Capitulo ocho. Renacimiento.
La soledad no es tan mala cuando uno lo desea. La vida siempre es grata aun que no lo desees. El renacer no es opción de la vida, si no de tu propia consciencia.
Observaba detenidamente las barraras ante mis ojos. Aquello día a día era una tortura. Durante meses, había estado atado a aquello que menos deseaba. Tanya cada día estaba más concentrada en enseñarme como iba creciendo su hija en su interior. Aquello me sacaba de mis cavilaciones y me hacía sonreír, pues realmente era la única que escuchaba mis secretos dentro de ese maldito hospital.
Mi familia en ese momento, significaba para mí la grandeza. Cada uno de ellos, se había volcado tanto en ayudarme en cada momento, que siempre estaría agradecido. Terminaban de hacer sus cosas del día y venían a verme hasta que el cansancio se adueñaba de ellos. Con Jasper seguía aquella amistad de hermanos que forjamos en el pasado cuando yo aún era un asesino. Adam siempre venía con Vicky y aquello me hacía sentirme feliz, puesto que él también merecía la felicidad.
Pasé mis manos por aquel frío metal y suspiré. Ya casi todo estaba hecho. Un poco más y volvería digno de ellos. Moví mi pierna derecha y sentí como un calambre me atravesaba la columna entera. Cerré mis ojos ante aquello y cuando los abrí, Tanya estaba en la otra parte sonriéndome mientras se acariciaba su abultado vientre.
-Vamos, Edward. Ayer lo hiciste muy bien, solo un poco más.- Vi caer una lágrima por su mejilla sonrojada.
No entendía porque ella estaba llorando, necesitaba saber porque. Moví la izquierda y así una detrás de la otra, aunque doliera como un demonio, llegué hasta el final y la miré a sus azulados ojos.
-¿Por qué lloras?- Susurré mirándola directamente a su rostro.
-Estoy tan feliz hoy. Solo me quedan días para tener a mi hija conmigo entre mis brazos. Siento que he hecho un buen trabajo contigo por primera vez en mis años como médica.- Acarició mi mejilla.
-Tanya, tus esfuerzos se verán recompensados con el amor de tu familia.- Le dije sin pensármelo.
-Vamos, siéntate en la silla. Le diré a mi marido que te empuje hasta tu cuarto, no quiero que te canses esos fuertes brazos.- Rió ante sus propias palabras.
Una vez en la habitación, Tanya me tendió un papel. Cuando abrí el sobre, las manos me temblaban, delante de mi estaba la última prueba. Levanté al cabeza, aquello sería mi liberación o mi condena.
-Ábrelo.- Me animó Tanya con sus penetrantes ojos azules.- Vamos, estoy ansiosa.- Repetía una y otra vez mientras estaba sentada a los pies de la cama.
-Estate quieta.- Le dije riéndome.- Me gustaría abrirlo con alguien de mi familia también.- Miré el suelo tragando saliva pesadamente.- No sé si me entiendes.
-Te entiendo perfectamente, pero si no abres ahora, no sabrás la sorpresa.- Aquello me hizo dudar y deslicé un dedo pro el sobre.- Eso es, luego llamas por teléfono y lo comunicas, seguro que pronto están aquí.
-Oh vamos, cállate.- Le dije mirándola serio.
Bufé y lo abrí. Las manos me temblaron cuando leí aquello. Entre mis manos, tenía el hoja del alta. No me lo podía creer. Una lágrima descendió por mi mejilla y Tanya la capturó entre sus dedos. Alcé mi vista y la miré directamente a la cara.
-Y aquí lo tienes. Todo tu esfuerzo se ve recompensado.- Sonrió.- El merito de los milagros.
-No seas así, no soy ningún milagro.- Le dije mirando mis manos.
-Claro que lo eres, Edward.- -Bajó su mirada.- Yo no hubiese soportado tanto, por tan poco.
