31 de Mayo de 1547

Por más que procuraba buscar en sus más profundos recuerdos, Jane Grey no recordaba haberse sentido nunca tan feliz.

Llevaba ya cerca de tres meses viviendo en la finca de Old Manor, en Chelsea, bajo la tutela de la reina viuda, lady Catalina Parr, y, aunque echaba mucho de menos a sus dos hermanas pequeñas, Jane había empezado a sentirse por primera vez en un hogar de verdad. La hacienda era un viejo castillo magnífico, en el que la niña poseía su propia habitación, justo al lado de la de lady Isabel. No era que le molestara compartir habitación con Kitty en su propia casa en Bradgate, claro que no, pero de algún modo, le parecía extraño pensar que podía tener su propio espacio para ella: un lugar en el que refugiarse cuando las cosas no iban bien o simplemente cuando sentía ganas de estar a solas.

Los primeros días que pasó en Old Manor, la pequeña estuvo algo triste, actitud que se manifestaba en las largas horas que pasaba sentada junto a la ventana, pretendiendo observar el movimiento de las flores del jardín en el viento cuando lo que hacía era preguntarse qué estaría pasando en su hogar. Para sorpresa suya, Catalina Parr había sido muy comprensiva con ella y la había apoyado mucho durante esos primeros días, respetando los momentos en los que la pequeña deseaba estar a solas. Ella misma le había enseñado todo el palacio, indicándole dónde estaba su habitación por si alguna vez necesitaba algo y la inmensa biblioteca que había en la casa, haciéndole saber que se encontraba a su disposición en cualquier momento que quisiera hacer uso de ella... Y le había tomado la palabra.

No era ningún secreto la pasión que la pequeña Jane Grey sentía por la palabra escrita: en su hogar siempre había sobresalido en sus estudios con sus tutores de latín y griego, y a sus nueve años era capaz de leer en ambas lenguas sin el menor de los problemas. No obstante, sus padres no eran partidarios de la afición de su hija mayor: claro que querían que fuera una niña ilustrada, pero ante todo querían que fuera lo que ellos opinaban que era una buena mujer. Por ello, los libros sólo componían una pequeña parte de la educación de Jane, junto a aprender a coser, bordar, bailar, cantar, tocar el piano... Y todo ello debía de llevarlo a cabo con tal perfección, que muchas veces la niña se sentía abrumada por la presión que sus progenitores ejercían sobre ella.

Pero en Old Manor todo era distinto: era como si, de un modo u otro, siempre hubiera estado destinada a vivir allí, entre esos muros de piedra, a conocer lo que se sentía en un verdadero hogar. Sólo lamentaba que Kitty y Mary no pudieran vivirlo ellas también. Lady Isabel, a pesar de los cuatro años de edad que la separaban de la primogénita de los Grey, era muy bondadosa con ella y siempre procuraban pasar tiempo juntas, ya fuera estudiando, conversando de diferentes temas o simplemente jugando por el amplio y florido jardín de la hacienda. Catalina Parr, por su parte, vivía dedicada al cuidado y bienestar de las dos niñas, y siempre las alentaba a dedicar tiempo a sus pensamientos e ideas y a creer en ellas, pensaran lo que pensaran los demás. Aquello suponía una diferencia muy grande respecto a los Grey, quienes creían firmemente que sus hijas debían pensar lo que pensara la mayoría, sin excepción.

También le agradaba pasear al lado de Catalina Parr por los amplios jardines de Old Manor, especialmente en aquellas tardes de recién nacida primavera en las que el sol lucía en todo su esplendor sin hacer daño a la piel. Con ella, Jane sentía que podía conversar de cualquier tema que se le ocurriera, compartir sus inquietudes intelectuales y religiosas sin miedo a que la miraran de modo extraño o como si debiera cerrar la boca. Catalina Parr era dulce y comprensiva, y compartía la mayoría de sus ideas, así encontraba en ella un gran apoyo y, en cierto modo, a la madre que siempre había extrañado en la suya propia.

