Capítulo 8. ( autora Virginía Camacho ).
Tuve el amor tan cerca, tan cerca de mis dedos. Tuve el amor más fuerte, más fuerte que los celos Oh, bella, hazme sufrir cuanto quieras, lo merezco. Pero luego permite que yo repare esos recuerdos.
— ¿Y si nos vamos a las Bahamas una semana entera? —propuso Terry llevándose un bocado de comida a la boca. Ella lo miró con ojos entrecerrados al ver que él insistía en ofrecerle regalos compensación.
—El verano ya casi se acaba.
—Las Bahamas están en el caribe, allá todavía será verano un rato más. ¿Y Bora Bora?
—Candy sonrió sin contestar, quería ver hasta dónde llegaba él con este juego.
—Señor —dijo Patricia acercándose a la mesa luego de que la pareja hubo terminado—. John Damonds está aquí—. Terry miró a Candy preguntándose qué querría, y le dio a Patricia la indicación de llevarlo a la sala.
—Tal vez pasó algo inesperado —auguró Candy—. John no es de irrumpir en la casa de nadie sin anunciarse.
—Bueno, veamos qué quiere.
— ¿Vas a dejar que esté allí? —él la miró elevando un poco sus cejas.
—Si no fuera así, estarías tras un muro o mueble tratando de escuchar a hurtadillas.
—No soy tan curiosa—. Él sólo sonrió.
—Si él opina que delante de ti no hablará, tendrás que irte, ¿lo entiendes? —ella hizo una mueca, pero no duró mucho, pues él añadió:
—Te prometo contarte todo luego—. Eso la asombró. Ciertamente él estaba cumpliendo con la promesa de no ocultarle nada más. Le tomó la mano y fue con ella a la sala donde estaba John Damonds. El hombre se levantó de su asiento al verlos entrar, y mirando sus manos unidas, sonrió.
—Me alegra que las cosas estén yendo bien entre los dos.
— ¿Qué pasa, John? —preguntó Candy adelantándose unos pasos a él.
—Tengo algo importante que comunicarles —dijo él pasando su pañuelo por la frente. Hacía calor, pero no tanto como para llegar a sudar de la manera en que él lo hacía.
Terry extendió la mano pidiéndole que tomara asiento, y Candy se sentó a su lado en el sofá. John dejó salir el aire y miró directamente a Candy.
—Siento mucho que hayas tenido que enterarte de todo esto y de esta manera. Para todos fue una sorpresa la existencia de Bert Andrew.
— ¿No pudiste sospecharlo antes? —preguntó Candy—. ¿Ni siquiera por el parecido con papá?
—En cierta ocasión le pregunté a William, y admitió que era un familiar, pero nada más. Eso me hizo comprender el trato especial… o la tolerancia que tenía hacia él. Le había hecho regalos, como la casa en la que actualmente vive, y un paquete de acciones, que, aunque pequeño, le permitiría vivir sin trabajar a cualquiera. No hice más preguntas, era la vida privada de tu padre, y me quedé tranquilo. Pero… pasado el tiempo las cosas empezaron a complicarse —siguió John—. William descubrió su enfermedad del corazón, y tan sólo unos meses después falleció. Cuando se leyó su testamento, vi muy disgustado a Bert, y pensé que era porque había tenido la esperanza de que se le nombrara, y no había sido así.
—William jamás quiso que tú te enteraras —dijo Terry mirándola—. Eso es claro.
—Tal vez quería que llevara su propia vida, sin involucrarse en la tuya. Le dio todas las herramientas para que se abriera su propio camino…
—Es evidente que él tenía otra manera de pensar —susurró Candy con rencor. Ya no sentía tanta ira contra su padre por haberle ocultado esta verdad. Ya había pasado un poco el choque de saber que tenía un medio hermano. William, después de todo, había sido un ser humano como cualquier otro, con errores, desaciertos y muchas fallas. ¿Y quién no?
—Él quiere conocerme —dijo elevando su mirada hacia Terry—. ¿Y si nos entrevistamos? Tal vez podamos comprender qué quiere.
—Bajo ningún concepto —aseveró Terry, y Candy hizo una mueca.
—Sabía que dirías eso. Pero no iría sola, obviamente —trató de negociar ella—. Estaría protegida.
—No pienso arriesgar uno solo de tus cabellos, así que no.
—Te…
—No —repitió él, más severo aún. Candy miró a John, como si apelara a su buen juicio, pero éste también meneó su cabeza negando.
—Él no es de fiar —aseguró John—. No es estable emocionalmente. En un momento es reservado a morir, y en el otro… suelta secretos y planes. Tal vez lo hace para confundir, tal vez sólo es un poco bipolar. Sea lo que sea, jamás te dejaría cerca de él. Podría ser en un momento un hermano encantador, y al siguiente, volverse una bestia. No estás segura cerca de él. Candy dejó salir el aire y se recostó en el mueble.
—Y ya declaró una vez que su intención es acabar contigo —siguió Terry ahora—. Tú misma lo dijiste. Así que no, Candy. No irás a menos que estés dispuesta a pasar por encima de mí y mi cadáver—. Ella hizo rodar un poco los ojos.
—No haría eso.
—La experiencia me dice otra cosa.
—Por eso quise venir —dijo John—. Terry me dijo que al fin sí estuviste allí esta mañana, que escuchaste lo que él dijo. Me alegra inmensamente que hayas hecho lo que hiciste, y que no te hayas presentado como tú misma a esa entrevista. Me vi acorralado, y comunicarme con Terry para advertirle fue casi un milagro. Ese hombre contaminó White Industries con lavado de dinero, tráfico ilegal de armas y ve tú a saber qué más.
—Lo desenmascararemos —aseguró Terry.
—Pero todo saldrá a la luz —siguió John—. Todo. Todo se sabrá. No sólo que White Industries fue contaminada, afectando así el valor de sus acciones y la confianza de nuestros clientes en nosotros, otra vez; lo que nos llevará a una nueva crisis financiera.
—Lo superaremos —prometió Terry.
—Se conocerán también los lazos de este hombre con tu padre —continuó Damonds—, el parentesco que hasta hace poco se tuvo oculto. Y Lucile lo sabrá todo también—. Candy tragó saliva mirándose las manos.
— ¿Es… inevitable?
—Podríamos contenerlo por un tiempo —dijo John—. Semanas, meses… pero al final de cuentas, todo se sabrá.
—Los secretos no duran para siempre —le recordó Terry, y Candy asintió aceptando esa verdad.
—A mí sí que quisiste ocultármelo. Estuviste dispuesto a acabar con la confianza que te tenía con tal de no decírmelo.
—Y cometí un terrible error, para nada, porque al final de cuentas, te enteraste—. Ella lo miró en silencio, y John continuó.
—Lamento no sólo lo que ha ocurrido hasta ahora, Candy, sino también lo que se viene —él miró a Terry, y su mirada se endureció un poco—. Hay que hacer algo pronto, hay que detenerlo… Aunque eso signifique que la memoria de William sea un poco manchada. Terry miró a Candy, quien, después de todo, era quien podía decidir entre ellos.
Ella cerró sus ojos, y recordando las viejas enseñanzas que él mismo le diera, recordando que siempre debía poner el bien mayor por encima del suyo propio. Recordando que si una vez tomó la decisión de casarse con un desconocido fue para proteger a miles de familias y a su propia madre, asintió.
—Hagan lo que tengan que hacer —dijo—. Si yo, que soy la principal afectada por lo que hizo papá en el pasado, soy capaz de perdonarlo, nadie más tiene derecho a juzgarlo; y quien se atreva a hacerlo, va a tener que responder ante mí. Y de alguna manera sé… que mamá también lo entenderá—. Terry sonrió mirándola con orgullo, y se volvió a mirar a John, que tomó la afirmación de Candy como una orden.
