Previously on ''Sebastian'' chapter
—Dos a tres semanas. Un poco menos si agregamos minucias como la luz.
—¿No es mucho eso? Puede ser una semanita, pero ¿tres?
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—¿Desde cuándo que el flaco es tan amable? Porque conmigo no lo es.
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—¿Q-Qué pasó?
—¡Artigas!
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—Asegúrate que Martín no se haya fugado.
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—Aquí tenés, ¿como están por casa? ¿Mi vieja me sigue insultando?
—Sólo te menciona... Pero estaría re orgullosa si supiera lo que hacés. Pero hay otra cosa de la que te quiero hablar. Vení, sentate.
Martín traga saliva porque eso significan muchas cosas, entre ellas que los ejércitos van a ralentizar el trabajo, van a irrumpir con supuestas «batidas» y a violar a todo el mundo. Arruga la nariz.
—¿Y que... Que vas a hacer vos?
—Yo quiero protegerte. Tenemos inmunidad diplomática... Pero no aquí —Sebastián le mira significativamente—. Pero quizás no sea necesario porque una vez que el ejército argentino entre en territorio peruano, ¿cómo sabés que no se darán vuelta la camiseta, eh? —le presenta el problema que le insinuó a Miguel.
Rueda los ojos.
—De algo hay que morirse —sentencia—. Dejate de preocupar por mí, si hay guerra ya veré a donde fugarme, quizá hasta me compren antes.
—Tu posición es ambigua, Martín, no comprendés. Saben que hay alguien con acceso a gente importante, ¿y si algo sale mal? ¿Y si te quieren callar? Y no hablo de los peruanos solamente.
—¿Y que querés? ¿Que me largue a la Argentina, tan tranquilo, sabiendo las atrocidades que pueden hacerle a todos? ¿Y qué pasa si yo puedo ser un nexo para revertirlo? —es que Martín es así de iluso... Empezando a molestarse.
—Tendrías que tener información importantísima e inédita —le responde Sebastián, burlón—. Esperá... No te has estado guardando información, ¿verdad?
Le mira con los ojos entrecerrados.
—La tengo —no, es que, él con tal de dar la contra... Aunque no duda en encontrar al político del imperio atacante que le prometa vivir en una isla en otro continente, con tal de facilitarle algunos planos de naves y barcos. Sonríe leeeeeve de lado—. Claro, mirá, justo en la carta te redacto exactamente la información que me dio el inglés, pelotudo, andá, mirá qué bárbaro soy —gesto con todos los dedos juntos, ese que le haces a un italiano para decirle idiota.
—Pensé que le odiabas —Sebastián le sonríe un poco—. Nunca comprenderé cómo lo hacés para descubrir esas cosas —muuuuucho alcohol y el ego de un hombre, Sebastián.
—Con mi boca, con mi cuerpo, con mis ideales, manipulación —se cruza de piernas, mirando—. Le odio, tenés razón, cada vez que lo veo me dan ganas de vomitar todos los órganos que llevo dentro, pero más gano de él cuando controlo sus instintos más primarios —sonríe taaaaan sexy él, porque le sale así tan natural como los modales aristocráticos.
Sebastián, por un instante, siente miedo de su primo. Debe recordarse que es de la rama argentina de su familia, que es de los que consiguieron que sus propiedades fueran respetadas cuando Uruguay sucumbió.
—Volveré la próxima semana, con los hechos más encima. Cuando sepamos cómo evolucionan las cosas —le promete. Martín asiente, moviendo el zapato.
—Podés demorarte, que sin la información no me servís de mucho —habla brusco, pero sí quiere a Sebastián, es más, debería estar acostumbrado.
Mientras conversan, Miguel se separa de Manuel y camina hacia el mueble. Jalándole del brazo. Manuel le sigue, sin comprender tanto problema. El peruano se sienta sin soltar la mano de Manuel, la pone en su muslo y cierra los ojos.
—Es que están surgiendo... Problemitas —lo dice como si fuera soft.
—Problemitas... ¿Problemitas como qué problemitas? —le pregunta inclinándose sobre él porque no se ha sentado.