Aquella tarde del último día del mes de mayo, Jane Grey se encontraba paseando a solas entre las rosas que había plantadas en una zona del jardín. Le encantaba pasar por allí cuando las flores estaban recién regadas, ya que podía cerrar los ojos y aspirar con cuidado el dulce olor y el fresco aroma que desprendían. Sus favoritas eran las rosas blancas: no eran muy comunes, pero Catalina Parr tenía varias decenas de rosales allí muy bien cuidados. Las rosas rojas, en cambio, le recordaban a su familia, debido a que su madre siempre solía referirse a sus hermanas Kitty y Mary como sus "dulces rosas rojas" por el tono rojizo del cabello de ambas. También le recordaban a Eduardo, ya que el joven rey también era pelirrojo y además, el símbolo de la casa Tudor era, precisamente, una rosa.

La niña suspiró, abandonando sus pensamientos, y siguió avanzando por el jardín. También había muchos árboles grandes allí, lo cual era fantástico porque a Jane siempre le había gustado mucho tumbarse bajo su sombra, cerrar los ojos y dejar que el sueño la invadiera poco a poco, sintiendo la brisa de la tarde acariciar su rostro. Ahora que se acercaba más a un fuerte almendro, Jane se preguntó si no podría... La pequeña esbozó una breve sonrisa y se mordió el labio inferior mirando a su alrededor: siempre le había gustado ver cómo sus vecinos se subían a los árboles y escalaban por sus ramas, pero ella nunca lo había intentado, desde luego no era lo que sus padres esperaban de ella, así que ni siquiera se lo había planteado.

En un acto de valentía, a la par que de atrevimiento, Jane Grey se arremangó ligeramente las mantas de su vestido y se dirigió al árbol con paso decidido. Los almendros no suelen ser árboles con unas ramas muy fuertes, pero aquel parecía ser lo suficientemente grueso como para que la niña de nueve años pudiera subir por él sin que ocurriera nada malo. Aún algo insegura, Jane posó sus manos sobre el tronco del árbol, buscando algún recoveco al que poder agarrarse para así impulsarse para subir por él, pero no tuvo demasiada suerte. Cuando hubieron pasados unos minutos que a la primogénita de los Grey se le hicieron eternos de pura frustración, se dio cuenta de que escalar árboles no era tan fácil como ella había creído... Pero no por ello iba a rendirse.

Separándose un poco del tronco del árbol, la niña dirigió la mirada hacia las ramas del mismo y, tras evaluar cuáles estaban más a su alcance, comenzó a dar pequeños saltos a la vez que estiraba los brazos, en su empeño por lograr alcanzar alguna de ellas. Por más impulso que se diera, sus dedos apenas rozaban la rama más cercana. Pequeñas gotas de sudor habían empezado a surgir de su frente, pero a la niña no le importaba: tenía la certeza de que, tarde o temprano, lo conseguiría... Y así fue. En uno de sus saltos, la niña consiguió asirse a una rama del almendro con la mano derecha, dejándola colgando del mismo de una forma bastante poco equilibrada. Con el corazón en la garganta debido al sobresalto, la pequeña se apresuró a agarrarse a la rama también con la mano izquierda y balanceó su cuerpo hasta que éste se encontró completamente aferrado a la rama del árbol.

Era primavera y los árboles estaban en flor, por ello Jane Grey tuvo que girar el rostro varias veces hasta conseguir que ninguna pequeña flor rosada le molestara en la cara. Cuando hubo alcanzado cierta estabilidad en aquella rama, empezó a moverse para ponerse encima de la misma y así por fin poder ponerse en pie y apoyarse en otras ramas. A medida que la niña avanzaba en su propósito, su admiración hacia los niños y campesinos que subían, de un modo tan en apariencia fácil, a los manzanos de la finca de sus padres en Bradgate crecía por momentos: ¿cómo eran capaces todos aquellos hombres de recoger todos los años la cosecha de los manzanos, siendo la gran mayoría mucho más viejos que ella?

Dejando a un lado esas cuestiones, la niña fue incorporándose poco a poco, intentando mantener el equilibrio sobre la rama de aquel árbol, y una vez que lo hubo conseguido, sonrió. Ahora que se encontraba en pie entre las ramas de aquel almendro, tuvo la certeza de que ya había logrado lo más difícil. La pequeña tuvo que dejar escapar una pequeña risita al imaginar la cara que pondrían sus padres si la hubieran visto escalar por aquel árbol: muy seguramente la regañarían y la castigarían por no considerarla una actividad propia de una dama de la nobleza. Alzando la vista, Jane podía divisar los brillantes rayos de luz solar atravesar las flores y las ramas que había más arriba. Alcanzando una nueva rama con las manos, comenzó a subir hacia las ramas más altas: ya que le había costado tanto subirse al mismo, por lo menos quería poder contemplar la vista que ofrecía la copa del mismo.