—Que así sea, entonces.
—Ten mucho cuidado —le pidió Candy. John Damonds se puso en pie.
—Sólo quería saber cómo estabas luego de lo que pasó esta mañana, y confirmarte que sí era cierto que los GrandChester y tu padre tenían ese trato, a pedirte que tuvieras paciencia, y a disculparme por todo. Pero parece que las cosas con tu esposo se han arreglado, y me alegra —Candy sonrió.
—Gracias por tu preocupación—. Se acercó para abrazar al hombre, y minutos después, ella y Terry quedaron de nuevo a solas.
Las cosas estaban complicadas, pensó. Se avecinaba una tormenta.
—Creo que Aidan es dueño de una isla en Grecia —dijo Terry de repente. Él retomaba el tema como si no hubiese habido una larga interrupción, lo que hizo reír a Candy—. Le podría decir que por favor me la preste para llevarte allí y pasar una temporada solos. Seguro que hay muchas sillas allá donde podremos corregir lo que pasó en la silla de acá—. Ella no pudo evitar soltar la carcajada.
—Definitivamente, estás loco. Acabamos de hablar de algo muy serio con John, y tú…
—Lo que estoy hablando es muy serio también. El dinero va y viene, las empresas quiebran y se restauran, pero mi esposa es lo más importante, lo más serio para mí —aseguró él. Se acercó a ella y le tomó los brazos mirándola fijamente. Ella parecía ahora un poco seria, y miró hacia la puerta por donde había salido John—. Nada malo le pasará ni a tu empresa ni a tu madre. No soy sólo yo quien trabaja día y noche para eso, sino también mi hermano, y un equipo de profesionales en los que confío plenamente. Estás a salvo, tal como quería tu padre.
—Pero mamá…
—Lucile no es una niña. Y será mucho mejor si entre los dos le contamos la verdad que si esperamos a que todo estalle en un escándalo. Entonces sí se disgustará porque no le contamos—. Candy lo abrazó con fuerza, y él besó sus cabellos.
—Quisiera sólo poder cerrar mis ojos, y no tener que abrirlos sino hasta que todo esto pase.
—Eso es querer evadir la realidad —acusó él—. Pero si eso es lo que quieres —siguió, mientras la abrazaba también, acercándola mucho más a su cuerpo—, se me ocurren otras actividades en las que puedes sumergirte—. Eso la hizo sonreír de nuevo.
—Seguro que sí. Cada día que pasa, te vuelves más creativo.
—Tú me inspiras —ella volvió a reír, y él, feliz, besó su risa. Pasaron toda la tarde en la habitación haciendo el amor. Candy se asombraba de sí misma, de la resistencia física de ambos, y del hambre que estaba mostrando él.
Una semana separados había sido demasiado, al parecer, más, porque habían estado disgustados. Ya era tarde en la noche cuando él por fin salió de la habitación y la dejó desnuda en la cama. Robert lo había llamado y él se había encerrado en su despacho.
Candy salió de la cama sintiendo hambre, y se vistió con lo primero que encontró para bajar a la cocina.
Una vez abajo, escuchó voces que venían de la cocina, así que caminó a paso lento. Era la voz de una de las chicas de la limpieza, que parloteaba mientras acomodaba unos trastos. Patricia preparaba algo en la estufa.
—Es que yo digo, tuvo que ser algo muy fuerte, algo muy malo.
El señor estaba terriblemente enojado —decía la chica de la limpieza—. O sea, es que ni se giraba a verla. ¿Y los viste pelear esta mañana?
—No deberías meterte en esas cosas —la reprendió Patricia en voz baja—. Si fuera tu vida, no te gustaría que la estuviesen comentando.
— ¡Pero es que no se habla de otra cosa! Hace una semana ella dormía en otro lado, y hoy de repente: "Pasen las cosas de la señora a mi habitación" —dijo, imitando la voz de Terry, y Candy se quedó oculta escuchando.
—Sólo fue una discusión, era claro que se iban a arreglar. Ya termina rápido.
—Ay, yo sí me alegro de que se hayan contentado y sean como antes. ¿Te acuerdas que los pillábamos en los rincones de la casa dándose besos? Así deberían ser todos los matrimonios. Pero si tienen bebé… se nos va a triplicar el trabajo, vas a ver.
—Para compensar el tiempo en que no hiciste nada —dijo la voz de Candy apareciendo ante ellas, y ambas mujeres hicieron una exclamación de asombro.
—Señora… Yo no… quiero decir; si usted tiene un bebé yo estaré muy feliz…
—Ya cálmate, no te voy a echar. Por favor, Patricia, avísanos en cuanto esté lista la cena.
—Claro que sí, señora. Minutos después,
Terry entró a la habitación trayendo una bandeja con la cena.
Ella se había dado una ducha y ahora se secaba su cabello. Cuando él le tomó la mano para guiarla a la pequeña mesa de desayuno que había instalada en la habitación, ella no pudo más que sonreír.
—Definitivamente, no quieres salir de aquí —comentó ella sentándose y señalando los platos. Terry se sentó a su lado con una sonrisa.
—Tenemos que reponer todos estos días en los que no me dejaste ponerte la mano encima.
—Te recuerdo que tú también estabas molesto.
—Bueno, no hablemos de eso. Por cierto, no me había dado cuenta de que tenemos un servicio doméstico muy cotilla —dijo descorchando una botella y sirviendo las copas de vino. Candy se echó a reír a la vez que atacaba su plato de comida. Estaba hambrienta
— ¿Los escuchaste diciendo algo?
—Básicamente, estaban celebrando nuestra reconciliación. Saben más de nuestra vida privada que nosotros mismos.
—Bueno, no los puedes culpar. Supongo que siempre será así.
—Dijeron que te quedarías emb
arazada —comentó él mirándola de reojo.
—Ay, por Dios —rio ella, pero él estaba serio—. ¡No me voy a quedar embarazada!
— ¿Y por qué no? ¿no quieres tener hijos conmigo? —ella borró su sonrisa y lo miró fijamente.
— ¿Tú quieres?
— ¡Claro que sí! — ¿De verdad?
—Candy…
—Lo siento, pero es que… no lo sé, yo… no te imaginé nunca diciendo algo así—. Él suspiró y se rascó una oreja simplemente. Ella siguió comiendo, esperando a que dijera algo.
—Pues sí —dijo él al fin—. No digo que ahora mismo, o el otro año, pero sí me gustaría tener hijos contigo—. Sonrió mirando a la distancia—. Supongo que tendremos unos hijos muy guapos. Rubios, quizá.
—Si tu hermano te oyera hablar…
—Robert puede irse a la mierda —dijo dándole un bocado a su comida—. No tengo que pedirle permiso para desear cosas.
— ¡Wow! Estoy impresionada —él se echó a reír. Terminaron de comer, y Terry le tomó la mano para llevarla al balcón que daba al enorme jardín. El cielo estaba despejado, y juntos, se sentaron en un mueble allí dispuesto.
—Cuéntame bien cómo fue lo del billete de lotería —le pidió ella, y Terry hizo una mueca. Había sabido que ella querría hablar de su pasado, y él había prometido no ocultarle nada.
—Tendría que retroceder al momento en que Robert me encontró.
—Retrocede entonces. En un ratito haremos el amor, pero mientras, háblame —él se echó a reír, y ella le tomó la mano y besó cada uno de sus dedos, como diciéndole que ninguna cosa que él hubiese hecho en el pasado con ellas, la ahuyentaría.
—Robert fue por mí y me encontró tres años después de que nos separaran.
