¿Holaaa? ¿Tengo lectores por ahí aún? ¡Lo siento muchísimo! De verdad, el semestre en la Universidad fue AGOBIANTE y la última semana fue terrible (creo que dormí como diez horas en esa semana), pero les traje este capítulo... ¡en plena Nochebuena! Es un regalito para redimirme y espero que no me odien :D Quiero suponer que les va a gustar porque Yamato y Mimi pasan un buen tiempo juntos :D
Anuncio que de nuevo en este capítulo hay tres flashbacks, de hecho empezamos con uno que creo les va a revelar MUCHO de lo que los personajes tuvieron que pasar, aunque aún queda misterio por resolver... sin más por el momento, espero en verdad que les guste, ¡adelante! :D
Capítulo 8: Amor
Tan pronto visualizó los reflejos morados que despedía la cabellera de su mejor amiga, Mimi se olvidó de sus complejos con los deportes y se lanzó hacia aquel lugar como si fuera una atleta profesional. Poco importaban sus sandalias de piso diseñadas para todo menos para correr, menos el chaleco negro tan chic que estaba a punto de caérsele por el movimiento: tan pronto pudo ver a su pequeña comitiva esperando por ella, se sintió más feliz que nunca.
-¡Miya!- exclamó con emoción por sobre los ruidosos alaridos de su amiga- ¡Miya, te extrañé tanto!
-¡Amiga, también yo! ¡Japón no es lo mismo sin ti!- Yolei parecía a punto de llorar, lo cual conmovió a Mimi de sobremanera. Se abrazaron por lo que les pareció una eternidad y luego se soltaron, para que su amiga pudiera observarla con detenimiento- ¡Estás fantástica! Nueva York te hizo bien.- la castaña procedió a abrazar a Ken y a Jyou, quien confesó tuvo que saltarse su servicio de becario en Medicina para ir a recibirla.
-¿Dónde está Matt?- preguntó unos momentos después, extrañada de que su novio no estuviera presente. Ella ya lo había notado diferente un par de meses atrás: sus e-mails cada vez más breves, ya casi nunca tenía tiempo para platicar con ella y todo lo excusaba con la Universidad. Ninguno de sus amigos estaba enterado del cambio de actitud que había tenido, pero fue Ken quien le dio razón de él:
-Tuvo que ir a la Universidad a hacer algunos trámites de reingreso, como te dan cita no la puedes cancelar.- explicó su amigo ante la ligera expresión de asombro que puso la castaña- No te preocupes, lo verás en la fiesta de esta noche.
Mimi continuó hablando animadamente con sus amigos, agradecida por su presencia, hasta que salieron del aeropuerto. Era verano, el sol brillaba en lo alto del cielo causándole una sonrisa involuntaria, aún y cuando muy dentro de sí, ella realmente no tuviera ganas de sonreír.
Yamato Ishida se encontraba recargado en el barandal de la terraza, con una bebida en la mano y pensativo. Los remordimientos de conciencia lo atormentaban a diario, haciéndolo sentir la peor persona del planeta. Y es que se había atrevido a hacer aquello que siempre había detestado; la única acción que siempre criticó, la que siempre juró nunca realizar. Se había dejado engatusar, lo sabía, pero ya no podía dar marcha atrás: lo hecho, hecho estaba.
Poco a poco se fue distanciando de ella, yendo más allá de la lejanía física que implicaba el hecho de estar separados por el Océano Pacífico. Dejó de contestar a sus correos, siempre le sacaba alguna excusa para no hablar con ella, juraba que la Universidad lo consumía, cuando en realidad no tenía el valor de mirarla a la cara y enfrentarla. No tuvo la decencia de presentarse al aeropuerto a recibirla, tuvo que darle a Ken esa patética excusa para que se la comunicara. Sabía que eso la iba a herir, y la sola idea de que ella sufriera lo atormentaba. Simplemente no entendía cómo pudo hacerle eso a ella…
Y sin embargo, lo hizo.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por dos suaves y delicadas manos que cubrieron sus ojos con firmeza, impidiéndole ver; éstas fueron acompañadas por una dulce voz en su oído que le preguntó:
-¿Quién soy?
Se quedó mudo. Sabía perfectamente quién era la persona que se escondía de él, ¡por Dios, cómo no iba a reconocerla! ¿Qué le iba a decir? ¿qué iba a hacer? Deseaba con todas sus fuerzas hacerse invisible o que de repente la tierra se abriera y lo enterrara vivo, pero sabía que ninguna de esas cosas iba a suceder. Lentamente llevó sus manos frías a causa de la impresión hacia las de ella y sintió una corriente eléctrica recorrer toda su espalda por el simple roce. Las retiró con cuidado, hasta que no tuvo otro remedio que voltear para encontrarla.
Estaba preciosa. Vaya, Mimi era una chica hermosa por naturaleza, pero Miyako no exageraba al decir que estaba fantástica. Llevaba su cabello en marcadas capas, con flequillo y las puntas despreocupadamente arregladas; si a esto le aunabas su vestido verde estampado de falda amplia y sus altos tacones negros, parecía salida del elenco de Sex and the City. Sin duda alguna había adoptado la sofisticación de la ciudad y le sentaba genial.
Ella parecía más emocionada que nunca en su vida y tan pronto lo tuvo frente a sí, aprovechó la altura que le brindaban sus zapatos para darle un beso en los labios. No uno común, como el que se darían cualquier día, sino uno que compensaba todo el tiempo que había estado fuera; Yamato no podía negarse al beso, pareciera que todo él estuviese inmóvil a excepción de sus labios, que bailaban al compás del ritmo que Mimi marcaba. Cuando finalizó, ella le sonrió con dulzura y lo abrazó con fuerza. Cuando se separaron, el bello rostro que tenía frente era también su tormento más grande.
-¡Yama! ¿Cómo estás?
-B-b-bien…- atinó a responder.
-No fuíste al aeropuerto.- le recriminó de manera graciosa, con esa mirada tan suya- Pero Ken me lo explicó todo, no te preocupes. ¡Te he extrañado tanto! Y a esta ciudad también…- soltó en un susurro en cuanto observó el panorama que se divisaba a sus espaldas. La nostalgia que sentía por su amado Tokio y todo cuanto habitaba en él se hizo presente cuando le fue inevitable soltar un suspiro. Entonces se abrazó a su novio y recargó su cabeza en su hombro; esta acción, inocente de parte de ella, hacía sentir a Yamato como en un infierno cuyas llamas están hechas de témpanos de hielo: no podía evitar sentirse bien a su lado, pero había hecho tanto mal que éste lo estaba carcomiendo por dentro. Apenas iba a abrir la boca para hablar cuando una voz a sus espaldas los sacó de su ensimismamiento:
-¿Qué estás haciendo tú con mi novio?
Ambos voltearon a observar de dónde provenían esas palabras y se encontraron frente a frente con una chica. Mimi reconocería esa mata de ingobernable cabello pelirrojo en cualquier lado y se acercó emocionada con la chica:
-¡Sora!- exclamó feliz al ver a su amiga- ¿Cómo estás?- a la mención de estas últimas palabras, la castaña hizo ademán de querer darle un abrazo, pero Takenouchi le volteó la cara y se apartó. Un poco cohibida por su comportamiento, dio algunos pasos hacia atrás, desviando la mirada hacia el suelo.
-Te pregunté qué estabas haciendo con mi novio.- repitió Sora, la inflexibilidad plagando sus palabras. Si las miradas mataran, Mimi ya estaría inconsciente y cubierta de sangre en el piso.
-¿Estás bromeado, verdad?- le respondió la aludida, intentando mantener la calma- Yamato es mi novio.- subrayó con la voz el posesivo de su oración, la chica estaba actuando de una manera inesperada.
Sora entonces entornó sus ojos hacia Yamato, quien se mantenía apartado de la discusión de las chicas con semblante serio. La mirada altanera y seductora que ésta le envió fue mensaje suficiente para que Mimi se diera cuenta de que algo no era normal entre ellos dos:
-Ay, no le has dicho, ¿verdad?- la combinación de sarcasmo junto con la mirada de pena y burla que le dedicaba la hacía sentir terriblemente incómoda- De seguro no querías herir susceptibilidades, tan bueno, Yama… pero si no se lo dices tú, se lo voy a decir yo.- volteó a verlo con dureza y al no recibir una respuesta, la encaró:- Yamato es mi novio ahora, Mimi.
Sus pupilas amieladas se abrieron con sorpresa e incredulidad, buscando una respuesta en el rostro del rubio, quien permanecía impasible mirando al suelo. Ella sentía que tenía el corazón en la mano a punto de romperse y con la desesperación pintada en el rostro lo cuestionó:
-¿Es… esto es cierto?