-No es tan poco. Que mi hijo no quisiera verme en su día, solo me hizo luchar más por salir de aquí.
Sentí una fuerte presión en mi pecho y los labios cálidos de Tanya sobre mi mejilla. Con un susurro se despidió de mí y salió por la puerta. Tenía una copia del alta, sabía perfectamente que no me iría del hospital hasta la mañana siguiente, así que me recosté en la cama y empecé a pensar en lo pasado durante esos siete meses. En lo primero que pensé, fue en aquella mañana que Bella trajo a nuestro pequeño Anthony.
Flash Back.
Me desperté al escuchar el carro del desayuno por los pasillos. Tenía hambre, deseaba que las horas pasaran rápidas. Hoy vendría Bella y lo más seguro es que trajera a mi pequeño. Las manos empezaron a temblarme de los nervios ¿Cómo se lo tomaría? Aquella pregunta rondó mi cabeza durante toda la mañana.
Me bajaron a la terapia con Tanya. Podía ver perfectamente como su vientre empezaba a crecer. Una sonrisa estaba dibujada en sus labios. Me senté en mi lugar de siempre y apartaron la silla. Tanya empezó con al pelota y acto seguido, seguimos con las pesas. Me preguntó por mi ausencia y le conté sobre mi hijo. Ella como siempre, estaba para apoyarme. Era una gran amiga y eso era de agradecer dentro de aquel hospital.
Al acabar, ella ordenó que se me duchara y que me permitieran vestirme de otra forma. Según ella, un pijama azul de hospital, no era forma de presentarse ante mi hijo. Mientras estaba en mi habitación con el celador que me duchaba, escuché el sonido de la puerta. El chico me sacó de la ducha y salió un momento fuera del baño. Al entrar, portaba entre sus manos una camisa blanca y un pantalón negro de vestir. Aquello me hizo gracia. Me colocó mi ropa interior y la ropa. Me sentí diferente.
Después de terminar de arreglarme, me condujo hasta los ascensores y me avisó que mi visita estaba en el jardín. Empecé a temblar nervioso. En el momento en que la puerta del ascensor se abrió, pude ver esos ojos chocolate observarme en la distancia. Una mano cálida se aferró a la mía y alcé mi vista. Tanya estaba a mi lado para apoyarme. El celador me sacó al jardín y me dejó al lado de un banco de piedra. Bella caminó despacio hasta mí y besó suavemente mis labios. Saludó a Tanya con un pequeño abrazo y una caricia en su pequeño vientre y nos sonrió.
Observé nervioso el jardín. Lo recorrí de punta a punta intentando capturar ese segundo en que mi mirada se cruzara con al de mi hijo. A lo lejos, pude ver a un niño con un pantalón marrón, una camisa blanca y una gorrita. Bella levantó su mano y vi a alguien coger la manita del niño. Al enfocar mi mirada, pude ver que se trataba de mi hermana Alice. Los dos caminaron hasta el banco y mi hermana me saludó con un pequeño abrazo. El niño tan solo me observó sentado en m i silla.
-Hola, Edward.- Alice parecía nerviosa.- Bueno, aquí esta el pequeño Anthony.
-Hijo.- Bella le cogió al mano y le quitó la gorra.- Este es Edward, tu papá.
Bella le quitó la gorra y observe esos preciosos ojos. Su cabello y su sonrisa. Era una buena mezcla de nosotros dos. Esperé ansioso la respuesta del niño. Mi corazón latía desbocado en mi pecho y no podía soportar aquel silencio. Sus ojos se clavaron en los míos y en ese momento, unas palabras salieron de su pequeña boca.
-Yo no tengo papá.- Dijo muy serio.- Este es un señor que no conozco.
Tragué saliva y apreté mis puños contra las piernas. Mi corazón se desbocó y sentí que me faltaba el aire. Alice cogió al niño de la mano y le dijo algo al oído.
