Adivinen quien no está muerta.
Nos leemos abajo. 8D
Capítulo ocho
—¿No tienes ya suficiente? ¿Qué quieres ahora?
—Quiero a Astrid. O me la das o nos iremos en este mismo instante a la guerra.
—¿Qué?
—Lo que oíste, no habrá casamiento, solo me la llevaré. Y habrá paz.
Entre entregar a Astrid e ir a la guerra, por supuesto que Hipo prefería mil veces casarse. ¿En qué momento la conversación tomó tal camino?
—No, simplemente no. Me casaré con tu hermana. Ese era el trato desde un principio.
—Como verás, las reglas del juego no las pones tú, mi quiero amigo. Yo soy quién tiene las flotas rodeando tu isla en este momento— Dagur hizo una pausa teatral, fijando nuevamente sus fríos ojos sobre el muchacho. —Quiero a Astrid, o atacaré ahora mismo, ¿entiendes?
—Ya dije mi respuesta: no. No quiero jugar un juego donde solo tu colocas las reglas— Hipo se acercó de manera amenazante. — Ya basta. ¿Querías un casamiento? Pues lo tendrás, deberías alegrarte.
—Mi querido Hipo, esto no se trata solo de una alianza o de cobrar una venganza. Solo quiero que seas miserable, nada más.
—Eso me suena más a venganza…
—Como digas— murmuró sonriendo de lado. —Sabes que nunca podrás proteger todas las cosas que quieres al mismo tiempo. O proteges a una, o proteges a la otra, nunca a ambas y creo que sabrás perfectamente de quienes hablo.
Lamentablemente, Hipo lo sabía. Sus dos cosas más importantes en el mundo.
—¿Por qué insistes en hacer cosas como estas? Culpas a todo el mundo menos a ti mismo de tus propias desgracias, no es solo por el secreto de los dragones, es mucho más…
—¡Silencio! — gritó Dagur haciendo que sus palabras rebotaran en cada rincón; llenos de ira y amargura. —Tú no sabes nada.
—Entonces ese es tu punto…
—Mira, Hipo, no sigas tentando a la suerte, recuerda que estoy armado, y con mucha ira, y no creo que ese tonto trajecito tuyo te proteja por mucho tiempo.
El jinete respiró hondo, sabía que debía hurgar más en el pasado del vikingo, pero esa no era la persona, ni el lugar, ni el tiempo.
—Entonces acabemos con esto. Te daré mi decisión.
—Me alegro que acabásemos con esto rápido, adelante, dime tu decisión. Solo recuerda, aceptaré lo que digas, pero siempre habrá una consecuencia, no me digas que no te lo advertí.
Simplemente no podía entregar a Astrid para detener esa guerra y por mucho que la idea de casarse le desagradara más que el propio Dagur tendría que aceptarla; pagaría las consecuencias necesarias. Él sí podía proteger a las personas que quería, a las personas que estaban bajo su cuidado, solo debía idear un buen plan, conservar la confianza en sí mismo y aparentar ser más fuerte de lo que se sentía. Claro que era más fácil pensarlo, dejarlo como una idea, que llevarlo a la práctica.
—Me casaré con tu hermana, mi decisión no ha cambiado, ni cambiará.
Dagur asintió lentamente, como si estuviera meditando todas las opciones posibles en su cabeza.
—Entiendo, así que eliges la manera más difícil, aun cuando podrías haberme entregado a una sola persona.
—Solo acepta eso y vete.
—Mira, sé que aún puedes cambiar de decisión, por lo que te daré hasta el atardecer, para cambiar esas palabras. Si aún sigues con la idea de casarte, esta misma tarde lo anunciarás al pueblo. Así sabré que no hay marcha atrás. —Dagur comenzó a alejarse, con destino a la puerta. Hipo quiso protestar, pero fue interrumpido. —Aún puedes decidir otra cosa y recuerda… algún día me llevaré lo que más te importa y no alcanzarás a darte cuenta. Tampoco puedes proteger a las personas que más te importan por tanto tiempo... sin terminar haciéndote daño a ti mismo.
Y se fue, sin hacer o decir más.
