No al plagio
Capítulo siete: Consecuencias ll
ADVERTENCIA: sexo sadomasoquista del leve, pero sado al fin y al cabo.
Lo disfrutan los dos, pero tengo que advertir.
En cuanto paró el tren en la estación de llegada, me bajé como si me estuvieran correteando una gran cantidad de dementores o el mismo Voldemort… Snape enojado daba más miedo que esas dos cosas juntas.
Corrí sin mirar atrás con el único objetivo de llegar a las mazmorras y poder refugiarme de él. Parecía tonto que buscara protección en la recámara del hombre… No tenía a otro lugar a dónde ir, Minerva me prohibió ir a sus habitaciones o ir a la torre de Gryffindor. Tenía que actuar cien por ciento como la señora Prince.
—Infinito —murmuré la contraseña cuando estuve frente a la puerta del despacho perteneciente al de mirada carbón.
La puerta cedió ante mí y no dudé en entrar, como ya había visitado el lugar muchas veces, me fui directo a la pequeña casa, si se le puede llamar de esa forma, que estaba escondida detrás de una de las paredes del almacén que tenía Snape en el despacho. Di la segunda contraseña:
—Eternos.
Me llamaba mucho la atención las contraseñas. Se me hacían demasiado cursi para él, pero bueno, no me puedo quejar.
Dejé de levitar el baúl y lo acomodé en la habitación que me pertenecía, de momento, ya que esa era la que acondicionaríamos para el futuro retoño… Que pronto llegaría. Desde hacía días ya no tomaba las pastillas anticonceptivas.
Suspiré, quitándome el uniforme; no iba a ir al comedor para la selección. Diré que me sentí mal. Estaba por quitarme la camisa y la falda cuando sentí una alteración en el ambiente.
Alguien, muy molesto e iracundo, estaba entrando al cuarto. No tenía que estudiar Adivinación para saber quién era. Agarré la varita y conjuré un hechizo, al instante quedé vestida con un camisón demasiado sencillo para dormir a gusto. Estaba por meterme a la cama cuando la puerta de mi habitación fue abierta de par en par con un fuerte golpe.
Volteé para ver a un Snape con el ceño profundamente fruncido y con la mandíbula apretada, le rechinaban los dientes. Supe que algo feo se avecinaba, pero mi instinto lobo comenzó a excitarse. No era Ébano, sus reacciones eran más intensas y esto era solo una caricia en comparación, pero era constante y tomaba fuerza con cada segundo que pasaba.
—¿Qué deseas, Snape? —pregunté firme, sin embargo, también se podía notar mi desconfianza.
No me contestó enseguida así que me mantuve callada hasta que lo vi mover sus labios:
—¿Me puede explicar por qué rayos se fue del vagón sin avisarme? ¿Eh? —Ya no me quedaba duda de lo encolerizado que estaba.
—Es maleducado contestar con otra pregunta, Snape —contesté desafiante a pesar del miedo que estaba empezando a sentir en esos momentos.
—No estoy para su derroche de sabiondería y arrogancia, Granger. Contesta la pregunta que te hice —susurró con un tono helado que no daba a réplicas.
Temí por un momento que me fuera a hechizar, por lo que decidí contestarle; no con la verdad, pero contestarle.
—Acompañé a unos niños de nuevo ingreso que estaban perdidos al comedor y, como no te encontré, pensé que lo mejor sería venirme a la habitación.
Tragué pesado al terminar de hablar, algo en él me estaba inquietando y poniendo nerviosa. No me había dado cuenta que los dos nos estábamos moviéndonos, yo retrocediendo y él avanzando hacia mí. Lo observo a sus ojos que me analizan y recuerdo que tenemos algo que hacer.
—El pendiente.
Hablé sin pensar. Él levantó una ceja en pregunta, quedé en silencio unos segundos pensando en una respuesta.
—Que tenemos un pendiente por cumplir.
Era mejor terminar con esto de una vez y así evitaría seguir discutiendo con él. La verdad era que no tenía muchas ganas de escucharlo.
