Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son de la grandiosa Meyer, la historia tampoco, solo hago una adaptación, cualquier cosa que les resulte conocida tampoco es mía. Al final de la historia diré el nombre de la novela. Gracias por leer.

Summary: Bella es una amable maestra de niños sordos, su mayor sueño es viajar a París, justo cuando su sueño se hace realidad se dará cuenta que las dos cosas que le heredó su papá, el amor por el francés y la lengua de signos no fueron al azar. Las aventuras y alguien muy especial que irrumpirá en su vida harán que el regreso a Estados Unidos sea más difícil de lo que pensó.

Sin más les dejo el capitulo.

Gracias por tomarse el tiempo de leer

Capitulo 8: Una rubia muy legal.

Todavía estaba Bella tratando de secar el sofá cuando la puerta se abrió para su sorpresa. Solo suya. Edward debía estar acostumbrado a que alguien entrase con su propia llave, porque ni se molestó en salir del despacho para ver de quién se trataba.

Oyó taconear por el pasillo y como un torbellino, entró en el salón una rubia no muy alta, delgadita y puro nervio, cargada con un trapeador y una cubeta. Debía acabar de comprarlos, porque se notaba que estaban sin estrenar.

-¿Y tú quién eres? – la espetó con una mirada poco amistosa. - ¿una novia?

Bella contestó con idéntica frialdad.

-No, un huésped.

Miró de pasada el llavero que la chica aún balanceaba en la mano. Como si tal cosa, enchufó el secador y retornó a su engorrosa tarea de eliminar la humedad del sofá. Su actitud debió afectar a la otra, que al instante cambió la hosquedad por una sonrisa.

-Eh, no creas que yo soy un rollo de Edward. – aclaró, alzando la voz por encima del zumbido. – Sí lo fuera, no llevaría un trapeador en la mano, ¿no crees? – y rió su propia ocurrencia.

Bella apagó el secador y la rubia le tendió la mano. Tenía una melenita llena de risos, delgada y pequeña, y con aquella sonrisa, parecía Ricitos de Oro con unos años más que en el cuento. Bella no le calculó muchos más de veinticinco. Correspondió a su salud sonriéndole también.

-Encantada. Yo soy Irina.

-Bella.

-Extranjera, ¿verdad?

-Americana, ¿Tanto se me nota?

-Bah, un poquito con las erres. – restó importancia sacudiendo la mano. Pero hablas como una francesa. Una francesa con brackets – volvió a reír. – No me hagas caso, ya quisiera yo dominar idiomas así. De español ni papa, por supuesto, y mi inglés solo alcanza para pedir una hamburguesa.

A Bella le cautivó su simpatía. La estudió con interés y creciente envidia; llevaba unos vaqueros, zapatos destalonados y una blusita. Ropa barata y cómoda, pero muy femenina. A ella que en lo más íntimo la acomplejaba no tener buen gusto para vestir, le daba envidia la elegancia innata de aquella chica.

-Soy la guardiana del nido de águila. – explicó señalando en redondo; Bella alzó las cejas, sonaba a juego de rol.

-¿El águila es Edward? – intuyó, divertida.

-¿No te has fijado en sus ojos?

Bella sonrió; ¡y tanto que se había fijado! Había pensado cuando lo vio por primera vez, que sus ojos asemejaban a un ave de presa, ahora todo encajaba.

-Y yo soy su asistente personal, vigilante de botones caídos, planchadora oficial, intendente de nevera, cocinera por compasión… en resumen, su empleada doméstica. – concluyó; y reparó entonces en lo que hacía Bella. – Eh, trae eso, ¿es que quieres dejarme sin trabajo?

-Claro que no. – dijo levantándose del suelo. – Pero arreglar este estropicio era cosa mía. Bueno, tendría que hacerlo él. – Matizó señalando con la cabeza hacia el despacho.-, pero ya que ha sido tan amable alojándome en su casa, es lo menos que puedo hacer.

Irina fue hacia la cocina y con la mano la invitó a que la acompañara.

-¿Vas a contarme cómo has llegado hasta ese sofá? – tanteó.

Mientras la chica guardaba la cubeta y el trapeador en un rincón de la galería acristalada que se usaba como lavadero, Bella se dedicó a enrollar el cable del secador y a explicarle sin reparos que Jacob la dejó tirada porque había embarazado a su ex.

Al concluir el relato, Irina alzó las cejas con una mueca de decepción.

-Todos los hombres son unos cerdos.

Enchufó la cafetera eléctrica y le contó su propia odisea sentimental.

