Glee ni sus personajes me pertenecen.

Lamento la tardanza.

Tumblr - heyjudeeok


Capítulo VIII

Cuando regresamos del campo luego de haber pasado una agradable tarde mirando el entrenamiento de polo, me asegure que Santana podía lidiar unas horas más con el carácter de mis hijos. Pase la noche en el departamento de Quinn terminando el día como solíamos hacerlo, enroscadas en la cama.

Ahora mismo, mientras veo el techo medio iluminado por el sol naciente, me pregunto que se supone que debo hacer frente a la propuesta que Quinn me dijo indirectamente. ¿Qué decisión se supone que debo tomar ahora que ella está viva? Mis planes quedan desplazados totalmente por el solo hecho de que mi sed de venganza se haya quitado con su presencia. Quizás… la idea de Quinn no es tan descabellada y puedo vivir en Florencia sin problemas. En verdad, puedo vivir donde sea que ella este, el lugar da igual.

Vuelvo a cerrar mis ojos y disfruto de su aroma, de su respiración serena que choca contra mi cuello. Intento no aprisionarla fuerte contra mi cuerpo para no despertarla, pero acaricio su espalda con mi mano derecha. Puedo lidiar con estos despertares por el resto de mi vida. ¿Qué mierda estoy esperando?

Abro mis ojos asustada tras escuchar el ruido de un móvil que no es el mío. Le he quitado la alarma. Quinn comienza a gruñir pero cuando, al parecer se percata del sonido, pasa por encima de mi cuerpo y lo toma desesperada en un intento de apagar el ruido haciendo malabares para que no se le caiga de las manos. Yo solo sonrío, ella no se ha dado cuenta que estoy despierta.

— ¡oh, mierda! — susurra entrecerrando sus ojos tras abrir un mensaje.

Nuevamente cierro mis ojos para que no me descubra en el intento de jugar un poco con ella, pero aquello sale bastante mal. Si pudiese volver el tiempo atrás, dejaría mis ojos abiertos sin bromas ni juegos.

Siento como me mira y susurra un "Rach…¿duermes?" obviamente recibiendo nada por mi parte. El móvil lo lleva con ella una vez que siento como su peso se aleja de mi cuerpo, de la cama. Muero por abrir los ojos, pero solo me atrevo a espiarla por debajo de mis pestañas sin abrirlos del todo. Ella "corre" como puede tomando un poco de ropa del closet para perderse dentro del baño.

¿Qué ha sido todo eso? Río por lo bajo al recordar su pálido trasero desnudo corriendo de aquí para allá. Niego con mi cabeza mordiéndome el labio por sentirme tan hambrienta de sexo y avergonzada por ello. Quito las sabanas que estorban en mi camino hacia Quinn y apoyo mis desnudos pies en la alfombra. La sorprenderé con una ducha mañanera para comenzar bien el día, limpias y satisfechas. Pero el sonido vuelve a interrumpir mis planes, esta vez es el repique de llamada entrante cortándolo rápidamente con intensiones de no despertarme. Ella siempre tan cuidadosa. Pego mi oreja a la puerta y creo morir…

Si, si… ya me estoy cambiando.

Oigo un silencio, seguramente por estar escuchando lo que la otra persona le dice.

Demonios… — maldice por lo bajo tras oír como algo cae al suelo. — Cariño, deja que termine de cambiarme e iré por ti ¿de acuerdo?

Mi corazón se trepa hasta mi garganta. ¿Cariño? ¿De qué mierda habla? Cierro mis ojos y suspiro tranquilizándome para escuchar más de aquella conversación. De nada me sirve tener información a medias.

No. No puedes… — vuelve a susurrar — No comiences con tus chantajes, sabes que eres lo mejor que me ha sucedido, cariño. — Silencio y mis ganas de matarla aumentan — Pero… no puedo traerte a casa. No hoy. Luego te explicare el porqué.

Me alejo de la puerta sintiéndome enferma de la bronca por ser tan imbécil de caer en los brazos de Quinn. Sabía que ella me jugaría sucio, ella no podría estar sola cinco años.

¿En qué demonios pensabas, Rachel?

Quiero gritar, golpearla hasta acabar con mis fuerzas y odio, pero ella ni siquiera me da tiempo para armarme un plan de fuga o descargo. En cuanto siento que la puerta está por abrirse, me tiro sobre la cama sin importar que mi cuerpo permanezca desnudo sin la sabana sobre el.

