Toda la explicación de por qué no he actualizado en más de un año están al final del capítulo. Uno largo. 7, 180 palabras. Disfruten.
Disclaimer: todo lo que reconozcan pertenece a J. K. Rowling.
Segunda estrella a la derecha y hasta que amanezca.
8. El beso oculto.
Tres años antes.
— Rosie, ¿te puedo preguntar algo?
Mi prima despegó sus enormes ojos del libro que leía cuando escuchó mi voz. Estaba medio echada sobre la cama de la habitación que una vez perteneció a mamá, entre almohadas suaves y una manta que le cubría las piernas. Yo la miraba desde el abajo, sentada en la alfombra con la espalda recostada contra la pared, mientras me concentraba en encerar el mango de mi escoba con el mayor cuidado y mimo posible.
Rose se sentó derecha y me miró con una sonrisa en los labios.
— Bueno, Lily, lo acabas de hacer, ¿no?
Sentí la sangre subirme al rostro cuando mi prima se echó a reír. Los sonidos de afuera me llegaban distorsionados desde la ventana cerrada, pero aún así alcanzaba a distinguir las risas de mis primos y tíos, que disfrutaban de un partido de quidditch en el patio. Moría de ganas por unírmeles, pero antes necesitaba hablar con mi prima. Era el verano de mi decimo tercer año de vida y tenía unas cuantas preguntas que estaba segura Rose Weasley sería capaz de contestar.
O eso esperaba.
— ¿Qué se siente que te bese un chico?— solté sin más.
Esta vez fue el turno de Rose para sonrojarse. Si hubiese un color con el que se pudiese describir a la primogénita de Ron y Hermione Weasley sería, en definitiva, rojo. Rojo era el color de su cabello, tan rizado como el de mi tía, aunque más manejable. Rojo era el color que siempre parecía cubrir ligeramente sus mejillas pecosas, dándole un aspecto saludable a su piel. Rojos eran sus labios pequeños en forma de corazón, que siempre te sonreían de la forma más dulce. Y rojo era el color de Gryffindor, la casa a la que orgullosamente pertenecía.
Rojo era el color con el que había iluminado el corazón que había dibujado al pie de la carta que le había visto escribir, aunque desconocía a quién iba dirigida.
En ese entonces, sospechaba que mi prima favorita estaba pasando por uno de esos enamoramientos gordos y difíciles de superar. Ya lo había vaticinado una vez a los ocho años, al asegurar que mi otra prima, Victoire, y Teddy, se querían en secreto, y había resultado que tenía razón cuando, un año después, hicieron oficial la relación. Ese día estaba tan emocionada que no pude evitar preguntarles si estaba invitada a la boda; a todos les había hecho mucha gracia mi comentario, menos al tío Bill. Y claro, a unos muy avergonzados Vicky y Teddy
Estaba casi segura de que mismo era el caso con Rose. No sabía de quién se trataba, pero no me importaba. Por ese tiempo, acababa de dar nombre a mis sentimientos por Lorcan Scamander y necesitaba de los consejos de Rose, pero sin revelar nada ni ser obvia, por supuesto.
— ¿P-pero qué cosas dices, Lily?— por fin se las arregló para decir la chica, aún con ese bonito rubor cubriéndole el rostro—. Yo jamás he…
— Claro que sí— le interrumpí antes de que pudiese darme no sé qué excusa—, se te nota— al ver la cara de confusión de mi prima decidí explicarme mejor—. Tu beso oculto.
Pero ni así pareció entenderlo.
— ¿Mi qué?
Tuve que rodar los ojos
— Wendy Darling tenía un beso justo en la esquina superior derecha de su boca, así como tú— le aclaré con tono serio.
Rose se llevó los dedos al lugar que le había descrito de forma inconsciente. Luego pareció comprenderlo todo y sonrió
— Ah, claro, ese cuento que te gusta tanto. Cómo se me vino a olvidar— dijo con diversión, lo que hizo que me ofendiese.
— Así es— afirmé, acomodándome mejor contra la pared—. Y ahí dice que es la más grande de las aventuras, y que los que la encuentran entran y salen del cielo— cité con tono soñador.
Esta vez, Rosie se echó a reír con ganas.
— Es otra forma de decirle a echarse un morreo, sí— dijo entre risas—. Aunque ni te creas, no es tan especial como te imaginas.
— ¡Así que sí has besado a alguien!
— Ajá— aceptó Rose con una gran sonrisa.
— ¿Y cómo es? ¿Qué se siente?— le apremié a que me dijese, parándome de golpe para subirme a la cama con ella y así escucharle mejor.
— Pues a mí me dieron cosquillas— me contestó con tono casi solemne.
— ¡Qué va!— exclamé.
— Te lo juro— insistió mi prima—. Y también me dieron ganas de estornudar.
Ya ahí no pude evitar soltar una carcajada, a la que Rose se me unió en seguida. Ambas nos recostamos sobre el colchón, hombro con hombro, para seguir riendo. El partido de quidditch del jardín había quedado olvidado.
Años después, cuando Bryce Meyer me besó en la sala común, no logró que sintiese ni cosquillas ni ganas de estornudar. De hecho, no me hizo sentir nada. Nada en absoluto, lo que me decepcionó bastante. Pero entonces pensé que si el que me besaba era el muchacho que quería, el que me gustaba, las cosas serían diferentes; me haría sentir mariposas en el estómago, y como si estuviese flotando, y todas esas cosas bonitas que decía en los cuentos. Eso… haría que me sintiese como en un cuento. Como cuando Wendy besó a Peter, incluso mejor, y luego, yo saldría volando.
Cuando Lorcan Scamander me besó, tampoco sentí nada de las cosas que imaginé. No, cuando él me besó, sentí asco. Asco, y repulsión, y grima. Y, sobre todo, me sentía sucia.
