Capítulo 6: Caída parte I

"La intensidad de la angustia es proporcional al significado que la situación tenga para la persona afectada; aunque ella ignore esencialmente las razones de su ansiedad"

Karen Horney

Cuando Minato conoció a Kushina, la relación con su madre daba los primeros pasos. El trato entre ambos siempre fue frío, pero alcanzó su punto más álgido cuando él llegó a la edad adulta. Para ese entonces él pagaba el alquiler de un piso en Konoha, a razón de sus estudios universitarios que apenas iniciaban. Siendo su infancia —desde que tenía memoria— un constante tira y afloja entre dos padres divorciados que se peleaban por él, ese momento en el que logró zafarse de ambos significó un nuevo comienzo para su vida.

La puja por su custodia, contra todo pronóstico, siempre se inclinó hacia su padre. A pesar de Minato haberle visto por última vez casi seis años atrás —cuando su progenitor decidió salir del país junto a la familia que formó cuando se separó de su madre—, no le costaba ningún esfuerzo recordarlo. Era un hombre obstinado, terco y de principios fuertes; llevaba a la realidad todo cuanto ideaba, por muy difícil que pareciera. Era un padre atento, pero estricto y exigente. Muchas de las cualidades y defectos que poseía, se los había traspasado a él; lo que no compartían en lo físico, sí lo hacían en manera de pensar y caminos de vida que decidían tomar.

Con su madre nunca sintió gran afinidad. Ella, por razones que Minato jamás llegó a entender, siempre buscó maneras legales de recuperarlo, pese a mantenerse al margen de su día a día. De niño él creyó que sus motivaciones respondían a esa extraña necesidad de ganar a su padre en todo, pero cuando se independizó —y ella empezó a buscarlo, como si quisiera recuperar algo de todos los años perdidos—, desechó esa idea. Poco a poco, con mucho recelo por su parte, él fue abriendo espacio en su vida a la mujer que lo trajo a ese mundo.

Cuando tomó la decisión de casarse, muchos años después de conocer a Kushina, el único entusiasmado en su familia fue su padre. Él jamás mostró desagrado con ella, el trato entre ambos se mantuvo siempre en una mutua cordialidad y respeto. Con su madre fue otra historia, pero ella jamás se lo dijo en palabras. Quizá no se creía con el derecho de opinar cuando prácticamente las había conocido a ambas al mismo tiempo.

El papel que en su infancia, adolescencia y juventud ocuparon sus padres, se había invertido. Nunca creyó que al llegar a la edad en que estaba, sentiría tal exigencia de tenerlos como consejeros. Con países enteros separándolo a él y a su padre, su madre era la única opción para pedir orientación, para contar esas dificultades que no veía cómo resolver. Por eso, cuando una llamada internacional lo despertó mucho antes de salir el sol esa madrugada, Minato recordó que debía poner al tanto de las últimas noticias a su padre.

—No creí que fuera tan grave.

Tanteó en la oscuridad hasta dar con el interruptor de la lámpara más cercana. El suave haz de luz iluminó una habitación chica sin mucho mobiliario más allá de una cama, un ropero y una mesa de noche. La puerta a medio cerrar dejaba entrever dos maletas apoyadas en el pasillo del apartamento. Al verlas, Minato dejó escapar un suspiro y decidió ir por un vaso con agua.

—Sí, bueno, durante un tiempo creí lo mismo.

—No te caracterizas por tomar decisiones apresuradas. Debiste pensarlo mucho.

Llegó hasta la cocina y accionó el interruptor de la luz. A diferencia de la habitación, equipada únicamente con las pocas posesiones que había sacado de su hogar, esta porción del apartamento se hallaba a rebosar. Todo limpio y en orden, como a él le gustaba que permanecieran las cosas; la armonía entre cada detalle era algo que él perseguía tanto en el plano material como el espiritual. Quizá por esa razón le sacaba de sus casillas cuando los acontecimientos tomaban caminos que él no planeaba.

—Lo hice, creo —respondió, agarrando un vaso de cristal—. Y me siento tranquilo dentro de lo que es posible.

Escuchó un suspiro de su padre antes de llegar el silencio. Minato aprovechó esos segundos de quietud para tomar un trago de agua fría. Ni siquiera así logró despertarse por completo; calculaba, por el ambiente helado y la oscuridad tras las ventanas, que había dormido menos de una hora antes de la llamada.

—Es una lástima todo esto. Nunca creí que… Bueno, sabes a lo que me refiero. Lo de ustedes parecía genuino.

Minato rodó los ojos pero no dijo nada al respecto. Su padre tenía una manera peculiar de clasificar las relaciones; para él no existían términos medios, si algo era genuino funcionaba y si no lo era, estaba destinado al fiasco. Resultaba curioso que un sujeto con la cabeza tan puesta en su sitio, fuera tan inflexible en un asunto que incluía la versatilidad de los sentimientos y emociones.

Recreó en su mente los rasgos inflexibles e inteligentes de su padre y les agregó las líneas de edad que seguramente había adquirido durante el tiempo que llevaban sin verse. Imaginó su cabello cobrizo, siempre en su sitio, veteado con canas que se reproducían a una velocidad alarmante. No pudo evitar desear ser un niño de nuevo y descargar en otros los problemas que arrastraba día tras día. Darle forma a ese deseo imposible le formó un nudo de ansiedad en la garganta.

—No importa —determinó, caminando fuera de la cocina aún agarrando el vaso. Llegó a la pequeña sala de estar y se sentó en un sillón, con los ojos fijos en la pared desnuda—. Me preocupan otros asuntos.

—¿Cómo qué?

Como recomponer su vida, por ejemplo. Se había casado joven, cuando su vida se resumía en establecerse en un lugar, encontrar trabajo y dar forma a las aspiraciones que existían en su imaginario. Cuando profesión y familia empezaban desde cero. Ahora era distinto; ya se había acostumbrado a un estilo de vida, ya tenía bienes materiales, estaba a un paso de hacer realidad sueños que siempre buscó, pero que de repente se hacían imposibles.

No era lo mismo empezar una carrera con la meta fija al frente, a detenerse en el camino dándose cuenta que había sido un error tomar ese, desechar lo que había obtenido, desandar lo recorrido y probar otra salida. Pasaba por un momento crucial en el que las bases sobre las que había construido su vivir, se tambaleaban y le ordenaban hacer a un lado lo que le rodeaba y emprender otro trayecto como si nada hubiera sucedido.

