Capitulo 8. La llamada del Destino.
Se entremezclaba con los peatones por la estrecha calle que llevaba al mercado central, en ocasiones llegó a sentirse aplastado por alguno de ellos especialmente obeso. Trataba de tranquilizarse. Algún día morirían y pagarían por haberse atrevido a tocarlo siquiera.
Le pareció escuchar un grito a su derecha e instintivamente se puso alerta, encarando la posible amenaza desde ese lado, estrechando los ojos para acabar encontrándose con su reflejo en una cristalera. El dueño, deseoso de vender, pregonaba algo llamado "Rebajas del 50" con su voz grave peor estridente.
Se planteó despacharlo con uno de sus látigos de fuego, pero la imagen presente ante él lo detuvo. Ya no había cabellos plateados ni ojos dorados: en su lugar, lucia pelo corto y castaño impecable y ojos verdosos. Sus manos era débiles y de pequeñas uñas bien cuidadas: nada que ver con las poderosas garras de un demonio. Y vestía una camisa escarlata abierta y unos simples vaqueros rasgados.
Algunas chicas se lo quedaban mirando embobadas. Era consciente de que por mucho que se disfrazase de humano, cosa que odiaba, sus facciones y formas eran demasiado perfectas para un simple mortal. Y llamaba la atención de las jóvenes hembras y algunas no tan jóvenes.
Continuo avanzando entre la muchedumbre a buen ritmo, hasta que alcanzo al salda de la estrecha calle y halló a quien estaba buscando. Definitivamente Morfeo si que sabía camuflarse entre los mortales, prensó nada más verlo sentado en la terraza del Café-Bar "The Legend of Demon", tomándose una copa tan tranquilo.
"¿Qué hará aquí este?" interrogaba su mente "Puede que haya sentido la energía purificadora que se desprendió hace tres semanas y esté investigando. Pero, ¿qué diantres puede hacer que Naraku, el Dios de los Sueños, abandone su reinado? Un poco de purificación no, desde luego"
Inuyasha dudaba de que hacer. La orden de localizar y acabar con al fuente de energía se la había dado su padre y no le estaba permitido desobedecerla bajo ningún concepto. Pero la presencia de Naraku pro allí no podía considerarse una casualidad. Él jamás salía del complicado y retorcido mundo de los sueños, a menos que….
Sus sospechas se vieron confirmadas poco después y de la peor manera posible, cuando colisionó con alguien mientras "espiaba" A Morfeo. Estaba a punto de lanzar una maldición de entrañas invertidas cuando alzo la miraba y se topo con unos ojos azules fríos como el hielo. Ni siquiera una mascara de humanidad podían hacer que el Príncipe Heredero dejase de paralizar a sus adversarios con una sola mirada.
-Sesshômaru…
-¿Qué haces tu aquí, bastardo?
-Inutashio me mandó- al momento la energía que lo mantenía inmovilizado desapareció- La pregunta es que haces tú aquí.
-Eso no es de tu incumbencia- le espeto el mayor, con otra severa mirada que prometía una muerte lenta y dolorosa de permanecer allí- Regresa al Infierno, yo me encargo de esto.
-No es tu misión- le respondió, burlón- ¿Desde cuando al poderoso príncipe del Infierno se ocupa de una o dos sacerdotisas entrometidas?
A tal velocidad que las personas que circulaban a su alrededor no alcanzaron a ver más que un ligero movimiento de brazo, Sesshômaru le pego un puñetazo a su hermano en la boca que lo tumbo en el suelo. Poco después, un circulo de curiosos los rodeo preguntándole si había tropezado con algo.
Para cuando Inuyasha pudo ponerse en pie, tanto su hermano como Naraku habían desaparecido. Maldiciendo entre dientes, el segundo hijo del todopoderoso Señor de los Infiernos prosiguió con su búsqueda de la fuente de poder. Sesshômaru no había logrado intimidarlo lo suficiente y su presencia allí le había llevado a ciertas divagaciones que deseaba confirmar.
Si no hubiera estado tan ofuscado, tal vez habría notado la miraba divertida que le dirigía Miroku desde otra de las terrazas de un bar, mientras se tomaba un café. Llevaba horas observando a Sesshômaru y Naraku conversar y se había aburrido como una ostra hasta que apareció Inuyasha. Lógicamente, él si había visto el golpe de Sesshômaru y se había echado a reír como un loco con la cara del menor.
Pensaba que por fin, desde los cuatro años que hacía que Midoriko le encargara "la misión", podría divertirse un poco.
Shippô, a su lado, transformado en un niño de apenas unos seis o siete años y comiéndose un helado de chocolate, pensaba muy distinto.