.
.
Una semana pasó casi tan rápido como si lo hubiese hecho un día.
Hipo se dirigía con rapidez hacia el bosque mientras esquivaba árboles y ramas caídas y, al mismo tiempo, evitaba que los rayos fueran a parar directamente hacia su pierna. El aire comenzaba a tornarse cada vez más pesado a medida que avanzaban los minutos y lo único que podía significar era que algo grande se avecinaba y esta vez no una tormenta. La semana para el joven jinete había resultado tan completamente aburrida y rutinaria que la llegada de un nuevo acontecimiento parecía ser lo más increíble del mundo, luego de los dragones y todo eso, claro. Le había dado vuelta a tantos temas y tantas veces que su cabeza necesitaba por un momento dejar de pensar y solo dejarse llevar. Además, dejar por un momento su posición de líder era una oportunidad que se presentaba una vez cada milenio.
—¡Hipo! —gritó Lillith a sus espaldas; el Furia Nocturna acompañó su voz con un gruñido. —¡No vayas tan rápido!
Él simplemente siguió corriendo como si su vida dependiera de ello. Estaba emocionado, era la primera cosa buena que ocurría en días y además se trataba de algo que quizás nunca se hubiese visto antes por los ojos humanos; era como una especie de premio al chico que hizo la paz entre dragones y vikingos. No todos los días se ve nacer un dragón de una raza que se creía extinta.
—¡Lo siento! ¡Pero ya es tiempo, más rápido, chicos!
Luego de unos gritos en desacuerdo, unas cuantas frases sobre que aún podían faltar unos minutos y un par de truenos que cayeron a sus espaldas, llegaron al claro donde el extraño huevo de Skrill se sacudía violentamente en el improvisado nido de ramas ya secas. El huevo atraía cada vez más rayos por lo que el aire parecía tan saturado de una extraña electricidad que lo hacía casi irrespirable. Hipo se detuvo y permaneció inmóvil ante la imagen que tenía por delante. ¿Qué pasaría con el huevo? ¿Sería como todos los demás que simplemente explotaban?
Explotar. Ese era un detalle que había pasado por alto.
—Demos unos pasos atrás, si es como los demás, explotará. Quizás nos encontremos con mucha más… electricidad rondando en el aire— hizo una pausa, la carrera la había arrebatado todo el aire de los pulmones. — ¿Ya es hora?
Lillith parecía no tenerlo muy claro, pero asintió de todas maneras.
—El movimiento del huevo debe significar que ya es la hora, además de, bueno, todo el tiempo loco que parece centrarse a su alrededor.
Ambos dieron unos cuantos pasos atrás. Chimuelo observaba curioso a una prudente distancia. Todos esperaron con las ansias creciendo a cada momento que pasaba, hasta que… no ocurrió nada en realidad. El huevo cesó de moverse y los truenos dejaron de caer, en una perfecta sincronía. Los presentes guardaron un silencio que estaba tan cargado de decepción que esta parecía casi respirable o palpable. Hipo se adelantó para inspeccionar más de cerca el huevo y en cuanto estaba por decir lo que ya todos sabían "No ha nacido el dragón, por cierto", una luz blanca y cegadora pareció envolver el bosque en menos de un segundo. Seguidamente se escuchó el inconfundible sonido del trueno, una explosión gigantesca y algo que caía contra un árbol. La luz desapareció con la misma rapidez con la que llegó y mientras Hipo profería quejidos y parpadeaba dificultosamente, descubrió por fin lo que había pasado.
—¡Dioses, Hipo! ¿Te encuentras bien? — Lillith alterada se acercó a gran velocidad hasta el cuerpo del joven que descansaba apoyado sobre un árbol ladeado.
—Electrizante— murmuró el jinete. —Solo hizo falta el metal que atrajera el rayo final que necesitaba el huevo para eclosionar. Impresionante, aunque…doloroso.
Le dolía todo el cuerpo. Luego de que Hipo se acercara y de que el metal atrajera el rayo, el poder de la explosión lo lanzó con fuerza contra un árbol. Eso dolería mañana y el resto de la semana.
