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Capítulo 8 Cuestión de orgullo
Scorpius había mantenido hasta el final la esperanza de que Slytherin ganara su partido contra Hufflepuff, pero él y el resto de sus compañeros abandonaron el campo derrotados por 90-190. Todos los jugadores lo habían hecho muy bien excepto el Buscador, y aunque muchos trataban de convencerse a sí mismos de que la culpa era de un injusto arbitraje de madame Hooch, esa teoría no colaba ni entre los de primero.
-No puedo creer que ese maldito inútil de Belak sea el mejor Buscador que hay en Slytherin –dijo uno de los de sexto, cuando pasaba junto a Scorpius.
Morrigan, que también lo había oído, le dio a su primo una palmadita en la espalda.
-Tú eres mejor que él, Scorpius. Apuesto a que el año que viene te elegirán a ti de Buscador.
-Y entonces machacarás a ese presumido de Potter –añadió Damon, lleno de confianza.
-Pues claro –dijo Scorpius, para estar a tono con las circunstancias, mientras se prometía practicar varias horas al día durante el verano. Seguro que su padre le ayudaría, si no tenía mucho trabajo. Incluso a su abuelo le gustaba echarse unas carreras de vez en cuando.
Perder siempre resultaba desagradable, pero las risitas y bromitas de algunos alumnos de otras Casas no ayudaban a hacerlo más fácil. Los Slytherin pasaron el fin de semana prácticamente atrincherados en su Sala Común para ahorrarse la vergüenza –y mirando con bastante frialdad a Belak- y salieron el lunes por la mañana con la esperanza de que lo peor ya hubiera pasado. Scorpius y sus amigos tuvieron que apretar los dientes un par de veces, pero la cosa no fue más allá; como siempre, los de tercero eran los que se llevaban la peor parte, ya que tenían que lidiar con James Potter, Fred Weasley y su grupito. El lunes por la noche, después de cenar, regresaron a la Sala Común echando pestes de los Gryffindor y anunciando con un humor bastante negro que pensaban firmar con Voldemort si volvía a reaparecer.
-Hay que reconocer que nuestro Potter no es tan imbécil como su hermano –dijo Britney.
Scorpius tuvo que mostrarse de acuerdo, pero pensaba que esa ventaja quedaba anulada a causa del profesor Longbottom. Al día siguiente tenían una hora de Herbología y estaba seguro de que iba a pasarse la clase mencionando el partido una y otra vez. Se equivocó sólo a medias. Longbottom saludó a los Slytherin preguntándoles con falsa solicitud si ya se habían recuperado del disgusto y tardó sólo unos minutos en quitarle cinco puntos a Morrigan por cuchichear en clase y otros cinco a Diana por no saberse la respuesta a una de sus preguntas, pero después se puso a explicar la lección de aquel día y pareció olvidarse de ellos. Scorpius se relajó ligeramente hasta que, cerca ya del final de la clase, uno de los Gryffindor le preguntó a Longbottom en qué posición le gustaba jugar a él.
-La verdad es que no soy muy bueno en quidditch, pero me gusta jugar de Lanzador. -Morrigan se atrevió a inclinarse un poco hacia delante para susurrarle a Scorpius, quien en Herbología siempre se sentaba con Diana, que Longbottom tenía pinta de ser malísimo con una escoba y éste sonrió. Longbottom clavó la vista en él una fracción de segundo y Scorpius maldijo para sus adentros-. ¿Qué le parece tan divertido, señor Malfoy? Compártalo con el resto de la clase.
Scorpius maldijo para sus adentros.
-No es nada, señor.
Longbottom lo miró como lo habían mirado Harry Potter y sus amigos en la estación y Scorpius se preparó para el golpe.
-A los Malfoy siempre les ha gustado mucho reírse de los demás y sentirse superiores, pero no recuerdo que hayan hecho nunca nada que valga la pena, así que será mejor que se deje de sonrisitas y aprenda un poco de humildad, señor Malfoy.
Scorpius fijó la vista en el pupitre a la primera mención de su familia, consciente de que los Gryffindor habían empezado a lanzarle miradas de reojo, dispuesto a disimular la rabia que le corroía como si fuera ácido. La garganta se le cerró con lágrimas y Scorpius se mordió los labios, usando toda su fuerza de voluntad para no dejar que esas lágrimas le subieran a los ojos. Cualquier cosa, cualquier cosa antes que echarse a llorar delante de esos Gryffindor.
