Los personajes pertenecen a CLAMP. La historia es mía.
CAPÍTULO 8 - Lumos / Nox
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Tres días, 72 horas, y los minutos que decidí dejar de contar. Para muchos el sol y la luna habrán salido a mostrarnos el paso del tiempo con normalidad. Para mí, cada rayo de sol o destello plateado le agregaban un peso adicional a mis pies, mi cuerpo, mi alma. Desde ese día en el instituto donde lo vi de lejos entre los muchachos que no volví a entablar una mínima conexión con él. Pensar con claridad era lo que necesitaba, pero entre la larga jornada escolar y lo corta que se me hacia la noche, no encontraba ese momento de reflexión.
Otro día igual a los otros se avecina, y para ocultar de los ojos de mi padre los rastros de doloroso cansancio que se reflejan en mi cara, decido salir temprano a caminar antes de que suene la campana. Desperté, me alisté y tomé un desayuno ligero, o sea, nada. No podía demorarme si quería evitar que mi papá se preocupe más de lo que está. Y no es para menos, ya que siempre le regalo una de esas sonrisas genuinas que tengo almacenadas, porque él se lo merece, porque me nace hacerlo, porque él fue un hombre fuerte al ocuparse de sus dos hijos tras la muerte de su joven esposa, mi madre. Que valiente…
—¿Qué voy a hacer de mi vida? —dije implorando al cielo despejado en tono celeste que nos regala la primavera.
—Es un cuestionamiento un poco complejo aunque recurrente en jóvenes como tú.
Giré mi rostro para distinguir de dónde provenía ese melodioso sonido. Era una voz suave y femenina que tuve el agrado de escuchar a diario hace unos años atrás cuando era mucho más niña, inocente, feliz.
—Profesora Mizuki…
Kaho Mizuki es una mujer esbelta, alta y poseedora de una franca sonrisa, de esas que te contagian y relajan tu rostro a tal punto que solo cabe la paz que ella transmite. Cuando tenía unos 11 o 12 años, tuve el agrado de tenerla como maestra de salón y solíamos tener amenas charlas cuando nos era posible. Luego tuvo que viajar a Inglaterra y de eso ya pasaron uno años. Aun así, su recuerdo me acompaña. Sonrío de solo rememorar cómo me ayudaba con los problemas de matemáticas, siempre con su paciencia característica y esa aura de tranquilidad y seguridad que me embargaba y hacía sentir segura de mis decisiones. Quizás el destino quiso que me la encontrara hoy aquí, después de tanto tiempo, y al decir esto recordé las palabras que ella repetía cuando alguien nombraba a ese azaroso encuentro…
—No existen las coincidencias… —dije en voz alta sin notarlo.
—Solo lo inevitable —completó mi sensei—. Vamos, Sakura, de seguro no desayunaste por levantarte tan temprano. Acompáñame con una taza de té.
En mi caminata diaria hacia el instituto, es poco común que pase cerca del templo Tsukimine, donde me encontré a la profesora Mizuki. Siempre decido recorrer el sendero de los árboles de cerezo o los alrededores del parque pingüino, pero hoy no, hoy tomé un rumbo diferente, uno que no estaba en mis planes pero me reencontró con alguien muy especial. «Recuérdalo, Sakura…Solo lo inevitable».
Mizuki estaba vestida con el kimono tradicional que porta cuando se encuentra en el templo que su abuelo le legó, dejándolo en condiciones. Verla con esa vestimenta blanca y roja haciendo juego con su cabello recogido me hizo sentir una niña otra vez. Como si el tiempo no hubiera transcurrido nunca, como si el árbol sagrado de cerezo no hubiera adquirido nuevas marcas del paso del tiempo, ni tampoco yo. Pero Kaho es muy perceptiva, sabe que no soy la misma niña de antes, que mi corazón se transformó y que un pesar invisible a los ojos de cualquiera se alberga en él.
—Toma, Sakura —dijo mientras me pasaba la taza de té.
Hacía mucho tiempo que no venía al templo a orar y el último festival estuve enferma así que no me fue posible asistir.
Mientras bebía del té sentada en el suelo, observé todo a mí alrededor como una turista que repara en cada rincón deseosa de conocer las costumbres y cultura del país. Desde las campanillas que bailan y cantan con la brisa matutina invocando el buen tiempo, la madera que cubre toda la morada dejando partículas flotantes del aroma particular de esa especie, hasta los diminutos insectos que planean con el viento sobre nuestras cabezas. Todo me parece nuevo, diferente y maravilloso. Es otra yo quien pierde la vista en esas pequeñas cosas, disfrutando de una bebida tradicional en una cálida mañana y brindándole una sonrisa al cielo con los ojos cerrados. Es otra Sakura… Esa que dejé atrás y necesito recuperar.
—Cuando relajamos la mente podemos ver con claridad lo que nos rodea y percibir esos pequeños detalles que con la bruma de la rutina dejamos de apreciar.
Como si me leyera la mente —Totalmente.
Abrí los ojos con lentitud y permanecí con la mirada perdida en los caminos y árboles que conforman el templo, mientras ambas, sentadas de lado sobre la madera, sosteníamos nuestras tazas ya vacías.
—A diario vienen personas aquí, personas muy diferentes entre sí, así como los motivos que los atrae al templo. Llegan para orarle a los ancestros, para dejar una ofrenda en muestra de gratitud, para pedir por un ser querido, y otras pocas, pero no por ello menos importante, viene sin saber por qué lo hicieron.
Sus palabras captaron mi atención porque iban bien intencionadas, y dejé de observar las hojas de los árboles virar en el aire para reparar en su mirada. Su iris es de un color rojizo intenso que varía según la luminiscencia del lugar, y al mirar directo a sus orbes, sentí una conexión mística difícil de explicar con palabras y, de todas formas, fácil de deducir en sus matices profundos y claros como el agua, porque cuando algo cobra sentido, se vuelve transparente.
—¿Conoces la fábula del viejo Samurái, Sakura? —dijo con calma. Me pareció haberla escuchado alguna vez, pero dejé que me lo recuerde mientras ella comenzaba a relatar sin despegar su vista del predio.
