CAPÍTULO 8: HAGRID, FILCH Y PEEVES
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Esta vez pudo disfrutar solo la biblioteca. Adultos había en la sala; niños, muy pocos, la mayoría eran menores que él y lo que hacían era corretear por los pasillos o a tocar las puertas de las otras habitaciones para molestar, y luego salir arrancando.
— Hola, niño — le saludó una voz melosa cuando él estudiaba las "Maldiciones Imperdonables". Giró lentamente la cabeza y se encontró con una cara regordeta y cuadrada, con lentes marco color rosa potente y un pelo rubio desaliñadamente rizado.
— ¡Skeeter! — exclamó con desprecio cerrando el libro.
— Sí, Snape, yo, Rita Skeeter — observó el título del libro — ¡Vaya! Las vacaciones no te refrescaron en absoluto el cerebro... sigues tan lúgubre y sádico como siempre.
— ¿Y a ti que te importa, Skeeter? — dijo Severus con indignación. La chiquilla iba en sexto y era extremadamente entrometida.
Siempre andaba al tanto de todas las noticias de los alumnos y las exponía en los tableros de anuncios, ridiculizándolos. De todas maneras, distorsionaba los hechos exageradamente, era mentirosa y se juntaba la mayoría del tiempo con una tal Bertha Jorkins, de quinto curso, que era algo despistada pero bastante boca de buzón para revelar cada secreto que se le cuenta. Ambas iban en Ravenclaw y eran como moscas que zumbaban en la oreja: molestas.
— Me importa, por que así quizá podría poner en el querido tablero del colegio: "Pasatiempos de Snape" o mejor "Snape se nos pasa al lado Oscuro"...
— Qué quieres decir con eso de que me paso "al lado oscuro" ¿eh?
— ¿A que no sabes lo que está pasando en el mundo actual? ¿Lees El Profeta?
— Sí sé lo que pasa, pero no soy tan curioso como para querer meterme en las vidas privadas de los otros — bramó Severus yéndose de ahí.
Exasperado buscó otro lugar a donde estar y eligió la cubierta del trasatlántico que permanecía tranquila. Se apoyó en la baranda, miró el lúgubre océano, dejó que el viento acariciara su cara y sus cabellos... Miró el sol que lo encandilaba, entreabrió los ojos con dificultad. La luminosidad le hacía daño, para alguien tan mustio como él.
El intenso silencio del lugar hizo que su mente empezara a funcionar de otra manera, que empezara a recordar cosas del pasado. Pasaban series de imágenes tétricas y embarazosas de su vida. Desearía no más pensar en su difunta madre y de la pobre Joahnne. Se acordó de la vieja Amanda, sintió una profunda lástima por ella. Era tan terrible la porquería de vida que tenía… No era un niño feliz como los demás. Poco se relacionó con niños cuando era más chico porque su padre quería que fuera un muchacho adelantado y "maduro". Se contuvo pero no obstante, se le enrojecieron los ojos. Miró alarmado para atrás para ver si lo veía alguien, pero, estaba solo, como siempre.
El sol iba ocultándose con lentitud en el horizonte, un leve sollozo se le escapó.
— Diez minutos para la llegada a Gran Bretaña — anunció una voz masculina retumbando en toda la nave.
El jovencito ordenaba sus cosas en la maleta y otro poco en su baúl de Hogwarts, en el que no tuvo que esforzarse demasiado porque contenía los materiales y todos los libros. Sólo le faltaba un poco de ropa, y eso echó. Obligó otra vez a Darken a que entrara a su jaula, pero esta parecía contenta, sabía que volvería a Hogwarts con sus amigas lechuzas a la Lechucería que se ubicaba en una de las torres.
— Cinco minutos — repitió la voz.
Cerró con llave sus equipajes y salió tras Pit y Femus que lo aguardaban en el umbral de la puerta. Lo flanquearon el resto del camino. Los dos hombres le habían ofrecido a Severus ir a dejarle a su casa lo que no iba a ocupar — en este caso la maleta —, así que de buena gana se las pasó cargando solamente el baúl.
El Andronique fue perdiendo la velocidad, las aguas marinas se movían con menos fuerzas.
— ¡Los de primera clase por aquí! — gritó un vejete que estaba cerca del lugar en donde aparecían las escaleras. El comentario le recordó a Severus a Ogg, el guardabosque del colegio.
Cuando el barco se detuvo por completo, aparecieron mágicamente las escaleras relucientemente blancas. Fueron al llamado del caballero ése.
— Esperamos que hayan tenido buen viaje, hasta pronto — dijo con simpatía dejándolos bajar.