El resto de la clase fue un suplicio para él, pero, por suerte, quedaban ya unos minutos. Cuando por fin pudieron marcharse, Scorpius recogió sus cosas con movimientos bruscos, luchando aún por contener unas lágrimas que se negaban a desaparecer pese a todos sus esfuerzos. Sus amigos no le dijeron nada, no hasta que no salieron de clase y los de Gryffindor se fueron hacia el Gran Comedor mientras ellos iban a la Torre de Estudios Muggles.
-Scorp, lo siento –dijo Morrigan, contrita-. No quería meterte en líos.
-Longbottom es un cerdo –exclamó Damon.
-Creo que hasta él se ha dado cuenta de que se ha pasado –dijo Britney, en voz baja.
Scorpius no quería hablar aún del tema, no podía. Entonces pasaron junto a uno de los lavabos y se detuvo.
-Ir vosotros delante. Decidle a la profesora Blackcrow que ahora iré.
-¿Estás bien? –preguntó su prima.
-Sí.
-¿Quieres que te espere? –se ofreció Damon.
-No, si llegamos tarde los dos seguro que nos quita puntos –replicó Scorpius, casi sin mirarlo-. Venga, ahora voy yo.
Sus compañeros se quedaron dudando un segundo, pero luego asintieron y reanudaron su camino. Scorpius entró entonces en el baño, se encerró dentro de uno de los compartimentos y, sentado en el canto de la taza del water, se echó a llorar.
Scorpius pasó el resto del día casi sin decir palabra, pensando solamente que odiaba Hogwarts, que odiaba a todos los Gryffindor, y que todo lo que quería era volver a casa. Había momentos en los que había entendido por qué su padre había insistido tanto en llevarlo a ese colegio, pero no esa vez. Esa vez pensaba que era un error y quería marcharse de allí.
-Pero nosotros no queremos que te vayas, Scorpius – le dijo Diana, que llevaba toda la tarde mirándolo con inquietud.
Después de más de tres meses allá, nadie fue a buscar apoyo moral en el profesor Slughorn. En vez de eso, Morrigan se lo contó a Gabriel y éste se fue enseguida a hablar con su primo y a tratar de animarlo, pero Scorpius no se sentía nada razonable y le dijo a Gabriel que le daba igual lo que le dijera, porque pensaba sentarse y escribirle una carta a sus padres contándoles lo que había dicho Longbottom y pidiéndoles que lo sacaran de allí ya.
-Vamos, Scorpius, piensa en tu padre. ¿Cómo crees que se sentirá si le escribes pidiendo que te saque de Hogwarts?
-No se enfadará –dijo, con seguridad.
Gabriel lo miró como si creyera que era tonto.
-No, claro que no. Pensará que es por su culpa.
-¿Por su culpa? –repitió, extrañado-. ¿Por qué?
-Porque si se meten tanto contigo es por ser hijo suyo y nieto de tu abuelo Lucius, por las cosas que hicieron antes de que naciéramos.
-Se meten conmigo porque son unos… cabrones –dijo Scorpius, atreviéndose a usar esa palabra por primera vez en su vida-. Y me alegro de todo lo que mi padre le hiciera a Longbottom porque se lo merece. ¡Ojalá le hubiera hecho más!
Gabriel suspiró.
-Sí, sí. Pero eso no tiene nada que ver. Scorpius, ya sé que eres pequeño, pero trata de entenderlo. ¿Es que no sabes que lo único que realmente le quita el sueño a tu padre es que os hagan daño a Cassandra y a ti para vengarse de él? Y no hablo de mortífagos ni de matar, sino de gente como Longbottom, los Weasley o los Potter y de cosas como esta. Para tu padre no fue nada fácil decidir que tenías que venir a Hogwarts, ¿sabes? Y si ahora le dices que te hacen la vida imposible y que no soportas estar aquí, se va a sentir fatal.
Scorpius se acordó de su padre y sintió algo en el pecho que habría llamado dolor, si el dolor pudiera ser bueno, algo que le hizo querer protegerlo, aunque no sabía de qué.
-Yo no quiero que se sienta mal. Es que Longbottom…
No podía continuar. No le salían las palabras para describir tanto odio, tanto rabia.
