Romper y venganza.
Vienen por mí, todas las noches. Apenas y consigo dormir un poco, porque los estoy esperando. Aunque finja dormir, ya estoy domesticado en esperar que lleguen y me toquen, que me bajen el pijama.
No les muestro nada. Se burlan, creyendo que tengo el sueño muy pesado, pero yo los escucho jadear en mi oído, penetrarme y reírse porque duermo como si estuviera muerto.
A veces me despiertan. Me fuerzan a darles placer con la boca mientras siguen rompiéndome una y otra vez, pero ya casi nunca lo hacen: no desde que ya no tengo cuatro, cinco años y lloraba, pidiéndoles porque se detuvieran. Entonces sí me rompían y yo lloraba y lloraba luego, tratando de esconderme. Ya no me escondo de nadie.
Dicen que tengo ojos extraños. Pero casi nunca los ven. Me ponen boca abajo y se meten en mi carne, pero sin ver a mis ojos porque les da miedo. Por eso es que de día no me tocan, porque saben que soy distinto a ellos, a todos.
No confío en nadie aquí. Ya no. Porque cuando se lo conté a él, él dijo que me entendía, que me ayudaría porque había pasado por eso, y no lo hizo. No lo ha hecho. Sólo me dio esperanzas y luego se fue sin siquiera despedirse. Trajeron a otro parecido, más viejo, menos ingenuo, igual de traidor. Pero él se fue y me mintió porque no hay consuelo en rezar, ya no existe nada… nada… nada…
Yo no soy como ellos. Sé que no lo soy. Por eso aguanto noche tras noche tras noche tras noche porque sé que algo se mostrará… algo me mostrará el camino que mi vida debe seguir. Entonces, todos ellos, los que me han tocado, golpeado y sangrado, lamentarán el día en que lo hicieron.