Sabía a lo que se enfrentaba cuando dejó su hogar. Sabía qué vendría antes, durante y después de divorciarse. Sabía lo que significaba cambiar de ciudad y país, en caso de que las cosas se dieran como tenía planeado. Analizó los pros y los contras mucho antes de dar el primer paso y comunicar que quería cortar con todo, pero eso no lo exoneraba de sentirse a la deriva en una tempestad. En ese instante él era como un marinero que luchaba contra las olas para mantenerse a flote, que veía sus suministros naufragar en el océano, pero deseaba con sus fuerzas menguadas que el sol saliera, sin tener idea de cómo se mantendría con vida el tiempo suficiente para hallar cobijo en la intemperie.

—Quizá me esté complicando de más.

—No es una situación para la que estemos preparados.

Minato quiso contestar, pero se detuvo a considerar esas palabras. Si había sido difícil para un hombre como su padre —que se casó sin realmente desearlo— ¿Cómo no iba a serlo para él, que había dado ese paso convencido de poder hacer realidad una utópica vida llena de luz?

Frotó su rostro y respiró hondo. Guardó, como siempre, las alarmas que se encendían una tras otras dentro de sí. Fue algo mecánico; el aire entro a sus pulmones arrastrando sus dudas, las encerró en el baúl de sus miedos y al salir lo llenó de un alivio momentáneo al que se estaba volviendo adicto. De esa manera no estaba resolviendo sus problemas internos, pero a ojos del exterior se mantenía de una pieza. Con eso le bastaba, ya se ocuparía después de lo que tenía dentro.

—Debo descansar. Tengo pendientes de más en el trabajo.

Sintió la vacilación de su padre y se preparó para sus palabras. Contrario a los discursos de su madre, estos nunca los recibía con disgusto.

—Asegúrate de estar haciendo lo que en realidad deseas.

—Lo estoy haciendo.

Su padre suspiró.

—¿Estás seguro? Cuando sea una realidad difícilmente se podrá cambiar.

Minato vaciló, buscando las palabras correctas. Las escogió con cuidado y dio voz a las frases.

—Es lo mejor, padre. Créeme que si hubiera otra salida, otro modo… ya lo habría encontrado.

—¿Entonces lo haces porque es lo mejor o porque lo deseas?

—Deseo hacer lo mejor.

Pudo adivinar que el otro hombre sonreía desde su lugar. Volvió a sentirse anhelante de sus épocas infantiles, cuando todo era mucho más sencillo. Cuando su padre era el portador de todas las soluciones que necesitaba.

—Que descanses, hijo.

Permaneció con el móvil contra su oído después del corte de la llamada. Con los ojos cerrados y el cansancio apoderándose de sus sentidos, le pareció que no había problema con dormir en el sillón. Quizá cuando amaneciera su espalda protestaría con cualquier movimiento, pero en ese instante era su última preocupación. Se dejó llevar por el silencio, por el sopor de la oscuridad, por el abrigo helado de la madrugada. Hubiera caído dormido de inmediato de no ser por la notificación de un mensaje entrante que hizo vibrar su celular.

Encendió la pantalla del móvil, con los ojos pañosos del sueño. A duras penas comprobó que eran las tres y pasadas de la madrugada, antes de deslizar la barra de avisos. Hecho esto presionó sobre los chats pendientes y alborotó sus cabellos, desperezándose. Su mirada barrió de forma lenta los mensajes sin abrir, buscando algo que indicara urgencia; no encontraba otro motivo para que a esas horas quisieran intercambiar textos con él. No obstante, lo único reciente que encontró fue el llano saludo de un número desconocido.

Frenó el impulso de contestar, cuando su dedo se dirigía hacia el chat en cuestión. Se debatió internamente entre iniciar una conversación con las ideas espesas o dormir y contestar cuando el sol ya hubiera asomado en el horizonte. La balanza se inclinó totalmente hasta la segunda opción, de modo que sin más mediaciones, se dispuso apagar la pantalla.

Pero algo lo detuvo.

Como si un muerto empujara la tierra desde dentro y sacara sus manos a la luz del sol, un chat que llevaba semanas sin abrir subió al principio de la lista con mensajes nuevos. El cansancio que sentía se evaporó al instante que sus ojos dieron con la fotografía de usuario, el nombre y el número dos rodeado de verde, indicando la cantidad de textos recibidos.

Su mirada se llenó de desconcierto en breves segundos. Parpadeó, cuestionándose si el sueño le estaba jugando una mala pasada; pero las dos frases no se diluyeron por mucho empeño que puso en ello. No tuvo tiempo de digerir el sobresalto de sus latidos, cuando ya sus dedos escribían una respuesta.

Es un poco tarde para estar en línea, ¿no crees?

O un poco temprano, depende de cómo se mire.

Yo podría decir lo mismo de ti.

Nunca fuiste de las que trasnocha por el celular.

Ya, en realidad desperté hace poco.

Dudo poder dormir ahora.

Era, literalmente, la conversación informal más larga que tenían en el último mes. Cuando decía que ese chat no se usaba en semanas, no exageraba. Si era difícil hablar en persona, lo era más —por algún motivo—, hacerlo tras la protección de un aparato electrónico.

La imaginó escogida sobre la cama, con las mantas hasta los brazos y su rostro níveo iluminado por el móvil. En su mente casi podía sentir el calor de su piel, la intensidad de su mirada en la oscuridad, el aroma de su cabello envolviéndola. No supo si recrearla en la escena sonriendo, apretando los labios o frunciendo las cejas. Desconocía la razón de su repentina conversación, pero al menos no parecía enfadada.

¿Pesadillas de nuevo?

Una tras otra. Hace noches no sucedía.

Entonces se trataba de eso.

Minato suspiró, descargando el móvil sobre el reposabrazos. Pasó una mano por su rostro y talló sus ojos, como quien se siente exhausto de repetir la misma rutina, a pesar de saber que no lo llevaba a buen puerto. Por un momento se planteó borrar el chat e irse a descansar, abstenerse de empezar el ciclo demoledor de siempre, pero era una actitud que no iba con él. A pesar de que ella se portaba amable con él simplemente cuando lo necesitaba, aún no estaba preparado para darle la espalda.