—¡Oh! —fingió sorpresa—. La señorita Granger debe algo… ¿No le parece que me lo está pidiendo de una manera incorrecta? Soy su esposo, señorita, esas cosas se piden más… Convincentes.
Severus 2 – 2 Hermione
Sabía que era mala idea decirle sobre el mandato del Ministerio. No obstante, se estaba burlando de mí, cosa que no dejaría pasar por alto. Por esa razón, trinqué confianza para contestar su puya descarada:
—Pobre Severus —me uní a su juego—. Ni que tuvieras el pene tan grande como para andarte rogando.
Silencio.
Un insondable y palpable silencio se hizo entre nosotros. La valentía se iba evaporando de mi cuerpo y la ira que se había apagado en Snape recobró vida y con fuerza, apostaba que el castillo entero lo podía concebir.
Ni siquiera teniendo las habilidades de un lobo pude darle respuesta o lógica a lo que sucedió.
Severus 2 – 3 Hermione
SSتHG
Sus palabras habían calado hondo en mi ego. ¿Será tan idiota como para decir eso sabiendo a las consecuencias que puede tener? En ese momento no me quedaba duda que Granger había perdido la lucidez y me enojé con ella. Mi ser pedía sangre, pero sabía que había otra forma más placentera de desquitarme con ella. Y no lo pensé, sólo actué.
Me abalancé sobre ella con todo y varita, la mocosa era loba, pero era un movimiento que no se esperaba. Tuve el efecto sorpresa a mi favor, cuando reaccionó ya la había despojado de su varita y, también, la tenía sobre la cama conmigo sobre su cuerpo.
—No se le hace un deja vú, señorita —comenté burlón—. Con unos pocos cambios, sin embargo, su esencia es la misma: follar cuando te están diciendo que no.
La sentí estremecerse con mis palabras y eso solo hizo que me dieran ganas de continuar lo que la voz me gritaba.
«Degústala, prueba su hermosa piel y hazla tuya. Enséñale que la tienes más grande de lo que ella se atrevió a insinuar».
Eso era lo que haría.
—Pro-ofesor… —trató de hablar.
—Aquí yo no soy su profesor —interrumpí, ronroneando cerca de su oído—. Aquí somos marido y mujer, Granger. Y ya le había advertido con anterioridad que no se metiera conmigo y siempre le entra por un oído y le sale por el otro mis palabras. —Con cada palabra, pasaba mi nariz por su cuello de arriba a bajo con una suave caricia—. Creo que es hora de que le enseñe a respetar a su esposo, señora Prince.
Me alejé lo suficiente para verla a los ojos con petulancia, arrogancia y con promesa de que la haría sufrir… La haría llorar de placer.
Le tenía capturadas las manos con las mías, así que pasé el agarre a una sola mano mía y la que me quedó libre la ocupe para agarrar la varita. La agité en el aire y de ella salieron dos cuerdas que se aferraron a las muñecas de la muchacha para después enroscarse en los postes de la cama que mantenían los doseles.
La joven pataleaba y se removía intentando librarse de sus ataduras; me aseguré de que las cuerdas no le hicieran daño severo, pero, si se seguía moviendo de esa forma, sí se lastimaría.
Tomé una de sus piernas y la flexioné para luego aplicar el mismo hechizo en ella. Me soltó una patada, con la que tenía libre, que amortigüé con la espalda. Enseguida tomé ese pie y repetí el proceso de amarre.
Me incorporé en la cama para apreciar mi obra: la señora Prince estaba ante mí amarrada en la cama, con las piernas separadas el bendito camisón deja mucho a la vista, con los ojos bañados de miedo y anticipación ―«eso me molestó, no la iba a matar»―, y con mucha ropa de por medio.
—Quite esa cara, Granger. Lo único que haré será hacer que se arrepienta de sus palabras —aclaré—. ¿Cómo? Pues demostrándole que, de pequeño, no tengo absolutamente nada —le dije, perverso.
La culpa de eso la tenía la voz por llenarme la cabeza de fantasías con ella cada noche.
Mi compañero de batallas dio un respingo de alegría al saber que lo dejaría luchar una vez más.