—Fue mucho tiempo…
—Sí… tres años infernales. En ese tiempo fui de casa en casa, y terminé escapando y terminé en las calles; yo estaba al borde de la inanición; el invierno se venía, y habría muerto de no ser por… En fin, Rob me compró ropa abrigada, y mucha comida. Vivíamos en un pequeño apartamento, pero nos echaron por ser dos. Debíamos pagar otro, y el dinero escaseaba. Éramos un par de chicos jóvenes, fuertes hasta cierto punto, y… bueno… me di cuenta de que Robert se ganaba la vida de manera… bastante peculiar—. Ella frunció el ceño.
— ¿Se prostituía?
— ¡Claro que no! —contestó él horrorizado.
— ¿Vendía drogas?
—No. Peleaba—. Ella frunció levemente el ceño, y poco a poco se fue acomodando hasta apoyar la cabeza en el muslo de él, que seguía mirando a la lejanía mientras le seguía contando—. Eran peleas casi de vida o muerte. Cuando le sugerí hacerlo yo también, casi me pega. Terminaba todo reventado, pero tranquilo por el dinero que ganaba. Y así lo contrataron para ser el guardaespaldas de alguien. Nos habíamos prometido ascender de alguna manera, y estábamos buscando al asesino de papá y mamá para cobrarnos su muerte, así que nos pareció que esta era la manera más rápida, pues estando en ese mundo, podríamos encontrar al asesino, y así pasaron un par de años. El hombre al que mi hermano le cuidaba las espaldas era un gallito de barrio que había empezado a ganar dinero de manera ilegal y que se había ganado unos cuantos enemigos. Hacíamos su trabajo sucio, que era cobrar dinero, desalojar gente, quitarle de encima ciertas molestias… nada demasiado grave. Pero entonces la policía se fijó en él, y empezó a tener problemas. Quisimos retirarnos, pero no fue tan fácil. Y un día simplemente los acabaron. La policía los abatió en un enfrentamiento horrible. Casi todos fueron dados de baja, y los que no, atrapados. Escapamos con uno de los amigos del jefe, pero éste iba herido, así que no duró mucho. Cuando su corazón dejó de latir, yo… revisé sus bolsillos—. Él se detuvo, se pasó la mano por la cara y miró a la distancia—. Cuando tienes hambre y frío, cosas como la decencia y la moral pierden sentido. Le quité sus anillos y el arma. Y me di cuenta de que tenía un billete de lotería en uno de sus bolsillos. Lo guardé, así como me guardé sus demás pertenencias. Robert vendió el arma; yo, el oro, y luego, nos dimos cuenta de que el billete había salido ganador. Cincuenta millones. Nada menos.
Candy lo miraba fijamente. Mientras contaba la historia, Terry parecía revivirlo. Odiaba tener que hacerlo pasar por esta tortura, pero al mismo tiempo, sabía que le hacía bien, que lo centraba, que le ayudaba a poner todo, al fin, en el pasado.
—Y la vida de ambos cambió—. Él sonrió.
—No tanto. No podíamos enloquecer con el dinero, atraeríamos la atención de personas indeseables. Ya conocíamos ese mundillo, y sabíamos lo peligroso que era. Robert no volvió a trabajar para nadie, y mucho menos a pelearse por dinero… Empezamos a hacer otras cosas. Compramos la casa de papá y mamá, la restauramos, pero no pudimos volver. No soportamos estar de nuevo allí sin ellos; los recuerdos dolían demasiado. Buscamos a Aidan, sin mucho éxito. Empezamos en el mercado de divisas, luego acciones, luego nos fuimos diversificando. Yo hice una carrera universitaria, luego Robert, cuando se dio cuenta de que el conocimiento nos hacía bien.
—Y luego, se hicieron lo que hoy son.
—Encontramos a Aidan —siguió Terry asintiendo a las palabras de Candy—. Nos contó parte de su historia, aunque… bueno, no sé por qué… Entiendo que hacerse cantante fue una manera de ponerse a sí mismo en un lugar visible para que lo encontráramos, pero… al tiempo, parecía ser una especie de venganza contra alguien, alguien que le había hecho mucho daño. Mis dos hermanos fueron seriamente heridos durante el tiempo que los perdí de vista; Robert ya no era el mismo de antes, y Aidan… era peor. Problemas de alcoholismo y drogas… Ya lo habrás leído en las revistas.
—Sí, y es terrible.
—Algo les pasó a ambos.
—Pero también te pasó a ti —dijo ella elevando su mano a él y acariciándole la mejilla—. Y saliste adelante—. Él la miró y sonrió.
—Tú me has ayudado. Conocerte, me ha curado un poco el alma.
—Me alegra —sonrió ella—. Así que esos fueron entonces los negocios sucios de los que me hablaste.
—Ah, bueno… no fueron los únicos. Pero nunca fueron cosas tan graves que mereciéramos ser encerrados. Éramos un poco agresivos, y muy pocas veces tuvimos misericordia.
—Pero también eran justos, y avisaban a sus amigos cuando las cosas no iban bien —él la miró a los ojos, un poco extrañado por su declaración—. Ustedes le advirtieron a papá de lo que estaba sucediendo —explicó ella—. Le avisaron, y fue a tiempo… y nos salvaron.
—No creo que William nos considerase sus amigos.
—Si puso su empresa, su legado, aquello por lo que había trabajado toda su vida en sus manos, era porque confiaba en ustedes, en lo legales que eran. Eso, para mí, sólo se hace con los amigos—. Terry ladeó su cabeza pensando en eso. Tal vez era cierto, pensó. Tal vez William sí los había considerado amigos. Candy se sentó de nuevo y se acercó a él.
—Puede que yo no sea la persona más indicada para decir esto, pero papá tenía un buen olfato con la gente; se dejaba guiar por su instinto, en el que confiaba mucho. Es evidente que se equivocó con Bert Andrew, y con tío Raymond, su mejor amigo, pero, definitivamente, con ustedes no se equivocó. Salvaron su empresa… y me salvaron a mí.
—Eras una damisela en apuros —sonrió él, viéndola acomodarse poco a poco en su regazo y rodearle los hombros con sus brazos.
—Sí, lo era, aunque me cueste reconocerlo. Pero mi mayor apuro, más allá de lo económico, era lo sentimental. Si no hubiesen llegado a tiempo, yo me habría casado con el bueno para nada de Sean. Me habría dado cuenta muy tarde del tipo de persona que era, y lo habría lamentado profundamente, cuando ya no había nada que hacer. En cambio… —ella se acercó y besó su frente, su nariz, y, por último, sus labios— conocí a un hombre tosco y bruto, un auténtico Neandertal —él se echó a reír—, que prácticamente me dio un porrazo en la cabeza e hizo que me enamorara de él.
—Con un porrazo, ¿eh?
—Sí, más o menos. Con una porra enorme —dijo ella sobándolo con su mano, lo que hizo que él cerrara los ojos disfrutando su toque—. Pobrecita yo, a merced de ese Neandertal.
—No te oí quejarte mucho. Si gemías, era de placer.
—Oh, tenía que camuflar mis gemidos, por miedo a ti.
—Ya veo que te morías de miedo—. Ella se echó a reír, al tiempo que se sobaba contra él, iniciando de nuevo una danza entre los dos.
—Te amo, Candy —dijo él otra vez—. Estoy muy feliz de haberme casado contigo—. Ella cerró sus ojos al oírlo decir palabras tan bonitas.
Un toque tuyo. Y en fiesta infinita celebra mi piel. Un beso tuyo. Y mi alma se derrama sobre ti como la miel.
Candy besó profundamente la boca de Terry, que paseaba sus manos muy suavemente por la piel de su espalda, su costado, y la fue subiendo hasta atrapar en ellas sus senos, apretujándolos suavemente, deleitándose en su suavidad, la manera como llenaban sus manos. Ah, el cuerpo de su esposa, pensó él cerrando sus ojos, absorbiendo las sensaciones que entraban por todos sus otros sentidos. Con sus dedos, jugueteaba con los rosados pezones, y éstos se fueron endureciendo poco a poco. Ella gimió suavemente y él abrió sus ojos al oírla.