-Tú te fuíste, lo dejaste solo y la mejor parte fue que le diste permiso.- interrumpió Sora- ¿A qué clase de estúpida se le ocurre hacer eso?
-Sora, basta…- dijo Matt entre dientes, molesto por el tono de voz que ésta utilizaba con la castaña.
-No pienso entrar en detalles, puesto que hay cosas que no se pueden decir enfrente de niñas pequeñas...- continuó la pelirroja, haciendo caso omiso a la advertencia del chico- pero puedo decirte que buscamos compañía mutuamente: pobre Yama, estaba tan deprimido por tu partida pero yo, tan buena persona que soy, me quedé con él y… ya nos ves.- esto último lo dijo tomando la mano de su ahora novio.
Mimi casi pudo escuchar el "crash" que hizo tan delicado órgano vital al romperse en mil pedacitos. La imagen de su novio tomado de la mano con otra chica que no era ella nunca había cruzado su mente y tenerla enfrente le causaba un choque emocional que jamás imaginó experimentar. No podía soportar presenciar esa escena, por lo que la única salida que encontró fue correr: correr sin parar hasta que sus pies no la dejaran continuar.
Pasó como un rayo por entre los demás invitados de la fiesta, ignorándolos a todos, incluso a Miyako. En cuanto ésta observó el comportamiento de su mejor amiga, comenzó a seguirla tanto a ella como al rubio de manera sigilosa. Mimi subió por las escaleras de emergencia que daban hacia el techo a zancadas tan largas como sus delgadas piernas se lo permitían. Sentía la falda de su vestido brincar por el movimiento y escuchaba tras de sí las familiares pisadas de Yamato persiguiéndola mientras exclamaba:
-¡Mimi, por favor, detente!
Tan pronto estuvo frente a la puerta se abalanzó sobre ella, abriéndola de golpe. Por haberla empujado con toda su fuerza cayó de bruces, sintiendo sus manos arder al hacer fricción con el suelo irregular de la azotea. Supuso que su rodilla izquierda estaba herida, pues sentía un líquido cálido brotar de ella, aunque le restó importancia, y adivinó unos ligeros rasguños en su mentón. Ya no podía restringirse más, no podía guardarlo más tiempo: de sus ojos comenzó a brotar agua salada que le escocía el rostro, rojo por la carrera y las heridas. No era una sola línea de lágrimas la que recorría su cara, sino que sentía cascadas bajar por sus mejillas, fluyendo sin fin hacia su barbilla y escurriéndole hasta el vestido, incluso mojando el piso.
La presencia de Yamato la hizo levantar el rostro para observarlo de frente, diciéndole con una sola mirada que quería saber la verdad. Con el maquillaje corrido, el peinado deshecho por el viento, las muñecas y rodillas sangrando: así lo observó. Vulnerable, sensible, triste, dolida, como una niña pequeña cuyo globo se ha escapado de sus manos hacia el cielo. Y aún así, abatida y cansada, se decidía a enfrentarlo.
Pero Yamato se sentía un inútil en su presencia y no era capaz de articular una palabra coherente. Su garganta de pronto había perdido todo rastro de humedad, le dolía como si de ella brotaran océanos de fuego. La desesperación tornó agitada su respiración y de repente soltó en un grito:
-¡Es que todo esto fue tu culpa!
Los ojos de Mimi casi se salen de órbita al escuchar tal exclamación, ¿es que acaso ser una buena novia y amarlo más que a nada en el mundo la hacían merecedora a esto? ¿De verdad los buenos nunca consiguen nada? ¿Por eso debía experimentar todo ese drama? El rubio continuó, como si hubiera leído su mente:
-Es tu culpa… todo esto de la perfección me hizo dudar demasiado… ¡no lo entiendes, Mimi!- con las manos se retiró el cabello que le caía sobre la cara, su signo de desesperación- ¿Crees que yo imaginé que iba a estar sujeto a una relación de este tipo siendo tan joven? Las parejas de nuestra edad viven peleando y nosotros estábamos más allá de eso, ¡no lo entendía, no lo entiendo!
-¡Tú lo has dicho!- dijo Mimi de golpe, como si acabara de recibir una cachetada por parte de Matt- ¡Nosotros estábamos más allá de eso! Teníamos una relación que iba más allá de cualquier cosa, madura y equilibrada, ¿qué tiene de malo eso?
-¡Que no es normal, Mimi! ¡No lo es! De repente apareció Sora y… con ellas las cosas son diferentes, son… normales.
-¿Y qué quieres? ¿Que peleemos todo el tiempo como un par de criaturas de catorce años? ¿Que vivamos enojados? ¿Eso quieres?- le respondió ella, un tanto histérica.
-No lo entiendes… me estaba exigiendo demasiado de mí mismo para cumplir con tus expectativas… y ya no podía con eso… fue por ti.
-¿A qué te refieres con que fue por mí?- inquirió la castaña, sin poder contener el gemido natural de la voz al intercalar el llanto.
-A que tú tienes la culpa de que esto haya pasado.- respondió Yamato con firmeza, recalcando la participación de ella en el conflicto- Tú y ...- no pudo terminar la oración, pues sintió un golpe tan fuerte en la mejilla derecha que incluso tuvo que voltearse.
-¡QUE NO SE TE OCURRA VOLVER A REPETIR ESO, ISHIDA! ¡NUNCA, NO TE ATREVAS!- la furia se aparecía en la voz de Miyako Inoue al momento de proferir sus inconfundibles gritos. Lo miraba con rabia, los ojos rojos y los dientes apretados, al tiempo que su expresión se suavizaba al acercarse a su mejor amiga:- Princess, ¿estás bien? ¿Me escuchas? ¿Me escuchas?
Pero Mimi solo escuchaba la voz de Yolei como un eco distante en su mente. Se encontraba inmóvil, aún con la impresión que las palabras de Yamato habían causado en ella; la cara se le puso pálida como cera derretida y comenzó a temblar incontrolablemente. Esto preocupó de sobremanera a la pelimorada, quien de inmediato sacó su móvil, colocándoselo en la oreja mientras decía:
-Ken, busca a Jyou y ven a la azotea, es urgente.
Los chicos no tardaron en aparecerse y la imagen de su amiga en un estado físico y mental equivalente a un zombie los asustó. Aunque era muy delgada, de pronto su cuerpo pesaba más de lo acostumbrado, por lo que ambos ayudaron a cargarla hacia el condominio nuevamente. Matt se acercó en un intento por ayudar, pero la mirada feroz de Miyako lo hizo retroceder… ¿ahora qué había hecho? Se sentía la persona más idiota sobre el planeta, no podía entender qué le pasaba que actuaba de esa manera. Se sentó pegado a la pared, sintiendo cómo unas lágrimas no solicitadas comenzaban a bajar por sus mejillas: la sola idea de haber puesto mal a esa chica tan especial lo hacía sentir escoria. Ahora sabía que nada de esto era culpa de Mimi…
Todo era culpa de él.
Jyou no tardó en tomarle los signos vitales a su mejor amiga, asegurándole a Miyako que estaría bien, que solo necesitaba mucho descanso sin ninguna clase de sobresaltos. Como no quería alarmar a los padres de Mimi, tomó la decisión de llevarla a su casa, avisando que ésta se había sentido cansada por el viaje y se había quedado dormida. Los chicos las acompañaron en un taxi hasta la residencia Inoue, donde Yolei terminó de hacerse cargo de la chica.
Ya en el cuarto de su mejor amiga, calientita y bien cubierta por la cobija, Mimi no podía pegar el ojo. Hacía horas que en su mente solo veía sus fríos ojos azules y una sola frase se repetía constantemente:
"Es tu culpa… es tu culpa… es tu culpa…"
Un escalofrío me levantó de la cama y me abrió los ojos de inmediato. Tenía la respiración agitada, con la cara pálida enmarcada por el sudor frío. "Esto no está pasando, esto no está pasando" me repetía mentalmente para tranquilizarme, pero no había manera: la pesadilla había vuelto.
La misma pesadilla que me había atormentado todo el verano previo a entrar a la Universidad. Recordaba las mañanas de depresión que pasaba en cama, acurrucada bajo las cobijas y abrazando de manera compulsiva mi cojín rosado; las tardes de no querer probar bocado o de comer hasta atragantarme, acompañada de películas románticas que me hacían querer morir de tristeza; las noches en las que mi iPod reproducía únicamente mis listas de música deprimente, llorando hasta que lograba conciliar el sueño. No tenía conciencia de poseer un recuerdo que me asustara más que ése, que me hacía devolver el estómago de manera incesante y me perforaba el alma de tanto dolor.