Estaba mal, lo sabía. Era momento de empezar a dejar las cosas claras, de ir cerrando fases. No podían ir por la vida peleando, discutiendo e insultándose de muchas maneras, pero hacer como que no pasaba nada cuando a ella le convenía. Era desgastante tanto física como psicológicamente. Lo correcto, se dijo, era que ella aprendiera a superar sus crisis con lo que tenía a la mano. ¿Qué lo detenía de decírselo, de hacerle ver que él no quería formar parte de sus asuntos?, el hecho de que ella estaba completamente sola. Si no era él, ¿quién más podría ayudarla?

Como tantas otras veces esa noche, respiró hondo para después buscar entre el pozo de sus menguadas fuerzas, algo a lo qué aferrarse. Sólo entonces agarró el móvil e inició una llamada. Kushina contestó casi de inmediato. Su voz congestionada le hizo saber que, efectivamente, ella se encontraba muy afectada por algún motivo.

—No debería molestarte con estas cosas.

—No importa. ¿Qué pasó ahora?

La mujer inspiró profundo.

Estaba… estaba tomando somníferos —empezó, bajando el nivel de su voz con cada palabra—. Esta vez no funcionaron.

—Contigo nunca lo hacen por mucho tiempo —acotó—. ¿Hay algo más que te tenga mal?

Ella guardó silencio. Minato supuso que estaba pensando una respuesta o ideando cómo poner en palabras lo que sentía.

He estado pensando en medicarme. Ya sabes, así como antes. Todo esto… me está ahogando.

—Es una decisión algo apresurada, ¿no crees?

—No lo sé. Pero me conozco, estoy casi al límite. En cualquier momento la ansiedad me ganará… y ya sabes cómo es.

Apretó el puente de su nariz, como si esa sencilla acción le ayudara a concentrarse. Sobrevino sobre él, nuevamente, la sensación de que no debería estar teniendo esa conversación. De que no debía estar saliendo en su ayuda. No de nuevo. No en esas circunstancias.

—Recogiste tus cosas anoche.

—Te esperé un rato para no hacerlo sin que estuvieras presente. Demoraste y…

No me atrevería a reprochar algo ahora. —Interrumpió en un susurro débil—. Después de hablar en la mañana supuse que harías algo así. No soy tonta para creer qu-ue lo que dije arreglaría algo.

Minato se inclinó hacia adelante y cubrió su rostro con la mano libre. Ahí, envuelto en oscuridad y silencio, tuvo que apretar los ojos por causa de las muchas emociones contradictorias que picaron en su cuerpo, en su pecho, en sus dedos. Se sintió encadenado y amordazado dentro de él mismo.

La escuchó aspirar por su nariz congestionada. Después su voz imprecisa, vacilante y temerosa llenó la estática.

—¿Sigues ahí?

—Te acostaste con ese tipo.

A las afueras de la ciudad, acurrucada entre las sombrías brumas de su vivienda, Kushina tapó su boca y apretó el móvil. Buscó las palabras, tratando de combatir su agobio. Deseó poder sentirse valiente, pero el espanto de la incertidumbre era mucho más fuerte.

—No es así. Te lo expliqué. Yo…

—Da igual. Esa noche lo ibas a hacer —soltó, como si escupiera—. Tus amigas me hablaban de ti, ¿te enteras? Nunca quise creerlo y nunca lo habría hecho de no ser porque tú misma lo confesaste.

Kushina jadeó. Él casi podía verla estrujando las cobijas, agarrando su cabello carmesí, apretando su rostro rojo y húmedo. Casi podía sentir su pánico, pero no le importó.

—Puedo tratar de entender muchas cosas. Puedo incluso aceptarlas sin estar de acuerdo. Más que nadie sabes lo paciente que llego a ser, lo mucho que soy flexible, pero esto es demasiado.

No te estoy pidiendo que me entiendas…

—No. Claro que no lo haces. Así de enseñada estás a que te complazcan en todo. Crees que los demás no merecemos una explicación por lo que haces, como si fuera nuestro deber aceptarlo y ya.

Podía estar siendo cruel. Podía estar actuando impulsado por el enfado. Pero nadie podía quitar que estaba siendo honesto con él y con ella, por primera vez en meses. Sintió que algo dentro de sí se agitaba, tratando de romper una de las muchas cadenas que lo ataban. Los grilletes chasquearon, las ligaduras temblaron. Era doloroso, pero le hacía sentirse vivo.

Llegó un momento en el que no parecías interesado en nada de lo que me sucedía. —Kushina replicó. Fue un susurro que carecía de toda la fuerza y viveza que la adornaban cuando se conocieron—. Me evadías para no enterarte de lo que me pasaba. Te sentía tan l-lejano a pesar de ten-nerte cerca. Tu actitud me empujó a todo esto.

Minato calló. Regresó el tiempo en forma de recuerdos, juzgando sus acciones. Reconocía sus errores, mientras los cometía era consciente de ellos, pero consideraba que no pudo actuar de otra manera. Si volviera al pasado, actuaria de la misma forma. Eran sus experiencias, sus decisiones, y a diferencia de Kushina, no culpaba a los demás por ellos.

—Eres egoísta —acusó—. Sólo piensas en ti misma.

Ella inspiró, como si le hubieran asestado un golpe bajo.

—¿Cómo puedes ser tan infeliz? Yo estaba... Yo no podía… Fue difícil.

—¿Y crees que sólo lo fue para ti?

Esperó una respuesta, pero sabía que la había dejado en blanco. Él conocía sus debilidades y fortalezas. De la misma manera que podía estimular sus mayores cualidades para ayudarla, si se lo proponía, también tenía a la mano todas las herramientas para destruirla.

No puedo ser lo que esperas de mí.

De Minato escapó un resoplido irónico. Tuvo que recurrir a su autocontrol para mantener su voz en un nivel bajo.

—Si no sabes ni qué esperas de ti misma, mucho menos vas a saber lo que esperan los demás.

—¿Cómo? Kushina dudó—. ¿Qué te sucede, Minato?

