Hikari observó en silencio desde su asiento, sus ojos de un rincón a otro; estudiando rostros, movimientos y posiciones. Podía ser un exámen escrito, pero no dejaba de ser una prueba de habilidades.

No tardó en darse cuenta de que las posiciones enumeradas al sentarse era para mantener a los grupos alejados entre ellos, Hikari era separada de sus compañeros por al menos cuatro filas hacia adelante y derecha respectivamente. Cada postulante estaba bajo el escrutinio de los asistentes de Ibiki y estaba segura de que nada escapaba de ellos.

Luego el hombre habló y ella escuchó con atención cada palabra:

"Nada de Preguntas."

"Los errores restarán puntos."

Bien, veía la lógica en eso.

"Para aprobar, los tres integrantes del grupo deberán hacerlo correctamente."

Oh bueno, eso era interesante.

"El que hiciera trampa, le restará puntos a su equipo"

Hikari apretó los puños bajo la mesa, sobre su regazo. Era evidente que los tres Youkais tenían desventaja allí al igual que algunos shinobis que no provenían de la Aldea de la Hoja. El sistema de enseñanza era diferente y no estaba segura de qué clase de preguntas se encontraría allí. Siguió escuchando, siguió mirando; pero su mente no dejaba de pensar en las maneras que tenía para salir favorecida de la situación.

Casi de manera automática, la tensión en la sala había aumentado exponencialmente; no muchos allí confiaban en sus compañeros, alguno de ellos incluso habían esperado la oportunidad de deshacerse de ellos en el exámen. No era tonta ni inocente, en su clan eran cosas con las que uno lidiaba constantemente.

"-Si quieren ser considerados Shinobis, demuestrenos de qué es capaz un Shinobi de verdad"

Las palabras le atravesaron la conciencia como un cuchillo recién afilado y Hikari lo observó a los ojos casi de manera instintiva. Lo que dijo le hizo recordar años de su infancia (en la que nunca fue una niña, ningún Youkai lo era) cuando su padre le decía algo similar. Se lo gritaba en los momentos en que ella no podía levantarse del suelo a causa de sus heridas o cuando la obligaba a repasar una y otra vez diferentes estrategias de batalla con la ayuda del abuelo Nobu.

Algo en esas palabras le hicieron efecto de una manera que aún no podía explicar. Había algo oculto en ellas, algo entre líneas.

"-Aquel que tenga calificación cero hará descalificar a todo el grupo."

Hikari dió una mirada a Ichiro, sentado cuatro filas por delante de ella, y luego a Sadao, cuatro filas pero a su derecha. Tenían los mismos conocimientos que ella, aunque no sabía con certeza hasta qué nivel. La situación no era tan problemática como lo esperaba pero ya había comenzado a sentir el remolino del miedo en su vientre a medida que pasaban los minutos.

"-La pregunta final no se hará hasta los quince minutos antes de finalizar el examen. Tienen una hora."

Siempre existía la posibilidad de que fallaran.

"-Comiencen."


Los Youkai tenían dos muertes: cuando sus corazones dejaban de latir y cuando la sangre desaparecía de sus venas.

Ambas eran separadas por un lapso de tiempo determinado; una vez que se llegaba a la segunda muerte, el Dios Shinigami bebía de las últimas gotas que le quedaban al cuerpo para luego llevarse el alma a su morada eterna. Las últimas gotas eran sagradas, eran el pago por la vida que se les había otorgado y su último acto de devoción era calmar la sed de su dios.

Los Youkais que iban a la guerra entregaban la sangre antes de partir, de modo que no debían preocuparse por su pago en batalla; lo depositaban en un cuenco ceremonial frente a la gran hoguera para que el Líder, chamán y representante del dios hecho carne, bebiera de él y considerase el acto consumado.

Cuando su padre le aconsejó que los tres viajeros a Konoha para los exámenes dejaran sus pagos en el cuenco para él antes de partir, Shizuka se negó.

"No son guerreros" dijo "aún no."