—Cuenta la historia que hace mucho, mucho tiempo, vivía cerca de Tokio un Samurái que había llegado a anciano con innumerables batallas ganadas con honor. Su tiempo de guerrero había pasado, y ahora, este sabio Samurái se dedicaba a impartir sus enseñanzas a los más jóvenes, pero se seguía creyendo la leyenda de que era capaz de derrotar a cualquier adversario, por muy temido que fuese.
Una tarde de verano, apareció un guerrero conocido por sus malas artes y poca caballerosidad. Le conocían por ser provocador y no tener un mínimo de escrúpulos. Le gustaba molestar a sus adversarios, hasta que éste, movido por la ira, realizara un movimiento, lo que utilizaba para atacar por sorpresa. Cuentan que jamás había sido derrotado, y con esa fama a cuestas, decidió probar con el anciano samurái. A pesar de la oposición de los estudiantes, el sabio Samurái aceptó el desafío, y la contienda comenzó.
El guerrero, fiel a sus malas artes, empezó a insultar al sabio Samurái llegando a tirarle piedras e incluso escupirle en la cara, además de gritarle todo tipo de insultos e improperios dirigidos contra él y sus ancestros. Así se sucedieron los minutos y las horas, sin respuesta del sabio Samurái, que permanecía impasible. Pasada la tarde, ya exhausto y ciertamente humillado, el guerrero de dio por vencido y se fue. Los aprendices del Samurái, indignados por los insultos que había recibido el maestro le preguntaron:
"Maestro, ¿cómo pudo soportar toda esta indignidad? ¿Por qué no blandió su espada aunque supiera que iba a perder la lucha, en vez de ser cobarde delante nuestro?" – preguntaron.
A lo que el maestro les cuestionó:
"Si alguien llega con un presente y no lo aceptas, ¿a quién pertenece el regalo?" – les inquirió.
"¡A quien vino a entregarlo!" – respondió el alumno.
"Pues lo mismo vale para la rabia, los insultos y la envidia… - respondió el maestro samurái - … Cuando no son aceptados, siguen perteneciendo a quien los lleva consigo."
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Mizuki hizo una pausa para añadir algo mientras yo intentaba formular las palabras adecuadas que responderían a este relato, pero ella se me adelantó para agregar:
—Las personas no pueden quitarte la calma, solo que tú se lo permitas. La paz interior que tanto anhelamos por naturaleza, depende exclusivamente de uno. La ira no nos lleva a ningún lado bueno, usarla sólo consigue avivar el fuego y la adrenalina que se libera con una reacción negativa, nos pretende defender, pero al final termina repercutiendo en nosotros mismos. Es complicado, pero no imposible. Si tan solo tomamos como referencia esta reflexión podremos afrontar los obstáculos de la vida, que aunque lo padezcamos en ese momento, con el pasar del tiempo sanarán.
Dejó de observar el frente y sus ojos se posaron en los míos que de a poco se iban completando con una ligera capa de agua que me nubla la visión, mientras mi mente no podía aclarar cómo hay personas que logran descifrarte sin que tengas que decir una sola palabra al respecto. Y así, incapaz de seguir soportando la bruma de mis ojos, recosté mi cabeza de lado en su regazo dejando que las lágrimas fluyan y empaparan la falda de su kimono. En ese momento me sentí vulnerable pero no me dio pena desmoronarme ante ella, quien como una bendición, logró calmar mis pesares. Kaho acarició mis cabellos, que a diferencia de los abrazos, este suave roce aminoró mi lamento casi silencioso.
Al minuto de haberme calmado, levanté la cabeza y enderecé mi postura aun sentada sobre mis piernas. Sin intenciones de engañarla con falsas expectativas, le regalé una sonrisa desde lo más profundo del corazón expresando un simple y mayúsculo "gracias" que ella correspondió de la misma forma. Nos levantamos en silencio y comenzamos a caminar hacia la salida para ponerle fin a esta visita improvisada y placentera.
En los límites del templo, Mizuki se paró frente a mí para despedirme con una leve reverencia, pero supe que algo más iba a decirme. Sus cabellos se ondulan detrás de su cuerpo por la ligera y fresca brisa matutina que en conjunto con su sonrisa rociada por los tenues rayos de sol, me regalan una visión magnifica de su persona y un palpable aire de protección me hizo sentir segura de mí misma.
—Sakura, hay una chispa que duerme en cada uno de nosotros desde que nacemos hasta que partimos de este mundo. Es lo primero que desarrollamos desde niños y lo que queda cuando nuestro último aliento expira de nuestra boca. Y esa chispa, diminuta y brillante, libera partículas microscópicas e idénticas a la original, que quedan grabadas en aquellos que lograron verla. Esa chispa es tu esencia, tu ser, lo más puro y real de ti... El poder que llevamos dentro.
Pestañee un par de veces y cerré los ojos con alivio. Es esa luz, esa chispa, la que tengo que reencontrar y dejar aflorar.
—Gracias, profesora. De verdad, muchas gracias.
Nos despedimos a lo lejos con la mano extendida y una extraña sensación regresó a mí como una vieja amiga que hace mucho tiempo despedí sin saber cuándo regresaría. Mi sonrisa, permaneció impresa en mis labios por tiempo indefinido, encaminándome a mi destino.
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A los 7 años tuve un pez. ¡Mi primera mascota! Estaba tan emocionada… Se llamaba "Francis*", era chiquito y dorado. Me encantaba ver a Francis moverse libremente en esas cuatro paredes, y lo digo así porque nunca me puse a pensar, que para ese pequeño pez, esas limitaciones no se asemejaban a la libertad. Quizás a Francis no le importaba mucho y era feliz comiendo el alimento diario y vagando por las reducidas dimensiones de la pecera. Sí, reconozco que era un poco más estrecha que la de esa tienda donde lo compramos, pero si Francis razonara y pudiera hablarme, quizás me diría que ahora tiene toda esa comida para él solo y así está mejor; pero también podría decirme que antes se sentía más acompañado aunque no tuviera mucho para comer. Nunca sabré que opinaba Francis porque no podíamos comunicarnos, y seguramente su diminuto cerebro no divagara en todo lo que les comento, ni añorara un lugar más grande como el océano porque no lo conoce, no nació en él, era un ignorante nacido en criadero.