-Ya, ya lo sé. Pero tienes que quedarte. Además, así podrás ver cómo celebramos el solsticio.
-¿Qué está pasando? –preguntó McNair, atraído por la discusión.
-Ese cabrón de Longbottom se ha pasado con la familia de mi primo y ahora no hace más que decir que quiere irse de Hogwarts –explicó Gabriel.
McNair miró a Scorpius con una mezcla de indignación y desprecio.
-¿Qué clase de lombriz eres tú? ¿No te das cuenta de que eso es lo que quieren?
Scorpius se cruzó de brazos, terco.
-Me da lo mismo.
-Pues no debería darte lo mismo. Escúchame, Malfoy… -McNair lo cogió con fuerza del brazo y acercó la cara a la suya-. Ahora se creen muy poderosos, pero no durará para siempre, ¿no te das cuenta? Algún día se arrepentirán de todo lo que nos han hecho. Algún día pagarán. Y si te marchas ahora, no serás mejor que esa bola de grasa de Watson.
Había un odio intenso en su voz, más intenso que el que Scorpius había sentido por Longbottom aquella tarde, que el que jamás había oído accidentalmente en la voz de su padre cuando hablaba de Harry Potter o los Weasley. A Scorpius se le puso la piel de gallina, fascinado y repelido a la vez, pero Gabriel frunció las cejas.
-¿Algún día pagarán?-repitió-. No sé en qué estás pensando, pero mi primo no necesita oír nada de esa mierda, McNair.
McNair sonrió con desprecio.
-¿Acaso no se lo merecen?
Aunque McNair era un año mayor que Gabriel y parecía mucho más peligroso, éste lo encaró con decisión.
-Puede que sí, pero nuestras familias no están interesadas en nada que sea ilegal, ¿está claro? Longbottom es un cerdo y Scorpius está disgustado y eso es todo.
McNair hizo una mueca que podía significar cualquier cosa y se marchó de allí. Scorpius, que por un momento había olvidado su desazón, observó su espalda orgullosa con sentimientos todavía mezclados. Las palabras "se arrepentirán de todo lo que nos ha hecho" daban vueltas en su cabeza; sonaban correctas y tenían la dulzura de algunos venenos.
Su primo le puso la mano en el brazo para atraer de nuevo su atención.
-No le hagas caso, Scorpius –le advirtió-. McNair sólo sabe buscar líos. Lo único sensato que ha dicho es que si te marchas, no serás mejor que Watson. Además… ¿es que no te imaginas lo que dirían los Gryffindor si vieran que Longbottom ha hecho huir a un Malfoy de Hogwarts con el rabo entre las piernas? Échale huevos, joder.
Las palabras de McNair habían picado su orgullo y las de su primo terminaron de convencerlo. De repente, todo lo que podía ver era distorsionadas caras de alumnos de Gryffindor que se reían y se congratulaban mientras él dejaba el colegio. ¿Y quién iba a explicarle las cosas a Diana si él se marchaba? ¿Quién pararía a Damon cuando perdía los nervios y quería partirle la cara a Watson? Y Morrigan… Su prima le había pedido con lágrimas en los ojos que no les pidiera a sus padres que lo sacaran del colegio.
-De acuerdo, me quedaré.
Gabriel sonrió con aprobación.
-Bien dicho. Además, dentro de nada será Navidad y podremos olvidarnos de Hogwarts unos días.
Scorpius había decidido quedarse, pero esa decisión no había mejorado su ánimo. Aquella noche, sus siete años en Hogwarts se sentían como una condena inapelable. Le costó dormirse y cuando se despertó, tenía una opresión en la boca del estómago; si la primera clase de la mañana no hubiera sido una sesión doble de Cuidado de Criaturas Mágicas quizás no habría conseguido reunir energía suficiente como para salir de la cama.
Sus amigos estuvieron especialmente solícitos con él durante el desayuno, como si hubiera salido de una larga enfermedad. Scorpius no pudo decidir si eso le molestaba o le gustaba, pero no lo impidió. De vez en cuando miraba hacia la mesa de Gryffindor con oscuro resentimiento y en un par de ocasiones pilló a Sharper, el chico que siempre andaba con Albus Potter, mirándole a él como si quisiera averiguar algo. Scorpius se preguntó si le estaría preparando alguna jugarreta, aunque hasta el momento era un niño que simplemente había estado allí, pegado a Potter.