Miyako fue la única persona que supo de mi pesadilla, pues durante ese preciso verano ella se dedicó a cuidarme, a consolarme, a hacerme sentir una persona de nuevo. Tan pronto sentí unas ligeras náuseas,- probablemente producto de la autosugestión- prendí la lámpara de mi mesilla de noche y levanté el auricular. El reloj me decía que eran las 3:00 a.m., pero en verdad la necesitaba.
-¿Hola?- me dijo la voz soñolienta de mi mejor amiga al otro lado de la línea.
-Miya, soy yo.- dije con urgencia. Yolei ni siquiera me dejó terminar de hablar:
-¿Mimi? ¿Qué te pasa? ¿Estás bien, necesitas que vaya para allá?- parecía como si de repente se hubiera despertado por completo y casi estuviera saliendo de su casa.
-No, no, Miya, no te preocupes… creo que no debí haberte llamado, es solo una tontería. Vuelve a dormir.- le respondí, maldiciéndome por haber hecho tanto escándalo por una estúpida pesadilla. De cualquier manera, mi amiga no se dejó engañar por mis palabras y de inmediato contraatacó.
-Mimi, no me digas mentiras. Tú no eres de las que hablan a las casas en medio de la noche por cualquier cosa. Dime qué te pasa, por favor, me preocupas.
-Volvió la pesadilla…- murmuré, sintiendo cómo la voz me temblaba, ¿acaso era posible que un simple sueño me hiciera sentir tanto temor?
-Oh, no…- la escuché decir, aunque creo que ella no deseaba que yo la oyera- ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una pesadilla de éstas?
-Creo que cuando regresé a Nueva York por segunda vez, al principio se hizo muy recurrente… pero no fue tan vívida como ahora, Miya, fue como si volviera a estar en aquel verano: el despertar repentino, el sudor frío, ¡incluso las náuseas! Me siento terrible…- terminé por reconocer: con Miyako no valía la pena hacerse la fuerte, sobre todo porque me conocía demasiado.
-¿No crees que tu pesadilla tenga que ver con algún evento reciente?- me preguntó, como tanteando el terreno- ¿Con que viste a Yamato, por ejemplo?- preguntó al fin.
-¿Pero cómo…?- apenas iba a preguntarle cómo se había enterado, cuando ella misma me respondió:
-Meems, ¿a quién crees que Yamato le avisó primero que iría a verte?- la respuesta era más que obvia- Pero eso no es lo importante, ¿no crees que eso tenga que ver? ¿Es que acaso esperabas verlo, recibirlo?- inquirió con ese tono tan propio de ella, utilizado solo cuando quería ejemplificarme algo.
-No… no me lo esperaba en lo absoluto.- tuve que admitirlo: la llegada de Yamato a mi departamento era algo con lo que soñaba desde que me fui, pero nunca pensé que iba a convertirse en una realidad- Supongo que tienes razón, Miya, debió ser por eso… las emociones, los sentimientos… me sentí como si tuviera diecisiete años otra vez. Fue…
-¿Fue qué?- cuestionó desde el otro lado del teléfono, con la voz claramente emocionada por la situación- ¿Qué fue, Mimi?
-Fue magia… fue magia pura.- respondí, sin poder contener la sonrisa de mis labios- Me sentí en una película.
-¡Meems!- exclamó con dulzura y sentí que la persona con quien hablaba no era una mujer hecha y derecha de veintinueve años, sino que se convertía en la adolescente con la que compartía todas las tardes de mi juventud- ¡Qué hermoso!
-Lo fue… pero me da miedo, Miya.- me sinceré- Me da mucho miedo que las cosas salgan mal, que volvamos a repetir todos esos errores que nos condenaron… tengo miedo de todo lo que pueda pasar, me muero de miedo.- mi voz sonaba temblorosa, esta vez al rememorar cada vivencia que teníamos juntos, que me hacía sentir un torrente de emociones interminable de pies a cabeza.
-No debes temer, Mimi.- dijo con voz firme mi amiga- Las cosas son muy diferentes esta vez, tiene que ser la definitiva, ya lo verás.
-Gracias, Miya. Gracias por ser mi amiga.
-No tienes nada que agradecer, Mimi. Regresa a dormir, te hará bien.
Nos despedimos y procedí a apagar la luz, acomodándome bajo las mantas para no volver a pensar en el sueño. Los buenos recuerdos comenzaron a llegar, haciéndome sentir una calidez reconfortante en el pecho, casi como si mis amigos me abrazaran después de haberme visto llorar. Recordaba los besos, las caricias, las canciones, las aventuras interminables y la montaña rusa de situaciones que vivimos juntos, que formaban una parte importante de quién yo era ahora.
Miyako tenía razón: todo tenía que ser diferente.
Lo que prometía ser un verano maravilloso, se convirtió de pronto en una época llena de tristeza para Mimi. Después del abrupto rompimiento que tuvo con Yamato, se había dedicado a encerrarse en su soledad y la única persona que tenía acceso total a su vida era Miyako: su mejor amiga se había dado a la tarea de cuidarla y consolarla, adoptando el papel de niñera debido a que los padres de la castaña tenían que viajar constantemente.
Su habitación se convirtió en su celda de reclusorio, en el lugar donde ella prácticamente se autoexilió como si de esa manera el sufrimiento fuera a irse. La verdad es que no quería que nadie la viera en esa clase de estado depresivo en el que ella nunca imaginó estar, ¿o es que Mimi Tachikawa realmente pensó que un día iba a tener que enfrentarse a una situación de este tipo? Nunca creyó que la vida le iba a dar una bofetada de realidad tan dura… y eso le dolía en el alma.
Sin embargo, ninguno de sus amigos estaba dispuesto a dejar que Mimi se quedara estancada en ese círculo vicioso que ella misma se impuso. Y Miyako se lo dejó en claro una tarde que pasó a verificar que todo estuviera "bien":
-Mimi, ¿ya empezaste tus trámites para la Universidad?
-¿Eh?- preguntó distraída la castaña mientras se sentaba en la mesa de la cocina.
-¿Qué si ya empezaste los trámites de la Universidad?- repitió su amiga- No sé cómo son las cosas en Le Cordon Bleu, pero Koushiro ya empezó los trámites para la Todai…- comentó de manera casual, mientras desenvolvía unos recipientes.
-No recuerdo dónde apunté las fechas… quizás están en el refrigerador…- soltó un bostezo e intentó estirarse en vano. Al ver que Mimi no iba a hacer el más mínimo intento por buscar los datos, la pelimorada avanzó hacia el refrigerador, donde estaba un bonito calendario claramente hecho por su mejor amiga: trazado con perfección de arquitecto, con diversos días pintados en diferentes colores y una lista de fechas importantes en la parte de abajo. Miyako se ajustó los anteojos, revisando una por una las indicaciones marcadas, relacionándolas con los meses dibujados. Una vez terminada su inspección, volteó a ver a la castaña con una mirada acusadora y le dijo:
-Mimi, ¿sabes qué día es mañana?
-No…- dijo la castaña por lo bajo, aunque muy dentro de sí ella sabía la respuesta.
-¿No sabes?- preguntó su interlocutora con fingida calidez- Mañana es el último día de registro para el examen. ¿Ya te inscribiste?- inquirió con rapidez, colocándose las manos en las caderas.
-Miyako, no me voy a inscribir si no voy a pasar… con todo este problema, no tengo cabeza para nada.- la voz de Mimi temblaba de tristeza y decepción en sí misma- Quizás el próximo semestre sea más adecuado…- intentó consolarse con esa frase al tiempo que sentía una lágrima rodar por su mejilla y perderse en su rostro.
Este acto por parte de la castaña pareció tener en Miyako el mismo efecto que una cachetada bien propinada: se acercó hacia Mimi y con una mano le tomó el rostro con fuerza, haciendo que volteara a verla. Ella estuvo a punto de protestar por la forma tan brusca en que la trataba, pero al ver las centellas que lanzaban los ojos de su amiga a través de los anteojos, se quedó callada, desviando la mirada tanto como le fue posible.
-Mimi, ¿qué me estás queriendo decir?
