La empleada de la librería, la chica que encuentra Mu y que luego sube hasta Piscis en el último capítulo, es Malinalli, o doña Marina, o la Malinche. Fue traductora y amante de Hernán Cortés y le dio un hijo, Martín Cortés, aunque luego él la casa con Juan Jaramillo, uno de los soldados. Los conquistadores la encontraron a su llegada a lo que hoy es Tabasco, esclava que conocía la lengua nahuatl, la de Tabasco, y que aprendió el castellano. Me parece que, como Cortés, aún despierta opiniones encontradas (para mí él es un asesino, más que de personas, de culturas, un ladrón), ya que se alió a los conquistadores y ayudó a la caída del imperio mexica (de ahí el término de malinchista).

Las palabras de Shun (capítulo anterior): Yn noyolouh choca, la traducción literal es "mi corazón llora, y Yn nehuatl, ahmo nitlanequi, no quiero (o literal, en cuanto a mí, no quiero). (Copyright y agradecimiento al curso de nahuatl y a los diccionarios, ¡es tan bello ese idioma!)


Día seis, mañana

Los temblores dejaron de recorrer la tierra por la noche. Casas derrumbadas en el pueblo y en el Santuario, el coliseo cubierto de escombros, grietas en las paredes, el saldo.

En la madrugada, Athena y sus caballeros salieron, igual que la gente del pueblo. Y esperaron, observando el terciopelo negro del cielo desde las escalinatas.

Al principio ni un cambio. Luego, estrías rojizas empezaron a pintar lo alto. Una nube que pasó de índigo a naranja y a amarillo en unos cuantos minutos. El Sol. En una orilla. Sin avanzar más allá del inicio de la mañana.

–Fue necesaria la sangre de los otros dioses para empujarlo–, murmura Hyoga mientras aprieta una daga que encontró en la habitación de Afrodita el día anterior, cuando buscaba el libro. Su sangre escurre, como la del colibrí. El caballero del Cisne arroja gotas hacia donde calcula están los cuatro puntos cardinales. Y el nuevo sol empieza a recorrer su ruta. Baña el mundo con un tono verdoso de amarillo, con las primeras gotas de rocío en cuatro días.

Shiryu, Seiya, Saori, cada quien sentado en un peldaño, observan su propia sombra, los rostros húmedos de llanto.

–Shun…

Hyoga no se atreve a nada más. Ikki está cerca, los brazos cruzados.

–Ikki… Lo siento.

Saori sube unos cuantos escalones y le toca el hombro derecho. El Fénix se esconde en la sombra del techo de piscis, aprieta la mandíbula para no volver a llorar. No hace nada por retirar la mano enguantada. Los demás lo ven sacudirse levemente el brazo izquierdo. Sólo Athena lo escucha; ella, Mu y Shaka:

–Siempre fueron cuchillos–, dice, tratando de parecer molesto o indiferente, no quiere la compasión de nadie, aunque esta mañana en verdad la necesite. Y agrega para sí: "pero es hasta ahora que me duelen sus hojas… Shun, ¿por qué?"

Un débil haz de sol esquiva el borde del techo para convertir el llanto de Ikki en dos caminos de diamantes. Y aunque tibio, no logra aliviar el frío que cubre su piel.


Ensayo una reverencia y me retiro luego de decir gracias por leer, este mi primer intento de fic. Sé que no tienen mucho que ver –o nada– los personajes de Kurumada con mitología prehispánica mexicana, aunque creo que estoy disculpada, pues vi en alguna página una historia de Kardia de Escorpión donde aparece Tezcatlipoca (Espejo Humeante, otra deidad mexica), lo cual me da mucho gusto, ver que en otros países se interesen por la historia de la gran Tenochtitlan…