La diminuta parte suya que había decidido mantenerse neutral, notó que además de indignación, la voz de Kushina traslucía confusión. Ella no estaba del todo segura cómo responder a su inesperada agresividad. Enfrentar a un Minato que regurgitaba palabras hirientes, que se mostraba deseoso de causar daño —sobre todo a ella—, nunca pasó ni en sus más remotos sueños.

—No quiero escucharte, Kushina —replicó simplemente. No la insultó, pero el tono de sus palabras lo hizo parecer de ese modo.

No puedo creer que me estés hablando así.

—Debes hacerte a la idea, entonces. Ya te he dicho que estoy harto de todo —declaró—. Estoy harto de ti. No me escribas, no me llames, no me busques a menos que sea imposible evitarlo. Quiero tener el menor contacto contigo hasta que todo esto acabe.

Para completar su insólito arrebato, sólo bastaba colgar sin esperar respuesta. Aún sentía ira bombeando desde su corazón, violencia cegando sus sentidos, resentimiento coloreando sus emociones. No podía darle nombre a todo lo que llenaba su alma, pero hubo algo que creció sobre lo demás; decepción. Hacia ella, hacia él, hacia la vida misma.

Kushina no dijo nada al principio. Él la oyó sorber, conteniendo la angustia. Estaba tratando de serenarse. Seguramente iba a responderle con el mismo coraje, con el mismo ímpetu. Estaba preparado para ello, en más de una ocasión fue el sujeto de su frustración, lo que ella diría no serían más que un poco de abono a esos males que hacían distancia entre los dos. En vez de ello, no obstante, su voz surgió tan forzada y rota que Minato entendió —con el corazón frío—, que había subestimado la vulnerabilidad que la había llevado a escribirle esa madrugada.

—Entiendo. No pasará de nuevo.

Ella colgó y Minato permaneció en silencio, observando la nada, largos minutos. Sólo cuando el cúmulo de emociones negativas se esfumó, dejándolo vacío, se rompió. Un aleteo discordante subió por su garganta, algo hizo temblar su estomago, ese algo lo obligó apretar los ojos con fuerza. Sus pulmones pidieron aire e intentaron buscarlo; sus manos fueron a su rostro con impotencia; sus hombros se sacudieron como si quisieran aligerar su peso y, lo más extraordinario, una fina, extraña y dolorosa línea húmeda bajó por su mejilla con la mayor lentitud del mundo.

Cuando aquella gota cargada de sufrimiento llegó a la línea de su mandíbula y se dejó caer al vacío, una más gruesa hacía el mismo recorrido, seguida de otra y otra.


Cuando todos empezaban a dejar las oficinas rumbo al descanso de medio día, Kushina se levantó de su escritorio y miró, sobre los paneles divisorios, si Mikoto seguía en el salón. Identificó así, entre el agradable silencio que envolvía al lugar, la lustrosa cabellera negra de Mikoto que se asomaba en un cubículo esquinero.

Sin pensarlo un segundo, cerró la tapa de la laptop y se apresuró a caminar hasta el lugar. En el camino frotó sus brazos, tratando quitarse de encima la sensación de fragilidad que había acudido a su cuerpo. Se sentía enferma y, según supo esa mañana cuando se vestía para el trabajo, se veía de igual forma. La sorpresa que la rodeó cuando se plantó desnuda ante el espejo y contempló su cuerpo delgado, fue monumental; era evidente que había perdido masa muscular y mucho peso. Se veía marchita, con la piel apagada y el cabello quebradizo.

Se tenía a sí misma olvidada y eso empezaba a incomodarla.

El puesto de trabajo de su amiga, a diferencia del suyo, se mantenía austero en muchos sentidos. Fiel a su personalidad y gustos minimalistas, Mikoto mantenía el escritorio libre de elementos decorativos. De las paredes divisorias pendían algunos planos, paletas de colores y esbozos a medio terminar. Cuando Kushina arrastró la silla y se sentó, la otra mujer alzó su mirada tranquila y la contempló con intención.

Por su pose perfecta de espalda recta, piernas juntas y en diagonal, ella adivinó que Mikoto creía que se encontraba ahí por algún asunto laboral. No tardó en sacarla de su error.

—Minato me odia.

Las cejas delgadas de Mikoto se alzaron y acto seguido sus manos dejaron la tableta electrónica que agarraba antes. Kushina la vio despejar su sitio de trabajo y cruzar los dedos sobre la mesa, como preparándose para una larga conversación que desde hacía tiempo intuía que iba a suceder.

—¿Me permitirías decirte algo?

—Claro.

—Deberías dejar el tema. Estás obsesionada y eso no es bueno.

Kushina se recargó en la silla, desinflándose con pesadez. No sabría describir cómo se sentía, pero no era en absoluto agradable. Estaba a la expectativa, presentía que cualquier cosa podía pasar, por muy inverosímil que se le antojara. Era inquietud, un cosquilleo de malestar, una presión en el aire que la aplastaba. Ya lo había vivido en el pasado, cuando pasaba por el pináculo de sus crisis; mucho antes de dar inicio a sus terapias.

—Pero es cierto —insistió—. Es borde, cortante, agresivo…

—Entonces se ha convertido en ti.

Captó el tono de broma y no pudo evitar apretar el ceño.

—No estoy jugando, Mikoto.

Cuando la noche anterior tomó las pastillas y se quedó dormida, se planteó que debía poner en orden su vida. Dejar de esperar que otro llegara en su salvación, hacerse dueña de lo que decía y hacía. Pero al despertar empapada en sudor, poco después de la media noche, todas esas ideas huyeron y sólo quedó el desconsuelo. Sintió que los avances que había logrado junto al Dr Yamanaka, quedaban obsoletos mientras daba vueltas a su reciente pesadilla.

Cuando tomó su celular, encontró que Minato estaba en línea y decidió escribirle, jamás esperó que todo desembocara en la conversación que tuvieron. Aunque al principio se sintió llena de fiereza, el desconcierto final terminó desplazando la primera sensación, colmándola de incertidumbre.

—Escucha, Kushina. —La sacó Mikoto de sus cavilaciones —. Me gustaría ayudarte, poder conversar de esto, pero no me siento capaz. Tenías razón el otro día, yo no debo meterme en tus asuntos.