-Yo estaba enamorada y él era un sinvergüenza. Me robó todo lo que tenía. Vendió mi equipo fotográfico, que me costó una fortuna y, cuando vio que no me quedaba ni un euro, me echó de su casa. – confesó con más resignación que rencor. – Me quedé en la calle con mi bolso, la documentación, diez euros y la ropa que llevaba puesta ese día.

Bella sacó dos tazas del armario y el bote de azucarillos. Irina sirvió el café.

-¿No tienes familia?

-¡Numerosa! Pero cuando acabé de estudiar, decidí salir para siempre de Dourdan y me quedé en París para buscarme la vida. La hija mayor se supone que debe ser un ejemplo. Mi amor propi me impidió regresar en esas condiciones a casa de mis padres. Ellos ni siquiera lo saben.

Bella no dijo nada pero la entendía muy bien. Ella también haría cualquier cosa antes que presentarse derrotada ante su perfecta madre.

-Edward fue mi salvación. – prosiguió, mientras sacaba de la nevera una jarrita de leche evaporada con tapa hermética. – Y Madame Kachiri, vive en la antigua portería, ¿la conoces?

-Sí, la señora Laka me la presentó el otro día.

-Kachiri me encontró una mañana. Yo llevaba tres noches durmiendo en el patio.

Bella comprendió que se refería al del edificio. El hogar de la vidente estaba ahí, y el jardín le suponía un respiro privilegiado dado que la vivienda de los porteros solía ser un habitáculo ínfimo.

Apoyadas en la encimera, saboreaban el café con una pizca de leche, e Irina terminó de relatarle sus desdichados meses pasados. Madame Kachiri acudió a Edward, como solían hacer todos los vecinos cuando se trataba de asuntos del edificio, y encontrar una sin techo en el jardín de la finca lo era. Él había asumido las funciones de administrador, jefe de escalera y consejero de todos. Porque era joven y tenía don de mando, porque vivía ahí toda la vida y porque tenía un interés personal en mantener la finca en óptimas condiciones. Alquilar el apartamento era su prioridad y la cochambre no atraía a los turistas. Fue Edward quien colocó a Irina como cuidadora de Kate; la ancianita del segundo piso que se reponía de una intervención en la cadera. Y una semana después le propuso también ocuparse de sus dos casas.

-Como comprenderás, quiero a Edward un montón. Pero puedes estar tranquila, que no lo miro con esos ojos. – dejó caer, como si Bella tuviese algún derecho sobre él.

-Estoy muy tranquila. – se escudó.

Irina sonrió con disimulo.

-A pesar de todo lo malo que me ha ocurrido. – añadió para cambiar de tema. – Espero encontrar algún día a mi príncipe azul. Soy una soñadora sin remedio.

-Aparecerá cuando menos te lo esperes, ya verás cómo sí. – opinó Bella, cogiendo las tazas vacías.

Mientras las metía en el lavaplatos, noto que Irina la miraba con interés.

-Qué envidia de tetas, yo quiero unas así.

Bella se incorporó mirándose el pecho; y la observó a ella, extrañada.

-Pero si las tuyas están muy bien. Pequeñitas pero con una forma preciosa. – Consideró; se notaba que no llevaba sujetador con relleno.

Ella se aplastó la blusa, contemplando lo que la naturaleza le había dado.

-Aquel cerdo siempre me decía que no valían nada. Quería que me pusiera unos globos de mentiras.

Bella consideraba una estupidez someterse a cirugía para darle gusto a un hombre. Algo tan drástico se hacía por una misma y no por nadie más.

-Hiciste bien al no operarte.

-Sí, pero los chicos se vuelven locos por unas tan bien puestas como las tuyas. – enjuició, dando una sacudida a sus rizos. –Tienen fijación por las cosas redondas: las pelotas de futbol, las ruedas, los culos…

Y se echó a reír. Bella, que estaba de espaldas a la puerta, se giró la cabeza y sorprendió a Edward con los ojos clavados precisamente en el suyo. Él alzó las manos como un perfecto culpable atrapado con las manos en la masa. Bella cerró el lavavajillas dándose la vuelta para evitar que la viera sonreír.

Edward fue directo a la nevera y sacó una lata de refresco.

-No hace falta que las presente. – comentó pasando un brazo sobre los hombros de Irina. – veo que ya se conocieron.

A Bella le costó admitirlo, pero sintió algo muy parecido a la tranquilidad al ver que trataba a Irina como si fuese una hermana pequeña. Apartó la idea de la mente, sin querer investigar qué significaban esos extraños celos aplacados.

-Bueno Irina, como ves, tenemos una invitada a la que cuidar. – comentó Edward.

Ella se quitó su brazo de encima con un movimiento de hombros.

