Capítulo 7

El tiempo pareció detenerse a su alrededor. Ya no escuchaba ni los rugidos ni las colisiones, mucho menos a la muchacha sobre su espalda. Para él todo el mundo cesó su movimiento en el mismo momento que posó sus ojos en aquella espada. Su pálida luz atraía a los agresivos demonios que se abalanzaban hacia ella como insectos atraídos a un farol y, aquellos que se atrevían a acercarse, se ganaban una buena estocada que los cercenaba de un solo golpe. Inuyasha parpadeó varias veces, abrumado por la magnificencia de aquella katana. Era poderosa y peligrosamente atractiva.

Notó que el espadachín, que pese a la distancia podía sentir que emanaba un intenso hedor a sangre y carne putrefacta humana, alzaba el arma y flexionaba sus rodillas dando un altísimo salto, precipitándose al edificio que se encontraba enfrente de aquel donde él estaba parado. Su instinto reaccionó de forma inmediata, tensando sus músculos al percatarse de que aquel extraño sujeto se abalanzaba hacia él a una velocidad inverosímil y con la espada en alto. El mundo a su alrededor volvió a moverse, escuchando los rugidos y los choques de las bestias, además de un molesto zumbido en su oreja izquierda que iba aumentando su caudal de forma estrepitosa.

— ¡Muévete, Inuyasha! —El agudo chillido de Kagome en su tímpano le trajo por completo a la realidad. — ¡Muévete de una vez, corre!

Aquel desesperado alarido le hizo reaccionar y se lanzó de la terraza justo antes de que el espadachín se arrojara y blandiera su katana contra él. Inuyasha rebotó en un poste de luz cercano hacia la azotea de un edificio de la cuadra de enfrente, poniendo distancia y dándose a la fuga con la mayor velocidad posible. Debían salir de allí cuanto antes.

El sujeto salió disparado en su persecución y pronto el híbrido se percató de que se movía más rápido que él. Era cuestión de minutos para que los alcanzase. Además, gracias a la maldita atracción y la luz que generaba ese arma, todos los demonios se precipitaban hacia ellos, obstaculizando su carrera. Con Kagome encima no podía defenderse y sólo podía hacer torpes maniobras evasivas.

Kagome. Ella era la que estaba de más allí. Sabía que, pese a sus altos niveles de adrenalina, no podría mantener por mucho tiempo aquella velocidad con ella sobre su espalda, y aun manteniéndola pronto serían atrapados por aquel repulsivo pseudo-humano. ¡Ojalá se hubiera quedado en su casa! De esa forma sólo él habría caído en esa trampa y no tendría que cargar con la responsabilidad de protegerla… si tan sólo le hubiera dicho eso antes de que salieran de su casa quizás le hubiera cerrado la boca y no estarían en aquella situación tan crítica. ¿Por qué las mejores respuestas se le ocurrían cuando ya era demasiado tarde?

Saltó en diagonal desde la esquina de una cuadra a otra, aterrizando en el techo de una casa cuyas tejas rotas rebanaron como agujitas la piel callosa de sus pies desnudos. Apretó su mandíbula con fuerza para contener un aullido de dolor mientras sentía el cambio de dirección del viento que soplaba con la suficiente intensidad como para sentir el olor a carne putrefacta aproximándose, permitiéndole calcular la distancia en la que se encontraba aquel sujeto sin necesidad de voltearse. Dedujo que, si lograba mantener un poco más aquella velocidad, el espadachín los alcanzaría en menos de diez minutos. De pronto un monstruoso felino bípedo se le lanzó encima y debió esquivarlo con un gran salto, trastabillando cuando aterrizó unos metros más lejos.

No tenía otra alternativa: si quería que ambos sobrevivieran tenía que deshacerse de Kagome. Si bien era consciente de que era una elección riesgosa y con muchas posibilidades de que alguno de los dos (o ambos) terminara muerto, también sabía que era la única opción que se le ocurría con alguna chance de que sobrevivieran. Maldijo para adentro, ahora sus vidas dependían pura y exclusivamente de la suerte.

Aprovechó que un gigantesco réptil volador amarillo se cruzó su camino y sobreexigió a sus piernas, saltando sobre su lomo y corriendo en toda la extensión de su cuerpo hasta llegar al final, donde se precipitó al edificio ubicado en la cuadra de enfrente. Sin embargo no aterrizó sobre la terraza sino que se lanzó contra una de las ventanas, atravesando el cristal e ingresando a una amplia sala abandonada.