Después de desayunar, los Slytherin y Gryffindor de primero se dirigieron al exterior en busca del profesor Zhou. El cielo estaba encapotado y hacía bastante frío, pero la mayoría de los alumnos parloteaban ahora sobre la última clase que habían dado con Zhou y se preguntaban con qué animal iba a sorprenderles esta vez. Scorpius caminaba en silencio, sumido en sus pensamientos.
El profesor ya estaba allí, rodeado de una docena de animalitos de piel oscura que brincaban a su alrededor. Cuando los niños se acercaron, los animalitos se apiñaron en torno al profesor Zhou y parecieron quedarse estudiando a los alumnos para decidir si eran peligrosos o no.
Scorpius los observaba con inesperado interés. No recordaba haber visto nada así en toda su vida. Eran como pequeños monitos, sólo que tenían pico en vez de boca y unas membranas a los lados que le hicieron pensar que podían planear de árbol en árbol como algunas ardillas.
-Hola, profesor Zhou.
-Buenos días, profesor.
-¿Qué son?
El profesor les sonrió.
-¿Nadie lo sabe?-Scorpius miró a los demás de reojo, pero nadie levantó la mano-. Bien, son yinguis.
-¿Yinguis? –repitieron casi todos los niños.
Mientras hablaban, los animalitos estaban empezando a perder rápidamente el miedo y a dar saltitos cautelosos hacia ellos. Para sorpresa de Scorpius uno fue directamente hacia él y se quedó dando brincos a sus pies, mirándole con grandes ojos color ámbar. Scorpius trató automáticamente de cogerlo en brazos y el animal saltó a sus manos casi al instante y emitió un arrullo similar al de una paloma. Otros niños, entre otros Morrigan, Britney y Potter, también tenían ahora un yingui entre sus brazos.
-Los yinguis son animales que sólo se encuentran en una montaña mágica de China. Por suerte hay muchos, y pude conseguir que me enviaran unos cuantos –dijo el profesor Zhou, satisfecho-. Como podéis ver son animalitos muy sociables. Se alimentan de insectos como saltamontes y grillos, viven en árboles en grupos de seis a ocho individuos y sus membranas se usan en algunas pociones típicas de mi país.
-¿Ponen huevos? –preguntó Scorpius, que no conseguía saber si su yingui era macho o hembra.
-Excelente pregunta, Scorpius. Cinco puntos para Slytherin.-El niño sonrió, la primera sonrisa sincera de su rostro desde la última clase de Herbología-. Las hembras yingui ponen huevos, pero no necesitan incubarlos. A las pocas horas de la puesta, la cría rompe el cascarón.
-¿Sirven para algo, aparte de para las pociones? –preguntó Damon, mirando el de Britney con interés.
-Son mascotas muy habituales entre los niños chinos.-Scorpius se planteó inmediatamente la posibilidad de pedir un yingui como regalo de Navidad-. Siguen a sus dueños a todas partes y dicen que si duermes cerca de un yingui no tienes pesadillas.
Hubo un pequeño alboroto cuando aquel inútil de Paltry estuvo a punto de dejar caer uno de los yinguis al suelo. En otro momento, los Slytherin se habrían empezado a burlado de él aunque hubiera sido a espaldas del profesor, pero como estaban en Cuidado de Criaturas Mágicas, sólo menearon la cabeza, y las pocas bromas que hubo, también entre los Gryffindor, fueron sin intención de molestar. Zhou calmó al siempre nervioso Paltry y siguió explicándoles más características de aquellos animalitos mientras repartía puntos con ecuánime liberalidad.
El cielo seguía estando plomizo, pero Scorpius podía sentir cómo su pesadumbre iba desapareciendo poco a poco casi sin darse cuenta, y cuando uno de los yinguis trepó hasta la cabeza del profesor Zhou y se puso a dar saltitos allá arriba estalló en carcajadas con el resto de la clase.
-Eh, Malfoy –le dijo de pronto Sharper, con expresión divertida-, tu yingui se ha dormido.
Varios niños lo miraron y cinco o seis niñas se arremolinaron en torno a Scorpius para poder ver de cerca al yingui dormido y poder decir lo mono que era con ese tono especial que ponían las niñas para hablar de esas cosas.