—¡No fue impresionante…! Bueno, un poco, pero podrías haber… no quiero pensarlo.
—Tranquila, pero un dragón de esa categoría se merecía… ¡El dragón!
Chimuelo lo ayudó a levantarse con cuidado y ambos, seguidos por la vikinga, se acercaron al nido, donde la electricidad parecía ser mayor. Y allí estaba, cubierto de hojas y algo sucio, un pequeño dragón morado, plagado de espinas, que agitaba sus pequeñas alas parecidas al papel y gruñía con desesperación buscando a su madre. Lillith se adelantó tras haber perdido el temor inicial, se arrodilló a su lado murmurando dulces y tranquilizadoras palabras y acercó su mano lentamente al dragón; la muchacha se veía preparada, como si por fin hubiese recordado las palabras de su madre sobre qué hacer en esa precisa situación. Hipo observó como también le daba un pescado más pequeño de lo normal, luego de haber desechado la idea de la pata de pollo que tenía la joven, pues resultaría demasiado grande para un pequeño dragón como ese. El Skrill fue paulatinamente perdiendo la desconfianza mientras comenzaba poco a poco a conocer a la que sería su amiga y jinete, sin embargo, en ciertas ocasiones no dejaba de retroceder con miedo, luego volvía a mirarla rápidamente y se acercaba a por el pescado. Ella seguía murmurando cosas en el momento en que Hipo por fin se acercó y arrodilló a su lado, ocultado un par de muecas de dolor de paso.
—Se te da bien esto, ¿te lo habían dicho?
Lillith rio, dejando que el pequeño dragón se acurrucara a su lado.
—Creo que no, es la primera vez— un suspiro escapó por sus labios. —Vi a mi madre hacerlo una vez, aunque claro, no estuve en el nacimiento porque era peligroso, y ahora lo entiendo, al menos pude presenciar lo de la confianza.
Luego de un silencio, Hipo preguntó algo que le había estado molestando desde que se enteró del huevo: —¿Ella ya no está cierto?
La muchacha asintió en silencio. —Hace un par de meses. Luego de que papá muriera, quedó destrozada y sumida en una profunda depresión. Hasta dejó de lado a sus amados dragones.
Hipo intentó cambiar el tema. —¿Cómo fue que…? ¿Los dragones y ella…? Bueno, ya sabes, somos vikingos, desde hace mucho tiempo que peleamos con ellos, ¿Cómo fue que ella descubrió lo que los dragones eran en realidad?
—Mamá, bueno… ella me contó que cuando era pequeña se perdió en el bosque y cuando intentaba encontrar el camino a casa encontró el nido de unos dragones salvajes. Tuvo curiosidad, una que pudo haberla matado, pero aun así se acercó y se maravilló con aquellas pequeñas criaturas. —Lillith hizo una pausa, miró el cielo que estaba más tranquilo y prosiguió. —Ella esperó y esperó, pero nadie venía ni por ella, ni por los dragones bebes, la madre debió de haber sido asesinada o algo, por lo que se quedó con ellos toda la noche. Cuando la encontraron al otro día, decidió que no podía dejarlos solos, ni dejar que la gente del pueblo se enterara. Cuidó a los bebes en secreto, creció junto a ellos y luego se encargó de otros dragones, aprendiendo todo lo que se ignoraba de ellos.
Hipo sonrió con melancolía, al menos Lillith tenía algo que contar sobre su madre, en cambio él… nada. Ni una historia fascinante u otra cosa. Empujó lejos aquel pensamiento y observó el cielo durante un segundo.
—La curiosidad es siempre un factor determinante— murmuró, dando suaves caricias al Furia Nocturna que observaba al pequeño Skrill removerse inquieto. —Pero es increíble. Al menos puedo saber que no fui la única persona alguna vez que fue en contra de todas las leyes vikingas para hacerse amigo de un dragón.
La chica sonrió, era algo de lo cual estar orgulloso, el jinete de dragones lo sabía muy bien.
—Me alegra encontrar a alguien como mi madre y no solo por lo del dragón y la ayuda, también porque creo que podrías ser un buen amigo. — Hipo asintió. —En casa… bueno, yo no tenía muchos. Por culpa de cierta persona.
