Título: La Vecina De Al Lado.
Crossover: Bleach ~ South Park
Categorías: Romance/Drama/Angst/Family/Suspense/Hurt/Comfort/Mystery/Tragedy
Advertencias:
Capítulo: 8/(¿?)
N/A: Sin comentarios…que disfruten de la lectura.
Disclaimer: Todos los personajes del Anime/Manga Bleach son propiedad de Tite Kubo.
Todos los personajes de la Serie South Park le pertenecen a Trey Parker & Matt Stone.
Música: Criminal – Britney Spears (Esta sección es puro relleno)
Facebook: www. Facebook. Com / Jazz Otaku Shinigami ©B.S.P.B.D.N.S
Chapter VII
Transformation
Mashiro Muguruma estaba en una habitación de hotel en San Antonio y solo tenía una vaga conciencia de lo que la rodeaba. Con tantas noches como había pasado en hoteles en los últimos años, cada habitación se confundía con las otras, Rara vez deshacía el equipaje, salvo para colgar las prendas arrugadas; por odioso que resultara vivir sacando cosas de una maleta, peor era instalarse en un lugar que no era su hogar. De igual modo había adquirido la costumbre de imaginar que la casa que amaba estaba allí mismo, al otro lado de la puerta. Eso aliviaba el aislamiento... hasta que se encontró esperando que entraran Kensei y los niños, cosa que solía sucederle después de cenar. Era entonces cuando cogía el teléfono para llamar a su familia.
Esa noche, en sus primeros intentos, encontró la línea ocupada. Eso significaba que su hija estaba utilizando la llamada en espera para pasar de un interlocutor a otro. Como cabía esperar, cuando al fin sonó el teléfono Riruka respondió con prontitud.
— ¿Sí?
—Hola, tesoro.
—Mamá —dijo la niña, con la voz grave y reverente que normalmente utilizaba para sugerir que había ocurrido algo extraordinario—, van a echar a Clyde Donovan de la escuela.
— ¿Qué dices?
—Se presentó al entrenamiento de béisbol completamente borracho. En estos momentos sus padres están hablando con el señor Randy, y Red, la novia de Clyde, dice que lo van a expulsar. Red llamó a Butters, Butters nos llamó a mí y a Karin. Quieren que llame a Craig, porque quizá sepa algo, pero tengo a Lisa en la otra línea. Espera a que corte.
Se oyó un chasquido. Luego el silencio.
¿Borracho? Mashiro sintió un escalofrío Riruka continuó hablando.
—No pueden expulsar a Clyde. Es el delegado de la clase.
— ¿De veras estaba borracho?
—Como una cuba.
— ¿Por qué?
— ¿Por qué estaba bebido? ¿Cómo voy a saber yo por qué se emborrachan los hombres? El caso es que si expulsan a Clyde podrían expulsar a cualquiera.
—Pues eso es lo que deberían hacer. ¿Dónde estuvo bebiendo? —Mashiro imaginó a Clyde solo en su casa, mientras sus padres estaban fuera luchando por una nueva causa. Peor aún, visualizó la cochera, donde cualquier muchacho podía beber hasta quedar idiota, algo no muy diferente de dos chicos que destruyen cuanto tienen a la vista para luego ir a la escuela y abrir fuego con pistolas—. ¿Fue con cerveza? ¿Con algo más fuerte? En cualquier caso, ¿dónde lo consiguió?
—Venga, mamá, si uno quiere es fácil conseguir bebida. Ha arruinado la temporada de béisbol por completo, justo cuando estábamos a punto de ganar la liga...
—Deja de pensar en el béisbol, Riruka. ¿Cómo se le ocurrió beber?
La niña suspiró.
—Los chicos beben, mamá. No es la primera vez que Clyde lo hace. Y no toma solo alcohol.
— ¿Qué más toma? —preguntó Mashiro conteniendo el aliento.
—Pastillas.
— ¿Clyde?
—No es un santo, mamá. Es como cualquiera de nosotros.
—Tú no bebes, ¿verdad?