Cuanta verdad hay en esa frase que recita "que el ignorante es más feliz"…
En ese momento no recaí en eso, en Francis y su libertad o en lo que él pudiera pensar. Yo era feliz con mi mascota que no me expresaba nada, pero era mío y lo adoraba con toda mi alma aunque no haya un sentimiento recíproco.
Un día, Francis no estaba como siempre. Ya no quería comer, apenas se movía y cuando menos me lo esperé… murió. ¡Puff!
Fue repentino y sumamente doloroso. Lloré a mares porque no entendía el motivo que hacía de Francis un pez inmóvil. Mi padre me tuvo que explicar que su hora llegó y su alma se fue al "cielo de los peces", un cielo que estaba cerca de donde estaba Nadeshiko, mi madre, porque humanos y animales terminan todos en el mismo lugar, ninguno mejor que otro, ninguno menos importante ante la mirada de quien sea que esté arriba moviendo los hilos del destino. Yo no conocía la muerte de cerca porque no vi a mi madre morir, entonces nunca lo sufrí como tal. No tenía idea de la vida y apenas sí era un niñita con un pez que nunca pensó dejaría de existir. «Qué tonta» —pensé después. Enterré a Francis en una cajita que hice de papel y lo lloré otro rato. Esa fue mi primera experiencia dolorosa en lo que a perder algo importante se refiere.
Después de ese día, caí en cuentas de todo lo que me perdí de disfrutar con mi madre y ya no sabía si lloraba por ella, por Francis o por mí. En eso comprendí que lo que la vida te da, también te quita. Así de fácil, con o sin anestesia, no duda en dar su paso. Pero ¿con qué recuerdo me quiero quedar? ¿Con ver a Francis, mi madre y esa golondrina que vuela libre por cielo partir, o con todo lo bueno y lo lindo que viví con ellos? Así sea un segundo, existen personas, mascotas, que merecen ser recordados. « ¿Me recordarán si yo algún día dejo de aparecer frente a ellos? »
Llegué a la escuela con ánimos tranquilos, reflexionando en Francis, mi madre y esos sentimientos que creí perder pero que regresan si los invoco. Son esos pequeños momentos —como dijo mi padre—, los que alimentan nuestra alma y que valen la pena recordar.
Cruzando el umbral del instituto, recordé la mirada amarga de Shaoran estos últimos días y las ganas de querer borrar esos recuerdos de mi mente y de la suya. Con un "obliviate*" alcanzaría, entonces decidí que si esos recuerdos amargos van a estar presentes, debo contrarrestarlos con otros felices que sepulten un ladrillo por otro del muro que construí. Sé perfectamente que la única causante de la distancia fui yo, y me siento obligada a dar el paso para romperla.
Lo busqué a paso lento por el predio hasta que mis ojos dieron con su figura. Estaba ahí, a unos metros de cumplir mi objetivo, donde él hablaba con Yamazaki y dos chicos más esperando a que suene la campana cerca de la entrada. Mis pies detuvieron su caminar sin saber bien qué hacer o qué decir frente a todos, y me demoré un momento. Shaoran no atinó a mirarme, no se dio cuenta de mi presencia, y yo no pude seguir con mi aura tranquila y la decisión de hablarle porque Yuzu se adelantó anotando el tanto. Ella, con su cuerpo de sirena y los chicos babeando a su alrededor, se unió a la charla sin el permiso que de todas formas los demás le ofrecieron gustosos en silencio. A Shaoran lo noté incómodo con la llegada de aquella chica tan despampanante que tuvo lugar con él en esa fiesta que intento olvidar, pero Yuzu no lo dejaba salir y el resto de los hormonados no iban a permitir que se vaya tan rápido. Ver sus ojos desorbitados y lascivos ante la presencia de Yuzu me recordó ese día en los vestidores, las comparaciones de su cuerpo y el mío… Otra vez me sentí inferior en un plano que no debería serlo.
Pasé toda la primera hora y las que siguieron en una nube de pensamientos hasta que la última hora de clases llegó y fui incapaz de seguir asistiendo. Lamentablemente, el recuerdo de esa tarde volvió a atormentarme cuando en los baños crucé a Akiho y compañía con sus miradas burlonas y risas sobre mi espalda. De nada sirvió la charla con Kaho en la mañana, las palabras de Shaoran aquella primera noche donde los silencios comenzaron a crecer entre nosotros, ni las insistencias de Tomoyo por salir a distraernos, y de nada sirve que pretenda intentar sobrellevar algo que no puedo soportar.
A toda prisa, subí piso por piso hasta llegar a ese lugar donde no muchos deberían estar en hora de clases. La azotea me recibió con un golpe de aire que ahogó mis pulmones preparándome para largarlo todo. Grité. Grité fuerte al viento para que se lleve mis lamentos de una vez, y en ese mar de lágrimas vociferadoras… exploté.
Y aquí está… Mi jodida y retorcida verdad. Esa que solo sabrán entre líneas. Esa larga y tediosa historia que me atormenta cuando menos me lo espero. ¿A quién engaño? Así soy, pero trato de ocultarlo tras una sonrisa falsa y genuina a la vez. A veces me creo la fantasía de que soy feliz y que la vida me envía flores tras un rostro sonriente, pero luego alguien hace un comentario o realiza una acción que le devuelve a la vida esa máscara de trapo sucio y remendado con el hacha en mano. Siempre está ahí, ella que todo te lo da y de pronto todo te lo quita. No es más que una estafa a la humanidad, porque al fin y al cabo, todos nacemos y morimos en sus manos, recibiéndola o dejándola. Cíclico y eficaz. Nunca falla, no importa cuánto intentes evadirla, ella siempre gana. Entonces mis días oscuros son los que prevalecen escondidos, adormilados, pero que me recuerdan que esa mancha no se desvanece.
Como comencé en un principio, no me siento alguien especial y mucho menos importante como para extrañarme en todo lo que te quede de vida. No me siento lo suficientemente atractiva, ni inteligente, ni eficaz, ni buena, ni mala, "ni muy muy, ni tan tan", más bien yo — y muchos otros — estamos catalogados como "mediocres". José Ingenieros* lo describe con palabras claras y simples, que me escupieron la verdad de lo que era. "Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre que nos rodea a millares, el que prospera y se reproduce en el silencio y la tiniebla, es el mediocre." "Son incapaces de virtud, no la conciben o les exige demasiado esfuerzo" "Los mediocres son la masa, la GRAN masa que fluctúa entre los mentalmente inferiores y superiores".