Sabía que se estaba haciendo pequeños rasguños en las manos y que muchas de las pequeñas flores rosáceas del árbol se le estaban enredando en sus cabellos dorados, pero no le importaba: lo único que anhelaba en aquel momento era alcanzar las ramas más altas y contemplar el mundo desde allí arriba. Finalmente, se encontró en lo más alto del almendro y apartó con la mano derecha las últimas ramas que le impedían ver el paisaje... Y Jane Grey pudo jurar, en un suspiro de asombro, que nunca jamás había visto nada tan hermoso.

La luz del sol vespertino bañaba la tierra cubierta de fresco color verde que rodeaba la finca de Catalina Parr, las hojas de los árboles cercanos y las flores que había allí plantadas se mecían suavemente con la brisa de la tarde. Podía ver en la lejanía las haciendas de otros nobles retirados, así cómo las montañas inglesas totalmente pobladas de árboles. Jane Grey esbozó una sonrisa y apoyó su mejilla en una rama cercana: había tanto tanto en el mundo que ella aún no conocía, tantos lugares maravillosos que no había visitado jamás, tanta belleza que se escapa a su conocimiento. Tras el horizonte aún había un mundo que esperaba ver algún día, lejos de todo lo que había conocido antes, puede que incluso lejos de Inglaterra.

Se encontraba perdida en estas divagaciones cuando notó que la rama sobre la que estaban posados sus pies cedía inesperadamente. La pequeña ahogó un grito y trató de agarrarse a alguna otra que se encontrara cerca, pero no pudo, y, antes de poder darse cuenta siquiera, caía del árbol, viendo pasar rápidamente las hojas y flores del mismo a su paso. Esperaba caer pesadamente sobre el terreno cubierto de césped que rodeaba toda la hacienda, pero no fue así. Cayó pesadamente, sí, pero encima de alguien que tuvo la mala fortuna de estar divagando por esa zona en ese preciso instante.

Pasaron unos breves instantes en los que la niña no se movió, tratando de recuperarse del susto, pero tan pronto como Jane Grey alzó la vista pudo comprobar que había ido a aterrizar sobre el joven rey de Inglaterra, quien le devolvía la mirada con sus ojos grises abiertos de par en par. Al tener sus manos posadas sobre el pecho del chico, Jane pudo comprobar que el corazón de su amigo latía a toda velocidad, aún sobresaltado por lo inesperado del suceso.

- ¡Eduardo! - exclamó la niña, echándose hacia atrás para dejar respirar a su amigo, quien se incorporó torpemente hasta quedar sentado sobre el césped. - ¿Qué hacéis aquí?

El muchacho vestía mucho más ricamente de lo que acostumbraba durante sus años como príncipe de Gales: era como si debiera estar permanentemente preparado para un retrato del maestro Holbein. De hecho, en aquellos momentos un sombrero negro con el que anteriormente había sido retratado su fallecido padre, yacía sobre el lecho de verde césped, habiendo caído de la cabeza de su dueño debido al impacto de la niña al caer del almendro.

El pelirrojo, por su parte, alzó las cejas de forma inquisitiva: él era el rey, tenía todo el derecho del mundo a estar en el lugar que él creyera conveniente en el momento en que a él le pareciera... O al menos eso le decían sus consejeros y básicamente todos los miembros de su corte en Hampton Court, por eso le seguía sorprendiendo de forma grata que su mejor amiga siguiera no sólo llamándole por su nombre, sino tratándole con tanta familiaridad: para ella no había diferencia entre el niño de rizos rubios con el que solía jugar en su más tierna infancia y el joven rey con el que contaba ahora Inglaterra.

- ...Lo lamento, Majestad... - habló la niña, como si hubiera adivinado los pensamientos de Eduardo Tudor. - No pretendía haceros daño, sólo...

Pero no pudo continuar hablando, una sonrisa divertida había ido esbozándose poco a poco en el rostro del niño, que finalmente se echó a reír, dejándose caer nuevamente sobre el césped. Jane le miró bastante confundida, antes de fruncir el ceño y cruzarse de brazos, algo molesta con la actitud de su amigo.