Quinn sale del baño y murmura algo que no alcanzo a oír. Mi cabeza ha quedado del lado contrario a la puerta para no tener que lidiar con su cuerpo cuando la vea y decida matarla.

— Demonios, pequeña… — susurra para ella misma gateando silenciosamente sobre la cama. No siento sus manos en mi cuerpo pero si su aliento en mi oreja. — Te quiero. — besa mi mejilla suavemente y tapa mi cuerpo para luego irse de la habitación.

En cuanto la oigo salir, paso la palma de mi mano sobre el lugar donde ella apoyo sus sucios y mentirosos labios.

Maldita idiota, me las pagaras.

Sin perder más tiempo en esta cama que me pone enferma, salto lejos de allí para recoger mi ropa y marcharme de aqui.

¿Florencia? Una mierda Florencia, Quinn y toda su asquerosa vida.

Mis intentos nuevamente vuelven a caer cuando su voz vuelve aparecer. Esta vez habla con Simmons. Esa maldita rata debe saber todos los pasos que da Quinn, apoyándola y cubriendo su culo burlándose de mí a mis espaldas.

Saco el móvil del bolsillo de mis jeans y corro hasta el baño para encerrarme en el con el propósito de que no pueda oírme. Me tiemblan las manos de lo cabreada que estoy en estos momentos. Miles de cosas se me cruzan por la cabeza y ninguna de ellas es reconfortante.

¿Qué?

San ¿Dónde están los niños? — susurro.

En el colegio. ¿Por qué mierda susurras? Oh, dios… no. Espera… no me digas que tu cabeza está entre… — la interrumpo.

Cierra la maldita boca y escúchame López.

Muy bien. Pasare por alto el tono que has utilizado conmigo para preguntarte porque susurras. Pero tenlo por seguro que pateare tu trasero de anciana en cuanto te vea. — Cierro mis ojos frotándolos para no terminar de perder la paciencia — Habla de una maldita vez. ¿Qué salió mal?

Necesito que sigas a Quinn.

¿Me has visto cara de un puto perro, un acosador o qué? No.

Santana, necesito que la sigas ¿de acuerdo? No tengo tiempo para discutir esto. Yo misma no puedo hacerlo… por favor.

La escucho dudar unos segundos antes de suspirar y maldecir al puro estilo Lima Heights Adjacent.

Ven a su departamento. Aun no se ha ido. En una hora vuelvo a llamarte para ver donde te encuentras. No le pierdas pisada…

Si, lo que sea.

Sin más corta la llamada y yo me tomo unos largos minutos para tranquilizarme y poner mis ideas en orden. Quinn no me vera la cara de idiota.

Me lavo la cara, lavo mis dientes y dejo el cepillo a un lado anotando mentalmente un lugar adecuado para el. Peino mi cabello con mis dedos temblorosos y lo ato alto sobre mi cabeza para no estorbar mi visión.

¡Qué imbécil he sido!

Niego con mi cabeza mientras me miro en el espejo. Me la ha jugado sucio esta vez. Muerdo mi labio inferior soportando las ganas de gritar y ponerme a llorar, pero los recuerdos en la cárcel no me dejan flaquear. Acomodo mi flequillo y miro de reojo el cepillo de dientes que he dejado a un costado, mi lado carcelario sale a la luz una vez más. Lo tomo entre mis manos y lo ahogo en el retrete como si meterlo allí calmase un poco más mi bronca hacia Quinn. Sonrío y niego con mi cabeza… la cocinera debe aun recordarme por hacerlo también con ella tras dejarme sin comer por una semana. Maldita cabrona. Lo saco de allí y tiro la cadena para luego poner el cepillo en su lugar. Paso mis manos por mi blusa en un intento vago de alisarla dejando mis nervios en ella, y abandono el baño.

El silencio cubre el piso de Quinn, quien al parecer ha decidido marcharse para atender sus putos asuntos.

— ¡Ya basta! — Me digo a mi misma tomándome la frente para parar con los pensamientos que me golpean uno detrás de otro mostrándome a Quinn con otra mujer. Me enferma.

Decido largarme de aquí cuando un pensamiento vuelve a detenerme. Camino hasta su closet esperándome lo peor allí dentro. Ni siquiera sé porque reviso sus cosas sabiendo que podre encontrar algo, supongo que es el impulso femenino que te hace querer asegurarte de algo que prácticamente esta frente a tus ojos riéndose de ti.