— ¡Perdóname, Kagome! —Soltó las piernas de la joven y aferró las garras a sus brazos, levantándola por encima de su cabeza y arrojándola en un rincón del recinto. Sus pies no se habían frenado ni un segundo y cuando se la quitó de arriba ya había recorrido todo el salón, precipitándose fuera de la edificación traspasando el vidrio de otra ventana.

Sin el peso de la muchacha sobre su espalda, Inuyasha pudo relajar la tensión en su columna y exigir un poco más su carrera para alejarse pronto de allí. Suspiró de alivio cuando observó que el espadachín había pasado encima de aquella construcción, ignorando por completo que en su interior se hallaba Kagome. Esbozó una pequeña sonrisa, consciente de que ya la había librado de aquel cadáver armado. Ahora cada uno dependía de sí mismo y de su propia astucia para poder sobrevivir.

Mientras tanto, Kagome apenas llegó a sorprenderse cuando sintió cómo Inuyasha atravesó el cristal de la ventana y, alzándola por encima de su cabeza, la lanzó contra una mesa de madera donde su cuerpo rebotó, cayendo luego al suelo boca abajo. Por suerte sus brazos habían reaccionado rápido cubriendo su rostro, evitando que su cabeza impactara contra el duro mosaico.

Permaneció unos minutos allí tirada mientras sentía cómo el dolor invadía todo su cuerpo por igual y ella se esforzaba en regular su respiración ante los agónicos espasmos que estaba sufriendo. Ni siquiera podía gritar porque apenas lograba inspirar un poco de oxígeno para no desmayarse. Le pareció que sus pulmones tardaban una eternidad en relajarse para volver a funcionar con normalidad y, cuando al fin pudieron regularse, advirtió que su padecimiento se iba dispersando en todo su organismo hasta centrarse en las partes más dañadas. Milagrosamente notó que su espalda estaba casi intacta, salvo por varios aguijonazos en su zona lumbar y el coxis, además de que el lateral derecho de su cadera palpitaba de forma dolorosa. Sus codos y sus rodillas estaban despellejados y algo sangrantes pero aquel dolor no era nada comparado con la infernal tortura que le implicaba mover sus brazos. Seguro que, al recaer todo el peso de su cuerpo sumado a la fuerza del impacto, se había fracturado más de un hueso. Aun así, debía admitir que la había sacado muy barata.

Con suma lentitud fue incorporándose hasta quedar sentada, tanteando bien las zonas dolorosas y tratando de contener los ramalazos de agonía que producían sus brazos al apoyarlos un poco en el suelo. Maldito fueras, Inuyasha. Desgraciado. Hijo de puta. Ella sabía que aquel extraño personaje los estaba alcanzando pero nunca se hubiera imaginado que el híbrido se la sacaría de encima suyo con tanta facilidad… aunque, ahora que lo pensaba, aquel espadachín no había reparado en ella y seguro había seguido de largo sin prestarle la más mínima atención. Era claro que eso significaba que sólo estaba persiguiendo a Inuyasha. Entonces quizás, sólo quizás, él la había dejado ahí para evitar que corriera su misma suerte.

De pronto fue consciente de su propia situación y el corazón se le encogió en el pecho. Estaba sola, completamente a oscuras y atrapada en una ciudad inundada y repleta de demonios. Rebuscó de forma desesperada el celular en su chaqueta y sonrió al comprobar que había salido ileso… sin embargo volvió a temblar en cuanto lo encendió y, luego de que sus ojos se acostumbraran al brillo de la pantalla, se percató de que no tenía señal y que sólo contaba con 10% de batería.

Guardó el móvil en el bolsillo y, entre chillidos de dolor, gateó hacia la mesa de madera y se escondió debajo, con su mirada saltando de un lugar a otro por toda la sala. La penumbra absoluta la abrumaba y pronto comenzó a imaginar supuestos monstruos asechándola bajo el abrigo de las tinieblas, esperando que bajara la guardia. El miedo y la angustia se apoderaron de ella, provocando que se le humedecieran los ojos y pronto rompiera en llanto. Ojalá se hubiera quedado en su casa. El corazón se le oprimió con fuerza y quiso abrazarse a sí misma pero apenas movió sus brazos y una descarga agónica ascendió por toda su extensión, obligándola a desistir por temor a que le bajara la presión y se desmayara de dolor.