La castaña se zafó de la mano de su mejor amiga y se quedó por largo tiempo así, sin poder juntar el aplomo suficiente como para poder verla a los ojos. Momentos después, la voz quebrada y dulce de Mimi soltó:
-Es que… Miya, siento que las cosas no valen la pena… no tengo más ganas de estudiar, no tengo ganas de nada… ni siquiera de comer, ¿qué voy a hacer en Le Cordon Bleu?- preguntó afligida. Yolei entendió lo que Mimi quería decirle, pero no la iba a dejar rendirse, eso jamás:
-Mimi, yo soy tu mejor amiga y sabes que no solo yo, sino que todos estamos muy preocupados. ¿Crees que de verdad vamos a permitirte abandonar ese sueño que has cultivado desde que eras niña? ¿En verdad piensas que voy a dejar que te hundas? ¡Eso nunca, Mimi, nunca!- tomó la mano de su amiga e hizo que la viera de frente- Si dejas que esto te afecte tanto, te vas a terminar haciendo daño y eso es algo que no queremos.- se quedó callada por un momento, reflexionando sobre lo que iba a decir a continuación: iba a tener consecuencias, de eso no tenía dudas, pero le preocupaba que no fueran las mejores. Apenas abrió la boca, cuando Mimi la interrumpió:
-¿Tienes mi celular?
-Sí…- respondió dudosa la aludida, como si temiera que algo fuera a suceder.
-Miya… anoche prendí la computadora.- confesó Mimi como si hubiera cometido la peor barbaridad en el Universo. Desde la ruptura, Miyako le había prohibido acercarse a su laptop, pues sabía que Yamato iba a mandarle incesantes mensajes de disculpas y temía que éstos pusieran peor a su amiga. Por eso mismo también le había confiscado el celular, dándole el que tenía anteriormente para que lo usara: no le cabía la más mínima duda que ese aparato pudiera causarle más disturbios; de hecho, quiso quitarle también el iPod, pero su amiga se aferró a él como una leona porque había sido el regalo de Matt en su primer aniversario- Ví los correos… eran como doscientos y más de la mitad eran suyos…- prosiguió, rememorando los eventos de la noche anterior- Leí cinco, para el tercero ya estaba llorando… pero no sé si creerle o no, me da mucho miedo y no puedo fingir que no pasó nada. Lo que más me duele es que aún lo amo, Miya… lo amo demasiado.
-¿Y crees que él quiere que dejes ir tu sueño?- inquirió la pelimorada con seriedad- ¿No lo hará eso sentirse aún peor? Merece que no le hables, se merece eso y más, pero él también está sufriendo… yo sé que hizo mal, no lo trataré de excusar, pero te quiere, y te quiere mucho. Para muestra…- sacó de su bolsa el teléfono de Mimi y se lo tendió amablemente- Ve cuántos mensajes tienes.- dijo, sin poder contener una sonrisa.
La castaña tomó el aparato con nerviosismo y levantó sus delgadas piernas encima de la silla, donde se acomodó en posición de loto. Comenzó a tocar levemente la pantalla hasta que llegó al menú de los Mensajes; sus ojos se posaron en la pestaña que rezaba "Recibidos" mientras que sus labios se curvaban en la primera sonrisa de lo que se sentían como siglos.
-Ciento cincuenta…- murmuró con destellos de alegría.
-Te han llegado de la compañía del celular, algunos de otras personas… pero él te ha mandado dos mensajes diarios: uno por la mañana y otro por la noche, sin falta.
Conforme leía, Miyako observaba con alivio cómo las expresiones de su rostro se iban suavizando y la tristeza daba paso a la alegría que, por más leve que fuera, la hacía respirar tranquila: llegó a creer que Mimi no se recuperaría nunca, pero esto le daba mucha esperanza. Minutos más tarde, alejó el móvil de sus manos, colocándolo en la mesa al tiempo que reflexionaba; luego de una pausa, dijo:
-Escríbele, Miya… dile que quiero verlo en un mes a partir de hoy. Que ya no me escriba, ni me contacte, que he visto suficiente… pero que me visite en un mes. Mientras tanto, ¿me puedes dictar el teléfono de Le Cordon Bleu? Está en el calendario.
Detrás de los cristales de sus lentes, los ojos de Yolei demostraban alivio en su más puro estado. Sonriendo para sí. Caminó hacia donde Mimi, le besó la cabeza y con uno de sus clásicos alaridos, gritó:
-¡Mimi, atenta! ¡15-634-901-237!
Un leve "toc-toc" la hizo salir de aquel estado de concentración profunda en que se encontraba. Se limpió las manos con una toalla, dejó el cuchillo encima de la tabla en que cortaba verduras juliana y se alisó el delantal azul marino en el trayecto hasta la puerta. Abrió despacio, al tiempo que sus ojos se dilataron desmesuradamente al percatarse de la presencia de Yamato Ishida frente a ella… ¡el mes se había cumplido! Sin decir más palabras, su lenguaje no verbal invitó al joven a pasar, mientras que ella guiaba el camino; tomaron asiento en los cómodos sillones de la sala, siendo acompañados por la música relajante que Mimi reproducía desde su iPod.
-¿Qué es ese olor?- preguntó el rubio, después de haber movido la nariz de todas las maneras posibles.
-Clavo, romero y orégano con aceite de oliva, pimienta y sal.- respondió Mimi con claridad- Estoy repasando para la prueba práctica que voy a tener el lunes.
Las palabras parecieron entrar en el subconsciente de Matt, pero tardaron un buen rato en ser procesadas; su semblante pasó de distraído a totalmente asombrado en cuestión de minutos:
-¿Te aceptaron en Le Cordon Bleu?- la joven castaña asintió con ojos brillantes, su felicidad podría haber sido percibida en un radio de quince kilómetros a la redonda- ¡Felicidades!- exclamó emocionado el chico, igualmente feliz- Siempre supe que lo lograrías.
Después de aquella tarde decisiva con Miyako, Mimi tomó la decisión de perseguir su sueño. No solo había sido aceptada en Le Cordon Bleu, sino que había sido la candidata con el mayor puntaje en las pruebas de ingreso y con apenas dos semanas de haber iniciado las clases, sus profesores la consideraban una prodigiosa alumna.
-¿Cómo estás?- preguntó el rubio después de observarla por un buen rato: seguía preciosa- ¿Están tus papás?- súbitamente el nerviosismo cruzó su rostro, aterrado si su pregunta resultaba tener una contestación afirmativa.
-No, no están. Les pedí que salieran para poder practicar. Y yo… estoy muy feliz.- respondió con simpleza, encogiéndose de hombros- Estoy muy bien, mejor de lo que hubiera pensado.
-Me pediste que viniera…- las palabras de Yamato se quedaron flotando en el aire. Aunque felices por estar frente a frente, se sentían rígidos, tiesos, como si tuvieran una coraza protegiendo el ambiente. El silencio les cayó encima por un buen rato hasta que él soltó las palabras que ella tanto deseaba escuchar:- Perdóname… sé que tú no te merecías esto. No tienes una idea de lo mucho que me arrepiento.
Sin decir una sola palabra, Mimi se levantó y se sentó junto a él, volteando su rostro para verlo directamente. Le tomó las manos con suavidad, al tiempo que dejaba a sus pupilas perderse en el inmenso mar que tenían enfrente. Después, sin previo aviso, los labios de la joven se posaron en la frente del rubio y se quedaron ahí por largo rato, hasta que respondió:
-Yo te perdono… te perdoné hace mucho, justamente hace un mes. Miyako me enseñó los mensajes…
-¿Entonces tú no tenías…?- comenzó él, pero fue interrumpido cuando Mimi sacudió levemente su cabeza frente a él.
-Pero ahora sí.- dijo sacando el aparatito rosado de uno de sus bolsillos.
-Mimi, yo quiero que… yo quiero que volvamos a lo de antes. Quiero que, si me das la oportunidad, podamos continuar con aquello que interrumpí, yo…- se detuvo de improviso. Las pupilas castañas que tenía enfrente lucían vidriosas y volvieron a quedarse en silencio, desviando la vista el uno del otro en una simetría casi perfecta.
-Yo te quiero.- la armonía que formaban esas tres palabras en los labios de la chica no tenía comparación, sobre todo porque no pensaba que fuera a escucharlas nuevamente- Pero no podemos volver a lo que teníamos, Yamato… tú estás con Sora ahora.
-Pero yo puedo…
-A pesar de lo que hiciste y que de cierto modo ella me traicionó también, eso no está en mi naturaleza. No lo voy a hacer.- recalcó con firmeza la última frase, como si quisiera dejárselo muy en claro. Tan pronto escuchó que el rubio soltó un pesado suspiro y asintió con la cabeza, le hizo mirarle a los ojos:- Tú y yo vamos a ser amigos.
-Como cuando nos conocimos…- reconoció él, como si a su memoria llegaran las imágenes de aquellos momentos de su niñez.
