierta y los brazos cruzados sobre el pecho acentuando la redondez de estos. Esperaba a que él dijera algo, pero no era capaz de adivinar que respuesta la satisfaría. De lo único que estaba seguro era de que tenía que alejarse de ella durante un tiempo.

Si, eso era lo necesitaba.

Tiempo para deshacerse de fuera lo que fuera que ella le hacía sentir.

Tiempo para matar esas emociones que él creía perdidas para siempre.

Tiempo para poner sobre aviso a su gente, prepararlos para el combate y volver a ser el cazador despiadado que había sido durante los últimos siglos. Sin atenerse a ninguna regla, dejando la desolación allá por donde pisaba, anulando cualquier atisbo de remordimiento por lo que había hecho.

Ese era él.

Y había estado a punto de olvidarlo por culpa de ella.

A la mierda si era el ángel violeta, azul o multicolor.

La Humanidad ya le debía demasiados favores.

- ¿No piensas decir nada? -preguntó Hermione tras observarlo durante varios minutos. Había visto como su rostro pasaba por infinidad de fases: confusión, enojo, dolor, enojo, resignación, confusión, enojo. Había sido como ver un catálogo de expresiones humanas.

- Si no puedes entender que estás aquí por tu seguridad...no tengo nada más que decir. -dijo Ron en un tono tan bajo que Hermione tuvo que hacer un esfuerzo por entenderlo.- Vete, si eso es lo que quieres.

- Pe-pero...-abandonó su sitio en el banco de la ventana y caminó hacia él. Se detuvo a un metro escaso, invadiendo su espacio a propósito. Tuvo que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos e hizo un gran esfuerzo para no tocarlo, conteniéndose, reprimiéndose.- ¿Entonces ya está?

- ¿Qué esperas que haga, Hermione? Eres libre, no puedo retenerte.

- ¿Y todo eso de que hay una guerra en ciernes, de que yo soy un ángel, de que...todo eso ya no importa?

- Tú misma lo has dicho: no es tu gente, no es tu guerra. -Ron dio un paso hacia atrás, alejándose de ella y del perfume embriagador de su piel. Tenía que pensar como el cazador que era, no como un hombre, se recordó.

- ¿Por qué haces esto? -insistió ella avanzando y levantando las manos para tocarlo. Su piel era caliente al tacto, los músculos de sus brazos contraídos, fuertes, duros.- ¿Por qué actúas de esta forma conmigo?

Ron bajó la cabeza para mirarla, siendo plenamente consciente de su pequeña figura.

- Algo ha cambiado, lo sé. Pero no quieres decírmelo. -Hermione continuó hablando.

Por el amor del cielo, ¿es que no hay forma humana de hacer callar a esta mujer?, pensó el pelirrojo.

- Soy un guerrero. -repitió.- No puedo tener puntos débiles. Y tú...tú haces que pierda la concentración.

- ¿Así que lo mejor que se te ha ocurrido es alejarme de ti?

- No te confundas, Hermione. Esto...-señaló los cuerpos de ambos con un movimiento de mano-...esto que hay entre nosotros es solo atracción. Necesidad pura y dura.

Hermione parpadeó confundida.

¿Acaso intentaba decirle...?

- ¡Pues claro que es solo atracción y deseo! -exclamó dando un paso hacia atrás.- ¿Acaso piensas que porque me has proporcionado un par de orgasmos ya eres el amor de mi vida? No soy tan débil como crees.

Ron se la quedó mirando con la boca abierta.

Aquella mujer no dejaba de sorprenderlo.

No estaba acostumbrado a que las féminas se comportaran de ese modo con él, y mucho menos a permanecer impasible ante sus arranques. Pero Hermione provocaba demasiadas sensaciones nuevas que él pensó que jamás sentiría. Como ese hormigueo en la sangre que le instaba a dejarse llevar y lanzarse sobre ella. O la facilidad con la que su entrepierna cobraba vida cuando la veía morderse los labios o entreabrir la boca.