—Problemitas —suspiro—, que me han planteado, como los contras de confiar en el ejército argentino una vez que llegué aquí.
—Ah... —Manuel no se entera de nada—. Eso les pasa por confiar en un lobo disfrazado de oveja.
—No entiendes nada, Manuel. Mejor anda a jugar naipes... —lo siento, pero es que está un poco fastidiado. Le quita la mano suavecito.
—Podrías hacerme entender —le responde un poco ofendido.
—Ay, pero el tema es larguísimo. Quizá te cuento más tarde —se masajea las sienes.
—Bueno... —mira a Miguel, preocupado. Éste deja caer la cabeza a un lado del sofá, más cerca de Manuel.
—¿Por qué se demoran tanto? Me ponen en tesión —susurra.
—Ve a tocarles la puerta —le sugiere Manuel de forma bien... Directa.
—No quiero ser metiche... —se lameeeeenta Miguel.
XxxOxxX
Es de madrugada, cuando todos los clientes han sido despedidos. Manuel sube las escaleras con cuidado, tras asegurarse de que Miguel duerme. Pasa junto a las puertas de la habitaciones sin encender ninguna luz, conteniendo la respiración. No era su intención realizar esta visita tan pronto, pero debe hacerlo porque a partir del día siguiente será imposible por algún tiempo. Al llegar frente a una habitación en específico, llama a la puerta con los nudillos con la fuerza justa.
Martín trata de dormir, boca abajo, cierra los ojos tratando de bajarle el switch a su cerebro para dejar de soñar tantas pelotudeces sin sentido, pero la verdad es que ni pizca de sueño tiene, todo es cansancio. Oye un toque a una puerta cercana, porque el oído se te afina cuando eres el único despierto.
Luciano deja entrar a Manuel, con sólo la lucecita de una lámpara encendida. Cierra la puerta suavemente, con tan mala suerte que el pestillo no toma la incisión en la madera de la puerta. Es decir, desliza apenas unos milímetros que ni Manuel ni Luciano notan. El chileno camina hasta la cama, en dónde se sienta.
Martín se yergue en la cama al escuchar el sonido de la puerta abrirse, frunce el ceño, ¿será Antonio? ¿Lo habrá buscado Francis? Sonríe. Quizás pueda ganarse con algo, saca las piernas de la sábana y camina hacia la puerta, sale del cuarto, cerrando suave. Entrecierra los ojos cuando observa salir luz del cuarto de Luciano. Va hasta allá. Y se arrodilla en muuuuucho silencio en esa pequeeeeeña abertura.
Luciano está acuclillado frente a Manuel, conversándole.
—No pensé que fuera a pasar algo así, pero creo que podré manejarlo.
Manuel asiente con la cabeza.
—¿Cómo me enteraré de lo que debo enterarme?
—Señor, no es necesario que se entere.
Martín, también de cuclillas, abre mucho los ojos. ¿Qué no es necesario que se entere? Frunce el ceño, quiere vociferar un QUÉ gigante porque su mente trabaja a la velocidad de la luz con ese cacho de conversación.
—De todos modos —agrega Manuel—, Miguel tiene un corazón de abuelita con Martín, seguro te libera antes de tiempo —carraspea—. Sea como sea, buscaré la forma de mantenernos en contacto.
Martín está WTF al cuadrado. Y tira la frente a la puerta, sin querer. Manuel levanta las cejas.
—¿Oíste algo? —le pregunta en un susurro a Luciano.
Luciano niega con la cabeza, pero mirándole dudoso, ya que el espionaje tiene antecedentes...
—No, señor Manuel.
Martín está «lareconchalaloraputamadreojalaquenohayanoído» y suda frío, mirando al flaquito de Manuel, quien se encoge de hombros, mirando en silencio a Luciano. Se mantiene así un momento, repasando que no se le olvide nada antes de irse... Quiere preguntarle qué exactamente le enviaron a hacer los brasileños, pero eso sería demostrar su punto débil: Que no está tan informado sobre los movimientos del imperio vecino como le gustaría estar. Tampoco insiste en lo del sonido porque el piso es de madera y los cambios de temperatura nocturnos causan ruidos comúnmente.