—Pero…

—No quiero estar en medio de todo este lío. No puedo aconsejarte porque tampoco me veo poniéndome en tus zapatos. Jamás he vivido algo similar, me cuesta imaginarlo.

Mikoto bajó su mirada y empezó a guardar documentos en las gavetas inferiores. Era su forma de decir que no podría sacarle palabras por mucho que presionara. Kushina se mantuvo estática, como si esperara. Sólo habló en el momento que la mujer morena se puso en pie, dispuesta a marcharse.

—¿Qué le dijiste a Minato de mí?

Su amiga se detuvo. Kushina no la miró de forma directa, sencillamente puso sus codos sobre la mesa y apoyó su cabeza en las manos. Sus dedos cubrieron el temblor inquieto de sus labios. De entre todas las palabras dichas por su esposo en la madrugada, aquella frase en la que acusaba a sus amigas de hablar sobre ella, seguía hostigándola.

—No te entiendo.

—Sabes a lo que me refiero —indicó. Después añadió demandante, aunque su voz flaqueó un tanto al final—. Necesito saber qué le dijiste.

La mujer vaciló, Kushina lo supo por su postura. Por el rabillo del ojo la vio adoptar una expresión de agravio, antes de volver a sentarse, con rostro de desear estar en cualquier lugar menos ahí. Era claro que había temido esa conversación desde el principio.

—Esa mañana llegaste muy alterada a trabajar, Kushina. Tenías cara de ir a gritar al primero que se cruzara en tu camino. —Mikoto se detuvo, buscando las palabras. La vio juguetear con sus dedos, cargada de nerviosismo. Entonces confesó—. Hablé con Minato dos veces ese día.

—¿Qué?

Su amiga encontró sus ojos y asintió, apretando los labios pintados de un suave rosa.

—Él estaba molesto, quizá más que incluso tú. Sólo me decía que ya se te pasaría, que no era nada. Pero cuando llegó la noche y te fuiste con este sujeto, decidí llamarlo de nuevo. Sólo le dije lo que habías hecho, le aconsejé que te llamara —La observó con súplica—. No debí meterme, lo lamento.

—No, tuvo que ser algo más. Antes de ese día debiste hablar con él sobre esto.

La cara mortificada de Mikoto se transformó en desconcierto.

—Nunca le dije nada más.

Kushina bajó las manos y se inclinó hacia adelante, molesta.

—Él dijo que ya antes le habían llegado rumores.

Entonces fue cuando Mikoto hizo algo que le hizo ahogar un gemido de miedo. Sus ojos benevolentes se llenaron de pena y sus labios se estiraron en una línea de aflicción. La mujer de cabello carmesí contuvo a duras penas el temblor de incertidumbre que quería nacer en su estomago.

—Kushina… todos aquí sabían que entre tú e Isao pasaba algo. Pudo ser cualquiera.

La necesidad de vociferar, de soltar el nudo prieto en su corazón, la acompañó el resto de la jornada. No logró que pasara comida por su garganta, incluso las infusiones aromáticas y el café sentaba mal en su paladar. La concentración huyó de ella y pronto se dio cuenta que estaba quedando colgada con sus deberes. Las llamadas en espera, los proyectos por revisar pendientes y la cantidad de correos por leer eran agobiantes. Eso, claro, y el hecho que no podía dejar de ver con malos ojos a todo aquel que pasaba frente a su lugar de trabajo.

Se mortificaba reconstruyendo las historias que seguramente contaban sobre ella a sus espaldas. Perdía tiempo tratando de inferir cuantas de esas sonrisas eran reales y cuantas no. Buscaba entre la marea de rostros quién podía ser la persona que se encargó de restregarle en el rostro de su marido todo lo que ella hacía. En esos momentos se preguntaba porqué jamás le reclamaban nada en casa, e incluso encontraba sentido al distanciamiento progresivo que se fue dando en su hogar. Las pullas silenciosas, las llegadas tarde de Minato, la vez que él tomó la decisión de dormir en cuartos separados.

Así pasaron las horas, el sol cayó y sólo cuando agarraba las llaves de su coche y pensaba en huir bajo el techo de su vivienda, recordó la cena que había concertado con Akiko. Al ver su reloj, se dio cuenta que ya no tenía tiempo para arreglarse; incluso si pisaba el acelerador a fondo en dicho instante, llegaría tarde.

Casi una hora más tarde llegó al restaurante en el que habían quedado. El espanto que esa mujer le provocaba estaba ahí, pero se minimizaba por el diluvio de emociones negativas que la acompañaban desde la noche anterior. Se veía demacrada, lo sabía. Ni siquiera había retocado su maquillaje y estaba segura que sus ojeras no serían bien recibida por su suegra. Sorpresivamente no le importó, Kushina creía que ese día no podía terminar peor.

Era un restaurante modesto, pero de buen gusto. Nunca había entrado ni escuchado de él, pero el decoro hogareño le restó un poco de tensión a sus hombros. A pesar del buen número de comensales presentes, no le costó identificar a la persona que la había citado. Trató de arreglar un poco las arrugas de su vestuario, pero era tiempo perdido; con todo el día usándola, lo único que podía quitarle las líneas era una lavada.

Akiko dirigió su mirada reprobadora a ella cuando todavía estaban a cinco metros de distancia. Por ese momento Kushina vaciló su paso. Minato tenía tanto parecido con ella que de inmediato cayó sobre sí la inmensidad de ese momento; no estaba ante cualquier persona.

—Has tardado —señaló ella en cuanto tomó asiento. Kushina trató de ignorar la incomodidad de mirar a unos ojos críticos, que le recordaban a otros que durante años la miraron con amor.

—Culpa del tráfico y el trabajo.

La mujer mayor ladeó la cabeza con una expresión que le comunicaba su escepticismo, pero no le llevó la contraria. Ninguna trató de iniciar una conversación, simplemente hicieron el pedido y esperaron. Kushina pidió algo al azar, empezaba a sentirse peor de lo que jamás estuvo; compartir mesa con una mujer cuya presencia deslumbrante la hacía sentirse tan opaca, hizo mella en su ya mal estado de ánimo.

Había pasado un año desde la última vez que Akiko visitó Konoha, aunque en aquella ocasión no se vieron. Ella se negó a atenderla, no creía poder permanecer entera bajo el peso de sus ojos. Así pues, habían pasado más de dos años desde que hablaron, cuando ella apenas empezaba su embarazo.