Y ahora que observaba en silencio el ritual fúnebre del anciano Yuza, pensaba si había hecho bien en decir que no.

Su padre, el abuelo Nobu, recitaba los cánticos guturales de la ceremonia; su voz resonaba fuerte entre los árboles pero el hombre apenas abría la boca, su cuerpo extremadamente delgado y repleto de cicatrices estaba pintado de blanco y rojo, sus ropas sólo cubriendo su cintura hasta las rodillas con tela de lino (más adecuadas y caras para la ocasión) al igual que vendas del mismo material sobre sus muñecas para cubrir los cortes profundos en ellas.

Ese día no habría entrenamientos, sólo podía derramarse la sangre de una persona y esa sería la del Yuza que murió esa mañana. El Dios Shinigami no debía consumir el pago de nadie más, sólo saciarse con la que esa alma le podía otorgar.

Desvió su mirada hacia el cuerpo inerte del Youkai, marchitado por los años de entrenamientos y batallas. Había tenido una buena vida, regaló victorias a su pueblo y decoró su choza con los trofeos de sus enemigos. También, había sido un buen Yuza, portador de una deidad del Dios Shinigami y lo suficientemente fuerte como para usarla y mantenerla bajo control. Con él, desaparecía el último legado Yuza de la aldea, la última más anciana; los Youkai aún contaban con dos Yuzas aún...su hija Hikari era una de ellas.

Pero a pesar del orgullo que eso podía darle, su deidad estaba dormida, inútil...imperfecta.

Y eso lo enojaba.

Por el rabillo del ojo pudo ver a Taiga; casi oculto entre los árboles más cercanos a la Gran Hoguera. Le sorprendía verlo allí, él odiaba las celebraciones póstumas, al pueblo y las costumbres. Pero aún estaba allí, mirando en silencio como el abuelo Nobu contaba las últimas aventuras del Youkai muerto al Dios Shinigami.

Shizuka observó, pensando en las veces que quiso deshacerse de esa vergüenza en el pueblo que era Taiga sin éxito alguno. Destruir ese fantasma del pasado que lo acosaba y que siempre le hacía sentir pesado el corazón cada vez que lo miraba. Pero por mucho que lo odiara, no podía hacerlo demasiado tiempo.

Él tenía aquello de lo que Hikari carecía.

Nobu paró de pronto su canto con gesto brusco, como si algo le hubiese arrebatado las palabras de la boca. Shizuka lo miró, tenía los ojos saltones y enrojecidos por la edad, tan diferentes a los que había visto cuando era niño y su padre aún era un líder respetado de la aldea. El anciano se dió vuelta lentamente, dándole la espalda al cuerpo muerto y observando en dirección a los árboles, a Taiga.

-Ven aquí- dijo en el silencio de la comunidad reunida a su alrededor- has llegado en buen momento.

Taiga no se movió de su lugar; sin su usual poncho negro, podían notarse sus brazos cuando éste los cruzó sobre su pecho. El cabello largo le caía sobre el rostro por lo que Shizuka no pudo notar demasiado su expresión. Nobu no pareció alterarse en lo más mínimo, parado allí como una estatua escúalida y pintada de blanco; sonrió y su boca desdentada era como una caverna oscura.

-Acércate, Taiga Youkai. Es tu llamado.

Luego de un momento en el que todos permanecieron en silencio, el joven suspiró antes de dejar caer sus brazos a los costados y comenzar a caminar hacia ellos.

Taiga era tan menudo a simple vista, tan frágil (presa fácil) que costaba creer que tiempo atrás había aterrorizado a una villa entera y la vida de su líder con tanta fuerza. En sus ojos no había odio, ni locura ni nada que Shizuka pudiese descifrar y eso lo asustaba. Porque eran los secretos que los unía lo que lograba que ambos estuviesen allí y con la tenacidad de las memorias, el dolor que despertaba en la villa cuando él aparecía.