Luciano se levanta, con su batita traslúcida, para fijarse si hay alguien tras la puerta.
—¿Quiere que me asegure, señor...? —pregunta de todas maneras. Martín abre la boca, asustado y en suspenso porque Luciano se ha detenido muy a cinco metros de la puerta. Manuel sale de su pensamiento.
—¿Ah...? No, sólo tendré cuidado al salir, de que no me vea nadie —se pone en pie—. ¿Algo más que quieras decirme? Quizás después no podamos —le mira con cara de circunstancias. Luciano asiente con la cabeza, olvidándose del ruido. Martín ya se ha puesto de pie igual, sin irse.
—¿Hasta cuando tendré que espiarle? ¿A que hora le dejo los informes? —pregunta Luciano, en susurros.
—A fines de la próxima semana se devuelve a Brasilia el grupo de negociación —que vinieron a hablar sobre economía Perú-Brasil, seguramente—. Para entonces ya deberías tener un primer informe general, yo mismo en persona lo entregaré —Manuel le mira serio—. Cualquier orden que recibas desde arriba, te la haré saber.
Luciano se muerde el labio y cambia de dirección la mirada. A una pared.
—¿Y que recibo yo a cambio, señor? —oh, no... Lucianito.
Martín abre más los ojos, pensando «espiar a quién... Con que por ahí iba la cosa, hijo de puta, ¿querés una trompada a cambio?».
—¿Servir a tu patria? —Manuel levanta una ceja—. Desconozco si te pagarán tus Altos Mandos, pero para mí eres un muchacho más al que le di trabajo, y al que de vez en cuando le hago el favor de entregar una carta en su nombre —dice casi sin separar los labios, y sin tono irónico, esperando que quede claro el mensaje. O sea, se lavará la manos si algo malo ocurre.
—Pero señor... A mí ellos no me han pedido nada, esto me lo esta pidiendo usted —insiste Luciano, porque él estaba fuera de esto.
Manuel le mira, comprendiendo, y sólo asiente con la cabeza... Lo que no significa nada realmente, salvo que se pensará el darle alguna clase de pago extra por estos favores. Tendrá que buscar una forma para que Miguel no se entere de ello.
—Hablamos luego de eso —anuncia, pensando que mañana mismo irá a pedir que piensen en el muchacho amante de su patria que está arriesgando su vida por conseguir alguna información de utilidad... La exageración quizá le ayude a conseguir alguna clase de sueldo para Luciano que le libre de cualquier sospecha de Miguel, aunque, de todos modos, quien se encarga de las cuentas es él.
Luciano asiente, algo inconforme.
—Está bien, señor, yo estaré a su disposición —se cruza de brazos en el pecho, temblando un poquito.
Martín se queda ahí donde está. Decide que no se va a mover. Es más, espera con una sonrisa. Tiene un secreto gooooordo del flaco.
Manuel se despide y camina hacia la puerta, pone la mano en la manija. La gira y se voltea hacia Luciano.
—Por el momento, basta con que copies las cartas de Martín. Si las destruyes, sería un problema —le instruye en lo más básico—. No le dejes hablar con nadie sospechoso, y si lo hace, toma buena nota de lo que se dicen, incluso aunque parezca innecesario.
Luciano vuelve a su cama.
—Guardaré toda evidencia, señor.
Manuel asiente con un ruidito y abre la puerta. Sale hacia el pasillo oscuro.
—Ah, mirá vos, ¿el sabor de mi sudor también querés? —le da la bienvenida la voz de Martín al corredor, apoyado en una pared. Lo ha escuchado todo.
A Manuel casi le da un infarto, cierra la puerta detrás suyo, disimulando, y sigue su camino hacia las escaleras.
—Cualquier indecencia que estés insinuando no merece ser escuchada —intenta guiar la conversación hacia el área que, piensa, se refiere Martín: Que está en la habitación de Luciano por sexo. La mención al sudor apoya esa idea. No sabe que Martín escuchó, tampoco se dio cuenta de que la puerta estuviese semi abierta, ocupado en instruir a Luciano.