-No voy a pedir perdón.- Dijo mi hijo mirando a su tía.- No lo conozco. Si es mi papá ¿por qué no ha estado a mi lado siempre?
Tenía razón. Realmente no era un buen padre. Sentí que mis piernas temblaban y mi corazón se caía de mi pecho. Alice apretó un poco más su mano. Mientras Bella, estaba paralizada a mi lado. Sentí las manos de Tanya apretar mis hombros.
-Déjalo, Alice.- Mi voz sonó ronca.- El niño tiene razón, no lo fuerces a algo que no puede.
-Anthony.- Escuché a Bella.- Habíamos hablado de esto.
Pude ver sus lágrimas descender por sus mejillas y estas coloradas. Estiré mi mano hasta ella y sequé las que pude, ya que no dejaba de llorar.
-Bella.- Ella me miró con pena.- Tiempo al tiempo.
-Eres tan bueno.- Besó mis labios.- Te amo.
-Y yo a vosotros.- Miré a Alice.- Me he de ir. Pronto pasarán con la comida.- No era cierto, pero no quería seguir allí.- Nos vemos a la tarde o mañana.
Miré a bella y le sonreí. Después de eso, le indiqué a Tanya que me siguiera. Empujé mi silla costosamente hasta la entrada y seguí sin parar hasta el ascensor. No miraría atrás.
Fin Del Flash Back.
Me removí en la cama inquieto. Aquella tarde, no quise ver a nadie, ni a mi padre, i a mi madre, incluso ni a Bella. Estuve en mi cuarto encerrado con Tanya. Ella fue todo mi consuelo y mi fuerza durante esas horas. Mi hijo me había rechazado y llevaba toda la razón del mundo. Después de aquella ocasión, Bella trató de traerlo más veces, pero él se negaba.
Las horas pasaban y en mi cabeza solo había recuerdos de aquel tiempo en el maldito hospital. Recordé la primera vez que intenté pasar las barras. Tanya me guió hasta allí y me obligó a poner mis manos sobre ellas. Me explicó como debía hacerlo y cabezota de mí, me tiré a la aventura sin pensar en las consecuencias. Besé unas cuantas veces el suelo enmoquetado. Lloré otras tantas por no conseguirlo, incluso me enfadé conmigo mismo.
Los días pasaban de la misma forma. Tanya dándome rehabilitación, mi familia viniendo por las tardes y yo sin ver a mi hijo. Entre bella y yo, no había vuelto a ver otro contacto físico desde aquella primera vez. Siempre estaba tan cansado que me dormía al poco de llegar ella de trabajar y dormir al pequeño.
Miré el reloj y vi que eran las cinco de la madrugada. Me senté en la cama y bajé de ella cogiéndome a la pequeña mesa. Mis piernas temblaron y estuve apunto de caerme al suelo. Me apoyé en la pared y di gracias a que el baño estaba pegado al armario. Me cogí a la silla y caminé con ella hasta la puerta. La abrí con miedo a caerme y entré al baño. Una vez dentro, me senté en la silla y me mojé la cara.
Sentí que tenía un grave problema. Me habían dado el alta, o me la iban a dar en unas horas y mi familia no se había ido aún de vacaciones, así que durante un día, compartiría el mismo techo que mi hijo sin saber que decirle una vez más.
Sentí el miedo de nuevo en mi cuerpo. Después de secar mis manos, empujé la silla hasta la cama, esta vez sentado. Al llegar, traté de subir a la cama, pero aún era demasiado peso para mis piernas hacer ese esfuerzo. Me pasé al sofá y me quedé allí mirando el amanecer por la ventana. Reaccioné ante la luz del sol en mi rostro. Abrí despacio mis ojos y miré la calle. Hacía un día esplendido. Entraron a dejarme el desayuno y la chica se sorprendió al verme allí sentado.
-Edward.- se llevó la mano al pecho.- ¿tú has?