- Has puesto en duda mis intenciones. -dijo para salir del paso mientras desviaba la mirada a cualquier otro lado que no fuera ella, su rostro, su cuerpo y su esencia.

- Perdone usted, oh, gran guerrero. -Hermione se llevó las manos a las caderas y ladeó la cabeza.- No estás acostumbrado a que te repliquen, ¿verdad?

- No; nadie ha vivido el tiempo suficiente para hacerlo. -reconoció Ron.

- Seamos razonables. No puedes soltarme todo ese rollo, todo ese nuevo mundo del que no tenía ni idea y esperar que lo acepte sin ninguna rabieta de por medio.

- No te entiendo.

- ¿Es que piensas que soy tan estúpida como para poner en peligro a los pocos que me importan? Hay cosas que todavía no sé cómo explicarlas, y eso de que soy un ángel y todo eso de una guerra tenebrosa...-mientras hablaba iba moviendo las manos de un lado a otro, de arriba abajo.- Lo único que sé es que me han atacado cuatro veces y tú me has salvado tres de ellas. ¿Qué te dice eso?

- Que yo tenía razón y tú estás siendo poco razonable. -dijo Rondándose la vuelta para mirarla.

- ¡No! ¿Es que no sabes nada de mujeres? Bueno, claro, viviendo en una Sociedad llena de guerreros como dices... No te imagino gastando tu tiempo en comprender a las mujeres.

- Si te digo la verdad, eres la mujer con la que más he hablado en toda mi existencia.

- Eso es un poco triste, ¿no crees?

- No necesito que me psicoanalices. -Ron volvió a cambiar de talante y a recuperar su máscara fría.

- Te has autoproclamado el rey de los atormentados, como si no hubiera en el mundo gente tan jodida o más que tú. -rió ella echándose hacia atrás.

- Yo no soy rey de nada. -se apresuró a decir él.

- Ya, ya, eres un guerrero y un león y todo eso. -declaró Hermione quitándole importancia con un gesto de la mano.- Solo dime una cosa: ¿estás dispuesto a sentarte conmigo y explicármelo todo con tranquilidad? No puedo abandonar mi vida y todo lo que he conocido porque a un tío que acabo de conocer se le han cruzado los cables.

- Eres demasiado peligrosa para ti misma, ¿lo sabes?

- Ya, ya, por eso de que soy el ángel exterminador de la Humanidad, ¿no?

- No. Porque no te callas ni debajo del agua, eres demasiado curiosa y tienes un lengua entrenada.

- ¡Ja! -exclamó ella a modo de triunfo.

- ¿Entonces te quedas?

- Alguien tiene que seguir atormentándote, ¿no?

- ¡Ja! -dijo él copiando la expresión de ella.

No sabía qué pensar, estaba totalmente descolocado. De todos los escenarios posibles, aquella inesperada e irreal conversación no habría aparecido ni en un millón de años. De verdad pensaba que ella se marchaba enfadada, furiosa, defraudada. Suponía que que haber pasado siglos provocando esos sentimientos a los de su alrededor, si que había tenido un efecto secundario en él. Le costaba confiar en todo aquel que no fuera él mismo. Y era cierto lo que le había dicho: era la mujer con la que más tiempo había hablado en toda su existencia. Y eso viniendo de una persona que tenía más de mil años...era tiempo. No lo admitiría, pero empezaba a gustarle el talante combativo y la personalidad alocada que ella poseía.

Pero seguía teniendo un problema: cada vez que miraba su rostro tenía ganas de besarla.

Ron formó sendos puños con las manos y respiró hondo. El ejercicio había fortalecido su cuerpo, pero había dejado sus músculos en tensión. En el pasado, para vencer esa tensión se habría lanzado al ring de boxeo clandestino más cercano. En el presente, eso estaba fuera de toda lógica y discusión. Apretó los labios hasta formar una fina línea en su rostro de mármol. Sus ojos azules eran como antorchas de fuego con el único objetivo de quemarla.