Aprieto mi mandíbula y suspiro, aun no sé si de alivio o de agradecimiento a Quinn por ser cuidadosa y no dejar cosas ajenas a la vista. Pero no puedo detenerme allí, no ahora que el piso de Quinn está solo para mí. Aquí es chico, teniendo en cuenta las excentricidades de Quinn, lo cual no tengo mucho que recorrer. Vuelvo a meter mi atención en su closet, esta vez con la luz encendida.

— ¡Pedazo de…! — ahogo mi grito. Esta cabrona me la ha jugado por detrás. Comienzo a sacar la ropa ajena a Quinn y a mí, por supuesto, para tirarla en el piso y dejar en evidencia que se sobre su sucio y asqueroso secreto. Comienzo a tirar todo lo que se interpone en mi camino hacia el destrozo de este departamento. Una vez que termino con la habitación, corro hasta la sala destrozando floreros, adornos y el mini bar que tiene en un rincón del living.

— ¡Me la pagaras, maldita hija de puta! — tomo el ultimo adorno que hay en el lugar cuando varios golpes en la puerta me quitan el aliento. De solo pensar que puede ser Quinn me pone de los pelos.

Camino hacia la puerta renovando el aire para que no se note lo agitada que estoy o mis nervios a flor de piel.

— ¿Señorita? ¿Se encuentra bien?

El aire abandona mis pulmones recuperando la compostura. No es más que el idiota del portero.

— Si. Lo siento, pero no puedo abrirte ahora mismo. Acabo de ducharme. ¿Necesitas algo? — digo pegada a la puerta viendo por la merilla como el conserje pasa su mano por la nuca y con la libre se acomoda el bulto en su pantalón.

— Eh, no… solo se han quejado por los ruidos de este piso y han llamado a recepción. La señorita Fabray me ha encargado que usted se sienta cómoda.

— Oh, gracias… — vuelvo a decir aun vigilando sus movimientos. Este tipo me da mala espina — Solo se me ha caído un vaso. Te llamare si necesito algo. Gracias.

— Claro. Estoy completamente a su disposición.

Sin más se aleja y yo decido dejar este circo de adolescente despechada para largarme de aquí y ver dónde demonios se encuentra Santana. Abortare el plan de seguir a Quinn y que se vaya a la mierda ella y sus sucios juegos.

Mi móvil suena en mis pantalones y yo decido ir por mi chaqueta una vez que lo tengo entre mis manos.

San… he cambiado de opinión.

Cállate Berry y abre bien tus oídos. — Puedo escuchar de fondo bocinazos. El típico trafico de Nueva York. — Trae tu trasero hasta aquí. Debes ver esto…


Simmons… necesito hablar un tema contigo. ¿Dónde te encuentras?

En mi oficina pero no puedo atenderte ahora mismo, Quinn. Tengo un caso que requiere mi atención y los clientes ya están por llegar.

Bueno, solo te tomara cinco minutos. Te dejare los documentos en manos de tu secretaria. Por favor, míralos hoy mismo.

De acuerdo. En cuanto lo vea te llamare.

Sin más corte la llamada para guardar el móvil en mi chaqueta y caminar hasta la cocina, donde guardo un bloc de notas. Arranco una hoja en blanco y pongo un mensaje en el para Rachel.

Lo siento por dejarte sola.
Solo serán un par de horas.
Traeré comida, espero encontrarte aquí para el almuerzo.

Quien te quiere con locura…
Q.F

Creo que con esto bastara. Le echo un vistazo al papel y asiento. Tomo un broche de la heladera y lo abrocho en él para que Rachel pueda verlo cuando despierte y decida desayunar algo.

Suspiro de cansancio y dolor en mi espalda. No estaba en mis planes interrumpir mi mañana con Rachel, pero siempre surge algo de improviso y espero solucionarlo lo antes posible. Dejo un poco de dinero sobre el desayunador y tomo las llaves de mi departamento.

Una vez que las puertas del ascensor se abren en la planta baja, el conserje se acerca a mi rápidamente.

— Señorita Fabray…

— Escúchame con atención porque no lo repetiré, y si algo sale mal tu culo estará en juego. — Lo veo por el rabillo de mi ojo como asiente frenéticamente — Mi mujer ha quedado arriba. Cualquier cosa que ella quiera, se lo darás. ¿De acuerdo?

— Si. — me asiente.

— ¿Si, qué?

— Si, señorita Fabray. – cojeo hasta la entrada donde mi chofer ya me espera en la entrada con la puerta abierta. — Llámame si algo sucede. — oigo un "Si, señorita fabray" detrás de mí.

— Buena día, señorita Fabray. — me saluda mi chofer.