-¿Tenemos?

-No te hagas la bruja.

-No me lo hago, lo soy.

Él miró a Bella.

-¿Tú también?

-De las peores. – contestó Bella tratando de estar seria, pero fue inevitable soltar una risa.

Edward hizo un gesto entre el espanto y el dolor.

-Me marcho, dos contra uno es demasiado para mí.

Irina y Bella lo vieron salir de la cocina con la lata en la mano.

-Qué guapo, ¿verdad? – comentó Irina tanteando a Bella.

A Bella se le escapó un suspiro goloso, con la vista fija en el huevo de la puerta donde Edward acababa de salir. Y aunque disimuló rápido, a Irina no le pasó por alto aquella mirada de codicia.

-Esto es una confidencia. – bajó a voz. – Para que lo sepas, no suele traer novias a casa.

-¿Ah, no? Pues anoche trajo una rubia con melena de león que nos echó encima una cubeta llena de hielo y agua helada. Por su culpa llevo horas intentando secar el sofá.

Irina gruñó con la boca cerrada como si fuera un perro de ataque.

-¿Ese zorro? Solo la vi una vez y me miró mal, como su fuera una esclava. Espero que no vuelva por aquí.

-Como se atreva, le arranco todos esos pelos teñidos y la dejo calva. – amenazó Bella.

Irina la miró con admiración.

-¿Sabes qué? Me parece que tú y yo vamos a ser muy buenas amigas.

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Esa misma tarde, Bella y Edward se cruzaron en la puerta del edificio. Él entraba con la mochila al hombro y ella salía hacia el supermercado. Había pensado prepararle una cena de agradecimiento; en parte también para limar las asperezas surgidas tras la conversación de buena mañana, que a él pareció molestarle tanto. A fin de cuentas, Edward le había abierto su casa con una generosidad de las que no se estilan y ella se lo pagaba poniéndolo de mal humor.

-¿Te marchas? – preguntó él.

Bella notó que venía de jugar al rugby, porque aún llevaba el pelo húmedo y olía a champú. Cayó entonces en que había dado por hecho que él cenaría en casa, sin tener ni idea de cuáles eran sus planes para esa noche.

-Iba a comprar cosas para sorprenderte con una cena al estilo español-americano-francés. Nada sofisticado, no creas. – bromeó. – Mis habilidades en la cocina son muy limitadas. –Edward arrugó la frente. – Pero si no te apetece o tienes intención de salir…

-No es que me apetezca. – alegó, con un suspiro. – Pero venía pensando en invitarte a una cena al aire libre. Nada sofisticado. – Bella sonrió al oírlo imitarla. - ¿Qué dices?

-¡Que me apunto ahora mismo! Me libras de la compra y de cocinar.

Edward negó con la cabeza chasqueando la lengua.

-No creas que pienso renunciar a esa cena preparada por ti. Queda pendiente.

-Cuando quieras. – aseguró, contenta.

-¿Me matarás si te pido que subas la mochila al departamento? – tanteó. – Yo regreso enseguida, espérame aquí.

Y se la tendió con expresión suplicante.

-¡Qué cara más dura! – Dijo con una mirada de reproche.

Aún así, lo hizo. Y no se limitó a dejarla en el vestíbulo. Se repitió cinco o seis veces que era una tonta, pero vació la ropa sucia en el canasto de la colada y dejó las zapatillas y la mochila vacía donde acostumbraba a verlas aireándose en el lavadero.

Antes de bajar, se dio un repaso ante el espejo del baño. Edward había dicho que se trataba de algo informal, Bella no consideró necesario cambiarse de ropa, pero sí darse un par de pasadas de rímel en las pestañas, repintarse los labios y los consabidos brochazos de colorete que siempre dan un aspecto saludable. Concluyó con una rociada de perfume y fue rauda hacia la puerta para no hacerlo esperar.

Casi se da de bruces con él al abrirla. Bella se quedó parada, con el bolso cruzado, sintiéndose la mujer más tonta del mundo cuando lo vio con un par de bolsas en la mano.

-¿No íbamos a cenar fuera?

-Al aire libre, he dicho. – recalcó, tendiéndole ambas bolsas.

Bella las cogió sin saber si tenía idea de llevarla a un parque de picnic. Si era así, no entendía para que había subido con la cena. Y si tenía intención de hacerlo, enviarla a ella primero con la mochila con la ropa sucia no era un detalle que mereciera un aplauso por su parte.

El nubarrón de mal humor que amenazaba con aguar la noche se disipó como por arte de magia en el momento en que Edward abrió el cajón del mueble y le dio un llavero del que pendía una sola llave.