La deseaba.

Hermione lo miraba con los brazos aún en sus caderas; sus ojos dorados se iban oscureciendo poco a poco. Se concentró en respirar, en el movimiento de su pecho al subir y bajar. Sintió como todos los bellos de su cuerpo se erizaban y una ráfaga de aire caliente le acariciaba la piel. Aún quería hablar con él sobre todo lo ocurrido, sobre cómo funcionaba eso de ser un ángel, sobre los peligros a los que se enfrentaban, sobre cómo solucionaban el pequeñodetalle de su ausencia en su vida normal. Pero no podía concentrarse, pensar, si él seguía mirándola de aquella forma. Le había dicho que no pensaba que fuera el amor de su vida, y era verdad. Sin embargo, no iba a ser estúpida y negar lo evidente.

Lo deseaba.

Se asfixiaba.

De repente, hacía mucho calor en la habitación y a ella le costaba respirar con normalidad. Movió una mano frente a su rostro para darse algo de aire. El movimiento hizo que sus rizos castaños bailasen como si fueran los hilos de una marioneta. Sentía las mejillas enrojecidas, calientes. Tragó saliva lentamente y entreabrió la boca para acaparar más aire.

Aquello fue su perdición.

Porque Ron salvó el espacio que les separaba en dos zancadas y se lanzó sobre ella. Atrapó sus labios con ansia, ferocidad y hambre. Pegó su cuerpo al suyo, alzándola con los brazos alrededor de la cintura para tener mayor acceso. Hermione gimió contra su boca, llevando sus manos hasta su cabeza, acercándolo más. Tomó impulso y enrolló las piernas alrededor de las caderas de Ron. Este se dio la vuelta con ella en brazos y reculó hasta que su espalda dio contra el banco de la ventana. Se dejó caer lentamente sin soltar a Hermione en ningún momento. Las manos de ella apretaron sus hombros y bajaron hasta colarse por debajo de la camiseta negra. Enseguida las palmas de sus manos se encontraron con su abdomen duro y siguieron subiendo hasta sus pezones erguidos. Sus caricias eran pura lava contra la piel del pelirrojo. Ron se adueñó de su labio inferior y tiró con fuerza hasta que ella gimió. Apretó los cachetes de su trasero acercándola más, si aún era posible, a su cintura. Gruñó contra su boca pidiendo acceso para su lengua; e Hermione gustosa se lo dio.

Comenzaron un vaivén cadencioso, frotando sus sexos por encima de la ropa, dejando escapar suspiros. La temperatura corporal de ambos subía por momentos y gotas de sudor bañaban sus frentes. Ron abandonó su boca para recorrer con la lengua su cuello, dejando trazos de saliva por doquier. Siempre terminaba pensando lo mismo: aquella mujer tenía algo que no sabía explicar, algo que hacía que la sangre hirviera en sus venas. Perdido entre sus brazos y sus caricias era capaz de olvidar hasta su nombre. Y lo mismo le pasaba a ella, que terminaba pasando de víctima a verdugo cuando se trataba de corresponder a sus besos.

Pero en todo momento ardiente tiene que haber un ápice de cordura...

- Para, para. -dijo Hermione moviendo la cabeza en busca de aire. Respiraba entrecortadamente y podía sentir entre sus piernas el efecto que su cuerpo tenía sobre el pelirrojo. Se pasó una mano por la frente sudorosa y se echó el cabello hacia atrás. Miró a Ron a los ojos, que la observaban confundido.- No podemos seguir haciendo esto.

- ¿Es que no te gusta? -preguntó él también molesto. Mantenía las manos a ambos lados de las caderas de ella, pero sin moverlas.

- No es eso. Claro que me...gusta. -Hermione se bajó del regazo de Ron y comenzó a caminar por la habitación.

