Ángeles Desesperados

La citación divina

Dos meses habían pasado desde el inicio del noviazgo de Inuyasha y Kagome. Era de ese tipo de relaciones de adolescentes que eran inocentes sin una pasión desbordante ni deseo continuo ya que a pesar de la chispa evidente, ninguno tenía prisa por nada. Kagome finalmente había terminado su bachillerato, se había graduado y ahora gozaba de las merecidas vacaciones mientras esperaba el listado de las opciones que se le presentarían para la universidad. Se sentía desbordantemente feliz y con la espera de un futuro que le abría las puertas de par en par. Entre las tres opciones que le ofrecía el Ministerio de Educación para decidir la carrera, había colocado en todas "medicina", debido a que siempre había admirado a su hermano y quería imitarlo a cabalidad. Inuyasha le había sugerido que se lo pensara mejor, después de todo, la decisión debía tomarse con pinza y si se planteaba el futuro con otro tipo de carrera, no estaría mal; aunque Kagome de igual modo ignoró el consejo, no porque lo despreciara sino porque estaba muy enfrascada en su propio mundo de fantasía que ahora, de alguna manera al estar lista para entrar a la universidad, lo veía más a su alcance.

- No te preocupes. Estoy completamente segura que esa será mi carrera. – Le había dicho a Inuyasha con suma convicción.

En ese momento, ella se encontraba acomodando su escaparate y quitando y desocupando espacio para los nuevos libros que compraría y los nuevos cuadernos que le acompañarían. Sonrió al ver el desfile de peluches que tenía frente a ella en la primera repisa del closet. Desde ositos diminutos hasta adorables "Snoopys" en diferentes tamaños. Bueno, eso contando los que le quedaban ya que su hijo adoptivo, es decir, su perro Jim, tenía una inexplicable fascinación con estos muñecos de felpa y ella, incapaz de negarle algo, se los daba para que jugara con ellos e irremediablemente los dañara y rompiera. Rió sola mientras recordaba la cara incrédula de Inuyasha cuando veía al can mordisquear los a veces costosos peluches, considerando su condición económica del entonces.

- Nadie sabe para quién compra… - Musitó viendo al perro con expresión resignada. Kagome rió y le besó la mejilla antes de guindársele de un brazo.

- No te preocupes, él los sabe aprovechar más que yo y eso es algo bueno. – Le consolaba riendo divertida. Inuyasha arqueaba una ceja mientras la veía incrédulamente, pero al final, terminaba por rendirse y reír con la que rápidamente iba capturando su corazón.

Kagome finalmente terminó de colocar el último libro y cerró las puertas del escaparate. Luego siguió ordenando su habitación mientras cambiaba el CD que estaba escuchando a uno de música clásica. Sonrió para sí porque, de acuerdo, tenía gustos poco comunes pero no se avergonzaba de ellos. Caminó hasta la cama y recogió su bolso para aprovechar de sacar cualquier basurita que estuviera dentro de los numerosos bolsillos. Mientras hurgaba consiguió la envoltura de una chupeta y se sonrojó volviendo a recordar.

FLASHBACK

- Ayame, debes ayudarme, por lo que más quieras. – Rogaba Kagome dentro de la pequeña sala de la casa de su compañera de clase y amiga.

- Kagome pero es que se me hace increíble. ¿En verdad en verdad ustedes no se han besado de esa manera? … - Decía meneando la cabeza de un lado a otro con expresión tragicómica.

- No, es que, he sido muy renuente al respecto, después de todo no sé y por más que sea, no soy tan lanzada como para decirle a él que me explique como besar de esa forma. No tengo tanta valentía. – Confesó con los ojos muy abiertos expectantes a la decisión de la pelirroja. Finalmente, la aludida suspiró resignada.

- A ver…me parece increíble que te vaya a enseñar como besar "apasionadamente". – Se burló. Kagome se sonrojó y curvó la boca en un gesto que hacía denotar que no gozaba cuando Ayame se mofaba de su situación.

- ¿Lo harás? – Inquirió de brazos cruzados. Ayame sonrió y asintió.

- Muy bien, pero por cuestiones limitantes como por ejemplo que ambas somos mujeres, acudiremos a la siempre fiel y útil chupeta. – Anunció sacando una de su morral que le lanzó a Kagome aún sin destapar. Ella lo atajó mientras miraba con susto a su amiga que le sonreía confiada. Esa sería una larga tarde, pensó.

FIN DE FLASBACK

Tenía que reconocer que le había servido de maravilla aquella explicación puesto que la volvió más desenvuelta a pesar de que aceptaba que no quería pasar por la misma vergonzosa experiencia.

- Ayame vale oro, aunque igual a veces es irritante. – Se dijo en voz alta mientras ahora procedía a ordenar la cómoda. Mientras revisaba su escaso maquillaje y sus costosos perfumes, regalos de su hermana, volvió a sumergirse en los nuevos recuerdos aunque no ya tan gratos.