- ¡Eduardo! - le llamó ella, mientras el muchacho seguía riendo sobre el césped. - ¿Se puede saber qué os hace tanta gracia?

- Es que... - intentó decir Eduardo Tudor, a la vez que intentaba contener la risa. - Es extraño que me llaméis "Majestad"...

- ¡No es extraño ni es gracioso! - afirmó Jane poniéndose en pie de forma altiva: le irritaba que alguien cuestionara sus modales, por muy rey de Inglaterra que fuera. Si había algo en ella misma de lo que estaba completamente segura era de sus modales y su educación: sus padres habían puesto todo su empeño en que así fuera, muchas veces con métodos muy poco ortodoxos. - Ahora sois el rey de Inglaterra, y es así como deben dirigirse hacia vuestra persona...

Eduardo Tudor pareció serenarse un poco ante las palabras de su amiga, pero permanecía tendido sobre el césped y el brillo de diversión no se alejaba de sus ojos grises, aumentando el mal humor de su joven amiga.

- Os acabáis de caer de un árbol, mi lady Jane... - dijo el chico, haciendo que la niña recordara sus visitas a la finca de Ana de Cleves y cómo Eduardo acostumbraba a llamarla de esa manera. - Aún desconozco el motivo por el que os encontrábais allí arriba, ni siquiera sé si os habéis hecho daño al caer... Y lo único que os importa es llamarme "Majestad".

- Bueno... - respondió Jane, alisándose la falda del vestido y apartando algunas flores y hojas que aún permanecían en el mismo. - Es lo que debo hacer, sois mi rey...

- No es natural – afirmó el joven rey de Inglaterra, incorporándose hasta quedar sentado sobre el césped. - Vos misma lo habéis demostrado: cuando me habéis reprendido, me habéis llamado Eduardo. Por mi nombre, es justo lo que hacen mis hermanas: ellas son las únicas que siguen llamándome por lo que siempre he sido... Y no quisiera que eso cambiara con mi mejor amiga.

Jane Grey permaneció callada, aún sin saber muy bien qué pensar de todo aquello: desde luego, sus padres no aprobarían en absoluto que se dirigiera hacia el rey de Inglaterra con esa falta de protocolo, pero puede que aquel fuera precisamente el problema. Para sus padres siempre había sido el príncipe de Gales y ahora el rey de Inglaterra, para ella siempre había sido su amigo Eduardo. La niña dejó escapar el aire y se sentó en el césped, junto al chico, haciendo que la falda azul de su vestido se expandiera en torno a ella. Vaciló durante unos instantes más las palabras de su amigo y finalmente asintió lentamente con la cabeza:

- Supongo que tenéis razón, Eduardo... - dijo Jane, haciendo que su amigo asintiera rotundamente, a la vez que se recostaba nuevamente sobre el césped, como si la niña hubiera dicho la cosa más obvia del mundo. Antes de seguir hablando, una idea cruzó la mente de Jane, quien escondió una sonrisa traviesa y afirmó – Después de todo, su Majestad puede ser llamado de la manera que al él le plazca...

- ¡Oh, ya basta! - se exasperó el pequeño rey de Inglaterra, tirando de los brazos de la niña y haciendo que cayera nuevamente sobre él.

Ahora eran los dos pequeños quienes reían alegremente, invadidos por la dicha infantil propia de aquella edad y de encontrarse al aire libre, compartiendo juegos con su mejor amigo. Una vez que se hubieron calmado un poco, Jane, aún sonriente, volvió la vista hacia su amigo, quien seguía observándola con el fantasma de una sonrisa en el rostro.

- Tenéis muchas pecas – habló Eduardo Tudor, haciendo que la sonrisa se esfumara poco a poco del rostro de la niña, gesto del cual el pequeño no se percató. - Nunca me había dado cuenta.

La niña desvió la mirada, algo avergonzada.

- Son feas... - murmuró casi para sí misma, recordando lo mucho que sus padres siempre se habían quejado de que su hija naciera con esas pequeñas manchas en sus mejillas. Su madre siempre las cubría con polvos blancos cuando tenían visita o cuando visitaban la ciudad, quizás por eso Eduardo nunca se había dado cuenta de que estaban allí. - Me hacen fea.