Nobu permaneció en silencio mientras el joven se acercaba hacia la hoguera a paso desgarbado. Shizuka permaneció allí también, cuenco en mano y esperando por los últimos rituales antes de beber su sangre. Aún así no podía detener el enojo dentro de su pecho al saber lo que su padre pretendía hacer en la ceremonia. El líder no sólo tenía el derecho de reclamar el favor del Yuza que moría y beber de su sangre como pago al Dios Shinigami; también existían otras personas en el clan que podían exigir ese derecho y ungirse con el poder de la deidad que alguna vez habitó el cuerpo. Uno de ellos era Nobu, el chamán Youkai y el otro era Taiga, el único Yuza cuya deidad era activa, perfecta.

Aquel que le había arrebatado todo a su familia, incluso el derecho de su hija a recibir tal honor.

Pero en silencio, impotente, observó como Taiga se paraba al lado de Nobu y observaba al Yuza acostado frente a él con ojos vacíos.

-El último aliento lleva la sabiduría de una vida- recitó el anciano- la última mirada lleva los temores. El Youkai tiene el poder de verlo todo a través de la muerte porque de la muerte ha nacido y en ella descansará. Es tu elección cumplir con este deseo o puedes ignorar el regalo.

Taiga levantó la mirada hacia Shizuka, el dorado de sus ojos refulgía por las llamas de la Hoguera y por algo que el líder sabía que era odio. A veces Shizuka pensaba que no era Taiga quien lo miraba, a veces él estaba seguro de que era la bestia en su interior quien lo hacía y en cada segundo en que ese contacto duraba podía sentirlo hablarle a su corazón:

"Me llevaré a cientos de los tuyos."

Y Taiga abandonó su mirada para volver a mirar el cuerpo y sin más preámbulos, se inclinó sobre él, sus labios apenas alejados de los del anciano muerto y comenzó a susurrar las súplicas para que le transmitiese su conocimiento. Shizuka apretó sus dedos contra el cuenco ceremonial que llevaba. Toda esa escena que Taiga ponía frente a él lo perturbaba y le hacía preguntarse si de verdad ese chico estaba ahí para ayudar a la villa como había prometido o estaba allí para destruirla.

Taiga se incorporó nuevamente y pasó su mirada por todos los presentes en la celebración, sus ojos dorados brillando con fuerza por las llamas. Shizuka era capaz de ver como el chico sudaba a causa del calor de sus ropas, tan cercano al fuego, tan acostumbrado a pasar sus días en la frescura del bosque profundo. Como si le hubiese oído los pensamientos, el joven pasó su mano por su frente para limpiarse un poco el sudor antes de darle la espalda al anciano y caminar hacia el bosque nuevamente.

-¿No deseas acompañarnos a la cueva?- preguntó Nobu.

Taiga ni siquiera se volteó pero aminoró un poco el paso.

-El Dios Shinigami aún no me quiere allí. No me lleven antes de tiempo.

Mientras lo observaba irse del círculo de personas hacia la oscuridad del bosque, su guarida y por primera vez en años, Shizuka temió.


Diez problemas, uno más difícil que el otro. Desde desencriptar códigos hasta el desplazamiento de shurikens a través de distancias imposibles.

Hikari no tenía que ser una genia para darse cuenta de que ese exámen era para ninja mucho más experimentados que un grupo de recién ingresantes a los chunnin. La pregunta importante era el motivo por el cual esas preguntas eran así y por qué las reglas eran tan estrictas.

Miró al encargado del examen por un breve instante, la seriedad en su semblante mostraba que era alguien firme, estructurado también; no sería una locura pensar entonces que, si tenía ese control sobre tantas personas sin esfuerzo, también tenía el control de las pistas que había en ese lugar y que alguien debía notar.

Así que ella miró, sus ojos pasaron por cada persona en el salón, cada resquicio en las esquinas y los rostros de los hombres que eran los encargados de vigilar a los ingresantes.