No había logrado alejarme la gran cosa desde que lo dejé en aquél árbol, solo lo suficiente para perderle de vista. Ahora me encontrada sentada y medio oculta entre unos arbustos, frotándome frenéticamente los labios con la manga de mi túnica. Lo estaba haciendo con tanta fuerza que la piel se me irritó y comenzó a dolerme, pero no me importada, porque la sensación de su boca seguía presente en la mía, y tenía que quitármela de alguna manera.
No había logrado dejar de llorar.
No supe cuánto tiempo estuve ahí, escondida, miserable e infringiéndome daño, pero de repente escuché ruidos a mis espaldas, como si alguien se estuviese acercando y al mismo tiempo gritaba mi nombre.
— ¡Lily!
Me arrebujé más entre los arbustos. Sabía quién era el que me llamaba y no quería que me encontrase. Quería quedarme ahí, completamente sola, hasta que dejase de doler.
— Ahí estas.
Pero al final jamás obtenía lo que deseaba.
— Lárgate, Lysander— espeté, aunque la voz me salió quebrada.
No me hizo caso he hizo ademan de acercarse más hacia mí.
— Por Merlín, Lily, ¿qué demonios te pasó?— me preguntó, cuando estuvo a punto de poner su mano sobre mi hombro. Yo fui más rápida; me puse de pie de un salto y me alejé unos cuantos pasos de él, pero al hacerlo tuve que encararle, lo que terminó siendo peor.
Ya lo he comentado antes, Lorcan y Lysander no son ni por asomo los gemelos más parecidos que existen (como mis tíos Fred y George, que en fotos siempre se apreciaba lo idénticos que eran). Tal vez si acababas de conocerlos, podías llegar a confundirlos, pero yo era capaz de distinguirlos a metros de distancia con la misma facilidad con la que distinguiría a mis propios hermanos. Sin embargo, en ese momento era consiente de cada pequeño rasgo que compartían: la nariz larga y recta, los ojos grandes y alargados, casi como de gato, los labios finos. Todo eso combinado me hizo sentir enferma.
— Lils, por favor, dime qué te pasa— pidió Lysander con el tono más suave que le había escuchado. Abrió ligeramente sus brazos, invitándome a refugiar en ellos con sutileza. Con ese simple gesto me hizo comprender cuál era la mayor diferencia entre él y Lorcan, porque Lysander era uno de mis mejores amigos, junto con Hugo habíamos sido inseparables desde niños, y él jamás haría algo para lastimarme.
— Tu hermano es un imbécil— alcancé a decir antes de que me envolviera en su abrazo.
Lysander acariciaba con delicadeza mi espalda y hombros mientras murmuraba dulce sinsentido sobre mi cabello. Yo lloraba con fuerza en su pecho, mojando su hombro, pero él no decía nada al respecto.
— Ya, ya. Todo está bien, no pasa nada— me fue calmando poco a poco.
Pasa todo, quise responderle pero las palabras se me habían atorado en la garganta. En lugar de eso sorbí ruidosamente por la nariz, y creo que le manché un poco de mocos la camiseta, aunque si a Lys le molestó no me dijo una palabra al respecto.
— Mira nada más el cielo, parece que va a llover. Será mejor que vayamos a resguardarnos.
Ahí sí que tuve que protestar.
— ¡No pienso regresar al castillo!— logré hablar entre sollozos. No podía regresar al castillo. Ahí habría gente, que vería el estado desastroso en el que me encontraba, y peor aún, harían preguntas que sería incapaz de responder. Prefería quedarme ahí, a la intemperie, en medio de un clima que armonizara con mi estado de ánimo.
Lysander se separó lo suficiente de mí para poder tomar mi rostro con delicadeza.
— Y no vamos para allá, te lo prometo— me aseguró. Acto seguido, tomó mi mano, con una confianza que sólo él— y Hugo— poseía conmigo, y nos dirigimos hacia el Bosque Prohibido.
Esa idea no me gustó mucho, no que el Bosque me diese miedo, porque no era así. Ya había entrado en él un par de veces. La primera cuando James y Fred nos hicieron entrar a Hugo, Lys, Lorcan y a mí en nuestro segundo año, alegando que era un rito de iniciación a no-me-acuerdo-qué-estupidez. El punto es que nos obligaron a pasar ahí toda la noche. Si bien me gustaría decir que no me asusté, sería una mentira; aunque no era la más asustada de los cuatro, ese había sido Lorcan, que no paraba de sobresaltarse al más mínimo de los sonidos y era más sarcástico de lo normal, pero así actuaba él cada vez que algo le incomodaba. Recuerdo que cuando nos encontramos con ese unicornio por accidente, y todo ese nerviosismo en su rostro pasó a ser fascinación…
Pensar en eso hizo que nuevas lágrimas se derramaran descontroladas por mis ojos.
— Mira, ya casi llegamos— anunció Lysander dándole un suave apretón a mi mano
Levanté mi vista del suelo y me di cuenta de que no era al Bosque Prohibido a donde estábamos yendo.
— ¡La cabaña de Hagrid!
La casita de madera destacaba entre toda la vegetación que la rodeaba, y se veía tan acogedora que casi me hizo sonreír.
— Es seguro que Hagrid salió— dijo Lysander cuando estuvimos frente a la entrada. Dio un par de toques en la puerta sin obtener respuesta—. Te lo dije— Tomó la perilla y la giró. La puerta se abrió con un rechinido.
Un gran perro jabalinero, babeante y bonachón, nos recibió contento.
— ¡Fang!— lo saludó Lys con el mismo entusiasmo del animal.
— ¿Estás seguro que podemos estar aquí?— pregunté, entrando tímidamente en la pequeña estancia.
— No creo que haya problema— me contestó, dándole una caricia al can detrás de la oreja antes de dirigirse a la modesta cocina. Sacó una destartalada tetera de uno de los estantes, la llenó de agua y la puso sobre la estufa que había encendido con ayuda de su varita.