-¿Te importa subir todo esto a la terraza? – pidió; Bella casi se derrite al ver su sonrisa torcida. – Voy enseguida.

Una vez arriba, aplaudió la idea de Edward. No había exagerado al decir que la terracita era minúscula, suficiente para poder acceder a las chimeneas cuando fuera menester deshollinarlas o para reparar el tejado. Bella contempló las maravillosas vistas que ofrecía aquel peculiar paraíso. Cuentos y cientos de chimeneas emergían como velitas de cumpleaños en aquel mar sin fin de distintas tonalidades de gris. Azoteas, tejados y tejadillos de zinc en caótica disposición se extendían a lo largo y a lo ancho. A lo lejos y en línea recta, despuntaba la torre Eiffel, y a la izquierda la torre Montparnasse. A Bella le pareció que sobraba aquel rascacielos negro, debieron proyectarlo en el barrio de La Défense y no en la orilla izquierda, solitario y fuera de lugar.

En cuanto a la terraza, por todo mobiliario descubrió un par de macetas con plantas asilvestradas que nadie se encargaba de cuidar, un sillón plegable de director y una mesa de jardín arrimada al muro que albergaba las chimeneas. Sobre ella dejó las bolsas que aún portaba en la mano. Mientras esperaba, no pudo resistirse a curiosear qué contenían. Intuyó que la cena escogida por Edward consistía en un surtido de bocadillos. No los destapó, pero despedían un aroma tan apetitoso que se le hizo la boca agua.

Edward llegó con otro sillón idéntico, dos vasos y una botella de vino destapada debajo del brazo.

-Quiero que me cuentes cosas. – anunció. Bella tomó los vasos y el vino y él desplegó el sillón. – Será una cena de trabajo, ¿te parece bien?

Ella supo que se refería a sus impresiones sobre la ciudad y la gente que poblaba sus calles.

-Me parece perfecto. Voy en un momento por mi cuaderno de notas y así lees tú mismo los apuntes que he anotado, ¿hace falta que suba algo más?

-No hay necesidad de que bajes, quédate. – comentó. – Prefiero escucharte y que me lo cuentes tú. Extraigo un montón de información de ti, mientras hablas. Eres muy expresiva, ¿nunca te lo han dicho?

Edward abrió el sillón y lo dejó junto a su gemelo. El hecho de que solo hubiera un lugar donde sentarse en aquella azotea, fue un detalle que le gustó a Bella. Eso significaba que no tenía costumbre de compartir aquel territorio privado con nadie. Y ella era su invitada allí arriba; la idea la hizo sentirse especial. Entre los dos arrastraron la mesa hasta el centro de la terraza y se acomodaron el uno enfrente del otro.

-Sí, lo sé. – aceptó en respuesta a la pregunta que Edward acababa de formularle. – Lo de los gestos no se me da nada mal y, mira por dónde, me ha sido de gran utilidad en mi vida.

Sin dejar de limpiar el polvo de la mesa con un par de servilletas de papel, Edward la escuchaba con una mirada curiosa. Ella le explicó el sentido que encerraba el comentario.

-Trabajo con niños sordos.

Edward extrajo de una de las bolsas una bandeja cubierta con papel de aluminio, junto con un montoncillo de servilletas desechables. Una vez vacía, la utilizó como improvisado basurero y la dejó en el suelo.

-No dejas de darme sorpresas. Así que eres maestra de niños sordos.

Ella se apresuró a corregirlo.

-Soy maestra de Primaria, con la particularidad de que mis alumnos son sordos.

Cruzado de brazos, escuchó con atención todo lo que Bella le explicó sobre la discapacidad auditiva. Él desconocía que existieran distintas lenguas de signos en cada país y que a un sordo signante le costase entender a otro extranjero, con idéntica dificultad que dos hablantes de lenguas distintas.

-Entonces, ¿tú no puedes comunicarte con un francés sordo?

-Por suerte, sí. No a la perfección, pero me defiendo. Existe un sistema de signos internacional, una mezcla de todas las lenguas y ninguna. La mayoría de sordos lo conocen. Y durante varios años acompañé a los niños del colegio en el que trabajo a festivales donde había esta clase de cursos para diferentes idiomas, por eso conozco bastante la lengua francesa de signos. ¿Puedo? – solicitó, tomando la botella de vino.

-Por favor.

Bella sirvió los vasos y paladeó el primer trago con verdadero placer.

-No me habías dicho que ya conocías Francia.

-Siempre me ha fascinado todo lo relacionado con su cultura. – reconoció, encogiéndose de hombros. – Influencia de mi padre, supongo. Durante años desee venir a París y pasar temporadas con él; como nunca pude cumplir ese sueño, siempre me quedó ese gusanillo y en cuanto tuve la oportunidad de visitar, la aproveché.