Se mordió el labio. Había convivido lo suficiente con el abuelo Nobu como para aprender varios trucos de ANBU. El mismo anciano había entrenado a la generación de su hijo y sus nietos con varias doctrinas usadas en la elite de Konoha. Estaba más o menos segura de que las miradas de los instructores alrededor de ellos tenían un propósito más importante que limitarse a buscar indicios de trampa.

Volvió a mirar su hoja, las preguntas aguardando por ella. Un exámen escrito, por muy complicado que fuera. no podía ser la primera prueba Chunnin. Sobre todo teniendo en cuenta que las consignas era para ninjas de un nivel mucho más superior. Nada de eso tenía sentido.

¿Qué era lo que no estaba viendo?

La respuesta vino a ella de manera sutil, casi como un cosquilleo suave en su brazo. Ella bajó la mirada justo a tiempo para percibir la pequeña mancha rojiza cambiar de forma frente a sus ojos.

No dejaba de maravillarla las posibilidades que Ichiro había desarrollado con esa habilidad de su jutsu; estaba segura de que que ese talento no pasaría desapercibido a su padre, si es que ya no lo había visto. Casi podía escuchar los halagos al ninja si se concentraba lo suficiente, hasta podía imaginar el rictus de decepción en su rostro al verla.

La mancha en su brazo se dividió en tres pequeñas palabras, trazadas torpemente como si los hubiese escrito una mano pequeña: cuatro-tres-derecha.

Hikari comprendió al instante: cuarta columna, tercera fila a la derecha. Ichiro quería que ella viera a uno de los alumnos.

Hikari lo hizo, simulando pasar una mano por sus cabellos para que no le molestara el rostro. Encontró a quien buscaba y a medida que lo hacía se daba cuenta de que sus sospechas eran correctas. Porque estaba segura de que no había visto a ese ninja en la sala de espera para el examen, también estaba segura de que en el tiempo en que llevaba observando, ese chico no había parado de escribir.

Era un exámen donde se permitían las trampas para resolver esos problemas casi imposibles; lo único que se pedía era que no te atraparan haciéndolo.

Eso era lo que un buen ninja hacía después de todo: ser invisible.

A juzgar por el mensaje, Ichiro también se había dado cuenta; sólo podía esperar a que Sadao lo hubiera entendido también. Probablemente, el alumno cuatro-tres no era el único hombre plantado en ese exámen para facilitar las técnicas de los demás postulantes.

Copiar no sería relativamente difícil. Desde su posición podía ver más de la mitad de la hoja del chico que Ichiro le había señalado, por lo que le bastaba dar un par de miradas para obtener los resultados. En cuanto a lo que podría hacer con lo que no podía ver, quizás la técnica de sus oídos podía servir. Como ANBU retirado, Nobu se encargó de enseñarle a sus generaciones sobre algunos métodos de élite que había aprendido en su tiempo en Konoha.

Uno de ellos era el de usar el oído cuando no se podía ver, una técnica que los Youkais ya utilizaban antes de que su abuelo fuera ANBU, cuando luchaban contra los Uchihas en las primeras guerras. Hikari lo había aprendido desde que comenzó a destacarse en Taijutsu, usando el resto de sus sentidos para predecir los golpes, por lo que no le resultaría muy difícil.

El sistema de la técnica era básica, la escritura tenía patrones y sonidos al ser trazada, bastaba con escuchar un par de veces hasta sacar la conclusión. Como ese era un exámen de Genins, la complejidad era reducida.

Comenzó a copiar, sirviéndose de ambas técnicas para lograr cuanto antes los resultados. Sin embargo, algo en eso no tenía todo el sentido que Hikari buscaba; sobre todo en la incomodidad que comenzaba a acrecentarse a medida que pasaban los minutos. Ella lo sentía casi hasta en sus huesos, era como un miedo en calma, tenso por las miradas de los instructores que no paraban de observar y anotar. Incluso Ibiki parecía estar vigilándolo todo desde su lugar frente a la pizarra. La niña se debatía entre copiar y escuchar o en observar a sus compañeros y lo que fuera que estuviera haciéndole sentir esa perturbación.