FLASHBACK

Era el día de su cumpleaños número quince. Día de ensueño para toda mujer, o al menos, era así en teoría. Recordaba con una mezcla de emociones que esa mañana antes de irse al liceo, Sota le había regalado un equipo de sonido que no dudaba que atesoraría como su vida misma. En su familia los cumpleaños a veces pasaban desapercibidos debido a las obligaciones de todos y ella ya no se sorprendía de eso, había estado acostumbrada a su niñez a que olvidaran su cumpleaños y que siempre a último minuto era que buscaban una torta para cantarle y felicitarte cuando alguno, que no fuese Sota, ya que él siempre lo recordaba, se daba por enterado por cuestiones del destino. Sin embargo, ese día no se consolaría con la presencia de su hermano ya que él había tenido que viajar a un pueblo cercano a cumplir su obra social que le exigía el gobierno, teniendo que atender a varios enfermos de la región.

Ya volvía de su instituto y caminaba sin ánimos a la casa, pronto darían las seis de la tarde y no tenía ningún motivo por querer llegar. Esa tarde sus amigas le habían sorprendido con un pastel que le cantaron con todo el cariño del mundo y le habían dado unos cuantos regalos que entre ellas pudieron costear. Pero ahora, nadie recordaría que se estaba celebrando el hecho de su nacimiento. Llamó a la puerta y se sorprendió de ver a Yuka allí vestida de forma impecable y atractiva mientras mantenía el ceño fruncido a pesar de que intentó sonreír al saludarle.

- Yuka, ¿estás bien? – Cuestionó confundida viendo como su hermana se daba vuelta para mirarle como si estuviera sopesando alguna opción. Finalmente sonrió triunfal ante la extrañeza de su hermana menor.

- Kagome, ¿te interesaría ir a una fiesta? – Preguntó con un brillo de satisfacción en los ojos.

- ¿Yo? ¿Eh? – Decía perpleja. Yuka rió y la jaló de un brazo para llevarla a su habitación. Luego, le prestó uno de sus costosos y casi sagrados vestidos para luego maquillarla con esmero.

- Con quien iba a ir no pudo venir y no quiero andar sola por allá, Hoyo anda de viaje y no me pienso perder esta fiesta. Y ahora te intento arreglar un poco porque no puedo llevar a una desgarbada conmigo, ¿qué pensaría la gente? – Le explicó al ver el anonadamiento expresado en los grandes y marrones ojos de su hermana que pasaron de perplejidad a un manto que ocultaba todos sus sentimientos. Por un momento, por un feliz momento creía que su hermana se había acordado de sus quince años. Que ilusa, se dijo.

Finalmente, cuando las fueron a buscar algunos amigos de Yuka, llegaron a la fiesta. Kagome tenía la esperanza de pasarla bien o al menos eso esperaba, después de todo, ella no era muy aficionada a las juergas. Yuka le guió hasta donde estaba la cumpleañera y luego de un efusivo abrazo entre ambas, le presentó a Kagome.

- Oh, mucho gusto. – Le sonrió afable la joven. Kagome le felicitó y devolvió el saludo.

- Es una maravillosa fiesta, sin duda. – Le piropeó mirando a su derredor. La quinceañera rió orgullosa y le miró curiosa.

- Vaya, nunca imaginé que fueran hermanas. Son muy distintas. – Musitó. – Pero te ves cercana a mi edad, ¿cuántos años tienes? – Preguntó casualmente. Yuka quiso responder por ella.

- Ah, Kagome creo que cumple por estas fechas sus quince años también. ¿Cuándo es que cumples tus quince? – Le inquirió en tono despreocupado. Kagome le miró con una cínica sonrisa.

- Hoy estoy de cumpleaños, Yuka. – Dijo con expresión impasible viendo la perplejidad en ambas jóvenes. Su hermana parecía que hubiese visto un fantasma y por un momento, Kagome quiso reír ante su cara.

- Felicitaciones, entonces. – Comentó azoradamente la cumpleañera. – Lo siento, creo que me llaman. – Agregó escapando lo más rápido que le permitían sus pies. Kagome volvió a sonreír, aparentemente nadie podría creer que algo así le hubiese ocurrido a ella.

Luego del embarazoso suceso, Yuka se fue a charlar o bailar con algunos invitados mientras dejaba a Kagome totalmente a la deriva. Esa velada fue bastante larga y tediosa para ella.

FIN DE FLASHBACK

- Ya no importa. Ahora tengo a Inuyasha y todo está bien. – Se dijo dándose ánimos mientras miraba satisfecha como había finalizado con la limpieza de su habitación. Caminó hasta el closet y luego sacó algo de ropa para después tomar una toalla antes de dirigirse al baño. Después de todo, ese día iba a ir a misa, ya que aprovecharía la tarde libre.

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- Sango, no te había visto tan interesada en participar en la misa. En realidad, nunca te había visto nunca en una Iglesia. – Comentó Miroku mientras caminaba hasta ella, que se encontraba hablando con otro ángel de la guarda en una de las esquinas del templo.