Lloriqueó un rato en silencio hasta que sintió un extraño calor naciendo de su estómago y esparciéndose hacia todas las extremidades de su cuerpo, logrando destensar sus músculos y apaciguar poco a poco su angustia. Sintió una voz suave que murmuraba palabras ininteligibles en su cabeza que, pese a no entender qué le querían transmitir, la aliviaban. Varias veces se volteó para comprobar si realmente no había alguien con ella pero al encontrarse sola supuso que aquel susurro fue desarrollado por su subconsciente para apaciguarla y bajar los altos niveles de adrenalina en su cuerpo. Se dejó arrullar por aquella extraña voz, casi quedándose dormida hasta que escuchó el abrupto sonido de vidrio rompiéndose y la ensoñación se detuvo, volviendo a la realidad.

Kagome se asomó de su escondite y un fuerte vendaval azotó su rostro, pero pronto se detuvo y sintió pasos acercándose a ella. Volvió a ocultarse y buscó con la vista algún objeto con el cual defenderse mas la oscuridad apenas revelaba supuestas formas que no le serían de ninguna utilidad.

—Sé que estás aquí —anunció una voz potente y masculina que le erizó el vello de la nuca. — Será mejor que salgas antes de que te encuentre.

Los músculos de la muchacha se tensaron de forma automática debido al temor y a la impotencia que le causaban sus lisiados brazos. Ni siquiera podría hacer un amague para defenderse en ese estado, maldita sea.

Los pasos avanzaron con seguridad hacia ella, como si supieran a la perfección dónde se encontraba. Kagome tragó en seco cuando, pese a la penumbra, logró vislumbrar un par de piernas que se detenían al costado de la mesa. De pronto notó que el mueble era levantado y arrojado contra un rincón, estallando en pedazos. La joven tembló y trató de arrastrarse hacia atrás pero un chillido se escapó de sus labios en cuanto apoyó sus brazos en el suelo, obligándola a desistir.

Pese a la oscuridad logró distinguir una figura que se erguía alta e imponente delante suyo. Quiso incorporarse para no quedar diminuta en comparación pero, antes de que realizara cualquier movimiento, se percató de que el sujeto en cuestión se acuclillaba hasta quedar a su altura y extendía un brazo hacia ella. Se oyó un ¡click! y un potente chorro de luz la inundó, cegándola por unos segundos.

Poco a poco fue acostumbrándose al destello y pudo contemplar al hombre que tenía enfrente: era de tez morena, con el cabello largo y negro recogido en una coleta alta. Era robusto y formidable, y con esa camisa (al parecer no sentía las heladas temperaturas de pleno invierno) que llevaba puesta hubiera parecido un humano común y corriente… salvo por sus alargadas y puntiagudas orejas, la inmensa garra con la cual sostenía el celular que la alumbraba, y los grandes e intensos ojos celestes que no dejaban de escrutarla le revelaban que era un demonio. Le devolvió la mirada, sosteniéndosela por varios segundos en una silenciosa lucha en la cual ninguno de los dos pensaba claudicar.

De pronto oyó más ruido de cristal quebrándose y automáticamente desvió la vista, abandonando aquel duelo. El demonio enfrente suyo soltó un bufido y se incorporó, sabiéndose victorioso de aquella contienda.

—Ya era hora de que llegaran —bramó hacia el lugar dónde había surgido aquel ruido.

Dos linternas más se encendieron y enfocaron hacia ella. Kagome comprobó que se trataba de dos individuos muy similares al que tenía delante salvo porque uno de ellos tenía el cabello blanco y en forma de cresta punk, y el otro tenía el cabello gris salvo por un mechón negro en el medio; además de que ninguno de los dos poseían los intensos ojos celestes del primer demonio.

—Disculpa, Koga, es que te mueves demasiado rápido —se excusó el que tenía el copete puntiagudo en la cabeza. Los dos estaban encorvados, jadeando por la falta de aire. — Puf, ¿entonces es esa niña?

—No, pero sin duda ella está inmiscuida en todo esto —ladeó un poco el rostro y la observó por el rabillo del ojo. — Puedo oler en ella vestigios de aquel hedor a carne humana podrida mezclada con el olor a bestia híbrida, —alzó la cabeza y olisqueó el ambiente— sin embargo aquí dentro sólo puede sentirse el aroma del mestizo y de esta niña. Ella se detuvo aquí y el otro siguió su camino, llevándose consigo aquella cosa que emana esa hediondez.

—Ya veo —repuso el demonio punk. Se aproximó junto con el otro hasta ella y ambos se acuclillaron enfrente suyo. — Que raro, no logré distinguir su aroma, nunca me hubiera imaginado que había un tercer individuo y que éste resultara ser una humana.