-Sí.- Miré la cama.- anoche me levanté un momento y luego no pude subir a la cama.
-Tendrías que haber avisado.- Me reprochó.- Hubiera venido Cesar y te hubiese subido.
-Tenía ganas de ver el amanecer.- Reí un poco.- Vamos, tengo hambre.- Reí más fuerte.
-Niño consentido.- Me miró como si estuviera enfadada.- Tienes unos arranques muy malos para tener veintinueve años.
-No me recuerdes mi edad ¿quieres? Me haces sentir viejo.- Puse un puchero en mis labios y ella sonrió.
-Está bien, pequeño Edward.- me dejó el desayuno en la mesita auxiliar y se marchó.
Al terminar el desayuno, el médico entró y me dio el alta médica. Me quedé allí, vestido con un pantalón pirata azul, una camiseta de tirantes negra y unas deportivas clásicas. Tenía una pequeña mochila con las fotos y los regalos que me habían hecho en estos siete meses. Miraba la por la ventana cuando escuché la puerta.
-Hola, Edward.- la voz de Tanya me sorprendió.- Lo siento, tu padre esta en una operación urgente. Bella, Alice y Esme están en un pase de modelos y los demás, también están trabajando. Tu hermano Emmett, terminó su turno hace poco más de dos horas y esta tan dormido que no escucha el teléfono.
-Esta bien, esperaré aquí hasta que termine mi padre.- me sentí de nuevo solo.- No hay problema.
-Si lo hay. No te voy a dejar solo.- Se acercó a mí.- Hoy te han dado el alta y tu padre saldrá como en…- Se miró el reloj.- Tres horas y media, así que vamos a al calle. Vamos a tomar algo en una cafetería, después, pasearemos y te llevaré a un sitio que te va a gustar.
-Tanya ¿y tu trabajo?- Estaba completamente sorprendido.
-Ya tengo al baja maternal, vine hoy a recogerla, así que a divertirse.
Empujé mi silla hasta su coche y guardé la bolsa en el asiento de atrás. Una vez conseguí acomodarme en el asiento del copiloto, ella guardó la silla en el maletero y se sentó al volante. Una sonrisa se dibujó en sus labios y arrancó el coche.
-¿Dónde vamos?- Pregunté ansioso.
-Es una sorpresa.- Me señaló con su dedo índice.
El resto del trayecto fue en silencio, ver de nuevo las calles de la ciudad, me parecía irreal. Observaba cada rincón, cada coche, cada persona. Estaba vivo y aquello era un buen momento para sonreír.
-¿Por qué sonríes?
-Estoy vivo, estoy aquí viendo las calles de nuevo.- La miré por un instante.
-Así es.- Encendió al radio.- Por eso te llevo a ese lugar, para que no te rindas. Tienes una nueva oportunidad, Edward.
-Sí.- Fue lo único que pude decir.
Tanya se bajó del coche y trajo unos donut de chocolate y unos batidos. Arrancó de nuevo y siguió conduciendo. Cuando me quise dar cuenta estábamos en un gran parque que jamás había visto. Bajó la silla de ruedas y la colocó al lado de mi puerta. Con un poco de fuerza, conseguí bajar de la silla. Ella posicionó la bolsa en mi regazo y me hizo seguirla pro aquella zona. Al parar en zona verde, la miré extrañado, las ruedas no giraban en césped si no empujabas.
-Creo que hasta aquí hemos llegado.- Señalé la hierba.
-Vamos, bájate de la silla y siéntate.- me miró divertida. Yo la subiré y la dejaré junto al árbol a nuestro lado.
Hice lo que me dijo. Bajé los pies del reposapiés y los apoyé en la hierba. Acto seguido, me dejé caer contra esta. Reí al chocar contra la hierba fresca. Ella empujó al silla hasta el árbol y yo tan solo tuve que gatear, por así decirlo, hasta el árbol. Nos sentamos en la sombra y observé lo que me rodeaba. Se podía ver a gente corriendo mientras escuchaba música, a otros en bici, a otros simplemente paseando o patinado junto a sus mascotas. Comí mi donut y bebí mi batido mientras Tanya me contaba cosas de su vida.
