Todos los personajes pertenecen a Hidekazu Himaruya, sin ánimos de lucro
Capítulo 8
Tras alejarse un poco de Lovino, para poder tomar un breve respiro, Antonio abrió sus ojos verdes. Y allí estaba, lo que había creído desde un principio. No podía creerlo, tal vez era un simple sueño del cual no podía y no quería despertar. Pero, allí estaba contemplando una sonrisa, que tambaleaba, y no por ello, menos preciosa.
—¿Ves qué no fue tan malo? —comentó el español, quien aún sostenía la mano del italiano.
—Este, yo, bueno... —Lovino no sabía qué responder en lo absoluto, o al menos, las palabras no le salían de la boca.
—¡Ah, es que luces tan adorable! —opinó, al observar las mejillas coloradas de Romano.
—¡No digas eso, idiota! —exclamó enseguida, intentando inútilmente recuperar su orgullo.
El español rió de la reacción del chico de ojos color miel, mientras éste trataba de no reconocer que de hecho le gustaba el roce del primero. Sin embargo, sabía que dijera lo que dijera, la sonrisa que se le había escapado lo había dicho todo y no había forma de contradecir eso, lo cual era todo un conflicto para él.
—Entonces, ¿qué dices? —Antonio decidió arriesgarse, quería escuchar de la boca de Romano lo que le había parecido.
—¿Qué digo de qué? —respondió, haciéndose del que no entendía de lo que estaba hablando aquella sorpresiva visita.
—Sabes de lo que estoy hablando, Lovino —replicó inmediatamente antes de que el italiano se salga con la suya.
Romano miró por todas partes, no había forma de escapar de esa conversación en particular. Tampoco se le ocurría nada más, todo lo que le quedaba era enfrentar al español, quien estaba bastante contento. Aunque intentara negarlo mil y una veces, sólo estaría mintiendo.
Siguió pensando en qué podría hacer para zafarse de esa situación, cuando se dio cuenta que estaban a las afueras del apartamento. Tal vez podría tener un poco más de tiempo para inventar alguna excusa si invitaba al español dentro del piso.
—¿Por qué no entras? —preguntó tímidamente el italiano, ya que él no acostumbraba a recibir a nadie.
—¿De verdad me estás invitando a entrar? No te sientas obligado...
—Sólo hazlo, idiota —contestó, un poco frustrado ya que seguía intentando negar lo que sentía.
Una vez que había dado unos cuantos pasos dentro del lugar, se había dado cuenta que definitivamente era dónde Feliciano y Lovino vivían. Sobre todo, en la sala de estar, donde había un considerable desorden. El español dejó su chaqueta sobre el perchero, el cual estaba repleto.
Sin embargo, cuando se fijó en la cocina y en el comedor, todo estaba en un impecable y perfecto orden, lo cual confundió un poco al chico de cabellos oscuros.
Mientras había dejado que Antonio se acomodase en el apartamento, Lovino había salido al balcón. Todavía estaba pensando en cómo se había metido en semejante embrollo. La verdad es que nunca había experimentado nada parecido con otra persona, lo cual lo confundía aún más. Aunque suponía que era normal, no estaba listo para admitir nada.
El español vio que Romano estaba apoyado por la baranda de seguridad. Tal vez se le había ocurrido una pésima idea, pero quería sorprender al éste último. Así que fue directamente hacia él, sin hacer ningún ruido y trató de abrazar al chico de ojos color miel por detrás.
Repentinamente, Lovino sintió esos dos brazos y aunque sabía que Antonio estaba por allí, por un segundo, se asustó e instintivamente, golpeó en la nariz a éste último. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, empezó a desesperarse ya que no había esperado que éste se le acercara de esa manera.
—¡Maldición! ¿Por qué hiciste eso?—exclamó el hermano mayor de Veneciano, que no sabía qué hacer.
—Pensé que te gustaría... —respondió el español, mientras se tapaba la nariz por el fuerte puñetazo que había recibido.
—¿Estás bien? —preguntó el joven, quien no había creído que fuera para tanto.
—Sí, no es nada —el de ojos verdes le restó importancia al hecho.