-Sí, Scorpius –dijo Damon, burlón-. Sois tan mooonos los dos.
-Idiota… -gruñó Scorpius, con las mejillas un poco rojas, aunque la atención que estaba recibiendo no le desagradaba del todo.
La clase estaba acabando ya. El profesor Zhou dijo algo en su idioma y todos los yinguis empezaron a dar saltitos hacia él. La excepción era el de Scorpius, que seguía dormido. El niño se lo llevó al profesor y lo dejó en sus brazos, teniendo cuidado para no despertarle.
-¿Qué hará con ellos cuando acabe de enseñárnoslos?
-Bueno, ahora los yinguis son de Hogwarts, así que Hagrid cuidará de ellos hasta que veamos si es buena idea dejar que se forme una colonia en el Bosque Prohibido.
Scorpius le lanzó una mirada desconfiada al Bosque Prohibido, que podía verse desde allí. Su padre le había dicho así como un millón de veces que no se acercara a ese sitio.
-Pero profesor, ahí hay animales muy peligrosos –protestó una Gryffindor.
-No te preocupes, Dina, sólo los llevaremos allí si la colonia puede sobrevivir. Venga, que no quiero que lleguéis tarde por mi culpa a vuestras clases y que la profesora McGonagall se enfade conmigo. Tened un buen día, niños.
Los alumnos se despidieron de él y echaron a caminar hacia el castillo. Scorpius ya no se sentía deprimido, y cuando a mitad camino empezó a llover, echó a correr con sus amigos entre gritos de alarma y carcajadas.
Los miércoles, antes de la hora del té, Neville tenía un rato libre. Algunas veces, Albus y Rose iban a hacerle una vista. Aquel día decidieron pasarse a hablarle de los yinguis –habían descubierto que ellos y los Slytherin habían sido los primeros alumnos de Hogwarts en verlos- y mientras iban para su oficina, a ver si estaba allí, Rose le comentó de pronto que creía que a Amal no le caía bien Neville.
-¿Qué dices? –exclamó Albus, pensando que su prima se había vuelto loca. Sencillamente, no le cabía en la cabeza que a un Gryffindor no le gustara Neville, que siempre estaba preocupándose por sus alumnos y era tan bueno con todos-. Claro que le cae bien.
-Pues nunca quiere acompañarnos a verlo –señaló Rose.
-Porque es un profesor y le da corte –contestó Albus, recordando algunas cosas que Amal le había contado del colegio muggle al que había asistido en primaria.
Sin embargo, Albus ya no se lo pudo quitar de la cabeza y después del té, cuando pudo hablar a solas con Amal, se lo preguntó directamente. Éste se encogió de hombros como si no tuviera mucha importancia o como si se sintiera incómodo hablando del tema.
-No sé… Si no me cae mal, pero…
-¿Qué? –insistió Albus.
Amal frunció un poco el ceño y apartó la vista.
-Pues… si en mi otro colegio algún profesor le hubiera hablado así a un alumno, los padres lo habrían denunciado.
-¿A qué alumno? –preguntó Albus, estupefacto, que no recordaba que Neville le hubiera hablado mal a nadie.
-A Malfoy, sobre todo –dijo, mirándole esta vez a los ojos.
Albus se quedó aún más sorprendido.
-Pero… es Malfoy. ¿Cómo van a denunciar sus padres a Neville? –Lo mismo podría haberle dicho que debían nombrar a Lucius Malfoy rey de Inglaterra, era tan absurdo que Albus no sabía ni por dónde empezar a explicarse-. Dice mi madre que no acabaron todos en Azkaban sólo porque mi padre los ayudó. Y Neville es un héroe.
Amal suspiró como si estuviera cansado.
-Sí, sí, todo eso ya lo sé. Y no digo que los Malfoy no sean de los malos, pero… Bueno, no sé, el profesor Longbottom se pasa mucho con Scorpius. Las cosas que le dice… no están bien. No sé, quizás en el mundo mágico los maestros puedan hablarle así a los alumnos, pero en el mundo muggle no pueden y en esto creo que tienen razón los muggles.
Una parte de Albus no podía evitar pensar que aquello era casi una traición, pero había otra parte que recordaba algunos momentos de las clases de Herbología, especialmente de la última, y sentía una extraña sensación de incomodidad.
-Pues… No sé por qué defiendes a Malfoy.
