-bien, ese fue el final del capítulo ¿Quién lee ahora? - dijo Artemisa antes de que Apollo le pidiera el libro.

-ok, el capítulo 4 es: Mi madre me enseña a torear.

- ¿Sally sabe torear? – pregunto Apollo incrédulo.

-nop – contesto Percy sonriendo divertida.

-entonces…

-estoy segura que el libro lo dice, amor, ya te enteraras – le dijo su esposa a lo que no le quedó otra que callar y escuchar a su versión pasada.

Atravesamos la noche a través de oscuras carreteras comarcales. El viento azotaba el Cámaro. La lluvia golpeaba el parabrisas. Yo no sabía cómo mi madre podía ver algo, pero siguió pisando el acelerador. Íbamos tan rápido que me daba vértigo.

Ares sonrieron junto a sus hijos, menos Frank y otros pocos.

Cada vez que estallaba un relámpago, yo miraba a Grover, sentado junto a mí en el asiento trasero, y pensaba que o me había vuelto loca o él llevaba puestos unos pantalones de alfombra de pelo largo.

- ¿de verdad? ¿alfombra de pelo largo? – pregunto Tritón alzando las cejas mientras los demás reían.

-cállate – le espeto avergonzadamente Percy a la vez que escondía la cabeza en el cuello de su esposo que hacía grandes esfuerzos para no unirse a los demás.

Pero no, tenía aquel olor de las excursiones al zoo de mascotas: olía a lanolina, de la lana; el olor de un animal de granja empapado.

Así que tú y mi madre... ¿os conocíais? —se me ocurrió decir.

-vaya forma de romper el hielo.

Los ojos de Grover miraban una y otra vez el retrovisor, aunque no teníamos coches detrás.

No exactamente—contestó—Quiero decir que no nos conocíamos en persona, pero ella sabía que te vigilaba.

-lo haces sonar como si fueras un acosador – comento Apollo a lo que Grover se sonrojaron.

¿Que me vigilabas?

Te seguía la pista. Me aseguraba de que estuvieras bien. Pero no fingía ser tu amigo—añadió rápidamente—Soy tu amigo.

Vale, pero ¿qué eres exactamente?

-un chico cabra – dijo Thalía a lo que Grover bufo mientras los demás reían.

Eso no importa ahora.

¿Que no importa? Mi mejor amigo es un burro de cintura para abajo...

-uuh, eso no le gustara – se estremeció Chris recordando cierto episodio que sufrió con su sátiro protector.

Grover soltó un balido gutural.

¡Cabra! —gritó.

¿Qué?

¡Que de cintura para abajo soy una cabra!

Pero si acabas de decir que no importa.

¡Bee-ee-ee! ¡Hay sátiros que te patearían ante tal insulto!

Chris volvió a estremecerse.

¡Uau! Sátiros. ¿Quieres decir criaturas imaginarias como las de los mitos que nos explicaba el señor Brunner?

¿Eran las ancianas del puesto imaginarias, Percy? ¿Lo era la señora Dodds?

¡Así que admites que había una señora Dodds!

- ¿no ibas a dejarlo estar, cierto? – pregunto Tritón divertido.

-creí que me estaba volviendo loca – se defendió ella.

- ¿Quién dice que no lo estás? – pregunto Leo inocentemente haciendo que Percy se levantara de su asiento y le diera un buen zape.

Por supuesto.

Entonces ¿por qué...?

Cuanto menos sepas, menos monstruos atraerás—respondió Grover, como si fuese una obviedad—Tendimos una niebla sobre los ojos de los humanos. Confiamos en que pensaras que la Benévola era una alucinación. Pero no funcionó porque empezaste a comprender quién eres.

¿Quién...? Un momento. ¿Qué quieres decir?

Volví a oír aquel aullido torturado en algún lugar detrás de nosotros, más cerca que antes. Fuera lo que fuese lo que nos perseguía, seguía nuestro rastro.

Varios hicieron muecas.

Percy—dijo mi madre—hay demasiado que explicar y no tenemos tiempo. Debemos llevarte a un lugar seguro.

¿Seguro de qué? ¿Quién me persigue?

-oh, casi nadie, solo… TODO EL MALDITO TARTARO – exclamo Grover para corregir lo que había dicho ese día en el auto causando que Poseidón palideciera y se aferrara a su hija que trago saliva mientras Percy miraba mal a Grover.