Martín suelta una risa irónica, dándole el alcance y camina hacia las escaleras.
—¿Indecencia? Yo al menos no pido a un tercero que no destruya tus cartas, ni le pido que no te deje hablar con alguien sospechoso —reclama, en voz baja, mirándole el perfil y tratando de perseverar con la calma. No quiere despertar a nadie, igualmente—. Sos un tremendo caradura —agrega.
Manuel siente frío en la espalda. Baja las escaleras.
—¿De qué estás hablando, Hernández? —la distancia en el apellido. Frunce el ceño con el insulto y respira profundo. Baja los últimos peldaños con más rapidez. Sus zapatos resuenan cuando llega al primer piso. Martín, indignadísimo, baja con más rapidez, cuando está enfrente de Manuel, lo empuja contra una esquina, bye paciencia con oír su apellido.
—Ahora me decís así, boludo. Pero bien que sabés de lo que te hablo —le aprieta una mano en el pecho—. Decime que mierda hacés coaccionando al negro ese para que me espíe.
Manuel hace fuerza intentando soltarse, le pone las manos en los hombros.
—El burro hablando de orejas —le sale con la voz casi sin aire, resultado del golpe que se dio contra la pared. Está oscuro, entra la luz de la media luna entre las grandes cortinas, a varios metros de ellos.
Martín bufa y le pega más el cuerpo, haciendo presión para que no escape.
—Dejate de pelotudeces, Manuel —advierte, tratando de cogerle la muñeca—. Que esto no te lo voy a aguantar, soy capaz de contarle a Miguel, ¿cómo te pondría eso? —Martín sabe que provocar es su mejor arma, mirándole directo a los ojos.
—¿Y qué crees que hará Miguel? —le mira con intensidad, la presión le impide respirar correctamente—. ¿Qué crees que me hará Miguel? —desliza una mano sin cuidado alguno hacia su cuello, sin dejar de empujar, aprovechando el apoyo de la pared.
Martín sonríe de lado, y se acerca a su oído. Respirando ahí muy cerca, como si estuviera acariciándole.
—Un castigo ejemplar, ¿estás dudando, vos, de las conexiones de Miguel? Uy, no, eh... —se repega más—. Tendré que comentarle eso, también, quizá te venda a algún chino, y te maten de hambre —destilando la pasión latina en cada letra.
La perspectiva de Miguel vendiéndolo... Da igual a quién, vendiéndolo, paraliza a Manuel.
—No lo hará —intenta mantener el agarre en su garganta—. Tengo motivos —aún así, siente que sus tendones pierden fuerza. Miguel no lo haría, por más que Manuel le pague mal en algún momento... Y Martín lo sabe, pero Manuel teme igual.
Martín le sopla el cabello atrás de su oído.
—¿Motivos de qué? Sos sólo carne comercial, se pudre y hay que botarla —siiiiigue, todo venenoso, y Manuel, definitivamente, deja de presionarle la garganta, y de empujar. Tiene el corazón acelerado, pero ya no por el calor de una discusión, sino por un frío que no se explica.
—No —niega... Y esto es doloroso porque para Manuel su relación con Miguel trasciende el de señor-prostituto, llega ya a ser concubinaje—. ¿Qué sabrás tú? —le da un empujón. Uno sólo, como un intento.
Martín retrocede un poco, muy entretenido con las reacciones de Manuel, pero deja la barbilla en su hombro. Traga saliva y le da un beso en el cuello, en la yugular.
—Sé tanto de vos que te hago dudar —le contesta con su aliento en la piel. Parece un beso de Judas, y Manuel siente un escalofrío.
—Hijo de puta —aprieta los ojos y los dientes—. ¿Quién? —«te contó», eso fue años antes de que Martín llegara, sólo podrían saberlo Julio o alguno de los muchachos que eran chiquillos y estaban recién llegados cuando ocurrió, es lo que quiere decir. No hay que mencionar que llegada cierta edad deben renovar a los que trabajan allí, no por nada los venden, como una forma de no quitarles la protección que les dieron cuando aún eran... Comerciables.