En ese momento, sacó sus manos de su nariz, la cual estaba chorreando sangre. Lovino se quedó impactado y enseguida, reprendió a su visita, quien sólo sonreía, a pesar de que en realidad le estaba doliendo bastante.
—¡Te está sangrando, idiota! ¡¿Qué podemos hacer? —exclamó el exasperado Romano, a la vez que intentaba pensar en algo.
—No es nada, sólo iré al baño —replicó el español, al darse cuenta de la preocupación del otro.
Aunque no estaba muy convencido, decidió guiar a Antonio hacia el baño. Éste entró y Romano decidió esperarlo en la sala. Aprovechó el momento a solas para tratar de pensar claramente en lo que estaba empezando a sentir por su visita. Antes de todo lo que había pasado entre ellos, nunca le había importado demasiado otra persona más que sí mismo. Y ahora se encontraba preocupado por este chico, a quien sólo había accedido conocer para sacar a su hermano menor de encima.
Unos minutos después, salió Antonio, con una pequeña bola de algodón en una de sus fosas nasales para detener el sangrado y sin su camisa, ya que ésta tenía una enorme mancha y había tratado de lavarla en el lavamanos. Pese a que realmente estaba poniendo un esfuerzo en no reírse de la situación del chico, Romano simplemente no pudo resistirse.
—Te ves... —el muchacho le echó un vistazo de pies a cabeza al español y soltó de una vez lo que estaba haciendo esperar — Ridículo.
—Bueno, supongo que eso es cierto —contestó el dueño de aquella cafetería en la cual se habían conocido, con buen humor.
Éste se había sentado en el mismo sofá que Lovino, sólo que lo había hecho a una distancia prudencial, para no asfixiarlo. Miró a su alrededor, evidentemente alguien había estado pasando el rato allí, había un plato vacío, una copa de vino medio llena, servilletas usadas, entre otras cosas. Pero había algo que había sobresalido sobre todo eso y era una libreta con dibujos.
El hombre quiso tomarla, para ver el contenido de la misma. Sin embargo, en el mismo momento, que estiró el brazo para agarrarla, Romano la había tomado y puesto junto a su pecho, como si fuera un objeto preciado. Antonio miró a los ojos de éste, quien parecía bastante determinado a que no la viera nadie más que él.
—¿Por qué no me dejas verla? —preguntó con curiosidad el español al notar el recelo del italiano por aquel cuadernillo.
—¡Nunca! —exclamó y se levantó de allí.
—¡Oh, vamos! ¡Seguro que eres bueno! —replicó el español, quien estaba seguro de que encontraría la manera de convencer al otro.
—¡No! —volvió a gritar, no estaba a dispuesto a ceder en lo absoluto.
Sin embargo, Antonio dio unos cuantos pasos para aproximarse a Lovino y tratar de sacarla su tan preciada libreta. Pero éste no tardó nada en darse cuenta de los planes del primero, e inmediatamente salió corriendo de allí. Por supuesto, no recordó que el lugar no era demasiado espacioso como para andar huyendo y pronto se daría cuenta del error de cálculo que había cometido.
Romano se dirigió hacia el pasillo, donde estaban los dormitorios. Pensó que quizás, si se encerraba en su propia habitación, no había forma que Antonio pudiese tomar el cuadernillo en cuestión. Pero, apenas pisó cuando se resbaló y cayó estrepitosamente, gracias a la ropa que había dejado tirada y por no haber hecho caso a lo que le había solicitado el alemán con anterioridad.
Por su lado, Antonio al ver que el italiano estaba tirado en el suelo. Así que se dio cuenta de la oportunidad que tenía ahí enfrente y sin dudarlo, se abalanzó sobre éste. Claro que Romano no estaba dispuesto a ceder y siguió con lo que tenía en sus brazos. Los dos estuvieron peleándose un buen rato allí en el suelo, cuando el italiano notó lo que estaban haciendo.
Aunque solamente se trataba de un juego, sin otras intenciones, éste dejó la libreta y se ruborizó. Tenía encima al español, a ése que sabía cómo ponerle nervioso en un santiamén y por quien estaba empezando a sentir algo un poco más fuerte de lo que hubiera esperado. El otro aún no se había dado cuenta de la situación, hasta que vio al ruborizado italiano, que se había callado, de un momento a otro.