Eduardo sintió vergüenza por haber hecho que su amiga se sintiera avergonzada de su aspecto: se podía imaginar lo que sentía. A ella no le gustaban sus pecas y a él no le gustaban sus orejas, de hecho, intentaba ocultarlas con sus rizos rubios cuando era más pequeño y con sus sombreros ahora que era rey de Inglaterra y el tono de su cabello era ahora totalmente rojizo, como el de su padre y su hermana Isabel.

- Yo no creo que seáis fea... - habló con sinceridad el niño, haciendo que Jane volviera su apenada mirada hacia él de nuevo. - Creo que parecéis un ángel...

Jane rió divertida ante las palabras de su amigo, dejando su tristeza a un lado: conocía bien el rostro de los ángeles, los había contemplado mil y una veces en su libro de oraciones. Todos ellos poseían una gracia y una belleza que no era propia del mundo en el que ella se encontraba, y desde luego, ella no poseía ni de lejos ninguna de esas cualidades. Su amigo sólo intentaba ser amable después de haber señalado su peor defecto.

- Eso no es verdad, Eduardo – dijo una convencida Jane Grey: qué tonterías decía su mejor amigo, si sus padres supieran con la criatura celestial con la que la acababa de comparar...

- Pues habéis caído del cielo – murmuró el niño y, observando los cabellos dorados de su amiga, alargó la mano hasta alcanzar una pequeña flor de almendro que la muchacha aún tenía en el pelo. - Hasta tenéis flores en el cabello...

La niña volvió a sonreír, agradeciendo los esfuerzos de su amigo por enmendar su error, pero no podía permitir que continuara llamándola de aquella forma: estaba completamente segura de que, si les escuchaban en aquellos precisos instantes, a los ángeles no les debía estar haciendo ninguna gracia aquella comparación.

- Los ángeles habitan en los cielos, en la eterna compañía de nuestro Señor... - habló Jane Grey, incorporándose hasta quedar sentada en el suelo, separándose del joven rey. - Y con aquellos a los que una vez amamos...

En esos momentos, la pequeña Jane pensaba en su abuelo Charles, el cual había partido de este mundo al mundo celestial hacía un par de años y, sin embargo, su ausencia aún hacía que su corazón sufriera por ello. Le costaba asimilar que nunca volvería a ver la silueta de su caballo recortándose en el horizonte, dirigiéndose hacia la casa de sus padres en Bradgate, para jugar con ella y con Kitty, y contarles viejas historias de sus experiencias en la guerra y en la corte del rey de Inglaterra. Así mismo, la niña pudo comprobar que los ojos de Eduardo se habían humedecido un poco y que mantenía la mirada gris perdida en algún lugar de las escasas nubes que cubrían ese soleado día de Mayo.

- Debéis echarle mucho de menos... - musitó la niña, adivinando los pensamientos de Eduardo.

El niño no contestó inmediatamente, sino que se mordió ligeramente el labio inferior y asintió con la cabeza. Jane compadecía a su amigo, aunque no acabara de entender muy bien por qué Eduardo había profesado tanto amor a su padre: claro que entendía que le había amado como todo hijo ama a su padre, pero no tenía la sensación de que Enrique VIII hubiera sido tan considerado. Aún recordaba las cartas que nunca respondió desde Boulogne y cómo Eduardo se sentía aterrorizado ante la idea de decepcionarle... Pero ante todo, era su padre y le echaba de menos: pese a todo, Enrique VIII había amado lo suficiente a su hijo menor como para que éste llorara su pérdida, incluso cuando Inglaterra parecía ya haberle olvidado.

Jane Grey alargó la mano y tomó la de Eduardo Tudor, estrechándola con cuidado, intentanto infundirle ánimos, quien le devolvió el gesto dejando escapar el aire de sus pulmones en un suspiro.

- ¿Creéis que es cierto? - preguntó el muchacho, como si fuera más una pregunta para sí mismo que para Jane. - ¿Creéis que mi padre hizo esas cosas...? ¿Esas cosas tan terribles cuando era rey?

Durante unos instantes, la muchacha no supo bien que decir: no sabía muy bien a qué se refería Eduardo, ya que el reinado de Enrique VIII había sido largo y habían ocurrido muchas cosas durante esos años, eso lo sabía por sus libros y lecciones de historia. Hubiera preferido guardar silencio ante una pregunta tan complicada, pero sabía que aquella no era una pregunta que el joven rey se hubiera atrevido a formular a cualquier persona y que necesitaba una respuesta.