— ¡Claro que no, mamá! Ya hemos hablado de eso. Sabes que no bebo. Pero los muchachos sí. No debería habértelo contado. No es nada del otro mundo.
—Yo creo que sí. —Riruka tenía catorce años y era de las menores en su curso. La mayoría de sus amigos ya habían cumplido quince, algunos incluso dieciséis y ya conducían. Su hija estaba creciendo demasiado deprisa—. Me gustaría estar allí. ¿Dónde está tu padre?
—Abajo. No te preocupes. Ya está enterado de todo. Lo siento, no puedo seguir hablando. Debo ir a ver si Craig sabe algo más. ¿Quieres hablar con papá?
Por supuesto.
—Con tu hermano, primero.
—Bueno. ¡Yukio...! Adiós, mamá.
—Llámame más tarde, Riruka. Tienes mi número en el tablero.
El silencio que siguió le indicó que Riruka ya se había ido. Pocos segundos después llegó Yukio.
—Hola, mamá. Por aquí todo va bien, pero estoy chateando con mis amigos y no puedo hablar mucho contigo. ¿Cuándo regresarás?
—Mañana por la tarde. —Yukio no parecía saber lo de Clyde, o bien era demasiado niño para interesarse por eso; tanto mejor, pensó Mashiro. Quería charlar personalmente con él de temas como ese—. ¿Cómo te ha ido hoy en la escuela?
—Bien, pero ahora no puedo hablar. Te lo contaré mañana.
— ¿Tienes algo que contar? ¿Ha sucedido algo? —Esperó, pero no se oía otra cosa que el característico repiqueteo de Yukio sobre las teclas del ordenador—. ¿Yukio?
—La escuela es siempre lo mismo. Lo siento, pero no puedo hablar y teclear al mismo tiempo, mamá, y los chicos me están esperando.
— ¿Has estudiado para el examen de matemáticas?
—Sí. ¿Estarás aquí cuando yo regrese de la escuela?
—Con toda seguridad. Te quiero, hijo. Te echo de menos.
—Yo también, mamá. Hasta mañana. Adiós.
Cortó justo cuando Mashiro iba a preguntar por Kensei. Ella cerró la boca y se quedó mirando el auricular; luego volvió a marcar el número.
Fue Kensei quien atendió, y ella sintió un alivio instantáneo. Él era su puntal. Nunca habría podido desarrollar su carrera profesional si él no la hubiera reemplazado en el hogar. No quería siquiera imaginar cómo serían las cosas si Kensei tuviera que trabajar en la ciudad y los niños pasaran la tarde solos. Si ahora se preocupaba, en ese caso acabaría por volverse loca.
—Kensei —dijo con un suspiro—, Riruka me ha contado lo de Clyde. ¿Es cierto que estaba ebrio? ¿En pleno día? ¿Y en un día laborable?
—Eso parece —respondió él con calma.
—No casa con su imagen.
—Pues no.
—Dos fines de semana atrás, Riruka y él estuvieron en la misma fiesta. Esto me da mala espina.
—Riruka está bien, Mashiro.
— ¿Entiende que Clyde ha actuado mal? ¿Que eso es peligroso... malo para la salud?
—Ya lo entenderá. Todo está demasiado fresco. Nadie sabe bien cómo fue. En estos momentos las niñas no hacen más que cotillear.
— ¿Crees que Riruka bebe en las fiestas?
—Llega sobria a casa. De eso podemos estar seguros, porque la vemos.
—No siempre. A veces va a casa de Karin. O a la de Hinamori. No sabemos si los otros padres se fijan en esas cosas... De cualquier modo, no falta mucho para que los chicos comiencen a conducir. ¿Qué pasará entonces si beben?
—Voy a escribir una serie de columnas sobre el tema.
—Hablo en serio, Kensei.
—Yo también. A mí tampoco me gusta que beban, pero casi todos lo hacen alguna vez; no es cosa de enterrar la cabeza en la arena. En eso estás de acuerdo conmigo, solo que ahora, al estar lejos, te sientes impotente.