Oh, casi nadie—soltó Grover, aún molesto por mi comentario del burro—Sólo el Señor de los Muertos y algunas de sus criaturas más sanguinarias.

-te he dicho eres mi sobrina favorita – le dijo Hades, para sorpresa de su versión pasada, a lo que Percy le sonrió con descaro y le dijo con una voz exageradamente dulce:

-mi amado tío, nada de lo que digas o hagas hará que no sienta ganas de golpearte durante ciertos eventos en el transcurso de los libros y tú lo sabes muy bien.

Hades se estremeció mientras los demás reían menos los del pasado que estaban asombrados al ver que Percy parecía tenerlos a todos o a la mayoría comiendo de la palma de su mano.

¡Grover!

Perdone, señora Jackson. ¿Puede conducir más rápido, por favor?

Intenté hacerme a la idea de lo que estaba ocurriendo, pero fui incapaz. Sabía que no era un sueño. Yo no tenía imaginación.

Todos lo del futuro se echaron a reír a carcajadas mientras Percy se "sonrojaba" y se escondía detrás de Apollo que era uno de los que más reía junto a su padre y hermano, los muy traidores.

- ¿de qué se ríen? – pregunto Luke sin entender nada.

-es que Percy tiene una de las imaginaciones más vividas nunca antes vistas – contesto Quirón evitando mirar a su antiguo alumno.

- ¿ah sí? – dijo Apollo divertido.

Todos asintieron mientras Percy se ponía aún más "roja" junto a su versión pasada.

En la vida se me habría ocurrido algo tan raro.

Apollo iba a hacer un comentario, pero Percy le susurro algo y cerro la boca de golpe asustado, tan de golpe que sus dientes produjeron un ruido al chocar, para gracia de quienes lo vieron, siempre era algo divertido ver como su esposa le controlaba con solo chasquear los dedos.

Mi madre giró bruscamente a la izquierda. Nos adentramos a toda velocidad en una carretera aún más estrecha, dejando atrás granjas sombrías, colinas boscosas y carteles de «Recoja sus propias fresas» sobre vallas blancas.

ElCampamentoMestizosonrió.

¿A dónde vamos? —pregunté.

Al campamento de verano del que te hablé. —La voz de mi madre sonó hermética; intentaba no asustarse para no asustarme a mí—Al sitio donde tu padre quería que fueras.

Al sitio donde tú no querías que fuera.

- ¡Percy!

-lo sé, lo sé, no hace falta que me lo recriminen, esto ya paso – se quejo la diosa de la lealtad.

Por favor, cielo—suplicó mi madre—Esto ya es bastante duro. Intenta entenderlo. Estás en peligro.

-cuando no – murmuro Poseidón con tristeza. Odiaba todos los problemas a los que se enfrento Percy solo por ser su hija.

¿Porque unas ancianas cortan hilo?

No eran ancianas—intervino Grover—Eran las Moiras. ¿Sabes qué significa el hecho de que se te aparecieran?

- ¿querían ver que tan fácil era asustarte? – pregunto Percy con una sonrisa inocente mientras Grover la fulminaba con la mirada.

Sólo lo hacen cuando estás a punto...cuando alguien está a punto de morir.

Un momento. Has dicho estás.

No, no lo he dicho, he dicho alguien.

Querías decir estás. ¡Te referías a mí!

¡Quería decir estás como cuando se dice alguien, no tú, tú!

- ¿eh?

-olvídenlo.

¡Chicos! —dijo mamá.

Giró bruscamente a la derecha y vio justo a tiempo una figura que logró esquivar; una forma oscura y fugaz que desapareció detrás de nosotros entre la tormenta.

Varios se preocuparon mientras Percy le susurraba a su marido que tuviera las pastillas calmantes preparadas.

¿Qué era eso? —pregunté.

Ya casi llegamos—respondió mi madre, haciendo caso omiso de mi pregunta—Un par de kilómetros más. Por favor, por favor, por favor...

-por favor… por favor… - continuaron varios sin darse cuenta.

No sabía dónde nos encontrábamos, pero me descubrí inclinada hacia delante, esperando llegar allí cuanto antes.

