Las palabras de Laxus resonaron en la mente de Lucy. ¡Acababa de prohibirle ver a su padre!

Se apartó de su mano para poner entre ellos toda la distancia que le fuera posible. Él no intentó mantenerla cerca. Lucy respiró hondo y pensó que quizá lo había malinterpretado.

—Pero me gustaría hacerle una visita a mi padre.

—En otro momento. Hoy no sería correcto.

Lucy miró a su marido con la boca abierta, pero él ya se había vuelto hacia Bickslow para hablarle de otra cosa. ¿Cómo podía hacerle una cosa así? Se comportaba como si le hubiera dicho que quería visitar a los dioses del monte Olimpo y no hacer una breve excursión al Palatino. Él podía ir adonde quisiera sin preguntarle, pero parecía que ella era poco menos que una esclava. Ella debía obedecerle y pedirle permiso para todo. Era tan injusto.

Trató de relajarse, pues sabía que si perdía los nervios, se arriesgaba a perderlo todo.

—Sea como sea tengo que volver a casa de mi padre hoy mismo —comenzó a decir Lucy tratando de encontrar la manera de explicárselo sin alertarlo sobre la enfermedad de su padre. Tenía que respetar sus deseos y era evidente que no había querido confiar en su yerno. ¿Cómo podría averiguar ella qué era lo que sabía Laxus al respecto?—. Tengo cosas que hacer allí. Mi padre depende de mí para llevar la casa.

Laxus dejó de hablar y Lucy vio cómo su cuerpo se tensaba.

—Tu cuñada vive allí, así que ahora es ella la que debe llevar esa casa —replicó fríamente—. No veo motivo para que tengas que volver tan pronto. Va en contra de la tradición. No hablemos más de ello, la decisión está tomada.

Lucy se esforzó por mantener la cabeza bien alta. Se negaba a suplicarle y a hablarle de la enfermedad de su padre. Eso no tenía nada que ver con Laxus. Allí estaba él, de pie con las manos en las caderas y esperando que su esposa se limitara a obedecer sin rechistar. Tenía que hacerle entender que tenía intención de llevar el tipo de vida que había llevado hasta el momento.

—Hay muchos motivos por los que tengo que volver. Lisanna no tiene la menor idea de cómo llevar la casa; sólo ayuda a tejer a veces, cuando está de humor, pero no sabe nada de las cuentas ni de dónde se guardan las cosas.

—Parece una mujer inteligente. Como solía decir mi niñera, una mujer desnuda no tarda en aprender a tejer.

—Este matrimonio ha sido muy repentino —intentó Lucy de nuevo, pero con cada palabra que decía se hundía un poco más en el lodo de la mentira—… y quiero asegurarme de que la comida está en su sitio y la lana marcada. No sabes lo rápido que se instala el caos en una casa.

—La villa de tu padre parecía bien provista de esclavos la última vez que estuve allí. Sé por experiencia que si los esclavos han tenido una buena señora, sabrán lo que deben hacer —hizo una pausa durante la que le lanzó una mirada penetrante. Se cruzó de brazos, era el fiero capitán de barco y no el hombre tierno que la había abrazado la noche anterior—. Dime la verdad, Lucy. ¿Por qué es tan importante que vayas hoy precisamente? Si considero que es una razón lógica, podrás ir.

Tendría que intentarlo diciéndole la verdad, pura y dura. Entonces seguro que la dejaría ir.

Respiró hondo y levantó bien la cabeza con intención de luchar. La vida de su padre era lo más importante y para salvarla tendría que romper la promesa que le había hecho. Sólo esperaba que lo entendiera.

—Mi padre está enfermo —admitió en voz baja, pero segura—. Ha sufrido varios ataques.

Laxus enarcó una ceja y apretó los labios.

—Ayer parecía estar perfectamente, repleto de vida. No he oído ningún rumor sobre dichos problemas de salud. ¿Tú has oído algo, Bickslow?

El otro hombre se encogió de hombros y negó con la cabeza. El corazón le dio un vuelco. Parecía que el oro que les había dado a los médicos había conseguido comprar su silencio.