— ¿Dónde piensas que guarde el té?— preguntó, husmeando en uno de los cajones bajo el fregadero.
Fang soltó un ladrido, señalando con su hocico hacia la alacena. Caminé hacia ella y abrí la puerta; fue fácil divisar en una canasta varios paquetitos de té negro. Tuve que estirarme un poco para alcanzarlos y luego se los pasé a Lysander, quien me sonrió de forma radiante.
— Gracias— dijo—. Y gracias a ti, amigote— le dijo a Fang, dándole unas palmaditas en la cabeza. El perro hizo unos sonidos de satisfacción antes de subirse a uno de los sillones para echarse una siesta
Lysander se puso a tararear una canción de tonalidad alegre que no pude reconocer, mientras seguía preparando el té. Yo solamente atiné a quedarme ahí, escuchando y observando, y, por primera vez desde que Lorcan me besó, me sentí en paz.
Entonces Lysander se dio la vuelta, descubriéndome mientras le observaba, y me sonrió con calidez.
— ¿Te sabes la canción del Nargel Feliz?— preguntó, recargándose contra el mueble mientras esperaba a que la bebida estuviese lista.
— Tristemente, no— le contesté con una risita.
— El abuelo Xenophilius la compuso para mamá cuando ésta era pequeña— me contó con esa voz ausente que uno usa cuando recuerda cosas—, y ella me la cantaba todo el tiempo a mí… para despertarme, mientras preparaba el desayuno o me vestía. Papá se la aprendió y también la cantaba, aunque jamás lo admirará porque, y cito, "no es de los que cantan".
La idea del tío Rolf cantando una canción que hablaba de nargels felices en su estudio mientras editaba alguna de sus investigaciones sobre dragones marinos me hizo sonreír. Igual que el hecho de que Lysander había sido lo suficientemente cuidadoso para no mencionar en ningún momento a su gemelo.
— Papá solía cantarnos a mis hermanos y a mí canciones muggle— me encontré hablando de repente—. Y por algún motivo siempre me gustaron más que las mágicas. Tía Hermione también se las cantaba a Rose y Hugo, pero ellos preferían las canciones de este mundo— tomé una bocanada de aire y me llevé un mechón de cabello tras la oreja; mi rostro se sentía caliente por el llanto, pero mis manos estaban heladas. A decir verdad, no entendía por qué le estaba diciendo todas esas cosas a Lys, pero sentía que tenía que hacerlo, y él me miraba y sonreía de esa manera tan amable que me alentaba a seguir—. Y siempre me molestó que no hubiera manera de juntarlas.
Eso era. Siempre había sido así. Cuando con mi familia íbamos a visitar al tío Dudley, terminaba dando vueltas en el patio de la mano de sus hijos, mientras cantábamos El Gran Duque de York. Otras veces, en la Madriguera, el abuelito Arthur nos hacía bailar a mis primos y a mí junto con las lucecitas que salían de su varita, al compás de Troles Saltarines. Pero siempre me pregunté cómo sería combinarlas, mezclar las letras y las melodías, o dar vueltas de la mano con luces de colores volando alrededor.
— Bueno, para eso tienes a Peter Pan— dijo Lysander como si fuese lo más obvio del mundo. Le miré con extrañeza y él sonrió con más amplitud—. La historia trata sobre estos niños… muggles, que entran a un país fantástico con barcos voladores y sirenas. Siempre te has interesado por el mundo no mágico, ¿cierto? En eso te pareces a tu abuelo. Y no estoy muy seguro de la razón, a lo mejor tú tampoco la sabes, pero así es.
Me le quedé mirando por algunos segundos, sin saber que contestarle.
— Me haces sonar como si estuviera medio chiflada— fue lo único que se me ocurrió decir.
Lysander se echó a reír.
— Eres bruja, Lils, por supuesto que lo estas, igual que todos los demás hechiceros del mundo.
Iba a replicar pero entonces la tetera comenzó a chiflar. Lys tomó un par de tazas, del tamaño de tazones de sopa, sirvió el té y me pasó una de ellas. La acuné con mis manos para que estás se calentaran, y aspiré profundo del agradable olor. Después de que Lys se sirviera tres cubos de azúcar, y de que yo tomara dos, fuimos a sentarnos.
Tomé asiento en uno de los raídos sillones, en el que Fang no estaba echado, y las puntas de mis pies apenas alcanzaban a tocar el suelo. Lysander se sentó sobre la mesa, quedando justo frente a mí, lo suficientemente cerca para estirar la mano y tocarme.
— Entonces, ¿quieres hablarme de lo que pasó con Lorcan?
Toda la relajación que había logrado obtener se esfumó por completo cuando me hizo aquella pregunta. Toda mi espalda se tensó, y me mordí tan fuerte el labio inferior que me hice daño.
No quería decirle lo que pasó con Lorcan, pero por otro lado, sentía que tenía que hacerlo. Tenía que contárselo a alguien, ya no podía soportarlo más. Y quién mejor que Lysander Scamander para abrir mi corazón, ¿no?
— Me besó— solté, para después darle un largo trago a mi té.
Lysander abrió mucho los ojos, e inmediatamente los cerró, llevándose los dedos índice y pulgar al puente de su nariz, dejando escapar un suspiro mientras masajeaba.
— No lo hizo…
Chasqueé la lengua, y en mis labios se formó una sonrisa irónica.
— Después de que confesase que siempre supo que estoy enamorada de él.
Lysander volvió a suspirar más pesadamente aún.
Y se lo conté todo, desde el principio: la primera vez que le— les— vi, lo que sentí, cómo me fui dando cuenta de mis sentimientos, cómo Lorcan se fue acercando a mí, cuando se hizo mi tutor de pociones, el partido de quidditch y, finalmente, el beso. Lysander no dijo ni una palabra en todo ese tiempo, y sólo me escuchó con gesto comprensivo.