Muchos semidioses sonrieron, eso les había pasado a ellos. El campamento creaba una especie de atracción inimaginable en todos los hijos de dioses, era como cuando sales después de irte de vacaciones, estas llegando a tu casa y sabes que lo mejor está por venir, porque estas volviendo a tu hogar.

Fuera, nada salvo lluvia y oscuridad: la clase de paisaje desierto que hay en la punta de Long Island. Pensé en la señora Dodds metamorfoseándose en aquella cosa de colmillos afilados y alas coriáceas. Me estremecí. Realmente no era una criatura humana. Y había querido matarme.

-aun quiere hacerlo – aseguro Nico solemnemente para gracia de algunos.

Entonces pensé en el señor Brunner... y en su bolígrafo-espada. Antes de que pudiera preguntarle a Grover sobre aquello, se me erizó el vello de la nuca. Hubo un resplandor, una repentina explosión y el coche estalló.

Hubo varios gritos de sorpresa y Poseidón le arrebato las pastillas a su yerno.

Recuerdo sentirme liviana, como si me aplastaran, frieran y lavaran todo al mismo tiempo.

Todos se estremecieron con simpatía.

Despegué la frente de la parte trasera del asiento del conductor y exclamé:

¡Ay!

Hubo ronda de facepalm, solo Percy diría eso después de semejante accidente.

¡Percy! —gritó mi madre.

Intenté sacudirme el aturdimiento. No estaba muerta y el coche no había explotado realmente. Nos habíamos metido en una zanja. Las portezuelas del lado del conductor estaban atascadas en el barro. El techo se había abierto como una cáscara de huevo y la lluvia nos empapaba. Un rayo.

Zeusse encogieron ante la mirada de Poseidón.

Era la única explicación. Nos había sacado de la carretera. Junto a mí, en el asiento, Grover estaba inmóvil.

¡Grover!

Tumbado hacia delante, un hilillo de sangre le corría por la comisura de los labios. Le sacudí la peluda cadera mientras pensaba: «¡No! ¡Aunque seas mitad cabra, eres mi mejor amigo y no quiero que te mueras!

Grover le sonrió con cariño a Percy que le guiño un ojo.

Comida —gimió, y supe que había esperanza.

Adiós sonrisa, hola mueca y risas.

Percy—dijo mi madre—tenemos que...—Le falló la voz.

Miré hacia atrás. En un destello de un relámpago, a través del parabrisas trasero salpicado de barro, vi una figura que avanzaba pesadamente hacia nosotros en el recodo de la carretera. La visión me puso piel de gallina.

Annabeth miro a su mejor amiga con una pregunta en su mirada. Percy asintió.

Era la silueta oscura de un tipo enorme, como un jugador de fútbol americano. Parecía sostener una manta sobre la cabeza. Su mitad superior era voluminosa y peluda. Con los brazos levantados parecía tener cuernos.

Poseidón trago saliva y abrazo a su hija que hizo una mueca de dolor, pero sabiamente no se quejó.

Tragué saliva.

¿Quién es...?

Percy—dijo mi madre, mortalmente sería—Sal del coche.

E intentó abrir su portezuela, pero estaba atascada en el barro. Lo intenté con la mía. También estaba atascada. Miré desesperadamente el agujero del techo. Habría podido ser una salida, pero los bordes chisporroteaban y humeaban.

Apollo y varios mas apretaron los dientes.

¡Sal por el otro lado! —urgió mi madre—Percy, tienes que correr. ¿Ves aquel árbol grande?

Otro resplandor, y por el agujero humeante del techo vi lo que me indicaba: un grueso árbol de Navidad del tamaño de los de la Casa Blanca, en la cumbre de la colina más cercana.

- ¡JA! Salgo antes que tú, Anne – se burló Thalía.

-saliste antes, pero Percy dijo que eras un gordo árbol de navidad – le devolvió la burla Nico.

- ¿Qué? – se giro de golpe a mirar a su prima, pero ella simplemente desvió la mirada e insto a Apollo para seguir leyendo mientras la mayoría se reía.

Ese es el límite de la propiedad, el campamento del que te hablé—insistió mi madre—Sube a esa colina y verás una extensa granja valle abajo. Corre y no mires atrás. Grita para pedir ayuda. No pares hasta llegar a la puerta.

Percy cerro los ojos y se abrazó a su marido.

Mamá, tú también vienes.

-ella no puede – susurro Amphitrite con tristeza.