—Yo empecé con el cuestionario, flaquito —muerde, saca la lengua y recorre ahí. No le va a contar, definitivamente, que él mismo fue quién buscó los documentos, en el despacho de Miguel, que avalarán la «broma» que Julio soltó una vez refiriéndose a Manuel. Le ardió todo el cuerpo, en satisfacción, cuando lo confirmó—. Vos te portás bien conmigo y yo, puede, que te sea útil. Por no decir que te dejaré mierda inutilizable ante Miguel si seguís de gallito, boludo. Mirá por lo que te conviene.
Manuel no contesta, incapaz de reaccionar ante la amenaza por una parte y el lenguaje corporal por otra, necesita concentrarse en reaccionar a una de las dos, (pero atacar físicamente a Martín y que se vaya con el cuento donde Miguel no es una opción). Guarda silencio, recién la impresión comienza a dejar paso a un pensamiento racional.
Sólo se oye la respiración de Martín, quien tiene frío en los pies, salió sin babuchas de su cuarto. Cierra los ojos, sin dejar de hacer presión en Manuel.
—¿Por qué me obligás a decirte cosas tan feas? ¿Más vale el secreto detrás de espiarme que tu dignidad? —susurra, con la impotencia que desprende parece que se quisiera echar a llorar.
—No te voy a contestar —si supieran ambos, que así como Martín tiene la esperanza de darle una oportunidad a Miguel y los demás si se queda, Manuel busca la simpatía de la única no amenaza extranjera (a sus ojos). Definitivamente no confía en los argentinos, les tiene un odio visceral e instintivo, y está convencido de que Perú no podrá resistir por mucho tiempo ninguna invasión, la que, de ser del norte, es posible escapar hacia el sur y el éste—. Ahora suéltame, mierda.
Martín traga saliva, esperando, intenta mirarlo a los ojos a pesar de ser eso imposible.
—¿Qué te hice? ¿Por envidia lo hacés, por querer truncarme el futuro con alguien, hijo de puta? —sigue insistiendo, Martín se sofoca cuando las respuestas se ponen rebeldes. Lo coge de su cintura. En realidad, no tiene porque hacer estas cosas, Manuel y él no tienen ni el presente mezclado, sus caminos no se unen. Martín está donde puede aprovechar una buena vida, dependiendo del bando al que se arrime, lo va a lograr. En caso de que la guerra estalle, tiene que fortalecer sus conexiones desde ya. Pero Manuel le da una curiosidad malsana—. No te voy a soltar —le acaricia, con la punta de su nariz, el cuello.
—Con quién vas a tener un futuro vos, si ni sabís lo que es querer a alguien —se están poniendo pasionales.
Martín se ríe.
—¿Hasta ahí ha llegado el negro a espiarme? —se aleja despacio de su cuello, tratando de enderezarse.
Manuel eso no lo entiende. Se escucha su respiración acompasándose cuando ya no le siente encima. Sinceramente, lleva mucho sin ser tocado por alguien que no sea su pareja, no es parte de su vida diaria que le pasen la lengua en el cuello y le hablen así al oído... Casi había olvidado como era la sensación de la sensualidad espontánea y descarada hacia su persona. Ahora sí le mira a la cara, con rostro serio.
—No sé en qué negocios raros has metido a Miguel, pero lo voy a averiguar —le hace saber—. Y una vez lo haya hecho, lo sacaré de allí y de tu mala influencia.
Martín retira las manos de su cintura. Ahora si más lejos de Manuel, suspira.
—¿Sacarlo vos? —sonríe, mirándole como si fuera un niño de cinco años que le dicho «bueno, los salvaré de la guerra» y menea la cabeza, Manuel le mira en silencio, intentando comprender algo, ver algo que Martín ve y él no—. Debes estar sonámbulo vos, andá a seguir calentando la cama de Miguel, que es a lo máximo que llegás —le guiña el ojo, burlándose, definitivamente, y Manuel le tira un puñetazo al estómago en cuanto ve el guiño. Reacción inmediata.
