CÁSATE CONMIGO

—Cásate conmigo —dijo él. No lo preguntó, no lo pidió. Solo lo dijo. Casi lo ordenó.

Shirayuki dio un paso atrás debido a la sorpresa y se llevó la mano al pecho, conteniendo una exclamación.

Pero luego frunció el ceño. Se limpió de nuevo las manos en el delantal. Acortó entonces las distancias con Izana, invadiendo su espacio personal, se puso de puntillas y, con gesto decidido y muy profesional, puso su mano en la frente del rey.

—Por los dioses, ¿estás enfermo? ¿Tienes fiebre, Aniue? —Izana retrocedió al sentir el contacto inesperado en su piel, pero la mano de Shirayuki siguió su movimiento—. Hmm… Pues no lo parece…

—Hablo en serio, Shirayuki —afirmó él, dando otro paso atrás y rompiendo ese contacto.

Un rey retrocediendo… Dos veces…

La mano de Shirayuki queda en el aire un momento más, hasta que la deja caer. Su preocupación por la salud de su cuñado fue olvidada y sustituida por una expresión de cautela.

—Que hablas en serio… —repitió como un eco.

Él asintió, ocultando sus manos atrás bajo el abrigo e irguiendo la espalda. Pero no dijo nada.

—¿Por qué? —preguntó ella al fin, rompiendo el silencio.

Izana alza la barbilla, reivindicando su orgullo y reconociendo el desafío en el gesto de Shirayuki.

—Esto no viene de la nada —añade ella—. Tú nunca das un paso porque sí, sin una razón. Todas tus acciones siempre son medidas y calculadas. Tú ya has considerado esto, Aniue, probablemente durante días… Así que dime, ¿por qué?

Cierto. Todo es cierto. Con Shirayuki no valen subterfugios ni pretextos. Con ella siempre ha de ir la verdad por delante. "Igual que con Zen…", pensó. Y sintió una punzada de añoranza en el pecho.

—Concordarás conmigo —comienza él— que ahora mismo la monarquía debe mostrarse fuerte, Shirayuki, o estaremos expuestos a intereses no deseados. La mejor solución es el matrimonio entre los dos Wistalia que sobrevivieron —ella se llevó la mano al corazón, un puño prieto y doloroso sobre el corazón—. No podemos permitirnos mostrar señales de debilidad ante las potencias extranjeras. Bastante afortunados fuimos con no haber sido invadidos en el tiempo posterior a la epidemia, Shirayuki —Izana camina ahora de un lado a otro, como quien habla consigo mismo—. Con la capital diezmada, no hubiéramos soportado ni un solo golpe. No estábamos en condiciones de nada. Ahora bien —y se detiene para enfrentar sus ojos verdes—, entiende que hago esto en beneficio de Clarines. Eres una princesa viuda, yo, un rey viudo. Debes casarte conmigo —concluye. Fin del discurso. Uso del imperativo.

Una orden.

Del rey.

—¿Debo? —pregunta Shirayuki, con la mandíbula apretada. El tono cortante no pasó desapercibido para Izana, por supuesto.

—Por el bien del reino —añade él, como si fuera obvio.

Su mano vuelve al corazón. Aprieta la tela como si así pudiera aliviar el dolor. Ella aún calla, dándose unos momentos para respirar. Para intentar serenarse. Pero no lo logra del todo. No lo logra en absoluto...

—¿Cómo puedes hablar tan fríamente? —Shirayuki adelanta el torso, alza la barbilla y estira los brazos hacia atrás. Es la postura desafiante que precede a la ira. Y no se hace esperar…—. Por el bien del reino, dices… ¡Es mi vida! ¡Tu vida!

—Es política, Shirayuki —replica Izana con voz neutra.

—¿Política? —pregunta ella—. Claro… Política… —y ríe entonces, con una risa triste y seca…

Ella da dos pasos atrás, buscando poner distancia. Él sigue allí, en el mismo sitio. A sus pies, el semillero aún espera ser atendido.

—Bastante transigí en mi vida a causa de la política. Me robó años de estar con Zen… Años de separación buscando mi lugar en el mundo para ser digna de estar junto a él. Por mí misma. Por ser yo —y se da dos golpes en el pecho con la palma abierta, para reafirmar sus palabras—. Yo, su igual, su compañera… —luego deja caer los brazos, cansados y sin fuerzas—. ¿Y ahora tú me hablas de política? Oh, sí, necesitas casarte. Por el bien del reino, por supuesto —el sarcasmo no es habitual en ella, y por eso, sus palabras se sienten como latigazos—. Cuán sacrificado eres, Izana. Y conmigo, nada menos… La apenas digna para un segundo príncipe ahora resulta digna para un rey…

Ella lo ha llamado por su nombre. Sus ojos se estrechan una décima de segundo, pero luego su mandíbula vuelve a cuadrarse.

—Mi vida da igual —responde él—. Es lo que se espera de mí… Necesito casarme —se encoge de hombros, aceptando su destino—. Mejor dicho, el rey, necesita casarse…

—Claro, porque tú nunca has sido dueño de tu propia vida —interrumpe ella.

Izana ignora deliberadamente las palabras de Shirayuki. Porque no, nunca lo ha sido. Su destino siempre estuvo escrito en los rectos renglones que llevaban al trono. En cambio, Zen, como segundo príncipe, logró el equilibrio entre su voluntad y la obligación de ser un Wistalia. A Izana nunca se le dio esa oportunidad.

—Sería un pacto entre tú y yo —continúa él—. Un acuerdo privado. No te necesito a mi lado más que en los eventos oficiales, y en las ocupaciones que te sean propias como mi reina. Eres la indicada, Shirayuki. Lo he pensado mucho, y debes ser tú.

Cobalto y esmeralda se miran. Los de él, fríos como el mar del norte, los de ella, reflejando las llamas de su cabello.

—No me lo puedo creer… ¿Todavía estás esperando por mi respuesta, verdad?

Él asiente, una vez más, sin hablar.

Ella endereza la espalda, cuadra los hombros y de nuevo clava sus ojos en aquellos tan iguales pero tan distintos a los de su Zen.

—No. No me casaré nunca.

Y se fue. Salió del invernadero sin dignarse a más.

Izana exhala el aire de su pecho con fuerza. Eso es toda la manifestación de protesta que se permitirá exteriorizar.

¿Rechazado?

Sí, rechazado.

¿A quién pretendía engañar?

Shirayuki jamás se casaría con él.

Pero es ella. Tiene que ser ella.

La brisa de la tarde se cuela por los ventanales abiertos del techo y sobre su frente persiste el eco del tacto de una mano fresca.