Tenía la cara pálida y los ojos tristes como cuando miraba el océano

- ¡Venga, mamá! —grité—Tú vienes conmigo. Ayúdame a llevar a Grover...

¡Comida! —gimió Grover de nuevo.

Varios sonrieron débilmente, demasiado preocupados para comentar.

El hombre con la manta en la cabeza seguía aproximándose, mientras bufaba y gruñía. Cuando estuvo lo bastante cerca, reparé en que no podía estar sosteniendo una manta sobre la cabeza, porque sus manos, unas manos enormes y carnosas, le colgaban de los costados. No había ninguna manta. Lo que significaba que aquella enorme y voluminosa masa peluda, demasiado grande para ser su cabeza...era su cabeza. Y las puntas que parecían cuernos...

Los romanos, Piper, Calipso y Leo jadearon, claro, habían escuchado cientos de veces las historias de Percy vs Minotauro, era una de las favoritas del campamento, pero creían que al menos tendría mas experiencia que una niña de 12 años que ni siquiera sabia que era una semidiosa o que los dioses existían, sabían que ambos se habían encontrado en la batalla de Manhattan y que había habido otro encuentro antes de ese, pero… ¡a los doce, por amor a todo lo sagrado!

No nos quiere a nosotros—dijo mi madre—Te quiere a ti. Además, yo no puedo cruzar el límite de la propiedad.

Percy se aferro a su padre reteniendo las lágrimas, sin duda ese seria uno de sus peores recuerdos.

Pero...

No tenemos tiempo, Percy. Vete, por favor.

Entonces me enfadé

- ¡auch! Siento pena por el monstruo – aseguro Will a lo que varios asintieron mientras los dioses varones se estremecían levemente, los semidioses hijos de Poseidón siempre habían sido los mas aterradores enfadados, superando hasta los de Hades y las mujeres daban miedo por naturaleza; nunca habían visto el resultado de la combinación porque Poseidón no tenía niñas y sinceramente tenían miedo de cuál sería su respuesta ahora, y más aun considerando que Percy estaba embarazada.

me enfadé con mi madre, con Grover la cabra y con aquella cosa que se nos echaba encima, lenta e inexorablemente, como un toro.

Trepé por encima de Grover y abrí la puerta bajo la lluvia.

Nos vamos juntos. ¡Vamos, mamá!

Te he dicho que...

¡Mamá! No voy a dejarte. Ayúdame con Grover.

-muy leal – murmuro Artemisa sintiendo un nuevo respeto por la chica.

No esperé su respuesta. Salí a gatas fuera y arrastré a Grover. Me resultó demasiado liviano para sus dimensiones, pero no habría llegado muy lejos si mi madre no me hubiera ayudado. Nos echamos los brazos de Grover por los hombros y empezamos a subir a trompicones por la colina, a través de hierba húmeda que nos llegaba hasta la cintura.

Deméter frunció el ceño e hizo la nota mental de revisar mas seguido el estado de la hierba.

Al mirar atrás, vi al monstruo claramente por primera vez. Medía unos dos metros, sus brazos y piernas eran algo similar a la portada de la revista Muscle Man, bíceps y tríceps y un montón más de íceps, todos ellos embutidos en una piel surcada de venas como si fueran pelotas de béisbol. Para mi horror, no llevaba ropa

Afroditay sus hijas hicieron muecas de asco mientras los demás parecían a punto de vomitar.

excepto la interior

Eso no ayudo.

unos calzoncillos blancos—cosa que habría resultado graciosa de no ser porque la parte superior del cuerpo daba tanto miedo. Una pelambrera hirsuta y marrón comenzaba a la altura del ombligo y se espesaba a medida que ascendía hacia los hombros. El cuello era una masa de músculo y pelo que conducía a la enorme cabezota, que tenía un hocico tan largo como mi brazo, y narinas altivas de las que colgaba un aro de metal brillante, ojos negros y crueles, y cuernos: unos enormes cuernos blanquinegros con puntas tan afiladas como no se consiguen con un sacapuntas eléctrico.

Percy sonrió levemente al recordar el cuerno que ahora era una linda, extremadamente afilada y letal daga que podía convertirse en un dije con forma de sol que siempre llevaba en su collar, una pequeña simbolización del momento en que su vida cambio para siempre.

