-Jo…der…-exclamó Vaati cuando Zelda se reunió con él en la puerta del castillo.
Zelda se sonrojó un poco y bajó la mirada. No le gustaba que la piropeasen. Ella creía que una cara bonita no siempre era sinónimo de fortuna.
-Espero ir lo suficientemente arreglada para lo que tengas pensado-dijo Zelda, rodando los ojos de nuevo hacia él.
Vaati asintió con una sonrisa y le ofreció el brazo derecho, embutido en una chaqueta negra y una camisa celeste, adornada con una corbata morada.
-Vas perfecta, te lo aseguro.
-Gracias.
Vaati la guio por las calles de la zona alta de la ciudad hasta llevarla a un restaurante bastante lujoso. La entrada estaba adornada con dos macetas de cerámica blanca que servían de adorno y soporte a unos arbustos con flores en tonos lila, blanco y rojo. La puerta consistía en dos hojas de grueso cristal con sendos soportes de metal dorado. El umbral estaba recubierto por una pequeña techumbre con motivos recubiertos de pan de oro. Zelda parpadeó varias veces.
-Vaya…-dejó escapar cuando un maître les abrió la puerta para que pasaran.
Vaati la miró con una gran sonrisa.
-¿Te gusta?-preguntó el muchacho, acercándose con ella a un pequeño mostrador de madera de roble recubierta con una suave capa de barniz que hacía que el mueble brillase bajo la luz de la lámpara de araña que colgaba del techo.
Zelda estudió con detenimiento el pasillo blanco en el que se encontraban. La lámpara de araña solo era el comienzo de una larga fila doble de pequeñas lamparitas de a tres que indicaban el camino hacia un fantástico salón en tonos rosa pastel, borgoña y marrón chocolate. Zelda pudo captar que, al fondo, había una enorme cristalera y, a través de ella, se veían las montañas, iluminadas por la luz de la luna, que cubrían la Pradera de Hyrule, una vasta extensión de tierra fértil que separaba las diferentes ciudades y pueblos en los que se dividía el reino.
-Es increíble-admitió Zelda, deslumbrada.
Vaati le sonrió de nuevo y se dirigió al recepcionista, que comprobó su nombre en una lista de clientes VIP. Segundos más tarde, los guiaba por el pasillo y por en medio de las mesas hasta llegar a una esquina, apartada del resto del salón y cubierta por una cortina translúcida de color dorado. El recepcionista les abrió la cortina y le invitó a que pasaran. Zelda fue la primera en entrar y, tras ella, lo hizo Vaati. El muchacho le pidió al recepcionista que les mandase a un camarero para pedir la bebida y el hombre se fue tras una pequeña reverencia.
Zelda se acomodó en el mullido sofá que rodeaba la mitad de la mesa redonda sin dejar de mirarlo todo con los ojos como platos. Aquello no era simplemente lujoso. Era tan ostentoso que se sentía mal solo por haber entrado allí. Ella ya estaba acostumbrada al lujo e ir a aquel restaurante era como entrar en el salón comedor del castillo una noche de gala. Sin embargo, Zelda no había esperado otra cosa de Vaati. El chico era noble, estaba acostumbrado también a ese tipo de lujo y la princesa había dudado que le llevase a cualquier otro lugar que no fuera tan caro como en el que estaban. En resumen: Vaati no la había sorprendido en absoluto.
A pesar de todo, decidió darle un voto de confianza y esperar a ver cómo transcurría la noche. Al fin y al cabo, era su oportunidad para empezar a olvidar a Link y, tal vez, acostumbrarse a lo que sería su vida desde el mismo momento en que fue presentada al mundo como princesa heredera en edad de casarse.
Vaati fue a empezar una conversación cuando un camarero llegó a su mesa y les ofreció dos menús encuadernados en piel negra con el nombre del restaurante bordado con hilo de oro. Zelda escuchó al muchacho pedir el mejor vino de la casa y, a continuación, vio cómo el camarero asentía y se marchaba a por un par de copas, una cubitera y la botella de vino. Zelda pasó su mano derecha por la cubierta del menú ante los ojos atentos de Vaati.
-Eh-le llamó la atención el muchacho, preocupado-, ¿pasa algo? ¿Estás incómoda?
Zelda levantó la mirada de inmediato de la piel negra y sacudió la cabeza para deshacerse de sus pensamientos.