No sé qué tan malo puede ser lo mediocre. Podríamos decir que los mediocres viven un poco de cada experiencia, entre los dos extremos. ¿No decían que los extremos son malos? Ahora comienzo a pensar que no está del todo mal. Soy una mediocre que elige estar vagando entre la luz y la oscuridad y que acepta que lo es en su interior. ¿Qué pasa con lo exterior? Ah… la fachada. La maldita fachada que la sociedad te estipula a utilizar porque la gente es cruel, la gente opina, la gente habla de los demás sin pensar en ellos mismos como referente. ¡Pero qué más da! Ellos saben que otros hablan sobre ellos, entonces se sienten con el derecho de hacérselo a los demás.
Hay una frase que siempre recuerdo y que podría refutar ese teórico pensamiento: "No le hagas a los demás lo que no te gustaría que te hagan a ti"… Deberían ponerlo en práctica, no hablar por hablar, ser uno mismo. Yo por suerte puedo marcar ese punto en mi lista de virtudes, y si me equivoco y hago algo indebido que no puedo vislumbrar en ese momento, lo reflexiono en base a reclamos, pido perdón e intento con todas mis fuerzas no volverlo a hacer, excepto que sea una cualidad o característica de mi persona que me sea difícil modificar, entonces me costará un poco más lograrlo pero nunca me verás haciendo algo por mera satisfacción de verte sufrir por ello. Soy humana, somos humanos, cometemos errores; la clave está en intentar no volver a cometerlos.
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La puerta de la azotea se abrió de repente pero yo estaba bien oculta así que nadie me vio. Eran dos chicas que no supe distinguir como compañeras de salón.
—Vamos Liu, necesito regresar abajo.
—Es solo un momento. Un cigarro y vamos.
—Apúrate…Así podremos ver cómo termina el partido. Quiero aprovechar y hablar con el bombón de Li.
—¿Li? Dicen que es muy terco y por eso casi ninguna chica se le acerca. Pero te apoyo. Quizás las demás no sean lo suficiente mujer para él.
—Pienso igual, veré que tal me va.
Y se fueron tan rápido como el cigarrillo en consumirse tras largas caladas de esa chica.
La sola mención de su nombre me saca del limbo de mi retorcida mente y vuelvo a concentrarme en lo importante… En mí, en él, en cómo me hace sentir. Shaoran me dijo claramente que nunca tendremos la vida resuelta pero que él sería feliz si yo lo soy. Elija el camino que elija, debo hacerlo convencida y a sabiendas de que es en mi beneficio. Podrá doler, podré lastimar a otros, pero las heridas nunca serán para siempre si los trato con respeto y logran entender mi punto.
Shaoran lo sabe, lo entiende, lo adolece, lo padece y no lo dice. Shaoran es un ser extraordinario, con lo bueno y con lo malo. La balanza siempre pesa más del lado blanco.
Elegir. Con mi mente pesimista elijo ser feliz aquí y ahora sin preocuparme porque la oscuridad me abrume en otro momento. Solo en sus brazos siento que puedo olvidarme de esa parte de mí que nunca dejará de asediarme hasta que la vida se ponga su máscara de traidora. Él acepta mis delirios, sabe cómo soy aunque no se lo haya dicho. Entiende que estoy jodida como de seguro lo estará él sin querer decírmelo con palabras. Quizás yo me encuentre en peores condiciones que él como para seguir con su mano tendida aun así no la esté haciendo visible. Shaoran me demuestra que no hay que rendirse y dejar de vivir aunque sepamos en lo que terminará la vida, porque si no, nos estaremos arrepintiendo de aquello que fuimos y que no fuimos; de lo que no hicimos y pudimos haber hecho, y de cada una de esas dudas que nunca resolveremos.
Así que a la mierda ustedes, Akiho, Dumbledore y su maniática fascinación de mandar al valiente al matadero. ¿Saben qué? El viejo tiene estilo, razón y años para decir lo que dice y yo lo sigo en el sentimiento aunque lo mande a los mis demonios. Riesgo. Todo tiene un precio, la vida, la muerte, la felicidad, la tristeza. Nada está garantizado, pero también nada está perdido. Si no me entrego hasta el final de la vida nunca sabré si la condena valió la pena. Pero arriesgaré todo esta vez, ya no me quedaré con "lo que hubiera sucedido" para poder contarle a mi descendencia "que fue el peor error de mi existencia" o "lo mejor que pude haber hecho" No. Yo tengo que poder decidir en esa minúscula porción de autonomía que se me concedió por naturaleza. Eso es lo que voy a hacer. La vida es larga desde mi perspectiva, por lo menos la que mi mente transita en estos momentos, porque nunca vamos a seguir manteniendo una misma línea de creencias o pensamientos.
Cambio. La gente cambia o piensa que cambió y eso es cierto en alguna medida. Un adicto al alcohol puede haber dejado ese líquido que modifica su conducta y arruina su vida. Cambió. Eligió estar sobrio el resto de sus días para no joderse ni a él ni a los demás. Pero en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, en ese hueco oscuro donde anidan las pequeñas arañas de acromántula y los confines de la memoria, sabe que el cambio puede voltearse en las dos milésimas de segundos que su nueva pareja —desconocedora de sus miserias— le dice "brindemos por nosotros" con una copa de vino en la mano. Él no quiere brindar por temor a recaer en ese vacío que el alcohol lo sumergió, y se frustra y encuentra la salida momentánea a su ansiedad en otra cosa, pero solo él sabe la realidad, y es tan retorcida que lo hace pensar «¿qué cambió en realidad?» «Sigo siendo el mismo alcohólico sin beber alcohol» Decayendo en los confines de su ser, de su alma, de su mente maltratada y machacada por la vida que lo puso en ese camino.