—Estoy como paralizada. Era mejor cuando acompañábamos a los niños a todos los sitios. Así estábamos seguros de que llegaban sanos y salvos. Ojalá regresaran aquellos tiempos.
—No pensarías lo mismo si te tocara hacer de chófer —comentó Kensei—. Mi vida será mucho menos complicada cuando Riruka pueda conducir. Confío en ella.
—Yo también —aclaró Mashiro —. Los que me preocupan son sus amigos.
—Son buenos chicos.
—Clyde también.
—Estás exagerando.
Tal vez era cierto, pero resultaba difícil no exagerar cuando una se encontraba a varios miles de kilómetros. ¿Era apenas martes por la noche? El día anterior, por la mañana, aún estaba en su casa. Pero era como si desde entonces hubiera transcurrido toda una semana.
— ¿Yukio está preparado para el examen?
—Sí, como de costumbre. Revisé sus deberes. Estaban bien.
—Tenía mucha prisa por cortar. Se me ocurrió que tal vez trataba de ocultar algo.
—No, mujer. Es que está chateando con sus amigos. Seguramente piensa contarte todo cuando regreses a casa. ¿A qué hora llegarás?
—A las tres más o menos.
— ¿Vendrás directamente a casa o pasarás antes por la oficina?
—A casa. —Sentía un profundo anhelo de estar allí. En los últimos tiempos le sucedía cada vez con más frecuencia. Y con mayor intensidad—. No me gusta esta vida, Kensei. Tengo la sensación de que es mucho lo que me pierdo.
—Yo me ocupo de todo.
—Lo sé, pero me gustaría estar con ustedes.
—Querías trabajar. No puedes tenerlo todo.
En boca de otra persona el comentario podría haber sonado a reproche, pero Kensei lo dijo con amabilidad. Además, el hecho de que Mashiro trabajara le ahorraba presiones, y él era el primero en admitirlo. En otros tiempos, cuando era el único sostén del hogar, había tenido que hacer malabarismos, profesionalmente hablando, y aseguraba sin rodeos que prefería su vida actual.
¿Cómo no preferirla? Estaba en casa con los niños, formando parte de su vida, tal como ella solía hacerlo antes. Ya no, y sentía la pérdida.
— ¿Hay más novedades?
—Poca cosa.
— ¿Ha ido alguien a cortar el césped?
—Sí, Esta mañana.
— ¿Ya han brotado los tulipanes?
—Los de Nozomi. Esa mujer tiene buena mano para las plantas.
Mashiro no lo ponía en duda. Nozomi también tenía un buen busto y malos modales, pero prefería no hablar de eso con Kensei. Su marido veía las cosas desde un punto de vista masculino, ya se tratara de Nozomi o de la bebida, y ella ya tenía bastante por el momento.
— ¿Alguna otra novedad?
—Desde tu llamada de ayer, ninguna. Salvo que Rukia no está embarazada.
—Ay, pobre. —Eso le dolió—. Debe de sentirse muy desanimada.
—Así es.
— ¿Qué piensan hacer ahora?
—No lo sé. No le he preguntado.
Mashiro habría preguntado. En los cuatro últimos años ella y Rukia se habían convertido en amigas íntimas; a menudo hablaban de posibilidades, cuándos y porqués. Era una de las ventajas de ser mujer. Aunque Kensei fuera una maravilla con los niños y las tareas domésticas, jamás podría reemplazar a las chicas.
—Se lo preguntaré mañana —afirmó. Otro motivo más por el que regresar a casa. Echaba de menos los ratos que compartía con sus amigas—. ¿Cómo se lo ha tomado Ichigo?
—No lo sé. Sería un buen tema para una columna; la versión masculina del asunto. ¡Voy enseguida! —exclamó—. Oye, tesoro, tengo que cortar. Debo llevar a Riruka a casa de Butters. Han quedado para estudiar historia.
— ¿Para estudiar historia? ¡No me digas!
—Bueno, para cotillear sobre Clyde, pero no importa. ¡Ahora voy, Riruka! Tengo que cortar, Mashiro.
— ¿Nada nuevo, pues?