En ese momento, Hipo encontró una ventana abierta.
—¿Dagur intimidaba a los chicos para que no se acercasen a ti o algo así?
—Más o menos. Bueno, no tanto así, pero en realidad todos le temían, está loco, por si no te has dado cuenta— ambos rieron. — y se hizo con una gran fama en poco tiempo. Se convirtió en líder casi a los dieciséis años cuando… él y papá, bueno, cuando pelearon. Todo fue de mal en peor y Dagur solo hablaba de recuperar esa vieja gloria que tenía nuestro pueblo.
De una u otra manera, Hipo estaba aprendiendo información valiosa acerca de su enemigo y aquello era algo muy bueno.
—¿Por qué lo desea tanto? ¿Por qué esconde tanta ira y resentimiento en su interior?
Lillith se encogió de hombros. —No lo sé. Tal vez no tuvo toda la atención que quería cuando era niño o tal vez no recibió todo el amor que un niño merecía o quizás se vio constantemente opacado y no le gustaba, en realidad no sé. Pero él no siempre fue así, estoy segura, algo debió de haber pasado, algo que todos ignoramos, algo que quizás nunca descubramos. Ese algo lo cambió, lo marcó.
—¿Y no tienes idea de lo que pudo haber sido?
—No, más o menos. Algo tuvo que ver papá en ello, creo. Por eso, quizás, fue su primera, eh… víctima.
El vikingo guardó silencio un momento, asimilando las palabras. ¿Cómo era que esa chica, luego de ver todo lo que su hermano hizo con su familia, no terminó como él? ¿Cómo fue que su hermano cambió? ¿Qué fue lo que lo cambió?
—Necesito saber que fue ese algo que lo cambió…
—¿Para hacerlo sufrir? — preguntó ella, pero no con la malicia que esperaba, sino que con un toque de lástima y compasión.
—No exactamente… — ¿Qué debía decirle? Era su hermano, después de todo. Pero… —Es solo que…
—Entiendo. Créeme que a mí también me gustaría de alguna manera, pero de otra… me gustaría ayudarlo. Alguna vez vi… alguna vez vi parte de una persona dentro de Dagur.
—Puede ser que tal vez… si buscamos bien, podamos encontrar al verdadero Dagur.
Ambos guardaron silencio mientras el bosque, con esos sonidos tan propios que tiene, mostraba a los vikingos un verdadero espectáculo. Hipo tendría mucho que pensar esa noche, como muchas otras.
.
.
En el pueblo todo el mundo buscaba al jefe.
¿Dónde está Hipo? ¿Dónde? ¿Dónde está? Se preguntaba la gente que lo necesitaba para resolver uno u otro problema que hubiese surgido en el lapso en que él había desaparecido. ¿Acaso ya no podían hacer nada sin ayuda del "jefe"? El chico no era un esclavo, por amor a los dioses, era solo el reemplazo hasta que Estoico llegara de su viaje… en un par de días más, esperaba. Astrid, que caminaba entre ellos con el paso más rápido que se hubiera visto antes, juró que si oía a alguien preguntar por Hipo nuevamente buscaría un gallina, vivita y coleando, y la metería en sus bocas para cerrarlas de una buena vez. No estaba de ánimo, precisamente porque los últimos días había estado escuchando una infinidad de cosas que realmente no le agradaron.
¿Cuál fue el cotilleo de los vikingos durante todos esos días?
La tan, o no tan, esperaba boda del siglo. Hipo y una chica que Astrid se había negado a conocer. Siempre que salía el tema, y agradecía que sus amigos no lo tocaran frente a ella, lo evitaba a toda costa. Pero eso no era un impedimento para que el resto del pueblo comentara lo bella que era la futura esposa del vikingo. La habían visto solo por un par de minutos y ya era la persona más increíble que hubieran mirado nunca, hasta llegaban a olvidar el hecho de que era hermana de uno de sus peores enemigos. Era realmente insoportable.