El alcohol es sinónimo de desgracia para el sujeto, y para mí, lo es la vida misma. La vieja forastera no entiende que no quiero pertenecerle, pero ella no me escucha, porque claro, ya estoy aquí, y si no deseo pertenecerle entonces me dice en silencio que ya conozco el camino para solucionarlo. ¡JA! Me río de su retorcida sabiduría. Ella cuenta con años, décadas y siglos antes de Cristo de experiencia y yo solo unos miserables años. Pero de nuevo pienso… El cambio. Por más que el alcohólico y yo sepamos que nuestros oscuros secretos, creencias y religión no religiosa estén acompañándonos los años que nos queden, también sabemos que elegimos resistirnos a ellos. Entonces sí hay un cambio, uno minúsculo, que quizás no nos modifique la esencia pero nos hace sentir un calor extraño en las mejillas. Y por ello, por el momento que esa sensación dure, pensamos que vale la pena vivir.
Pero de nuevo me pongo a pensar… ¿Qué hubo antes del cambio? Antes no pensaba en la vida de esta forma, antes no decía que mi existencia era de poca importancia, antes era… feliz. Y como relámpagos de luz me llegaron esas pequeñas nubes borrosas de instantes, momentos, en donde yo sonreía con naturalidad. Ya sea por el júbilo en los ojos de Tomoyo cuando me confecciona los trajes, la sonrisa amable de mi padre de cada mañana, ese primer momento que leí mi libro favorito, la salida al parque del otro día con las chicas o una simple charla con mi persona favorita… ¿No fui realmente feliz en esos momentos? Sí, lo fui, lo soy… Tengo que aferrarme a esa candidez, quiero aferrarme a ella, porque mi pesimismo no sale a la luz cuando esa espesa sustancia corre por mis venas. La necesito, la deseo, la abrazo y la dejo ir. ¿Quiero dejarla ir? No. No quiero. Debo retenerla aunque esté jodida y perdida por momentos, aunque mi esencia no siempre sea la que muestro, porque si logré serlo antes, tengo que poder ahora. Esa sensación me hace sentir viva y muerta a la vez, me hace pensar que algo bueno tengo que tener para que me esté ocurriendo a mí.
«Ámate, Sakura» —me dice mi conciencia desde ese lugar semi-iluminado —Nunca vamos a estar 100% conformes con el camino que transitamos, pero ámate a ti misma primero y luego me cuentas qué pasa con el resto. En unos años veremos qué opinas sobre la vida, la muerte y tu propia existencia, pero empieza por ti… empieza por quererte. Sal del abismo.
Amar es un sentimiento muy complejo.
No sé si amo mi vida, pero lo amo a él, porque él logró que yo pueda amarme y por consiguiente que sienta amar la vida que me retiene a su lado. Así como Tomoyo con sus delirios, mi padre con su sonrisa y Touya con sus celos… Amo todo aquello. Así de simple. Así de confuso. Dependemos de algo/alguien para encontrarnos a nosotros mismos. Puede ser una canción, una noticia de la tv o una persona que nos hizo algún bien o algún mal, pero siempre hace falta "eso" para que digamos "lumos*".
La luz, esa luz que no es la del final del túnel ni la que Harry vio cuando aceptó que su vida terminaría. Esa luz es la tuya, la de tu esencia, tu persona, tú… Tal como me dijo Kaho esta mañana en el templo. Encierra todos los aspectos que eres, los buenos y los malos, y te van a acompañar siempre, pero nunca la pierdas de vista. Es lo último que te queda cuando todos se han ido de tu lado. Light y Dark. Lumos y Nox. Ying y Yang.
Seguro que estarán pensando "Que exagerada". Sus preocupaciones son tan ínfimas y estúpidas compradas con las pobres almas que sufren por no tener familia, educación o un techo donde vivir… Pero hace tiempo me dije «sí, siempre hay alguien que está peor que uno», incluso el drogadicto del bar de mala muerte de la otra esquina, que consume porque en su barrio no logra sobrevivir sin una dosis de irrealidad, está menos jodido que el dueño de ese bar que también se droga pero que además de ello está amenazado de muerte por la mafia sin tener opción de arruinarse la vida él mismo, ya que otro podría disponer de ella en cualquier momento debido a una deuda que no puede pagar por más alcohólicos y drogadictos que crucen su puerta a entregarle su vida en billetes. Entonces, el drogadicto de mala fortuna que va a consumir a ese bar ¿no tiene derecho a sentirse desdichado ni a quejarse porque otro está en peor situación que él?.
El ejemplo podría no ser el mejor en este caso. También hay personas que nacen con problemas motrices, mentales o con enfermedades que nunca buscaron tener, ni sus padres pudieron predecir. Esas personas no tuvieron opción como los drogadictos del bar, y a pesar de todo, a veces los veo por la calle auto valiéndose por ellos mismos sin culpar a la vida ni a los transeúntes que se crucen por su camino. Y así, reconozco que mis pensamientos, mis dudas y mi reciente escaso amor hacia la vida no son nada comparados con todo esto que estoy diciendo.
Sé que debo agradecer de tener a un padre que se preocupe como ninguno, un hermano que a la distancia me sigue cuidando con ojos de halcón, una amiga que me sigue a sol y a sombra, incluso un novio que aguanta mis delirios… Quizás no lo merezco. Quizás si me hubiera tocado alguna de esas vidas jodidas podría lamentarme con razón. Quizás es cierto que me quejo sin sentido.
Lo sé. Lo confirmo. Estoy exagerando.
De eso se trata la vida, de aceptar que estamos equivocados, de ver que la oscuridad que nos rodeaba no era tan negra como pensábamos y que tenemos todas las herramientas y posibilidades para seguir adelante con un solo voto de confianza. No hay soluciones mágicas, es más complejo que eso, se trata de crecer, golpearse, lastimarse, levantarse, volverse a caer y de nuevo el mismo proceso hasta que decidamos que es suficiente, hasta que nos creamos que ya nada puede vencernos, o que en todo caso, le daremos la otra mejilla. Sigo sosteniendo que mis dolencias internas están ahí, sangran de vez en cuando, pero tengo que aprender de una vez por todas que si estoy en esta vida debo aceptar a vivirla con todo y luces de colores o tristes nubarrones negros.