-Pero tendremos algunas reglas.- aclaró antes de continuar- Primero, somos amigos, así que nos vamos a comportar como tal. Segundo, no vamos a tratar el tema de lo que pasó cuando llegué o no estuve, eso quedó en el pasado. Y tercero, solo nos vamos a ver un día a la semana.
-¿Un día a la semana?- preguntó con incredulidad el rubio- ¡Eso es muy poco tiempo!
-Para empezar, es por comodidad, porque no estamos en la misma escuela y tenemos obligaciones. Además, no quiero problemas…- Yamato la miró con extrañeza, haciéndola continuar- Sé que no estamos haciendo nada malo, pero no quiero que Sora malinterprete esto… será mejor mantener las visitas privadas y sugiero que nos veamos los domingos: será como nuestro día, un día para nosotros dos.
-De acuerdo.- musitó en voz baja el chico, aceptando los términos de Mimi.
Ella lo abrazó con ternura para despedirlo y se quedó en el marco de la puerta, observándolo partir. Le dolía tener que imponer condiciones, pero era por el bien de ambos.
Era por volver a comenzar.
Seguramente lo he dicho en numerosas ocasiones, pero en verdad amo demasiado el cocinar. No existe un solo lugar en el mundo donde me sienta tan segura, tan feliz conmigo mismo y tan capaz de lograr cualquier cosa como en mi pequeña cocina- lo de "pequeña", obviamente, es figurativo. De alguna manera estaba en mi destino, ¿o cuántas personas instalan una cocina perfectamente equipada cuando ellos no son capaces de utilizar ni la mitad de sus aditamentos? No me quejo de sus habilidades culinarias, pero alguna razón debía haber para que saliéramos a comer tan seguido… ¿o no?
Aún recuerdo cuando le dije a mis padres que quería ser chef, sus caras de incredulidad siguen grabadas en mi mente. Siempre apoyaron mi decisión, aunque se sintieron extrañados por mi elección y en cierto sentido tenían razón. Muchas veces me preguntaron si en verdad esto era lo que quería, que si no me interesaba Comunicaciones, Mercadotecnia, Diseño de Modas, Música… vaya, creo que casi agotaron el catálogo de opciones que podrían llegar a interesarme, ¡inclusive me preguntaron si no quería ser modelo! Mi respuesta siempre fue negativa, y al final se resignaron.
Teniendo unos dos años en la carrera, mamá me comentó que se sentía muy tonta al no haberse dado cuenta que la cocina era lo mío. Desde muy pequeña, aprendí a usar la estufa, el microondas, la tostadora, la batidora y muchas cosas más que mis padres no sabían ni cómo encender; también acostumbraba hornear algo para regalar a mis amigos fechas especiales. Cuando pequeña, la repostería era lo que más me gustaba: podía pasar horas preparando pasteles, haciendo betunes, decorándolos, buscando diseños, recetas e inclusive disfrutaba empaquetarlos. Mi madre me dijo que no entendía cómo no lo había podido ver, aunque muchas veces lo obvio está frente a nosotros y no nos damos cuenta.
Ya en Le Cordon Bleu fui descubriendo mi propio estilo para cocinar, aunque antes tuve que aprender teoría de muchas cocinas del mundo. A pesar de que hubo épocas donde me obsesioné con cierto tipo de comida (la española, por ejemplo, pues a la fecha sigo amando la paella y las tortillas de patatas), poco a poco fui buscando mi propio camino e inventando mis propias recetas. Encontré en las combinaciones poco comunes mi lugar, siendo considerada una de las chefs más arriesgadas al momento de elegir los ingredientes, pero sin duda la que obtenía los resultados más sorprendentes: tomo las recetas tradicionales, las sigo al pie de la letra… hasta que decido que es hora de intervenir y comienzo a añadir ingredientes que parecen no tener concordancia pero que al final parecen hechos especialmente para el platillo.
Sin embargo, desde muy pequeña tenía las ganas de hacer del mundo un lugar mejor, mi inquietud era provocar un cambio que me hiciera feliz. A pesar de que adoraba mi carrera, ¿cómo iba a lograrlo? La cocina no es precisamente un método de cambio, y en cambio cualquiera de las profesiones que mis padres intentaron convencerme de estudiar hubiera sido de más ayuda en esto. Supe entonces que tardaría en encontrar el motivo, pero siempre tomo los caminos más raros, así que bueno… creo que estaba en mí. ¡Cuánta razón tenían mis profesores! El amor a la comida puede hacer maravillas.
La tarde que regresamos del funeral de los padres de Yamato, supe que tenía que hacer algo para levantarle el ánimo: en los doce años que tenía de conocerlo nunca lo había visto tan afectado. Supuse que le caería bien algo de comer y terminé en su cocina preparándole onigiris (su platillo favorito), aunque cambié la receta con algunos ingredientes que pensé, le brindarían un sabor diferente.
Cuando se los llevé, torció los labios en lo más parecido a una sonrisa que podía brindarme en esos momentos. Se llevó el primer onigiri a la boca y los cambios que ví en su expresión nunca los voy a olvidar, sobre todo lo que me demostraban sus ojos; éstos eran el centro de su rostro, el lugar que te decía todo lo que necesitabas saber sobre él. Para mí fue una revelación cómo conforme masticaba sus pupilas cambiaban de tamaño, de brillo, de emoción. Entonces él, que no había podido derramar una sola lágrima en el funeral, rompió a llorar incontrolablemente: mientras sentía su mano apretar la mía con fuerza, lo abracé y lo dejé desahogarse.
Después de mucho tiempo comenzó a soltarse, hasta que se apartó de mí; se limpió la cara con el puño de la manga y volteó a verme agradecido. En ese momento, supe que ahí estaba la respuesta que yo necesitaba: así, justo así iba a cambiar al mundo, a través de mi comida. ¿Y es que cuántas emociones es capaz de transmitir un platillo? Las que el chef quiera, ni más ni menos. Estaba en el camino correcto.
Recordaba estas palabras mientras terminaba de empaquetar la comida del almuerzo que tendríamos Matt y yo. Había llamado temprano, quedando de pasar por mí en dos horas, por lo que me dediqué a darle los toques finales a la canasta en la que llevaría nuestra comida. Me hacía feliz preparar los alimentos, para mí eso no representaba ningún problema, pero seamos sinceros: lo que estaba poniendo dentro de los recipientes no era precisamente el centro de mis pensamientos.
Yamato Ishida… el rubio que en mis épocas de adolescente fue el chico más cotizado de toda Odaiba no se había alejado de mi mente en los últimos días. Las imágenes de nuestro más reciente encuentro- del cual ya habían pasado varios días- se reproducían una y otra vez en mi cabeza: recordaba el momento de abrir, de toparme de bruces con los ojos más azules que conozco, aquéllos en los que me podría perder por toda la eternidad. Sentía la piel trémula al acordarme de la electricidad que recorría mi cuerpo con el más ligero roce de nuestros dedos, el sentimiento de calidez que me embargó de pies a cabeza cuando me abrazó para despedirse, el escalofrío que sentía al escuchar que me hablaba al oído… ¡sonaba como toda una quinceañera! Había algo no solo respecto a él, sino al hecho de estar junto a él, que me hacía sentir como el primer día.
Suspiré tratando de alejar esos pensamientos de mi mente, al tiempo que recuperaba algo de la poca cordura que tenía y de golpe cerré la canasta. Apenas iba a comenzar una conversación conmigo misma cuando escuché el sonido el intercomunicador; no tuve siquiera que verme al espejo, simplemente sentí que mi cara se iluminó:
-¿Diga?- pregunté, intentando no sonar muy ansiosa, pues suponía él estaba detrás del escritorio de la recepción y podría escucharme.
-Señorita Tachikawa, la busca el señor Yamato Ishida.- me respondió el encargado, intentando sonar serio y responsable.
-¡En un momento bajo, no tardo!- exclamé, olvidando por completo mis ideas de que no me escuchara. Casi corriendo me dirigí a la cocina por la canasta, tomé mi bolso y comprobé mi reflejo en el espejo del pasillo, acomodando unos cuantos mechones de cabello antes de cerrar la puerta.
A pesar de que solo eran tres pisos de mi departamento a la recepción, sentí que el trayecto en el elevador duraba siglos. Cuando por fin ví las letras "PB" en la pantalla, el alivio se apoderó de mí; salí, tratando de caminar lo más tranquila y despreocupada posible, cuando un grito conocido me atacó unos metros adelante:
-¡Mimi!