Él la observó con interés, mientras daba un par de sorbos al vino.

-Todo lo que me has contado sobre las personas sordas es nuevo para mí. Me dejas impresionado. – comentó sin disimular su admiración. – Acabas de descubrirme un mundo del que no sé absolutamente nada.

-Hay otros mundos, pero están en este.

Edward sonrió. Aunque la poesía no le llamaba en absoluto, él también había leído el famoso poema de Paul Éluard.

-Mira a tu alrededor. – invitó Bella.

Con la barbilla apoyada en la mano, paseó la vista sobre los tejados. Aquí y allá, detrás de las ventanas y cristaleras de cada balcón, ya se distinguía el resplandor de las lámparas. La noche acababa de caer sobre París como una cortina oscura y ellos dos, enfrascados en la conversación, no se habían dado cuenta.

-¿Ves todos esos cristales? – continuó ella. – Son ventanas que se abren al mundo, pero si miramos desde fuera, nos permiten observar la vida de las personas que viven al otro lado.

-Todo depende del enfoque. – opinó Edward, haciendo uso del lenguaje cinematográfico.

-No estoy muy segura. – confesó, arrepentida de haberse puesto tan profunda.

-Pues yo sí. Y llevas mucha razón, el mundo está hecho de pequeños universos. – afirmó él.

-Eso me parece. – añadió, contemplando todos aquellos cuadritos amarillos en un fondo azul y gris. ¿Cómo lo diría? La ciudad de la Luz está hecha de miles de bombillas, aunque suene a tópico ñoño.

Pese a su opinión, a ojos de Edward, lo que acababa de decir no era ninguna banalidad. La sorprendió al entrechocar su vaso con el de ella, en un brindis con el que premiaba a la vez la perspicacia de Bella y su propio acierto al elegirla como ayudante improvisada.

-Esa es la visión que necesito para mi película. Y la tuya, más que interesante, es magnífica. No sé cómo lo consigues, pero cada minuto que pasa me sorprendes más, Bella.

Ella restó importancia al asunto, un poco cohibida al ver que la miraba con tanto interés.

-Ahora te toca sorprenderme a mí. – decidió, señalando la bandeja con una mirada. – Me muero por saber qué cena has elegido que huele tan bien. No sé tú, pero yo estoy hambrienta.

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Bella masticaba despacio para prolongar el deleite, porque la elección de Edward, más que una cena, era un orgasmo múltiple en forma de puntas de baguette.

Cuando destapó la bandeja, ella se arrancó con un aplauso que lo hizo sonreír de medio lado. Y mientras él devoraba un bocadillo de buey asado con pepinillos, lechuga roja y queso de cabra, Bella suspiro de placer con cada mordisco del suyo de queso brie con tomates confitados en aceite de oliva al romero y aceitunas negras.

Y aún había más, un surtido tan tentador que convertía en imposible resistirse a probar uno de cada uno.

Edward la dejó saciar su apetito a placer mientras escuchaba sus comentarios entusiastas sobre la cena escogida. A la vez que devoraron idénticas puntas de baguette rellenas de pollo asado, aguacate, lechuga y mayonesa. Él disfrutaba viéndola masticar tan a gusto, no soportaba compartir mesa con esas mujeres que pasaban hambres por mantenerse flacas, de esas que hacen ascos a la comida y sobreviven a base de lechuga. La miró con interés, no parecía aficionada al deporte. Tal vez practicaba algún entrenamiento de gimnasio como el Pilates y poca cosa más. Pero su ojo masculino juzgó que con ese sistema se mantenía mejor que bien.

Los esqueletos no lo seducían; en cambio, la figura sinuosa de Bella, sí. Y mucho.

Como aquellos pensamientos empezaron a despertarle ciertas partes del cuerpo, que harían que sus pantalones se convirtieran en una inevitable casa de acampada, decidió centrar la mente en asuntos menos festivos.

-Hablemos de trabajo. – propuso a la vez que llenaba de vino las copas vacías. – llevas aquí unos días, ¿qué te sugiere París?

Bella se pasó la servilleta por los labios y trató de organizar sus ideas. Había anotado sus impresiones en el cuaderno sin orden ni concierto. Dio un sorbo de vino y decidió relatárselas tal como le venían a la memoria.

-No toda París es glamour. – apuntó. – El otro día andaba por Rue Chemin-Vert. Me chocó el nombre porque "camino verde" nada de nada, los árboles brillaban por su ausencia.

-Alguno sí hay.

