COLEGIO DE MICHIRU
La niña Michiru está sentada en el tercer escalón de la escalera a la izquierda de la cafetería.
Es la hora del recreo, y todos los niños están apretujados jugando en el patio. Antes de haber leído a Sartre, ya a Michiru le parecía una "masa gelatinosa color tamarindo" aquella congregación de adolescentes a la que ella no sabía pertenecer.
Nadie puede escapar de su individualidad
(A. Schopenhauer)
Mierda.
La última palabra de la última página de El Coronel no tiene quien le escriba. Michiru se había terminado ese libro, al igual que, uno a uno, todos los otros libros de la biblioteca del colegio, y ahora no tenía nada más para leer. Y todavía quedaban 30 minutos de recreo. Así que se levanta y se dirige a la biblioteca, donde sólo se encuentran la bibliotecaria tetona, la sobrina de ésta y una profesora. Michiru toma un diccionario, no teniendo más nada más a qué echar mano, y cuando se dispone a sentarse pacíficamente a leerlo, la bibliotecaria ruge:
-¡Michiru, te he dicho que el recreo es para jugar! Deja ese libro donde estaba y vete al patio, como lo hacen todos los niños.-
¡En cualquier parte,
con tal que sea fuera de este mundo!
(Baudelaire)
La niña pone el diccionario en su lugar y sale, sin mediar palabras, obedeciendo por inercia. Se queda entonces de pie en el pasillo, entre la biblioteca y el patio, sintiéndose como exiliada, no pudiendo estar en un sitio y no queriendo estar en el otro. Con las manos agarradas tras la espalda, mira hacia el suelo, topándose su mirada con una piedrecita de tamaño suficiente como para ser pateada por sus alpargatitas viejas. La patea, y unos zapatos negros aparecen frente a sus ojos.
¿Por qué estar solo
para estar siempre más solo?
(el/la poeta)
-¡Hola Michiru! ¿Cómo estás?- Le saluda la profesora que se encontrara en la biblioteca hacía unos momentos, muy amena y sonriente. Ella no logra responderle de inmediato. Más bien, está paralizada, asombrada, se pregunta por qué esa señora la saluda, cuando nadie nunca la saluda, y cómo ella sabe su nombre, y qué hace trayendo entre sus manos el diccionario que… -¿Querías esto?- Le pregunta, en vista de que Michiru no le responde, extendiéndole amablemente el diccionario que hacía unos momentos ella quiso tomar. Michiru mira a esta mujer como estudiándola, examinándola, de la misma forma que lo haría una fierecilla silvestre ante la presencia de una niño curiosa que se le acerca.
[…]Este nuestro mundo humano
que quita el pan a los pobres,
y a los poetas la paz
(P. P. Passolini)
-Sí… Gracias.- Responde Michiru, tomando desconfiada este objeto que le extienden, y abrazándolo contra su pecho cual si temiera que, una vez entregado, se lo fuesen nuevamente a quitar.
-No hay de qué.- Le dice, sonriéndole ampliamente, y ahora extendiéndole la mano. – No me he presentado, me llamo Haruka.-
-Lo sé, usted es la nueva profesora de Historia que va a sustituir a la profesora V… ¿Cómo sabe mi nombre?-
-¿Cómo sabes tú el mío?-
-Porque es la profesora.-
-Pues porque eres mi estudiante.-
-Pero hay decenas de estudiantes.-
-Pero ninguno es tan aplicado e inteligente como tú.- La niña se sonrojó. Aquello que Haruka le había dicho, tenía un nombre… Ella lo había visto entre las personas, y en la televisión, pero nunca le había pasado a ella. Aquello era… Aquello se llamaba… Halago. ¡Exacto, la habían halagado! Y se sentía bien, es bonito que a una la halaguen. Michiru sonrió, y con esa sonrisa su rostro pareció iluminarse, e iluminarse también todo a su alrededor. A ella le gustó ser halagada por esa señora que le extendió la mano para saludarla, pero que ella dejó…
-¡Perdón! ¡Le dejé la mano tendida!- Exclamó Michiru, estrechando su mano.
-No hay problema, pero la próxima vez no la aprietes tan fuerte.-
-¡Perdón!- Volvió a disculparse, soltándole la mano asustada. Haruka se echó a reír, pareciéndole esta conducta de lo más graciosa, mientras que Michiru no pudo haberse sonrojado más.
-Y cuéntame, ¿qué tarea vas a hacer con ese diccionario?-
-Ninguna.-
-¿Y para qué lo quieres entonces?-
Michiru medita antes de responderle.