La pequeña figura venía corriendo hacia mí tan presurosamente como sus piernitas se lo permitían y se abalanzó sobre mí en cuanto tuvo la oportunidad. Yo la abracé entre emocionada y sorprendida, porque no esperaba su presencia, pero no podía negarme. Ella era tan especial que lo único que quería hacer era comérmela a besos.
-¡Aiko! Preciosa, ¿cómo estás?
-Muy bien, Mimi, ¡ya quería verte de nuevo!
-Yo también, pequeña, te extrañaba mucho.- dije apretándola nuevamente contra mí, pues me había quedado en cuclillas para poder estar más a su alcance.
-Ella no estaba incluída en el plan, pero me insistió tanto que no me pude negar…- una voz externa me hizo mirar hacia arriba y sentir el acostumbrado escalofrío al mirar esos ojos azul intenso. Yamato me sonreía desde su posición, tendiéndome una mano para ayudarme a levantarme; en cuanto estuve de pie, me besó en la mejilla y me abrazó, permitiéndome volver a experimentar ese sentimiento tan familiar, pero al mismo tiempo único- ¿no te molesta, verdad?- me preguntó casi en un susurro en cuanto nos separamos.
-Para nada.- le respondí con una sonrisa- ¿Por qué lo preguntas?- inquirí, un tanto curiosa.
-Porque trajo compañía…- dejó las palabras al aire y en cuanto avanzamos un poco más me respondió:- Ayane también vino.
-¡Pero si eso no es problema! No te preocupes, nos arreglaremos.- le dije encogiéndome de hombros. En una situación normal, seguramente me habría enfadado muchísimo el que no estuviéramos solos, pero ahora no me molestaba, me parecía algo estupendo.
-Dame la canasta, tú no tienes porqué cargar eso.- me dijo quitándomela de las manos, al tiempo que nos acercábamos a la salita, donde Ayane se encontraba sentada junto con Aiko, quien se había retirado para contarle a su nana que estábamos a punto de irnos.
-Mimi, perdona que venga,- me comentó después de saludarme, con la voz un tanto preocupada- pero es que la niña me insistió tanto y después el señor dijo que estaba bien… no quiero estar estorbando, te aseguro que encontraré algo con qué entretener a la niña para que ustedes puedan hablar.
-Ayane, no se preocupe.- le respondí tranquila- No me molesta en lo más mínimo que estén aquí, de hecho me parece estupendo. En verdad, no es ninguna molestia.
-¿Nos vamos?- preguntó Yamato en voz alta- No queremos que se nos haga tarde.
Tan pronto salimos al estacionamiento, Matt abrió la cajuela y acomodó la canasta junto con otras cosas que supuse íbamos a utilizar. Aiko brincó al asiento trasero, donde se recargó junto con su mucama; él, un tanto extrañado, le preguntó:
-¿No vas adelante?
-No.- dijo ella con completa seguridad- Adelante va ma… Mimi.- corrigió con rapidez, haciendo su error casi imperceptible-Ella es la invitada, papi.- completó en un tono de obviedad. Yamato soltó una risa espontánea, de las que rara vez salían de él, y me abrió la puerta del automóvil. Con una sonrisa de agradecimiento, me subí al asiento del copiloto, mientras que él se dio la vuelta para empezar a conducir.
El trayecto hasta el Parque Suntori estuvo libre de contratiempos, a excepción de cuando Matt tomó mi mano y no la soltó hasta que llegamos; mis mejillas se pusieron tan rojas que casi pedí que el asiento me tragara e hice hasta lo imposible por disimularlo, por eso casi salté de alegría cuando el parque apareció en mi campo de visión: lo habíamos logrado. Sé que suena muy dramático, pero en verdad llegué a pensar que desde un principio las cosas serían un desastre y no tenemos precisamente los mejores antecedentes (basta ver todo lo que hemos vivido) como para augurar que todo saldría a pedir de boca. Para ser nuestra primera cita en cinco años, las cosas iban bastante bien.
Me encantaba ver a la pequeña pelirroja correr descontrolada por todo el lugar, con su mirada curiosa volteando hacia todos los lados posibles. Ayane caminaba con tranquilidad tras ella, pero no la perdía de vista ni por segundo, cuidándola con discreción. Por mi parte, cargaba la canasta al tiempo que Yamato iba junto a mí con otras cosas ocupando sus brazos; aunque íbamos callados, estar así se sentía bien. Caminamos hacia el gran lago que estaba en el centro del parque y encontramos un lugar perfecto bajo la sombra de frondosos árboles, con una vista espectacular. El clima era perfecto: un sol brillante coronaba el cielo azul, sin acalorar o incomodar, sino que causaba una calidez llena de frescura.
-¡Qué bonito es este lugar, papi!- exclamó emocionada Aiko- ¿Por qué nunca habíamos venido aquí?
-¿Nunca la habías traído?- le cuestioné, soltando los recipientes de una manera nada parsimoniosa a causa de la sorpresa.
-Claro que habíamos venido, pequeña,- le dijo a su hija, pero volteando a verme a mí también- pero tú eras una bebé.
-Oh, eso explica que no me acuerde.- expresó la niña con tranquilidad- Y supongo que después no podíamos venir porque yo me enfermé.- comentó con mucha calma, ante mi sorpresa.
-Así es.- Matt le respondía como si fuera la cosa más natural del mundo- Pero lo que importa es que ahora estemos aquí todos juntos, ¿no lo crees?
-Sí, papi.- dijo ella con una sonrisa resplandeciente. A sus seis años de edad, y a pesar de que empezaba a mudar los dientes, Aiko tenía la sonrisa más hermosa que yo hubiese visto jamás; era una de las muchas cosas que me encantaban sobre ella.
-Bueno,- dije yo, en un intento por romper el silencio que había aparecido tras esa pequeña charla- ¿quieren que comamos?
-¡Sí, Mimi! ¡No puedo esperar a ver qué preparaste!
-Muy bien.- respondí, sacando algunos recipientes de la canasta y colocándolos encima de la manta en la que nos sentamos- Fue muy difícil decidir qué iba a hacer, porque no podía traer nada que fuera caliente, se enfriaría;- expliqué mientras acomodaba las vasijas- intenté hacer comida muy bonita, pero no funcionaba para un picnic, así que al final, me decidí por esto: comida sencilla con toque casero. Espero que les guste.- procedí a abrir uno por uno los grandes contenedores y sentí que hice un buen trabajo en cuanto escuché los "wow" de mis interlocutores.
-¡Korokke!- Ayane lucía más que emocionada al tener frente a ella las bonitas croquetas de camarón con papas que había preparado- Esto era lo que más me gustaba comer cuando era niña.- le comentó a la pequeña Aiko, luego levantó la visto y nos contó a todos:- Cuando estaba chica, vivía en una ciudad muy pequeña en las afueras de Osaka y solo los vendían en el centro de la ciudad, en pequeños puestos, como ahora. Íbamos cada mes y para mí era emocionante, porque sabía que me iban a comprar mi korokke. Es una de mis comidas favoritas.
-Éstos de acá se llaman nikuman.- le informó Yamato a su niña- Son panecillos rellenos de carne, te van a encantar, pequeña; cuando Mimi y yo éramos niños, siempre que salíamos de la escuela comprábamos uno para comer en el trayecto a casa.- dijo, viéndome sonreír al recordarlo.
-¿Es verdad, Mimi?- me preguntó la nena con sus grandes ojos azules brillando de expectación.
-Sí, es verdad.- le confirmé con una ligera sonrisa y antes de que yo pudiera agregar algo, él me interrumpió:
-Me gustaban mucho, así que cuando cumplí trece años Mimi me llevó una caja enorme de nikuman a la escuela.
-Fue mi primera receta en serio, además de la repostería.- dije, algo sonrojada- ¡Pero coman, coman! No quiero que se enfríe.- los urgí, dándole a todos platos y cubiertos para que pudieran comer.
El almuerzo pasó sin contratiempos, la pequeña Aiko comía de una manera excepcional, como si jamás en su vida hubiera probado algo que realmente le causara un placer culinario tan grandioso. Era impresionante ver cómo toda la situación giraba en torno a esa vivaracha niña pelirroja, quien lograba convertirse en el centro de atención sin esfuerzo alguno, simplemente siendo ella misma. ¿Cuántos niños a esa edad tienen tanto poder de palabra? Me sentía muy afortunada de ver con mis propios ojos a una de esas pocas criaturas que brillan de manera incandescente con su propia luz.
Cuando todos terminamos de comer (y después de haber guardado todo lo que utilizamos en la canasta), nos dispusimos a descansar un poco, hasta que la energía característica de la niña la hizo comenzar a insistir que jugáramos. No llevábamos ningún juego y cuando se lo hice saber, volteó a verme con los ojos abiertos como platos:
-¡Pero si no necesitamos eso para jugar, Mimi!
