Mākaukau
Preparación
Zeke esperó a que Chin y Tama estuvieran fuera de su campo de visión para dirigir su atención a Kono. Sus ojos rebosaban de intriga en el fulgor del atardecer.
—¿Qué piensas, Zek? —preguntó ella.
Mientras que la perspectiva de ganar experiencia de calle era prometedora, Kono tenía que considerar posibilidades. Estaría yendo como agente encubierto después de todo y debería pensarlo con mente fría.
Ella podía hacer esto.
—Están traficando personas y si está en nuestro poder... debemos hacerlo —respondió él, en voz tranquila—. Es bueno que podamos hacerlo. Sabes que ellos piensan que seremos un fracaso antes de empezar.
La policía era casi un negocio familiar en su herencia, eso era cierto. Tíos, tías y muchos primos (cercanos y lejanos), incluso un par de sus abuelos habían pasado por las filas de las fuerzas y habían llevado con orgullo la placa policial. Kono había admirado el valor que tenían todos, su honor.
Una buena porción de su importancia había sido relegada a un segundo plano cuando ocurrió lo de Chin y todos los rumores que lo forzaron a dimitir porque parecía que el orgullo empañó los lazos familiares. Él nunca había hablado con ella sobre cómo fue ni lo que sintió. Kono podía llenar los espacios en blanco por vivencias y conversaciones.
Su madre, que solía llamarla más a menudo de lo que Kono había esperado cuando tomó el lado de Chin —metafórica y literalmente— era la conexión más sólida que tenía con su familia y Kono no podía negar su fuerza y su potencia. Ella era alguien que valoraba los lazos.
Pero eso no quitaba que estaba decepcionada y enojada y a veces simplemente estaba cansada de cómo eran las cosas en esa isla.
Era inquietantemente fácil resentir el lugar que amas. También era desgarrador.
—Nosotros vamos a probarles a todos que están equivocados.
Kono tal vez había decido ser policía por razones diferentes y específicas, pero ella no iba a dejar que su apellido fuese un impedimento ni un obstáculo. No sería una vergüenza ni tampoco sería una insignia.
Algún día, quizá, lograría que no la misasen solo como la ex surfista, una más en la familia Kalakaua y, esperaba, que la viesen como alguien más que la prima del policía que injustamente deshonraron.
Kono quería ser alguien por su propia persona, también. Quería que su nombre sea significativo.
—Mañana será lo que deba ser, Zek. Tengo un buen presentimiento sobre este trabajo.
La nutria gimió dolorosamente.
—Odio cuando dices eso, ¿sabes?
Kono se rio.
—Eres tan aburrido, a veces.
19:45 p.m. [Mensaje recibido] ¿Dónde estás, Steve? Se suponía que nos veríamos con el abogado hace quince minutos.
21:34 p.m. [Mensaje enviado] Estoy ocupado, Mare. No me preocupa el testamento de papá ahora mismo.
21:35 p.m. [Mensaje recibido] Eres un imbécil, ¿sabes?
21:36 p.m. [Mensaje recibido] No te veo desde que terminó el funeral y siempre eres anal con los horarios. No voy a volver a preocuparme por ti.
21:39 p.m. [Mensaje recibido] Gracias por dar señales de vida, al menos.
Steve suspiró, pasándose una mano por la cara en la frustación.
Evidentemente tener una conversación normal con Mary estaba empezando a tornarse imposible. No habían hablado en años y cuando se hicieron llamadas el uno al otro siempre tocaban puntos sensibles y acababan demasiado pronto.
Los dos tenían mejor comunicación con su tía Deb que uno con el otro, eso era indudable.
«Aún debo llamar a Joe,» pensó.
Pero no se arriesgaría a decir una palabra con Danny y su chacal merodeando en los alrededores. Se sentía incómodo incluso al pensar en llamar a su tío honorario en la casa que había muerto su padre.
—¿Estás bien, Steve? —preguntó Kaimana.
Se acomodó a su lado y se apoyó contra una de sus piernas, ofreciéndole confort. Él no iría tan lejos como abrazarla, aún sintiendo la tentación; sí extendió su mano para que descansase en su pelaje.
—Es Mary —dijo.
—Deberías llamarla y hablar con ella —amonestó Kaimana—. Te dije que deberías hacerlo antes de venir a la casa.