-Yo no estoy defendiéndole. Sólo digo que si esto fuera un colegio muggle, Longbottom no podría hablarle así porque lo denunciarían. O lo despedirían. Seguro.
Albus no sabía qué hacer, si tenía que enfadarse con Amal por hablar así de Neville, que era un amigo muy querido de la familia o si tenía que convencerlo de que se equivocaba, igual que cuando había llamado mariquita a Urien.
-Bueno, pero esto no es un colegio muggle –dijo al fin, por decir algo.
Amal pareció encontrarlo un buen argumento, asintió y ya no dijo nada más sobre el tema. Tampoco Albus tenía ya ganas de seguir hablando de Neville, así que lo dejó correr y los dos se fueron a hacer deberes. Durante los primeros minutos, había una ligera tensión entre ellos –Rose les lanzó miradas curiosas de vez en cuando-, pero pronto pasó y la discusión se borró por completo de sus memorias.
Albus ya no volvió a acordarse de aquello hasta que llegó el viernes y con él, la doble clase de Herbología con los Slytherin. Malfoy, en su mesa, desayunaba con pocas ganas y ademán sombrío. Todos los Slytherin de primero, de hecho, parecían bastante serios. Albus se preguntó si sería por Neville, pero luego se dijo que no, que tenían que estar planeando algo malo. Neville no podía estar haciéndoles un daño injustificado a los Slytherin, eso lo sabía todo el mundo.
Aquella mañana, Albus los estuvo vigilando por el rabillo del ojo, dispuesto a desbaratar sus planes. Pero los Slytherin, al parecer escarmentados y con la lección del último día fresca en su memoria, apenas se atrevían a respirar. Daba igual que Charles Paltry estuviera a punto de envenenar a un compañero mientras exterminaban una pequeña plaga de insectos de las plantas, o que Rose resultara ser alérgica a algo y estornudara una docena de veces seguidas; los Gryffindor y el propio Neville podían estar riéndose a carcajadas, pero los Slytherin, a excepción de Watson, seguían serios y en tensión. A Albus no le sorprendió exactamente; al fin y al cabo, había oído a unos cuantos alumnos de Gryffindor, entre ellos su hermano James, alardear de que Neville sabía cómo poner a los Slytherin en su sitio.
Pero a la vez sintió de nuevo una punzada de incomodidad en el estómago y cuando vio que Cecily Broomer, que parecía la más inofensiva de aquel grupo, le estaba mirando también, esbozó sin saber por qué una sonrisa vacilante en su dirección. Era divertido que Rose no parara de estornudar, podían reírse, intentó decirle sin palabras, Neville nunca les castigaría o les quitaría puntos por eso. Pero Broomer endureció su mirada con resentimiento y giró la cabeza para no verlo. A Albus le recordó un poco a Lily cuando estaba enfadada porque sus hermanos habían recibido permiso para hacer algo y ella, no.
Neville no hizo ningún comentario sobre los padres de nadie, ni sobre el pasado y Albus trató de convencerse a sí mismo de que eso probaba que, cuando los Slytherin se comportaban, nadie se metía con ellos. También intentó decirse que no pasaba nada sólo porque Neville fuera parcial repartiendo puntos: parecía natural que el Jefe de Gryffindor mostrara simpatías por los suyos. Para Albus, lo contrario era como pretender que unos padres no fueran más buenos o más protectores con sus hijos que con niños que no conocían. Y si Slughorn no quería a sus alumnos… bueno, eso no era culpa de los Gryffindor. Pero una vocecita en el interior de su cabeza le dijo que tampoco Flitwick favorecía a los Ravenclaw en Encantamientos. Ni nadie había acusado nunca a la jefa de Hufflepuff de dar puntos de más a sus alumnos en Runas.
Cuando la clase terminó, los Slytherin recogieron rápidamente. Aunque aún estaban serios, había un brillo en sus ojos y una animación de fin de semana que no habían tenido antes. Albus, que fue de los primeros Gryffindor en salir del aula, aún alcanzó a verlos marcharse por el pasillo, charlando entre ellos amistosamente.
-¿Qué pasa? –preguntó Amal, que estaba a su lado.
Albus se preguntaba lo mismo, pero no sabía la respuesta, así que se encogió de hombros.
-Nada.-Y vio que Rose salía ya también de clase-. Venga, vámonos.