Martín retrocede con el golpe, cómo ha dolido... No se lo esperaba, aprieta los dientes para no gritar. Y sin dejar de mirar a Manuel, ríe.
—Las verdades duelen, ¿eh?
—¡Cállate, mierda! —sí, está usando la palabra como apelativo. Se olvida de bajar la voz. Martín le da un señor empujón a Manuel, harto.
—Que se calle tu vieja.
Mejor retirarse antes de empezar una pelea, así que Manuel da un paso hacia la puerta que da al corredor. Le dan ganas de preguntarle a Martín si sabe que su cabeza tiene precio. Si Miguel acaso se lo ha dicho (y a nadie sorprendería, sea dicho, que la de Miguel también, con todo lo que sabe).
Martín está cegado de cólera llegado a este punto.
—Maricón, me olvidaba que si no estás bajo las polleras de Miguel, sos un maricón —le mira, alguien pare a este argentino. Manuel se muerde la lengua, porque si dijera algo Martín podría hasta huir. Sus hombros se tensan, sin embargo, mientras camina hacia la puerta que lleva al pasillo, escuchándose paso a paso.
Martín se queda de pie, con cólera contenida. Va a subir a su cuarto, después de pasear por el muelle. Manuel, por su parte, abre la puerta. Se detiene un momento, abre la boca para decir algo y tener la última palabra... Pero se aguanta la rabia.
XxxOxxX
A Martín le pica ese grillete en la muñeca, le dan ganas de arráncarselo apenas Miguel se asegura del click y susurra «tranquilo, muchachón, esto va a acabar rápido». Se horroriza cuando siente, el mismo sonido del metal, con Luciano a su lado.
Luciano mira el grillete con gesto adusto, los labios fruncidos. Le recuerda a la esclavitud de la que se salvó por sólo unos años, cuando en Brasil se abolió como parte de las políticas del imperio. Su abuela le ha contado historias de ese entonces. Manuel está a unos pasos, como la sombra de Miguel, de brazos cruzados, mirando la escena.
Miguel trata de sonreír para aliviar el momento.
—No se las he ajustado tanto para que no queden marcas después...
Martín suspira y se acomoda el cabello, bajando la mano con el grillete.
—Bueno, vos saca tus cuentas quién podría hacerme daño con esta mierda —declara y no se refiere precisamente a Luciano.
—Don Miguel, así sueltas dañan más la muñeca porque el roce es mayor —dice Luciano, ignorando a Martín (pensando que van para él sus palabras). Manuel levanta las cejas por el dato. Se sonroja. No sabemos en qué está pensando, aunque todos lo sospechaaamooos.
Y Miguel levanta una ceja, porque ésta sí no la ha captado. Niega con la cabeza, sonriendo.
—Luciano, tu falta ha sido grave, así que si te roza es parte del castigo, pues —le palmea el hombro. Luciano le mira tristón.
—Pero, don Miguel, considérelo —tonito amable... Y sabrosón. Manuel saca una mano de su actitud de sombra seria y le toca el codo suaveciiiiito a Miguel, quien se muerde el labio sin quitar la sonrisa.
—¿Quieres que te lo ajuste entonces? —duuulceee, Martín quiere vomitar toda su alma.
—Mirá, negrito —cambia de postura para dirigirse a Luciano—. Te aguantás, que el sólo tenerte más de cuatro metros cerca, es bastante castigo y tortura.
Miguel, que ha sentido el toque de Manuel, se voltea sólo un segundo para verlo, porque cree que le quiere pedir algo.
—Ajústasela, no seas malo —le pide despacito. No se mete con Martín, ni alza la voz o reclama. Luciano mira a Martín con desagrado.
—Ya, mi amor. Sólo porque me lo pides tú —susurra, mirándole y se arrodilla ante Luciano, saca la llave que se colgó en el dedo índice, abre el grillete, Martín rueda los ojos, y Miguel vuelve a cerrar, ajustándole hasta el click.
—Miguelito, ¿y cómo hago si quiero conversar contigo en privado? —pregunta Martín bajando la cabeza hacia donde esta el peruano, lanza una mirada a Manuel. El chileno está sonriendo muuuuuy levemente, sintiendo que ha ganado una pequeña batalla contra nadie en particular.