-Le pondré Stella a mi hija ¿te gusta el nombre?- Sus ojos brillaban intensamente.
-Claro que me gusta, tonta.- Acaricié su barriga.
Estuvimos hablando tendidamente cuando de pronto ella soltó el vaso y me miró con ojos de pánico. Pude ver como sus pantalones se mojaban rápidamente y ella empezó a quejarse. Aquello avanzó muy deprisa.
-Tanya ¿por qué no me habías dicho que te dolía?- Esta poniéndome muy nervioso.
-Llevo con contracciones desde anoche, pero no le di importancia, aún me quedaba una semana.- Gritó.
-Vamos, levántate iremos al hospital.- Mis manos sudaban.
-Estamos a una hora del más cercano, tonto. Llama a urgencias y atiéndeme.- Su voz cada vez era más ronca.
Tanya se desabrochó los pantalones mientras llamaba a una ambulancia y empezó a quitárselos.
-¿Qué haces?- Dije confundido por sus actos.
-No llego al hospital. Tú eres médico, atiéndeme.- Me dijo muy segura de su palabras.
-Tanya, yo trabajaba en urgencias, hace como cuatro años que no trabajo.
-No te quejes. ¿Ves? Este es tu regalo de los treinta años.- Y me miró con dolor en su rostro.
-Mi cumpleaños fue hace más de un mes.- estaba poniéndome muy enfermo.- Vamos, no me hagas esto, no puedo moverme.
-Ni yo tampoco.- gritó cogiéndome de la camiseta.
Pensado y hecho. Le quité los pantalones como pude y su ropa interior. Le tendí la mantita que llevábamos para sentarnos en el suelo sobre sus piernas y empecé a indicarle lo que debía hacer. Realmente era muy sencillo, había atendido partos de urgencia millones de veces, eso era lo que conllevaba ser médico general. Estaba allí donde me necesitarán.
La gente empezó a juntarse a nuestro alrededor a cotillear y molestar. Mientras esperaba nerviosos a que viniera la ambulancia. Esta parecía habérsela tragado la tierra. Odiaba no poder conducir en eso momentos.
-Está bien.- Le dije mirándola por arriba de la manta.- Esto esta muy avanzado. La niña tiene mucha prisa, así que cuando te indique empuja.
-¿empuja?- Me miró horrorizada.- ¿quiero a mi marido?- volvió a gritar.
-Vamos Tanya, valor.- le dije adentrado mis manos entre sus piernas.- empuja ya.
Una mujer se arrodilló al lado de Tanya y cogió su mano.
-Venga muchacha, esto es vida. Tú puedes hacerlo.
-Gracias.- Le susurré mientras veía la cabeza de la pequeña Stella asomar.
-Vamos.- Le decía la gente que nos rodeaba.
-Uno más, Tanya.- le incité a seguir.- uno más.
Sentí el calor de la cabeza de la pequeña entre mis manos y una lágrima escapó de mis ojos. Un empujón más y la pequeña estaría en este mundo. Tanya hizo un nuevo esfuerzo y sentí el cuerpecito entre mis manos. Estiré un poco y la apoyé en mi regazo. Desaté mi cordón y pedí una navaja. Acto seguido, até el cordón en dos extremos y después de ordenar que quemarán la navaja, corté en medio de los nudos. Envolví a la pequeña en una camisa que me tendieron y se la coloqué a Tanya en su pecho.
-Ya esta Tanya, ya pasó.- le dije besando su frente.
-Aún me duele mucho.- gritó de nuevo.