—Eres una golosa —sonrió, y Candy se sacó la blusa que llevaba puesta para quedar completamente desnuda sobre él.
—Y qué. Como si tú no fueras peor —él alejó un poco su cabeza mirándola ceñudo, pero cuando ella lo miró esperando que contradijera a sus palabras, él asintió.
—Es tu culpa, de todos modos —dijo—. Estás demasiado buena —ella sonrió, y él apretó una de sus nalgas, para darle enseguida una palmadita. Candy lo movió hasta sacarlo del mueble donde habían estado y acostarlo por completo sobre el piso del balcón.
Él seguía mirándola como si llevara diez años en la cárcel sin ver el cuerpo de una mujer. Se llenaba los ojos con ella, seguía tocándola, acariciándola, enloqueciéndola.
—Eres muy bella —dijo, como si sólo analizara un hecho—. Me vuelves completamente loco.
—Lo mismo por aquí —aseguró ella acercándose más a él, apoyando sus senos sobre su pecho desnudo, deseando sentirlo por todo su cuerpo.
—Te amo y te deseo. Nunca me había pasado esto, Candy —ella lo miró a los ojos—. Te lo juro —siguió él—. Es la primera vez que verdaderamente le hago el amor a una mujer—. Candy sonrió—. Jamás tendré demasiado de ti —siguió él.
—Ni yo de ti —al decirlo, lo tomó en su mano acariciándolo de arriba abajo. Terry cerró sus ojos apretando sus dientes y gimiendo por el toque de ella. Jamás se cansaría, pensó Candy. Podía perfectamente verse a sí misma veinte años después haciendo exactamente lo mismo como hoy. que él estaba aquí, justo debajo de ella, diciéndole cuánto la amaba. Y era tan inmensamente feliz por escucharlo…
Se acercó a su rostro y besó su mejilla, la línea de su mandíbula, su cuello. Lamió suavemente los pezones mientras con la otra seguía acariciándolo de arriba abajo, excitándolo hasta que estuvo tan duro como una barra de metal. Terry, ciertamente, era hermoso. Su piel era simplemente deliciosa, su aroma natural, su sabor… Cada parte de su cuerpo ella lo idolatraba, y aquello que tenía en su mano, ciertamente la idolatraba a ella, que pulsaba por atención, atención que ella no tardó en darle.
Besó su pecho y su vientre, y poco a poco fue bajando más.
Él soltó varias exclamaciones al ver su intención, pero no se atrevió a detenerla. Secretamente, todo hombre anhelaba esto, aunque muchas veces no fueran capaces de pedirlo en voz alta. Y ella lo rodeó de besos y lametones, y Terry no sabía qué hacer con sus manos. La acariciaba, retiraba el cabello de su rostro, las empuñaba, y cuando estuvo en la boca de ella, dejó salir un largo, largo gemido de sorpresa y placer.
—Oh, Candy —la llamó él, pero ella estaba muy ocupada con él. Se iba a correr, tenía que controlarse, tenía que ser decente. Aguanta, se dijo. Aunque es lo más deleitoso y sensual que jamás has experimentado, aguanta. Cuando lo tuvo al borde de la locura, cuando casi lo sintió temblar, gemir, o llorar tal vez pidiendo clemencia, ella al fin se detuvo. Lo miró dándose cuenta de que tenía a este hombretón, lleno de orgullo y tal vez un poco de soberbia, totalmente sometido a ella, pero en vez de sentirse ganadora, sintió una súbita ternura inundar su corazón.
Él le estaba entregando su alma y su cuerpo, como había dicho en una ocasión, le estaba dando su corazón. Ella lo recibió y lo acunó en el suyo. Para siempre, convirtiéndose los dos en uno solo, con un solo aliento y un solo latid.
—Te amo tanto, Terry —susurró subiéndose encima de él, como si lo fuera a cabalgar. Lo guio hacia su cuerpo pulsante, que lloraba por él, y fue empalándose poco a poco con su miembro, apretándolo en cuanto lo tuvo dentro, encerrándolo con fuerza entre sus músculos.
—No… no va a durar —advirtió él—. No puedo más. Esto… no va a durar.
—Que dure lo que tenga que durar —susurró ella. Él se sentó, y de manera casi brusca, la encerró entre sus brazos, levantó sus rodillas y la apretó con fuerza contra él, que empezó a moverse en su interior con ímpetu descontrolado. La escuchó gemir, gritar, casi, pero no pudo detenerse, estaba enloquecido porque, otra vez, estaba llegando al éxtasis dentro de ella. Estaba comprobando otra vez que, luego de haberle declarado su amor a su esposa, el sexo era mucho más dulce, más placentero, más significativo. Cada vez que entraba en su cuerpo, para él era como penetrar en un sagrado templo, algo muy precioso, de muy alto valor. Se corrió dentro de ella largamente, olvidándose de todo cuanto lo rodeaba, siendo consciente tan sólo del cuerpo de Candy entre sus brazos, su calidez, su entrega. Se corrió otra vez, y dejó salir un gemido de éxtasis. Se había embriagado una vez más con el amor de ella, con el amor que sentía por ella. Jamás imaginó que hubiese algo tan exquisito que esto.
Candy abrió los ojos a la mañana siguiente y miró la luz entrar por la ventana. Sintió un peso sobre su brazo y se giró. Tal vez Coco se había colado de nuevo en la habitación. Y aunque Coco sí que estaba con ellos, no era ella la que oprimía su brazo, era Terry. Miró el reloj preguntándose qué horas eran. El sol ya estaba afuera, ¿qué hacía Terry aún en la cama? Se movió suavemente y le tocó la frente, hallándola fresca y seca. No estaba enfermo. ¿Pero por qué no estaba ya ejercitándose, duchándose, o sacando a pasear a la pobre Coco que la miraba con una súplica en los ojos? Coco gimió quedamente, tal vez necesitando urgentemente salir, pero como era tan noble y dócil, sólo se quedaba allí esperando a que se apiadaran de ella. Candy se sentó y salió despacio de la cama y se acercó a la perra para tocar su cabeza.
—Lo siento, pero creo que tu amo se volvió un perezoso —le susurró, y al girarse, vio a Terry la miraba con sus ojos muy abiertos—. Oh. Despertaste—. Él se sentó también, tan desnudo como había venido a este mundo.
— ¿Qué hora es? —preguntó con voz perezosa.
—Las siete.
— ¿Ya? —Sacaré a Coco —dijo ella avanzando hacia el baño, pero tuvo que detenerse. Joder. Estaba adolorida, las piernas le temblaban. Se giró a mirar a Terry con un ceño de reclamo, pero él sólo sonrió orgulloso de sí mismo. Anoche no habían parado. En toda la tarde, en toda la noche. Había perdido la cuenta de las veces que lo habían hecho. ¿De dónde sacaba energía este hombre? ¿Sería así de ahora en adelante? Iba a morir joven.
— ¿Necesitas ayuda? —preguntó él con su pícara sonrisa.
—No, gracias.
—Uno intentando ser un caballero —siguió él, y salió de la cama. Coco volvió a gemir, y él se agachó a sobarle la cabeza—. Yo te saco, preciosa. Espérame afuera —la perra obedeció, y Terrry caminó hacia el baño, no sin aprovechar la oportunidad de darle una leve nalgada a Candy cuando pasó por su lado. Ella seguía quieta en el mismo lugar, y sólo fue capaz de mirarlo con el mismo ceño—. Ya vuelvo —le susurró cuando ya se había lavado la cara, tenía puesto un pantalón corto y una simple camiseta sin mangas—. Si sigues desnuda, no responderé de mis actos.
—Y yo creyendo que ya eras un príncipe.