Algo no iba bien, algo faltaba; toda la situación era lo bastante fácil como para que sólo se tratara de copiar. Si sólo era un exámen…¿Por qué había tanto miedo?

Y luego pensó en sus compañeros, en las reglas de Ibiki; si alguno de ellos fallaban, serían la verguenza del clan, si alguno de ellos se paralizaban por el miedo, probablemente no pudieran disputarse jamás el derecho a liderar. Ichiro estaba casi al frente, si descubrían su técnica de sangre estarían descalificados ¿Y que harían con Sadao?¿ Habría captado el mensaje? ¿Y si en realidad los hombres plantados allí eran una trampa?

Un golpe seco, metálico y seguido por el grito de un hombre le hizo levantar la cabeza de un golpe. A dos filas de ella, un kunai estaba clavado en la hoja de un postulante que miraba horrorizado como había aterrizado a centímetros de su mano.

-Hiciste trampa- anunció Ibiki con voz neutra- tú y tus compañeros se retiran.

La absoluta calma con la que habló no hizo más que incrementar aún más la tensión y Hikari se dió cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Su cuerpo estaba tan tenso que tardó unos segundos en relajarse. No había prestado atención a esos chicos, que ahora se iban cabizbajos, y no tenía idea de cómo se habían enterado que hacían trampa.

El riesgo era alto, pero Hikari podía confiar en sus oídos, también en que sus compañeros tenían el mismo entrenamiento. Se repuso de su ataque de pánico momentáneo y respiró hondo para tranquilizarse. El miedo seguía allí, revolviéndose con furia en la boca de su estómago, pero se obligó a concentrarse en la situación porque desde el momento en que el Kunai chocó contra la madera, creyó intuir qué era la perturbación que había notado desde que entraron:

Presión.

Quizás la verdadera prueba no fuera copiar sin ser visto, ni el exámen...quizás el exámen fuese Ibiki mismo. Superarlo a él y el miedo que generaba.

Los Youkais eran maestros del miedo; se habían forjado en él y forjado sus ejércitos, por generaciones su pueblo había sido la vanguardia en las batallas a causa de éste poder. Aún circulaban las leyendas sobre esos tiempos en la villa, Hikari, al igual que todos los shinobis de esa generación se habían criado con esas historias, entrenados por aquellos que vivieron esos tiempos.

El miedo era algo con lo que lidiaban, Hikari sintió ese miedo desde el momento en que entraron allí pero se intensificó con Ibiki al hablar. Estaba segura ahora, Ibiki era el exámen, el miedo que imponía en ese lugar era el verdadero obstáculo.

Y si conocía a sus compañeros lo suficiente, sabía que habían llegado a la misma conclusión; los había elegido para trabajar en equipo después de todo, por más que fuesen rivales fuera de allí.

Con eso en mente se mantuvo al margen de la situación, copiando lo necesario pero no dejando que el miedo la dominara; muchos más fueron eliminados en el transcurso de la hora y la presión aumentaba con cada rechazado. Por momentos se hacía difícil de pensar pero ella persistía, segura de que estaba en lo correcto, de que sus sentidos no le fallaban.

No se había dado cuenta de que había transcurrido tanto tiempo hasta que Ibiki volvió a hablar:

-Muy bien escuchen- anunció- la pregunta diez y final. Pero antes de hacerles la pregunta tiene que estar advertidos de dos reglas.

Dos reglas más, Hikari se mordió el labio con nerviosismo; si su razonamiento era correcto, las reglas no hacían otra cosa que aumentar la complejidad de la situación. Pero como ya lo había pensado, siempre estaba la posibilidad de que se hubiera equivocado.

Ibiki se interrumpió en el momento en el que uno de los shinobis de la arena entraba nuevamente al aula luego de unos minutos de ausencia.

-Estas reglas son sólo para las pregunta diez así que escuchen con atención. La regla número uno es que cada uno de ustedes es libre de participar de la pregunta, es su desición. Si deciden no contestar la pregunta sin importar sus respuestas en el exámen escrito, sacarán cero y eso significa por supuesto que su equipo estará descalificado. Si aceptan la pregunta pero la responden incorrectamente, no sólo reprobarán, perderán la oportunidad de realizar un exámen Chunin para siempre.