Entre más pasaban en silencio tenso, más padecía urgencia de removerse. Akiko la evaluaba, sentía su atención sobre su persona. Se preparó inconscientemente para cualquier cosa. Cuando la comida llegó, ninguna la tocó. Kushina picoteó con su tenedor sin ánimo, hasta que la voz suave de su suegra reclamó su atención.

—¿Cómo está tu madre?

Un estremecimiento pasó por sus hombros. Recordó las llamadas que le hacían todos los fines de semana y que ella ignoraba, buscando en el rostro atractivo de Akiko sus intensiones al sacar ese tema.

—Tan bien como puede estar —contestó seca. Su garganta raspó como lija.

—Supe que no la visitas desde hace semanas. —Kushina no contestó, se había congelado en la silla. Akiko siguió, y como ya era usual en ella, sus palabras eran mortíferas a pesar de su voz suave. Se preguntó si quizá ella malinterpretaba siempre las intenciones de aquella mujer—. De no ser por mi hijo, pensarían que la abandonaron en ese lugar.

¿Era su manera de recriminarle ser una cobarde, una mala hija? Dejó los cubiertos sobre la mesa, mientras Akiko tomaba su copa de vino. Presentarse con las defensas alzadas, podía hacer que iniciara un pleito donde no debía, cosa que Kushina no deseaba por ningún motivo.

—En cuanto tenga oportunidad iré.

La mujer bajó la copa, sin depositarla del todo en la mesa. Las conversaciones a su alrededor seguían su normal curso, pero para Kushina no eran más que cuchicheos sin sentido.

—Distribuyes tu tiempo bajo una lista de prioridades extraña, por lo que he oído.

Sintió la acusación velada en sus palabras, pero no la entendió. ¿Qué se suponía que significaba aquello? La paranoia que se aferraba a ella desde el medio día, se hizo más fuerte. Por un segundo imaginó los murmullos a su alrededor como señalamientos en su contra, se vio siendo el centro de atención de una muchedumbre prejuiciosa y se le revolvió el estomago.

Se obligó a controlar la histeria y centró con decisión su atención en la mujer de vestuario fino.

—Escucha. Sé que no soy de tu gusto, pero esto no tiene sentido —expuso, señalando las mesas que rodeaban la suya—. En unas semanas no nos volveremos a ver las caras, no hace falta que me hagas venir hasta este sitio para señalar mis errores.

Akiko elevó las cejas. Luego, para sorpresa de Kushina, sacudió la cabeza en una suave negación.

—Te equivocas. No me desagradas ni quiero mostrarte en qué te equivocas. —La señaló—. Cuando te conocí eras una muchacha inteligente y encantadora. Brillabas por ti misma. Pude ver qué hacía que cayeras bien a la gente.

Kushina parpadeó, sin entender. Al ser tomada con la guardia baja, fue desarmada por esos aparentes halagos en un segundo. Vulnerable y sin poder anticipar nada, trató de hablar.

—Pero…

—Que me diera cuenta de eso, no implica que pudiéramos ser amigas. Ser inteligente y encantadora no te hace una buena persona, ya lo he vivido yo, ya lo has demostrado tú.

Esas palabras cayeron sobre ella como cubos de hielo que quemaban la piel. Era una querella simple, pero lo suficientemente directa para entenderla. En un primer momento se sintió ofendida e incluso pensó en cómo habría actuado su yo de 15 años ante un escenario similar. Se habría levantado, volcado la copa con licor en el rostro de Akiko y hecho una salida triunfante. Pero ella ya no era ninguna joven impetuosa que saltaba ante la menor chispa, así que se reprimió.

—Esto es absurdo.

—Absurdo lo que está sucediendo en tu vida. ¿Cómo puedes abandonarte de esta manera? Luces apagada, perdida. No eras así. —Kushina entreabrió los labios, con las ideas revueltas. ¿Cómo debía sentirse?, más que ofendida ahora estaba confundida. No encontraba principio ni camino a ese encuentro. Akiko toqueteó la copa con sus uñas rectas y largas, pensativa—. No me metería en esto, sino fuera porque puedo anticiparme a lo que harás. Te conozco mejor de lo que crees. Sé que si no te reconstruyes, pondrás trabas en tu separación con mi hijo.

¿Poner trabas?, ¿por qué haría ella algo así? Después de los acontecimientos que se presentaron en sólo dos días, no creía ser tan caradura de pretender convencer a Minato cambiar de parecer. La sola idea le provocaba nauseas.

—Si usted tuviera un mínimo de respeto por su hijo, no estaría aquí intentando meterse en nuestros asuntos. Creo que él se lo ha dejado claro todos estos años.

—No deberías pensar en el irrespeto que según tú tengo hacia mi hijo. No cuando tú, que eres su esposa, te la pasabas revolcándote cada semana con aquel compañero tuyo de trabajo.

La arremetida la tomó tan de sorpresa, que olvidó cómo se respiraba. Observó a la mujer mayor con tanto asombro e incredulidad que se ganó una sonrisa irónica de su parte. Los labios llenos de Akiko se separaron para beber del vino con total tranquilidad.

—No he hecho tal cosa.

—Tú, él, yo y unos cuantos curiosos testigos de sus salidas, sabemos que es cierto.

Empezaba a marearse. El rostro de la casi perfecta Akiko se tornaba borroso. Kushina intentó pasar saliva, pero su pecho apretado se lo impedía.

—No hice lo que insinúas.

—Besos y caricias o sexo. ¿Qué diferencia hay?, sigue siendo infidelidad. Más cuando no fue sólo una vez.

Tocar el tema tres veces un mismo día era demasiado. Un escalofrío subió por sus brazos y se apretó en su estomago. Que ella se hubiera enterado, que ella lo supiera implicaba tantas cosas que no quería pensar. ¿Había hablado con sus compañeros de trabajo?, ¿cómo si quiera lo había sospechado para hacer algo así?, ¿Minato le había contado la conversación que ambos tuvieron el día anterior?, ni siquiera estaba al tanto de si Akiko sabía qué hecho había desencadenado la decisión del divorcio.

Estrujó entre sus dedos la suave tela del mantel, apartando sus ojos de la otra mirada. La cuenta regresiva de esa bomba de emociones y miedos en que se había convertido, aceleró el conteo.

