Disclaimer: La Tierra Media y sus personajes pertenecen a nuestro querido J.R.R. Tolkien y a sus herederos. Demás personajes y lugares inventados son míos.

Con enanos y elfos

Legolas preparaba su discurso frente a un espejo bajo la atenta mirada de su padre, quien tenía un reloj de arena a su lado. Cuando la arena dejaba de caer, era el momento en que la supuesta elfa —que no era otro que Gimli con un hacha en cada mano— lo perseguía por toda la habitación durante un par de minutos: a grito pelado, con el hacha en alto y una gran y macabra sonrisa en la boca.

—Tienes que hablar más rápido — regañó Thranduil a su hijo.

—Es imposible cuando tienes un enano barbudo con un hacha detrás de ti, amenazándote —protestó él.

—Claro, porque Arian no estará haciendo lo mismo cuando te encuentre —ironizó el rey.

—Tenéis mala opinión de mi prometida. —Se enfadó Legolas.

—Es lo que amenazó hacer cuando partió del Bosque Negro —explicó con calma el anciano elfo.

—Pues yo no me lo creo —afirmó con rotundidad Legolas—. Y ahora, si me disculpáis, tengo cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con esto.

—No creo que... —empezó Thranduil.

—Adiós —cortó Legolas.

Sacó a empujones al viejo rey y al enano, y cerró la puerta con llave lanzando un suspiro. El mismo que lanzaba Ary en ese momento. Las invisibles puertas de Moria les franqueaban el paso. Llevaban al menos dos horas intentando cruzarlas, sin éxito alguno. Mientras los gemelos perdían la paciencia intentando abrir la maldita puerta, Ary estaba tranquilamente sentada en una piedra al lado del lago leyendo un libro, sin prestar atención a los esfuerzos de sus compañeros. Cuando los gemelos empezaron a cantar cerró el libro con una mueca de fastidio.

—Podéis cantar toda la eternidad que no os van a abrir la maldita puerta —dijo la elfa—. Además, cantáis fatal —añadió. Los gemelos la miraron entre enfadados y divertidos.

—Pues inténtalo tú —la retó Elladan.

—Apartaos —ordenó la joven.

Cogió una piedra del tamaño de su puño y llamó con ella a la puerta. Como no pasó nada, volvió a intentarlo. Los gemelos la miraron burlonamente, lo que molestó mucho a la elfa: si había algo que odiase más que olvidaran su existencia era que se burlasen de ella. Estuvo tentada de tirarles la piedra, pero no sería capaz de acertarles a los dos a la vez. En vez de eso, volvió a golpear la roca.

—¡Eh, los de dentro! Abrid de un puta vez la puñetera puerta, si no queréis que la arranque y os la lance a la cabeza —gritó enfadada. Unos segundos después, la puerta se abrió unos centímetros y un enano asomó la cabeza.

—¿Qué queréis, elfos? —preguntó con los ojos entrecerrados.

—Necesitamos cruzar sus dominios para poder proseguir en nuestro viaje de caza —respondió educadamente la elfa.

—¿Caza? ¿Qué queréis cazar? —inquirió con desconfianza el enano.

—Un elfo.

El enano la miró desconcertado. Luego cometió el error de preguntar el motivo de tal caza. Legolas estaba mirando al cielo cuando volvió a sentir sus ya habituales escalofríos. Permaneció quieto durante casi toda la noche, pese al frío que hacía. Al final, cuando ya tenía más aspecto de barra de hielo gigante que de elfo, se decidió. Se acercó al escritorio, tomó papel, pluma y tinta y se sentó a escribir.

Los tres elfos cruzaron Moria en apenas una semana. Sí, la Comunidad del Anillo cruzó las minas en tres días escasos (con un poco de ayuda del Balrog), pero nuestra querida elfa seguía empeñada en dar discursos a todo el que se atrevía a hablarle. El primero se lo había dado al pobre portero de Moria. El segundo fue cuando le presentaron al guía que los acompañaría que, desoyendo las advertencias de su amigo, le preguntó lo mismo. La peor parte se la llevo el jefe de las minas, que también le preguntó… a su manera.