Salieron del puerto a través de la misma muralla mágica por la que había pasado Severus cuando había pensado que iban a chocar.
Eran las diez y media. Caminaron raudos por la calle apestada de histéricos muggles que criticaban sus trabajos o hablaban mal de sus compañeros: "...no pensé que fuera a tratar de quitarme mi puesto..." "Mi jefe ya me tiene harto, no me paga lo que me debe...". La mayoría iba uniformados, los hombres de terno y corbatas, las mujeres con faldas.
— Por aquí — indicó Pit doblando por un pasaje. Sacó su varita y estiró el brazo extendiendo a la vez la varita —, se supone —dijo a Severus — que viajaremos en el Autobús Noctámbulo, nunca hemos viajado en él, ¿cierto Femus? ¿Tú has viajado, niño?
— No — contestó Severus sin saber si quiera que era eso del tal "Autobús Noctámbulo", pero al segundo su duda quedó resuelta. Ante sus ojos, de la misma nada, apareció un autobús de dos plantas, pintado color rojo vivo, con ruedas enormes y con una inscripción con letras doradas de "AUTOBÚS NOCTÁMBULO".
Se abrieron las puertas de par en par y apareció un jovenzuelo de no más de veinticinco años apareció en la pisadera.
— Bienvenidos al autob...
— Sí, ya nos dimos cuenta — lo cortó Femus — estamos apurados, lo siento.
Rápidamente subieron el equipaje, pagaron los knuts y sickles correspondientes y se sentaron en unas sillas que rodeaban a unas mesitas redondas. El conductor los miró por el espejo retrovisor: era un señor de lentes redondas y muy gruesas — le daba un extraño aspecto a extraterrestre —, algo rechoncho y bajo.
— Me llamo Gail Fires, ¿a dónde van? — dijo el muchacho copiloto de la máquina.
— A la estación King's Cross — le espetó Femus perdiendo la paciencia porque ya eran veinte para las once de la mañana.
— ¡Allá vamos! Ya oíste, Ernie.
El autobús salió hecho un bólido por la calle, pasaron la carretera a una velocidad alarmante, esquivando con violencia el tráfico muggle. Las sillas se estrellaban entre sí, las mesas se voltearon, y Severus casi queda tirado en el suelo si no es porque se agarra de la manija de la ventanilla. Pit estaba verde con las manos en el estómago, y Femus cerraba con fuerza los ojos apegándose a un rincón del transporte mágico.
— ¡Nunca más viajo en esta cosa!, ¡no pensé que fuera tan terrible! —murmuró Femus a Severus con irritación mientras le ayudaba a bajar la jaula de Darken más el baúl — Para la otra vas a tener que saber aparecerte, muchacho.
Lástima que a los dos guarda espaldas le tocaba ir a Saint Ferdinand, y era el tripe del tramo recorrido recién hasta la estación. Tomó uno de los carros que estaban expuestos para los bagajes y se puso en marcha hacia el interior del lugar. Caminó por los andenes hasta que dio con el nueve y diez. Ya sabía que lo único que tenía que hacer era atravesar la sólida pared. Miró el reloj de nuevo, nervioso, le quedaban aún diez minutos. Observó si había moros en la costa, pero no había ningún muggle mirándole, así que se impulsó y atravesó la barrera. Apareció ante la magnífica locomotora del Expreso de Hogwarts que humeaba el vaporcillo, y era de rojo escarlata con negro.
Muchos de los estudiantes se despedían cariñosos de sus padres, entre esos chicos mimados estaba Potter—quién más, pensó Severus bufando —, estaba siendo regañado por su madre.
— Oh, mírate el cabello, no te lo peinas nunca — alcanzó a oír él. Vio con asco como la mamá pasaba un par de dedos por su lengua y luego impetuosamente los trataba de pasar por el pelo del otro, pero el se resistió.
— Mamá... — le rebatía — déjame ya... No se puede peinar…
— Déjalo, Opeline –sugirió un hombre al lado de la mujer, debía de ser el padre de Potter. La mujer, que tenía el pelo ondulado y negro y la misma nariz de su hijo, dejó de molestarlo.
Decidió entrar su equipaje, no se había dado cuenta que se había quedado un minuto viendo la escena. Caminó hacia la puerta del tren pero se dio vuelta cuando una voz conocida tocó sus oídos.
— No voy a cuidar de ese engendro — puntualizó con frialdad un niño alto, delgado, de ojos grises y pelo negro. Sirius Black.
A Severus se le dibujó una sonrisa y miró a las demás personas que lo rodeaban.
— Lo harás, espécimen de cerdo — dijo la señora. Era la madre de Black, sin duda, porque tenían rasgos muy similares, salvo que ella tenía expresión de asco en la cara.