- ¿Entonces? -espetó él apoyando las manos en sus rodillas. Hermione se volvió para mirarlo y creyó percibir el momento en que el fuego era substituido por el hielo en sus ojos azules.- No te entiendo.

- Créeme, yo tampoco. -murmuró la castaña.- Es que...si queremos que esto funcione, si queremos formar un equipo contra el señor tenebroso ese...no podemos solucionar todos nuestros problemas con sexo.

- ¿Ah no? ¿Por qué? No tiene sentido nada de lo que dices.

Ron se levantó, plantándose con los brazos cruzados delante de Hermione. La castaña se mordió los labios y movió las manos nerviosa. Ni ella misma entendía qué le había entrado, por qué le había dicho que parara. Se llevó de nuevo la mano a la frente y la dejó allí durante unos segundos. Respiró hondo y revaluó su situación. Estaba en una situación en la que ninguna mujer en su sano juicio habría dicho que no. Solo había que mirar a Ron: sus ojos tremendamente azules, sus labios carnosos, su nariz peleona, su cabello rojo fuego, su cuerpo semidesnudo, con aquellos brazos anchos, fuertes, duros, su pecho con todos los abdominales marcados y unas gotas de sudor recorriendo su piel. Estaba completamente loca por rechazar aquello.

Loca de remate, le dijo la voz en su cabeza. ¿Pero se puede saber que haces, Hermione? ¿Es que te llueven los dioses todos los días o qué? A ver como arreglas esto y vuelves al tema.

- Tienes razón, olvídalo. -dijo finalmente, pero no se movió de su espacio.

- Hermione...

- Es que...estoy confundida, ¿vale?

- Umm...creía que habíamos acordado que esto no era más que deseo y necesidad.

- No es eso lo que me confunde. -confesó la castaña.

- ¿Entonces?

- ¿Te importa si lo dejamos por esta noche? -Hermione se abrazó la cintura con ambos brazos.

- Está bien. -aceptó Ron derrotado.

El pelirrojo emprendió el camino hacia la puerta, con la plena intención de dejarla a solas. Seguía sin entender los motivos por los que ella le había rechazado cuando minutos antes la había encontrado tan dispuesta. Nunca había tenido una compañera femenina, así que para él todo aquello era como caminar por arenas movedizas. No sabía en qué momento del camino se hundiría, como le había pasado esa noche. Quizás ella tenía razón y habían pasado demasiado deprisa de discutir a lanzarse el uno sobre el otro. ¿Pero no era así como se solucionaban las cosas normalmente?

Él, al menos, solo conocía dos métodos posibles: la violencia y el sexo.

Había tenido cientos de años para perfeccionar el primero.

Y en cuanto al segundo...bueno, mejor no entrar en eso precisamente ahora.

Hermione era la perfecta imagen de la vulnerabilidad, allí de pie en medio de la habitación. Aun le costaba normalizar el ritmo de su respiración. La visión de Ron siempre la ponía nerviosa. Miró de reojo el reloj de la mesita de noche: eran cerca de las dos de la madrugada. Afuera todo era oscuridad y silencio. No quería estar sola, no quería hacer frente a la noche sola. ¿Pero qué opción tenía? Miró de nuevo a Ron y respiró hondo.

Nunca se había tomado por una persona miedosa...

- Ron...-lo llamó cuando él ya tenía un pie fuera-...¿te importaría quedarte conmigo esta noche?

Hermione sintió como el calor de arremolinaba alrededor de sus mejillas.

¿Estaba siendo demasiado imprudente?

Ron se dio la vuelta y se la quedó mirando con la sorpresa pintada en sus ojos.

¿Le estaba pidiendo que durmieran juntos?

- Eh...-comenzó a decir titubeando.

- Olvídalo. -dijo ella apresuradamente.- Es una tontería. Tendrás cosas mejores que hacer que vigilar mi sueño.

- Hermione...

- No, no. -insistió la castaña.- No debería haberte dicho nada. Y menos después de...de lo ocurrido esta noche.