—¿Qué es lo que quieres?

—Sólo quería hablar sin tapaderas ni mentiras de por medio —dijo—. Nunca fuimos cercanas ni compartimos mucho, pero te admiré en muchos sentidos. Me recordabas a mí hace años.

Kushina regresó la mirada a su rostro, con una mueca de pasmo.

—¿Disculpe?

No supo qué era peor. Si que la forma de Akiko de mostrar su supuesta admiración era tratarla con desdén todo el tiempo, o que ahora dijera que ella le recordaba a sí misma. La escudriñó en silencio, buscando algún parecido entre ambas, aún sabiendo que su suegra se refería a algo más allá de lo físico.

—Te ves contrariada —comentó Akiko en un suave susurro. Descansó su brazo sobre la mesa, con un movimiento sencillo pero que en ella resultaba elegante—. Cuando te conocí eras todo lo que yo fui a esa edad. Bonita, inteligente e independiente. Supe, por eso, que tu relación con mi hijo no terminaría bien.

Kushina juntó las cejas sin entender del todo. Su acompañante agitó una mano y con toda tranquilidad relató.

—Ni todas las cualidades del mundo garantizan la felicidad. Soy de quienes piensan que incluso eso es peor a no tenerlas; al final nos cansamos de ser lo que se espera de nosotros. La decepción que causamos en los demás se torna insostenible —Bajó su mirada y quitó de su frente un mechón rubio que se había salido de su sitio—. Amé demasiado a mi primer marido, pero ello no impidió que le hiciera cosas terribles. A veces cuando actuamos por amor terminamos haciendo más daño que si odiáramos. Más que nadie en este instante debes entenderlo, niña. Cuando amamos queremos retener al sujeto de nuestro amor con nosotras, a pesar del daño que les estemos ocasionando. Nos volvemos egoístas, como fuiste tú con mi hijo todo este tiempo, como estás siendo con tu propia madre en este momento.

—No la meta a ella en esto —exigió. Sus manos se apretaron sobre sus piernas.

—Sabes que es verdad —respondió impasible, sosteniendo de nuevo su copa—. Con Minato nunca tuviste intención de arreglar nada, sólo querías su atención, que estuviera ahí preocupado por ti. Te da terror quedarte sola, como a mí me pasó mucho tiempo antes de que tú siquiera nacieras…

—Cállese —siseó con los dientes apretados.

—Hubo una razón para que le engañaras y aún así lo amarraras a tu lado con promesas vacías de intentarlo una vez más. Lo quieres a él junto a ti porque lo amas, pero dentro de tu lamentable estado no soportas ver que él no demuestre su dolor como tú lo haces. También te destruye que no se comporte tan atento como solía ser. Por eso buscas esa atención en otro lado. Por eso te carcome la posibilidad de llegar a verlo con otra persona.

—No más…

—Tienes que abrir los ojos, Kushina —Por primera vez en los últimos años, la había llamado por su nombre—. Entender qué te sucede, superarlo y dejarlo ir. Yo te entiendo, estuve en tú lugar, por eso estoy aquí. Quiero que salgas de aquí con las cosas claras; vuelve amarte a ti misma y déjalo a él en paz. Ambos son una carga para el otro.

Pese a querer impedirlo, una lágrima bajó por su rostro con suma parsimonia. Kushina apretó los ojos, puso sus codos en la superficie de cristal y con sus manos tapó la humedad de su rostro. Deseó tener voz para contradecirla, pero su lengua se había hecho pesada y las palabras se perdieron en la confusión de su cerebro. Tantas verdades juntas eran insoportables.

No supo cuanto tiempo pasó cuando Akiko volvió a hablar, pero para ese momento ya le costaba ubicarse. Sentía que el suelo se sacudía, a pesar de saber que eso era imposible. Sabía que estaba sentada en un salón lleno de gente, pero se sentía atrapada en una caja sin oxigeno.

Estaba a un paso de descargar sus tribulaciones. Estaba a un paso de perder la compostura.

—Quiero que te desligues de Minato y no me refiero únicamente a su matrimonio. Si a los dos les hace mal verse, lo mejor es poner distancia entre ambos. Lo amas, él te ama, pero no es suficiente. Ahora mismo ninguno es apoyo para nadie. —Los hombros de Kushina temblaron, pero Akiko no lo notó. Su voz se hizo dura cuando soltó las últimas frases—. Llegará el momento en que mires hacia tras y te darás cuenta que todo esto que han vivido valió la pena.

Dentro de Kushina se hizo el silencio. Esa última frase fue como una bofetada en su rostro o un puñetazo en el centro de su estomago; desequilibrante y al mismo tiempo esclarecedora. Mientras ponía las palmas en el cristal con estruendo y se levantaba, dentro de sí misma se dijo lo ridículo que sonaba todo. Resultaba ahora que Akiko no la detestaba por considerarla poca cosa, como ella siempre creyó, sino que temía lo que era capaz de hacer al recordarle sus propios errores. Dolía como el demonio que al final ella solita terminara haciendo realidad esos miedos.

Centró su atención en la rubia mujer que la contemplaba con expectación. Fue vagamente consciente que varios ojos se habían girado hacia ambas desde distintas direcciones del salón. Algunos camareros se veían entre ellos, indecisos entre intervenir o seguir con sus labores. Los murmullos crecieron, presionaron contra ella; su cuerpo tembló.

Muchos ojos la miraban, muchas bocas hablaban de ella, estaba sola.

Agarró su bolso con una rapidez que la habría sorprendido en otro momento. Entonces supo que había llegado al límite. Todo a su alrededor se difuminó cuando su mirada se empañó y se dio la vuelta. Sintió palabras saliendo por su boca, pero no percibió exactamente cuáles. No supo qué hacía, sino hasta que sus piernas se movieron hacia la salida, abriéndose paso entre la gente y las mesas.

Akiko la llamó, pero ella aceleró el paso. Nadie la detuvo, seguramente demasiado impresionados con sus acciones como para pensarlo. El camino a la salida se le hizo un laberinto de luces y colores extraños, sus rodillas se doblaban. El aire fresco de la noche golpeó su rostro contraído en una expresión de tortura; sus demonios internos se sacudían, se reían porque sabían lo que vendría en unos minutos. Casi corrió hasta el estacionamiento en busca de su coche, mientras trataba de sacar su móvil. Su consciente no manejaba sus acciones, en ese momento ella era presa de sus instintos, era dominada por las necesidades que su subconsciente albergaba.