— No lo haré ¡vieja arpía!
— ¡No trates así a tu madre! — advirtió el papá con elegancia.
— Lo siento hermanito — dijo un mocoso mucho más bajo que él, era el hermano, se parecían un montón —, tendrás que cumplir mis órdenes.
— Demonio idiota — balbuceó Black y siguió discutiendo con sus padres.
Disfrutó de los últimos insultos y entró definitivamente al expreso. Buscó un vagón vacío, y cuando lo encontró, sonó el pitido. Los motores se pusieron en marcha y el sonido de las puertas se hacía notorio cuando se cerraron. Se sentó con comodidad.
Cuando doblaron en la curva, dejó libre a Darken que ululaba fuertemente para que la dejara salir. Se perdió en la opaca luz del día en dirección al castillo.
Durante todo el viaje no aparecieron sus enemigos, fue bastante extraño, en realidad, porque acostumbraban a ir a molestar a los vagones, sobre todo a él.
Y gracias a eso, fue un viaje sumamente relajante, ocupó el tiempo en leer, como siempre, revisó si tenía algunos deberes pendientes — pero no tenía porque Lucius lo había ayudado en las vacaciones —, comió y durmió un poco, para empezar con ganas el banquete de bienvenida.
— Bajen niños — dijeron los prefectos pasando compartimiento por compartimiento. Descendieron atropelladamente. La noche ya había caído sobre ellos, estaba fría y nublada, con cara de ponerse a llover en cualquier momento. Mientras se apelotonaban en filas conversó un poco con los compañeros búlgaros, ya se acostumbraban más al idioma inglés.
El pueblo de Hogsmeade estaba silencioso y oscuro. Todos cuchicheaban, los más habladores eran los nuevos. Como siempre se escuchó la frase "Los de primer año por aquí", pero la voz era diferente, era más ronca y potente. Miraron a quien había sido la fuente, y varios se asustaron: un hombre enorme de tres metros mas o menos de altura y dos veces más ancho que un hombre normal estaba cubierto por las sombras.
— A los carruajes — dijeron otra vez los prefectos y tuvieron que obedecer.
Severus se subió con Ray, Álvaro y Nathaniel a uno de los carruajes que eran tirados por caballos alados, negros, verdaderamente raquíticos y expresión diabólica.
Anduvieron por la tierra del pueblito que estaba empezando a ponerse húmeda. Un rayo cayó por el cielo y luego el estremecedor trueno que ensordeció a todos.
En el trayecto cada uno contó en resumen sus vacaciones. Los búlgaros quedaron sorprendidos y contentos porque Severus haya conocido su país.
Se empaparon cuando bajaron del carruaje y se apresuraron a subir los escalones flanqueados por cerdos alados, se apretujaron ahí, hasta que el conserje les hizo pasar. Varios se dieron cuenta que no era Pringle quien los llevaba al vestíbulo. Dumbledore había cambiado de celador.
Cuando subían las escaleras del vestíbulo apareció un bufón volador que reía estridentemente con las manos en la panza.
— ¡Argus Filch! ¡Dile a los niños que me den la bienvenida!
— Vamos — refunfuñó el joven señor sin hacer caso al comentario de ese hombrecillo, que no era un fantasma.
Los de Slytherin se sentaron en su mesa, Severus quedó cerca del Barón sanguinario — un fantasma de aspecto terrorífico, lleno de salpicaduras plateadas (Sev junto con los demás pensaban que era sangre), con una mirada de maldad e indiferencia.
Los profesores hablaban entre sí, esperando a los que de primer año llegaran y poder hacer la Ceremonia de Selección. Los pequeños no tardaron en llegar, como siempre parecían muy nerviosos, miraban con curiosidad el cielo raso del techo encantado.
El profesor Flitwick que había salido por un segundo volvió con el taburete de tres patas con el estropeado sombrero seleccionador. En el gran salón no voló una mosca y todos miraban expectantes al sombrero que acababa de abrir el desgarrón que tenía como boca. Empezó a cantar:
Cuatro fundadores de las casas fueron
Y antes de que acabaran su tiempo
Me crearon y me dejaron como sucesor
Yo con honor seguiré haciendo esa labor
Tu solo piensa con el cerebro y el corazón
Gryffindor el valeroso y portentoso
Eligió a su manada, a sus similares
La inteligencia personificada, Ravenclaw
Seleccionó a los eruditos y sabios
Hufflepuff el acogedor se quedó
Con el esforzado y solidario sin límites
El astuto Slytherin con su astucia
Prefirió a los que preferían ambición
Tú identifícate
Lugar no te va a faltar
Afírmame en tus orejas
Yo me introduciré en tu cabeza
Y te designaré a una casa
Todos estallaron en aplausos y vítores para la canción del sombrero. La profesora McGonagall se puso de cara al alumnado de primer año. Se aclaró la garganta desenrollando un largo pergamino.