Yo le estuve infinitamente agradecida por ello.
Cuando hube terminado, Lysander colocó una de sus grandes manos sobre mi rodilla, dando un ligero apretón y mirándome con expresión apenada.
— De verdad lo siento, Lily— me dijo con un tono de total sinceridad, aunque yo no comprendía de que se estaba disculpando.
— ¿Por qué dices eso?— inquirí, y entonces se me ocurrió una opción que no me gustó para nada—. No me digas que tú sabías de...
— ¡No! No, ¡claro que no!— exclamó él, dándose cuenta de la conclusión a la que estaba llegando—. Es decir, siempre lo sospeché, que él te gustaba. Aunque nunca me imaginé que estuvieses, ya sabes, enamorada— me miró casi con pena, sólo casi—. Pero se trata de mi hermano… mi gemelo para colmo de males, y yo debí darme cuenta de lo que estaba planeando.
— No es tu culpa— le aseguré, tomando la mano que aún descansaba sobre mi rodilla y sosteniéndola entra la mía.
— Aun así, si me hubiese dado cuenta a tiempo, él no te habría lastimado…
Tuve ganas de abrazarle y no dejarle ir.
— Ey, ya no te preocupes— le pedí, apretando con más fuerza su mano—. No es tu responsabilidad evitar que me lastimen, de eso ya me preocupo yo.
Lysander me sonrió y luego negó enérgicamente con la cabeza.
— Te equivocas— me dijo—. Claro que me toca preocuparme. Somos mejores amigos, ¿a que sí? Y es nuestro deber y responsabilidad cuidar la espalda del otro.
Tal vez me estoy escuchando demasiado emocional, pero en ese momento me dieron ganas de llorar. Los ojos se me aguaron y una sonrisa se formó inconscientemente en mis labios. Y supe que había sido una buena decisión contárselo todo a Lysander. Sentía como una enorme presión era liberada de mi pecho, y un gran peso levantado de mis hombros. Aun dolía, claro que sí, pero la noción de que había alguien ahí, empatizando con tu dolor, deseando poder hacer algo al respecto y simplemente estando ahí para ti lo hacía en definitiva mucho más llevable.
— Tienes razón, para eso estamos— asentí—. Y si te hace sentir mejor, hoy has hecho por mí más de lo que te puedes imaginar. Es decir, ¿cuántas personas andan por ahí irrumpiendo en casas ajenas, preparando té y cantando canciones infantiles sólo para que sus amigos se sientan mejor?
Lysander soltó una alegre carcajada antes de ponerse de pie de un salto.
— Eso me recuerda…
Recogió mi taza y luego, hechizándola, la mando junto con la suya a hasta el fregadero para que se lavasen y guardasen en su respectivo lugar. Luego se dirigió al rustico escritorio en una esquina de la habitación, tomó un pedazo de pergamino, pluma y tinta y se puso a escribir. Me acerqué para poder ver sobre su hombro y cuando leí el mensaje que había puesto no pude evitar reír con ganas.
Queridísimo y estimado Hagrid, he aquí un concejo de buena fe: deberías considerar poner algún tipo de cerradura en tu puerta, nunca sabes cuándo un par de chiflados pueden irrumpir en tu casa para tomar té y cantar canciones para niños.
Saludos cordiales,
Mejores-amigos-que-se-cuidan-mutuamente-la-espalda.
P.D: en caso de que no lo pillaras, es Lysander y Lily.
El cielo ya estaba oscuro cuando salimos de la cabaña y nos dirigimos al castillo. El camino lo recorrimos en silencio, aunque no en uno incomodo, si no agradable. Las puertas aún estaban abiertas pero no se veía ningún estudiante por los pasillos ni las escaleras. Lysander insistió en acompañarme hasta mi sala común, y no le importó que yo le dijese en que no era necesario; ya había pasado el toque de queda, y su dormitorio y la mío no estaban lo que se dice cerca, y si Filch lo atrapaba solo se sacaría un castigo y yo me sentiría culpable de por vida. Pero no quiso escucharme.
— Por lo menos llévate la capa— le pedí cuando llegamos frente al retrato de la Dama Gorda, quien me dedico una mirada desagradable antes de continuar aplicándose una mascarilla facial. Pero qué estúpido, era un retrato, no importaba lo que se pusiese su apariencia no iba cambiar… seguiría siendo fea.
— ¿La capa de invisibilidad de tu padre?
— Exacto— confirmé—. Espera aquí.
Di la contraseña y se me permitió la entrada, no sin antes recibir otra mirada desagradable y un meneo reprobatorio de cabeza, que por supuesto ignoré. La sala común no estaba muy llena, la mayoría ya se había ido a dormir, deprimidos por haber perdido contra Slytherin y molestos por mi ausencia y no poder descargar su enojo en mí.
Roxanne, sin embargó, me vio entrar.
— ¡Lily!— exclamó, dirigiéndose hacia mí con el ceño fruncido y los puños apretados— ¿Dónde diantres te habías metido?
Hugo llego corriendo hasta mí, tomándome de los hombros y revisándome de arriba abajo.
— Nos tuviste jodidamente preocupados, Lily. ¿Qué pasó?
Me separé de él, suspirando.
— Estoy bien— les aseguré, sonriendo lo más convincente que pude—. Pero ahora me tengo que ir.
Me apresuré por las escaleras de la torre de las chicas hasta llegar a mi dormitorio. Riley me recibió con exactamente las mismas palabras que mis primos.
— Estoy bien— repetí con voz cancina. Me hinqué frente a mi baúl y comencé a rebuscar dentro de él hasta que hallé un saco negro en el fondo. La ducha se podía escuchar desde el baño y seguramente se trataba de Emma. Tomé el saco y me puse de pie.