-Pocos y en alguna esquina.

-Solo hay una calle en París que no tiene ni un solo árbol. – indicó; aunque se refería a las importantes. – La avenida Ópera, ¿has pasado por allí?

-No lo recuerdo, ¿ni uno, dices? Qué raro, en la calle que te decía se entiende porque no es lo bastante ancha, pero en una avenida…

-Un día de estos iremos y te explicaré el porqué.

Bella sonrió.

-¿De verdad me llevarás?

-Sí tú quieres, sí.

A ella empezó a bombearle el corazón más rápido. No se explicaba qué habilidad tenía con aquella mirada y su dura expresión que la ponía al mil.

-Suena misterioso. – disimuló, dando sorbos de vino. – Como el nombre de Chemin-Vert.

Edward la invitó a tomar otro bocadillo. Ella dudó pero al final sucumbió a la tentación y él le explicó que acababa de elegir el más tradicional y típico de la ciudad: baguette con mantequilla y jamón Príncipe de París.

-¡Qué bueno! – exclamó; aquel pan era un pecado crujiente por fuera y tierno por dentro.

Edward sonrió viéndola disfrutar y le reveló la ausencia de misterio respecto al nombre de aquella calle.

-Se llama Chemin-Vert porque antiguamente era el camino que comunicaba las huertas con la muralla. París no siempre fue así de grande. Todo esto. – añadió, señalando en redondo los tejados. – Hace pocos siglos, eran huertos de campos de cultivo.

Bella asintió, como gesto de aprobación.

-en ese caso, es bonito que haya conservado el nombre. – convino. – Pero, al margen de ese detalle curioso, también apunté que París no es solo un escenario de ensueño, como nos hacen creer. También hay zonas normales y corrientes.

A la vez que atacaba su cuarto bocadillo, Edward consideró que como impresión de partida, aunque obvia, no estaba nada mal y tomó nota de aquello.

-Y dime, ¿qué más te ha llamado la atención?

Bella terminó de masticar la puntita de bocadillo antes de continuar.

-Pues la gente de a pie. – señaló hacia la derecha con un gesto vago de la mano. – Los niños acababan de salir de la escuela. Me quedé fascinada.

Le explicó cómo las ropas étnicas convivían con las vestimentas occidentales, como las zapatillas Converse y los sombreritos pasados de moda de las abuelas. Le narró la escena de unas mamás con vestidos africanos y carros de bebé, que charlaban animadas. Y no lejos de ellas; algunos ancianos sentados en los bancos que disfrutaban de un soplo de juventud contemplando el barullo feliz de risas, riñas por los columpios y chutes de balón.

-Una ciudad con miles de tonalidades, cada persona, un color. – resumió Edward.

-Sí, algo así. – confirmó, contenta de que la entendiera tan bien. – Y además, de tres generaciones distintas en armonía.

-Se nota que te gusto lo que viste en el parque.

-Mucho. Y no me preguntes más, porque tendría que mirar la libreta. Ahora mismo no recuerdo más.

-Lo dejamos para otro día, si quieres. – decidió. Y se estiró en el sillón, con los brazos detrás de la cabeza.

Los bocadillos habían desaparecido. Al final, ella acabó con tres y Edward con cinco. Bella dobló la bandeja de cartón y la metió en la bolsa de desperdicios.

-Estaba todo delicioso. – comentó, agradecida y satisfecha.

Él esbozó una sonrisa y la sorprendió extrayendo un par de cazoletas metálicas de la segunda bolsa.

Seguro que Bella no imaginaba que había pensado en un postre.

-Ahora viene lo mejor. – aseguró, sacando también dos cucharillas desechables.

A pesar de lo llena que estaba, se le hizo la boca agua mirando aquella delicia.

-Eso tiene que estar de muerte.

Para no herir sensibilidades patrióticas, se calló que aquella crema quemada parecía muy similar, si no igual a la crema catalana.

Edward tomó una cucharada y se la acercó a los labios, invitándola a probar.

-La créme brúleé es como el buen sexo. – afirmó dedicándole una mirada intensa. – Cuando la pruebas, siempre quieres más.

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Edward ya se había adelantado en bajar, con la excusa de tomar un par de apuntes acerca de lo que ella le había contado. Bella se ofreció a recoger los vasos y los restos de la cena, entre otras cosas, para hacer tiempo.

No era tonta. Había comprobado de primera mano que Edward no le quitaba ojo durante la cena. Y tenía experiencia suficiente para captar una insinuación. Aquello de "ahora viene lo mejor", el remate de la alusión al sexo, la cucharita tentadora… suficientes señales le había ido dejando caer.