— ¿Un príncipe yo? Dios me libre—. Le dio un fuerte beso sobre los labios y salió de la habitación buscando a Coco, y urgiéndola a salir.
Candy, sola en la habitación, se recostó en la pared sonriendo simplemente. Necesitaba el baño, ducharse, dormir otro par de horas, y volver a ser un ser humano, pero definitivamente, no podía estar más feliz. Este hombre era todo lo que soñó. Así tal cual, estaba feliz.
Tío Raymond se apareció de repente cuando ya la pareja había desayunado y Terry se bebía un café mientras leía el diario dominical sentado en la mesa de desayuno de la cocina, y Candy lo observaba preguntándose por qué esta escena le parecía tan hermosa. Lo anunciaron, y ambos se miraron alarmados.
— ¿Qué querrá? —preguntó Candy un poco asustada. En el pasado, todas las veces que habló con tío Raymond fue para malas noticias. Terry sólo agitó levemente su cabeza pidiéndole que no se preocupara. Dejó el diario a un lado y se levantó para ir a recibirlo. Candy fue con él, y encontraron al hombre de pie en medio de la sala, algo agitado, y paseándose de un lado a otro.
—Tío Raymond —saludó Terry con la voz impregnada de buen humor. Candy lo miró tratando de hacerle entender que tomara otra actitud, aunque en el fondo sabía que su marido terminaría haciendo lo que le diera la gana.
—Te dije que no te doy permiso para llamarme así. Tú, niña. ¿Cómo es posible que sigas con este malnacido luego de lo que te dije? Viste evidencias, viste pruebas, y eres capaz de… estar con el asesino de tu padre.
—No te permito que vengas a insultar a mi marido en su propia casa —espetó, dejando muy sorprendidos al par de hombres—. ¿No sólo irrumpes un domingo en nuestra casa, sino que además vienes con insultos? No eres mi tío Raymond.
—Te estoy diciendo que este hombre…
— ¡Este hombre es mi esposo! —exclamó ella—. ¡Y todo lo que me dijiste esa vez es un error! Ellos no tuvieron nada que ver con lo que le sucedió a la empresa.
—Ya te lavó el cerebro.
— ¡Como sea! —volvió a hablar ella con voz dura—. No tienes nada que decirme, y nada de lo que digas lo podré creer. ¿Con qué cara vienes a "defender" a mi padre ahora que está muerto, siendo que, cuando estuvo vivo, preferiste creerle a la arpía que tienes por mujer? —Raymond abrió grande su boca con asombro. De inmediato miró a Terry, que también miraba a Candy sorprendido.
— ¡Tú! —lo señaló Raymond enrojeciendo—. ¿Qué le has hecho a mi sobrina? ¿Qué le dijiste?
—La verdad —contestó él tranquilamente—. Y nada más que la verdad.
—No tienes ningún derecho, tío, a venir aquí a reclamar nada. No estuviste para mi padre cuando más te necesitó, y eso no te lo perdono. Le fallaste como amigo, como socio y como hermano. Le fallaste en todos los sentidos. Si tengo que culpar a alguien del estrés que le causó a mi padre la muerte, tú eres uno. Tú llevas mucha culpa. Me duele por Linda, porque no se merece un padre como tú. También a ella la has dejado sola, la has abandonado. Espero que todos los cuernos que te ha puesto la maldita esa te hagan compañía cuando al fin te deje.
—Candy… —intentó hablarle Terry.
—Y si no tienes nada agradable que decirle a Terry, ¡mejor vete de mi casa!
—Estás despreciando a la familia por ponerte de parte de este…
— ¡Terry es mi familia! —lo interrumpió ella con voz fuerte—. Es mi marido, es mi amigo, ¡es todo! Él y mi madre son todo lo que me importa en este mundo. ¡No me vengas con lecciones de lealtad, que de eso no sabes nada! —Raymond dio un paso atrás observando a Candy, la que en el pasado fue una niña que se sentaba en sus rodillas, con Linda al otro lado, mientras él, disfrazado de Santa Claus, escuchaba sus deseos para navidad. No eran la misma. En cierta forma, era más como William. Había heredado su carácter, y lo estaba haciendo aflorar ahora. Miró a Terry, que tenía orgullo, sorpresa y diversión en su mirada, y que le dirigió una mirada de desconcierto, sorprendido él también por la reacción de ella.
—Si de verdad te interesa saber lo que pasó entre papá y los GrandChester —siguió Candy—, entonces, te aconsejo que apartes una cita con uno de los dos. Seguro que como socio de White Industries no podrán negarse, y allí, muy decentemente, les preguntarás qué sucedió. Como socio —repitió ella haciendo énfasis en la palabra—, no se te puede negar esa información. —Candy…
—Y si no tienes nada más que decir, te agradeceremos que nos dejes en paz. Es domingo, nuestro día de descanso, y queremos estar a solas—. Raymond miró a Candy de hito en hito. ¿No valían de nada las pruebas que le habían enviado? Las conversaciones transcritas, los documentos firmados por ese par de hampones. ¿Qué le estaba pasando a esta niña? ¡Estaba traicionando la memoria de su padre!
Terry carraspeó atrayendo la atención de Raymond, que endureció su mirada al verlo.
—Esta semana puede pasar por nuestras oficinas. No… necesita cita previa—. Raymond apretó sus dientes.
—Por supuesto que no. Soy un socio muy importante de la empresa.
—Y también podrá enterarse de qué ha ocurrido en los últimos meses, si gusta, dada su… larga ausencia—. Raymond se puso rojo otra vez, y dando media vuelta, les dio la espalda y salió de la casa. Ella se cubrió el rostro con ambas manos cuando quedaron a solas, y Terry la abrazó. Aunque ella se había portado ruda y decidida, seguro que su corazón estaba un poco adolorido. Pero no dijo nada. No la consoló con palabras, sólo la sostuvo entre sus brazos mientras ella normalizaba su respiración.
—Fui… muy dura —admitió ella—. No debí sacarle en cara lo de Debra…
—No te lamentes. Seguro que a ese pobre nadie jamás le cantó las verdades en la cara.
—Pero…
—Shhht… —la hizo callar él, sonriendo, y ella sacudió su cabeza.
— ¿Crees que quiera intentar otra cosa?
—Para bien o para mal —suspiró Terry pasando sus manos por los hombros de ella y echando sus cabellos atrás—, él se preocupa por ti. Todo lo ha hecho por auténtica preocupación. Si vino a tiempo o no, ya no es relevante; sus intenciones no son malas. Como seguro que se pasará por las oficinas, yo me encargaré de ponerle al corriente de todo. Por otro lado… estuviste fantástica—. Ella dejó caer sus hombros.
—No sé qué se apoderó de mí—. Él rio entre dientes y volvió a abrazarla.
—Es por esto que te amo tanto. Mi chica valiente—. Ella sonrió al fin, dejándose mimar por él.
—Mamá nos espera en la tarde —le recordó ella—. ¿Crees que debamos contarle lo de la acusación de Debra de haberse acostado con papá?
—No creo que sea necesario. Ya recibirá una noticia bastante fuerte con lo de Andrew.
—Dios, son tantas cosas…
—Para eso te hice el amor veinte veces anoche, para que estuvieras relajada hoy—. Ella lo miró ceñuda otra vez.
—No fueron veinte veces.
—Oh, mi error. Diecinueve veces —Cany se echó a reír.
—Mentiroso. No hay hombre en este mundo que pueda hacerlo diecinueve veces seguidas.
—Entonces es verdad y no soy un humano normal.
—Ya calla —rio ella pegándole suavemente en el hombro. Él la tomó por la cintura caminando con ella hacia las escaleras. — ¿A dónde me llevas?
—A redondear.
— ¿Redondear? —le preguntó ella muy confundida.