-¿Entonces a qué vamos a jugar, pequeña?
-¡A las atrapadas!- dijo alzando sus bracitos con alegría- Solo tenemos que decidir quién va a ser el encargado de atraparnos…- se quedó un poco pensativa, hasta que volteó a ver a su papá y una sonrisilla maligna se formó en su rostro:- Papi… ¡tú la traes!- fue lo último que escuchamos de ella, pues en cuanto el grito salió de su boca, se lanzó a correr por los alrededores de nuestro sitio, mientras Yamato trotaba tras ella (de manera lenta, por supuesto) para tardarse en alcanzarla. La escena no solamente me parecía increíblemente tierna, sino que también me causaba bastante gracia, por lo que comencé a reír de forma incontrolable.
-¡Aiko, ya déjate alcanzar!- exclamó Matt, mientras su hija corría a unos cuantos pasos delante de él.
-¡Pero si yo no soy la única que está jugando!- le dijo la niña con la voz un poco entrecortada debido al ejercicio- ¡Mimi también está jugando, atrápala a ella!- él se detuvo por un momento, observándome con una mirada traviesa, a lo que yo me sorprendí con alegría y comencé a negar con la cabeza. Él, sin embargo, no se detuvo y comenzó a avanzar hacia mí con lentitud.
-¡No, no, no!- comencé a gritar mientras él se iba acercando- ¡No, Yamato, a mí no!- mis advertencias eran inútiles, él seguía avanzando- ¡Yama, no, por favor, no quiero correr!
-Pues vas a tener que hacerlo si no quieres que te atrape…- me amenazó, divertido. Yo no lo dudé más tiempo y comencé a correr lo más rápido que podía, sintiendo mi fresca blusa holgada inflarse a causa del aire; percibía a Yamato tras de mí, casi pisándome los talones, pero no podía evitar ser pésima en todo lo que tuviera que ver con deportes: ninguno se me daba bien, lo único que podía hacer era brincar la cuerda y eso ni siquiera era un deporte. Sabía que él me iba a atrapar, pero tenía que aguantar el mayor tiempo posible, así que intenté esconderme tras los árboles, girar, sacarle la vuelta… todo esto acompañado de los vitores de Aiko, quien apoyaba demasiado a su papá.
En una ocasión logré burlar a Matt y creí que iba a ganar, pero él fue mucho más rápido: sentí que un par de fuertes brazos me rodeaban la cintura y me levantaban del suelo, que comenzaba a darme vueltas mientras yo intentaba protestar como si tuviera tres años aunque no tuviera nada por lo que quejarme en realidad. Me gustaba sentirme entre sus brazos, ahí el mundo se volvía perfecto y no había cosa en el Universo que pudiera opacar mi felicidad, además de que esta precisa acción evocaba innumerables recuerdos en mi mente. Cuando me soltó, giré para poder verlo a los ojos, logrando que sintiera que siempre hay dos caras de todas las cosas, que un todo se puede conformar en su mayoría por dos grandes partes y que justo frente a mí tenía a esa mitad faltante. Lo sentía, lo sabía, quince años de experimentar este sentimiento con él, con nadie más que él no me podían mentir.
-Este…- la voz de Ayane pareció no solo sacarme a mí, sino también a Yamato de nuestro ensimismamiento- voy a llevar a Aiko a comprar un helado, ¿no gustan nada?
-No, Ayane, no se preocupe.- respondió Matt con tranquilidad; revolvió un poco en los bolsillos de su pantalón, tendiéndole algo de dinero a su ama de llaves- Compren los más grandes.- terminó con una sonrisa. Ella le sonrió con la mirada y se alejó con la niña hacia las orillas del parque. Nosotros nos sentamos cómodamente encima de la manta, observando el hermoso cielo que se desplegaba frente a nosotros.
-Esto se siente tan familiar…- murmuró divertido; su comentario me hizo reír- no recuerdo cuántas veces hemos estado en este preciso parque, tú y yo, viendo el cielo.
-Yo tampoco sé cuántas veces han sido, solo que es una situación muy nuestra.- le tomé la mano, acariciándola por un momento y levanté la vista para verlo a los ojos- Todo esto fue tan… tan nosotros.
-Mimi… ¿qué ha pasado con nosotros?- me preguntó sin rodeos. En su rostro notaba seriedad, decisión y sabía que ya no podía soltarme: era momento de hablar.
-Pues, sería más sensato preguntar qué no ha pasado, ¿no crees?- mencioné para intentar aligerar el ambiente- Han sido tantas cosas… lo primero es más que obvio y no tengo más preguntas al respecto. Lo segundo, ahí sí estoy algo confundida…
-¿Qué pasa con lo segundo?- inquirió, serio.
-Cuando empezamos a ser amigos… creo que sabes mejor que yo que no éramos precisamente amigos: éramos tú y yo en una relación amorosa sin demostraciones físicas de amor.- expliqué, tratando de hacer que las palabras concordaran.
-Aunque de vez en cuando se nos escapaban unas cuantas…- dijo, intentando contener una risa; yo sonreí:
-Ese período fue muy intenso para nosotros dos, luego yo me fui… y tú no fuíste por mí.- esto último salió de mis labios con un dejo de tristeza- ¿Por qué? ¿Ya no querías verme?
-Por supuesto que no, Mimi, desde que te fuíste siempre quise ir a Nueva York a buscarte, pero tenía a la niña y era muy pequeña como para dejarla sola. Después, ella se enfermó, no había manera de que saliera de Japón, aunque…
-¿Aunque qué?- pregunté- Dime, por favor.
-Aunque siempre sentí que no era nadie para ir a buscarte, Mimi. Te hice mucho daño y cuando volvimos del viaje yo no pude volver contigo… creí que ibas a poder encontrar a alguien mejor, mucho mejor que yo, que no te hiciera sufrir, que te tratara como mereces que te traten… solamente tu enorme bondad me explica que hayas vuelto, ¿yo qué tengo para ofrecerte? ¿malos recuerdos? ¿una niña que no tiene vínculo contigo y que inevitablemente se va a escapar de mi vida más pronto de lo que quisiera?- las palabras salían a la fuerza a través de sus dientes apretados; esta vez fui yo quien lo hizo verme a los ojos:
-Yamato, escúchame bien: yo te entiendo. Jamás te reprocharía el que no me hayas buscado en Nueva York porque, para empezar, es una ciudad enorme, mucho más grande que Tokio, ¿dónde me ibas a encontrar? Gracias a ti, he experimentado toda clase de emociones y tú… tú me has dado los recuerdos más hermosos de mi vida. Sí, hemos pasado malos ratos, pero nuestros buenos ratos los sobrepasan de una manera tan descomunal que ni siquiera puedo recordar lo malo.- esto era verdad, era toda la sinceridad que poseía dentro de mí.
-Eres tan hermosa.- me dijo acariciando mi mejilla con suavidad y acomodándome el cabello tras la oreja- Tú fuíste la primera mujer a la que me nació decirle "te quiero". Ni siquiera a mi madre se lo podía decir sin tener una lucha interna conmigo mismo, en cambio contigo… contigo era una necesidad. No me duele, no me siento mal… tú… y Aiko, por supuesto, pero ella llegó a mi vida muchos años después de ti.
Sus palabras me dejaban muda, la sinceridad que me proyectaba su mirada era demasiado real. Yamato no era la clase de persona que dice algo de este tipo y no lo siente: es muy reservado con sus emociones como para mentir respecto a ellas. Me sentía afortunada de que tuviéramos una nueva oportunidad, tenía que ser señal de algo.
En ese momento los parloteos de Aiko nos hicieron darnos cuenta de que habían vuelto y nos acomodamos los cuatro a ver el precioso atardecer que se presentaba frente a nosotros. A pesar de que no estábamos solos, la compañía de la niña y Ayane no se sentía como algo negativo, sino que le daban algo extra al momento: la espontaneidad de la pequeña, la amabilidad de la mucama, él y yo. Ellas no representaban incomodidad, ni molestia, ni coraje; de alguna manera, nos añadían complejidad, equilibrio y plenitud…
El instante se convirtió en fotografía. Se volvió un momento eterno.
-¿A dónde me llevas?- preguntó una Mimi de alrededor de veinte años de edad al rubio que caminaba a su lado.
-Es una sorpresa, te encantará.- le aseguró- Pero no puedo contarte nada, arruinaré todo si lo hago.