Aquel año los estudiantes todavía estaban en el colegio el día veintiuno y eso, como Gabriel le había recordado a Scorpius, significaba que iban a celebrar el solsticio de invierno. Tres días más tarde celebrarían la Navidad porque hasta los sangrepura más recalcitrantes se habían acostumbrado a ello muchos siglos atrás: no había problema. Pero aquella noche era el momento de honrar una religión más antigua.
Scorpius descubrió que había poca tradición en aquella celebración; de vez en cuando algún grupo se animaba a cantar canciones antiguas, pero era más bien una fiesta en toda regla. Eso no lo hacía menos divertida, al contrario. Los alumnos habían recogido dinero entre todos y los más mayores se habían encargado de comprar cerveza de mantequilla, pasteles dulces y salados, decoraciones célticas y hasta unas cuantas botellas de whisky de fuego. Las chicas iban y venían de un cuarto a otro, probándose vestidos, peinándose y maquillándose unas a otras. Scorpius se había puesto la túnica más formal que su madre le había empaquetado; era de color Burdeos, con un broche de plata y detalles en seda. Cecily pareció enamorarse de ella en cuanto la vio.
-Jo, es preciosa… ¿Dónde te la has comprado?
-En París.
-París… Oh, todas tus cosas son tan geniales…
Aquella no era la primera vez que Cecily admiraba sus pertenencias y Scorpius sonrió, presumido y condescendiente.
-Anda, para, que vas a babearle la túnica a mi primo –dijo Morrigan-. Vamos a por cerveza de mantequilla.
La Sala Común pronto estuvo abarrotada de gente. Todos los Slytherin estaban allí, excepto Watson: Aquiles Flint le había lanzado un Desmaius por la espalda en cuanto habían vuelto a la Sala Común después de la cena y lo habían metido en la cama. La fiesta del solsticio era un secreto, no porque estuviera mal visto celebrarlo, sino porque el colegio prohibía las fiestas nocturnas, especialmente si había alumnos fuera de su Casa después de la cena o el toque de queda. Slughorn, como antiguo Slytherin, sabía perfectamente lo que pasaba aquella noche, pero por una vez hacía la vista gorda. Aun así, no querían que Watson estuviera allí, viendo todo lo que hacían para contárselo a Potter y los demás.
Y es que aquella noche, los Slytherin no estaban solos. En parejas o en pequeños grupos, alumnos de Ravenclaw y Hufflepuff desafiaban la vigilancia en los pasillos para asistir a la fiesta. Eran sangrepuras también, hijos de familias tan apegadas a la tradición como las que nutrían la Casa de Slytherin: Bletchey, Urquhart, Silverstone, Silvermoon… Había hasta un par de Gryffindor, como Samuel McMillan, que iba a la clase de Gabriel. Esos Gryffindor no trataban apenas a los Potter y a los Weasley y nunca se metían con los Slytherin. Independientemente del bando que hubieran escogido durante la última guerra y otras antes de esa, todos ellos pertenecían al mismo círculo social, tenían las mismas costumbres y docenas de parientes en común.
Scorpius no tardó en darse cuenta de que en una fiesta como aquella, los pocos Slytherin que no eran sangrepuras o no tenían apellidos antiguos, como Britney, Cecily y Hector, eran los que parecían unos invitados. Y Gabriel le explicó que, en cierto sentido, lo eran. Si la fiesta la hubieran celebrado en otra Casa, a la mayoría no los habrían invitado, no por hacerles un desplante, sino porque ¿qué sabían ellos del solsticio, de las viejas religiones, de las costumbres tradicionales? La celebración pertenecía a los descendientes de la vieja Guardia.
Pero nadie era antipático con ellos y Scorpius descubrió que se lo estaba pasando bien. Era mucho mejor que las pocas fiestas a las que había asistido con sus padres, cuando tenía que saludar a un montón de viejas cacatúas y hacer una exhibición de modales. Y había tanta comida... Diana estaba sentada junto a una de las mesas con expresión de haber muerto y haber despertado en el cielo; sus mandíbulas no habían parado de trabajar aún. Britney, Cecily y Morrigan estaban en un rinconcito, comentando todo lo que pasaba y estallando en carcajadas histéricas cada dos por tres. Él, Hector y Damon se habían atrincherado junto a un exquisito pastel de limón y se lo estaban comiendo a un ritmo lento, pero constante, sin dejar de mirar a los alumnos mayores, que estaban riendo y bailando en el centro de la habitación. De vez en cuando, alguno de los estudiantes de las otras Casas se acercaba y se presentaba a Scorpius y a Damon, explicando de qué se conocían sus padres o qué vínculos había entre sus familias, igual que había hecho Robert Bletchey a principio de curso. Y a pesar de haberse educado sobre todo en el extranjero, Scorpius reconocía los nombres. Había estudiado las genealogías europeas y algunos de ellos habían sido los apellidos de algunos de sus antepasados antes de casarse con un Malfoy y tenía cuadros de ellos en su mansión.