Todas las piezas de esta extraña y distante partida de ajedrez se estaban aproximando y pronto comenzarían a caer fichas. Sabia del poder de Cronos y se sentía seguro. Pero también conocía el poder de Morfeo y su obsesión por Sesshômaru, su único amigo, si es que podía llamarse así. Tanto los Príncipes como el Rey del Infierno eran adversarios temibles.
Una guerra entre los dos bandos de nuevo: lo que Midoriko había estado esperando desde hacía quizás siglos. Un batalla en la que Kagome y Rin eran las reinas de la partida y él no más que un peón. Y lo realmente preocupante era la incertidumbre de no saber aún quienes serían los reyes de esa jugada.
Midoriko estaba moviendo las fichas blancas. Primero la Reina Rin había tendido su trampa, a la cual ahora todas las negras acudían para encontrarse con un jake mate final. Y ahora era el turno de Cronos, la potente torre que esta detrás de todas la negras. E Inutashio no se había percatado de ello
Le tocaba mover ficha a las negras. Y después Midoriko acabaría con todo.
Kagome analizo con detenimiento las manzanas que el tendedero el ofrecía y consideró que era un timo. La fruta no era fresca ni mucho menos recién recogida. ¿El hecho de llevar ropa de sacerdotisa la hacía ver tonta o qué? Regateo el precio por lo menos a la mitad, peor el vendedor, seguro de la venta, no bajo ni un céntimo. Cansada de tratar con un timador, la chica dio media vuelta y se fue a otro puesto, para sorpresa del interesado, que se llevo un disgusto, peor no se atrevió a insultarla.
Pocos metros más allá, encontró manzanas mucho más rojas y apetecibles por la tercera parte de lo que le habrían costado las otras. Las sacerdotisas no eran estúpidas. Y ella mucho menos.
Suspiro, mientras pagada los frutos, pensando en Rin. Hacía días que apenas comía o dormía y se pasaba el tiempo en la sala de tiro afinando su puntería. Exactamente desde el ritual de iniciación. Otro asunto delicado, pensó la de cabello azabache. La ceremonia podía haberse tildado de normal, como lo fue la suya, de no ser por que el cántico de Rin desprendió un poder espiritual inaudito.
Pecadores que vivían a varios kilómetros lo sintieron. Y todas las personas de la localidad donde se encontraba el Templo acudieron a las Iglesias a confesar sus pecados, que quedaron saturadas. Los reverendos padres incluso llegaron a pedir la ayuda de algunas sacerdotisas para poder tranquilizar a la población.
De nuevo trataron de timarla, está vez cuando intentaba comprar varios kilos de cerezas, las favoritas de su prima. Está vez no se molestó siquiera en regatear y se disponía a cambiar de puesto, cuando el dueño la agarro del brazo con fuerza.
-Disculpa, pero estamos en medio de una transacción.
-Me parece que se equivoca- le replicó ella, tratando de zafarse del agarre- Nuestro posible negocio ha finalizado. No estoy de acuerdo con su precio y seguro que hay mejores frutos que estos y más baratos en cualquier otro puesto.
El hombre, bastante fornido y obeso, la miró con ira. Tenía poco pelo y un río calvo surcado su cabeza, contraponiendo su abundante y mal cuidado bigote. De repente Kagome pensó que aquel tipo le causada repulsión y se sintió asqueada. Trató de soltarse de nuevo, pero este no la dejo y, antes de que nadie se diera cuenta, la metió de un empujón en al furgoneta.
La joven cayó encima de un montón de cajas de fruta. El interior del vehículo olía mal: a naranjas podridas y fruta pasada. Oyó un golpe y trató de levantarse de nuevo, para encontrarse con que el vendedor había entrado también y cerraba la puerta.
-Vas a aprender a respetar a los hombre de negocios, pequeña zorra- susurro, con tono lascivo y asqueroso- Ven aquí, te enseñare lo que es un autentico macho, sacerdotisa.
Extendió los brazos y la obligo a pegarse a él, restregándosele. Luego le cogió con fuerza unas de sus delicadas manos y casi el quebró los huesos, para después ponerla en su entrepierna. Estaba duro.
-Verás como vamos a disfrutar.
Kagome comprendió finalmente las intenciones de aquel degenerado, el golpe la había dejado aturdida y solo se despejo un poco cuando ya estaba en esa maldita posición. Iba a violarla o algo mucho peor si no hacía algo pronto, de modo que se concertó todo lo que pudo y, cuando él le soltó un momento las mano para desabrocharse la bragueta, le propino una fuerte patada en su intimidad que lo doblo entero.
Abrió las puertas de golpe, sin pararse a coger su bolsa y echó a correr hacía cualquier parte, peor lejos de allí.