—Dices que fueron diecinueve veces, quiero redondear el número y llegar a veinte—. Candy abrió grandes sus ojos de sorpresa—. Además—, siguió él ignorando su expresión— quiero poner mi propio récord. Veinte veces en menos de veinticuatro horas.
— ¡Estás enfermo! —rio ella otra vez sumamente escandalizada, pero él besó su risa callándola. Ella había olvidado la visita del tío Raymond casi de manera mágica, y ya tenía la mente puesta en otras cosas.
¿Se puede amar tanto, pero tanto a una persona que termines olvidando tus pesares, y tus miedos? Recordando que la gloria pertenece a quien perdona Que realmente no se vive si no luchas por tus sueños.
Lucile vio a Candy y Terry bajar del auto y tomarse de las manos antes de entrar a su casa, y dejó salir el aire contenido. Ellos estaban bien. Había tenido la impresión de que no era así cuando habló por teléfono con su hija, pero al parecer habían sido ideas suyas, o, simplemente, en el transcurso de estos días, ellos habían arreglado sus diferencias.
Les abrió la puerta ella misma, y al ver a su hija, y su luminosa sonrisa, la abrazó feliz.
—Gracias por venir —les dijo, dándole ahora un abrazo a Terry, que le besaba la mejilla.
—Gracias por invitarnos.
—Estuve… un poco preocupada, pero veo que están bien —sonriendo, Lucile les tendió la mano para que siguiera, aunque notó que Candy miraba a Terry tratando de hacerle llegar un mensaje, y él simplemente pasaba su mano por su espalda como si la tranquilizara.
— ¿Está todo bien? —les preguntó cuando los tuvo sentados en su sala, y ambos movieron su cabeza afirmativamente—. ¿Qué tal París?
—Interesante —contestó Candy sin mirarla fijamente, y Lucile entrecerró sus ojos analítica. Sin duda, sí que había pasado algo entre los dos, y había sido en París que sucediera. Miró a Terry con una sonrisa, y él hizo un gesto.
—La primera parte fue genial. Luego, pasaron cosas desagradables.
— ¡Terry!
—Nos peleamos —siguió él sin prestarle mucha atención a Candy—, nos dijimos cosas feas, pero ya luego nos contentamos y aquí estamos.
—Si nos contentamos, no hay necesidad de contárselo a mamá.
—Fue grave —le dijo Terry a Lucile, que elevó sus cejas interesada—. Ella quería divorciarse.
—Oh, por Dios.
— ¿Te vio con otra mujer? —preguntó Lucile con una sonrisa un poco divertida.
—No. Yo…
—No tiene nada que ver con eso —lo interrumpió Candy elevando un poco su voz—. Lo importante, mamá, es que ahora estamos bien.
— ¿Están bien de verdad, Terry? —le preguntó Lucile, como si no se fiara del todo de la palabra de su hija. Él sonrió como un niño al que finalmente le dieron doble ración de tarta.
—Ahora sí. Todo está perfecto entre los dos. No sé si en el futuro ella vuelva a amenazarme con querer divorciarse, pero ahora mismo, todo está muy bien—. Lucile rio.
—Lo volverá a hacer. Recuerdo haberme disgustado con William y haberlo amenazado con eso unas dos veces… ¿o fueron más?
—Pero esas cosas son… privadas —insistió Candy mirando a Terry con una sonrisa de advertencia—. No tenemos que estar anunciando las veces que nos peleamos.
—Ella es tu madre, no cualquiera, y si no le hubiese contado, habría estado intrigada, preocupada, y haciendo preguntas disimuladas.
—Es verdad —admitió Lucile—. Agradezco tu sinceridad, Terry—. Él movió la cabeza en un asentimiento, y Candy se cruzó de brazos.
En el momento, alguien del servicio entró a la sala con aperitivos. Terry aceptó la taza de té que le ofrecían y las galletitas.
—Hay una cosa que queremos conversarte —dijo dándole un sorbo a su té—. Y es con respecto a la empresa. El testamento de William… y otras cosas. Lucile recibió su té y le pidió a la joven que se lo entregaba que se retirara.
—El testamento de William —parafraseó Lucile mirando a Candy, pero ella no sostuvo su mirada
—. ¿Pasa algo con él?
—¿Lo recuerdas?
—No cada palabra. Tengo una copia, ¿lo necesitas?
—No, realmente. En él habla acerca de Bert Andrew. Un familiar al que William le dejó unos cuantos bienes.
—Ah… —Candy miró fijamente a su madre estudiando sus reacciones.
— ¿Lo sabías?
— ¿Qué, cariño?
—Que le dejó acciones a un hombre.
—Sí, por supuesto. ¿Está causando problemas ese chico?
—Cabdy sentía el corazón agitado, y miró a Terry.
—Unos cuantos —admitió él.
— ¿Quiere más?
—Lo quiere todo —contestó Terry.
—Pero no hay ningún papel que pruebe que está vinculado familiarmente a William.
—Pero sí unas muestras de ADN —Lucile miró atentamente a Terry, y dejó su taza de té sobre la mesa de centro con movimientos muy lentos.
— ¿Qué me estás queriendo decir, Terry?
—Usted ya lo sabe, ¿no es así? —dijo Terry con voz suave—. Sabe más de lo que nosotros podamos imaginar—. Lucile se recostó en el sofá dejando salir levemente el aire, y miró a Candy, que tenía sus ojos grandes fijos en ella. Sonrió esquivándolos. —Candy ya lo sabe también, ¿verdad?
—Oh, Dios. ¡Lo sabías! —exclamó ella—. Sabías que es mi… medio hermano. ¡Lo sabías!
—Sí. Lo sabía.
—Y por qué…
—William no quería que lo supieras… ni yo, realmente.
— ¿Fue idea suya el que no se lo dijeran.
—Lo acordamos entre los dos. Will estaba molesto, triste… desconcertado. Él toda la vida había querido un hijo varón; ya sabes, el machismo de los hombres que les hace pensar que una mujer no podrá hacerse cargo de su legado. Pensé que al conocer a Bert estaría feliz. Era un hombre con su sangre. Podía… hacerlo su heredero.
— ¿Tuvo miedo, Lucile? —le preguntó Terry, y la vio tragar saliva.
—Por supuesto que tuve miedo. Le dije que tuviera cuidado, que… no se fiara. Aunque no lo conocía, me imaginaba que tendría un par de buenos motivos para encontrar a su padre rico…
—Espera, espera, espera —la interrumpió Candy—. ¿No te molestaste con él por la mentira? ¡Te engañó mientras eran novios! ¡Te engañó con otra mujer, la embarazó! —Lucile frunció su ceño.
— ¿No te he contado que tu padre y yo nos casamos por conveniencia? —le preguntó a su hija—. Nos presentaron en mayo, y en diciembre nos casamos. Cuando lo conocí, él ya había tenido su… aventura. No tenía derecho alguno a enfadarme, excepto por… lo descuidado que fue… y la suerte de que esa mujer no lo buscara hasta el fin del mundo para endosarle a su hijo.
—Entonces… ¿no estabas molesta para nada?
—Es como si de repente, una mujer apareciera ante ti con un hijo de cinco años asegurando que es de Terry. ¿Tienes derecho a enfadarte con él por las mujeres con las que se acostó antes de conocerte? —Terry carraspeó, para nada cómodo con el ejemplo, y cuando Candy lo miró, elevó sus cejas diciendo:
—No he embarazado a ninguna mujer… creo.
— ¿Lo ves? No pueden estar seguros al cien por ciento. ¡Son… hombres! Tienen sexo con la primera que se los permita.
—Ni tanto —se defendió Terry con el ceño fruncido.
Candy se puso en pie y dio varios pasos con actitud pensativa. Parecía que le costaba creer que a Lucile le trajera sin cuidado el saber que él había embarazado a una mujer en el pasado, pero ¿qué podía hacer? No podía pedirle que se enfadara, sobre todo, porque ya no había caso en eso.