- Creo... - comenzó a decir Jane Grey, inclinado la cabeza hacia un lado y entrelazando sus dedos con los de su amigo, para hacer la conversación menos dolorosa. - Considero que vuestro padre, como rey, se vio enfrentado a muchas situaciones diversas de muy distinta naturaleza, y no siempre es fácil conocer cuál es la solución correcta... Aún así vuestro padre gobernó Inglaterra por muchos años y cuando dejó este mundo, el pueblo lloró su muerte. Creo que siempre hizo lo que él consideró que era lo mejor y, si alguna vez erró, vos podeís aprender de sus errores...

Como ya había pasado hace apenas un año, las palabras de Jane Grey calmaron a Eduardo Tudor, quien tragó saliva y volvió la vista de nuevo hacia el cielo, como meditando las palabras de su amiga, antes de girar el rostro de nuevo hacia ella.

- Mis tutores no se equivocaban al hablar de vos – habló el muchacho, de forma algo menos triste. - Sois muy inteligente... Deberíais haber nacido heredera del trono...

La niña rió y negó con la cabeza de forma rotunda.

- No, en absoluto, de ninguna manera querría ser yo reina de Inglaterra... Además, vos sois un buen rey

Eduardo VI de Inglaterra llevaba apenas tres meses siendo rey, pero algunas diferencias con respecto al reinado de su padre ya habían quedado claras. Aunque era algo que irritaba sobremanera a su hermana María, quien intentaba convencerle de la importancia de purgar Inglaterra de los herejes, Eduardo se había negado en rotundo a autorizar ninguna ejecución en la hoguera a aquellos que profesaban una fe distinta a la oficial. Era idea que le aterrorizaba y le repugnaba al mismo tiempo, y lo consideraba un error de su padre que no estaba dispuesto a cometer.

- Ojalá más personas pensaran como vos... - dijo Eduardo en apenas un murmullo.

- ¿De qué estáis hablando, Eduardo? Todo el mundo sabe que sois un buen rey – quiso saber una sorprendida Jane Grey.

El niño sabía que, a pesar de su descontento, era demasiado pronto para hablar de la labor de su tío Edward Seymour, lord Protector del reino mientras Eduardo fuera menor de edad, al frente del consejo. Le molestaba que cuestionara sus opiniones permanentemente, y que apenas le dejara disponer de dinero mientras él hacía cuanto gustaba con el mismo. Le daba la impresión, y no se equivocaba, de que le trataba como a un niño en vez de como a un rey, y si no contaba con el respeto de aquellos que eran más cercanos a él... ¿Cómo iba a contar con el del resto del consejo? A veces realmente odiaba ser tan pequeño.

- ¿Eduardo? - volvió a llamarle Jane.

- No es nada, es sólo que... - comenzó a explicarse el niño. - Quisiera poder confiar más en mis tíos Edward y Thomas...

- Oh, veo a vuestro tío Thomas muy a menudo por aquí... - recordó en ese momento la pequeña. - A menudo viene a visitar a Lady Parr, creo que es fabuloso que los dos se lleven tan bien...

- Desde luego, lo es – afirmó Eduardo, dando la razón a la niña: el pequeño adoraba a Catalina Parr, ella era la razón por la cual se encontraba esa tarde en Old Manor, ya que había ido a visitarla. Para él era como la madre que nunca había conocido, era que había ejercido ese papel en ausencia de Jane Seymour. A ella le debía tanto y sentía tanto afecto por su persona que era imposible decirlo con palabras.

Pasaron unos momentos en los que ninguno de los dos dijo nada, sólo permanecieron en silencio disfrutando de la compañía del otro. Sólo cuando Jane Grey se pasó la mano por sus cabellos dorados para quitar las pocas flores y hojas que permanecían en el mismo, Eduardo Tudor rompió el silencio que habían guardado hasta ese momento:

- ¿Por qué razón os encontrábais subida a ese árbol? - quiso saber un extrañado Eduardo.

La niña sonrió recordando su poco juicio a la hora de tomar esa decisión, pero cambió por completo de forma de pensar cuando recordó toda la belleza que había podido contemplar desde ahí arriba.