En el camino a donde sea que fuera, se encontró con Patapez, que hizo la pregunta estúpida del día. Casi necesitó encontrar una gallina de verdad.
—Oye, Astrid, de causalidad, ¿no has visto a…?
Ella alzó ambas cejas. Quería parecer intimidante, pero quizás él ya había descubierto uno de sus propósitos secretos: encontrar a Hipo. Lo había pensado, y pensado, y realmente se dio cuenta de que se había comportado como una niña pequeña. Debían…hablar. Solo eso. Sí.
—Si completas esa oración, te comerás un pollo crudo, te lo advierto.
—Pero iba a preguntar si habías visto a…
—No, Patapez, no lo he visto.
—Pero no es…
—En serio, no.
—Astrid, yo…
—¡Que no he visto a Hipo! No sé dónde está, ¿entiendes?
El chico sonrió, quedándose unos momentos en silencio hasta que la rubia se calmara.
—No buscaba a Hipo, Astrid. Solo te iba a preguntar si habías visto a los gemelos. Están metidos en problemas, otra vez.
Ella guardó un profundo e incómodo silencio, sintiendo como el rubor se apoderaba de sus mejillas velozmente.
—Pero si buscas a Hipo está…— prosiguió el vikingo.
—¡No! ¡No lo busco! — respondió ella con excesiva brusquedad.
Proveniente de unas casas más allá, se escucharon unas leves risitas. Patapez alzó la vista encontrando de inmediato lo que buscaba.
—Oh, los encontré, ¡tienen muchos problemas!— y se marchó, no sin antes susurrar: —En el bosque.
Un suspiro de alivio salió por los labios de Astrid. No sabía si era por encontrar la respuesta a su pregunta o por que Patapez se había alejado por fin. Quizás ambas. Pero bien, fuera como fuera, cuando hubo comprobado que el regordete vikingo se alejaba para impartir un castigo a los gemelos Torton se encaminó a toda prisa hacia el bosque. No importaba el frío que se calaba por su abrigo, ni los horrendos truenos que resonaban por su alrededor, ni ver esas brillantes luces apareciendo cada tanto en el cielo. ¿Qué demonios estaba mal con el clima? Toda la semana había estado así, mejoraba y empeoraba, y nunca se sabía si acabaría ese día, o al siguiente o la semana que venía. Algo estaba mal, no era simplemente un fenómeno asociado al gran invierno en Berk. La última vez que los truenos se adueñaron del pueblo fue por el metal, o por un dragón, o un vikingo ebrio. A decir verdad, no quería recordar nada que tuviera que ver con esas desagradables cosas adornando el cielo. Así que continuó su camino a pesar de todo, quitando todos los pensamientos negativos de su cabeza. Esa tarde estaba decidida a hacer algo y debía hacerlo… antes de que la opción de irse directamente a casa luego de un arduo día en la academia repentinamente sonara más atractiva que caminar a un bosque lleno de truenos. Y lo era.
No pienses en eso. Se reprochó. Negó con la cabeza mientras se ajustaba el abrigo, llenaba sus pulmones con aire limpio y ponía sobro su hombro su fiel hacha, la cual era parte de una coartada. Era fácil, si le preguntaban cualquier cosa, ella solo iba al bosque a practicar un poco con su vieja amiga, en ningún momento de la conversación tendría que meter a Hipo, ni una charla con él, mucho menos los sentimientos. Esperen, ¿qué? No, solo hasta lo de la charla. Los pensamientos de la vikinga se encontraban volando demasiado algo ese día. Estaba tan distraída que casi pasa por alto la figura que estaba saliendo del bosque. No pudo verla mucho en un principio, pero parecía una chica. Menuda, de cabello rojo. No la reconoció en un principio, pero luego de observarla detalladamente, escondida detrás de un árbol, recordó vagamente que la había visto jugando con Tormenta. Pero si era ella, ¿Qué hacía en el bosque? E increíblemente no tuvo que esperar demasiado para encontrar la respuesta. Otra persona venía detrás de ella.
Genial, simplemente genial.
—Oh, vamos. ¿Quién fue el que nos trajo corriendo hasta acá? — le gritaba la chica a la figura que la seguía. —¡Rápido, Hipo, hace frío aquí afuera?