-No, no. Es solo que… todo este lujo-señaló el salón con una mano-, es impresionante.
-Creía que esto no te sorprendería-admitió Vaati, volviendo a sonreír un poco.
-Sí, bueno…-Zelda le sonrió de vuelta- En el castillo hay otro tipo de lujos. Este es más moderno, por así decirlo. Y es precioso-sacando fuerzas de flaqueza, le puso la mano izquierda sobre la rodilla derecha-. Muchas gracias por traerme aquí.
Vaati le cogió la mano y le besó la punta de los dedos. Zelda se removió un poco en el sofá forrado de piel.
-Gracias a ti por aceptar tener esta cita conmigo-repuso Vaati con una sonrisa sincera-. No esperaba que lo hicieras. Creía que me dirías que no o que me darías plantón el mismo día.
Zelda borró la sonrisa y se enderezó, intentando deshacerse del agarre de Vaati.
-Yo no hago eso-repuso Zelda con suavidad-. Si no quisiera estar contigo hoy aquí, te habría dicho que no desde un principio.
Vaati asintió con la cabeza. Justo en ese instante, el camarero regresó con tres copas, el vino y la cubitera. Zelda guardó silencio mientras veía cómo el camarero le sacaba el corcho a la botella y echaba el primer chorreón de vino blanco en una copa. A continuación, le sirvió a los comensales un poco en sus respectivas copas y esperó a que degustasen el vino. Vaati le dio su aprobación y, a continuación, el camarero les sirvió un poco más de la bebida y puso la botella dentro de la cubitera, llena de hielo y agua helada. Sin decir nada, se marchó por donde había venido con la tercera, a la espera de que la pareja se decidiera para comer.
-¿Sabes por qué ha echado el vino primero en esa copa?-le preguntó Vaati a Zelda, intentando impresionarla.
-Sí. Es una forma de asegurarse de que no cae nada de corcho en las nuestras.
Vaati se echó a reír.
-Exacto. No sé para qué te pregunto. Vives en un palacio.
Zelda rio también y se encogió de hombros. Vaati siguió bromeando para conseguir que Zelda se relajara con él y solo entonces ambos pidieron su cena. La princesa dejó que él fuera quien llevase el peso de la conversación hasta que se sintió lo bastante segura como para atreverse a sacar ella algún tema para hablar mientras cenaban.
Tras la cena, Vaati pidió dos porciones de tarta Selva Negra y, en cuanto acabaron, le pidió al camarero que cargase toda la cena a su nombre. Acto seguido, se levantó de la mesa y le tendió la mano derecha a Zelda para ayudarla a hacer lo mismo. La princesa la aceptó, algo achispada por el vino, y dejó que Vaati la mantuviera cogida de la mano mientras salían del restaurante y daban un paseo hasta llegar a un pequeño parque que apenas cubría una manzana de la calle.
Ambos entraron y se sentaron en uno de los bancos de hierro forjado que había junto a unos matorrales altos cubiertos de jazmín en flor. El aroma, la brisa cálida que corría esa noche de junio y la tenue luz de luna que les iluminaba hizo sentir a Zelda como si, por una vez, fuese posible tomar las riendas de su vida. Vaati le pasó un brazo por encima a Zelda y la acercó a él. La princesa no protestó, apenas consciente del gesto del muchacho.
-Es preciosa, ¿no crees?-dijo Zelda, con los ojos puestos en la luna llena.
Vaati solo la miraba a ella.
-Sí, lo eres-respondió en voz baja.
Zelda se dio cuenta del cambio en el verbo y giró su rostro para encararle.
-No, no lo soy-repuso, atontada por el alcohol-. No me digas que soy preciosa.
-Pero es que lo eres. ¿Por qué no puedo decirlo?
Zelda le puso un dedo en la nariz, pillándole por sorpresa.
-Porque mentir está mal. Y ella-señaló la luna con ese mismo dedo- te puede castigar.
Vaati rio un poco.
-Me parece que has bebido demasiado vino.
Zelda esbozó una sonrisa tonta.
-Sí… Yo también lo creo. Porque, fíjate si he bebido, que hasta sería capaz de besarte…
Vaati parpadeó un par de veces antes de reaccionar.
-Te aseguro que no protestaría si lo hicieras-confesó con voz ronca, inclinándose hacia ella.