- Sólo quería saber si podía hacerlo – explicó la muchacha. - He visto muchísimas veces cómo los muchachos recogen las manzanas en casa de mis padres, la facilidad con la que escalaban... Quería saber si podía lograrlo y ver lo que veían ellos desde allí arriba.

- ¿Y qué habéis visto? - se interesó Eduardo, incorporándose ligeramente.

- ...Belleza – dijo Jane Grey, tras meditarlo durante unos instantes. - He mirado alrededor, a cuanto nos rodea y no he visto sino belleza... Inglaterra es realmente un hermoso país en el que vivir...

Un cosquilleo recorrió el cuerpo de la pequeña al recordar la refrescante sensación de libertad que había tenido al encontrarse en lo más alto de aquel árbol, como si nada pudiera alcanzarla, como si nada pudiera impedirle que desplegara sus alas y echara a volar, junto a los pequeños gorriones que revoloteaban cerca. Sintió como si realmente pudiera ser dueña de su propio destino aunque le siguiera pareciendo una idea ingenua, propia de una niña de nueve años. Pero le gustaría tanto que se hiciera realidad.

Desde que tenía memoria, sus padres habían dirigido su vida con precisión matemática, asegurándose en todo momento de que su hija hacía lo que ellos querían y que se comportaba del mismo modo, salvo en una cosa... Jane Grey giró el rostro hacia Eduardo, quien se encontraba contemplando el cielo inglés, como meditando las anteriores palabras de su amiga, y se dio cuenta de que él era lo único en su vida que había decidido por ella misma. Era cierto que sus padres siempre la habían instado a trabara amistad con el hijo menor de Enrique VIII, y ella había llegado a odiarle por ello, pero al final se habían hecho amigos, únicamente por lo que ellos dos eran por sí mismos, sin que nadie metiera sus intereses de por medio. En ese aspecto, su amistad con Eduardo Tudor era lo único realmente auténtico en su vida.

- Eduardo, no quiero importunaros... - habló la niña con una sonrisa divertida dibujada en el rostro. - Pero he de deciros que tenéis un gran defecto... Y no son vuestras orejas... - se apresuró a decir Jane al ver que el joven rey trataba de ocultarlas con su sombrero negro.

- ¿Cuál es entonces? - quiso saber el muchacho.

La pequeña negó con la cabeza, dejó escapar el aire y contempló el cielo una vez más. Ojalá pasaran muchos años y aún pudiera sentirse así: libre bajo el cielo azul de una tarde de primavera, en compañía de uno de sus seres más queridos. Sus padres podían haber planificado ya muchas cosas sobre su vida, de las que desconocía la gran mayoría, pero no habían logrado hacer que se hiciera amiga por la fuerza del hijo del rey de Inglaterra. Simplemente Eduardo Tudor y Jane Grey eran personas con un carácter muy similar a las que no les resultaba difícil sentirse cómodos y protegidos el uno en la compañía del otro.

Por eso, Jane creía, aunque nunca se lo diría a él directamente, que el mayor defecto que tenía Eduardo Tudor era que les gustaba a sus padres.


NdA: Bueno, nuestros niños pueden estar más relajados en este capi, ya que las cosas se han calmado durante un tiempo (pero nada dura eternamente, y menos en la época Tudor). De momento podemos disfrutar de momentos como éste.

La piedra angular de este capi es mostrar la relación maternal que tanto Jane como Eduardo tenían con Catalina Parr. Ella fue la madre que Eduardo nunca conoció y la que Jane tanto necesitaba, así que ambos encontraron siempre en ella un cariño y una seguridad que los hacía sentir bastante en casa.

Eduardo, como rey, solía visitar muy a menudo a Catalina Parr en su finca de Old Manos, ya que se encontraba muy unido tanto a la viuda de su padre como a su hermana Isabel como a su amiga Jane, así que siempre que podía escaparse de la corte en Londres se desplazaba a Chelsea para hacerles una visita.

Los hermanos de Jane Seymour, Edward y Thomas, dejan bastante que desear como tíos, pero eso es algo que iremos viendo más adelante con más detalles. De momento, os recomiendo que no le quitéis el ojo de encima a Thomas Seymour, ya que tiene bastante implicación en los hechos que ocurrirán en próximos capítulos.

Y nada más por el momento, un poco de puppy!love a la historia, que ya se echaba de menos :).

¡Gracias por estar ahí y nos vemos en el siguiente capi!