Hipo era la otra figura que Astrid había visto. Y estaba con aquella vikinga. Bien, no debía sacar conclusiones apresuradas. No importaba que Hipo estuviera sonriendo como no lo había hecho desde que llegaron los Berserkers, no importaba que estuviera con ella, podía tener más amigas, no importaba que estuvieran solos en el bosque…Sí, todo eso tenía que tener una muy buena explicación que debía de escuchar. Pero, esperen… ¿Y si ella era la chica de la que todo el mundo hablaba? ¿Y si ella era…? Oh, no. No, no, no. ¿Por qué?
Otra vez dejó que los pensamientos consumieran más tiempo del deseado y ambos siguieron con su camino: derecho al pueblo. Astrid solo vio sus espaldas y se quedó en su lugar, oculta tras lo árboles, apretando con fuerza su hacha. Un suspiró dejó sus labios penosamente. Aunque fuera un matrimonio por conveniencia, él podría terminar acostumbrándose a ella. No era un monstruo horrible después de todo. Y como para confirmar sus palabras, un trueno que le heló hasta la última gota de sangre resonó con gran magnitud en el cielo. Astrid alzó la cabeza un segundo después solo para encontrarse con los restos de luz que el trueno había dejado y simplemente cerró los ojos, dejando caer su hacha de las manos para cubrirse los oídos. Tuvo que recordarse una infinidad de veces que ella era una persona fuerte, la persona más fuerte que conocía: solo eran truenos, solo era una chica que iba a casarse con la persona que amaba, solo eran unos muy malos días que la atacaban.
Astrid respiró una, dos y hasta tres veces seguidas. Estaba cansada de todo eso.
Cuando volvió a abrir los ojos, su mirada se encontró con un cielo en donde las nubes lentamente comenzaban a volverse más y más grises, el ambiente se volvía más pesado y todo parecía indicar que unas cuantas lluvias visitarían a los vikingos. Pero antes de que Astrid siquiera pudiera pensar en volver a casa antes de que las gotas comenzaran a caer, una nueva figura entrando al bosque se llevó su total atención.
—Dagur…— murmuró mientras lo veía pasar seguido de uno de sus centinelas. La muchacha rápidamente recogió el hacha caída y, siguiendo un fuerte presentimiento, se adentró en el bosque, donde segundos antes había visto a los vikingos aparecer.
Tuvo que utilizar toda la sutileza que le fue posible para seguirle la pista a Dagur. Ese vikingo debía contar con más que excelentes sentidos, pues ante el ruido más mínimo que oía detenía su marcha, daba un par de pasos hacia atrás y revisaba todo su alrededor. Era un extraño comportamiento, como si estuviese ocultando algo, como si precisamente no quisiera que nadie lo siguiera, aunque para eso hubiese tenido que fingir que daba un simple paseo… con nubes grises cargadas de agua, truenos resonando a cada momento y el oscuro y frío destino que era el bosque. Como fuera, si su actitud no hubiese sido tan sospechosa desde un principio, quizás Astrid lo hubiese dejado pasar como una más de sus locuras.
Siguieron así un par de minutos más, la vikinga ni siquiera notó el momento en que una o dos gotas se convirtieron en miles y miles de ellas, por lo menos el ruido de estas al caer minimizaba el ruido de sus propios pasos. No sabía a donde quería llegar Dagur, Astrid estaba demasiado empapada y malhumorada, por la lluvia y otras cosas, como para soportar el juego por mucho más tiempo, y en el momento en que estaba por dejarlo de una vez por todas, el sonido de unos pasos muy cercanos a ella y una mano que de improviso cubrió su boca, alejaron todo pensamiento de abandono de esa misión. Un brazo se aferró a su cintura con gran fuera y entonces sus instintos se encendieron de inmediato, ¿la habían descubierto? Y apropósito, ¿Dónde había quedado Dagur? Sin pensarlo dos veces, empujó su codo hacia atrás con todas sus fuerzas y golpeó a quien fuera que estaba allí, consiguiendo que el agarre se aflojara por unos segundos y un murmullo de dolor. Sin embargo, cuando ya estaba cantando victoria y sus pies estaban listos para correr, el brazo en su cintura volvió a enredarse allí y esta vez con más fuerza.