— Cuando yo mencione sus nombres — explicó — vendrán, se sentarán y se colocarán el sombrero. Luego se irán a la mesa que les toque dependiendo de la casa en la que queden.
— Adgen, Megan
Una muchacha morena de pelo rojizo salió adelante.
— ¡RAVENCLAW! — voceó el sombrero.
— Adin, Edibert
— ¡GRYFFINDOR! — la mesa enemiga estalló en aplausos.
— Amelisse, Robsort.
— ¡SLYTHERIN!
Los de Slytherin trataron de ganar los mismos aplausos de Gryffindor.
— Bibget, Bridget.
— ¡HUFFLEPUFF!
— Black, Regulus — Severus miró al muchacho bajo y flacucho, ¡era el hermano de Sirius Black!
— ¡SLYTHERIN!
— No puedo "crreer" que ese muchacho sea "herrmano" del "engrreído" de "Grryffindor" — declaró Álvaro mientras aplaudía.
— Yo tampoco... — farfulló Severus.
— Cochrane, Xirean
— ¡HUFFLEPUFF!
Cuando acabaron de ser designados los jovencitos, el profesor Flitwick desapareció con el taburete, y Dumbledore se pudo de pie con los brazos extendidos.
— Simplemente... — dijo con una sonrisa amistosa — ¡al ataque!
De los platos, fuentes y jarrones de oro macizo aparecieron las delicias más inesperadas y exquisitas. De parte de los estudiantes nuevos hubo un prolongado "ooh", en cambio los demás, nadie dijo nada y empezaron a comer como salvajes.
Satisficieron su hambre primero, para que por fin nuevamente Dumbledore pudiera pararse y dar su discurso de todos los años.
— Ahora que sus estómagos les permiten oír y no le reclaman nada, daremos la bienvenida a los nuevos, que ojalá se integren rápido al sistema, y a los antiguos, que se vuelvan a acostumbrar. Ahora lo de siempre:
"El Bosque Prohibido se cuenta como fuera del programa escolar — a menos que se tenga permiso de algún profesor —, así que no tienen permitido entrar para exponerse a los inminentes peligros que hay.
"También les presento, y espero que sean bien recibidos, dos integrantes nuevos que formarán parte de la autoridad del colegio.
Dumbledore apuntó a un rincón no muy apartado, donde estaba la otra mesa de profesores, donde estaba el nuevo conserje y el hombre gigante que no representaba más de treinta, tenía el pelo largo amarrado en una coleta y era barbudo.
— Nuestro nuevo guardabosque Rubeus Hagrid, y también a nuestro conserje, el señor Argus Filch — los estudiantes aplaudieron por cortesía.
"Ah, y se me olvidaba nuestro compañero nuevo, el Poltergeist Peeves, que andará haciendo travesuras — la profesora McGonagall le echó una mirada asesina, pero Dumbledore no se preocupó.
— Bueno, ya les he dicho todo lo que necesitan saber hasta ahora, mañana les espera un día lleno de cosas nuevas, así que ¡a la cama!
Cada casa se fue a su sala común, parloteando alegremente sobre las nuevas materias que les pasarían en un futuro no muy lejano.
— ¡Gigante peludo! — bramó el prefecto de Slytherin a la muralla que ocultaba la entrada a la sala común.
Severus había tenido un viaje tan largo y agotador que no tuvo tiempo de nada más aparte de colocarse el pijama e irse a dormir.
Al día siguiente, en el desayuno, entregaron los nuevos horarios de tercero.
— A mí me toca Aritmancia a primera hora — dijo Severus a sus compañeros, todos estaban comentando sus horarios. A Nathaniel y a Álvaro le tocaba la clase junto con él.
— Yo no elegí esa "asignaturra porrque" no me gustan los "númerros" — corroboró Skandar mientas analizaba con una hosca mirada a sus nuevas materias de Adivinación y Cuidado de Criaturas Mágicas.
Terminaron de desayunar, Severus cogió si mochila cargada de libros, y se fue al aula de Aritmancia con Nathaniel y Álvaro, que hablaban entusiasmados. Procuraron tomar los primeros asientos cerca de la mesa del profesor (o profesora). No tardaron en saber quién era el que impartía la clase, porque en un segundo entró en la sala un hombre encorvado, arrugado como una pasa y con un aspecto gruñón. Llevaba un montón de libros en los brazos. Dirigió una mirada de soslayo a la clase y con la voz extremadamente ronca los saludó.