Ánimo Sakura, es solo una tormenta… anímate a cruzarla… detrás podrás ver un hermoso amanecer, y si te adentras en ella y sigues sin encontrar ese rayo de luz cegador, solo sigue un poco más, sonríe ante la lluvia y verás como de a poco el sol comienza a destellar abriendo paso entre las nubes. Solo… un poco… más.
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Una risa me distrajo de ese camino directo al manicomio que me querrán encerrar habiendo leído estas líneas y de pronto caigo en cuentas de todo lo que he reflexionado. Juzguen lo que quieran, pero quisiera ver si se animan y sacan todos sus demonios como yo lo he hecho en estas palabras que se las lleva el viento invisible de mi mente. No los exteriorizo en alta voz, pero por lo menos no lo niego, ahí están, solo que por momentos quiero pretender que no existen.
Y el momento llegó. Mi momento. No pretendo. Veo mis deficiencias, pero son mías, así soy, y no voy a dejar que otro me diga lo que tengo que sentir o hacer.
Ahí estoy. Me veo. Me siento. Me encuentro. Me quiero. ¿Dónde estuviste todo este tiempo? «Dentro de ti, por su puesto, esperando que aceptaras lo peor y lo mejor de tu aspecto».
Gracias. «De nada». Hora del show. Todo estará bien.
Ya sin miedo, sin pensar, y con la rabia que me animaba a salir, crucé esa puerta para enfrentar la realidad cara a cara, y recordé algo que me hizo mucha ilusión: Shaoran me dijo que su mente le hizo click cuando me vio, dijo que me vio sonreír y expresarme de forma tan natural que fue una visión reveladora. Quiero volver a ser esa chica que soy por momentos, quiero sepultar mis oscuridades dentro de una caja de pandora o bajo un perro de tres cabezas llamado Fluffy que no me permita buscarla por largo tiempo. Quiero ver esa luz que dice que despido. Quiero verme reflejada en sus ojos con alegría, sin escondites, sin importarme el resto. Solo él y yo. Solo yo.
Recargada con esta sensación de invencibilidad recorriendo mis venas, me levanté del rincón donde decidí resguardarme y empuñé mis manos para dar el paso. Bajé por las escaleras a toda velocidad y me encaminé al patio donde un partido de futbol tenía a todo el instituto atento a cada jugada. De a poco me fui acercado y me quedé a un costado de la cancha. Él estaba ahí, con su banda de capitán y el ceño fruncido de concentración. Es una competencia entre escuelas que se tienen un poco de rivalidad y le da inicio a la temporada, por eso las gradas estaban a explotar y las animadoras de ambos equipos agitaban sus pompones en el aire para alentar al suyo.
Mis ojos viraban con la misma velocidad que Shaoran tomaba la pelota y esquivaba a todos los jugadores que intentaban bloquearlo. Es veloz, y su técnica insuperable. Los delanteros y mediocampistas bajaron de su posición para intentar marcarlo solo a él y defender su arco. El tiempo se agota y ese punto es decisivo, el gol que marcaría el desempate y dejaría a Seijo como el vencedor. Shaoran sintió la presión recorrer su frente en gotas de sudor y, tras una falta que el árbitro no cobró, cayó al suelo, pero antes pudo pasar la pelota a su compañero Yamazaki, quien a pocos metros de distancia del arco, se paró, apuntó y ¡GOOOOOOL! Terminó la jugada.
—¡Siiiiiii!
Grité de emoción olvidándome de todo. Viviendo ese pequeño momento de felicidad desde la distancia mientras todos los jugadores abrazaban a Shaoran por el pase de gol y lo elevaban en el aire con la mano en alza.
Se lo ve tan feliz, esa sonrisa que casi siempre me regala solo a mí estaba a flor de piel… o me regalaba. «No… No tengo que hablar en pasado».
Las animadoras vitoreaban y daban saltos en el aire por la victoria. Era el momento en el que los de afuera empezaban a querer unirse al festejo y quise ir corriendo a abrazarlo frente a todos.
«¿Qué te lo impide? Son tus pies que no se mueven».
Debo dejar de ser mi propio obstáculo, me lo prometí internamente hace tan solo unos momentos atrás.
Di un paso, un pequeño paso para la humanidad y uno enorme para mi frágil ser. Un paso, uno solo que se vio interrumpido por los tres o cuatro que dio Akiho hasta llegar al mismo lugar al que yo me dirigía. Shaoran estaba de espaldas riendo y celebrando con sus pares cuando ella apareció por detrás, y con la mano en el hombro de él, lo hizo girar de un tirón para en una milésima de segundo abalanzarse sobre sus labios prácticamente colgándose de su cuello.
Mis pupilas se dilataron y la boca de me abrió del asombro. Quedé petrificada, parada, inmóvil en el lugar con un pie delante de otro por el paso que iba a dar.
El tiempo se detuvo.
Con mi vista multiplicada por 10, enfoqué esa unión desagradable ante mis ojos. Los labios de ella se movieron parcialmente en cámara lenta mientras con las manos estrujaba sus cabellos castaños. Esos rizos rebeldes y sedosos que tanto me calma enredar entre mis dedos, ahora estaban siendo el deleite de otras manos, y esos delicados labios, saboreados por otra que no soy yo.
Dos segundos, ese contacto habrá durado los dos segundos que Shaoran tardó en reaccionar y separarse de Akiho con ambas manos a sus costados, estirando los brazos para dejar la mínima distancia que ella o cualquiera debería estar de él. La fulminó con la mirada mientras ella le sonreía con malicia. Al soltarla, todos estaban mirando en su dirección y Shaoran le gruñía palabras que no pude entender desde donde estaba, pero si podía escuchar las risas y comentarios de los demás a mi alrededor.
—¡Vamos, campeón! Akiho está de muerte.
—¡Sí! No te hagas el tímido Shaoran. ¡Cómele la boca!
—Mejor suerte para la próxima, Liu. Akiho te ganó de mano.
—La capitana de las porristas y el capitán del equipo de futbol. ¿Algo más cliché no podía ser?
Las voces masculinas animando a Shaoran y las femeninas envidiando su situación llenaban la cuota necesaria de la adrenalina que necesitaba para actuar.
No iba a permitirlo. No hoy, no nunca. No ella, y no con él.