— ¿Le advirtió a William, entonces, acerca de las intenciones de Bert Andrew? —Lucile asintió—. ¿Y le pidió que no le diera su apellido? —Lucile miró a Terry fijamente, reconociendo sus intenciones con esa pregunta, y sonrió.
—En un momento lo pensé, sí. Quise pedirle a William que no lo reconociera como hijo, que no le diera nada… pero, aunque lo hubiese hecho, y llorara y pataleara, William terminaría haciendo su voluntad. Y al final, resultó que él no tenía intención de integrarlo a la familia. Luego me sentí un poco triste por el chico.
—Él está muy resentido por eso —dijo Terry terminando su té, y subiendo una pierna sobre la rodilla de la otra—. Acusa a William de haber sido injusto… y quiere vengarse en Candy —eso asustó a Lucile, que abrió grandes sus ojos mirando a su hija—. No tiene de qué preocuparse, yo la protegeré.
—Pero…
—Es él quien puso la empresa en el apuro en que está —dijo Candy con voz dura—. Ha utilizado la posición y el poder que papá le dio para corromperla, para llevarnos a la quiebra. No importándole si en el proceso él también sale perjudicado.
—William se dio cuenta de que algo malo estaba pasando —continuó Terry, y ahora Lucile lo miró a él—, pero murió sin saber quién era. O, al menos, eso pensamos.
—No, no lo sabía… No creo que lo supiera.
— ¿Recuerdas la mañana que murió? —le preguntó Terry, y Lucile lo miró fijamente. Asintió tragando saliva.
—Salió de casa como todos los días. Y, a eso de las once… recibí la llamada.
—Hemos estado indagando acerca de qué hizo ese día, con quiénes se entrevistó. Desafortunadamente, no sufrió el infarto en su oficina, estaba por fuera. No sabemos si se entrevistó con alguien, o si algo pudo haber provocado todo lo que llevó a su muerte—. Lucile cerró sus ojos, y Candy se sentó a su lado.
—Ya sabíamos que fue su estrés el que causó todo.
—Sí… sí.
—Entonces, ¿Bert Andrey quiere venganza? ¿Vengarse de William, a pesar de que está muerto?
—Piensa que es supremamente injusto que Candy se haya quedado con todo—. Lucile cerró sus ojos negando.
—Admito que negarle el apellido no estuvo bien… pero llegar a este extremo…
—Vamos a desenmascararlo —anunció Terry—. Lo acusaremos, y lo meteremos en la cárcel. Seguramente, él contraatacará, y sacará a la luz unas cuantas verdades—. Lucile lo miró con un poco de aprensión, y Terry hizo una mueca—. Será inevitable que se sepa que era el hijo de William.
— ¿No hay… otra manera?
—Me temo que no. Hemos trabajado duramente para conseguir esto… Fue la razón por la que me casé con Candy, después de todo.
— ¿Qué? —No fue la deuda que William tenía con nosotros, que era real… Era el deseo de terminar con este trabajo. Aunque, la fortuna tampoco estaba mal—. Candy sólo pudo sonreír, y Lucile la miró un poco aturdida.
— ¿Papá nunca te habló de ellos? —le preguntó Candy, y Lucile asintió.
—Nunca nos presentó, pero sí me llegó a hablar de ustedes.
— ¿No dijo nada acerca de… sus intenciones con ellos?
— ¿Crees que pensó que uno de ellos se casaría contigo? —Candy simplemente se encogió de hombros—. No… No dijo nada de eso. Pero me contó acerca de… su necesidad de entrar a la alta sociedad, y la búsqueda que estaba haciendo.
— ¿Le contó eso? —Lucile se encogió de hombros.
—Para William, ustedes eran tenaces, con objetivos claros… y decía que, aunque todo indicaba lo contrario, ustedes jugaban limpio. No suave, pero al menos, limpio.
— ¿William no sabía nada? De la muerte de mis padres, o del culpable—. Lucile meneó la cabeza negando—. ¿Y cómo se enteró de que esa era nuestra búsqueda?
—Los investigó, y encontró parte de la verdad. Él no hacía negocios si primero no sabía todo acerca de la otra persona.
— ¿Y qué cree usted, Lucile? Acerca de nosotros… de nuestra búsqueda.
—Que deberías dejar eso en el pasado —dijo ella claramente—. Ahora… tienes una esposa, y tal vez pronto vengan hijos. ¿Seguirás sumergido en la amargura que trajo una tragedia, o levantarás la cabeza y seguirás adelante? Seguro que a tu madre no le habría gustado ver cómo terminaron sus hijos. Estaría sumamente preocupada—. Terry miró fijamente a Lucile por varios segundos, sintiendo que sus palabras calaban en lo hondo de su ser. Dejar de buscar, dejar de investigar. Miró a Candy, que permanecía en silencio, y tampoco lo miraba. ¿Querría ella que dejara de buscar, también? Se imaginó a sí mismo diciéndole a Robert que, después de todo, abandonaba el barco, que no seguía en la búsqueda del culpable de la muerte de Richard y Ellynor. Estallaría de rabia, seguramente, pero, ¿y él? ¿Qué era lo que realmente él quería?
—Se quedarán a cenar, imagino —sonrió Lucile poniéndose en pie—. Iré a la cocina para que todo esté listo temprano—. Terry y Candy quedaron solos en la sala, y ella siguió mirándose las manos sin pronunciar palabra.
Terry respiró hondo y se recostó en el sofá.
— ¿Tú también crees que deba dejar de buscar? —ella lo miró al fin.
—No te pediría nada así. —
¿Pero lo piensas? —ella apretó sus labios.
—Me pongo en tu lugar, y creo que no lo haría. Seguro piensas que dejar de buscar será una deshonra para la memoria de tus padres; entiendo perfectamente lo que te motiva, también pienso que fue terriblemente cruel lo que les hicieron. Fue injusto, malo, trágico… Pero soy tu esposa… te amo, y… no puedo evitar pensar que, cuando empiecen a acercarse a la verdad, estarán en peligro—. Él se puso en pie, dio unos pasos hasta ella y se sentó a su espalda en el otro sofá. La tomó por la cintura y recostó su cabeza sobre su hombro.
—Llevamos diez años buscando, Candy —dijo él—, y no siento que estemos más cerca que cuando empezamos.
—Pero ahora están en la alta sociedad —contestó ella—. Ahora tienen mucho más poder que hace unos meses—. Pronto verán el resultado de estar vinculados a la familia White, los beneficios que eso les traerá socialmente… y conocerán gente con más ojos y oídos en más lugares que ustedes mismos. Casarte conmigo fue beneficioso también en ese sentido…
—Sí, claro. Fue lo que quisimos, pero…
—Sólo llevas dos meses casado conmigo —dijo ella girándose a mirarlo y apoyando su mano en su mejilla—. De aquí en adelante, verás cómo las cosas se aceleran… Prométeme que cuando llegue el momento —le pidió ella—, tendrás cuidado, valorarás tu vida, porque será como si tuvieras en tus manos la mía misma—. Él sonrió enamorado.
—Te lo prometo. Seré prudente—. Ella lo besó.
Cenaron con Lucile. Ella le preguntó a su hija, delante de Terry, si era posible que se quedara embarazada pronto. Candy, bastante sonrojada, explicó que no.
— ¿Por qué no? ¿vas a esperar mucho? —miró a su marido, que la miraba muy interesado en su respuesta.
—Mamá… sólo tengo veinticuatro años.
— ¿Y qué? Yo te parí a ti a los veinte.
—Pero ahora es diferente. Quiero esperar, quiero tener aunque sea un par de años más… —Ella, lo que quiere, es vivir primero la vida loca —sonrió Terry.