—¿Y qué delito cometió ese elfo que queréis cazar? ¿Acaso conquistó a una joven y tierna elfita con unos modales perfectos para luego mancillarla y dejarla plantada largándose a un viaje del que aún no volvió aun habiéndolo prometido?

—¡A mí no me mancilló nadie! —gritó Ary enfadada—. ¿Cómo te atreves a insultarme de esa manera, patán barbudo? ¿Acaso crees que soy como esas niñas tontas que caen rendidas a los pies del primero que le dice palabras bonitas? ¡Mucho cuidado con lo que dices! ¡Soy la prometida del príncipe del Bosque Negro! ¡Y la futura reina! ¡Y no consentiré que nadie me insulte!

—Pero... —intentó explicarse el pobre enano. Mientras los gemelos agarraban como podían a la elfa, que intentaba arañarlo.

—¡Y menos una patata con pelo! —continuó ella sin hacerle caso—. ¡Debería arrancarte la lengua por osar faltarme el respecto de esa manera! ¿Quién te crees que eres para dirigirte de esa forma a una dama? ¿Es que no te enseñaron educación? ¡A una dama se la trata con respecto y amabilidad! ¡No se le insulta ni se le falta al respecto de esa manera! ¿Acaso trata así a todas? ¿Le gustaría que tratasen así a su hija? ¿O a su hermana?

Y así siguió un buen rato hasta que los gemelos la consiguieron calmar y la arrastraron tras el guía, antes de que el jefe de las minas sacara el hacha y estallase una guerra absurda por una simple e inocente pregunta. Después de eso, la elfa se las arregló para precipitar al vacío un andamio gigante sin tocarlo siquiera (le echó las culpas a uno que pasaba por allí por supuesto) y logró que el guía se equivocase de camino al menos diez veces. Cuando por fin salieron de Moria, se dirigieron sin pausa a Lothlórien.

—Espero que nos dejen pasar sin problema —deseó uno de los gemelos.

—Claro que nos dejaran pasar —le replicó su hermano—. Somos de la familia.

—Si no nos dejan pasar seguiré practicando mi estilo de corte de pelo con hacha —declaró Ary con una sonrisa siniestra.

—¡Oh! Si quieres practicar, conozco un elfo al que le vendría bien un buen corte de pelo —dijo Elrohir dando saltitos—. Nosotros te lo cogemos, ¿verdad hermano?

—Por supuesto —respondió Elladan con una sonrisa divertida.

La joven sonrió encantada por el entusiasmo que tenían los gemelos con su cacería. No podía haber tenido mejor compañía en su viaje. Pronto aparecieron los guardias del bosque y luego de las presentaciones y los intercambios de información (por suerte, los elfos fueron lo bastante prudentes como para no preguntar que narices había hecho el elfo que intentaban cazar), los guiaron hasta Galadriel y su esposo.

—Os doy la bienvenida jóvenes elfos —dijo el esposo de Galadriel.

—Gracias por permitirnos cruzar sus dominios —respondió Ary con una reverencia—. Esperamos no causar problemas con nuestra llegada.

—Todo viajero con buenas intenciones será bienvenido, sea cual sea su raza —declaró el anciano elfo con una sonrisa—. Más aún si viene tan bien acompañado. —Los gemelos sonrieron con orgullo ante el halago de su abuelo.

—Bueno, son mejor compañía cuando están callados. Si empiezan a hablar acaban discutiendo por tonterías y me levantan dolor de cabeza —dijo la joven quitándole importancia con un gesto de mano.

—¡Eso no es verdad! —exclamaron los gemelos a la vez.

—Te creo bien, joven —bromeó Celeborn.

—Espero que disfrutéis de vuestra estancia en nuestros dominios —dijo entonces la elfa rubia, con voz de haberse bebido tres botellas de whisky y fumado tres canutos de los grandes.