—Tienes que creerme. Ha estado muy enfermo. Lo que ocurre es que… bueno… Natsu y yo lo mantuvimos en secreto —Lucy se apretó las manos. No podía creer lo que estaba pasando; había dicho la verdad y él no quería creerla—. Yo he estado ocupándome de ciertas cosas y no he tenido tiempo de…

—¿Cómo es que tu hermano se fue con Pompeyo estando tu padre tan enfermo? ¿Por qué no se quedó a cuidar de él?

Lucy recorrió el trazado del mosaico con la puntera de la sandalia. De nada serviría intentar explicar el comportamiento de Natsu; ella misma le había pedido que se quedara, pero su padre y él habían tenido una fuerte pelea y Natsu había huido.

—Natsu hizo lo que creía que era mejor. Supongo que sabía que yo nunca dejaría solo a mi padre…

—Tu hermano y tu cuñada te han utilizado —la interrumpió Laxus con la misma fuerza con la que sus manos se agarraban a sus caderas—. Dedica un poco de tiempo a conocer esta casa, a ver cómo funciona, en lugar de volver a tu antigua vida, Lucy Dreyar. Eso fue lo que me pidió tu padre ayer antes de que nos marchásemos. No me desobedezcas, esposa. Tu obligación está aquí.

Lucy lo miró fijamente y de pronto comprendió cómo sería su nueva vida. No tenía derecho alguno. Sería una especie de prisionera.

—Necesito ver a mi padre.

—¿Me harías al menos el favor de decirme la verdadera razón? —le brillaban los ojos y su estatura parecía haber aumentado—. ¿O vas a seguir contándome historias increíbles hasta que dé mi brazo a torcer por puro agotamiento? En sólo un rato me has dado tres motivos diferentes por los que quieres volver a tu antigua casa, pero ninguno de ellas parece urgente, a mi modo de ver.

—Te he dicho la verdad. Mi padre está enfermo y hay algunos asuntos de los que debo encargarme.

—Seguro que puede hacerlo otra persona —dijo frunciendo el ceño y torciendo la boca—. Tu padre tiene esclavos y criados. Ahora dime la verdad.

—¿Por qué no dejas de decir que estoy mintiendo?

—¿Qué es tan urgente como para tener que volver corriendo a tu familia a la mañana siguiente de la boda? ¿Qué es lo que quieres contarle a tu padre?

—Te he dicho la verdad.

Lucy intentó mantenerse firme. Él ni siquiera se había molestado en estar allí cuando ella se había despertado; se había ido a los baños en lugar de quedarse a su lado. Y ahora, sin embargo, que estaba delante su amigo, fingía preocuparse por ella. Tenía un nudo en la garganta, un nudo de lágrimas.

—Tienes que respetar mis motivos —le dijo tratando de mantenerse tranquila. No podía perder la dignidad porque, sin ella, no tendría nada—. Si mi padre decidió no informarte de la naturaleza exacta de su enfermedad, yo debo respetar sus deseos.

—Muy bien —dijo después de un largo silencio—. Debo insistir en que vayas. Aquí hay cosas de sobra para hacer y Jude Heartfilia y Lisanna podrán arreglárselas sin ti durante un tiempo. No van a morirse de hambre.

—Si insistes —Lucy bajó la cabeza.

Debía confiar en que su padre no tuviera otro ataque y que, si lo tenía, Lisanna supiera qué hacer. Tenía que recordar que su cuñada sabía comportarse con sensatez, aunque la última vez se hubiese limitado a desmayarse. Los criados se sentían demasiado intimidados por su padre como para ser de mucha ayuda. Alguien tendría que meterle las pastillas a la fuerza.

—Insisto —la mirada de Laxus se suavizó al decir aquello. También le tendió una mano—. No soy un ogro, Lucy. Ten paciencia. No creo que tu padre espere verte hoy. No está en peligro. Nos casamos ayer, por lo que sabe que hoy estarás conmigo.

Lucy no pudo evitar ablandarse un poco por dentro, pero enseguida recordó que Laxus había preferido irse a los baños a quedarse con ella.

De pronto se le ocurrió algo. Si no erraba los cálculos, Lisanna estaría allí. Le dio las gracias a Juno. Lisanna era una mujer de costumbres; si se daba prisa, la encontraría en los baños, podrían hablar un rato y Lucy podrá explicarle lo que debía hacer. Laxus no podría negarse.

—¿Podría ir a los baños hoy?