— ¡Pero ya está casada! —Lucile, ella aún puede vivir la vida loca conmigo—. Lucile se echó a reír—. No te preocupes, no dejaré que consuma drogas—. Candy le pegó en el hombro, y él sólo sonreía—. El teléfono de Terry timbró, y lo buscó para ver quién era—. Damonds —dijo, extrañado, pero la llamada se cortó y no tuvo tiempo de contestarle.
— ¿Pasará algo urgente?
—En cuanto termine de cenar, le devolveré la llamada —aseguró Terry. Cuando se levantaron de la mesa,
Terry marcó al número de Damonds, pero éste no contestó, insistió un par de veces más, pero no hubo respuesta. Volvieron a casa bastante tarde, contentos y con la barriga llena.
Cuando ya llegaban empezó a llover, y rápidamente, corrieron del auto a la puerta, riendo y bromeando.
— ¿Estás cansada? —le preguntó él tomándole la cintura y acercándola a su cuerpo con una mirada llena de mil invitaciones—. ¿Quieres dormir?
—Dormir no es lo que tienes en mente, picarón—. Él rio admitiéndolo sin ninguna vergüenza.
—Tengo una idea —dijo, y la soltó alejándose de ella. Candy quedó sola y de pie en el vestíbulo, sonriendo. Caminó en la dirección en la que se había ido, y lo encontró en la habitación del jacuzzi. Nunca habían venido aquí. A pesar de llevar dos meses viviendo en esta casa, no lo habían compartido hasta ahora. Habían estado muy ocupados en las demás habitaciones de la casa.
Él estaba atareado llenándolo de agua, encendiendo velas, ubicándolas alrededor, y agregando sales aromáticas al agua.
—Voy por mi… traje de baño.
— ¿Trajes de baño? —preguntó él mirándola con la misma sonrisa de antes—. Para qué, no lo tendrás puesto ni cinco minutos —ella rio emocionada. Le encantaba verlo preparando el escenario para ella. Aunque no era necesario, ella estaba más que derretida por él. ¿Por qué había pensado que este maravilloso hombre era un Neandertal?
—Vamos, nena. Quítate la ropa —dijo sin tapujos, y ella recordó por qué era, riendo internamente.
—No. Quítamela tú.
—Oh… vale. Me gusta —le tomó la mano y la acercó a él. Le sacó la blusa, y tomó con sus manos sus senos, apretándolos suavemente.
—No me decido en algo —dijo ella con sus ojos cerrados —si te gustan más mis senos, o mis nalgas.
—Ambos —contestó él, dándole una nalgada—. Toda tú me gustas. Si fueras plana como una tabla, también me encantarías—. Ella se echó a reír.
—Aunque lo lamentaras de vez en cuando —él la miró fijamente, y al notarlo en silencio, ella lo miró a los ojos.
—No, Candy. No lo lamentaría. Me habría enamorado de ti de igual manera que ahora—. Ella sonrió, y elevó sus brazos rodeando su cuello.
—Bueno, yo pienso que, si hubieses sido feo, no me habría enamorado.
—Oooh, niña superficial—. Ella se echó a reír.
—Aunque pienso que tu manera tan dulce de decir y pedir las cosas.
—Pero… ¿me quieres menos por mis defectos?
—No, Terry. Te acepto con ellos. Tú me has aceptado a mí con los míos—. Él se inclinó para besar su cuello con exquisita lentitud, y Candy suspiró cautivada.
— ¿A dónde quieres ir de luna de miel? —le preguntó él en un susurro.
—Ya estamos en nuestra luna de miel —contestó ella en el mismo tono—. Pero no me molesto si cumples la promesa de llevarme a Milán —él rio quedamente, y empezó a quitarle la ropa para meterla en el jacuzzi, que ya estaba lleno. Terry despertó a las cinco de la mañana. El teléfono timbraba insistentemente. ¿Dónde estaba? Se quedó quieto en la cama cuando cayó en cuenta de que no era su teléfono móvil, sino el de la casa.
—Hola —dijo con voz pesada, saliendo desnudo y torpe de la cama. Candy seguía dormida.
—Asesinaron a John Damonds —dijo la voz de Robert escuetamente, y Terry se quedó lívido, paralizado en medio de la habitación.
— ¿Qué?
—Está muerto. Una bala en la cabeza.
—Mierda —dijo, y luego, sintiendo una mezcla de dolor y rabia, exclamó con más fuerza
— ¡Mierda! —eso despertó a Candy, que lo miró un poco sorprendida—. ¿Dónde estás?
—Saliendo de mi apartamento —le contestó Robert—. Acaban de llamarme para avisarme.
—Quién te llamó. —La esposa de John. Está terriblemente angustiada.
— ¿Has hablado con alguien de la policía?
—Sí. Murió anoche, a eso de las nueve. Encontraron su cuerpo flotando en el agua, pero no murió ahogado, lo arrojaron allí luego de matarlo.
—No puede ser.
— ¿Qué pasa, Terry? —preguntó Candy, y Terry cerró sus ojos.
—No estamos a salvo, ¿verdad?
—Ya hice un par de llamadas —aseguró Robert, eficiente, como siempre—. Y dos hombres se plantarán en tu casa y custodiarán a Candy. Sólo pídele que no salga de casa hasta que atrapemos al maldito.
—Dime dónde estás, voy para allá.
—No. Tú ve a la oficina en cuanto puedas y pon un poco de orden. Yo me ocuparé de lo demás.
—Robert…
—Estaré bien, sé cuidarme a mí mismo—. Terry iba a decir algo más, pero Robert cortó la llamada. Miró a su mujer mordiéndose los labios. Ella se había cubierto con la sábana esperando que le dijera algo.
— ¿Robert está bien? —preguntó ella, con el cabello rubio enredado, pues anoche se había acostado teniéndolo aún húmedo.
—Sí… pero…
-- John Damonds. Está muerto, Candy—. Ella quedó en silencio por varios segundos, y luego se cubrió la boca ahogando tal vez una exclamación. Terry se sentó a su lado y la abrazó.
— ¿Por qué? ¿Fue… fue él?
—No lo sabemos—. Él la consoló por unos minutos, pero, inquieto, se puso en pie y miró a través de la ventana los jardines de su casa—. Hasta que no sepamos bajo qué circunstancias murió Damonds, tendré que pedirte que no salgas de la casa si no es bien acompañada. Esperaré a que lleguen dos guardaespaldas contratados por Robert, mientras tanto, no te desprenderás de mi lado.
—Terry…
—Podría haber sido cualquier cosa —admitió Terry —. Un asalto, o lo que sea, pero dado que estaba en asuntos peligrosos, con cierta persona inestable… prefiero asegurarme.
—Y tú… ¿te cuidarás?
—Yo estaré bien.
— ¡Tú tampoco eres inmortal! —le recordó ella acercándose a él al pie de la ventana, envuelta aún en la sábana—.
¿Tendrás tu guardaespaldas? —él se volvió a ella, que no perdió el tiempo y lo abrazó con fuerza.
—Tendré cuidado —le prometió—. Descubriremos al asesino. Sea quien sea. Ella asintió creyendo en su promesa, y siguió abrazada a él hasta que la claridad inundó la habitación.
Tenía miedo, admitió para sí misma. Pero no era miedo a la muerte, miedo por su propia vida, sino miedo de perder a Terry.
Había aprendido que la vida era una cosa muy frágil. Un día, ella había tenido a su padre, que parecía fuerte, inamovible, casi inmortal, y al día siguiente, estaba llorándolo en una tumba. Abrazó a Terry con toda la fuerza que pudo usar. No quería que nada amenazara esta vida que estaba abrazando, lo era todo para ella.
De tu mano y a tu lado Quiero vivir todos los años que me quedan Estoy tan enamorado Que la vejez no me asusta, ni el peligro, ni la muerte.
Continuará...