No voy admitirlo en voz alta, pero en mis pensamientos sí. He extrañado con locura esto de volver a tener el mando e intimidar a la gente. No es que me parezca gracioso someter a otras personas a mis exigencias, pero ver la cara del conserje totalmente cagado del miedo, hace mi día.

Sonrío poniéndome mis lentes aviador — Llévame a la 345 Chambers St. No me interesa como harás, pero quiero estar allí en cinco minutos. ¿Has oído?

— Por supuesto, señorita Fabray.

El móvil vuelve a sonar y pongo mis ojos en blanco cuando su nombre sale en mi pantalla. Deslizo mi dedo en ella para atender.

¿Puedes tener un poco de paciencia? Estoy en camino.

Si es por mí, ni siquiera vengas pero la vieja se está poniendo pesada.

Cuida esa boca. Diles de mi parte que ya estoy en camino.

Oye… de todos modos te llame por otra cosa. — escucho un silencio, como si estuviera debatiendo la idea de contarme o no.

Habla de una vez.

Baja dos tonos conmigo, Fabray. — Abro mi boca asombrada pero ni siquiera me da tiempo de reprocharle. Le pateare el trasero cuando la vea. — No te enojes, ¿de acuerdo? Digan lo que digan aquí, solo tienes que creerme a mí.

¿Qué has hecho esta vez?

Oye, estás dando por sentado que he hecho algo y no me gusta para nada eso.

Me han llamado por algo ¿no? Habla de una vez.

Bueno… quizás yo… hmmm… — duda.

Mira… — me interrumpe rápidamente.

Admito que no recupere mis cosas de buena manera, pero esa imbécil tomo mis cosas sin consultarme antes.

Cuida tu boca. No puedo creer que tenga que salvar tu culo de nuevo. ¿Acaso no piensas cuando haces las cosas?

¿Qué hay con tu boca? ¿Tú puedes y yo no?

No estamos discutiendo el hecho de mi vocabulario y que yo si puedo maldecir, sino el porqué demonios siempre tengo que poner la cara. Esta será la última vez…

— Hemos llegado, señorita Fabray. — Me avisa mi chofer antes de abandonar su lugar para abrirme la puerta.

Escúchame, ya estoy aquí. ¿Puedes por favor, comportarte los minutos que me tardare en llegar hasta ti?

Claro, jefa. Me comportare.

Sin más me corta la llamada antes de que pueda reprenderla por su actitud. Corre por su sangre, no hay nada que pueda hacer contra ello.


— ¿Puedes decirme que mierda hacemos aquí? — digo una vez que Santana destraba la puerta para que pueda subirme a su coche.

— Siguiendo a Quinn. ¿Acaso estas drogada? Es lo que me has pedido hacer. Decídete de una maldita vez.

— Te he pedido que la siguieras, no que vinieses al colegio de los niños. ¿Para qué demonios quiero estar aquí fuera? Me haces perder el tiempo.

— Cierra el pico y mira quién es la imbécil que cruza la calle. — Enfoco mi mirada y mis ojos no creen lo que ven. ¿Qué demonios hace Quinn aquí?

— ¿Qué mierda hace ella aquí? — logro formular la pregunta una vez que Quinn está segura sobre la vereda del colegio privado.

— No puedo creer que te estés tirando a esa tipa. Esta realmente jodida… — Sonríe intentando burlarse de mí pero mi ceño fruncido detiene sus bromas. — Bueno, creo que al fin podrás darme la razón. Ella no ha hecho más que verte la cara de idiota, Berry.

— No lo puedo creer… — susurro una vez que reconozco la silueta que espera por Quinn en la puerta. Me tapo la boca con la mano para ahogar la cantidad de malas palabras que deseo gritar al ver como la mujer la saluda amablemente, como si ya la conociese. Cierro mis ojos y me tiro hacia atrás contra el asiento de copiloto. Esa maldita se ha reído en mi cara todo este tiempo.

— Oye… espera… — Santana comienza a golpear mi brazo para que abra los ojos y vuelva a fijar mi vista en las puertas del colegio pero no quiero saber nada con ello. Solo quiero patear bien duro el culo de Quinn y Charlotte Fabray.

— ¿Qué mierda quieres? — grito de mal humor deshaciéndome de su agarre.

— Deja de hacer el idiota y mira… — Tironea de mí y apunta con su dedo la figura que entra al establecimiento detrás de Quinn, quien ya se ha perdido dentro y ha llamado nuestra atención. — Es… — balbuceo nerviosa sintiendo como mi garganta se seca — ¿Es… ella?