Su esposo la miró con gesto de escepticismo y ella se esforzó por mantenerse impasible. Era un pequeño engaño, pero nada serio; además, la había obligado él con su actitud. La excusa no hizo que se sintiera mejor.

—No veo motivo para que no puedas —dijo juntando las cejas—. Los baños de Aventino son conocidos en toda la ciudad por la calidad de sus agua. Yo mismo te llevaré más tarde.

—En realidad había pensado en los baños que hay entre el Circo Máximo y el Palantino —dijo del modo más casual—. Son los únicos que yo utilizo y la gente me conoce.

Se quedó en silencio, esperando una respuesta.

Cada músculo del cuerpo de Laxus permanecía en tensión.

Era evidente que Lucy ocultaba algo. Había otro motivo para que quisiera ir a los baños y Laxus lo sabía con la misma certeza con la que conocía el puerto de Ostia. Parte de su éxito en los negocios se debía a su habilidad para interpretar los rostros de la gente.

—Deja que vaya, Laxus —intervino Bickslow—. Seguramente haya una peluquera a la que quiere ver. Ya sabes cómo son las mujeres; el peinado equivocado y están de mal humor durante días.

—Bickslow, tardará mucho en llegar allí —le dijo Laxus a su amigo. Hasta que adivinara qué pretendía, tenía intención de apartarla de sus costumbres de siempre—. Todos los baños son iguales.

En cuanto hubo pronunciado aquella palabras vio cómo la luz abandonaba el rostro de Lucy.

Las palabras de Precht habían sido proféticas. Lucy había querido ver a su padre de inmediato, sin siquiera darle oportunidad de hablarle del incendio. Ni siquiera le había preguntado dónde había estado. Se había empeñado en ir a casa de su padre dando una serie de razones poco plausibles. Ahora no le bastaba con ir a los baños más cercanos, sino que quería ir a los que había cerca de su antigua casa. ¿Por qué actuaba de un modo tan sospechoso? Laxus lamentó de pronto haberse apiadado de ella la noche anterior, pues parecía empeñada en encontrar una razón por la que anular el matrimonio.

—Yo iré con ella —se ofreció Bickslow.

Le pareció ver lágrimas en el rostro de Lucy, pero ella apartó la mirada antes de que pudiera comprobar si era cierto.

—No, no hace falta. Puedo utilizar los de aquí.

—Si así lo deseas —Laxus miró al punto en que su cabello se unía con la espalda. Se debatía entre el deseo de consolarla y la necesidad de que su matrimonio siguiera adelante con éxito.

—Gracias —dijo antes de salir casi corriendo.

—¿Por qué has hecho eso, Laxus?

—¿Hacer qué? —preguntó Laxus con la mirada clavada en la puerta.

Se había comportado como una verdadera Heartfilia. Había deseado creer que aquella mujer no tenía nada que ver con las historias que siempre había contado su padre de los Heartfilia. Había visto su valentía y su sentido del honor aquel día en el estudio de su padre y había tenido la total certeza de que era diferente.

—¿Prohibirle que viera a su familia? —dijo Bickslow—. ¿O se trata de otra tradición romana que yo ignoro?

—Está mintiendo. Tú oíste a Precht tan bien como yo. Dijo que Lucy pediría ir a ver a su padre tan pronto como pudiera.

—Lo había olvidado —Bickslow abrió los ojos de par en par—. Siempre he creído que las Furias lo volvieron loco tras la muerte de su hijo y la verdad es que no suelo prestar mucha atención a sus peroratas.

—Siempre ha sido un fiel servidor de mi familia. Tiene mucha experiencia y quizá tenga motivos para ser cauto. Si mi padre hubiese seguido sus consejos sobre el padre de Jude, quizá hubiese evitado la proscripción.

—Debo admitir que Lucy se había mostrado muy insistente. Las mujeres son criaturas extrañas… una especie completamente distinta a la nuestra. Es curioso que haya dicho que su padre estaba enfermo… ¿no estaba en el senado el otro día?

—Y no parecía estar enfermo. Más bien al contrario; de hecho dijo varias veces lo contento que estaba de haberse recuperado por completo. Fuera cual fuera la dolencia que sufrió a principios de año, parece haberla superado.

—Precht dijo que Heartfilia podría haber puesto algo en el contrato —recordó Bickslow en tono pensativo—. Pero, por el tridente de Poseidón, no se me ocurre qué podría ser. Tú eres demasiado inteligente para eso.