-Nunca habíamos venido a esta parte de la ciudad…- comentó ella, curiosa, observando los alrededores- Todo aquí es tan… chiquito.- finalizó, a falta de un adjetivo más apropiado- ¿Cuánto nos falta?
-Una cuadra más y habremos llegado.- le informó Yamato al levantar la vista y ver el nombre de la calle. El resto del trayecto transcurrió en un cómodo silencio, hasta que a mediación, él comentó:
-Vamos allá.- con su brazo señaló el local que estaba al final de la calle. Mimi trató de correr y cuando llegó quedó extasiada: era una cafetería, pero no una común, sino que a través de su decoración minimalista, basada en los pequeños detalles, el uso de plantas y la música tranquila sellaba el ambiente. Era tan sencilla como sofisticada. Al observar la reacción de la joven, Matt sonrió:- Vamos, reservé una mesa.
Y efectivamente había reservado una mesa, ¡pero qué mesa! En aquella cafetería había un pequeño balcón que daba a la calle por la que ellos habían transitado, pero estaba lo suficientemente alto como para permitirles una vista panorámica de una buena parte del distrito. Quizás por la hora no estaba muy concurrido, pero Mimi veía gran potencial en ese lugar.
-¿Qué te parece?- preguntó, después de que ella hubiese mirado a gusto.
-¡Es estupendo! ¿Cómo lo encontraste?
-Paseando… simplemente dí con esta parte del distrito y supuse que te iba a gustar el lugar.- dijo él, como si fuera algo sin mucha importancia. Mimi le sonrió y continuó observando fuera del balcón hasta que llegó una mesera:
-Bienvenidos al Café Sakura, mi nombre es Hisa y los voy a estar atendiendo, ¿quisieran ordenar algo?- la chica no pasaba de la edad de ellos dos, su rostro era encuadrado por una sonrisa enorme; ambos la sintieron muy simpática.
-Mmm…- Mimi pasaba las páginas del menú, pensativa- Todo suena delicioso, pero estoy algo indecisa, ¿me podrías recomendar algo?
-Tenemos un ramen estupendo, lo hacemos nosotros mismos: es una receta familiar que inició nuestro abuelo para hacer los fideos, después mi abuela se encargó de su preparación. No se parece en nada a lo que has probado antes, te va a encantar.- la muchacha sonaba muy convincente y a Mimi le gustó su actitud.
-Perfecto, quiero el ramen y de tomar un té estaría bien, frío, por favor.- pidió a la chica con una sonrisa.
-Yo tomaré lo mismo.- indicó Yamato, devolviéndole la carta- Gracias.
La comida les pasó volando, y en efecto, Mimi corroboró que ese ramen no se parecía en nada a cualquiera que hubiese probado en toda su vida. La atmósfera era demasiado agradable como para no quedar encantado con el lugar, además del excelente servicio y la deliciosa comida. Ambos salieron del café con una sonrisa de oreja a oreja, a lo que Yamato preguntó:
-¿Qué hacemos ahora?
-No lo sé.- Mimi se encogió de hombros y preguntó:- ¿Vamos a la casa?
-De acuerdo.- dijo el rubio, encaminándose en dirección a la casa de ella. En cuanto llegaron, la hermosa castaña exclamó:
-¡Ese café es maravilloso! Debemos ir más seguido, aunque no entiendo cómo es que no va más gente.
-Creo que eso es parte de su encanto, que no es muy concurrido. Le da privacidad.- reflexionó Yamato, ya sentado en la sala de Mimi- ¿Y ahora qué hacemos?
-Vamos a contar secretos.- indicó la castaña, como si fuera una niña pequeña.
-¿No es temprano como para pijamada?- la voz de Yamato exudaba sorna a más no poder, pero ella se rió y le dio una palmadita en el hombro.
-Anda, iremos diciendo cosas que creamos no sabemos sobre nosotros mismos, ¿de acuerdo?
-Bien, pero empiezas tú porque fuíste la de la idea.
-Muy bien… mi primer concierto fue uno de las Spice Girls.
-Quisiera haber conocido a James Dean.
-¡Eso ya lo sabía!- le reprochó Mimi- Dí otro, Matt.
-Yo también ya me sabía lo de las Spice Girls y no te dije nada, no cuenta.- le dijo él de manera juguetona.
-Bueno, bueno… hay que decir cosas que en serio no sepamos, o que creamos que no las conocemos. Por ejemplo…- la chica se quedó pensativa unos minutos- he tenido días muy felices, pero cuando fuimos al concierto de Coldplay… ése ha sido el día más feliz de mi existencia hasta ahora.
-Siempre quise aprender a tocar el acordeón, para poder componer música como la de Yann Tiersen.
-Siempre creí que me llamaba Mimi por el dibujo de Walt Disney, pero mi mamá dijo que me puso así por un personaje de la ópera de Puccini, La Bohème.
-Cuando era un niño, creía que me convertiría en astronauta y que a esta edad ya estaría casado.
Y así continuaron contándose secretos y cosas que ni ellos mismos imaginaban. Dos horas después, Yamato estaba acostado en el piso de la sala, mientras que Mimi estaba de cabeza en el sillón. Él le dijo:
-Te toca…
-Tú sabes que lloro en muchas películas, pero no sabes que en Deseando Amar lloro porque siento que nosotros somos los protagonistas.- se quedó callada por un momento y luego dijo:- Te toca.
-No pasa un día sin que me arrepienta de lo que hice. Te toca.- Mimi trató de sonreír y se acomodó para poder verlo de frente:
-Sé que el único lugar donde te dan cosquillas es…- traviesamente llevó su mano a la nuca de Yamato- ¡AQUÍ!- exclamó al tiempo que el rubio estallaba de risa y trataba de evitarla, hasta que, entre risotadas, exclamó:
-¡Ven acá!- la estiró del brazo e hizo que cayera al suelo con él- Y yo sé que a ti te dan cosquillas… ¡en todo el cuerpo!- la castaña no soportaba y comenzó a reír descontroladamente, mientras se retorcía en el piso. Minutos después, ambos tratando de controlarse, el silencio fue roto por el chico:- Te toca.
-Te amo.- dijo ella al recuperar el aliento. Así, sin rodeos, ni arreglos, ni obligación. Así, con el cabello alborotado, las mejillas sonrojadas y los ojos brillando. Así era ella, hermosa en cualquier ocasión, sincera y extremadamente transparente. Así era Mimi. Así era su Mimi.
Sin pensarlo, se inclinó sobre ella y tomó posesión de sus labios. La besó. Con dulzura, con sinceridad, transmitiéndole todos esos sentimientos que solamente la castaña podía sacar a flote en él. Ella le correspondía, sintiendo que todo valía la pena. En teoría lo que estaban haciendo no era correcto pero, ¿lo que se siente bien debe hacerte bien, no es así? Y estar ahí, junto a Mimi, en definitiva se sentía más que bien.
Cuando se separaron, ambos se sonrieron y él le besó la frente. Cualquier duda que pudo haber tenido se disipó: la amaba demasiado, y ahora sabía que ella lo amaba igual.
¿Y bien? ¿Qué les pareció? De antemano me disculpo por cualquier error ortográfico que pudieran encontrar, pero es que estoy tan emocionada de haber terminado este capítulo (créanme, llegué a pensar que NUNCA lo iba a terminar) que decidí subirlo de inmediato. Tardé mucho en escribirlo porque me parecía que era un capítulo que derramaba miel- de hecho, lo hace y me incomoda un poco- y... ¡yo amo el drama! El único drama que tuve aquí fueron los flashbacks, y de todos modos ni están tan dramáticos. Claro, la historia no va a quedarse tan bonita, ni de chiste: creo que unos tres capítulos más de felicidad, esperemos, más moderada.
También, DISCÚLPENME ENORMEMENTE POR NO HABER PODIDO RESPONDER A SUS AMABLES REVIEWS. Tan pronto me desocupe (porque estoy en la computadora a escondidas de mis padres) les prometo que responderé. Ustedes saben perfectamente que siempre respondo, pero ahora estuve demasiado atareada como para poder responderles. También a mis niñas lindas ya pronto les daré reviews, solo denme un tiempito más, por favor: este capítulo fue muy desgastante.
En verdad, si a alguien le dió una subida de azúcar, perdón, pero el capítulo necesitaba ser así. Espero en verdad que les haya gustado y... ¡denme reviews! Saben que los adoro y díganme todo: si les gustó, si no, si me quieren linchar... ¡todo! Prometo subir antes de regresar a la Universidad otro capítulo si me llegan muchos :D
¡Feliz Navidad y Próspero Año Nuevo a todos!
PLMJ*