Terminé de dar ese paso, uno más firme que el otro dieron arranque a mi caminar brusco y constante. Mis manos crispadas hacia los costados, el ceño fruncido que siempre se doblaba en la dirección contraria para dar lugar al llanto ahora estaba cargado de ira. Sentí el calor recorrerme entera, y el aura de guerra se expandió cuando me abrí paso entre la multitud en medio de la cancha. Todos me dejaron pasar con cautela. Me miraban extrañados seguramente preguntándose "qué querrá la friki callada y sumisa con ese porte tan extraño para lo que es por naturaleza".
Murmullos, miradas de asombro, ojos desorbitados esperando algo.
Akiho reía por su audacia mientras intentaba acercarse de nuevo a él, y Shaoran quitaba en el aire la mano de ella que quería posar en su hombro. Yo seguí caminando más rápido que antes, y sin ser vista por ninguno de los dos hasta que llegué a su lugar, la tomé a Akiho desde el codo impidiendo el tercer intento de arrimarse al cuerpo de Shaoran, y la alejé bruscamente de su espacio personal que solo podía ser invadido por una persona que no tenía la suerte de ser ella.
—¿Qué pasa contigo, Kinoboba? No te metas donde no te llaman.
—¡Aléjate de él! —le grité antes de actuar.
Mi vista cargada de odio y resentimiento no vio otra cosa que irritación en una bruma espesa de color rojo idéntico a como quedarían mis ojos de la presión. Sin pensarlo ni meditar un segundo más, empujé a Akiho con ambas manos provocando que ésta caiga de cola al suelo y todos se quedaran estupefactos ante tal acto violento de mi parte.
Mi respiración se agitó, mis hombros subían y bajaban de la adrenalina que no podía contener más dentro de mi cuerpo, así que di un paso al frente de Akiho que miraba confundida y enfadada desde abajo. Verla desparramada sobre la tierra que manchaba su perfecto uniforme de porrista me trajo un sentimiento de regocijo mal dirigido que nunca creí ser capaz de tener. Estaba mal, pero no me importó verla humillada como tantas veces ella me dejó a mí. En ese momento no vi las cosas con claridad.
—Sakura… —esa voz, su voz. La única capaz de calmarme y elevarme me llamaba para tranquilizarme—. Ya fue suficiente.
¿Suficiente? Ella no dijo "suficiente" cuando me hizo caer al suelo semidesnuda y mi nariz comenzó a sangrar, ni le importó sostener mi cuerpo inerte frente al espejo para ridiculizarme. Ella nunca pensó si era suficiente, ¿por qué debo hacerlo yo?
Las uñas se enterraron en mis palmas con más fuerza y presioné los labios en un intento de detenerme o abalanzarme sobre ella. Nadie interfirió, nadie dijo palabra, todos miraban como si fuera un acto de circo donde el león enjaulado se estuviera revelando contra su domador.
—Sakura… Tú no eres así. Cálmate.
Su mano en mi hombro me paró en seco. Abrí los ojos como plato y vi a Akiho tirada en el suelo con otra mirada. Parecía indefensa aunque su rostro me viera con recelo. Algo dentro de ella no la dejó moverse de allí por más que yo no haya hecho ningún otro movimiento, entonces comprendí que pagarle con la misma moneda no haría otra cosa más que envenenar mi alma, como así lo decía esa fábula que Kaho me recordó en el templo.
Suspiré fuerte, agotada por la rabia que corría por mi torrente y me dejó cargada, pero de a poco la liberé y suavicé mi mirada. Shaoran seguía con la mano en mi hombro y yo posé mi mano sobre la suya para darle a entender que estaba serena otra vez. Comprendiendo el gesto, se alejó unos pasos sin verme directo a los ojos. Fue ahí cuando noté como un semicírculo de gente nos rodeaba y hablaba por lo bajo, y sentí pena por la chica de cabellos grises ante mí. Extendí mi mano derecha y la dejé suspendida para que ella la tomara sin segundas intenciones ni malos tratos. Esos grandes ojos azules que tantas veces temí mirar, se abrieron con sorpresa, pero hizo su cara a un lado y se levantó por cuenta propia. Era Akiho después de todo, no se iba a dejar humillar un ápice más. Sacudió su uniforme con rudeza y antes de que ella diga o haga algo, le aclaré con voz firme:
—Para que te quede claro, a ti y a todos… Shaoran es mi novio —el murmullo comenzó a hacerse más fuerte y todos pasaban la noticia con los de atrás que no entendían bien qué decía—. Lo es desde hace tiempo y no voy a dejar que tú ni nadie me diga con quién debo estar y lo que debo o no hacer.
Akiho volvió a sorprenderse y rió con fuerza e incrédula mirada —Sí que eres atrevida, Kinomoto. Mira si Shaoran va a estar con una chica tan poca cosa como tú.
Esas palabras, como daga me intentan amedrentar como tantas otras veces lograron hacerlo. Pero este momento es crucial y no iba a desaprovecharlo.
—Es cierto. Ella y yo estamos juntos hace casi un año.
Shaoran tomó mi mano hasta situarse a mi lado sorprendiéndome. Lo miré intentando que las lágrimas de felicidad no hagan aparición justo en el momento que pretendo ser más fuerte que nunca.
«No lo perdí» —pensé por dentro.
Me miró de reojo y con una leve sonrisa que me dedicó, el alivio volvió a circular entre nosotros.
Akiho no podía disimular su rostro de derrota y presionó sus dientes sin poder emitir palabra alguna.
—Espero que me dejes en paz de ahora en más —sentencié al volver a chocar con el helado de sus ojos.
Mi enemiga publica, el dementor que succionaba mi alma, la chica más popular, la dueña de mis años de sufrimiento, ella, al fin pude ponerla en su lugar con un encantamiento patronus. Mi patronus… el que me guía a la calma y felicidad.
Con un ademán de su mano, como restándole importancia, Akiho se hizo la indiferente y dio media vuelta para alejarse de todos, pero no sin antes agregar: —Poco me importas tú y "tu novio", Kinomoto. Con el tiempo te darás cuenta a dónde perteneces.