Luego de esas palabras, prácticamente se pudo escuchar como todos contenían el aliento. Era adversa, súmamente difícil la situación en la que se encontraban. Hikari misma comenzó a notar nuevamente como a pesar de su entrenamiento desde pequeña se esforzaba por mantener el control de sus emociones bajo control. En parte, tenía razón parcialmente al pensar que el exámen había sido una distracción para el verdadero motivo que era justamente el hacer trampa y trabajar bajo presión. Pero luego estaba si aceptar o no la pregunta…¿En qué pensarían Ichiro y Sadao?

-¿Qué clase de reglas son esas?- exclamó la chica de pelo rosa.

Ibiki comenzó a reír casi de manera maliciosa.

-Digamos que tuvieron mala suerte- respondió Ibiki- yo no hice las reglas antes, pero ahora sí. Pero como dije, si no quieren arriesgarse, no tienen porqué hacerlo. Si no creen tener la confianza les recomiendo que no lo hagan. Pueden volver a intentarlo el año próximo.

Lo cual no era una opción para el grupo Youkai; no con las responsabilidades que ella cargaba ahora, tanto como con su padre como con el Tercer Hokage. El miedo era tan insistente como una bestia hambrienta, trepándose en sus entrañas a medida que pensaba más y más en la situación. Su mente, lógica, estaba segura de que todo eso era un exámen psicológico más que escrito, pero sus instintos reaccionaban sin que pudiera evitarlo.

"¿Qué clase de pregunta sería tan difícil como para que puedan no responder teniendo en cuenta la complejidad de las enunciadas en el exámen?" le decía su cerebro "¿Y que pasa si Ichiro o Sadao no lo entendían? ¿Qué pasaba si se equivocaban?" decían sus instintos.

Por el Dios Shinigami, todo eso era una tortura.

-Ahora diré la pregunta, los que no estén listos que levanten la mano, su número será guardado y podrán irse.

Hikari miró nerviosamente hacia sus compañeros, sus manos apretadas en puños a sus costados; si uno de ellos levantaba la mano podían darse por acabados, serían la vergüenza de la villa y ella tendría que cargar con otra desaprobación de su padre. Ninguno de los dos se movieron en esos segundos y ella estaba segura de que estaría gritando sino fuera por su autocontrol.

Un golpe la hizo mirar otra vez hacia adelante; un chico rubio había golpeado contra la mesa y miraba a Ibiki desde su asiento. Hikari lo reconoció de inmediato, era el compañero de Sasuke.

-No me subestime. No pienso irme de aquí. Haga la pregunta.

Casi le dió risa, ese chico tenía tantas agallas que casi parecía un tonto; pero ella sabía que tenía miedo, podía sentirlo impregnado de él. Eso lo hacía aún más valiente a sus ojos, aceptó el miedo y lidió con eso; algo que aún a ella le dolía y le costaba. Era admirable.

La tensión que dejaron sus palabras parecío ser tan densa que por un momento casi ni parecían respirar y ella ya ni siquiera se atrevía a mirar a sus compañeros por temor a verlos levantar la mano. Se obligó a pensar en Takeshi, en su recuerdo brillante y sus sonrisas. No debía temer, tenía que alcanzarlo…

-Vaya vaya, debo admirar su determinación. Para aquellos que se quedaron sólo me queda una cosa por hacer. Y por eso tengo que decirles…-

Ibiki observó fijamente a los participantes antes de sonreír toscamente.

-Todos ustedes pasaron el examen.

El grito de asombro se escuchó por todo el salón y Hikari honestamente estuvo muy cerca de hacerlo si no fuera por el alivio que se había disparado en su cuerpo a la velocidad de un rayo, tan así que resopló y se aferró con una mano a la mesa frente a ella porque no confiaba en su cuerpo.