—Soy yo…— dijo una voz que sí deseaba escuchar. —No hagas eso de nuevo… por favor.
Astrid soltó un suspiro de alivio contra la mano que tapaba su boca. Hipo, era Hipo. Aunque… dejando todo lo demás de lado, era la primera vez desde aquella conversación que se encontraban tan juntos. No era que le molestara, pero debía admitir que era extraño, sentía cierto sentimiento de incomodidad. Quizás eran las muchas palabras que quedaban por decir entre ambos, quizás eran las distancias que ellos mismos habían terminado por crear aún sin quererlo, quizás eran muchas cosas que estaban fuera de su entendimiento. Astrid movió una de sus manos para quitar la que cubría su boca mientras giraba lentamente para hacerle frente.
—No vuelvas a hacer eso… nunca — el tono de su voz sonó más frío de lo que esperaba, sin embargo, Hipo permaneció como estaba, sin hacer el más mínimo movimiento.
—Lo siento— se excusó con su usual tono de voz, lo que hizo sentir peor a Astrid. —Sí, fue algo muy tonto, debí haberlo pensarlo mejor, pero… bueno, no sé.
Hipo siempre iba a ser la persona más cálida en el mundo si de Astrid se trataba, aunque todos pasaran por encima de él y le hicieran daño, ella siempre se encontraría con aquella persona de la que se enamoró perdidamente.
—No, yo lo siento…— y en ese momento, las palabras simplemente salieron por su boca. —No debí haber hecho eso, lo de golpearte me refiero, pero…bueno, pensé que eras Dagur.
—Dagur— ante la sola mención de aquel nombre, el semblante del joven vikingo cambió. —¿Tu también le seguías la pista no?
—Sí, pero no pensé que tu…
—Lo vi de camino al pueblo— le dijo él mientras le sonreía. Astrid también quiso sonreírle, devolverle ese simple pero hermoso gesto, pero realmente ese no era el momento.
—Le perdí de vista…— atinó a decir mientras se obligaba a despertar de sus ensoñaciones.
—Creo que lo vi por aquí, sígueme— su sonrisa se esfumó por un segundo, pero reapareció tiempo después en cuanto tomó la mano contraria y la obligó a seguirlo.
En ese punto de la historia, realmente Astrid no sabía que era bueno hacer o pensar. ¿Era bueno que Hipo aún no soltara su mano incluso después de saber bien el camino? ¿Era tan malo disfrutar de aquello? ¿O era bueno? ¿Acaso era tan malo sentirse tan torpe y tonta solo por el mínimo contacto de aquel vikingo? Hipo siempre iba por delante intentando ser la persona más cautelosa del mundo cuando ella apenas podía intentarlo, incluso, Astrid se atrevía a pensar que se veía más valiente, más grande de lo que era y parecía una de esas personas que han pasado por una infinidad de cosas y aun así tienen el coraje de poder conservar una bella sonrisa en sus labios. Astrid negó con la cabeza mientras aclaraba la maraña de pensamientos que comenzaban a mezclarse en su interior, ese no era el momento de una escapada romántica al bosque ni nada por el estilo, era algo parecido a una misión de seguimiento de un peligroso y loco, muy loco, criminal. La vikinga le igualó el paso de Hipo a medida que su mente comenzaba a despejarse, ambos caminaron lado a lado observando cada detalle y escuchando cada sonido que se presentara en el bosque, cualquier cosa que les indicara que iban por el camino correcto, que no habían perdido la pista de Dagur. Y en todo ese tiempo, en todo ese tiempo carente de palabras entre ambos, Astrid no soltó la mano contraria por temor a perderlo e Hipo no dio indicios de querer dejar ir ese pequeño momento de felicidad.
Unas pisadas que no tenían nada que ver con ellos terminaron por alertarlos y darles la pista que necesitaban, ambos vikingos se acercaron a la fuente del ruido mientras comenzaba a escuchar más que pasos: voces. Y entre ellas, estaba una que conocían a la perfección.