Otro movimiento de varita me dejó en pantalones, mi pecho quedó al descubierto. La oí jadear al verme semidesnudo.
«Era justo, los dos estábamos con poca ropa».
Observé una vez más a Granger y cerré los ojos ante el paisaje erótico que tenía en frente, otra oleada de calor recorrió mi vientre bajo. Pasé la yema de mis dedos callosos, por tantas pociones realizadas, sobre su rostro, brazos y torso, este último estaba cubierto por tela y aún así se podía apreciar la suavidad de la piel de la chica.
Me dejé llevar por las hormonas y por mis sueños, olvidando por unos momentos lo que ella era.
Tomé las rodillas de la muchacha y las separé, quiso cerrarlas pero las cuerdas se lo impedían, sonreí ante eso y la vi ahogar un gemido de queja.
Descendí por sus muslos y los empecé a acariciar, una con mis manos y a la otra le repartía besos en la cara interna. Poco o poco la joven mujer se empezó a relajar, era lo que quería que tomara confianza para llegar a mi cometido.
Subí las manos por todo el contorno de sus piernas hasta llegar a sus caderas, donde estaba el inicio de sus bragas, las tomé y, con delicadeza, las quité de su cuerpo dejando a mi vista su sonrosada intimidad que estaba llena de jugo.
Desvié mis orbes negras a las mieles de ella y supe que estaba avergonzada de su reacción corporal… Sus gestos encendían más mis ganas de verla rogando por mis atenciones.
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«¡Si juegas con fuego te puedes quemar y ya lo comprobé!».
A pesar de que mi intención era que tuviéramos sexo, no pensé que nos saldríamos de la rutina que nos habíamos autoimpuesto durante meses. ¿Era una clase de sadomasoquismo? Me aterraba la posible idea que trajera en la cabeza ese hombre. Quería correr lejos, pero él había pensado en todo y estaba a su merced.
Mi cuerpo no dejaba de corresponder a las miradas y caricias que le otorgaba Snape. Era imposible negar que era excitante todo esto. No obstante, el miedo a una posible venganza estaba muy presente en mí.
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Retorné a poner atención a su intimidad y acomodé mi cara cerca de ella. Los temblores no dejaban su cuerpo tranquilo, ocupaba encargarme de eso.
Por eso, soplé aliento caliente sobre su humedad, olí su esencia y me hundí en ella. Pidió que no lo hiciera como la virginal Granger que conocía, sonreí antes de tomar su pequeño botón entre mis labios e iniciar una constante secuencia de succiones, saboreándola con ganas. Manteniendo mi porte de arrogancia, la escuchaba respirar entrecortada y la sentía mover un poco sus caderas.
Metí en acción a mi nariz y dejé que ella estimulara su centro de placer mientras mi lengua se deslizaba más abajo en busca de la entrada a su estrechez. Mi pequeño miembro penetró su cavidad mientras mi nariz seguía jugando con el otro extremo. Para ese entonces, ella ya estaba jadeando y movía las caderas al ritmo de mis entradas sin inhibición. Volví al ataque y metí el primer dedo sustituyendo a mi lengua. Su espalda se arqueó, ofreciendo todo su esplendor a mi entera disposición.
Aprovechando su distracción, mi otra mano la subí, sin dejar de bombear su interior con la otra, hasta encontrar uno de sus pechos para amasarlo con fuerza sobre la tela del camisón, pellizqué su tierno botoncito hasta que estuviera duro para pasarme al otro y viceversa.
Separé mi cara de su vulva y la llevé a sus proporcionados pechos. La estructura de la muchacha me asombraba, no tenía de más ni de menos, justo lo necesario para volver loco a un hombre.
«¿Tan enojado había estado para no notarlo en los meses que llevábamos "juntos"?».
Bajé la tela que los cubría y los admiré, la aureola era de un buen radio y de un tono más claro que sus ojos miel. Eran apetecibles. Abrí la boca para cubrir su seno con ella, lo amamanté como bebé recién nacido y hambriento, ella era adictiva. Probé sus dos montes hasta dejarlos rojos y sensibles al tacto.