—Anulación por no haberse consumado el matrimonio.

—Pero tú te acostaste con ella, ¿no? —Bickslow abrió los ojos de par en par—. Lucy no mentiría sobre algo así. He visto cómo se le han ruborizado las mejillas cuando has entrado en la habitación.

Laxus miró los frescos en las paredes, donde se representaban los jardines de su infancia.

—Ese incendio fue provocado —dijo, evitando la pregunta—. Nuestro almacén fue lo único que ardió en la zona. Descubrí otra maldición en un lateral de la casa al volver. Y ahora, encontra de todas las tradiciones, mi mujer quiere ir a ver a su padre.

—Sentí mucho tener que sacarte del lecho nupcial. ¿Qué debería haber hecho?

Laxus no se molestó en decirle que cuando lo llamaron estaba de pie junto a la ventana. En ese momento no sabía a quién despreciaba más, a Lucy por aceptar aquel matrimonio o a sí mismo por desearlo. En cualquier caso, no iba a permitir que lo engañaran.

—Hiciste lo que debías, Bickslow —dijo metiéndose una uva en la boca—. Los sacerdotes han decidido que el fuego era un buen augurio, un nuevo comienzo. El que quisiera utilizar ese incendio contra mí no ha ganado nada.

—Lucy vino buscándote, pero me encontró a mí. Quizá sintió que no la deseaba.

—¿Por qué iba a creer algo así? Me he casado con ella.

—Las mujeres son así, Laxus —dijo su amigo encogiéndose de hombros—. Quizá le molestó que no estuvieras aquí cuando despertó o que te hubieses parado a lavarte de camino. Si comprendiera la mente femenina, sería rico.

Laxus movió el hombro con dolor y deseó haberle pedido el ungüento a Lucy. Le dolía todo el cuerpo de buscar entre las ruinas y de realizar los rituales. Esperaba que todo aquello hubiera terminado, pero lo cierto era que, después de haber leído las maldiciones, dudaba que así fuera.

—Hasta que sepamos quién está detrás del fuego y de las maldiciones, quiero que Lucy se quede en casa, a salvo. Conmigo. Quiero ver qué hace a continuación.

—¿Qué más podría hacer?

—Intentar ponerse en contacto con su cuñada.

—¿Y qué harás tú en ese caso?

—Capearé el temporal si tengo que hacerlo, pero esta vez los Heartfilia sucumbirán ante los Dreyar.


Lucy se llevó el rollo de papiro junto a los labios y resistió la tentación de andar arriba y abajo de la habitación. Normalmente adoraba adoraba la historia de Psique y Cupido, pero aquel día no le estaba proporcionando el placer de siempre. Había cometido un gran error en su confrontación con Laxus y lo sabía.

Debería empezar a contarle la verdad. Ésa había sido su intención en un principio, pero después había empezado a pensar que a él no debía importarle cómo estaba su padre. Tampoco entendía por qué no le permitía visitar a quien quisiera. Dudaba mucho que a un hombre como Laxus le importase realmente la tradición.

En cualquier caso, Lucy no deseaba que los enemigos de su padre supieran nada de su enfermedad. Bien era cierto que ahora formaba parte de la familia Dreyar, pero no por ello había dejado de ser una Heartfilia. Laxus tenía que comprenderlo.

Sólo esperaba que Lisanna entendiese la tablilla que le había enviado y acudiera de inmediato. El mensaje era algo críptico, pero no le había quedado otra opción después de que Laxus se hubiese negado a escucharla. No iba a sacrificar a su padre sólo porque su nuevo esposo le prohibiese por capricho que volviera a su casa.

—¿Por qué le has pedido a tu cuñada que venga a verte, Lucy? ¿Sin retraso y para tratar un tema urgente?

Lucy dejó el rollo en la mesa con una mano temblorosa y se puso en pie. Laxus la miraba desde el umbral de la puerta con gesto grave. La tablilla que Lucy había escrito hacía más de una hora estaba en su mano y no de camino a casa de su padre.

—¿Hay algún motivo por el que no deba hacerlo? —preguntó con voz firme y serena, como correspondía a una matrona romana—. Somos amigas y, como no me has dejado que fuera a visitar a mi padre ni a los baños, pensé que sería agradable que viniera a verme alguien de la familia.