—Sí, lo pasaremos bien —sonrió Elladan.

—Si nos disculpan, vamos a enseñarle a nuestra amiga las bellezas de este bosque —intervino Elrohir.

Se despidieron rápidamente, dejando a Galadriel con la palabra en la boca, y llevaron a la elfa a la orilla del río. Una vez allí, los gemelos le dijeron que esperara sentada a la sombra de un gran árbol mientras ellos iban a buscar a su amigo "el del pelo largo". Arian, con una paciencia impropia de ella, se acomodó entre las raíces y no tardó en quedarse profundamente dormida. Las emociones del viaje la tenían agotada, pero, en el fondo, feliz.

En otra parte, Legolas dejó de escribir por fin y contemplo la hoja con el ceño fruncido. Luego la rompió, quemó los trozos con una vela encendida y salió de la habitación. Buscó por todas partes al viejo mago, pero o Gandalf sabía esconderse muy bien o no estaba por el palacio del rey de Gondor. Salió del palacio a pasear por la ciudad, esquivando hábilmente a su padre, que hablaba con Aragorn al lado del árbol blanco de Gondor.

Se había resignado a no encontrar a su amigo mago cuando vio un cartel muy raro colgando de la fachada de una casa. "El psicólogo blanco" rezaba. Lo miró con la cabeza levemente torcida a la izquierda durante un par de minutos. La gente lo miraba a él como si estuviese loco. Al final, el elfo se movió, para alivio de una niña que se había quedado mirándolo hipnotizada mientras su perro le tiraba del vestido.

—Perdone caballero, ¿sabe de quién es esta consulta? —preguntó el elfo a un hombre que pasaba por allí.

—Del mago blanco. La abrió hace unos días. Dice que ahora que sus servicios como mago no se necesitan dará consejos y escuchará a quienes lo necesiten.

El hombre siguió su camino dejando al elfo pensativo. Después de un largo rato de pie pensando, el príncipe se decidió y entró en la consulta. Un largo rato es lo que les había costado a Elrohir y Elladan atrapar a su amigo del pelo largo. Al parecer, el elfo en cuestión había oído de su llegada y se había escondido en el árbol más frondoso y alto que había podido encontrar. Aunque de poco le había servido al pobre.

—¡Ary! ¡Lo hemos encontrado! —gritó Elladan. La miró extrañado—. Se ha dormido.

—¿Y para eso nos pasamos tres horas buscándolo? —preguntó Elrohir.

Lo habían atado con los brazos pegados al torso, amordazado y lo traían tirando de una cuerda, arrastrándolo todo el camino. El elfo les lanzaba miradas asesinas a los gemelos, pero ellos ni se inmutaban. Con cuidado, Elrohir despertó a nuestra protagonista e hizo las presentaciones pertinentes. Luego, fueron a buscar un sitio más alejado para que la peluquera hiciese su trabajo.

—He pensado en que mejor lo haré con una navaja —iba diciendo Ary mientras caminaban—. Es más fácil de manejar.

—¿Tienes una? —le preguntó Elladan.

—Sí, no te preocupes —respondió Ary dejando ver parte de su arsenal.

—Recuérdame nunca enfadar a nuestra amiga —le dijo Elladan a su gemelo en voz baja.

Después de la sesión de corte de pelo (no lo hizo tan mal esa vez, solo le dejó dos trasquilones y un corte algo profundo en el cuero cabelludo), los tres viajeros cenaron con los señores de Lothlórien y se retiraron a descansar. A la mañana siguiente, cogieron una barca y llenaron sus mochilas de comida de todo tipo. Se despidieron de los elfos y partieron río abajo, siguiendo los pasos de la ya disuelta Compañía. Entre tanto, en otra parte de la Tierra Media, un mago blanco intentaba recordar por qué no podía matar al príncipe elfo.

Continuará...

N/A: ¡Editado! Se aceptan comentarios. Un abrazo.