- No tengo por costumbre dormir con nadie. -se justificó el pelirrojo.

- Lo sé. -se pasó ambas manos por el rostro.- Buenas noches, Ron.

Ron se demoró unos segundos en el marco de la puerta, incómodo, indeciso.

- Buenas noches, Hermione. -dijo al fin y abandonó la habitación sintiendo como la frustración recorría su cuerpo.

Una vez sola, Hermione se cambió de ropa y se metió en la cama. Tumbada mirando al techo en la oscuridad, se sentía como una completa estúpida por haberle pedido que se quedara con ella. Tendría que haber sabido que su respuesta sería negativa. Ron era un ser más complejo de lo que ella pensaba; a menudo lo veía luchar consigo mismo o cambiar de opinión de repente. Respiró hondo, intentando calmar los latidos de su corazón y se removió con hastío una lágrima rebelde que bajó por su mejilla derecha. Cada vez más sentía que se estaba metiendo en un callejón sin salida.

Cerró los ojos con fuerza y se arrebujó entre las sábanas.

Ron decidió salir a pasear bajo el aire fresco de madrugada. Se sentía extraño, confundido y frustrado. Tres sentimientos humanos que no había tenido el placer de experimentar...hasta que conoció a Hermione. Se pasó una mano por el cabello suelto para echarlo hacia atrás. Había visto el anhelo y la anticipación en los ojos de ella, y después la decepción cuando él no supo qué contestar. Había vivido con la decepción sobre su persona durante prácticamente toda su vida; se movía bien sumergido dentro de ella. Desde el principio se profuso forjar su corazón contra comentarios, miradas y gestos. Y lo había hecho bien...hasta que conoció a Hermione. No entendía por qué dejaba que le afectase de esa manera.

Dio un zarpazo a la hierba que crecía alta junto al camino y siguió caminando.

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Corría descalza entre la hierba, su cabello castaño suelto se agitaba con cada zancada. Sentía un nudo en la garganta que le impedía gritar. Giró la cabeza para mirar a su espalda y abrió desmesuradamente los ojos. Se estaban acercando. El corazón le latía tan fuerte que parecía que en cualquier momento se saldría del pecho. Bajó la vista hasta sus pies y chasqueó la lengua al ver la sangre. Aceleró el paso luchando contra el dolor. Se estaban acercando. Tenía miedo; un pájaro sobrevoló el campo y se escuchó un disparo. Quiso gritar, pero no pudo. ¿Dónde estaba Ron? Se estaban acercando. Siguió corriendo; se tropezó y cayó al suelo. Apoyó ambas manos sobre la hierba y se impulsó para levantarse. Un latigazo recorrió toda su pierna izquierda cuando se enderezó. Bajó de nuevo la mirada hacia sus pies. Parecía un esguince. Se estaban acercando. Volteó la cabeza y se mordió los labios. Tenía que seguir corriendo, tenía que huir de allí, de ellos. Escuchó otro disparo y el miedo atenazó su corazón. Se estaban acercando. Del cielo cayeron llamas, del suelo brotaron lianas. Se enrollaban en sus pies, trepaban por sus tobillos. Y ella volvía a caer. Pero tenía que seguir corriendo. Tenía que seguir luchando. ¿Donde estaba Ron? Se estaban acercando. Se levantó, forcejeó con las lianas, corrió unos metros. Una luz cegadora la detuvo. Estaba en el centro de un círculo. Se llevó una mano en forma de visera a la frente. No conseguía ver nada. Pero tenía que seguir corriendo. Avanzó unos pasos; un disparo. Cayó de rodillas al suelo. Ya estaban allí. Cerró los ojos y se concentró en desplegar sus alas tal y como Ron le había enseñado. ¿Donde estaba Ron? Otro disparo. Los tenía delante, aunque no pudiera verlos. Un rugido perforó la noche. Movió la cabeza hacia un lado y a otro, esperando ver al león abalanzarse sobre ella. Otro rugido. El foco se movió. Se llevó las manos a la boca, derrotada. Una jaula, un león. Ron atrapado. Otro disparo. Ron en el suelo, la sangre saliendo de su pecho y cubriendo su pelaje rojizo. Sus ojos se encontraron con los del animal. Dorado y amarillo. Parpadeos. Una lágrima solitaria abandonando su cueva. Derrotada. Atrapado. Otro disparo. Un grito. Los tenía delante. No podía verlos. Un grito, un lamento, un sollozo. ¿Quién gritaba? Estaba sola. Completamente sola. Sus gritos eran lo único que rompía la tranquilidad de la noche.