—¿El día después de tu boda?

—¿No pretenderás aislarme de todos mis amigos?

—No pienso responder siquiera a tal pregunta. Si eso es lo único que vas a decir…

Lucy cambió de postura. Por Juno, parecía muy ofendido.

—Lo siento. Sé que nunca has dado a entender nada parecido. Mi familia es muy importante para mí y no sé qué problema hay en que invite a Lisanna a tomar un té conmigo. Además, ¿quién te ha dado derecho a leer mi correspondencia privada?

Esperó una respuesta, pero Laxus se quedó allí, en silencio. Su rostro no delataba emocional alguna. Lucy habría deseado volver a la cercanía de la noche anterior; aquel hombre comprensivo habría sabido entenderla ahora también.

—Mis serpientes me dicen todo lo que ocurre en la casa. Si mi mujer manda una tablilla pidiéndole a su cuñada que venga a verla urgentemente, me preocupo. ¿Qué te ha pasado que necesites contarle con tanta urgencia?

—Hay una explicación muy sencilla —lo miró unos segundos y comprendió por qué lo llamaban Lobo de Mar y por qué había mucha gente que se sentía intimidada ante él. Pero ella no iba a dejarse intimidar—. Como no me has dejado ir a ver a mi padre, me pareció que lo mejor era pedirle a Lisanna que viniera para explicarle qué es lo que tiene que hacer exactamente si mi padre tiene otro ataque.

Laxus enarcó una ceja.

—¿Por qué no me has pedido que le enviase una nota?

—Antes no has querido escucharme —dijo ella apartándose cuando él se acercó—. No sé qué es lo que crees que pretendo hacer, pero mi padre ha estado enfermo y, no sé cómo, las pastillas que tiene que tomar si tiene un ataque acabaron entre mis frascos.

Por la expresión de su rostro, seguía sin creerla.

—Jude Heartfilia nunca mencionó nada de eso, parecía estar en plena forma. ¿Por qué habría de creerte?

—Estoy diciendo la verdad —insistió con gesto de impaciencia—. Estuvo muy enfermo. Por eso vendí el vino… para pagar a los médicos y comprar su silencio. Me lo preguntaste antes y no pude darte una respuesta, ahora te la estoy dando. Vendí el vino para salvarle la vida a mi padre y no me arrepiento de ello.

—¿Y las pastillas? ¿Dónde están?

—En mi tocador.

—Si me las das, me encargaré de que alguien las lleve —dijo estirando la mano abierta.

Lucy no esperó un momento a llevárselas, en cuanto las vieran se daría cuenta de que no le había mentido. Estaba deseando ver su cara y escuchar sus disculpas.

—Aquí las tienes —le dijo—. Si me das un momento, escribiré las instrucciones.

—¿Tu padre no sabe cómo tomarlas? —preguntó con incredulidad mientras ella anotaba en una tablilla de madera—. ¿Por qué no le enviaste las tablillas directamente sin tanto misterio?

—Quería asegurarme de que Lisanna sabía qué hacer — levantó la mirada de la tablilla y vio que Laxus tenía enarcada una ceja, pero ahora parecía entretenido con la situación—. Me da la sensación de que mi padre apenas recuerda nada del primer ataque. Los médicos lucharon mucho para salvarlo y… Lisanna nunca presta demasiada atención a lo que hacen los demás.

—¿Y qué te hace pensar que esta vez sí lo hará?

—Que no le quedará más remedio. Ahora es la señora de la casa; tendrá que hacer algo más que arreglar las flores y chismorrear con sus amigas.

Laxus agarró el paquete y siguió observando a Lucy mientras escribía con determinación. Enseguida le dio la tablilla y Laxus pudo leer el contenido, no eran más que unas precisas instrucciones. Quizá Bickslow tuviese razón y Pretch hubiese estado alterado por el fuego. ¿Había puesto en peligro su matrimonio por nada?

Un segundo después había enviado a un mensajero a llevar el paquete a casa de su padre. Se quedó observando a Lucy en busca de algún indicio de nerviosismo, pero lo miraba desde el centro de la habitación con gesto acusador. Muchas mujeres ya habrían roto a llorar, pero Lucy era diferente, no parecía tenerle miedo a nada. Le había plantado cara.