— Esta es una clase muy seria, importante y difícil — dijo dirigiéndose a Narcisa que se reía a carcajadas de la cara del profesor, se cayó enseguida colocándose colorada —. Manejaremos tanto la parte teórica como práctica, les será muy útil. Saquen sus plumas y cuadernos de pergaminos, que escribiremos una introducción al tema que trabajaremos hoy, debemos aprovechar el tiempo. Anoten.
"Numerología, dos puntos, — hizo una pausa mínima para que la clase escribiera — es uno de los ramos más complejos de la magia, utilizado por la mayoría de los magos que trabajan en el exterior, tratando de descubrir el sistema de números que tenían los pueblos antiguos, además de los significados...
Siguió dictando un buen rato hasta que empezó con la parte un poco más práctica, dando significados básicos de los números y letras, las conexiones de ellas, etc.
— Fue una clase muy "interresante" — confirmó Álvaro ilusionado. Severus estaba de acuerdo, pero no respondió nada. No tenía ganas de hablar, además, en esos mismos momentos Potter y su grupito iban saliendo del aula de Encantamientos. Severus se metió la mano al bolsillo agarrando con firmeza la varita, por si en una de esas. No obstante, prefirió él atacar antes.
— Si no es Potter con sus elfos domésticos — dijo socarronamente. Nathaniel y Ray se quedaron mirando para ver que sucedía.
— ¡Si no es...! ¿Cómo era? — Black le susurró algo por la comisura de la boca a Potter con malicia — ¡Ah, eso: Quejicus!
Pettigrew rió estúpidamente. Lupin se mantuvo en sus cabales.
— Cuatro ojos indecente — sentenció Severus en tono amenazador.
— ¿Te gusta tu nuevo sobrenombre? — continuó Potter sin hacer caso al insulto que él le había echado — Lo estuvimos planeando todo el verano.
— Si pues... "cariñito" — rió Severus — tu madre aún te trata como a un niño de tres años... bueno, es que en realidad eso es lo que representa tu mente. Y tú Black, "espécimen de cerdo", te tratan como estropajo, ¿no?
Potter y Black quedaron serios, mirándolo con odio.
— Está bien... si nadie me va a rebatir nada... — bufó y siguió su camino a la próxima clase con los dos búlgaros.
— ¡Por lo menos tenemos familia! — gritó Potter a última hora. Severus hizo un gesto grosero con su mano y desapareció por el pasillo.
Durante el resto del día, en los recreos, siguió bregándose con la pandillita esa; y las clases fueron tan buenas como la anterior. En Transformaciones empezaron a transfigurar objetos más complejos, como teteras o animales más grandes, y también McGonagall dio una pincelada al tema de los animagos. En Cuidado de Criaturas Mágicas estudiaron los gusarajos — criaturas parecidas a una lombriz pero cien veces más grandes, son muy útiles en diluir brebajes sanadores, limpiar el agua y la tierra —. Mientras tanto en Runas Antiguas estudiaron el lenguaje en la época del imperio fauno, y en historia de la Magia, conflictos entre los duendes y los ogros en 1387.
Las dos primeras semanas fueron muy livianas con respecto a los deberes, pero los profesores estaban muy empeñados en hacer que los alumnos se responsabilizaran más por los estudios.
— Deben hacer todo el esfuerzo que puedan, porque más adelante tendrán los TIMO —explicaba el profesor Mason; varios le preguntaron que qué era eso, y otros alegaron porque faltaba mucho para eso —. Dos años es la nada misma, señorita Winona —contestó a una alumna de Hufflepuff con malas pulgas —y, TIMO son los Títulos Indispensable de Magia Ordinaria, así que de todas maneras deben prepararse. También, los ÉXTASIS, los últimos exámenes, no están demasiado lejos, y se dan en sexto año. Y este año también tendrán que dar sus exámenes comunes para lograr pasar de curso.
A partir de ése momento los maestros se pusieron más despiadados con las tareas. En pociones tuvo que hacer una complicada averiguación de la Poción multijugos, y en Defensa Contra las Artes Oscuras empezaban a ver los Grindylows — demonios de agua de dedos muy frágiles.
La primera semana de octubre tenían la primera salida a Hogsmeade. Los profesores pasaron retirando las autorizaciones en las clases. Ninguno de tercer año no entregó la hoja firmada, todos estaban entusiasmados.
— Mi primo Dil trabaja en las Tres Escobas y dice que va haber una exposición de la Casa de los Gritos — dijo un chico de Hufflepuff, Eric Doren.