—No meteré ruido —Luciano sonríe burlón a Martín, mientras Miguel parpadea a lo que éste le ha dicho.
—Podemos hablarlo en la noche, antes de que empieces a trabajar, ¿o es urgente? —palmea la pierna de Luciano cuando le oye, mirando a Martín. Éste último vuelve a centrar la mirada en Miguel y se acerca para susurrarle al oído, tapando con su mano (con grillete) para que el ruido no salga. Luego se aleja sonriente, dejando a Miguel con el ceño fruncido.
Manuel frunce el ceño con eso, incluso da un paso para acercarse y alejar a Miguel de Martín en caso de que se mantengan demasiado rato cuchicheando. Luciano, por su parte y tras mover su muñeca, asiente satisfecho con el ajuste de la esposa.
—Gracias, don Miguel —y presta atención, ya que está más cerca, a lo que dice Martín. Apenas alcanza a captar sílabas sueltas.
Miguel traga saliva mirando a Martín. Suspira.
—Bueno, gracias por el dato —confía cerca de él y se yergue, ni mira a Manuel—. Pueden retirarse, ah...
El argentino asiente, arrugando la nariz cuando voltea a Luciano. Se para, jalando de la cadena.
—Vamos, brazuca, a ver si te movés tan bien como te victimizás —cuando roza frente a Manuel, pisa la punta de su zapato con el taco.
—¡Ay! —Manuel quita el pie y da un paso atrás. Luciano sigue a Martín frunciendo el ceño, eso último sí lo ha oído (aunque Manuel no). Cierra la puerta detrás suyo y, pronto, se pone a la par de Martín, caminando a su ritmo, sin ganas de que le arrastre, sino de estar a la par—. Me pisó —se queja Manuel con voz molesta en cuanto se cierra la puerta, y todavia mirando el suelo camina hasta la silla de visitantes y se sienta.
Miguel está mudo, cruzado de brazos y mirando hacia el suelo, apoyado en su escritorio.
—¿Quién... ? —pregunta, distraído. Aún no sabemos qué le ha dicho Martín.
—El tonto de Martín —levanta la mirada hacia el peruano—. ¿Miguel? —le llama.
—¿Mmm?—sin levantar la vista.
—Te quiero —siente la cara roja. Esto es culpa de Martín y sus palabras de anoche.
Miguel se ríe despacito, eso ha sonado desesperado, o es que está un poco confundido por lo que Martín le ha dicho...
—¿Por qué me lo dices ahorita? ¿Acaso estás con la conciencia sucia? —traga saliva.
—¿Acaso no puedo decírtelo? —frunce el ceño, suena molesto—. Puta, perdón —ironía. Maaaaala respuesta, Miguel, le cuesta decirlo y encima le haces sentirse tonto por hacerlo.
El peruano levanta la vista con los ojos bien abiertos.
—No no no, no es eso es que... Martín; mira, tú sabes que yo no le creo, que confío en ti todo, pero... —traga saliva, y se pasa una mano por el cabello—. ¿Qué hacías en el cuarto de Luciano tan tarde y hablando de ponerle una trampa a Martín?
Mírenlo que mentiroso este argento.
A Manuel se le congela la sangre.
—Las weás que habla Martín.
Miguel levanta una ceja.
—¿O sea que sí es cierto? —está like: ¿Por qué no lo niegas?
Manuel frunce el ceño y niega con la cabeza.
—¡No! —porque recién básicamente lo que dijo fue «cómo se inventa cosas Martín». Miguel se muerde un labio, descruza los brazos y apoya las manos en el filo del escritorio.
—¿Entonces...? ¿Tuvo alguna complicación de salud, acaso, que requiriera tu presencia a esa hora en su cuarto?
—No fui a su cuarto, Miguel —miente descaradamente, con su mejor cara de póquer—. Cómo, si dormí toda la noche contigo —siente los tendones de las manos tensos.
Tensión ArgChi y amenazas, mi parte no-fluff favorita de este fic.