-Han podido superar la prueba principal y eso era soportar la presión psicológica y la confianza en su grupo, al tener estas reglas condicionando el exámen fueron capaces de poner a prueba su trabajo colaborativo y manejar la presión. Felicitaciones.

Había tenido razón, había logrado intuir las intenciones de Ibiki y arriesgó su pellejo en ese presentimiento.

-De hecho, decidir quedarse fue su respuesta a la pregunta diez.

-¿Entonces las otras nueve no valieron nada?- volvió a preguntar la chica de pelo rosa.

-No, todo lo contrario; era una perfecta ocasión para demostrar cómo podían trabajar el espionaje en situaciones adversas. Además, quería probarlos como equipo. Han ganado parte del exámen.

Aún no podía creerlo, que todo ese exámen aparentemente inofensivo la hubiera tensionado hasta el punto en donde todo el cuerpo le dolía y su corazón latía furioso contra su pecho. Lo habían logrado, gracias a sus compañeros también, lo habían logrado en esa primera etapa.

Otro estruendo la hizo saltar de su asiento, un ruido de vidrios rotos, humo de camuflaje y el olor de la tierra inundó su nariz. Se levantó del asiento, kunai en mano y lista para atacar, con el rabillo del ojo vió que Ichiro y Sadao hacían lo mismo. Por un momento pensó que Ichiro había acertado en su sospecha de que habría un ataque sorpresa durante la prueba y eso logró que la adrenalina volviera a apoderarse de ella. Estaba a punto de empuñar mejor su kunai para saltar hacia la amenaza cuando la causante de todo ese alboroto habló aún entre la niebla:

-Muy bien, novatos. Soy Anko Mitarashi y seré su sensei durante el segúndo exámen.

Hikari quiso reír, en parte para liberar un poco de la tensión que venía acumulando desde la mañana y por otro lado porque la falta de entusiasmo de los que habían aprobado la habían dejado a la mujer pasmada, con una sonrisa tonta en los labios y un cartel ridículo a sus espaldas quién sabe como llegó allí.

-Ibiki- siguió la mujer- esta vez estuviste blando, dejaste pasar a muchos.

-Tenemos una buena generación, son prometedores. No te entrometas, Anko.

La niña soltó todo el aire que tenía en los pulmones y las rodillas le temblaron; sabía que estaba pasando por el shock que siempre venía luego de los momentos de fuerte adrenalina. Se apoyó en la mesa de nuevo mirando a los senseis hablar y luego puso sus ojos en sus compañeros; todos incluyendo a Ichiro y Sadao parecían estar más o menos como ella, a excepción del ruidoso chico de pelo rubio.

Aún olía al miedo que Ibiki había generado pero se desvanecía lentamente, Hikari estaba segura de que sólo habían visto un porcentaje mínimo de todo lo que era capaz de hacer.

-Bien, mañana temprano comenzarán con la segunda prueba. No me tomen por tonta, esto no es nada comparado con lo que Ibiki hizo aquí hoy. Sinceramente no creo que salga algún grupo ganador…-

Palabras. Hikari podía sentir que no eran más que palabras a diferencia del aura que Ibiki había logrado entre sus alumnos; sin embargo sabía que era de idiota no tomar en serio las advertencias así que escuchó. Mientras tanto, miró hacia Sasuke y descubrió que él ya estaba mirándola.

Como siempre, su rostro no mostraba nada, usando esa máscara que cargó desde el día de la masacre. Desde ese día que ella siempre se encontraba luchando por discernir los sentimientos de su amigo. Los ojos estaban fijos en ella, serios y penetrantes.

Y ella le sonrió.

Porque por más que le costara saber de él, sabía que lo que buscaba en ella cuando la miraba así era precisamente eso, que sonriera. Así que lo hizo, sentándose de nuevo en la silla porque las piernas se le tornaron como gelatina antes de volver a mirar a su sensei.

Estaba asustada aún, pero a la vez feliz porque había recuperado a su amigo. Al menos en parte, al menos por ahora.