— Ya regreso— avisé, saliendo de la habitación antes de que mi amiga pudiese protestar. Me escabullí hacía la salida, evitando lo mejor que pude a Hugo y Roxie, aunque estoy segura de que sí lograron verme.
Lysander me esperaba en el pasillo, recargado contra la fría pared de piedra. Sonrió cuando me vio salir y caminó hacia mí. Le sonreí de vuelta, sacando de la bolsa la tela que se sentía como agua entre mis dedos y extendiéndoselo para que lo tomase.
— Gracias— le dije con sinceridad.
— No tienes que agradecerme nada, princesa.
— Claro que sí— insistí—. Lo que hiciste hoy por mí… no te puedo terminar de explicar lo mucho que significa para mí. Gracias a ti me siento mucho mejor.
Me dedicó una mirada larga y luego me volvió a sonreír. Dio un par de pasos hasta quedar justo frente a mí. Levanté la cabeza para poder mirarle a los ojos, y él se fue agachando hasta que su rostro quedó a la misma altura que el mío, nuestros alientos mezclándose. Su mano fue hasta mi mejilla, y colocó un mechón de cabello detrás de mi oreja, acercándoseme aún más.
— No lo suficiente— murmuró contra mis labios antes de darme el beso más dulce, justo en la esquina superior de la boca.
Sólo me besó durante un par de segundos, pero fue suficiente para hacer que un sentimiento cálido se extendiese por todo mi cuerpo y se me olvidase por un momento todo lo malo que me había pasado hasta entonces.
Se separó de mí un poco, para luego llevar su boca cerca de mi oído.
— Espero que no te haya molestado que me robase tu beso especial— susurró contra éste y seguidamente me volvió a besar con dulzura, esta vez en la mejilla.
Lo sentí alejarse de mí, y me llevé un par de dedos a la esquina superior de mis labios, justo al punto donde los suyos habían estado hace un momento, sintiendo aún su calor contra mi piel.
— Para nada— respondí, justo antes de verle desaparecer bajo la capa.
Sobreviví el inicio de semana de manera exitosa y fluida, eso creo. Mis amigas no paraban de hacerme preguntas y a mí no me agradaba la idea de mentirles— ni siquiera sabía si sería capaz de hacerlo— pero tampoco podía decirles la verdad, sentía que no lo iban a entender. Ya me lo habían demostrado en el pasado y para ser sincera, no tenía ganas de que me echasen un sermón sobre lo mala idea que era estar interesada en Lorcan Scamander, que era un cretino y que si había salido lastimada no era nada más que mi culpa… porque eso ya lo sabía, muchísimas gracias.
Entonces les decía que me había deprimido por haber perdido el partido y que me sentía culpable, y aunque nunca había sido una buena mentirosa, ellas me creían. Las circunstancias parecían respaldarme, cómo no; la mitad de mis compañeros de casa aún me miraban con resentimiento o no me dirigían la palabra y desde el día del partido no se había hablado de otra cosa más que la forma tan horrorosa y humillante en que perdí la snitch. O como cariñosamente lo llamaban: la cagada del siglo.
Gracias a Merlín, ni Roxanne ni Hugo volvieron a traer el tema a flote. Hugo había actuado un poco raro al principio, con Lysander y conmigo, haciendo que me preocupase que hubiese visto cuando me besó, lo que pondría las cosas bastante raras, pero después de un día volvió a actuar como si nada hubiese pasado, así que decidí dejarlo pasar.
¿Y respecto a Roxanne? Pues a ella no le había visto ni la sombra. Cosa inusual ya que éramos de la misma casa.
Y antes de que pregunten, la razón por la que no había sacado el tema del beso a colación era sencillamente porque no le vi necesidad alguna. No había sido un beso romántico, si no reconfortante y puramente platónico. Había sido agradable, y mucho. Pero no significaba que ahora tuviese sentimientos por Lys y él parecía compartir mi misma opinión, por lo que no debería causarme problema alguno.
O eso pensé.
Era miércoles por la tarde y yo iba de camino a la biblioteca. Quedaba por sentado que las asesorías de pociones habían llegado a su fin, pero eso no significaba que mis problemas con la materia lo hubiesen hecho. Pasaría el resto del día estudiando la lección de mañana por adelantado, así, tal vez, si ya estaba preparada, la poción me saldría bien.
— Eh, Potter— la voz llamándome hizo que me detuviese. Apreté mis libros contra el pecho mientras observaba a Olivia Nott caminar hacia mí.
— ¿Sí?— inquirí con cautela, después de todo, Olivia era buena amiga de Lorcan, y ya había aprendido que todo lo relacionado con él terminaba pateándome en el culo.
Olivia me miró de arriba a abajo, para luego sonreír de lado.
— ¿Vas a la biblioteca?— me preguntó, con ese tono que daba la impresión de que mi simple presencia la aburría y divertía en partes iguales.
— A-ajá.
— Fantástico, andando— canturreó, pasando a mí lado para tomar el camino por el que antes iba yo.
— ¡Espera!— exclamé, apresurándome para alcanzarla—. ¿De qué estás hablando?
— Sorpresa, estás hablando con tu nueva tutora— anunció con una sonrisa burlona. Me le quedé viendo, sorprendida, y al parecer mi expresión se le hizo tan graciosa que tuvo que echarse a reír—. Le debo un par de favores a Lorckie— explicó, encogiéndose de hombros—. Soy buena en pociones, y paciente. No notarás la diferencia.
Pero a la mención de Lorcan me tuve que parar en seco.
— Mejor paso— le dije, preparándome para regresar a mi sala común, al infierno con mis calificaciones.
Di media vuelta, pero apenas había dado medio paso, la pequeña mano de Olivia me tomó del brazo, haciendo que me volviese.
— Escucha, sé que Lorcan la cagó contigo— comenzó, tanto su voz como su mirada suavizándose de manera que me hizo sentir más cómoda en su presencia—. No sé cómo pasó y tampoco me incumbe saberlo, pero es obvio que lo hizo en grande.