— ¿Qué se supone que es la casa de los "Grritos"? — preguntó Skandar con curiosidad a la hora del desayuno del mismo día de la excursión.
— No lo sé, ahora lo sabremos — respondió Severus con impaciencia.
Cuando terminaron de desayunar, el conserje Filch hizo que se formaran en filas. Los sacó a los terrenos donde aguardaban los carruajes con los caballos alados. Empezó a nombrar a los autorizados y se fueron subiendo a las carrozas.
El trayecto fue aburridísimo, muy monótono, muy verde todo, demasiado parejo el camino, además, lo veían cuando volvían y salían del colegio.
En diez minutos ya se hallaban ahí, caminando libremente. Hogsmeade era como un laberinto. Tenía muchas calles, un poco estrecho, pero con tiendas muy atractivas.
Primero fueron a Honeydukes, un negocio abarrotado de los caramelos y dulces más inesperados e inusuales que se podían ver. Severus se compró montones junto con sus compañeros. Era fascinante el lugar: diablillos negros de pimienta, helado levitador, ratones de helado, chicles droobles, plumas de azúcar hilado, dulces de Marmita, y una infinidad de golosinas más. También se tomaron unas componedoras cervezas de mantequillas en Las Tres Escobas. Con eso a uno se le quitaba todo el frío, era muy reconfortante. Le dieron ganas de pedir un chocolate caliente, pero tenía que dejar oro para la próxima salida.
En la Casa de las Plumas, se compró una hermosa pluma de pavo real. Era inevitable no comprarse una, porque había de todas las aves plumíferas del mundo.
Lo estaba pasando muy bien, aunque Potter y sus amigos también estuvieran allí divirtiéndose, nada podía arruinarle ése día. Cuando salieron de la Casa de las Plumas, vieron a un grupo de alumnos amontonados, cerca de una colina, que en la cúspide tenía construida — o más bien destruida — una desvencijada casa.
Escuchó a las conocidísimas voces por detrás del.
— Vamos, Remus, vamos a ver que dicen — decía Black a Lupin, que estaba sentado en un banco, entremedio de Potter y Pettigrew.
— No es necesario, ya sé lo que dirán, me sé la historia de memoria...
Severus se acercó con los cuatro búlgaros al grupo de gente, que rodeaba a un rechoncho y barbudo hombre, de cara colorada, que llamaba la atención para que lo escucharan.
— Esta casa que ustedes están observando ahora, y la pueden apreciar muy bien — dijo el hombre con enfático misterio — es la famosísima Casa de los Gritos. Se considera uno de los lugares más embrujados de toda Gran Bretaña en menos de tres años. Fue construida hace muchísimas décadas atrás, pero hace tres años que se empezaron a escuchar gritos... aullidos, quejidos, de todo. Se dice que muertos fueron sepultados en los alrededores de esta casa, y que también hubo gente ahorcada, quemada y degollada. Ahora se cree que las almas de esas personas se han despertado debido al poblamiento de Hogsmeade, y se quieren vengar de las personas asustándolas.
El hombre siguió dando detalles sobre la Casa de los Gritos, tratando de que los alumnos tomaran expresiones de asustados, de curiosidad o desafío, pero, Severus no se pudo tragar el cuento en realidad. Encontró bastante absurdo que después de tantos años esas "almas" se les hubiese ocurrido vengarse de las personas de Hogsmeade porque no las dejaban descansar en paz. Tomó los puntos más importantes, claro, como que se escuchaban "aullidos", casi siempre en la "luna llena", y que no había presencia de espíritus hace tres años atrás.
A medida que pasaba octubre se acercaban los partidos de Quidditch, y eso significaba que harían las pruebas para elegir nuevo guardián y bateador. "Me tengo que presentar" pensó Severus afligido. No quería quedar como un imbécil ante su padre y menos ante Potter. El problema era la escoba. No tenía escoba, aunque el colegio sí, pero él necesitaba algo bueno, algo de marca, como una Petardo 105, que era la más reciente, pero el dinero no le sobraba. Tenía algunos ahorros, y otro montón en la bóveda acorazada de Gringotts, y esa era una reserva para los años siguientes.
"Qué más da — dijo una voz detrás de su cabeza —, si tienes recursos, hazlo".
No fue difícil comprarla, como estaba subscrito a El Profeta Dominical, mandó el dinero a la dirección que indicaba el anuncio:
Una buena escoba, Victoria segura Escoba de carreras PETARDO 105 Una compañera que nunca te fallará.
Le salió doscientos seis galleons con cincuenta sickles y diecisiete knuts. Por suerte tenía la garantía de un mes la escoba, pero ¡por qué tan pesimista! De seguro que quedaría en el equipo, no iba a ser necesario devolverla. De todas formas, hace mucho que no volaba en una escoba, y cuando pequeño lo hizo pero en una de juguete, y no es lo mismo que en una escoba normal.