Tomó las bolsas de plástico, los vasos y la botella vacía. Cerró la puerta de la terraza y con el llavero danzándole en la mano bajó el tramo de escaleras que separaba la azotea del apartamento.

No tenía intención de regresar al sofá por varias razones de peso. En primer lugar porque aún estaba mojado y no iba a dormir encima de la mancha de agua que la arpía de la rubia platino dejó como recuerdo.

En segundo lugar, porque no soportaba el calor del edredón y en la cama de Edward había sábanas. Y en tercer lugar. – razón fundamental. – en esa cama estaba él. Ya habían dedicado bastante tiempo al juego de la seducción, todo parecía indicar que en unos momentos pensaba lanzarse. Bella reconoció que se moría de ganas de que lo hiciera.

La puerta estaba entreabierta, fue a la cocina y no perdió tiempo: lo dejó todo sobre la encimera diciéndose que por la mañana ya acabaría de recoger. Camino del baño, aguzó el oído. Se escuchaba el golpeteo del teclado que provenía del despacho.

Se lavó las manos, se cepilló los dientes y se desmaquilló con la anticipación cosquilleándole el estómago. Se miró en el espejo mientras se perfumaba las muñecas y detrás de las orejas. Antes de salir, se abrió el escote de la camiseta y se dio una rociada en zona peligrosa.

Apagó la luz y atravesó. El teclado ya no se oía, imaginó a Edward esperándola tumbado con los brazos debajo de la cabeza. ¿Qué haría? Conociendo su perfil dominante, seguro que le tendería la mano en silencio y ella…

Ella se llevó el chasco de su vida al entrar en el dormitorio. Ni mano invitadora, ni mirada sexy, ni fantasías, ni sorpresa caliente para después del postre. Edward dormía boca abajo como un tronco. Y para colmo, ocupaba toda la cama.

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Tras una noche pura y casta, al día siguiente, Bella dedicó la mañana a poner una lavadora. Preservó también en su intento de secar el sofá, harta de sentarse encima de una toalla. Tarea desesperante, porque con la humedad de París, el manchurrón que le dejó la tigresa malasombra no se evaporaba con nada.

Mientras esperaba que acabara el ciclo de lavado, se asomó a uno de los balcones del salón. Se entretuvo contemplando el bullicio del tráfico y paseó la mirada por la fachada que quedaba justo enfrente. Le vino a la cabeza un destello de culpabilidad por ser tan chismosa, ya que, durante el solitario desayuno tomó algunas notas en el cuaderno. Y como tenía bolígrafo y papel, multiplicó la cantidad de Jacob había pagado de alquiler por veinticinco días mínimo cada mes, descontó a ojo impuestos, los gastos de limpieza, agua y electricidad… y tuvo que parpadear un par de veces sin creerse los beneficios netos mensuales. ¡Dos veces su sueldo como profesora de educación especial! Edward sacaba ese pastón extra al mes alquilando un estudio en un séptimo sin ascensor a turistas de paso. Con razón lo consideraba su seguro económico. Bella supo que si su madre, que vivía de los inmuebles alquilados, viese semejante negocio, tendría a Edward en un altar.

-Ey, no sabía que estabas aquí.

Bella se dio la vuelta, contenta a pesar del susto.

-Me gusta el bullicio de la calle de buena mañana.

Él la miraba con expresión calurosa, como si tuviera algo muy importante que contarle. Llevaba desde muy temprano encerrado en el despacho y no era habitual que saliese por sorpresa de su guarida. Por el brillo que advertía en sus ojos. Bella intuyó que se trataba de una buena noticia.

Edward apoyó la cadera en la barandilla y le puso las manos sobre los hombros para que lo escuchara con atención.

-Llevo horas y horas devanándome los sesos. Y por fin he encontrado el hilo conductor del guion. – Anunció como quien se quita un peso de encima,- hasta ahora tenía una maraña de ideas, pero cuando me hablaste anoche de la calle sin árboles y la diferencia con la más emblemáticas…

-¿Cómo los Campos Elíseos? – apuntó Bella.

-¡Sí! – admitió, abrumado de entusiasmo creador. – Eres increíble. La inspiración de la debo a ti.

Bella no pudo evitar una sonrisa y se encogió de hombros, sin saber por qué le atribuía tanto mérito.

-¡Los cinco sentidos! – anunció. – Ese va a ser el eje del corto. Una ciudad que atrapa por la vista, gusto, tacto, olfato… y el contraste. Las dos caras, la París del eterno encanto y la cotidiana.

-Me gusta.

-Y te gustará más. Cada idea tuya, la contrastaremos con otra similar pero diametralmente opuesta.