—¿Qué pasa, Lovino? ¿No te diviertes? —cuestionó Antonio, quien la estaba pasando bastante bien, a pesar del pequeño incidente.
—Antonio, yo... —no tenía la menor idea de cómo explicar la posición en que los dos estaban y lo raro que le parecía estar así.
—¿Eh? —Antonio no comprendía qué era lo que el otro le estaba tratando de decir.
Sin embargo, enseguida se fijó en el sonrojo del italiano. En ese instante, se dio cuenta que lo había estado acorralando con sus dos brazos, mientras que sus piernas estaban superpuestas. Antonio salió rápidamente de allí, ya que nunca había pensado en eso hasta aquel momento. Tomó cierta distancia del italiano y le dio la espalda, para regresar a la sala de estar.
—Lo siento, no pretendía nada de lo que crees —se disculpó el español, a la vez que regresaba a la sala de estar.
Lovino se quedó un rato tirado allí, en el piso de madera, meditando sobre lo que había pasado. Optó por no darle demasiada importancia, aunque en el momento se había sentido bastante raro, tal vez lo estaba pensando demasiado. Cuando regresó donde ya estaba Antonio aguardando por él, el incómodo silencio se adueñó de ambos.
En el preciso instante en que el español había decidido decir algo, el teléfono sonó. En un principio, Lovino no prestó atención al mismo, pero continuó sonando, hasta que finalmente se hartó y fue a atender. Estaba indignado de que le dejaran a cargo de todo, y estaba seguro que apenas viera a Feliciano y a Ludwig, se lo reclamaría, sin duda.
—¿Qué? —preguntó de manera bastante grosera.
—¿Eres tú, Lovino? —interrogó la otra persona, quien era bastante alegre de por sí.
—¿Eh? —la mente de Romano estaba en otra cosa, así que no reconoció de buenas a primeras al interlocutor.
—¿No eres capaz de reconocer a tu propio abuelo?
Romano se quedó callado por unos buenos instantes, al darse cuenta de su despiste. Aunque, por otro lado, no le importaba demasiado, ya que siempre había creído que éste tenía una mayor preferencia hacia su hermano menor.
—¿Qué quieres?
—¿No puedo llamar para saber cómo están mis dos nietos queridos? —cuestionó alegremente, pues ya sabía cómo lidiar con la forma de ser de Lovino.
—Sí, sí lo que digas —respondió de mal humor, pues ya quería terminar la conversación de una vez.
—Parece que estás algo ocupado, ¿o me equivoco?
—Sólo estoy con alguien —dijo el italiano, sin darle demasiada importancia en lo que estaba diciendo.
Hasta ese instante, Antonio había estado revisando el cuadernillo por el cual había luchado con Romano. Sin embargo, apenas escuchó eso, dejó de lado lo que estaba haciendo. Aunque no estaba enojado precisamente, sintió como si el otro estuviera simplemente jugando con él, como si fuera alguien más. Tal vez lo estaba entendiendo mal o quizás tenía razón, en realidad, no estaba seguro de que iba la charla.
Lo cierto era que estaba un poco frustrado y decidió retirarse. Pese a que le divertía estar con Lovino, éste aún se le resistía demasiado. Y carecía de ganas de andar jugando a las adivinanzas con éste. Ya era suficientemente grande cómo para decirle en la cara las cosas pero aparentemente ésto no lo iba a conseguir. Así que, quizás lo mejor para los dos, sería alejarse.
Tomó su chaqueta y se fue, sin avisarle de nada a Lovino. Éste continuaba hablando por teléfono, intentando librarse de su molesto abuelo. Pero cuando se dio la vuelta para ver qué estaba haciendo el español, no encontró a nadie. Se había quedado completamente solo. No entendía que era lo que había ocurrido, lo cierto era que no había rastro del de ojos verdes.
—Abuelo, llama más tarde —dijo el italiano y colgó el tubo.