Bajé mi vista hasta el suelo, mordiéndome el interior de la mejilla. De repente me entraron ganas de llorar, haciéndome sentir patética porque ya debería tener toda esta mierda que solo me hacía daño detrás de mí.
No llores, Lily, no llores.
Sentí una mano posarse sobre mi hombro, lo que hizo que levantase la mirada. Olivia me miraba con dulzura y comprensión en sus ojos, tanta que ni siquiera sabía que poseyese.
— Si te hace sentir mejor— dijo con suavidad en la voz—, la culpa que siente se lo está jodiendo como no tienes idea.
Extrañamente, no me hacía sentir mejor para nada. Hombre, no le había visto desde el ya-saben-qué, ni siquiera estaba segura de que hubiese ido a clase en los últimos días, mucho menos bajado a comer, y no me iba a molestar en comprobarlo. Era mejor así.
— No, no realmente— le respondí a Olivia.
Ella soltó un suspiro largo.
— Por supuesto que no, Gryffindor— dijo, sin poder aguantarse la risa—. Eres demasiado amable como para alegrarte de las desgracias de nadie, aunque esa persona te haya lastimado— el comentario hizo que un fuerte sonrojo cubriese mis mejillas, lo que la hizo reír aún más fuerte—. Hasta pareces Hufflepuff.
— Pues me halagas, los Hufflepuffs son geniales— repliqué, pensando en Lysander.
Olivia sonrió.
— Estoy segura de que lo son— asintió con tono alegre—. Dicen que son incluyentes y que no andan por ahí juzgando de antemano, así como el imbécil de tu primo— a la mención de Hugo su voz se tornó sombría.
Me removí, incomoda.
— Siento que te siga molestando.
Ella negó con la cabeza.
— Es un pesado, pero no es tu culpa— me aseguró, dándome unas cuantas palmaditas en el brazo que aún sostenida. Luego se quedó pensando con expresión seria, para luego sonreír brillantemente y chasquear los dedos cerca de mi cabeza, lo que me hizo sobresaltar un poco—. ¡Lo tengo!— exclamó—. Mira, tú necesitas un tutor que te ayude con pociones, yo necesito que Hugo Weasley deje de ser un dolor de culo para mi existencia. Entonces, este es el trato: yo seré tu nueva tutora, y a cambio tú te encargas de que tu primo se mantenga lo más alejado de mí que sea posible. Me refiero a unos cien metros de distancia, como mínimo— aclaro, señalando con uno de sus dedos por la ventana hasta el lago negro. Hice una mueca que la hizo reír—. Sí se puede, el castillo es grande— me giñó un ojo—. ¿Estamos?
Miré con algo de desconfianza la mano que me extendía.
— ¿Y qué hay de tu trato con… con Lorcan?
El nombre se sintió raro en mi boca. Era la primera vez que lo decía en voz alta desde el ya-saben-qué.
— Pues qué se joda— bien dicho—. Ya me las arreglo yo con él, esto se trata de ti.
Sonreí, estrechando su mano contra la mía y agitándola enérgicamente.
— Estamos— dije, para luego retomar mi camino a la biblioteca, esta vez en compañía de Olivia Nott.
Las semanas fueron pasando más rápido de lo que me esperaba, estábamos a pocos días del inicio de las vacaciones de Navidad y mientras Hugo terminaba las últimas líneas de su ensayo sobre Kelpies al mismo tiempo que engullía su desayuno, yo bombardeaba a Lysander con preguntas.
— ¿Entonces estás seguro de que no lo tienes?— pregunté por no me acuerdo qué vez, aunque a juzgar por la expresión de Lys, ya llevaba una doscientas.
— No, Lily, la nueva autobiografía del equipo de Alemania aún no lo tengo— respondió con tono cansino. Luego alzó una ceja, sonriendo divertido—. ¿Podrías decirme por qué te interesa tanto?
Hugo sacó su cabeza de ente su comida y tarea y después sonrió de forma burlona.
— Puede que esté completamente equivocado aquí, pero se me hace que tiene algo que ver con tu cumpleaños, Lys.
No pude evitar sonrojarme. Mi primo tenía razón, el cumpleaños de Lysander sería pronto y yo le quería regalar algo que le encantase, como agradecimiento por haberme ayudado tanto con todos mis dilemas emocionales. Sabía que su equipo favorito de quidditch era el de Alemania, y pensé que algo que pudiese coleccionar sobre ellos le gustaría. Aunque tenía planeado un detalle extra especial para el regalo.
— Tan perspicaz como siempre, compañero— dijo Lysander, riéndose con ganas antes de dirigirse a mí—. Lils, no tienes que preocuparte por lo que me vas a regalar. Hombre, no me tienes que regalar nada en absoluto.
— Claro que tengo— repliqué, ofendida. Si Hugo, él y yo siempre nos asegurábamos de darnos obsequios para nuestros respectivos cumpleaños y también navidad. En el caso de Lysander, estaban muy pegados— 24 de diciembre, tenía marcado en el calendario.
Antes del ya-saben-qué, también me preocupaba por siempre darle algo a…
No, me detuve mentalmente, no pienses en—
— Lorcan— oí decir a Lysander. Mi cabeza se volteó como resorte, y ahí estaba. Lorcan Scamander.
Hasta la fecha, había hecho un gran trabajo en evitarlo. En las clases que compartíamos me aseguraba de sentarme lo más alejada posible de él, y Lorcan lo hacía aún más fácil al posicionarse siempre en la esquina trasera del salón. Me ignoraba completamente y yo hacía lo mismo. Hasta ese momento, que por primera vez en semanas, hicimos contacto visual.