De repente lo reconocí. Aquel monstruo aparecía en una de las primeras historias que nos había contado el señor Brunner. Pero no podía ser real.

-por desgracia lo es – murmuro Percy con tristeza. Poseidón la abrazo más fuerte.

Parpadeé para quitarme la lluvia de los ojos.

Es...

El hijo de Pasífae—dijo mi madre. —Ojalá hubiera sabido cuánto deseaban matarte.

- ¿los monstruos? Siempre lo han querido, ahora aún más – afirmo con una mueca Apollo dejando espacio para que Percy se acurrucara contra el mas cómodamente.

Pero es el Min...

El árbol seguía demasiado lejos: a unos treinta metros colina arriba, por lo menos. Volví a mirar atrás. El hombre toro se inclinó sobre el coche, mirando por las ventanillas. En realidad, más que mirar olisqueaba, como siguiendo un rastro. Me pregunté si era tonto, pues no estábamos a más de quince metros.

-no es tonto, esta ciego – dijo Tritón.

-ahora lo sé.

¿Comida? —repitió Grover.

Chist—susurré—Mamá, ¿qué está haciendo? ¿Es que no nos ve?

Ve y oye fatal. Se guía por el olfato. Pero pronto adivinará dónde estamos.

Atenea asintieron aprobatoriamente.

Como si mamá le hubiera dado la entrada, el hombre toro aulló furioso.

Poseidón y Amphitrite hicieron una mueca y miraron preocupados a su hija.

Agarró el Cámaro de Gabe por el techo rasgado, y el chasis crujió y se resquebrajó. Levantó el coche por encima de su cabeza y lo arrojó a la carretera, donde cayó sobre el asfalto mojado y patinó despidiendo chispas a lo largo de más de cien metros antes de detenerse. El tanque de gasolina explotó.

Apollo sonrió malévolamente y exclamo con regocijo:

- ¡OH! Eso le encantara a Gabe.

Todos se unieron a su sonrisa después de eso.

«Ni un rasguño», recordé decir a Gabe.

¡Upssss!

Varios rieron.

Percy—dijo mi madre—, cuando te vea embestirá. Espera hasta el último segundo y te apartas de su camino saltando a un lado. No cambia muy bien de dirección una vez se lanza en embestida. ¿Entiendes?

Aresy sus hijos asintieron al igual queAtenea y los suyos.

¿Cómo sabes todo eso?

Llevo mucho tiempo temiendo este ataque. Debería haber tomado las medidas oportunas. Fui una egoísta al mantenerte a mi lado.

- ¡no es cierto! Ella solo fue una buena madre, cualquiera lo haría si con eso puede estar con sus hijos – reclamo Amphitrite prometiendo hablar con Sally sobre eso cuando la viera. Percy le sonrió, ¡quien diría que una madrastra podría ser tan increíble como parecía ser la suya!

¿Al mantenerme a tu lado? Pero qué...

Otro aullido de furia y el hombre toro empezó a subir la colina con grandes pisotones.

Nos había olido.

Poseidóny varios más se estremecieron y miraron asustados a ambas Percy.

El solitario pino estaba sólo a unos metros, pero la colina era cada vez más empinada y resbaladiza, y Grover nos pesaba más. El monstruo se nos echaba encima. Unos segundos más y lo tendríamos allí. Mi madre debía de estar exhausta, pero sostenía a Grover con el hombro.

¡Márchate, Percy! ¡Aléjate de nosotros! Recuerda lo que te he dicho.

No quería hacerlo, pero ella estaba en lo cierto: era nuestra única oportunidad. Eché a correr hacia la izquierda, me volví y vi a la criatura abalanzarse sobre mí. Los oscuros ojos le brillaban de odio. Apestaba como carne podrida.

Todos se pusieron pálidos y retuvieron las ganas de vomitar.

Agachó la cabeza y embistió, apuntando los cuernos afilados como navajas directamente a mi pecho.

Poseidón estrujo a su hija.

El miedo me urgía a salir pitando, pero eso no funcionaría. Jamás lograría huir corriendo de aquella cosa. Así que me mantuve en el sitio y, en el último momento, salté a un lado. El hombre toro pasó como un huracán, como un tren de mercancías. Soltó un aullido de frustración y se dio la vuelta, pero esta vez no hacia mí, sino hacia mi madre, que estaba dejando a Grover sobre la hierba.