—¿Quieres que te diga que tenías razón?
Los ojos ámbar de Kaimana lo fijaron en su sitio.
Su expresión era tan simpática que se le secó la garganta y se sintió obligado a mirar a otra parte. Siempre era rotundo lo fácil que era para ella dejarle ver todo lo que él no podía decir, todo lo que se negaba a admitir.
—Quiero que estés bien —dijo, suave y dócil y tan, tan tranquila—. Siempre quiero que estés bien.
Las palabras estuvieron a punto de rodar por su lengua, la facilidad acostumbrada de una admisión vacía que no era en absoluto nueva.
Aunque, en realidad, decirle a ella «estoy bien» sólo sería mentir descaradamente en vano porque Kaimana sabía perfectamente cómo se sentía y qué tanto peso cargaba en sus hombros.
—Quiero atrapar a Victor Hesse —murmuró, en cambio—. Estaré bien, entonces.
Podría dejar de sentir ese impulso abrasivo e implacable que lo estaba guiando desde que Freddie había muerto. Al menos, con los dos hermanos Hesse fuera del camino, habrían vengado a su padre y Moira. Y a Freddie y Torianna.
—¿Lo estarás? —preguntó ella, todavía suave y calma y más irritante de lo que Steve quería soportar en ese momento.
Se sacudió bruscamente y se levantó del escritorio, alejando cualquier pensamiento que no tuviese que ver con ese caso.
Escuchó los pasos de Danny en la habitación contigua, raudos y ligeros, preguntándose si había escuchado alguna parte de la conversación. Le había dicho que no se iría hasta que Steve se fuera, así que lo había dejado revisando cajas a medio ordenar que había en el estudio de su padre. Dudaba que encontrase algo en ellas pero Danny no se había negado a la tarea fútil y se había quedado trabajando sin quejas.
Pensó que podría haber sido extraño: Danny tenía esa mirada intensa y seria en sus ojos que a Steve le recordaba un poco a la mirada de su padre cuando no podía desconectarse del trabajo. Le pasó, especialmente, después que su esposa murió.
John McGarrett fue un policía dedicado hasta el final y Steve podía reconocer a otro fácilmente por ello.
—¿Encontraste algo útil en el estudio? —preguntó Danny.
—Encontré las huellas de palma en el escritorio y atrás encontré huellas parciales de las botas que no eran de Hesse así que estoy asumiendo que era tenía un cómplice con él.
Eso le valió una mirada curiosa.
Danny había dicho la verdad cuando comentó que le gustaban los misterios porque la chispa de interés en sus ojos era indudable.
—Espera un momento, ¿cómo sabes que las huellas de las botas no le pertenecen a Hesse?
Steve se perdió en una explicación innecesaria. Vach lo miraba más intensamente con cada segundo que pasaba.
—Tu cerebro debe ser un lugar miserable —declaró Danny pero no había calor en sus palabras. Steve apostaría que había una sonrisa allí, escondida detrás del tono ligero—. Siento pena por Kaimana.
Steve no se perdió la mirada divertida de su daimonion cuando la conversación terminó.
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Chin se encontró preparando un fondo para Kono con intención, esperando no dejar una cosa fuera, aún cuando no estaba seguro si Steve estaría de acuerdo con enviarla encubierta.
En su experiencia, era mejor estar preparado y la idea de enviar a Kono a un nido de serpientes se le presentaba como una idea cada vez más mala. Sabía que ella era capaz de protegerse a sí misma y la experiencia le ayudaría mucho —un anticipo de lo que sería la vida como policía, una prueba de fuego— pero ella seguía siendo Kono, su Kono, y Chin no pensaba dejar nada al azar.
—Me hubiera gustado hablar con la hija de John también —comentó Tama y él se congeló.
No estaba seguro de por qué la idea lo fulminó.
—Es muy probable que Mary no nos recuerde. Ella era muy pequeña cuando se fue.
Tama tenía los ojos oscuros, tan oscuros como sus plumas.
—Eso no es lo que importa. Hablar con ella sí.
Tenía razón, desde luego.