«No te detengas, ella está cooperando».
Y tenía razón, Granger me rogaba por más; la tenía donde quería, pero no era suficiente.
Le hice caso e introduje dos dedos más, la follaba metiendo los dedos hasta el tope y con buena velocidad, cuando sentí que sus paredes vaginales se estaban preparando para explotar me detuve de golpe y me alejé de ella.
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¿Qué le hicieron a Severus Snape? Era lo que pensaba mientras me hacía delirar con su nariz sobre mi clítoris. ¿Quién diría que esa ganchuda nariz servía para eso? Merlín, me estaba volviendo loca. La temperatura la tenía por los cielos, me torturaba, quería más. Apretaba mis labios para no dejar salir ningún sonido y era imposible.
Mis sentidos estaban más agudos que de costumbre, la maldición jugaba en mi contra y a favor de Snape.
Dejé de contener los jadeos que querían salir de mi boca y empecé a pedir por más, a gritarle que necesitaba acabar. Él me ignoraba. Un fuerte gritillo abandonó mis labios cuando su boca comenzó a devorar mi pecho. No tenía piedad con sus succiones; me recordó tanto a cuando Ébano le hizo la felación la primera vez que nos acostamos. Ya entendía sus palabras anteriores.
Realmente me estaba haciendo pagar lo que le hicimos. Era tan vengativo… sin embargo, no le puedo negar que se vengue si lo hace de esta forma.
Casi lloré cuando se separó de mí dejándome a medias. ¡Se supone que la perra soy yo!
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Granger tenía las pupilas dilatadas y me pedía enojada que la hiciera terminar, pero no le hice caso. En cambio, llevé a la altura de mis labios los tres dedos que estaban bañados de su esencia y los lamí con sensualidad, seduciendo a la joven que había callado sus chillidos para poner atención a mis movimientos.
—¿Le gusta lo que ve, señora Prince? —le pregunté con voz ronca y ella asintió. «Vas bien, Severus»—. ¿Quieres terminar, pequeña? —ronroneé de la misma forma. Su respuesta fue gritarme que dejara de jugar y que terminara de una vez; lástima que no fueran mis planes—. Lo siento, señora Prince, pero le tiene que quedar claro que sí me tiene que rogar porque la tengo grande —le aclaré cambiando mi actitud, volviendo al frío inicial.
Movió sus manos queriendo zafarse sabiendo que era en vano. En eso, mi miembro me recordó que también quería atención y seguí con el plan.
Irguiéndome de rodillas entre sus piernas, desabroché el botón de mi pantalón y bajé el cierre. Metí la mano entre en bóxer y saqué mi hinchado miembro. Emprendí la tarea de darme placer envolviendo mi mano sobre mi eje y empezando a bombear con lentitud, conecté mis ojos con los de Granger y relamí mis labios.
Quería que me viera, que deseara ser ella la que lo hiciera.
—¿Ves esto? —Señalé mi falo—. Ya no te parece tan pequeño ¿verdad?
Cerré los ojos echando la cabeza hacía atrás bombeando mi miembro con potencia, de arriba hacía a bajo. Roncos gemidos cedían de mi boca entreabierta.
«Merlín. Masturbarme frente a alguien daba mayor placer y más si esta estaba por correrse solo con verte».
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El espectáculo frente a mis ojos me tenía hipnotizada, mi sexo palpitaba rogando ser él el que recibiera los golpes certeros que el hombre se daba así mismo.
Mi boca salivaba al ver como las gotas de pre-semen salían de la punta de su miembro. Ya no aguantaba, mi orgullo había sido demasiado quebrado. Lo necesitaba.
—Severus, por favor. Te necesito dentro —le pedí sollozando.
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Escucharla hizo que no tocara la nube de placer que estaba casi en mis manos. Mis ojos brillaban y los enfoqué en ella.
Y me dolió, dolió en mi bajo vientre verla así: ella separaba sus piernas y me regaba con sus ojitos brillantes de lágrimas que la dejara de castigar.
—¿Aprendiste la lección, mujer?
—Sí, señor.