En un viaje a uno de los cuartos de baño, Scorpius escuchó parte de una conversación que estaban teniendo McMillan, un Ravenclaw de sexto o séptimo y Aquiles y uno de sus compañeros. Hablaban de los Weasley; al parecer, algunos de ellos iban por ahí diciendo que ser sangrepura era una idiotez y que en realidad todos los que proclamaban serlo eran unos hipócritas que habían ocultado relaciones de sus antepasados con muggles. Scorpius escuchó, confundido, cómo McMillan contaba que le había dicho a Fred Weasley que si sus antepasados eran unos desgraciados que no paraban de ponerles los cuernos a sus cónyuges y hacer pasar sus bastardos por hijos legítimos tuviera la cortesía de no culpar de lo mismo a los antepasados de los demás.
-Pero, ¿la mitad de los Weasley no son sangrepuras? –preguntó Scorpius, decidiéndose a intervenir porque no entendía nada.
-Por lo que ellos mismos cuentan, hace tiempo que dejaron de serlo –contestó Aquiles, con una mueca burlona de desprecio.
El Ravenclaw intervino.
-No sé, yo creo que es una manera de demostrar que son los que menos prejuicios de sangre tienen de todo el mundo mágico; al fin y al cabo, son la familia consorte de Harry Potter. Y siempre ha habido magos que nos han acusado de amañar nuestro linaje, como ese Dumbledore.
-Mi padre trabaja en el ministerio con Arthur Weasley, el abuelo de esos idiotas, y me ha contado que dice que les ha dicho a sus nietos que si se casan con sangrepuras iba a desheredarlos – les dijo el amigo de Aquiles a los otros.
-Supongo que lo dice medio en broma –dijo el Ravenclaw-. Aun así, es de mal gusto.
-Desde luego que lo dice en broma –replicó Aquiles-. ¿No veis que no tiene nada que dejarles en herencia?
Los chicos se echaron a reír y se marcharon de vuelta a la fiesta. Scorpius se fue también, pensando que los Weasley tenían que ser más tontos aún de lo que había creído. ¿Por qué decían esas cosas de los sangrepuras si la mitad de ellos lo eran también? Además, decir eso de los antepasados de alguien era horrible. Uno nunca debía traicionar así la alianza que se formaba con el matrimonio, todo el mundo lo sabía. O al menos todas las personas con las que él solía tratar. Existía el divorcio, pero eso era sobre todo cosa de sangremuggles.
Cuando regresó de nuevo con sus amigos les contó lo que había escuchado, pero Damon, al parecer, ya había oído hablar de eso y les dijo que su madre decía que los Weasley no sabrían lo que era una tradición antigua ni aunque les mordiera en el culo, que había sido cuestión de tiempo que se convirtieran en mestizos y que era mejor así porque siempre habían sido unos sangrepuras pésimos.
-Eh, ¿os lo estáis pasando bien? –preguntó Gabriel, acercándose a ellos.
Scorpius, Damon y Hector asintieron, encantados de estar allí con los mayores cuando todos los demás alumnos de primero estaban ya metidos en la cama desde hacía horas.
-¿Queda más pastel? –preguntó Damon.
-¿Aún quieres comer más? –exclamó Scorpius, impresionado. Él se sentía ya a punto de estallar.
Gabriel, que estaba de evidente buen humor, fue a conseguirles algo más de dulce y cuando volvió con un tarro de galletas de chocolate, se lo dio a Damon y se sentó al lado de Scorpius.
-¿Te alegras ahora de no haberte marchado?
-Supongo.
Gabriel sonrió y le revolvió el pelo.
-No tardéis mucho en acostaros.
TBC