Chin estaba acostumbrado al rechazo, aún cuando mantenía la esperanza que no ocurriese a la vez. Era egoísta, posiblemente, pero no sabía qué esperar de un posible encuentro con Mary. John había hablado mucho de sus hijos, especialmente en días de abandono y melancolía, y aún se sentían confidencias en la mente de Chin. No estaba seguro de si sería bien recibido por Mary.
A diferencia de Steve, compuesto y seguro en su apariencia entera, había algo frágil en la pequeña McGarrett. Abrir una puerta dolorosa al pasado era lo último que Chin querría para la niña de su viejo amigo.
—Lo mejor que podemos hacer es resolver este caso, darles un cierre. Ayudar a Steve a destruir esta red de tráfico.
Tama suspiró.
—Esto se parece mucho, ¿no? A cuando éramos policías.
Chin presionó los labios en una línea porque no necesitaba responderle.
Era similar, sí, aunque se negaba a darle espacio a la esperanza mientras no supiese... mientras aún no tuviese certezas. Ya se le habían destruido sueños antes, no quería repetir errores ni crearse futuros fantasmagóricos.
Steve dijo que le darían medios y recursos pero no dijo por cuánto tiempo.
—Terminamos esto y vamos a dormir, Tama. Mañana será un día largo.
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—¿Siempre hablas con tu hija a esta hora? —preguntó Steve, casualmente apoyándose contra la encimera en la cocina mientras que Kaimana se sentaba bajo el marco de la puerta—. Es temprano.
Vach seguía acurrucada contra los pies de Danny, en apariencia dormida. Había sido verdad, Steve pudo comprobar, que no se alejaban demasiado el uno del otro.
—Grace me llama antes de ir a la escuela —Danny se obligó a darle una respuesta simple mientras bebía un poco de café, aunque no le gustaba el hecho que Steven había escuchado la conversación matinal que había tenido.
Claro, era principalmente su propia culpa porque había accedido para pasar la noche allí, después que se dio cuenta que doblegar al SEAL y convencerlo para descansar era tarea inútil. Y Danny sabía elegir sus batallas después de tanto tiempo perdido en la corte gracias a su divorcio.
Un par de horas de sueño habrían sido agradables pero la casa de John McGarrett estaba demasiado cerca del océano para gusto de Danny y se encontró extrañando su pequeño y horrible lugar temporal mientras buscaba entre las cosas abandonadas.
El sueño lo había reclamado intermitentemente.
—¿Todas las mañanas?
Danny frunció el ceño mientras miraba a su acompañante.
La expresión de McGarrett permaneció cuidadosamente en blanco, una suave máscara inexpresiva, y aún así la emoción intensa hirviendo bajo la aparente indiferencia estaba allí.
Apostaría que era más... sí, era más tristeza que curiosidad.
—Todas las mañanas, sí —aseguró, ladeando la cabeza un poco porque la insistencia era inesperada—. No podemos vernos siempre pero, ¿esto? ¿Hablar por teléfono? Es algo.
Una conexión, indudablemente. Era una necesidad constante en su línea de trabajo, en un mundo como ese, y Danny no pensaba mencionárselo a alguien que lo conocía de primera mano.
La vida de los policías era sacrificada —más de lo que Rachel había esperado cuando se casó con él— y fue, en última instancia, la razón del colapso de su matrimonio. Había otras razones en medio —múltiples en realidad— pero las renuncias, las ausencias, los días perdidos, los silencios y los crímenes siempre pasaron factura a sus vidas personales. Grace y Bali eran la conexión que Vach y él tenían a la vida fuera del trabajo, la razón para seguir en ese mundo que alcanzaba a tocar hasta lo más atroz en los seres humanos y valoraban cada segundo de ese recordatorio.
Steve se enderezó como si las palabras lo hubiesen obligado.
—No hablaba mucho por teléfono con mi padre.
Vach se congeló contra su pierna y Danny podía sentir la tensión en su cuerpo llegando hasta su columna.
Había conocido a Steven McGarrett veinticuatro horas atrás y durante la mayor parte del tiempo había tenido que encontrar una forma de lidiar con su impaciencia, su necesidad de controlar cada miserable cosa a su alrededor y su búsqueda de venganza, justicia, lo que fuera.
Danny no quería simpatizar con él, realmente no quería.
Por otro lado...
—Lo siento.
Steve se sacudió por un momento y sus ojos se nublaron en un gris tormentoso.