—Aquella peste en descomposición parece anular su esencia mas luego de un rato es sencillo captarla —dejó que ambos la analizaran por un momento y luego comentó: — Es una cazadora o una sacerdotisa o ambas pero está herida y asustada. Habla con ella, Ginta, tú eres bueno en estas cosas.

Un rayo de suspicacia pasó raudo por la mente de Kagome. Esos tres demonios no sólo no le harían daño sino que andaban necesitando información. Y ella andaba necesitando una oportunidad como aquella para huir de aquel lugar. Tragó saliva y puso su mejor cara de póker, decidida a recurrir a toda su astucia para que la sacasen de allí.

El demonio denominado como Ginta era aquel de cabello gris y mechón oscuro que todavía no había pronunciado palabra alguna. La observó por unos segundos y, cuando ella le devolvió la mirada, sonrió enseñando dos largas y afiladas hileras de dientes.

—Conque estás herida, ¿eh? —Miró sus manos y notó la piel rasgada de sus palmas. — ¿No eres un poco pequeña para ya ejercer de cazadora? Porque bueno, tendrás como… —entrecerró sus ojos y analizó su rostro— como menos de veinte años. Bah, igual soy malo para calcular edades humanas, ¡ustedes crecen tan rápido!

—Tengo dieciocho —afirmó tratando de sonar segura pero apenas le salió un hilillo de voz.

— ¿Dieciocho? ¡Zas, le atiné! —Le sonrió con simpatía, tratando de darle confianza y tirarle de la lengua para que hablara. — En serio, es muy extraño que una niña como tú ya este ejerciendo como cazadora.

—No soy cazadora, soy una sacerdotisa —mintió logrando tomar un poco más de seguridad— hace como dos horas detecté un aura demoníaca muy poderosa proveniente de esta ciudad y vine cuanto antes, —chasqueó su lengua y fingió aflicción— sin embargo fui sorprendida por la increíble cantidad de demonios y me vi obligada a buscar refugio aquí.

Su mirada pasó con rapidez por el rostro de los tres demonios y tembló en cuanto notó que Koga entrecerraba sus ojos de forma escéptica.

—Pero si eres una sacerdotisa, ¿por qué no has curado tus heridas? —Inquirió, y agregó con suspicacia: — Debes estar lo suficientemente herida como para que te implique un gran esfuerzo ponerte en guardia para tratar de defenderte de un demonio que atraviesa la ventana, ¿verdad? ¿por qué correr riesgos?

Kagome tragó en seco al notar aquel bache en su mentira, mas se esforzó por permanecer impasible. Su corazón palpitó nervioso en su pecho ante el peligro pero, por suerte, su cerebro reaccionó rápido al sentirse acorralada y su imaginación se disparó:

—Verás… ehm, Koga, ¿verdad? —El aludido frunció el ceño molesto cuando escuchó su nombre pronunciado con tanta familiaridad, mas ella lo ignoró— ¿De casualidad alguno de ustedes tiene señal en sus celulares? —Observó cómo cada uno revisaba su respectivo móvil y le negaban con la cabeza. — Pues bien, esto se debe a la misma razón que mantiene bloqueados mis poderes espirituales: aquel aura demoníaca no sólo se replegó para provocar y atraer demonios sino que, en menor medida, creó un campo que anulaba cualquier señal y poder humano para atrapar en esta ciudad a las bestias y que nadie ajeno a su raza se entrometiera.

— ¿Como una barrera? —preguntó el demonio punk, abriendo mucho sus ojos. Oh si, se estaba tragando todo el cuento aunque, para mayor seguridad, decidió apostar un poquito más.

—Fui muy negligente —ladeó la cabeza fingiendo congoja— ya que antes de entrar a la ciudad sentí una presencia extraña, —y, para hacer más creíble la mentira, mezcle con un poquito de verdad— como si algo comprimiera con fuerza mi organismo… y, en aquel momento, no me percaté de que luego de aquella horrible sensación el ambiente cambió como si estuviera más viciado —chasqueó la lengua y soltó un bufido de frustración. — Es complicado de explicar pero si sólo hubiera notado aquella leve variación no me habría aventurado aquí.

Los dos demonios que seguían acuclillados enfrente suyo asentían de forma casi imperceptible con la cabeza. Sin embargo Koga aun conservaba aquella expresión escéptica en su rostro. Intercambió miradas con ella y de pronto preguntó:

— ¿Cómo llegaste hasta aquí?