Segundos después y debido al que el dolor le impedía concertarse, el vendedor obeso comenzó a adelgazar, su cabeza se cubrió con una largo y sedoso cabello negro y el bigote desapareció. Tirado en el suelo, encogido por el dolor, Onigumo se juró que nunca más, bajo ningún concepto, volvería a apostar nada con Miroku. Mucho menos si tenía algo que ver con sacerdotisas.
Mientras, por el mercado, Kagome corría desesperada por llegar al Templo, sin mirar por donde iba. Se aguantaba las lágrimas, tratando d e no pensar en lo que acababa de vivir hace poco. Su tristeza aumento al recordar que Rin había pasado por la experiencia completa: no había tenido oportunidad alguna de salvarse de un demonio con poderes infernales.
Se sentía morir cuando choco con alguien de frente y de pronto se vio refugiada en los brazos de un desconocido. No se paró a mirarlo, se aferro con todas sus fuerzas a la camisa blanca y se echo a llorar allí mismo. No obtuvo respuesta del transeúnte, pero agradeció que no la rechazara y la dejara desahogarse con él.
Lloró lo que pareció una eternidad y después se calmo un poco. Cuando estuvo segura de que no tenía las mejillas como ríos de agua salada, alzó la vista y se encaró al chico, dispuesta a darle las gracias y pedirle perdón por su comportamiento, tan impropio de una sacerdotisa.
-Lo lamento, yo…- la disculpa murió en sus labios nada más mirarlo a los ojos. Unos ojos fríos y azulados que le recordaban a algo. El hombre era guapo, sin duda. Fuerte, alto, no excesivamente musculoso, con un largo y bonito cabello castaño recogido en una cola alta que le llegaba hasta media espalda y unas manos cuidadas. Una sensación de seguridad que no sentía desde hacía años la invadió.
-Kagome- pronuncio él con esa voz helada que ella nunca podría olvidar. Una voz tan familiar. Era él. Disfrazado de humano, con ropas sencillas, en medio de un mercado y mirándola a través de unos ojos azules que la penetraban, la estudiaban y memorizaban cada detalle, cada nueva curva en su cuerpo, todos los cambios producidos en esos dos años. Una miraba anhelante que la dejo confusa y cargada de emociones.
-¿Sesshômaru?- preguntó poco antes de que sus labios chocaran con los de él que la buscaban con ansiedad y desesperación.
Poco más allá, Naraku vigilaba la escena, mientras sondeaba toda la zona con sus poderes. Detecto dos presencias más cercanas. A Inuyasha, que estaba bastante más lejos y parecía dirigirse al templo, así que no le dio importancia. Él sabría lo que se hacía. Y la otra lo obligo a moverse.
-Cuanto tiempo sin vernos, Miroku- pronuncio con estudiada calma, segundos después de materializarse detrás del supuesto hombre de cabellos corto recogido en una pequeña coletilla, con dos aros en la oreja izquierda y unos vivaces ojos azules.
-Morfeo…
-Por tu aspecto, no esperabas que te localizara-argumento Naraku, divertido, con una sonrisa despiadada en sus labios- Has sido descuidado.
Miroku maldijo mentalmente, Naraku había acertado: ser descubiertos no entraba en los planes de Midoriko. Haber como se libraba de esta. Sonrió. Si, iba a ser una partida de ajedrez divertida, pero podía salirle muy cara si no se andaba con cuidado. Y Morfeo era un rival temible.
Termino el salmo y se dispuso a entrar de nuevo en la sala de tiro con arco: necesitaba estar preparada para cuando, atraídos por su poder, llegasen los demonios. Esta vez escogió el arco blanco puro, el que mejor concentraba la energía espiritual de las flechas.
Después de dos o tres tiros sonrió satisfecha. Estaba preparada. Pensaba en dejar un rato el arco y salir a buscar a Kagome, que debía estar comprando en el mercado, para darse un relajante baño en las termas, cuando lo sintió.
Esa energía la reconocía por encima de todas. Inuyasha se estaba acercando al templo. Apretó el arco con fuerza y libero varias ondas de energía, para atraerlo justo donde quería. Que fácil era dejar un cebo para atraer a las bestias.
Lo sintió más próximo y tensó el arco. Cuando la puerta de la sala se abrió, Inuyasha fue golpeado por una flecha sagrada, que le atravesó de lado a lado el hombro. Quedo sorprendido, pero nada más: segundos después la carne se regenero sola y él abandono su fachada humana para encarara de nuevo a Rin Higurashi, está vez en condiciones muy distintas.
Lejos de ellos y del odio de Rin, Sesshômaru y Kagome se besaban una y otra vez, cargados de pasión y sentimientos sin confesar.