—Debemos irnos. Le dije a Chin que nos veríamos a primera hora. No lleves una corbata, Danny, o se darán cuenta que no eres de aquí.
Eso fue inesperado y... no.
Había comentado algo similar el día anterior, cuando se estaban apuntando el uno al otro en el garaje.
—¿Tienes algún problema con mi corbata?
—Estamos en Hawai'i —replicó Steve, rotundo. Danny podía imaginar que había una sonrisa escondida gracias a lo que veía en su mirada—. Si te esforzarás un poco podrías encajar.
—No estoy en esta isla por elección —dijo, a través de sus dientes—. No pretendo encajar en ninguna parte.
—Seguirán viéndote como un haole porque sigues actuando como uno.
Danny ignoró la inesperada suavidad que subyacía en la declaración.
—¿Y cómo eso es tu problema?
Steve rompió en una sonrisa y Danny tuvo la certeza que había sido provocado adrede.
—Olvídalo, compañero.
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—Elijan bien sus palabras —advirtió Chin—. Los dos.
Había sido una buena idea encontrarse en la playa, alejando cualquier idea remota que eran más que conocidos entre sí. Kono solía surfear en sus horas libres —sin importar el momento del día— por lo que a Chin no le sorprendió verla sobre su tabla, una evocación del pasado reciente y distante a la vez. También sospechaba que era una forma de suavizar sus nervios, reinarlos al menos, mientras esperaba a la reunión.
—¿Surfea profesionalmente? —preguntó Steve.
Chin sacudió la cabeza.
—Pasó tres años en el circuito profesional antes de dañarse la rodilla. Estaba devastada cuando le dijeron que no volvería a competir. Tuvo que empezar de cero y se decidió por llevar una placa —Hizo una pausa, admirando los movimientos gráciles de Kono en el agua; una parte de ella siempre se inspiraría en el océano—. Desafortunadamente ella es de la familia lo que significa que el departamento nunca la tomará en serio.
—¿Crees que está lista para esto? —preguntó Danny, pero su voz era casi renuente—. Ir encubierto no es fácil para un novato.
—Y no tiene experiencia callejera —agregó Steve.
Chin los miró con interés y sintió a Tama inclinarse hacia adelante, igualmente curiosa. Era una cuestión justa y no se le escapaba la preocupación genuina que estaba escrita en sus dos acompañantes.
No estaban allí sólo por venganza. No estaban allí llenos de indiferencia. No eran...
No traían el vacío que Chin dejó atrás en el departamento de policía
Era agradable.
—No muchos la identificarán porque es un rostro nuevo. Le faltan días para graduarse pero tiene el entrenamiento necesario —confirmó—. Les puedo asegurar que sabe defenderse y piensa rápido.
—Es nuestra mejor opción entonces —dictaminó Steve, tras una breve pausa, y no dejaba espacio para discusión lo terminante en su tono. Los hombros de Chin se relajaron—. Tenemos que preparar el equipo de vigilancia. Cuanto más pronto logremos llegar a Sang Min, mejor para nosotros.
—¡Hey, primo! —llamó Kono, que ya había salido del agua y caminaba hacia ellos con despreocupación calculada.
—Ese fue un buen movimiento, mujer acuática —saludó. Ella le dio un abrazo rápido, una sonrisa brillante en su cara bañada por el sol, y se apartó para mirar a sus acompañantes—. Kono, estos son el teniente comandante Steve McGarrett y el detective Danny Williams.
—Chin me dijo que me ayudarían con el crédito extra para la graduación —dijo ella, con un brillo divertido en sus ojos. Parecía confiada y segura, cómoda en su propia piel.
Danny podía jurar que escuchó a la nutria que estaba con Kono dar un resoplido.
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—¿A dónde vamos ahora?
—Si me dejaras conducir no tendrías que preguntarlo en cada segundo, Danny.
Soltó un suspiro tan largo y agónico que Steve se detuvo para mirarlo.
—Si no tuviera que preguntar... Mira, cada vez que cambia tu cara, eso me dice que cambias de opinión.
Eso no tenía sentido en absoluto.
—¿Mi cara?
—Sí, ya sabes, pones esa cara de «disparo ahora, pregunto después» cada vez que tomas una decisión. Francamente me preocupa que lo hagas.
Steve parpadeó lentamente, borrando cualquier rastro de emoción.