Ray y Skandar también pensaban postular para el equipo y ambos tenían escobas, pero eran unas simples Rayo SC, un rango mucho menor que la de Severus, y ellos no sabían que él tenía escoba profesional. Tampoco sabían que Severus pensaba entrar en el equipo, para ser franco, le daba vergüenza decírselo.
— No olviden que el dos de noviembre tendremos las pruebas del guardián y un bateador — dijo Rosse Kripta, la muchacha que se metió a la fuerza como nueva bateadora que faltaba, y capitana. Era rubia, flacucha, alta y grosera, muy ahombrada, y por lo mismo nadie se atrevió a hacer quejas sobre su autoelección. Iba en quinto.
— Oye, Kripta — le murmuró Severus con decisión, ella lo miró con una mueca.
— Qué quieres, Snape — dijo ella masticando chicle grotescamente.
— Me puedes... ¿me puedes analizar aparte? — Siguió Severus quejoso, bajando aún más la voz.
— ¿Cómo? — preguntó ella frunciendo el entrecejo.
— Si puedes hacerme la prueba aparte.
— ¿Para qué? ¿Te da vergüenza acaso? — preguntó y no lo dejó responder —Está bien, el primero de noviembre, entonces, a las seis de la tarde, en la cancha.
Severus suspiró aliviado. Era más favorable para el que lo estuviera mirando una sola persona, a que todas las personas del equipo.
Dio las buenas noches a sus compañeros y subió a la habitación a dormir. Tendría que descansar su cerebro porque mañana iba a tener que gastar todas sus neuronas en Runas Antiguas para lograr entender.
El primero de noviembre llegó con mucha rapidez, como si alguien hubiese embrujado los relojes del colegio para que pasaran las horas a sorprendente velocidad.
— Hoy día tenemos que "hacerr" los "deberres" de pociones, ¿"irrás" con "nosotrros" a la biblioteca, "Severrus"? — dijo Álvaro mientras dejaba su mochila en su cama de dosel.
— Emm.... no, tengo cosas que hacer, — respondió el interrogado mirando su reloj, era un cuarto para las seis, se debía ir ya al campo de quidditch — debo ir...
No terminó de hablar, salió rápidamente al encuentro con la capitana de Slytherin, ¡pero se le olvidaba lo más importe! ¡La escoba! Si se devolvía perdería tiempo, y ni uno de los búlgaros podía ver la escoba porque sospecharían.... pero necesitaba la escoba. Corrió por las mazmorras, pero cuando escuchó las conocidas voces de los búlgaros, paró en seco y se escondió detrás de una armadura. Salió de allí cuando se perdieron de vista.
— Llegas cinco minutos tarde, Snape — dijo la rubia que había estado sentada en las gradas, esperándolo.
— Lo... siento... es que... me retrasé... — se trató de explicar el muchacho, estaba agitadísimo por la maratón que corrió.
— Sí, no me di cuenta —dijo ella con sarcasmo —. Bueno, vamos al grano ¿para qué te quieres presentar? ¿Para qué eres bueno?
— No sé, quiero intentar...
— ¡Cómo no sabes cuál es tu talento! — interrumpió Kripta con exagerada sorpresa.
— Deja de interrumpir, idiota, y evalúame luego — dijo Severus con frialdad.
Ella lo miró alzando las cejas pero no le discutió nada.
— Monta la escoba, entonces — indicó Kripta con los irregulares dientes apretados.
Severus puso una mano extendida en el aire y gritó "¡arriba!" para que la escoba se pudiera montar, pero esta no se levantó, tembló un poco, nada más. Miró fugazmente a la chiquilla que estaba de brazos cruzados, con cara burlesca.
— ¡ARRIBA! — gritó con decisión otra vez, y esta se quedó flotando en el aire. Pasó un pie por ella.
¡Zum!
La Petardo 105 se le escapó por cuenta propia y quedó a un metro del. Kripta soltó una carcajada por lo bajo.
Severus empezaba a ponerse nervioso, estaba quedando en vergüenza y la cara le ardía. La muchacha lo observaba atenta, pero no decía palabra alguna.
Volvió a pasar la pierna izquierda por la escobita. Dio una pisoteada en el césped, se elevó unos centímetros y luego lo botó.
Kripta no pudo contener la risa, empezó a carcajear descontrolada. ¡Severus no podía montar la escoba!