—Mi compañero me cargó sobre su espalda, —enarcó una ceja— ¿por qué preguntas? Tú mismo has dicho que sentiste el olor a híbrido en el ambiente.

—Conque una bestia mestiza, ¿eh? —Frunció el ceño— ¿y por qué te abandonó aquí?

—Estábamos siendo perseguidos y pronto noté que sólo era una carga para él, así que le pedí que me dejara aquí y él huyó puesto que el verdadero perseguido era él —y con una sonrisa, arrojó su carta de triunfo. — Lamentablemente una extraña criatura supo que se trataba de Inuyasha.

Los tres abrieron sus ojos, muy sorprendidos.

— ¿Inuyasha? ¿El híbrido de la carta de Midoriko? ¿Aquel que se supone que va a salvar al mundo? ¿Realmente aquella historia es cierta? —El de copete puntiagudo parecía casi feliz con aquella noticia, tanto que se le trababan las palabras al hablar.

—Cálmate, Hakkaku —ordenó Koga, sin despegar su mirada de la joven. — ¿Viniste con Inuyasha hasta aquí? ¿Cómo es eso?

—Inuyasha llegó a la época actual ayer a la medianoche, en la iglesia donde recibí mi entrenamiento de sacerdotisa. Mi maestro y otros sacerdotes debieron partir para una reunión de emergencia y yo me quedé cuidándolo —tomó una pausa para tragar saliva y continuó: — Allí ambos sentimos aquel aura demoníaca y partimos hacia aquí, decididos a averiguar si tal poder podía corresponder a la misma bestia que alteró las líneas temporales y la cual él debía destruir para salvarnos de la destrucción completa. —Acentuó aquel final con un tinte dramático. Nunca había mentido tanto en su vida pero una parte de ella se sintió satisfecha al saberse poseedora de tal imaginación.

Sin embargo una gruesa carcajada proveniente de Koga la hizo volver a la realidad. ¿Acaso no le había creído? ¿Dejó algún bache sin tapar y él lo había descubierto? Tembló como una hoja hasta que vio que él dejaba de reír y decía:

—Bien, niña, muy bien —aplaudió un par de veces y luego se cruzó de brazos. — Admito que tus mentiras fueron muy convincentes pero aún te falta mamar más experiencia. Sin embargo soy consciente de la carta de Midoriko y de la aparición de Inuyasha, además que ésta —y se señaló la nariz— nunca miente. Así que, pese a la casi ingeniosa maraña de engaños que dijiste, es sencillo distinguir qué es verdad y qué no. —Le dio la espalda y, de no ser por el temor que le comprimía el pecho a Kagome, se habría muerto de risa al notar que poseía una larga cola marrón de perro. — Muchas gracias por la información, cariño, nos vemos si es que logras sobrevivir aquí sola y herida.

Tanto Hakkaku como Ginta se incorporaron y se pusieron a cada lado de Koga, esperando en silencio sus órdenes. Cuando la joven creyó que la atacarían, notó qué sólo la ignoraban y se alejaban hacia las ventanas dispuestos a marcharse, logrando que la invadiera la desesperación.

— ¡Espera! No puedes irte porque… ehm… porque —balbució nerviosa mientras suplicaba a su cerebro que se le ocurriera algún pretexto— ¡porque los sacerdotes y los cazadores están en camino hacia aquí!

— ¿Y cómo sabrán en qué punto de la inmensa ciudad te encuentras si no tienes señal en el móvil? —Preguntó, volteándose un segundo y desafiándola.

— ¡Sencillo! Ustedes vienen aquí siguiendo el rastro que dejó Inuyasha y aquella cosa que lo perseguía —pese a los nervios, sus labios esbozaron una lenta sonrisa. — Él huye de la ciudad y tomará por el mismo camino por el cual ingresamos. —Enseñó su celular. — Todos están alertados de la situación desde antes de entrar aquí y se encuentran de camino. Cuando se crucen con ellos y con Inuyasha, él detectará mi aroma impregnado en ustedes y, luego de encargarse de aquel apestoso sujeto, irá tras ustedes junto con todos.

— ¡Ay, no, qué miedo! —Exclamó Hakkaku, siguiendo la actitud escéptica de Koga y fingiendo temor. — ¡Temo que los amigos imaginarios de una niña me maten! ¡Ay, nos purificarán y acabarán con nosotros!