Me miró directo a los ojos por unos pocos segundos pero que me parecieron una eternidad. No supe qué era lo que me quería transmitir con esa mirada, pero sentí cada vello de mi cuerpo erizarse y me puse muy alerta a cualquier movimiento suyo, aunque no hubo ninguno, sólo miradas. Pero logré mantenérsela. No vacilé ni un solo segundo.
Y para mi sorpresa y enorme placer, fui la ganadora.
Lorcan bajó la mirada.
Se acercó más a su gemelo, y le tendió un pedazo de pergamino para que éste lo tomara.
— Papá envió una carta— murmuró con voz débil, una que jamás le había escuchado antes.
En ese momento noté la presencia de Olivia junto a Lorcan. Me saludó con una agitación de mano y un giño de ojo, agité la mano y le sonreí de vuelta.
Hugo también le dedicó una corta mirada por el rabillo del ojo, pero no hizo nada más. Me había costado trabajo conseguir que la dejase de molestar. Tal vez sólo lo hacía para complacerme, porque sabía que no me había sentido muy bien, y debía de atribuirlo por todo el fiasco del quidditch, por lo que no quería altérame más. Y por el momento las cosas iban bien: mis calificaciones en pociones no se habían visto afectadas, y Olivia era una excelente maestra y ella y yo teníamos más cosas en común de lo que en un principio llegué a pensar. Éramos algo así como amigas.
Mi primo tomó una tostada de su plato y se la lanzó a Lorcan directo al rostro, él la atrapó con facilidad entre sus dedos y le dio una mordida, sonriendo con sorna.
— He estado pensando en qué regalarte de cumpleaños, Lorckie— dijo Hugo, meloso.
— Mas te vale que sea bueno, Guín— respondió Lorcan, dándole otra mordida a la tostada.
El pelirrojo se inclinó hacia mí, pasando un brazo a través de mis hombros para acercarme más hacia él.
— Bueno, es que no quiero que te sientas mal— comenzó como quien no quiere la cosa—. Que Lily no ha dejado de hablar sobre lo que le va a obsequiar a tu hermano, y tenemos que ser justos, ¿a que sí?— hizo un una mueca como de beso con la boca y juro que sentí como la sangre se drenaba por completo de mi cuerpo.
Hugo nos había visto.
— ¡Hugo!— chillé, no queriendo encontrarme con la mirada de nadie.
— Ya hablamos de esto, tío— escupió Lysander, irritado.
Hugo soltó una carcajada como si lo que acababa de decir no me estuviera matando de vergüenza.
— Es broma, es broma.
No levanté la vista, no quise ver la expresión que había puesto Lorcan, pero lo escuché irse.
Esa tarde, con Olivia, no pude concentrarme en una sola cosa que ella me explicaba. Mi cerebro era un revoltijo de pensamientos y preocupaciones. El principal era Roxanne. En las últimas semanas, me había estado concentrando únicamente en evitar a Lorcan y pensar lo menos posible en él (contradictorio, ¿verdad?), que había puesto atención a poco más. Pero no podía negar que mi prima no había estado del mejor humor, sin embargo, lo había atribuido a la pérdida del partido. Se había puesto dura en especial conmigo durante los entrenamientos. Y ahora estaba casi segura de que ella también había visto a Lysander besarme, tal vez pensara que estábamos juntos. Aunque sería improbable que estuviese molesta por eso, que siempre estuviera repitiendo lo mucho que le desagradaban los flirteos de Lysander o sus pedidas para citas, hacía que uno asumiera que era algo bueno para ella que él la hubiese superado conmigo, que ni siquiera era el caso, de todos modos.
También me preocupaba que si Hugo y Roxie lo sabían, ¿quién más? ¿Habría alguien que pensara que Lys y yo éramos novios? No, los rumores corrían rápido en el castillo, Riley y Emma ya me hubiesen bombardeado con preguntas.
— Luego, tomas una cucharada de la orina de Merlín y lo revuelves con la cagada de Morgana Le Fay hasta que el olor se torne a rosas.
Levanté los ojos y me encontré con una mirada dura de parte de Olivia.
— Lo siento— murmuré, frotando mi sien para intentar quitarme el dolor de cabeza, sin obtener resultado, claro.
Olivia soltó un suspiro.
— Está bien— respondió con voz cansina—. Ya casi comienzan las vacaciones, yo tampoco tengo muchas ganas de estudiar.
— Aun así, te estoy haciendo perder el tiempo— insistí, avergonzada.
Ella sonrió con ese brillo característico de cuando se le ocurría una idea. Agarró su bolso y de él sacó un trozo de pergamino, que luego me extendió.
— Entonces para compensarme tienes que aceptar esto— sentenció, colocándolo frente a mí sobre la mesa.
Me le quedé viendo con una ceja levantada. Olivia se mordió el labio con nerviosismo.
— Es de Lorcan— admitió, y en cuanto las palabras salieron de su boca yo solté el pergamino que acababa de agarrar como si se encontrase en llamas.
— Ni lo pienses— gruñí entre dientes, cruzándome de brazos.
— Oh, vamos— pidió Olivia—. Tú misma lo dijiste; he estado aquí por media hora hablándole a la nada, me lo debes— tomó el papelito y volvió a tendérmelo—. Escucha, no tienes que leerlo, eso no era parte del trato. Sólo acéptalo.
Solté un suspiro de exasperación, pero tomé el mentado pergamino y lo metí descuidadamente en el bolsillo de mi chaqueta. Luego tomé mis cosas y me marche, maldiciendo todo lo que rodeaba mi existencia, en especial Lorcan Scamander.
Tuve mi encuentro con Roxanne antes de lo que esperaba. Verán, el plan era arreglar lo que fuese que estuviese mal entre nosotras cuando estuviésemos en la Madriguera, y Rose o Molly se encontrasen ahí para calmar las aguas. Pero durante el viaje de regreso a casa en el Expreso, ella me abordó mientras yo, recargada contra la pared del pasillo, esperaba a que Emma saliese del baño.