Los semidioses jadearon mientras los dioses miraban mal a Hades que le dio una mirada arrepentida a su sobrina que estaba escondida entre los brazos de su esposo.

Habíamos alcanzado la cresta de la colina. Al otro lado veía un valle, justo como había dicho mi madre, y las luces de una granja azotada por la lluvia. Pero estaba a unos trescientos metros. Jamás lo conseguiríamos. El monstruo gruñó, piafando. Siguió mirando a mi madre, que empezaba a retirarse colina abajo, hacia la carretera, tratando de alejarlo de Grover.

Nadie podía ni quería comentar, estaban demasiado sorprendidos, querían que ese capítulo acabara lo más pronto posible.

¡Corre, Percy! —gritó—¡Yo no puedo acompañarte! ¡Corre!

Pero me quedé allí, paralizada por el miedo, mientras la bestia embestía contra ella. Mi madre intentó apartarse, como me había dicho que hiciera, pero esta vez la criatura fue más lista: adelantó una horripilante mano y la agarró por el cuello antes de que pudiese huir.

Amphitrite se aferró a su marido mientras los demás cerraban los ojos y Apollo leía más rápido.

Aunque ella se resistió, pataleando y lanzando puñetazos al aire, la levantó del suelo.

¡Mamá! ¡Aguanta que voy!

Ella me miró a los ojos y consiguió emitir una última palabra:

¡Huye!

Entonces, con un rugido airado, el monstruo apretó las manos alrededor del cuello de mi madre y ella se disolvió ante mis ojos, convirtiéndose en luz, una forma resplandeciente y dorada, como una proyección holográfica. Un resplandor cegador, y de repente...había desaparecido.

Percy sollozo y abrazo mas fuerte a su padre.

¡Noooo!

La ira sustituyó al miedo.

Todos sintieron pena por el estúpido toro.

Sentí una fuerza abrasadora que me subía por las extremidades: el mismo subidón de energía que me había embargado cuando a la señora Dodds le crecieron garras. El hombre toro se volvió hacia Grover, que yacía indefenso en la hierba. Se le aproximó, olisqueando a mi mejor amigo como dispuesto a levantarlo y disolverlo también. No iba a permitirlo.

-claro que no – susurro Apollo mientras besaba la sien de su esposa que lentamente comenzaba a calmarse.

Me quité el impermeable rojo.

¡Eh, tú! ¡Eh! —grité, mientras sacudía el impermeable, corriendo hacia el monstruo—¡Eh, imbécil! ¡Mostrenco!

Varios hijos de Ares hicieron muecas ante el débil intento de insulto, pero no dijeron nada, sabían que la chica tenia un gran repertorio de insultos y maldiciones y que probablemente no los había usado por culpa de el shock de "perder" a su madre.

¡Brrrrr!

Se volvió hacia mí sacudiendo los puños carnosos.

Tenía una idea; una idea estúpida, pero fue la única que se me ocurrió.

-tus ideas estúpidas son las mejores – comento Thalía recordando la idea de usar su escudo como trineo.

Varios asintieron de acuerdo.

Me puse delante del grueso pino y sacudí el impermeable rojo ante el hombre toro, lista para saltar a un lado en el último momento. Pero no sucedió así.

-claro que no. – dijo alguien.

El monstruo embistió demasiado rápido, con los brazos extendidos para cortar mis vías de escape. El tiempo se ralentizó.

Los dioses fruncieron el ceño viendo como sus versiones futuras se miraban entre ellas y Poseidón le sonreía con arrogancia a Zeus, como diciendo "te lo dije" ¿Por qué?

Mis piernas se tensaron. Como no podía saltar a un lado, salté hacia arriba y, brincando en la cabeza de la criatura como si fuera un trampolín, giré en el aire y aterricé sobre su cuello.

Todos miraron a Percy como si fueran unos fenómenos antes de sonreír admirados.

¿Cómo lo hice? No tuve tiempo de analizarlo. Un micro-segundo más tarde, la cabeza del monstruo se estampó contra el árbol y el impacto casi me arranca los dientes.

Thalía resoplo enfadada mientras Nico y Grover la calmaban.