Respiré hondo sin dejar de verla. Mi semblante estaba serio.
Llevé mis manos a sus caderas y las jalé con fuerza hacía mí, antes le desaté los pies, ella misma cerró sus muslos alrededor de mis caderas. Jadeamos cuando nuestros sexos se encontraron, ella estaba muy preparada para recibirme. Por esa razón es que cuando alineé mi eje con su estrechez entré de una sola estocada hasta que mis testículos me impidieron seguir entrando.
—Dementores, Granger.
—Severus.
Gruñimos a la vez.
En ese momento noté que ya no era tan joven como antes, ya que casi me corría en su interior al meterme en ella de lo apretada que estaba.
«Era lo que siempre me preguntaba cuando teníamos sexo ¿por qué era tan estrecha?».
Sus talones se posicionaron sobre mis glúteos alzando su cadera para darme más acceso ella. Los dos queríamos llegar al orgasmo, pero yo no sería el primero en hacerlo.
Mis estocadas eran duras, sin vacilar y mis dedos se enterraban en la sabe piel de su cadera, hice todo lo posible para hacerla llegar primero. Movía mis caderas en círculos para que mi pelvis masturbara su capullo, funcionó. Cinco embistes más a su cavidad y explotó con tanta intensidad que sus paredes se envolvieron con fuerza mi falo, casi rayaba lo doloroso, y eso terminó por vaciarme en ella con embistes desenfrenados e irregulares, hasta que fui ordeñado por completo. Nunca antes habíamos tenido sexo de esta forma y me arrepentía de haberlo hecho antes. El orgasmo obtenido fue el más placentero de todos los que habíamos tenido, fue duradero y exquisito.
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Ya no me importó quién me esuchara o si todo lo que había planeado de mantenerme fuerte por Ébano se echó a perder con esto.
Quería perderme en la satisfacción que ese hombre estaba haciendo posible, pero también quería darle a la Loba un bello momento después de tanto tiempo.
«Siéntelo, Ébano, es él el que lo está haciendo».
Lo sentí arremeter más adentro y más rápido, la marca estaba quemando bajo mi pecho, y eso solo significaba algo...
—¡Oh, por Morgana! —grité ante el orgasmo arrasador.
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Mi cuello ardió y me desplomé sobre Granger, enterrando mi rostro entre sus pechos, escuchando su respiración agitada y su corazón. El ardor seguía y no sabía a qué se debía.
«Ya fuiste rudo, ya te vengaste. Dale una mínima muestra de misericordia ¿no?».
Alcé el rostro y vi que tenía los ojos cerrados, levanté mi cuerpo y tomé la varita para dejarle libres las manos logrando que ella los abriera. Nos puse cara a cara:
—¿Granger? —pregunté, intercalando mi mirada entre sus labios y sus ojos.
—¿Sí?
—¿Puedo…? —Estuve a nada de pedirle permiso—. Nada.
Uní nuestros labios en un beso que nada tenía que ver con la pasión anterior y mi cuello dejó de molestar. Era un beso tierno, dulce, superficial y lento. La mocosa no me siguió el ritmo por dos segundos, luego reaccionó con entrega. Conocimos por primera vez la textura de nuestros labios sin que nadie nos obligara, fue genuino. Sus labios tenían un toque a fresas. No me gustaban, aunque en sus labios era una delicia.
Mordí su labio inferior y ella abrió la boca entendiendo mi mensaje. Mi lengua repasó todo lo que encontraba a su paso hasta memorizarlo, de esa forma amaba la boca de Hermione cuando no la utilizaba para hablar, pero sí para cosas más productivas.
Consideré prudente separarnos, el aire era necesario para continuar con nuestros placeres. Había algo que me hacía estar y al mismo tiempo inquietarme por la extrema pasividad que había. Pronto lo descubrí:
—Severus… —susurró sobre mis labios.
—¿Qué sucede? —respondí con enmascarada curiosidad.
—Estoy embarazada.
¿Qué madres dijo?
«Lo que yo quería escuchar, Severus», me contestó la voz.
(Capítulo beteado por MrsDarfoy)
Besos, InesUchiha