— ¿Bromeas? — preguntó ella con las manos en el estómago viendo que el chico iba de nuevo a su tercer intento de montar la Petardo. Se subió de nuevo pero comenzó a vibrar como loca, tratando de derribarlo. La rubia tenía lágrimas de risa en los ojos. — Con... ¡con una escoba tan buena, ja, ja, ja!
Severus no soportó, era hora de poner en práctica algún hechizo... sacó su varita y apuntó a la joven que lo miró con los ojos como platos.
— ¿Qué vas a hacer?
— ¡Obliviate! — conjuró Sev y un chorro de luz roja salió de la punta de la varita y le llegó de lleno a la chiquilla, que quedó con la mirada perdida.
— ¿Qué hacemos aquí? — preguntó ella, mirando la escoba de Severus.
— Querías ver mi escoba, ¿no lo recuerdas, acaso? — preguntó con ironía, pero ella no lo notó.
— No... ¿En serio? Vaya... que extraño... — balbuceó.
De la que se salvó, definitivamente el encantamiento era demasiado útil. Nadie se enteraría de que... era un inútil para Quidditch. Estaba tan enojado... y para colmo tuvo que devolver la escoba, no le servía de nada tenerla, así que recuperó lo gastado y parte de eso lo ocupó en golosinas de Honeydukes y unas cuantas cervezas de mantequilla de las Tres Escobas.
Nathaniel terminó saliendo elegido para bateador y Aidan Elioth, uno de cuarto año, como guardián. Nadie sospechó que él había tratado de ser parte del equipo, pero en su conciencia ese momento estaba vivo, odiaba a esa rubia ordinaria.
El equipo, a pesar de que estaba compuesto por buenos jugadores, perdió por ciento diez puntos con Gryffindor; Rosse se puso a agarrar a todos a palabrotas y garabatos, golpes y malos gestos. Severus no podía creer que una mujer pudiera decir tantas groserías por segundo.
Y eso no era todo. Perder ante Gryffindor significaba no poder sacarse de encima a Potter.
— ¡Quejicus! ¿Te gustó mi atrapada? — se mofó Potter cuando ya estaban en el castillo.
— Sí, buenísima Potter, pero tu cerebro es tan limitado que para lo único que sirves es para atrapar pelotas — los búlgaros rieron a carcajadas, y los otros de Slytherin que estaban por ahí, también. Severus sonrió maliciosamente.
— Has aprendido a defenderte, Quejicus — dijo Black haciendo una mueca.
— Sí, lo mismo pienso — apoyó Potter — ¿por qué no conseguiste lugar en el equipo? — agregó suspicazmente.
— A ti no te importa, imbécil, pero si quieres saber: considero una perdida de tiempo estar agarrando, bateando, atajando y metiendo pelotas, mi tiempo es valioso, Potter.
— Claro, es mejor tener la cabeza metida en los libros de ciencias oscuras, ensuciándolos con grasa — sentenció Black con desagrado.
— Eres un bribón — dijo una voz femenina por detrás de los cuatro amiguitos estúpidos. Una niña de intensos ojos verdes y con una mata de pelo rojo. Era Evans.
— Pero si no es nuestra amiga "La Sangre Sucia" — dijo Severus con fastidio y mirándola con asco.
— Qué poco caballero — dijo ella respondiéndole con la misma mirada, pero su voz fue ahogada por la de Potter.
— ¡NO LA LLAMES ASÍ!
Nadie sacó la varita, pero sí los puños. En un segundo se encontraban ambos, Severus y James, tirados en el suelo pegándose. Una patada, un hueso torcido... sangre... manotazos... moretones... rasguños... tirones de pelo, gritos de apoyo de Black y de los búlgaros, y de desacuerdo de Lupin, Pettigrew y Evans. El bullicio era indescriptible, todos gritando como vacas locas, otros reían y otros parecían un tanto preocupados, Peeves parecía divertirse haciendo unas cancioncitas sobre la pelea. Rodaban de aquí y allá, golpeándose y ahorcándose.
— ¡POTTER, SNAPE! — gritó una voz severa que resonó en todo el lugar, dejando que no volara ni una mosca, los chicos se soltaron, estaban sentados en el suelo todos despeinados. Estaban horribles, ensangrentados, moreteados en los ojos y en las mejillas, a Severus le chorreaba la sangre de la nariz, a Potter igual pero era externo: Severus le había roto los lentes y le había pasado a llevar la piel.
— ¡Están castigados por tres semanas! ¡CIEN PUNTOS MENOS PARA CADA CASA! ¡A MI DESPACHO, AHORA! ¡Pónganse de pié! — la profesora McGonagall estaba con los ojos inyectados en ira, nunca la habían visto tan enojada.
Se pusieron de pié y la siguieron.