Zelda volvió a reír. Empezaba a embotársele los oídos y su vocecita personal le reclamaba la atención precisa que requería el momento. Aquel chico se estaba acercando demasiado a su boca y ella no estaba haciendo nada para impedirlo. «Bah… Total, en algún momento tendrá que besarme otra persona, ¿no?», se dijo a sí misma. «A la mierda todo».
Sin pensarlo más, Zelda acortó la distancia que les separaba y plantó su boca sobre la de Vaati. Él acogió el beso con gusto y agarró la nuca de Zelda con firmeza para pegarla aún más a él. Zelda dejó que Vaati le abriera la boca con la lengua y explorara en su interior. Sintió que salía de su cuerpo y lo veía todo como en tercera persona. Se vio a sí misma subiéndose encima de las piernas de Vaati y montándose a horcajadas sobre él. Vio cómo Vaati le rodeaba la cintura con las manos y cómo ella le dejaba acariciarla por debajo de la blusa. Y, aun así, ella no hacía nada para impedirlo.
Porque una parte de ella solo quería borrar todo rastro de los dedos de Link sobre su piel. Necesitaba olvidar el momento en que la tocó por primera vez, en que su boca se apoderó de sus labios aquella fatídica tarde, días después de la fiesta de Nayru en Ordon. Ansiaba ser libre de aquella agonía de tenerle tan cerca pero, a la vez, tan lejos. No soportaba la idea de que se hubiera alejado por completo de ella, de que no fuera el mismo chico que la protegió desde el primer momento y que la eligió por encima de todo lo demás. Y Vaati era perfecto para ello. Tal vez, si se obligaba a amar a otra persona, podría sacarse a Link de las entrañas de su piel. Aunque aquella boca jamás supiera como la de él, aquellas manos no fueran suaves y ásperas al mismo tiempo, aquellos ojos no fueran del azul áureo de los cielos de Hyrule; aunque aquel cuerpo jamás se amoldara al suyo con una facilidad que rayase la perfección absoluta. Y, sobre todo, aunque aquel chico jamás llegase a tocar su alma como Link lo había hecho en apenas tres semanas.
En el momento en que se percató de que, aun besando a Vaati, no dejaba de pensar en Link, Zelda se separó de él, jadeando. Vio el brillo lacerado en los ojos de Vaati y supo que había llegado demasiado lejos. El alcohol le había nublado el juicio. Se había pasado de la raya… y mucho.
-Yo…-Zelda se llevó una mano a la boca y se quitó de encima de Vaati- Yo… Lo siento, no he…
-Tranquila-le aseguró Vaati sin dejar de mirarla y pasándose la lengua por los labios-. Yo tampoco he hecho nada para impedirlo, así que también es mi culpa.
Zelda desvió la mirada y se puso bien la ropa con los ojos anegados en lágrimas. «No. Ahora no. No te muestres débil. No puedes ser débil.», se repetía a sí misma una y otra vez como un mantra.
-Lo siento…-musitó de nuevo Zelda, aunque no estaba segura de si se lo decía a Vaati o al recuerdo de aquel chico rubio que se había convertido en un hombre diferente.
Vaati se movió en el banco y le puso una mano sobre la espalda.
-Eh, tranquila… No pasa nada…
-Ya lo creo que va a pasar-repuso una voz gangosa.
Zelda y Vaati alzaron la cabeza y vieron a un tipo fuerte con los ojos negros fijos en ellos dos y con un cuchillo de quince centímetros de hoja en la mano izquierda. Zelda se puso tensa de inmediato y echó de menos su florete. Vaati, a su lado, se enderezó y se puso en pie.
-¿Qué quieres?-inquirió Vaati sin rastro alguno de afabilidad.
-Rajarte de arriba abajo si no me das lo que quiero-le aseguró el ladrón, apuntando con el filo del cuchillo a Zelda-. De ella ya me encargaré después-prometió, esbozando una sonrisa asquerosa.
-¿Tú tienes idea de quién soy?-prosiguió Vaati, intentando amedrentar al ladrón, en vano.
-Sí. El gilipollas que va a acabar en el hospital si no me da la cartera y se quita de en medio para que pueda llevarme un buen premio esta noche.
Vaati se puso en ese instante entre el ladrón y Zelda.