—¿Qué pasa con el estúpido clima en Berk? — se quejó Dagur, mientras daba una furiosa mirada al cielo, las gotas caían sobre él cada vez con menor intensidad.
—Lo aldeanos dicen que es común en esta época, pero… les resulta extraño de alguna manera— respondió un vikingo que debía de ser uno de sus hombres.
Astrid e Hipo se escondieron tras un arbusto mientras observaban como Dagur daba cortas vueltas a su alrededor, como si estuviera inquieto, como si deseara algo.
—El asunto de la boda va muy lento, a este paso no podré deshacerme de…
—Lo sentimos, ya sabe, el clima empeoró todo.
Una fuerte y helada brisa se hizo paso entre los árboles y entró al claro donde se encontraban todos, luego, un trueno resonó a lo lejos y la lluvia cesó. Astrid cerró los ojos diciéndose mentalmente que lo que estaba sucediendo allí era mucho más importante que el estúpido temor a los rayos y truenos, pero, antes de que siquiera pensara en unas buenas palabras para reprocharse, la mano de Hipo, como gran salvación, se cerró sobre la suya con más fuerza, dándole así otra cosa para pensar.
—¿Señor? — Dagur había permanecido en silencio todo ese tiempo, simplemente observando el cielo volverse más oscuro.
—Lo quiero muerto— murmuró. —No puedo esperar un minuto más.
—¿Se-señor? ¿A quién…?
—A Hipo, lo quiero muerto, ¿es tan difícil de entender?
Astrid observó a Hipo con una mezcla de expresiones pintadas en el rostro, él, en cambio, cuando le devolvió la mirada, parecía sereno, serio, casi como si también estuviera planeando lo mismo, y no desde hace poco.
—Pero… ¿y la paz?
Dagur rio mientras jugaba peligrosamente con una daga.
—Planeaba hacerlo de todas maneras, solo adelanté los planes. Incluso el matrimonio por conveniencia suena demasiado bueno para él, por eso lo eligió, para proteger a los que ama. ¡Já, Estúpido! No puedo verlo más paseándose por allí mientras piensa que ha ganado.
Esta vez, fue Astrid la que apretó con fuerza la mano contraria. ¿Qué pasaba si era Hipo quien tomaba una decisión precipitada por culpa de la conversación que estaban escuchando? No, claro que Hipo no era esa clase de persona, pero, ¿y si en un caso muy remoto sucediera?
—Está bien, lo haremos, ¿pero cómo?
Dagur inspeccionó el bosque, como si de alguna manera supiera que lo estaban escuchando, y respondió: —Ya encontraremos la manera, ya sabes, matar a una persona no es la cosa más difícil del mundo.
Luego ambos se alejaron, los perdieron de vista nuevamente, pero esta vez no fueron tras ellos, simplemente los dejaron irse y los observaron en un completo silencio.
¿Recuerdan ese momento en que prometí no tardar tanto? No recuerdo ni si hice esa promesa, pero bueno, no la cumplí xD
Sí, tenía el capítulo hasta la mitad, luego perdí el hilo, me desinspiré, entré a la u, me salí de la u, bueno, muchas cosas :'c
Vengo en este día especial (Se cumple un año del inicio, aunque ya va a pasar, pero bue 8'D) para traer un nuevo cap. y el último en algún tiempo. Debo ordenar mis ideas, volver a pensar la historia (le hice varios cambios con respecto a lo que tenía planeado así que perdí algunas cosas) pero estoy en eso, trabajaré en los capítulos, pondré todo donde va, le daré un final y volveré sdkfjsdlfksdjfds No sé cuando, pero lo haré xD
Denme ánimos, sus críticas, comentarios, saludos(?), lo que sea sdfsdf 8D Gracias a todos los que aún me siguen, a los que se unen, a los que comentan sldfjsdf Los amo :'c
Les puse un poco de Hiccstrid, se los debía, me lo debía lsdkjfsldf(?)
Eso, nos leeremos pronto, espérenme 8'D
Se despide Pisper /o/