Romano buscó por todo el apartamento, para ver si encontraba a Antonio. Tal vez había optado por jugar a las escondidas o algo por el estilo. Así que lo primero que se le ocurrió fue a buscar en su habitación o quizás en el baño, pero no había señales de éste.
Pese a que su voluntad le estaba diciendo que no, se forzó a sí mismo al golpear la puerta del dormitorio que compartían Feliciano y Ludwig. Escuchó algunos gritos dentro de la habitación, pero no le dio importancia. Quería una respuesta de ellos.
—¿Qué sucede, Lovino? ¿No estabas con Antonio o algo así? —preguntó un poco irritado el alemán.
—No sé dónde está, no lo estarán ocultando ustedes, ¿verdad? —cuestionó el italiano, que quería intentar culpar inútilmente al alemán.
—¿Por qué habría de tener a Antonio aquí? —Ludwig no podía comprender de dónde había sacado semejante idea.
—¡Entonces, muéstrame tu habitación! —le ordenó el muchacho.
—No creo que sea buena idea —dijo el rubio, quien trató de cerrar la puerta en la cara a Romano.
Feliciano estaba interesado en la conversación que estaban teniendo su hermano mayor y el alemán, así que, decidió abrir la puerta, para intentar también ser parte de la charla. En ese instante, Lovino se dio cuenta del error que había cometido al ir a preguntarles, ya que los dos sólo estaban en ropa interior.
—¿Qué pasa? —preguntó de manera inocente Veneciano.
—No debí preguntar nada —comentó un asqueado Lovino y enseguida, se fue hacia otro lado.
—¿Eh? —Feliciano, luego miró al alemán, quien tampoco tenía idea de lo que había pasado.
—No lo sé —dijo el rubio, al ver la situación.
Por su lado, Lovino había decidido asomar por el balcón, para intentar ver sí aún encontraba a Antonio. Éste estaba caminando de manera lenta, así que Romano aún tenía esperanza de poder alcanzarlo. Aunque con el estado físico que tenía, no sabía sí podría correr lo suficiente, ya que normalmente se cansaba enseguida.
—Soy un tonto, ¿cómo pude creer que le importaba algo? Aunque supongo que es mi culpa por esperar demasiado —pensó el español, algo deprimido.
Por alguna razón, optó por darse la vuelta y ver una vez más el apartamento de Romano. Decidió sentarse allí en la vereda por un rato, de todas maneras, no tenía mucho apuro por regresar a su tienda. La tarde seguía bella y calmada, aunque no había mucha gente que caminaba por allí. Sólo estaba él, a solas con todos sus pensamientos.
Tal vez pasaron unos diez o quince minutos, cuando de repente vio a alguien el horizonte, quien estaba corriendo. Pero evidentemente no se trataba de esa clase de personas que solían a trotar diariamente a esas horas del día. En realidad, aparentaba ser alguien que no tenía una gran resistencia física, aunque estaba dando todo su esfuerzo. Cuando volvió a mirar a la persona en cuestión, se dio cuenta que era Lovino.
Así que decidió acercarse, ya que obviamente éste estaba bastante cansado por el ejercicio. Romano estaba empapado en sudor y le costaba respirar, pero aún así estaba haciendo lo mejor que podía. Aunque, la verdad era que estaba bastante enojado con Antonio, por hacerle esforzarse de esa manera.
—¡Lovino! —exclamó el español —¿Qué se supone qué estás haciendo? —cuestionó, ya que no se le ocurría la razón por la cual éste haría algo como eso.
—¡Maldición! ¡¿Cuál es tu condenado problema? —gritó el europeo, con lo que le quedaba de fuerza.
Antonio se quedó impactado por el reclamo de éste último, quien intentaba recuperar el aliento. El italiano golpeó suavemente al español, para luego sentarse en la acera.
—Lovino, me gustas y mucho, pero creo que no podríamos ser más que amigos —explicó el de ojos verdes, con un poco de tristeza.
—¡¿De qué demonios estás hablando? —Romano estaba confuso, creyó que se estaban llevando bastante bien, así que no sabía por qué le estaba diciendo eso.
¡Gracias a todos los que me dejaron un comentario~!
¡Hasta la próxima~!