Todo el mundo que nos rodeaba, estaba con sus cámaras sacando fotos como si aquello fuera un espectáculo de feria, eso me estaba cabreando. Me acerqué de nuevo como pude entre sus piernas para comprobar si algo iba mal, cuando me sorprendí al ver otra cabecita asomando.
-Tanya, respira, son dos.- le dije con los ojos abiertos como platos y mi voz casi ahogada.
-¿Qué?- Ella no dejaba de mirara a la pequeña Stella.- ¿Dos?
-Empuja de nuevo.- le grité.
Después de un par de empujones más, hice la misma operación que con la niña y le tendí en sus brazos a su niño. Una estupenda y sana parejita. Este lo había envuelto en otra camisa que apareció de la nada. En el momento en que ella estaba expulsando la placenta, la ambulancia llegó. Cogieron a los pequeños y los metieron para atenderlos. Mientras, levantaron a Tanya y la ayudaron a expulsar las placentas. Me sentí muy extraño.
Se llevaron a Tanya hasta el hospital junto a los dos pequeños. Un chico de la ambulancia, se ofreció a llevarme hasta el coche y conducir en el coche de Tanya hasta el hospital. No había prisa, ya que los niños estaban bien y la madre también.
Al llegar al hospital, no me sentía el cuerpo. Me entraron dentro y me ayudó Cesar a bañarme. El muchacho me dejó ropa suya y me sacó en mi silla hasta la planta de maternidad. Al entrar en la habitación donde habían instalado a Tanya, pude verla medio dormida y dos cunitas.
-Hola.- Susurré acercándome al borde de la cama.- ¿Cómo lo llevas mamá?
-Gracias, Edward.- Tendió su mano para que la cogiera.- Deberías estar en tu casa con tu familia.
-Esperaré a que venga Demetri. El pobre le pilló en el trabajo y esta conduciendo hasta aquí.- la alegría se notaba en cada palabra, cada gesto.
-Bueno ¿Cómo le has puesto al muchachote?- Miré al niño.
-Edward.
-¿Qué?- La miré.
-se llama Edward.- Miró al niño.- Se ha de llamar como el hombre que lo trajo al mundo. Ella no se llamará Stella, sino Isabella Stel.
-¿Cómo?- La volví a mirar-¿Me he perdido algo?
-El niño se llama Edward y la niña, Isabella Stel. La llamaré Bella.- Me miró sonriendo.- Soy los mejores amigo que he tenido jamás y me gustaría que fueras padrinos de mis hijos.
-Tanya.- Agaché la cabeza. Me sentí ahogado.- Yo no…
-Piénsatelo. Y ame contestarás.
-Gracias.- Sentí una mano en mi hombro.
-Hola.- Demetri besó a su mujer y se acercó a ver a sus hijos.- Gracias, Edward. Me legro de que estuvieras con ella y trajeras a estos dos renacuajos al mundo. Eres un gran médico.
-Demetri yo…- Lo miré.
-Le he pedido que sea el padrino de Edward.- Sus ojos seguían brillando y ahora más que estaba allí su marido.- Su mujer, será la madrina de Bella.
-me parece correcto. Me gustan esos nombres.- Me miró con una gran sonrisa.- Como tus mejores amigos cielo.
-¿Edward?- la voz de mi padre sonó en la distancia y me giré como pude.- Vamos a casa hijo.
Me despedí de mi mejor amiga y mi ahijado. Prometieron venir a casa en cuanto les dieran el alta. Durante el trayecto a casa, despejé mi mente de los nervios, contándole a mi padre mi aventura con Tanya y sus hijos. No paraba de reírse y decirme que era un buen médico, pero sobre todo un buen amigo.
Al llegar a casa, me quedé sorprendido. Jamás había visto la nueva mansión Cullen y ahora se erguía ante mis ojos. Los nervios volvieron, mi pulso se aceleró, mis manos sudaban y mi corazón se salía del pecho. Estaba en la casa Cullen y debía empezar mi otra vida.