El hombre toro se sacudió, intentando derribarme. Yo me aferré a sus cuernos para no acabar en tierra. Los rayos y truenos aún eran abundantes. La lluvia me nublaba la vista y el olor a carne podrida me quemaba la nariz. El monstruo se revolvía girando como un toro de rodeo. Tendría que haber reculado hacia el árbol y aplastarme contra el tronco, pero al parecer aquella cosa sólo tenía una marcha: hacia delante.

Varios asintieron aliviados por el hecho de que hubiera descubierto algo que le daría la ventaja.

Grover seguía gimiendo en el suelo. Quise gritarle que se callara, pero de la manera en que me estaban zarandeando de un lado a otro, si hubiese abierto la boca me habría mordido la lengua.

¡Comida! —insistía Grover.

Grover bajo la cabeza sintiéndose culpable, él no había hecho nada mientras su protegida y mejor amiga arriesgaba su vida por él. Percy notando que no se encontraba bien y sabiendo lo que le pasaba por la cabeza, le susurro algo a su padre que asintió y le dio espacio para que pasara, se sentara junto a Grover y le abrazara diciéndole que no era su culpa haber caído inconsciente.

El hombre toro se encaró hacia él, piafó de nuevo y se preparó para embestir. Pensé en cómo había estrangulado a mi madre, cómo la había hecho desaparecer en un destello de luz, y la rabia me llenó como gasolina de alto octanaje. Le agarré un cuerno e intenté arrancárselo con todas mis fuerzas.

Lentamente todos comenzaron a sonreír.

El monstruo se tensó, soltó un gruñido de sorpresa y entonces... ¡crack!

- ¡si! – exclamaron varios inclinándose hacia el libro emocionados.

Aulló y me lanzó por los aires. Aterricé de bruces en la hierba, golpeándome la cabeza contra una piedra. Me incorporé aturdida y con la visión borrosa, pero tenía un trozo de cuerno astillado en la mano, un arma del tamaño de un cuchillo.

Mas sonrisas.

El monstruo embistió una vez más. Sin pensarlo, me hice a un lado, me puse de rodillas y, cuando pasó junto a mí como una exhalación, le clavé la asta partida en un costado, hacia arriba, justo en la peluda caja torácica.

El fuego en los ojos deAres brillo.

El hombre toro rugió de agonía. Se sacudió, se agarró el pecho y por fin empezó a desintegrarse; no como mi madre, en un destello de luz dorada, sino como arena que se desmorona. El viento se lo llevó a puñados, del mismo modo que a la señora Dodds. La criatura había desaparecido.

Todos vitorearon mientras Percy se sonrojaba y Percy acariciaba con cariño el dije de sol en su collar.

La lluvia cesó. La tormenta aún tronaba, pero ya a lo lejos. Apestaba ha ganado y me temblaban las rodillas. Sentía la cabeza como si me la hubieran partido en dos. Estaba débil, asustada y temblaba de pena. Acababa de ver a mi madre desvanecerse. Quería tumbarme en el suelo y llorar

Hades miro tristemente a su sobrina mientras Hades bajaba la vista pensando que había hecho justo lo que Zeus les había hecho a sus hijos, arrebatarle su madre a una niña que tenia la misma edad de Bianca cuando María murió. Se prometió que, apenas pudiera hacerlo realidad, Sally Jackson seria libre.

pero Grover necesitaba ayuda, así que me las apañé para tirar de él y adentrarme a trompicones en el valle, hacia las luces de la granja. Lloraba, llamaba a mi madre, pero seguí arrastrando a Grover: no pensaba dejarlo en la estacada.

Grover sonrió, sin duda era muy afortunado de contar con Percy como amiga.

Lo último que recuerdo es que me derrumbé en un porche de madera, mirando un ventilador de techo que giraba sobre mi cabeza, polillas revoloteando alrededor de una luz amarilla, y los rostros severos de un hombre barbudo de expresión familiar y una chica con una melena rubia ondulada de princesa.

Annabeth le sonrió a su amiga que le guiño un ojo con complicidad.

Ambos me miraban, y la chica dijo:

Es ella. Tiene que serlo.

-si, la futura causante de mis dolores de cabeza – se quejó Annabeth mientras los demás estallaban en carcajada.

Silencio, Annabeth—repuso el hombre—La chica está inconsciente. Llévala dentro.

-fin del capítulo, fue interesante – comento Apollo. - ¿Quién leerá ahora?

-yo – dijo Nico yendo por el libro.