- ¡Nooooo! ¡Ron! ¡Ron! -gritó Hermione moviendo la cabeza de un lado a otro en la almohada, todavía perdida en el mundo de los sueños. Tenía el cuerpo cubierto de sudor y sentía que le faltaba el aire para respirar.- ¡Noooo! ¡No le hagáis daño, no le hagáis daño, por favor! ¡Ron! ¡Ron! ¡Ronnnnnnnn!

Ron entró en tromba en la habitación, con todos los sentidos de su cuerpo alerta. Escaneó la habitación con su mirada felina; dejó salir las garras preparado para el combate; olisqueó el ambiente en busca de alguna presa. Pero allí no había nadie. A sus fosas nasales sólo llegó el perfume de la piel de Hermione. Entrecerró los ojos, desconfiando aún de esa tensa calma. En la cama estaba la castaña. Retorcía su cuerpo como si la estuvieran torturando. De su boca salían ruiditos incomprensibles. Ron se acercó un poco más hasta que pudo verle la cara por completo. Estaba sufriendo, estaba llorando en sueños. Y era su nombre el que salía de sus labios.

- Ron...Ron...-el tono cada vez era más bajo y lastimero, como si hubiera perdido toda esperanza.

Ron cerró los ojos con fuerza y respiró hondo varias veces. Se sentó en el borde de la cama y llevó sus manos hasta los brazos de ella. Acarició su piel con la yema de sus dedos con movimientos lentos, acompasados. Hermione poco a poco dejó de sollozar y abrió los ojos. Pestañeó varias veces, reconociendo el rostro que tenía delante. Tan sólo la luz de la luna iluminaba la habitación. Pero ver aquellos ojos azules fue suficiente para que se abalanzara sobre su cuello. Apretó con fuerza los brazos y dejó escapar un gemido.

Había tenido una pesadilla.

Se apartó del pelirrojo y se quedó mirando sus ojos azules en silencio. Con la respiración aún acelerada, se sentía demasiado expuesta. Ron levantó un brazo y le colocó un mechón castaño detrás de la oreja, sin decir nada. Podía sentir su otra mano en su espalda, subiendo y bajando, trazando patrones sin sentido, sobre su piel. La estaba tranquilizando, a su manera reservada. Se dejó caer sobre el pecho de él y pidió con sus manos que sus brazos la envolvieran.

- Era una pesadilla. -explicó al cabo de unos minutos.- Me perseguían...y yo corría y corría...pero ellos me alcanzaban. Tú...tú...ellos te tenían en una jaula. A ti...al león. No podías salir, no podías ayudarme. Y te disparaban. Ellos te disparaban...y yo sentí como si todas las cosas bellas del mundo perecieran contigo.

Ron no dijo nada, pero estrechó el abrazo con el que la tenía envuelta.

Sintió rabia contra el subconsciente de ella que le había hecho sufrir mientras dormía.

Sintió rabia contra su familia por haberle mandado a aquella misión sin contarle toda la verdad.

Y sintió rabia contra si mismo por no haber estado a su lado, por no haber cedido a su pedido y haberse acostado a su lado.

Apoyó la barbilla sobre la cabeza de ella.

Dejó escapar un suspiro.

La transformación había comenzado.