- Eso se debe a que Inuyasha no es muy devoto que se diga. – Respondió irónica. Se despidió educadamente del ángel que le acompañaba y se acercó a Miroku con cara de pocos amigos. - ¿Qué quieres? ¿No ves que estoy ocupada? – Espetó furibunda. Miroku sonrió con burla.

- Enterándote de los chismes más calientes que hay en el cielo, ¿eh? – Preguntó viendo el sonrojo de la aludida.

- No me culpes, tengo tiempo que no subo allá. – Se defendió. – Además, ¿qué haces tú por estos sitios? – Cuestionó impresionada porque ambos se hubieran encontrado en la misma Iglesia.

- ¿Por qué no lo ves por ti misma? – Sugirió girando el rostro hasta la entrada. Sango siguió con la mirada la dirección que marcaban los azulados ojos de Miroku y su incredulidad pasó a asombro al ver allí entrar a Inuyasha.

Observó como el joven miraba a todos lados buscando a cierta personita. Sango rompió en risas ignorando la mirada extrañada de los demás ángeles presentes.

- ¿Está haciendo lo que yo creo que está haciendo? – Preguntó entre risas. Miroku sonrió y asintió. – Wow, no puedo creer que esté tan obsesionado con Kagome.

Pero efectivamente, Inuyasha se acercó furtivamente hasta Kagome y le saludó con un beso, colocándose a su lado. Ella por supuesto sonrió pero estaba tan asombrada como la misma Sango.

- Preguntó a Yuka donde estaba Kagome y casi le coloca una pistola en la sien sólo para dar con el paradero de su novia. Porque sabes que por ser un beato no es su inexplicable atracción por las iglesias. – Dijo observando a la pareja.

- Sí, lo sé. – Dijo riendo nuevamente. – Aunque Kagome no se creyó que su presencia se deba a que está muy preocupado por las ánimas del purgatorio. Obviamente se dio cuenta de sus intenciones. – Agregó caminando para acomodarse en un asiento ya que la misa estaba comenzando. Miroku la siguió tranquilamente.

- ¿Y cómo le va por allá a nuestro Señor? – Inquirió casualmente. Sango le fulminó con la mirada por su descarada curiosidad, pero debido a que ella era igual, no le quedó más remedio que intentar contarle algo, y al ver que sólo estaban leyendo las intenciones de la misa, se dispuso a responderle.

- Más o menos. San Pedro quiere arrancarse la barba debido a que la Santísima Virgen ha decidido pasar por la puerta trasera a unas cuantas almas coleadas. Santa Teresa se volvió a enzarzar en una discusión con San Agustín debido a un cuento ahí que no entendí muy bien, que creo que trataba acerca del algún dogma. Y bueno, lo demás, lo de siempre. – Rió.

- ¿Le hicieron otra broma a Jaken, entonces? – Dedujo mientras veía como Sango asentía.

- Sí, esta vez fue hacerle creer que una oración de un mortal iba dirigida a él. Creyó que era la creatura celestial más importante y luego de descubrir que sólo era una treta de los nuevos estudiantes para ángeles guardianes, se puso a chillar y a casi exigirle al Señor que los enviara para el infierno. Aunque, obviamente, Midoriko se hizo cargo que sus amenazas no llegaran a oídos de Dios. – Explicó sonriendo. Miroku rió por lo bajo mientras luego se disponían a escuchar el acto litúrgico.

Cuando los cuatro salieron. Inuyasha caminó con Kagome por una plaza, contándose todo y a la vez nada. Comieron un helado y continuaron paseando seguidos por sus silenciosos ángeles guardianes. Cada pareja regocijada por la presencia del otro sin más preocupaciones. Luego de varias horas, Inuyasha llevó a Kagome a su casa y después de despedirse con un beso, él se marchó junto con Miroku cuidándole los pasos.

Sango entró en la habitación de Kagome despreocupadamente y al ver que su tutelada se desplomaba en la cama, miró distraídamente a la mesa de noche pero luego fijó bien su vista en el pequeño mueble y palideció de súbito.

- Oh, por Dios… - Musitó acercándose rápidamente a donde había un sobre extremadamente blanco, ya resplandeciente, donde una inconfundible esencia de rosas se hacía sentir junto con unos pétalos rosados a su alrededor. Sango con mano trémula tomó el sobre. Sólo alguien tenía ese sello personal con sus cartas. – Madre Santísima… - Susurró abriéndolo. Porque efectivamente, era una citación por parte de Midoriko, el ángel más cercano a la Virgen María. Al parecer era urgente su presencia junto con Miroku en el tribunal divino. - ¿Qué habremos hecho? – Gimió preocupada. Después de todo, no a cualquiera se le citaba a una audiencia con la representante de la Reina de los Ángeles.

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Hola, lamento el retraso con el fic, pero no estaba muy segura de cómo proseguir y finalmente, ya me decidí, además que estuve muy atareada últimamente pues estoy en mi penúltima semana de clases antes de mis merecidísimas vacaciones xD. Este…bueno, pasando a otra cosa, pues, muchas gracias por sus reviews, de verdad muchísimas gracias. Espero que el capítulo les haya gustado y me puedan dejar review ;)