-Cómo las calles anónimas y las famosas.

Edward agradeció su acierto con una sonrisa.

-Venga, necesito ideas, ya, rápido, sin pensarlo demasiado.

Y la apremió revolviéndole el pelo con un gesto travieso. Ella sonrió también y sacudió la cabeza para que su melena se recolocara sola.

-Vamos a ver. – meditó. – Has dicho que todo gira alrededor de los cinco sentidos. – él hizo un leve asentimiento y permaneció a la escucha. – Para el oído me parece más bonito una película que me ofrezca música y no el ruido del tráfico.

-La belleza emociona, siempre es un acierto. – aceptó.

El gusto de Bella como espectadora de a pie lo era útil, puesto que la suya era en exceso profesional. Y mientras ella le contaba la disparidad entre los espectáculos del Lido, Folies Bergére, el Moulin Rouge o la exquisita programación para entendidos de la Ópera Garnier, y el contraste con una pareja de músicos callejeros que le robaron el corazón en uno de sus paseos, Edward no dejó de observar el brillo en su mirada.

-Ella repetía el repertorio más conocido de la Piag y el marido la acompañaba con un órgano electrónico. - le explicó. – Me parecieron muy mayores para cantar en la calle; pero creo que lo hacen porque les gusta, había pasión en sus caras cuando agradecían los aplausos. Y la canción, ¡uff! Me emocioné como una tonta. – confesó sin avergonzarse de ello. – Era esa que compara al hombre que ama con un carrusel.

Tarareo la primera estrofa para que Edward supiera a qué canción se refería. Y descubrió que para ella la letra ya no significaba lo mismo. Llevaba años escuchando con añoranza esa canción, porque le traía a la memoria la sonrisa de su padre una mañana de domingo, viéndola cabalgar sobre un caballo de juguete en el carrusel de una feria regional de Port Ángeles. Era uno de los recuerdos más felices de su infancia. Pero en ese instante, el hombre que tenía frente a ella daba sentido a la voz de la Piaf cuando decía "tú haces que me dé vueltas la cabeza". Algo así le sucedía a ella, e imagino que dulce seria girar en sus brazos, rápido, rápido, con música de feria en un baile sin fin. Se cayó de pronto, porque Edward le aparto un mechón de pelo de la frente y se inclino despacio.

-Tú eres mi carrusel. – murmuró.

Bella cerró los ojos con el corazón acelerado, segura de que solo se refería al título de la canción, pero qué bonito era soñar que se lo decía de verdad. El beso que estaba a punto de darle con aquella melodía maravillosa como banda sonora, seria de los que se recuerdan toda la vida. Cuanto deseaba sentir la calidez de sus labios en los suyos. Y los tenía cerca, muy cerca.

Un coro de silbidos y risas aguas aniquiló la magia. Edward se enderezó con cara de salir de un trance. Bella se retiró el pelo hacia atrás con las dos manos y fusiló con ojos furiosos a un grupito de chicas en el balcón de al lado, el del apartamento de alquiler. Todas muy rubias y muy nórdicas, todas con pantaloncitos muy cortos y camisetas que dejaban al aire sus piercings en el ombligo. Todas muy guapas. Todas odiosas. Y más cuando empezaron a gritar piropos. La sonrisa castigadora que exhibió Edward al escucharlas acabó por ensombrecer la cara de Bella. Maldijo a las vikingas y al rey de la fiesta muy en especial, que se acababa de acomodar en la barandilla y les reía las gracias en inglés.

-Voy a ver si ha terminado la lavadora.- anunció, ojeando a las ocupantes del balcón con una mirada estrecha. -¿Tú no tenías trabajo con el guion?

-Yo también me merezco un descanso de vez en cuando. – opinó, sin dejar de tontear con las rubias.

-Y más si es en buena compañía. – añadió, con tono venenosillo. – Qué simpáticas tus inquilinas, ¿verdad?

Edward giró para mirarla con expresión interrogante, y al verla disimular su mal humor, ensanchó la sonrisa de puro ego masculino.

-No pongas esa cara. – se excusó guiñándole un ojo. –Si fueran hombres, te estarían mirando a ti.

Bella parpadeo con una sonrisa ácida.

-Con la suerte que tengo, seguro que serían gays y te mirarían a ti. – sentenció, antes de abandonar el balcón y dejarlo allí solo con su club de fans.

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¿Qué les pareció? Estos dos no saben cómo terminar peleándose por todo, ¿verdad?

Pero bueno yo también me pondría así de enojada si alguien me hace eso….

Si les gustó, háganmelo saber nos leemos pronto…

Que pasén excelente inicio de semana :)