Toda palabra dicha despierta una idea contraria
(J. W. Goethe)
-No se lo vaya a decir a nadie, por favor, que si los demás se enteran, se burlarán de mí.- Haruka asiente. Michiru mira a ambos lados, asegurándose de que no haya nadie escuchando, y prosigue: –Quiero leer el diccionario.-
-Bueno,- le dice Haruka, comprensiva -eso no tiene nada de malo, es sólo que en la biblioteca deben haber otros libros más divertidos. Por ejemplo, hay unos cuentos de Juan Bosch…-
-Ya los leí.- Interrumpe Michiru. –Leí esos y todos y cada uno de los libros de la biblioteca. Incluso leí la Biblia, y no es que me interesara leerla. Además, tampoco es que esa biblioteca tenga tantos libros. Yo vi un documental en la televisión que hablaba de que existió una biblioteca en Egipto, en la ciudad de Alejandría, que fue la biblioteca más grande del mundo antiguo, tenía casi un millón de rollos de diferentes materiales, todos escritos a mano, y fue quemada por gente muy religiosa que creía mucho en Dios, y al parecer Dios odia los libros. Cuando crezca, quiero ir a Egipto a visitar la Nueva Biblioteca Alejandrina, es una versión de la antigua biblioteca construida en el mismo lugar donde se supone… Hablo demasiado, ¿verdad?-
-Un poco, pero te comportas como si no tuvieras a nadie con quien hablar. ¿Por qué pasas tanto tiempo sola? La bibliotecaria tiene razón, deberías ir también al patio a jugar con tus amiguitas. Siempre te veo en la escalera o en el aula leyendo algo, y escabulléndote dentro de la biblioteca en un horario que no debes, sólo para hacer enojar a la bibliotecaria.-
Michiru calla por unos instantes. Clava en Haruka su mirada desafiante, llena de rabia, incluso pareciera que romperá a llorar.
El hombre entra en la multitud
para ahogar el clamor de su propio silencio
(R. Tagore)
-¡Yo no le agrado a los demás, y los demás no me agradan! Las cosas de las que hablo, no son de su interés, y yo no logro sostener una conversación sobre las cosas triviales que a los demás les interesan. Se sienten felices y contentos con el mundo porque tienen la cabeza hueca, y como lo ignoran todo, no sufren por nada. ¿Crees que yo no he intentado ser como los demás? ¿Que no he leído revistas de moda o me he sentado a mirar una telenovela, tratando de alienarme e idiotizarme y ser como las otras niñas? Pero no lo logro, y no puedo estar contenta y feliz en el mundo porque el mundo está mal, las personas débiles son lastimadas quien es más fuerte sin otro motivo que para sentirse aún más fuerte y poderoso… Pero en los libros, el mundo no es así. Las personas débiles encuentran la manera de volverse fuertes y hacer que la gente mala pague por todo el daño causado. Por eso paso tanto tiempo sola, y prefiero vivir dentro de los libros en lugar de en este mundo, donde las personas no meditan si las cosas son buenas o no, solo actúan como autómatas, acatando y reproduciendo lo que está establecido como normal.- Suena el timbre. Ha acabado el recreo. Michiru le regresa bruscamente el diccionario a Haruka. -Las niñas normales no leen diccionarios, ¿verdad?- Se marcha, furiosa y triste.
La rebeldía es la virtud original del hombre
(A. Schopenhauer)
¡Extra omnes!
Michiru calla por unos instantes. Clava en Haruka su mirada desafiante, llena de rabia, incluso pareciera que romperá a llorar.
-¡Yo…!-
No sé si mi pobre cabeza va a poder resistir estos embates
(M. De Unamuno)
-¿No tienes amigos?-
-¡Y qué si no tengo!-
-Entonces yo podría ser tu amiga.- Michiru no lo podía creer. No sabía qué decir. ¿Qué clase de persona querría ser su amiga? Y era la primera vez que alguien se ofrecía a ser su amiga. ¿Cómo se suponía que debía reaccionar? –Ven, dame ese diccionario.- Le dijo Haruka, sacándola de su asombro. Ella se lo dio, y él tomó del interior de su maletín plástico transparente, un libro que puso entre sus manitas. –Es La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset. Es un ensayo sociológico y filosófico, tal vez algo pesado para tu edad, pero puedes leerlo despacio, tómate todo el tiempo que necesites, no hay prisa, y me lo devuelves cuando termines.-
Un libro que no soporta dos lecturas
no merece ninguna
(J. L. Martín Descalzo)
Suena el timbre. Ha acabado el recreo. Michiru aprieta con fuerza este libro contra su pecho.
Aquel día soleado de noviembre, Michiru experimentó la dicha de la que tanto hablan los libros que había leído, que se experimenta cuando se tiene un amigo. En su rostro dibuja una sonrisa amplia, inocente, luminosa, fresca.
Tiene el leopardo un abrigo
en su bosque seco y pardo…
(J. Martí)
-¡Gracias! ¡Muchas gracias!- Exclama con emoción infantil, casi dando saltos de la alegría.
-Tienes una sonrisa preciosa, deberías sonreír con más frecuencia.- Le dice Haruka, haciéndola sonrojar por completo. Él no puede menos que reírse. –Ven, ya el timbre sonó, vamos al aula.-
Justamente, ella debía dar clases en el aula de Michiru en ese momento, así que entraron juntas, encontrándose con que los demás niños tenían preparado un gran alboroto con la excusa de que el fin de semana había sido el cumpleaños de Haruka. No obstante, les ordenó a todos sentarse, sin permitirles ni siquiera cantar Las mañanitas, e impartió su clase con toda normalidad.
Milla23: Me complace sobremanera saber que aprecies tanto este fic, su trama y estructura. Y en efecto, Haruka tiene 33 años recién cumplidos, Ami tiene 25 y Michiru tiene 15. Eres la primera persona en hacer review, así que quedo de ti inmensamente agradecida.