—Nada. Hasta mañana.
— ¿Qué harás después de llevar a Riruka a casa de Butters?
Él suspiró.
—Mirar el informativo, en busca de una idea para mi próxima columna. Luego hacer que Yukio se acueste. Después, ir por Riruka. Imagínate, si tuviera carnet de conducir podría ir y venir sola. Adiós, tesoro.
Mashiro colgó el auricular solo porque él ya lo había hecho. Le habría gustado prolongar la conversación. Pero los niños tenían prisa por cortar. Kensei tenía prisa por cortar. ¿Cómo no sentir que la dejaban de lado?
No siempre había sido así. No mucho tiempo atrás ella era el centro de la vida diaria.
Trató de recordar aquellos días, en especial la parte negativa, a fin de apreciar su actual soledad. Intentó recordar la sensación de cansancio, acoso y aburrimiento. La frustración de lavar ropa interminablemente, de recoger juguetes, de llevar a los niños a jugar con sus compañeros, a las lecciones de música y a los entrenamientos de fútbol. Trató de recordar aquella larga y dura lucha por admitir que necesitaba algo más, aparte de la crianza de los hijos, para dar un sentido a su vida.
Sin embargo, la parte negativa se le escapaba. Solo podía pensar en lo grato que había sido.
Una vez reconocido eso, tampoco quería volver el reloj atrás. Habían pasado siete años desde que creó la empresa y aún le asombraba cómo había prosperado. Si hubiera tenido que ofrecer una charla motivacional sobre la clave de su éxito, no habría sabido qué decir. Había descubierto algo por casualidad. Debía tanto a la suerte como a cualquier otro factor.
El zumo de hortalizas no era nada nuevo, existía desde siempre, pero hasta entonces nadie lo había llamado «cerveza de remolacha»; nadie lo había envasado con elegancia, en cinco variedades distintas, a cuál más deliciosa. Al principio era una industria doméstica, que funcionaba en la cocina de un proveedor de la zona y abastecía a un puñado de tiendas cercanas. En la actualidad tenía plantas procesadoras en ambas costas, recibía materia prima de diez o doce estados diferentes y varios países extranjeros, y sus productos se vendían en todos los supermercados importantes.
La gente la consideraba un genio empresarial, pero no era cierto. El negocio había tomado impulso por sí solo, arrastrándola consigo. Mashiro sabía organizar, desde luego; la maternidad había sido una buena preparación. Pero ¿acaso había comenzado guiada por una gran visión? No; su producto estaba destinado a las mujeres trabajadoras. Aún no se explicaba por qué las madres se habían aficionado a comprar esa bebida, tanto para ellas como para sus hijos.
En cualquier caso ahora vislumbraba una perspectiva más amplia. Un gran fabricante de alimentos la estaba cortejando con la esperanza de comprar los derechos y el nombre de su producto; las cifras que se mencionaban eran apabullantes. Con tanto dinero podría pagar una buena educación para los niños y mucho más: vacaciones en familia por varios años, una casa en la playa, una jubilación cómoda. Claro que la jubilación no era inminente; Mashiro tenía apenas cuarenta años. Su posible comprador pretendía mantenerla en el puesto de directora general. Era parte del trato.
No estaba segura de que le gustara esa idea, mucho menos en noches como esa. Se sentía muy lejos del hogar, muy apartada de su esposo y sus hijos. Aunque pasara todos los fines de semana con ellos, no era igual. Como tampoco lo era llamarlos por teléfono todas las noches.
Había llegado muy lejos. Todos lo decían, y no solo por la empresa. Siete años atrás Mashiro era una madre malhumorada, de aspecto desaliñado, que escondía el vientre bajo jerséis holgados y, cansada de humillaciones en el gimnasio, trataba de recuperar la silueta bebiendo zumo de zanahorias. Ahora pesaba diez kilos menos, llevaba el pelo corto y bien arreglado, se maquillaba todos los días y tenía el armario lleno de elegantes trajes estilo sastre.
Oh, había llegado muy lejos, sí, pero debía pagar el precio.
Continuará…