-Me parece que no me has oído. Te he dicho que…
El hombre no le dejó acabar. Le dio un fuerte derechazo en el oído que le dejó desorientado y de rodillas. Zelda ahogó un grito y trepó por el banco al respaldo. Dio un salto hacia atrás y dio con los pies en el suelo. Uno de los tacones se quebró ante el golpe y le hizo trastabillar hasta acabar de bruces sobre el césped. Zelda miró a los lados, pero nadie pasaba por allí. El ladrón le dio una patada en el estómago a Vaati y se acercó a Zelda con una sonrisa lujuriosa. Zelda levantó el pie que tenía el zapato completo e intentó estamparle el tacón en la entrepierna, pero el ladrón fue más rápido y esquivó el golpe.
-Vaya, así que a la gatita le gusta jugar…-se puso sobre ella y empezó a subirle la falda con la punta de la navaja- Ya te he visto antes con ese gilipollas, subida en sus piernas como una perra en celo. Te gusta eso, ¿verdad? Te gusta que te la… ¡ARGH!-gritó el tipo al sentir un fuerte codazo en el cuello.
-A ti sí que te va a terminar gustando como no te quites de encima de ella ahora mismo-dijo una voz a espaldas del ladrón.
El tipo se revolvió sobre Zelda para mirar a los ojos a su atacante, pero solo se encontró con una rodilla que fue derecha a su barbilla. El rodillazo le destrozó la mandíbula y el ladrón empezó a escupir sangre.
-Joder, tío, tampoco era para hacer eso…-masculló el ladrón mientras se sujetaba la mandíbula y se echaba a un lado, de manera que Zelda dejó de estar aprisionada entre sus piernas.
Solo entonces Zelda se percató de quién la había salvado. Y solo quiso echarse a llorar de la alegría.
-Eso es poco para lo que tengo ganas de hacerte-escupió Link, rodeando a Zelda y buscando el cuerpo de su contrincante-. Lárgate ahora mismo si no quieres que termine de arreglarte la cara.
El ladrón le fulminó con la mirada. Se puso en pie de un salto. Link le desafió con la mirada, pero el ladrón se giró, dolorido, y empezó a desandar lo andado. Solo entonces Link se permitió volverse hacia Zelda y agacharse junto a ella. Fue a hablarle cuando sintió que algo se movía tras él. Con el rabillo del ojo, vio cómo el ladrón regresaba a la pelea empuñaba con más fuerza el cuchillo, abalanzándose sobre Link. Sin embargo, el ataque le duró poco. Link echó la pierna derecha hacia atrás y, con un movimiento fluido, le dio un codazo en el estómago que le dejó sin aire y le hizo abrir la mano izquierda. El cuchillo se precipitó sobre Zelda, pero Link lo agarró a tiempo por la hoja y se lo puso al ladrón a menos de un centímetro de los ojos.
-Me parece que no has entendido el concepto de "arreglarte la cara"-giró el cuchillo sobre la palma de su mano, ignorando el corte que se había hecho y la sangre que le chorreaba por el brazo- ¿Me lo quedo o te lo ensarto? ¿Qué prefieres?
El ladrón dio un paso atrás, atemorizado, y gateó hasta que pudo ponerse en pie y echar a correr, sin dejar de sujetarse la mandíbula. Zelda, que había presenciado todo el proceso en silencio, sintió que la sangre se le estaba subiendo al cerebro y cerró los ojos. Se olvidó del cuerpo dolorido de Vaati junto al banco y solo fue consciente de la mano sana de Link recorriéndose el rostro con los dedos, apartándole el pelo de la cara.
-¡Eh! Zelda, no te desmayes ahora…
-N… No…-respondió Zelda a duras penas- Solo… estoy…
-Mareada, ya…-completó Link- ¿Ahora eres tan aprensiva que te da miedo la sangre?
Zelda trató de reír, pero solo le salió un sonido extraño. Link negó con la cabeza, divertido.
-Eres un caso, Zelda…
La princesa alzó una mano y le dio un golpe suave en el brazo a Link, que miró la mano y la cara de ella alternativamente.
-¿Qué haces? ¿Con eso te vas a defender?
-Estúpido…-farfulló Zelda, abriendo un poco los ojos- No me dejes beber vino nunca.
Link estalló en una sonora carcajada y sintió que el cuerpo empezaba a relajársele. Zelda sonrió un poco y cerró de nuevo los ojos, dejándose llevar por la inconsciencia. Sin embargo, le pareció escuchar unas últimas palabras de Link antes de que la borrachera se la llevase al mundo de los sueños.
-No voy a dejarte nunca. Punto.