Y la necesidad que predominaba en aquel preciso instante era la de protección. Se sentía tan vulnerable y expuesta por las palabras tan acertadas de esa mujer, que la angustia se había adueñado de cada célula de su cuerpo. Tan señalada por la gente que la rodeaba, que hasta el aire le supo a peligro. Su ropa quemaba, la recorría un sudor frío; reconoció los síntomas y entró en pánico.

—¿Kushina?

Apenas pudo procesar que las palabras provenían del celular que había apretado contra su oído. Quien fuera al había llamado, había contestado. Llegó a su coche, intentó sacar las llaves pero sus manos temblaban demasiado. Soltó un gemido de agonía cuando algo frío reptó sus piernas y apretó su pecho.

—¿Kushina?, ¿qué sucede?

Abrió la boca pero las palabras no salieron. Se estaba quedando sin aire. Llevó una mano a su garganta, desesperada. Las estrellas en el cielo y las luces de las farolas se desdibujaron cuando un grupo de personas que pasaba se la quedaron mirando. Intentó hablar de nuevo, envuelta en espanto. Conocía los síntomas, sabía cómo combatirlos, pero no podía. No era capaz de hacerlo. Ellos eran más fuertes.

Hizo un último esfuerzo de controlar su ahogo, pero era absurdo en todos los sentidos. Veía a su padre en un ataúd. Se veía en un hospital desangrándose. Veía a su madre sin saber quién era ella misma. Veía a cada persona amada dándole la espalda y no pudo soportarlo. Jamás podría decir que todo eso valió la pena.

La bomba en su interior explotó.

Tuvo arcadas, sus extremidades temblaron y su garganta se cerró por completo. Sus sentidos se agudizaron, el frío penetró por sus poros con inclemencia, su nariz aspiró el vaivén de una amenaza que la perseguía, una alojada en ella misma. El móvil resbaló de sus manos, se estrelló en el pavimento y saltó bajo su coche. De reojo divisó una figura femenina aparecer por el mismo camino que ella había recorrido ¿Había pasado un minuto o diez desde que salió?, no pudo saberlo. Tampoco importaba, su mirada se estaba oscureciendo.

Manos desconocidas la atraparon por la espalda, y aunque ella quiso debatirse invadida por la tan conocida sensación de peligro, no pudo hacer nada ante la fuerza de dos brazos que la apretaron. Su cabeza dio contra el pecho de la mujer, sus manos se agarraron a la camisa que la cubría, retorciendo la tela con el mismo ahínco con que buscaba pasar aire.

Akiko tuvo que sostenerla con mayor fuerza, mientras pedía atención médica por celular, cuando ella se desvaneció por completo.


¡Hola!

Como todos los capítulos de este fic, éste también tiene una importante razón de ser. Son tantas cosas que no sé por dónde empezar. Soy perfectamente consciente que ustedes ya interpretaron la información que expongo aquí, pero me pican los dedos por comentar sobre mi visión de las cosas. Ya saben, para discutir entre todos lo que sucede con los personajes.

Poco a poco nos vamos introduciendo más y más en la cabeza de Minato. Darle forma a su manera de pensar y afrontar sus problemas dentro de su contexto familiar, me fue algo difícil, pero siento que va por buen camino. No sé qué piensen ustedes. En la superficie quizá no se vea tan inestable como Kushina, pero todos sabemos el enorme mal que hace a la larga escondernos de nosotros mismos y aparentar sentirnos bien cuando no es así. Es como un veneno que consume con lentitud y mucho dolor. Kushina ve que no ella está bien y trata de reconstruirse, aunque no sea tan efectivo su método. Minato es más de aguantar, aguantar y luego explotar. La paciencia es un arma de doble filo; de tanto acumular decepciones llega el momento en el que dejamos salir lo que tenemos reprimido.

Una de las razones que llenan a Kushina de temor es necesitar ayuda pero no tener a nadie que la auxilie. En algún momento de su vida se enseñó a tener apoyo siempre y olvidó cómo sobrevivir sola. Minato sabe eso y he ahí la razón de que se encuentre tan dividido; por un lado sabe que estar a su alrededor no es bueno para ella (¿imaginan por qué?) también siente que irse de su lado de golpe no ayudará en absoluto (y él de verdad quiere ayudarla), pero con el paso de los días crece en él la urgencia de olvidar eso y preocuparse por sí mismo.

Ellos no se odian, es todo lo contrario. Lo dejaré un poco más claro en el capítulo siguiente.

Y como alguien me hizo caer en cuenta de algo importante, acotaré aquí; no me gustan los personajes perfectos, para mí es necesario que se equivoquen. Mi familia fue disfuncional mucho tiempo, pasaron tantas cosas de puertas para dentro que pronto rompí la burbuja rosa en la que vivimos de niños. Este fic no es un trabajo académico ni nada parecido, pero estoy tratando de mostrar que la idea de amor que aún prevalece en muchos (esa en la que todo sale bien, todo son miradas, besos, coqueteos y felicidad) no está cerca de la realidad ni por asomo. Puede darse el caso, claro, pero en el común denominador de las relaciones sentimentales hay problemas, demasiados, y eso no indica que se haya acabado lo que llamamos amor. Sí existe ese amor que inspira las novelas melosas, pero ese se puede transformar en amor que duele y hasta destruye. Recordemos también que son las situaciones difíciles las que nos impulsan a superarnos, a tomar nuevos caminos, a crecer como personas.

Ese último es el reto de nuestros protagonistas.

¡Gracias por leer y aguantar mis N/A tan groseramente largas!

Nos leemos después. Abrazos.

Pd: Akiko es un personaje que pienso trabajar bastante por debajo de mano, pero no sé qué piensan ustedes de que lo haga. Confieso que no suelo crear personajes OC que jueguen papeles importantes, pero en esta historia fue inevitable. Es un personaje complejo, ya nos daremos cuenta.


Los personajes de Naruto no me pertenecen, ellos son propiedad de Masashi Kishimoto.