—Todo solucionado, no eran necesarias tantas complicaciones —le tendió las manos y sonrió, pero ella se quedó donde estaba—. La próxima vez sólo tienes que pedirlo.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Él asintió con una sonrisa.

Después de varios titubeos, salió de su boca una pregunta inesperada.

—¿Por qué no hay mujeres?

—No comprendo —creía que le pediría un brazalete o quizá un vestido nuevo, como habían hecho más de una vez las viudas de Baiae.

—¿Por qué no hay ninguna mujer en esta casa? Todos los sirvientes que he visto son hombres.

—¿Eso te supone un problema? —ni siquiera se había parado a pensarlo, pero ahora le parecía evidente que su mujer necesitaría una criada, compañía femenina—. Todos mis sirvientes son marineros retirados. Están hechos a mis costumbres y las mujeres pueden suponer una distracción.

Lucy deseaba preguntarle si ella también era una distracción, pero por el modo que se había comportado por la mañana, era evidente que no era así. Sin duda Laxus tenía intención de seguir adelante con la misma vida que antes.

—Pero no temas —siguió diciendo él sin percibir su enfado—, te obedecerán y, si no, tendrán que responder ante mí.

—Ninguno me ha dado el menor problema, pero me gustaría tener alguna criada que me ayude con el pelo. La mía se ha quedado con Lisanna.

Laxus la miró y con un gesto le pidió que continuara hablando. Lucy imaginaba lo que estaría pensando, lo extraño que era que la hija de un senador tuviese que compartir criada. Su único consuelo era que no sabía nada de los problemas económicos de la familia.

—Has dejado a tu criada con tu cuñada, la que pasa el día chismorreando.

—Spetto y Lisanna se llevan muy bien y yo pensé que tú tendrías alguna sirvienta que pudiera ayudarme —terminó de decir con la cabeza bien alta para que no sospechara.

—Perdóname, debo admitir que no reparé en ello.

—Hoy me las he arreglado sola.

—Y muy bien —dijo apartándole un mechón de la cara—. Me gusta más así que con el peinado que llevabas ayer o el día del compromiso.

Lucy sintió una extraña sensación de placer. Le gustaba su sencillo peinado… Pero aún no estaba preparada para perdonarlo. Lisanna y Natsu también intentaban a menudo convencerla de algo a través de halagos.

—Necesitaré los servicios de una criada tan pronto como sea posible. Este peinado está bien para estar en casa, pero tendré que salir y reunirme con mis amigas. Supongo que querrás que tu esposa esté a la altura de las modas.

—Veré lo que puedo hacer —dijo Laxus pensando ya en la persona perfecta para el trabajo. Así podría ayudar a la familia de Pretch y derrumbaría las barreras que el viejo guardia parecía haber levantado hacia Lucy—. Pero no podrá ser hoy. No hay prisa, nadie espera que unos recién casados inviten a nadie ni salgan a cenar.

La expresión de su rostro cambió de pronto. ¿Qué había hecho ahora? Sólo intentaba tranquilizarla.

—¿Se supone que tengo que quedarme aquí sola y sin criada?
—Por el momento, sí —se pasó la mano por el pelo y enseguida trató de arreglarlo—. Sólo hasta que pueda organizarlo todo. Pero creo que ya tengo a la chica perfecta.

—¿Cuánto será eso? ¿Un día? ¿Dos? ¿Y por qué no puedo elegir yo a quien quiera?

—Tenemos que hablar de un par de cosas —Laxus se cruzó de brazos y se dispuso a ponerla al corriente del peligro que corrían. Tenía que descubrir quién había escrito esas maldiciones y había incendiado el almacén, hasta entonces no quería que Lucy saliese a la calle libremente. Pero tampoco quería asustarla, tenía que elegir las palabras con cuidado—. Quiero explicarte…

—Pensé que querías una esposa, no una esclava.

Lucy se dio media vuelta y Laxus se quedó mirando al vacío que quedó cuando ella se hubo marchado.

Sólo había dado unos pasos cuando se detuvo y se llevó las manos a la cara. ¿Qué había hecho para merecer un trato así? ¿Qué pensaba Laxus que haría si iba a visitar a su padre? ¿O si elegía a su propia criada?

No tenía ningún sentido. No era mucho pedir, sólo un motivo. Hasta que se lo diera, se comportaría como una prisionera y buscaría cualquier oportunidad para huir.