— ¡No son imaginarios! —Kagome intentó levantarse más un chillido salió de sus labios en cuanto apoyó sus brazos en el suelo. — ¡Son muy reales! ¡Está el padre Mushin, Miroku, Sango…!

De pronto los tres se detuvieron en seco. La mirada suspicaz y filosa de Koga recayó en ella por completo.

— ¿De qué Sango estás hablando?

Sabiendo que tenía su atención, soltó un bufido y respondió:

— ¿Qué otra Sango es conocida entre los demonios y humanos? Además dudo mucho que exista otra que monte un tigre volador.

Apenas terminó de hablar vio cómo el demonio se acercaba a ella en dos zancadas y, tomándola del brazo derecho, la obligaba a ponerse de pie. Ella soltó un chillido de dolor al sentir su agarre en una zona tan sensible y él aflojó un poco su presión.

—Conque eres amiga de Sango, ¿eh? —Inquirió, con una sonrisa lobuna que le erizó todo el cuerpo. — En tal caso, te propongo un trato.

— ¿Un trato?

—Así es. Tú quieres salir de aquí, ¿verdad? —Hizo una pausa hasta que vio que ella asintió con la cabeza. — Entonces hagamos un intercambio: yo te saco de aquí y te cargo hasta la salida de la ciudad si tú, a cambio, haces que Sango elimine mi nombre y el de todo miembro de mi manada de las listas de pedidos de capturas de los cazadores. Además quiero que borren nuestros expedientes policiales y quedar tan limpios como un cachorro recién nacido.

— ¿Qué? ¿Quieres que le pida a una policía que haga borrón y cuenta nueva en tus demoníacos crímenes? —Apenas había intercambiado más de dos palabras con Sango pero estaba segura de que no le agradaría en lo absoluto.

—Claro que siempre puedes rechazar el trato y quedarte aquí. Seguro que luego de que baje la inundación y los demonios se marchen podrás volver caminando a tu casa. —La acercó un poco más hacia él. — ¿Entonces? ¿Aceptas o no?

Lo fulminó con la mirada y reprimió sus fuertes deseos de golpearlo sólo porque sabía que su brazo dolería aún más después de aquello. Lamentablemente sabía que no tendría otra alternativa y agachó su cabeza, resignada.

—Acepto.

—Trato hecho, niña.

—Kagome —le corrigió, asesinándolo con la mirada.

—Como sea —la atrajo un poco más para él y le susurró al oído: — En el hipotético caso de que luego te niegues a cumplir tu parte o de que Sango rechace tu pedido, tú te vienes conmigo por el resto de tu corta vida humana.

— ¿¡QUÉ!?

—Tranquila, es sólo una garantía para que no me estafes por mi buena predisposición —le sonrió con una fingida simpatía. — Después de todo, tu cumplirás con lo pactado y todo estará en orden.

Antes de que pudiera replicar, Koga jaló de su brazo e ignorando sus chillidos de dolor la levantó hasta cargarla sobre su espalda. La acomodó y pasó sus piernas sobre su cadera, dejando que fuera ella quien terminara de situarse.

De pronto Kagome notó cómo un remolino se formaba alrededor del demonio y éste salía disparado contra la primera ventana en su camino, desplazándose como una bala de edificio en edificio. Iba a una velocidad increíble, obligándola a aferrarse con fuerza a su espalda por temor a caerse.

Cerró sus ojos y, de no ser porque se encontraba viajando con Koga, se habría puesto a llorar ahí mismo. Había pasado de Guatemala a Guatepeor. Prácticamente había vendido su alma para poder salir de una prisión para poder pasar a otra. ¿Cuándo más duraría aquel maldito día? Si llegaba a salir bien parada de todo aquello se prometió a sí misma que olvidaría todo ese asunto de los demonios y jamás volvería a meterse donde no la llamaban.

Aunque claro, para eso primero tenía que sobrevivir y empezó a sospechar que aquello sería mucho más difícil de lo que se imaginaba


Bueeeeeno, puse el update más rápido de lo que me imaginaba (si, esto es lo más rápido :c) y no saben lo complicado que es subir por el celular :c

Iba a hacerlo más largo pero creí que la tensión del capítulo no daba para mucho más y lo corté ahí c: Sé que Koga no es tan serio ni tan imponente pero creí que lo mejor era darle mas personalidad y más fuerza porque no me da que sea tan inútil :c

Espero que les haya gustado! Por favor, déjenme un review diciendo si les gustó o si prefieren que me vaya a ver dibujitos chinos antes de seguir escribiendo

-Aguante Chaca-