Claro… Ella no podía dejar que alguien, y menos yo, la deje derrotada. Así que lanzó esa ofensiva al aire y se despidió de todos en silencio con su séquito siguiéndola por detrás. Pero nada borró el alivio refrescante que me rodeaba… porque me sentí… libre.
Con un último suspiro, levanté la vista para cruzarme con la ambarina de quien se ha declarado mi novio oficial desde hoy en adelante y le sonreí sintiendo todas las tensiones disiparse.
—Al fin mía —dijo con una sonrisa triunfadora en sus labios y contagiándome con una pequeña risa.
—Siempre fui tuya —le rebatí con dulzura.
Esas últimas palabras ensancharon más su rostro. Y sin evitar pensar dónde estábamos ni toda la gente que nos miraba alrededor, Shaoran me tomó en brazos y fundió su boca con la mía. Fue un simple contacto directo que todos animaba y aplaudían por el espectáculo, y sus gritos se intensificaron cuando Shaoran me tomó de la cintura y elevó mi cuerpo hasta que llegué a rodearlo con mis piernas. Con mis brazos rodeando su nuca, me dejé llevar sin pensar en lo poco decoroso que se vería esta posición.
El beso pasó de sellar el fin del anonimato para dar inicio a la felicidad desbordaba de pasión que nuestros labios buscaban saciar en el otro… elevando la temperatura.
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Hola hola!
Lumos= Luz (encantamiento para encender una luz de la varita)
Nox=Oscuridad (encantamiento para apagar la luz de la varita)
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Este capítulo me quedó muy reflexivo, o denso… depende de la perspectiva que lo miren. Y reflexioné sobre tantas cuestiones que no sé qué más agregarles.
Estos cuestionamientos duraron prácticamente todo el capítulo y mil disculpas a quienes no les interese demasiado esos divagues con preguntas y respuestas con los que pueden discrepar a gusto, pero eran necesarios para Sakura y para que vean un poco más todo el enredo que pasa por su cabeza. Al final, este personaje me quedó, en su gran mayoría, no acorde a la personalidad de la Sakura que todos conocemos, pero en realidad, quise demostrar que a veces las personas, en su proceso a la madurez, cambian o se olvidan de lo importante, de quienes eran o lo que más disfrutan hacer, y creo que dejé demostrado como Sakura transita ese giro hacia su verdadera esencia, la de esa niña sonriente que nada la vencía aunque sienta miedo de avanzar.
La fábula "del viejo Samurai" me surgió en varios buscadores donde me decidí a encontrar alguna que sea tradicional de Japón y que me sirva para expresar lo que necesitaba (espero que la fuente no haya fallado). Necesitaba resaltar el momento en donde Sakura al fin enfrenta Akiho, para que recuerde quién es ella, cómo es y encaminarla a no perder su esencia.
Al final, podríamos decir que Akiho obtuvo su merecido "a lo Sakura" y estoy conforme con ello... aunque tendrá otra aparición.
Culminamos este anteúltimo capítulo con un reencuentro entre los castaños y espero sus bellos comentarios como siempre :)
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Glosario Harrypottero:
*Francis: "A los 7 años tuve un pez. ¡Mi primera mascota! Estaba tan emocionada… Se llamaba "Francis", era chiquito y dorado" / Francis es el nombre que le puso un profesor al pequeño pez, producto de magia, que le había regalado la madre de Harry en su época de estudiante. En un principio le había puesto un nombre japonés al pez, pero luego recordé esta escena y me vino al pelo aunque no tenga mayor explicación que esa.
*Obliviate: Hechizo que borra la memoria. / "Cruzando el umbral del instituto, recordé la mirada amarga de Shaoran estos últimos días y las ganas de querer borrar esos recuerdos de mi mente y de la suya. Con un "obliviate" alcanzaría".
*José Inegnieros: Autor del libro "El hombre mediocre" / De ahí cite un par de frases.
*"Así que a la mierda ustedes, Akiho, Dumbledore y su maniática fascinación de mandar al valiente al matadero. ¿Saben qué? El viejo tiene estilo, razón y años para decir lo que dice y yo lo sigo en el sentimiento aunque lo mande a los mis demonios". / Bueno, esto es muy extenso de explicar, pero muchos creen que Dumbledore envió a Harry a encontrase con su muerte, como si lo hubiera estado cuidando y protegiendo solo para llevarlo a su destino final y así salvarlos a todos de las garras de Vodemort.
*Acromántula: Araña gigante que reside en el bosque prohibido. / "Eligió estar sobrio el resto de sus días para no joderse ni a él ni a los demás, pero en el fondo, muy en el fondo de su conciencia, en ese hueco oscuro donde anidan las pequeñas arañas de acromántula y los confines de la memoria"
*Lumos: (luz) / "Dependemos de algo/alguien para encontrarnos a nosotros mismos. Puede ser una canción, una noticia de la tv o una persona que nos hizo algún bien o algún mal, pero siempre hace falta "eso" para que digamos lumos" / Se vuelve a nombrar junto con un poco de CCS cuando digo "Light y Dark" y tambien un poco de la cultura china con el "Ying y Yang" :"Esa luz es la tuya, la de tu esencia, tu persona, tú… Tal como me dijo Kaho esta mañana en el templo. Encierra todos los aspectos que eres, los buenos y los malos, y te van a acompañar siempre, pero nunca la pierdas de vista. Es lo último que te queda cuando todos se han ido de tu lado. Light y Dark. Lumos y Nox. Ying y Yang."
*Perro Fluffy: Perro monstruo gigante de tres cabezas que cuidaba un tesoro dentro del castillo. /"Quiero volver a ser esa chica que soy por momentos, quiero sepultar mis oscuridades dentro de una caja de pandora o bajo un perro de tres cabezas llamado Fluffy que no me permita buscarla por largo tiempo".
*Patronus: Ese encantamiento que ahuyenta los dementores, y que le confiero como "adjetivo" a Shaoran, por ser uno de los recuerdos más felices para Sakura. / "Mi enemiga publica, el dementor que succionaba mi alma, la chica más popular, la dueña de mis años de sufrimiento, ella, al fin pude ponerla en su lugar con un encantamiento patronus. Mi patronus… el que me guía a la calma y felicidad".
Fin.