—Y esa cara de póker no es tan buena como crees, mi amigo —dijo Danny, rodando los ojos—. Sigues sin responder la pregunta. ¿A dónde vamos?
—No tienes que ir a ningún lado, Danny —respondió, impasible—. Realmente no tienes que. Te llamaré cuando Chin haya arreglado la reunión para ultimar los detalles con Kono. Solo tienes que conseguirme el equipo de vigilancia.
Danny lo miró con fijeza.
—¿Vas a volver a la base, entonces? Es allí dónde te estás quedando, ¿cierto? —dudó. La inflexión en sus palabras no dejaba espacio para responder—. ¿No vas a ir a la casa de tu padre otra vez para revisar algún rincón por décima vez?
—¿Y qué si lo voy a hacer? —preguntó.
La cara Danny reflejó su incredulidad.
—Steven, no te he visto descansar desde que nos cruzamos ayer y déjame decirte que no creo que sea saludable que no comas algo ni te tomes un descanso en este momento. Este caso...
—Es importante.
Era prioridad.
Prioridad.
Danny levantó las manos como si quisiera aplacarlo. Su mirada era abierta e intranquila.
—Es importante, desde luego. Y porque es importante, tienes que asegurarte de estar en tu mejor forma. ¿Vas a decirme que estás en tu mejor forma ahora mismo?
Quizá no lo estaba. Pero no podía detenerse.
—No puedo descansar, Danny.
—No te estoy diciendo que te tomes un fin de semana, Steven. Una hora, tal vez dos. Come, duerme. Habla con tu hermana, si quieres. No me mires así, yo estaba en el funeral y sé que tu hermana estaba allí.
—No voy a descansar bien hasta que esto se termine. El asesino de mi padre está suelto todavía y quizá encuentre algo más que nos lleve hasta él. Quiero ver si están los resultados de las huellas.
Danny asintió en silencio; era más un gesto resignado que una protesta.
—Mi punto todavía se sostiene —dijo.
—Podemos pedir algo en el camino a la casa —respondió Steve.
Danny hizo un ademán de rendición y se subió al auto. Vach les dio una mirada que podría haber sido de diversión antes de seguirlo. No estaba seguro qué pensar de ella.
Steve se volvió hacia Kaimana.
—Te veo en la casa. No te entretengas en el camino.
Ella hizo un ruido de incredulidad y se fue.
—Sabes, Danny, si hubiese sabido que eras una mamá gallina no te habría reclutado —comentó Steve, antes de cerrar la puerta del auto.
Realmente quería conducir.
—Tu idea de reclutarme fue hablar con mi capitán a mis espaldas entrar a mi casa (sin permiso, debo agregar), y forzarme a una persecución. Déjame decirte, mi amigo, que ese método no es muy apreciado en la sociedad actual. Podrías haberlo hecho mejor.
—Todavía sigues aquí, ¿no? —rebatió, un poco a la defensiva. Era Danny el que insistía en acompañarlo y no al revés—. No te veo muy preocupado por irte.
Danny soltó un bufido lleno de incredulidad.
—¿Sabes lo que significa tener un compañero, al menos, Steven? Porque esto... —Señaló el reducido espacio entre ellos para énfasis—. Esto estener un compañero. No tenemos que acordar en todo ni llevarnos bien. Pero trabajamos juntos.
No quería sumergirse en todas las ramificaciones que eso traería, ni en las emociones que estaban al filo de su conciencia y que pulsaban en busca de reconocimiento. No sabía si era por la vehemencia de Danny o porque estaban en Hawai'i cazando al asesino de su padre, alguien que tomó cosas importantes de Steve.
Esperaba pronto dejar todo eso atrás.
No apreciaba encontrarse tan al límite, cercado en su sitio. No le gustaba que Danny pudiese leerlo tan bien a tan sólo horas de haberlo conocido.
—¿Eso quiere decir que mi método de reclutamiento funcionó? —presionó, porque podía.
Danny hizo una pausa y Steve se sintió tentado a mirar su expresión, pero no lo hizo.
—Ya que entiendo que eres un neandertal y tus habilidades sociales son nulas... supongo que podrías decir que estamos en una tregua ¿no?
Aún así, a pesar de todo, se sentía bien tener algo para sonreír.