— Lily— llamó con voz fría—. Acuérdate que yo me con Hugo y contigo, ¿ajá?
Me enderecé, nerviosa, pasando un mechón de cabello tras mi oreja.
— Por supuesto. Teddy estará esperándonos en el andén.
Ella asintió una vez antes de darse la vuelta y regresase por el pasillo, sin embargo, yo tuve un ataque de osadía y decidí seguirle.
— Espera, Roxie— pedí, tomándola por el codo, pero ella se apartó al instante, mandándome una mirada hostil que me hizo retroceder.
— ¿Qué quieres?— soltó con dureza.
No le pude sostener la mirada.
— Yo sé que estas… molesta conmigo— comencé con voz débil—, pero… me gustaría saber si es por haber perdido el partido, porque te prometo que voy a hacerlo mucho mejor en el próximo partido, aún podemos ganar si…
— No estoy cabreada contigo por un estúpido partido de quidditch, Lily— me interrumpió Roxanne.
— ¿Entonces por qué?— cuestioné, desesperada— ¿Es acaso por Lysander?— la mirada que me mandó hizo que me sintiese mareada—. No puede ser— dije—. Tú lo desprecias, siempre lo estás diciendo.
Roxanne sonrió con ironía y lo que también me pareció tristeza, haciéndome sentir aún más enferma conmigo misma.
— Pues parece que nunca has entendido una mierda sobre mí— dijo, y esta vez, cuando se marchó, no fui tras de ella.
En un ataque de rabia hacia todo lo que iba mal en mi vida, di una fuerte patada contra la pared, ganándome un par de miradas que ignoré por completo. Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta y sentí algo en uno de ellos. Sabía perfectamente lo que era aún antes de sacarlo. El pedazo de pergamino que me había dado Olivia, el que era de parte de Lorcan, el que me había estado esforzando tanto por no leer, por ni siquiera tocar, pero que ahora estaba abriendo y… ¿por qué lo estás haciendo? Detente. No cedas… carajo.
Sé que me odias, Lily. No te culpo para nada, mierda, incluso te apoyo. La cagué y es algo con lo que tendré que aprender a vivir, por mucho que me joda. Aun así, quiero que sepas que siento cada una de las cosas que hice mal contigo, que hice para lastimarte, y ya sé que a estas alturas no sirve de nada, pero es algo que necesito decirte. Lo siento.
Incluso siento haberte besado. Aunque, Merlín, cómo deseaba hacerlo.
— Lily— dijo una voz detrás de mí. Me giré y me encontré con Emma, que me miraba con preocupación. Antes de que me parase a pensarlo ya me había tirado a sus brazos, abrazándola con fuerza. No lloré, me había prometido no volver a hacerlo, pero sentía mi cuerpo temblar.
Sentía como si mi mundo se estuviese derrumbando, y no sabía qué hacer para evitarlo.
— Lily— repitió Emma, devolviéndome el abrazo y frotando mi espalda con delicadeza—. ¿Qué sucede?
— Nada— respondí, escondiendo mi rostro entre su cabello que olía a jazmín, la carta de Lorcan bien apretada dentro de mi puño—. Solo necesito que me sostengas.
Y así lo hizo.
Podría disculparme por no haber actualizado en, aham, más de un año, pero la verdad es que si lo hubiese hecho, el capítulo hubiera sido una porquería, y ustedes se merecen más que eso.
Podría darles una gran explicación sobre el porqué de mi ausencia. Por ejemplo, que mi computadora se descompuso y no tuve una nueva hasta después de tres meces. Y lo siento, pero no iba a escribir nada en la computadora de mi papá, eso está fuera de discusión. Pero la razón verdadera es que durante todo el año pasado sufrí de depresión. No he estado bien, ni física ni mentalmente. No es que no quisiese escribir, es que no podía. No les cuento esto para que me tengan lastima o para llamar la atención, si no para que me puedan entender un poco mejor. Yo también detesto a esos autores que dejan sus historias a la mitad. De igual forma, odio el hecho de haber dejado esta página por tanto tiempo, porque aquí conocí a mucha gente maravillosa, y me duele haber perdido contacto con ellos.
Pero esto se los voy a prometer, a menos que me muera, NO VOY A DEJAR ESTA HISTORIA. No importa cuánto me tarde en hacerlo, la voy a finalizar.
En fin, esa es mi pobre explicación. Ahora, ¿qué les pareció el capítulo? Creo que me emocioné lmao, ya sé que no hubo mucho LorcanxLily. En definitiva hubo LysanderxLily. No se asusten, todo es parte del plan. Además, quería explorar un poco más el personaje de Lysander. ¿Me salió Hufflepuff o no? ¿Y Lily? Siempre me preocupo por como escribo a Lily. Irónicamente el personaje más fácil de escribir es Lorcan XD
Hay dos opciones para el próximo capítulo: o es desde el PDV de Lorcan, o en la Madriguera con Lily. Aun no lo decido. Aunque ya decidí que lo voy a escribir, no se preocupen ;)
Si quieren tener más noticias de mí, pueden seguirme en mi blog personal en Tumblr, pammedefreak, doy followback si me lo piden y mi ask está abierto para que me regañen si no me apuro a actualizar.
Aunque se los advierto, es un desastre de lugar en el que principalmente fangirleo sobre muchas cosas a la vez. Como Harry Potter, One Direction (mucho 1D, créanme), libros, comics, mangas (NARUHINA Y SASUSAKU, SOY CANON PERRAS LO SABÍA GANÉ), y de vez en cuando algo de justicia social.
Agradezco de corazón todos lo reviews que he recibido. Ustedes son la razón por la que continuo. Voy a intentar contestarles lo antes posible.
No me siento muy bien por pedirlo, pero un comentario sería apreciado. No voy a insistir…
PORFA PORFA, PORFAAAAAAAAAAAAAAAA.
Muchísimas gracias,
Pam.
